Ideario de la Adoración Nocturna del Tibidabo 

 

   I. Sección de la Adoración Nocturna  

a) Historia

La institución de la fiesta del Corpus en 1264 fue seguida de numerosas iniciativas y asociaciones para el culto eucarístico, entre las que destaca la práctica de las Cuarenta Horas. La Adoración Nocturna surgió en el siglo xix, influenciada también en algunos aspectos por la devoción al Corazón de Jesús, ya que santa Margarita María Alacoque (1647-1690) vivió intensamente la Hora Santa reparadora en unión con la plegaria de Jesús en Getsemaní.

La Adoración Nocturna propiamente dicha comenzó en Roma, durante el cautiverio del papa Pío VII, en noviembre de 1810, si bien se erigió canónicamente cinco años después, el 23 de diciembre de 1815 y se colocó bajo el patronazgo de la Santísima Virgen y san Pascual Bailón.

Más tarde Hermann Cohen (1821-1871), judío convertido, funda un turno de Adoración Nocturna en Nuestra Señora de las Victorias de París el 6 de diciembre de 1848 y, pasado un tiempo, se hace religioso carmelita.

«Vengan, vengan hoy cuantos me conocieron en otro tiempo y menosprecian a un Dios muerto de amor por ellos... ¡Que vengan, oh Jesús mío, y aprenderán cómo tú truecas los corazones...! Mezquinas, deplorables y humillantes eran las riquezas, los placeres y honores tras los cuales iba con vosotros... Pero ahora que mis ojos han visto, mis manos han tocado y en mi corazón ha palpitado el corazón de un Dios, ¡oh, cómo os compadezco en vuestra ceguera por pretender lograr placeres que jamás pueden saciar el corazón!» (Cohen).

En Madrid se inicia 29 años después, el 3 de noviembre de 1877, formando parte del primer grupo Luis de Trelles y Noguerol (1819-1891), fervoroso promotor de la Adoración Nocturna en muchos puntos de España. Y, antes de que pasaran cinco años más, comenzó en Barcelona, en la iglesia de Nuestra Señora de la Merced, el 22 de junio de 1882.

A mis queridos hijos de la Adoración Nocturna de España. Todas bellas, todas santas son las devociones de la Iglesia Católica: mas la devoción al Santísimo Sacramento de la Eucaristía es entre todas la más sublime, la más tierna, la más fructuosa. No puedo menos de congratularme con vosotros, queridos hijos míos, porque velando delante del Augustísimo Sacramento, habéis elegido la parte mejor (SAN Pío x, 6 de julio de 1908).

 

b) Fines

La Eucaristía es el memorial de la entrega adorante y amorosa, en el Espíritu, de Cristo al Padre en la Cruz. En las horas de la vigilia, iniciadas con la Palabra y el Sacrificio, el adorador sigue escuchando al Maestro y transformando su vida, dócil a la voz que resuena en su interior. Habiendo experimentado, además, en sí mismo, la total entrega del Señor en la comunión, se dispone también a ofrecerse con Cristo como víctima viviente, santa y agradable a Dios (Rom 12, 1) para la salvación del mundo. Palabra y sacramento germinan en cada uno, durante y después de la vigilia nocturna, como oración y vida a la vez contemplativo y activa.

Los fines de la práctica de la Adoración pueden jerarquizarse de acuerdo con los de la celebración eucarística, ya que tratan de continuarla en forma coherente. Por tanto, como indica su nombre:

1. Es en primer lugar adoración, en continuidad con la Misa que es el memorial del sacrificio que Cristo ofreció al Padre en la Cruz una vez para siempre. Con Cristo adoramos al Padre; y adoramos también a Cristo, verdadero Dios y verdadero Hombre aunque oculto bajo los signos eucarísticos, reconociendo su soberanía universal, sobre todos los pueblos y naciones.

Imitamos a Cristo, adorador del Padre que durante su vida mortal oraba frecuentemente de noche y que ahora perpetúa su adoración, su intercesión y su sacrificio redentor en la Eucaristía. Nos unimos de corazón y asentimos con nuestra propia vida a la doxología con que el Sacerdote termina la Plegaria Eucarística: Por Cristo, con Él y en Él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo (te damos) todo honor y toda gloria (ahora y) por los siglos de los siglos.

La piedad eucarística ha de centrarse ante todo en la celebración de la Cena del Señor, que perpetúa su amor inmolado en la cruz. Pero tiene una lógica prolongación -de la que vosotros sois testigos fieles- en la adoración a Cristo en este divino Sacramento, en las visitas al Santísimo, en la oración ante el Sagrario... (juan pablo II, 31 de octubre de 1982).

El que adora perfectamente ofrece su alma a Dios y recibe en cambio la vida de Dios, adhiriéndose a Él por los vínculos de la fe y del amor y de todas las virtudes que vienen al espíritu del hombre con la divina gracia. Si adorar a Dios en la vida terrena es el más sublime fin de nuestro ser, adorarle en la eternidad será la sustancia de la vida beatífica (Trelles).

2. Es acción de gracias –eucaristía– por este don supremo de su amor, ya que en su Cuerpo entregado por nosotros agradecemos la salvación que Dios va realizando a lo largo de la historia de la humanidad y de cada persona en particular, como expresión de su infinito amor.

Se comprende por la fe que la sagrada Eucaristía constituye el don más grande que Cristo ha ofrecido y ofrece permanentemente a su Esposa. Es la raíz y cumbre de la vida cristiana y de toda la acción de la Iglesia. Es nuestro mayor tesoro que contiene todo el bien espiritual de la Iglesia (Juan Pablo II).

3. Nuestras vigilias tienen también un sentido reparador y expiatorio, ya que, unidos a Cristo y solidarios con los hombres, reparamos los pecados del mundo -y en primer lugar los nuestros-, especialmente la ingratitud hacia su donación total en la Eucaristía.

Todos los cristianos, llamados con razón por el príncipe de los apóstoles “linaje escogido, real sacerdocio”, deben, por sí y por todos los hombres, ofrecer sacrificios por los pecados casi de la misma manera que todo sacerdote y pontífice “tomado de entre los hombres en favor de los hombres es constituido para todo lo que toca a Dios” (Pío XI Miserentissimus Redemptor. 1928).

Nunca deben faltar adoradores ante los altares donde reside Nuestro Señor en el Sacramento de su divino amor. Tenemos tantas gracias que dar, tantas miserias que contar y tantas faltas que expiar, que jamás puede Jesucristo dejar de atendernos en el trono en que se ofrece a nuestras oraciones; y, no obstante esto, ¡cuántas veces una desconsoladora soledad alrededor del Tabernáculo nos hace ver el poco cuidado que tenemos por nuestra salvación! (Luis de Trelles).

4. Y en nuestra plegaria, también de petición, tenemos presentes las intenciones del Papa, la vitalidad de la Iglesia universal y local, las tribulaciones y los anhelos del prójimo, como también nuestros particulares deseos.

Todo lo unimos al sacrificio de Cristo, que tiene la iniciativa y nos hace el don de llamarnos, aunque estemos inclinados a pensar que vamos a hacerle el favor de nuestra compañía. Él nos paga inmensamente más de lo que nosotros intentamos darle.

El Apóstol San Pablo dice que hagamos oraciones por todos los hombres, y por eso la misión del Adorador Nocturno no está limitada a orar solamente por sí mismo, por su familia, ni por un solo pueblo, sino que nuestras oraciones han de ser por todos los pueblos y por todos los hombres del mundo (Trelles).

 

c) Actitudes

Velando amorosamente en medio de la tiniebla, solidario con los que velan con su trabajo, especialmente de asistencia a los enfermos, y con quienes en sus monasterios interrumpen su sueño para alabar a Dios con el canto del Oficio Divino, el Adorador templa su fe con la reflexión sobre la Palabra y la plegaria; mantiene la esperanza a lo largo de toda la vigilia nocturna, que como la de Pascua, tipo y madre de todas las vigilias, apunta al encuentro definitivo con el Señor; y crece en el amor a Dios y a la Iglesia, de alguna manera concretada en los hermanos adoradores del turno, de forma que la renuncia al descanso habitual viene compensada con esta experiencia cristiana enriquecedora.

La caridad de nuestra presencia junto al Sagrario depende de haber descubierto a Cristo presente en sus palabras, en el hermano, en la comunidad, en los acontecimientos, en los signos de la Iglesia.

Esta presencia nos recuerda que el Dios de nuestra fe no es un ser lejano, sino un Dios muy próximo, cuyas delicias son estar con los hijos de los hombres (Prov 8, 31)... Queremos aprender a “estar con quien sabemos nos ama”, porque “con tan buen amigo presente todo se puede sufrir”. En ti aprenderemos a unirnos a la voluntad del Padre, porque en la oración “el amor es el que habla” (Santa Uresa). Tú superas la pobreza de nuestros pensamientos, sentimientos y palabras; por eso queremos aprender a adorar admirando el misterio, amándolo tal como es, y callando con un silencio de amigo y con una presencia de donación (Juan Pablo II).

 

d) Proyección

El Adorador del Santísimo Sacramento tiene un cariño filial a la Virgen María y es obediente al Santo Padre, como Pastor supremo de la Iglesia universal, siguiendo los ejemplos de los iniciadores de la Adoración Nocturna.

Sensible a las palabras del Señor desde la Cruz “Tengo sed” se afana por estar con Él y, aunque siervo inútil, desea ayudarle a salvar a los hermanos. Lleno de gozo por el don recibido de poder disfrutar de su presencia real –sin merecerlo– en las horas de la noche, siente el impulso eficaz y un vivo deseo de comunicarlo a los demás con su testimonio verdadero en fervor y obras, y procura buscar otros adoradores para el Señor.

¿Hay otra forma de comunicar el Evangelio que no sea la de transmitir a otros la propia experiencia de fe? El mundo exige a los evangelizadores que le hablen de un Dios a quien ellos mismos conocen y tratan familiarmente como si estuvieran viendo al Invisible. (Pablo VI. Evangelii Nuntiandi 46, 76)

El culto a la Eucaristía mueve fuertemente el ánimo a cultivar el “amor social” con el cual anteponemos el bien común al bien privado. (Pablo VI. Mysterium Fidei).

Jesús no es una idea ni un sentimiento, ni un recuerdo. Jesús es una persona viva siempre, y presente en nosotros (Juan Pablo II, 8 de noviembre de 1978).

  

    II. Que adora en el Tibidabo     

Historia

El origen remoto de la Adoración Eucarística en el Tibidabo se encuentra en san Juan Bosco quien el 5 de mayo de 1886 aceptó la cumbre de la montaña, anunciando, en vez de la ermita pedida, un gran templo dedicado al Sagrado Corazón de Jesús, que sería expresión de la piedad fervorosa del pueblo, y lugar de intensa vida sacramental, y que así daría mucha gloria a Dios.

Iniciado el templo en 1902 y concluido en 1961, se ha ido convirtiendo en centro de adoración a través de estos acontecimientos:

a)       Conclusión de la Cripta en 1911, al celebrarse el XXII Congreso Eucarístico Internacional de Madrid, en el que fue aclamado como nuestro Montmartre, santuario donde se realiza la adoración perpetua desde 1885.

b)     Cobertura del templo superior en 1952, subrayada con una vigilia multitudinaria, en el XXXV Congreso Eucarístico Internacional de Barcelona.

c)       Ampliación del proyecto inicial de dos iglesias con una capilla aparte destinada a la Adoración y terminada en 1949.

d)       Numerosas horas santas y vigilias aisladas, algunas de ellas solemnes, como varias Vigilias de Espigas, desde la apertura al culto en 1911 hasta 1960.

El 8 de octubre de 1960 se constituyó el primer turno de Adoración Nocturna del Tibidabo, que fue ampliándose rápidamente con otros treinta turnos, añadiéndose el compromiso de muchos otros fieles que completarían las 24 horas de cada uno de los días del mes, de modo que pudiera inaugurarse solemnemente el 18 de junio de 1966 la Adoración Perpetua que, sin interrupción, ha llegado ya a sus Bodas de Plata.

Recordamos con gratitud estos impulsos recibidos a lo largo de los últimos 25 años: en primer lugar, la presidencia del papa Juan Pablo II de la vigilia. del día 31 de octubre de 1982 en Madrid. Por su voluntad, además, el Santísimo está expuesto y es adorado permanentemente en la Basílica Vaticana, tras esta oración inicial del Papa del 2 de diciembre de 1981:

“Quédate con nosotros, Señor”. Palabras de los discípulos de Emaús, que en el curso de los siglos han repetido infinitas veces los labios de muchos discípulos y confesores tuyos, oh Cristo. ¡Quédate! Deseamos adorarte cada día y cada hora a Ti, oculto bajo las especies del pan y del vino, para renovar la esperanza de la “llamada a la Gloria” (1 Pe 5, 10), cuyo comienzo lo has constituido tu con tu Cuerpo glorificado “a la derecha del Padre”.

Por otra parte es justo recordar al entusiasta iniciador de la Adoración Perpetua, el padre José María Enseñat, fallecido en junio de 1974: gracias a su gran simpatía, a su celo incansable y a su personal dedicación y constancia, se constituyó sobre firmes bases este núcleo de orantes; con todo motivo su rostro sonriente preside, en un gran cuadro, la Sala de Adoradores. Y con él recordamos también al fervoroso animador seglar desde los inicios, al señor Joaquín María Guilera, fallecido en 1970.

Oración del adorador del Tibidabo. ¡Oh Jesús! Que los Adoradores del Tibidabo vivamos para Ti, trabajemos por Ti y vivamos unidos a Ti, juntamente con tu Madre Santísima, pidiendo unos por otros en esta vida y un día podamos vernos reunidos para adorarte eternamente en el cielo. Así sea.

(padre José María Enseñat).

Los tiempos son malos para la fe, porque nada en el mundo la favorece; pero como el cimiento de las obras de piedad no está en el suelo, sino en el cielo, acaso la frialdad misma del mundo sirva para que Dios nos conceda aquel apetecido resultado, que siempre plugo a la divina gracia manifestarse más activamente, cuanto más necesaria es su maravillosa y omnipotente influencia, y cuanto más pequeño el medio de que se vale (Trelles).

 

f) Motivos

La Adoración Perpetua de Jesús-Eucaristía en el Tibidabo se ve motivada por su misma denominación:

—es un Templo o casa de oración, hecha, más que de piedras inertes, de piedras vivas, que son las personas orantes;

— es Templo del Sagrado Corazón de Jesús, es decir, es una obra centrada –y aquí, además, coronada–, por el Cristo que nos ama, a quien respondemos con nuestro amor adorante y agradecido, especialmente a su regalo supremo, la Sagrada Eucaristía. Con este fin se edificó Montmartre y también se inició el templo en el Castro Pretorio de Roma, templo que estaba concluyendo san Juan Bosco cuando vino a Barcelona en 1886;

— es un Templo Expiatorio, su historia ha quedado marcada como reparación de la Semana Trágica (1909) y de las profanaciones de 1936-39: baste recordar el Viacrucis del 25 de julio de 1939 con 8000 participantes portando una enorme cruz desde Sarriá al pedestal de la Imagen derribada hacía exactamente tres años. Y así como se ha construido con incontables entregas, fruto de renuncias materiales en reparación de los pecados de nuestra nación, de la misma manera mantiene una actitud expiatoria, o sea, el deseo de reparar junto con Cristo las ofensas de los hombres al amor divino.

Es cosa comprobada que la separación del bullicio urbano con la subida a la cercana cumbre, la vista libre del cielo con la ciudad a los pies, la quietud de la noche, la compañía de hermanos que comparten la vocación adoradora, nuestra sala presidida por la Santísima Virgen y la Capilla acertadamente dispuesta para la oración recogida..., todo, en fin, ayuda a que la noche mensual de turno sea un encuentro intenso con Cristo.