|
ORACIONES EUCARÍSTICAS

Oración Eucarística de
Juan Pablo II
Señor Jesús:
Nos presentamos ante ti
sabiendo que nos llamas y que nos amas tal como somos.
«Tú tienes palabras de vida
eterna y nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Hijo de Dios»
(Jn. 6,69).
Tu presencia en la Eucaristía
ha comenzado con el sacrificio de la última cena y continúa como
comunión y donación de todo lo que eres.
Aumenta nuestra FE.
Por medio de ti y en el Espíritu Santo que nos comunicas, queremos
llegar al Padre para decirle nuestro SÍ unido al tuyo.
Contigo ya podemos decir:
Padre nuestro.
Siguiéndote a ti, «camino,
verdad y vida», queremos penetrar en el aparente «silencio» y «ausencia»
de Dios, rasgando la nube del Tabor para escuchar la voz del Padre que
nos dice: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo mi complacencia:
Escuchadlo» (Mt. 17,5).
Con esta FE, hecha de escucha
contemplativa, sabremos iluminar nuestras situaciones personales, así
como los diversos sectores de la vida familiar y social.
Tú eres nuestra ESPERANZA,
nuestra paz, nuestro mediador, hermano y amigo.
Nuestro corazón se llena de
gozo y de esperanza al saber que vives «siempre intercediendo por
nosotros» (Heb. 7,25).
Nuestra esperanza se traduce
en confianza, gozo de Pascua y camino apresurado contigo hacia el Padre.
Queremos sentir como tú y
valorar las cosas como las valoras tú. Porque tú eres el centro, el
principio y el fin de todo.
Apoyados en esta ESPERANZA,
queremos infundir en el mundo esta escala de valores evangélicos por la
que Dios y sus dones salvíficos ocupan el primer lugar en el corazón y
en las actitudes de la vida concreta.
Queremos AMAR COMO TÚ, que
das la vida y te comunicas con todo lo que eres.
Quisiéramos decir como San
Pablo: «Mi vida es Cristo» (Flp. 1,21).
Nuestra vida no tiene sentido
sin ti.
Queremos aprender a «estar
con quien sabemos nos ama», porque «con tan buen amigo presente todo se
puede sufrir». En ti aprenderemos a unirnos a la voluntad del Padre,
porque en la oración «el amor es el que habla» (Sta. Teresa).
Entrando en tu intimidad,
queremos adoptar determinaciones y actitudes básicas, decisiones
duraderas, opciones fundamentales según nuestra propia vocación
cristiana.
CREYENDO, ESPERANDO Y AMANDO,
TE ADORAMOS con una actitud sencilla de presencia, silencio y espera,
que quiere ser también reparación, como respuesta a tus palabras:
«Quedaos aquí y velad conmigo» (Mt. 26,38).
Tú superas la pobreza de
nuestros pensamientos, sentimientos y palabras; por eso queremos
aprender a adorar admirando el misterio, amándolo tal como es, y
callando con un silencio de amigo y con una presencia de donación.
El Espíritu Santo que has
infundido en nuestros corazones nos ayuda a decir esos «gemidos
inenarrables» (Rom. 8,26) que se traducen en actitud agradecida y
sencilla, y en el gesto filial de quien ya se contenta con sola tu
presencia, tu amor y tu palabra.
En nuestras noches físicas y
morales, si tú estás presente, y nos amas, y nos hablas, ya nos basta,
aunque muchas veces no sentiremos la consolación.
Aprendiendo este más allá de
la ADORACIÓN, estaremos en tu intimidad o «misterio». Entonces nuestra
oración se convertirá en respeto hacia el «misterio» de cada hermano y
de cada acontecimiento para insertarnos en nuestro ambiente familiar y
social y construir la historia con este silencio activo y fecundo que
nace de la contemplación.
Gracias a ti, nuestra
capacidad de silencio y de adoración se convertirá en capacidad de AMAR
y de SERVIR.
Nos has dado a tu Madre como
nuestra para que nos enseñe a meditar y adorar en el corazón. Ella,
recibiendo la Palabra y poniéndola en práctica, se hizo la más perfecta
Madre.
Ayúdanos a ser tu Iglesia
misionera, que sabe meditar adorando y amando tu Palabra, para
transformarla en vida y comunicarla a todos los hermanos.
Amén.
Juan Pablo II
ORACIÓN ANTE EL SANTÍSIMO
Por la señal. Señor mío Jesucristo.
ORACIÓN PREPARATORIA.
Aquí estoy en vuestra divina presencia, Jesús mío, para visitaros.
He venido, Señor, porque me
habéis llamado.
Vuestra presencia real en la
Sagrada Eucaristía, es el eco de aquellas palabras que nos dirigís en el
Evangelio: "Venid a Mí todos los que estáis cargados con vuestras
miserias y pecados y Yo os aliviaré". Aquí vengo, pues, como enfermo al
Médico, para que me sanéis; como pecador al Santo, para que me
santifiquéis; y como pobre y mendigo al rico, para que me llenéis de
vuestros divinos dones.
Creo, Jesús mío, que estáis
en el Santísimo Sacramento del Altar, tan real y verdaderamente como
estabais en Belén, como estabais en la cruz y como estáis ahora en el
Cielo.
Espero en Vos, que sois
poderoso y bueno, para santificar mi alma y salvarme.
Os amo con todo mi corazón,
porque sois la Bondad infinita, digno de ser amado de todas las
criaturas del Cielo y de la tierra; y me habéis amado hasta derramar
vuestra sangre y dar vuestra vida en la cruz por mi.
Vengo aquí a buscar un
refugio contra la corrupción del mundo. En el mundo todo es falsedad y
mentira; vengo a Vos que sois la Verdad eterna. El mundo está lleno de
abismos de iniquidad; vengo a Vos que sois el único Camino de la
felicidad. En el mundo todo es sensualidad y pecado; vengo a Vos que
sois Vida y Santidad de las almas.
¡Dadme luz, Señor! ¡Que yo os
vea presente en el Sagrario con los ojos de la fe; y que mi corazón beba
hasta saciarse de la fuente del Amor divino que brota de vuestro Corazón
Sacramentado!
COMUNIÓN ESPIRITUAL.
Creo, Jesús mío, que sois el Hijo de Dios vivo, que habéis muerto en la
cruz por mi, y estáis ahora real y verdaderamente en el Santísimo
Sacramento del Altar. Os pido perdón de todos mis pecados. Os amo sobre
todas las cosas y deseo recibiros. Venid a mi corazón. Os abrazo. No os
apartéis jamás de mí.
Jesús, José y María, os doy
el corazón y el alma mía.
JACULATORIAS CONTRA LA BLASFEMIA.
Bendito sea Dios.
Bendito sea su Santo Nombre.
Bendito sea Jesucristo verdadero Dios y verdadero Hombre.
Bendito sea el Nombre de Jesús.
Bendito sea su Sacratísimo Corazón.
Bendito sea Jesús en el Santísimo Sacramento del Altar.
Bendito sea el Espíritu Santo Paráclito.
Bendita sea María Santísima, la excelsa Madre de Dios.
Bendita sea su Santa e Inmaculada Concepción.
Bendita sea su gloriosa Asunción a los Cielos.
Bendito sea el Nombre de María, Virgen y Madre.
Bendito sea San José, su castísimo Esposo.
Bendito sea Dios en sus Ángeles y en sus Santos.
ORACIÓN FINAL.
Gracias, Jesús mío, por la bondad con que me habéis recibido y permitido
gozar de vuestra presencia y compañía amorosas.
Me vuelvo a mis ocupaciones.
Mi corazón queda contigo. En mi trabajo y en mis descansos me acordaré
de Ti, y procuraré vivir con la dignidad que merece vuestra amistad
divina.
Dadme vuestra bendición y
concédeme todas las gracias, que necesito, para amaros y serviros con la
mayor fidelidad.
Bendice, Señor, a nuestro
Santísimo Padre el Papa, vuestro Vicario en la tierra; ilumínale,
santifícale y líbrale de todos sus enemigos.
Bendice a vuestra Iglesia
Santa y haced que su luz brille en todas las naciones; y que los paganos
conozcan y adoren al único verdadero Dios y a su Hijo Jesucristo.
Bendice a vuestros
sacerdotes, santifícalos y multiplícalos.
Bendice y protege a nuestra
nación.
Bendice a todos nuestros
bienhechores y concédeles la bienaventuranza eterna.
Bendice a los que nos han
ofendido y cólmalos de beneficios.
Bendice a todos nuestros
familiares y haced que vivan todos en vuestra gracia y amistad y que un
día nos reunamos en la Gloria.
Da el descanso eterno a todas
las almas de los fieles difuntos que están en el Purgatorio.
Da la salud a los enfermos.
Convierte a todos los pecadores. Danos a todos vuestro divino amor, para
que la fe que nos impide ahora ver vuestro santísimo rostro se convierta
un día en luz esplendorosa en la Gloria, donde en unidad con el Padre y
el Espíritu Santo te alabemos y bendigamos por los siglos de los siglos.
Amén.
Señor mío Jesucristo, que por
el amor que tenéis a los hombres, permanecéis de día y noche en este
Sacramento, lleno de misericordia y ternura, esperando, llamando y
acogiendo a todos los que vienen a visitaros, yo creo que estáis aquí
presente. Os adoro desde el abismo de mi nada, os doy gracias por todos
los favores, y especialmente por haberos Vos mismo dado a mí en este
Sacramento; por haberme concedido a María vuestra propia Madre, como
intercesora; y por haberme llamado a visitaros en esta iglesia.
Yo saludo hoy a vuestro
amadísimo Corazón y deseo adorarle, en agradecimiento por este grande
don, en reparación de todos los ultrajes que Vos mi amado Jesús, recibís
en este Sacramento de vuestros enemigos.
Oh Jesús mío, os amo de todo
corazón. Me arrepiento de haberos ofendido tantas veces. Me propongo con
vuestra gracia no ofenderos más en adelante, y ahora, aunque, estoy
lleno de faltas e imperfecciones me consagro todo a Vos. Haced de mi, lo
que os agrade. Yo sólo os pido y sólo deseo vuestro santo amor, y la
perseverancia hasta el fin.
Os encomiendo también las
almas del purgatorio, especialmente a aquellas que han sido más devotas
del Santísimo Sacramento y de María Inmaculada.
Por fin, mi amado Salvador,
uno todos mis afectos a los de vuestro amorosísimo Corazón, y los
ofrezco a vuestro Padre Eterno, suplicándole que por amor a Vos, se
sirva aceptarlos y escucharlos. Así sea.
Oh Jesús, verdadero Dios y
verdadero hombre, aquí presente en el Santísimo Sacramento del altar,
creo todo lo que Vos, mi Señor, me habéis revelado. Arrepentido de todos
mis pecados, esperando en Vos que nunca permite que sea confundido,
agradeciendo por este don supremo, amándoos sobre todas las cosas en
este Sacramento de vuestro amor, adorándoos en el misterio profundo de
vuestra humildad, os manifiesto y hago patente todas las heridas y
miserias de mi pobre corazón y os pido me deis todo lo que necesito y
deseo. Pero tan solo os necesito a Vos, oh Dios mío, tan solo os deseo a
Vos, vuestra gracia y la gracia de usar debidamente vuestras gracias,
poseeros en esta vida y poseeros en la otra.
Bendito seáis, oh poder
divino de vuestro paternal Corazón, que aunque todo lo podéis, sin
embargo, no podíais darnos un don más precioso que este Santísimo
Sacramento.
Oh Pan celestial, gran
Sacramento, os adoro y os alabo en todo momento. (repítase después de
cada alabanza.)
Bendita seáis, oh Sabiduría
del Verbo Divino, que todo lo sabéis y lo ordenáis, y sin embargo no
sabíais prepararnos una comida más exquisita, que este Santísimo
Sacramento.
Bendito seáis, oh Dios mío,
que en vuestra inefable dulzura de amor os habéis transformado en este
pan para dárosnos como el más dulce manjar.
Bendito seáis, oh Dios mío,
que habéis encerrado todos vuestros misterios en esta humilde forma de
pan terrenal. ¡Oh Trinidad Santísima!
¡Oh Jesús de mi alma, encanto
único de mi corazón!, heme aquí postrado a tus plantas, arrepentido y
confuso, como llegó el hijo pródigo a la casa de su padre. Cansado de
todo, sólo a Ti quiero, sólo a Ti busco, sólo en Ti hallo mi bien. Tú,
que fuiste en busca de la Samaritana; Tú, que me llamaste cuando huía de
Ti, no me arrojarás de tu presencia ahora que te busco.
Señor, estoy triste, bien lo
sabes, y nada me alegra; el mundo me parece un desierto. Me hallo en
oscuridad, turbado y lleno de temor e inquietudes...; te busco y no te
encuentro, te llamo y no respondes, te adoro, clamo a Ti y se acrecienta
mi dolor. ¿Dónde estás, Señor, dónde, pues no gusto las dulzuras de tu
presencia, de tu amor?
Pero no me cansaré, ni el
desaliento cambiará el afecto que me impulsa hacia Ti. ¡Oh buen Jesús!
Ahora que te busco y no te encuentro recordaré el tiempo en que Tú me
llamabas y yo huía... Y firme y sereno, a despecho de las tentaciones y
del pesar, te amaré y esperaré en Ti.
Jesús bueno, dulce y regalado padre y amigo incomparable, cuando el
dolor ofusque mi corazón, cuando los hombres me abandonen, cuando el
tedio me persiga y la desesperación clave su garra en mí, al pie del
Sagrario, cárcel donde el amor te tiene prisionero, aquí y sólo aquí
buscaré fuerza para luchar y vencer.
No temas que te abandone,
cuando más me huyas, más te llamaré y verteré tantas lágrimas que, al
fin, vendrás... Sí..., vendrás, y al posarte, disfrutaré en la tierra
las delicias del cielo.
Dame tu ayuda para cumplir lo
que te ofrezco; sin Ti nada soy, nada puedo, nada valgo... Fortaléceme,
y desafiaré las tempestades.
Jesús, mío, dame humildad,
paciencia y gratitud, amor..., amor, porque si te amo de veras, todas
las virtudes vendrán en pos del amor.
Te ruego por los que amo...
Tú los conoces, Tú sabes las necesidades que tienen; socórrelos con
generosidad. Acuérdate de los pobres, de los tristes, de los huérfanos,
consuela a los que padecen, fortalece a los débiles, conmueve a los
pecadores para que no te ofendan y lloren sus extravíos.
Ampara a todos tus hijos,
Señor, más tierno que una madre.
Y a mí, que te acompaño
cuando te abandonan otros, porque he oído la voz de la gracia; a mí, que
no te amo por el cielo, ni por el infierno te temo; a mí, que sólo busco
tu gloria y estoy recompensado con la dicha de amarte, auméntame este
amor y dadme fortaleza para luchar y obtener el apetecido triunfo.
Adiós, Jesús de mi alma salgo
de tu presencia, pero te dejo mi corazón; en medio del bullicio del
mundo estaré pensando en Ti, y a cada respiración, entiende. oh Jesús,
que deseo ser tuyo. Amén.
Señor mío Jesucristo, que por
amor a los hombre estás noche y día en este sacramento, lleno de piedad
y de amor, esperando, llamando y recibiendo a cuantos vienen a
visitarte: creo que estás presente en el sacramento del altar. Te adoro
desde el abismo de mi nada y te doy gracias por todas las mercedes que
me has hecho, y especialmente por haberte dado tu mismo en este
sacramento, por haberme concedido por mi abogada a tu amantísima Madre y
haberme llamado a visitarte en este iglesia.
Adoro ahora a tu Santísimo
corazón y deseo adorarlo por tres fines: el primero, en acción de
gracias por este insigne beneficio; en segundo lugar, para resarcirte de
todas las injurias que recibes de tus enemigos en este sacramento; y
finalmente, deseando adorarte con esta visita en todos los lugares de la
tierra donde estás sacramentado con menos culto y abandono.
¡Oh, Santísimo Jesús, que
aquí sois verdaderamente Dios escondido; concededme desear
ardientemente, buscar prudentemente, conocer verdaderamente y cumplir
perfectamente en alabanza, y gloria de vuestro nombre todo lo que os
agrada. Ordenad, ¡oh Dios mío!, el estado de mi vida; concededme que
conozca lo que de mí queréis y que lo cumpla corno es menester y
conviene a mi alma. Dadme, oh Señor Dios mío, que no desfallezca entre
las prosperidades y adversidades, para que ni en aquellas me ensalce, ni
en éstas me abata. De ninguna cosa tenga gozo ni pena, sino de lo que
lleva a Vos o aparta de Vos. A nadie desee agradar o tema desagradar
sino a Vos. Séanme viles, Señor, todas las cosas transitorias y
preciosas todas las eternas. Disgústeme, Señor, todo gozo sin Vos, y no
ambicione cosa ninguna fuera de Vos. Séame deleitoso, Señor, cualquier
trabajo por Vos, y enojoso el descanso sin Vos. Dadme, oh Dios mío,
levantar a Vos mi corazón frecuente y fervorosamente, hacerlo todo con
amor, tener por muerto lo que no pertenece a vuestro servicio, hacer mis
obras no por rutina, sino refiriéndolas a Vos con devoción. Hacedme, oh
Jesús, amor mío y mi vida, obediente sin contradicción, pobre sin
rebajamiento, casto sin corrupción, paciente sin disipación, maduro sin
pesadumbre, diligente sin inconstancia, temeroso de Vos sin
desesperación, veraz sin doblez; haced que practique el bien sin
presunción que corrija al prójimo sin soberbia, que le edifique con
palabras y obras sin fingimientos. Dadme, oh Señor Dios mío, un corazón
vigilante que por ningún pensamiento curioso se aparte de Vos; dadme un
corazón noble que por ninguna intención siniestra se desvíe; dadme un
corazón firme que por ninguna tribulación se quebrante; dadme un corazón
libre que ninguna pasión violenta le domine. Otorgadme, oh Señor Dios
mío, entendimiento que os conozca, diligencia que os busque, sabiduría
que os halle, comportamiento que os agrade, perseverancia que
confiadamente os espere, y esperanza que, finalmente, os abrace. Dadme
que me aflija con vuestras penas aquí por la penitencia, y en el camino
de mi vida use de vuestros beneficios por gracia, y en la patria goce de
vuestras alegrías por gloria. Señor que vivís y reináis, Dios por todos
los siglos de los siglos. Amén.
Sagrario del Altar el nido de
tus más tiernos y regalados amores. Amor me pides, Dios mío, y amor me
das; tu amor es amor de cielo, y el mío, amor mezclado de tierra y
cielo; el tuyo es infinito y purísimo; el mío, imperfecto y limitado.
Sea yo, Jesús mío, desde hoy, todo para Ti, como Tú los eres para mi.
Que te ame yo siempre, como te amaron los Apóstoles; y mis labios besen
tus benditos pies, como los besó la Magdalena convertida. Mira y escucha
los extravíos de mi corazón arrepentido, como escuchaste a Zaqueo y a la
Samaritana. Déjame reclinar mi cabeza en tu sagrado pecho como a tu
discípulo amado San Juan. Deseo vivir contigo, porque eres vida y amor.
Por sólo tus amores, Jesús,
mi bien amado, en Ti mi vida puse, mi gloria y porvenir. Y ya que para
el mundo soy una flor marchita, no tengo más anhelo que, amándote,
morir.
1. "¡Cuan consoladores y
suaves son los momentos pasados con este Dios de bondad! ¿Estas dominado
por la tristeza? Ven un momento a echarte a sus plantas, y quedaras
consolado. ¿Eres despreciado del mundo? Ven aquí, y hallaras un amigo
que jamás quebrantara la fidelidad.¿Te sientes tentado? aquí es donde
vas a hallar las armas mas seguras y terribles para vencer a tu enemigo.
¿Temes el juicio formidable que a tantos santos ha hecho temblar?
Aprovéchate del tiempo en que tu Dios es Dios de misericordia y en que
tan fácil es conseguir el perdón. ¿Estas oprimido por la pobreza? Ven
aquí, donde hallaras a un Dios inmensamente rico, que te dirá que todos
sus bienes son tuyos, no en este mundo sino en el otro". Santo Cura
de Ars, Sermón sobre el Corpus Christi.
2. "Así como Jesucristo esta
vivo en el cielo rogando siempre por nosotros, así también en el
Santísimo Sacramento del altar, continuamente de día y de noche esta
haciendo este piadoso oficio de abogado nuestro, ofreciéndose al Eterno
Padre como victima, para alcanzarnos innumerables gracias y
misericordias". San Alfonso Mª. de Ligorio, Visitas al
Stmo. Sacramento, 31.
HIMNO A JESÚS SACRAMENTADO
POR SANTO TOMÁS DE AQUINO
(Adoro te devote)
Te adoro con devoción, Dios
escondido, oculto verdaderamente bajo estas apariencias. A Ti se somete
mi corazón por completo, y se rinde totalmente al contemplarte. Al
juzgar de Ti, se equivocan la vista, el tacto, el gusto; pero basta el
oído para creer con firmeza; creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios:
nada es más verdadero que esta palabra de verdad. En la Cruz se escondía
sólo la Divinidad, pero aquí se esconde también la Humanidad; creo y
confieso ambas cosas, y pido lo que pidió aquel ladrón arrepentido. No
veo las llagas como las vio Tomas pero confieso que eres mi Dios: haz
que yo crea más y más en Ti, que en Ti espere y que te ame. ¡Oh memorial
de la muerte del Señor! Pan vivo que das vida al hombre: concede a mi
alma que de Ti viva y que siempre saboree tu dulzura. Señor Jesús,
bondadoso Pelícano, límpiame a mí, inmundo, con tu Sangre, de la que una
sola gota puede liberar de todos los crímenes al mundo entero. Jesús, a
quien ahora veo oculto, te ruego que se cumpla lo que tanto ansío: que
al mirar tu rostro cara a cara, sea yo feliz viendo tu gloria. Amén.
Quince
minutos en compañía de Jesús Sacramentado
No es menester, hijo mío,
saber mucho para agradarme; basta que me ames con fervor. Háblame
sencillamente, como hablarías al más íntimo de tus amigos, o a tu madre,
o a tu hermano.
I.
¿Necesitas hacerme en favor de alguien una súplica cualquiera? Dime su
nombre, bien sea el de tus padres, bien el de tus hermanos y amigos:
dime al punto qué quisieras hiciese actualmente por ellos. Pide mucho,
mucho; no vaciles en pedir; me gustan los corazones generosos, que
llegan a olvidarse en cierto modo de sí mismos para atender a las
necesidades ajenas. Háblame con sencillez, con llaneza, de los pobres a
quienes quisieras consolar, de los enfermos a quienes ves padecer, de
los extraviados que anhelas volver al buen camino, de los amigos
ausentes que quisieras ver otra vez a tu lado. Dime por todos una
palabra de amigo, entrañable y fervorosa. Recuérdame que prometí
escuchar toda súplica salida del corazón, ¿y no ha de salir del corazón
el ruego que me dirijas por aquellos que tu corazón ama especialmente?
II.Y para ti ¿no
necesitas alguna gracia? Hazme, si quieres, una lista de tus necesidades
y léela en mi presencia.
Dime francamente que sientes
soberbia, amor a la sensualidad y al regalo; que eres tal vez, egoísta,
inconsciente, negligente..., y pídeme luego que venga en ayuda de los
esfuerzos, pocos o muchos, que haces para sacudir de encima de ti tales
miserias.
No te avergüences, ¡pobre
alma! ¡Hay en el cielo tantos justos, tantos santos de primer orden, que
tuvieron esos mismos defectos! Pero rogaron con humildad..., y poco a
poco se vieron libres de ellos.
Ni menos vaciles en pedirme
bienes espirituales y corporales: salud, memoria, éxito feliz en tus
trabajos, negocios o estudios; todo eso puedo darlo, y lo doy, y deseo
que me lo pidas en cuanto no se oponga, antes favorezca y ayude a tu
santificación. Por hoy, ¿qué necesitas? ¿Qué puedo hacer en tu bien? ¡Si
supieras los deseos que tengo de favorecerte! ¿Traes ahora mismo entre
manos algún proyecto? Cuéntamelo todo minuciosamente. ¿Qué te preocupa?
¿Qué piensas? ¿Qué deseas? ¿Qué quieres haga por tu hermano, hermana,
por tu amigo, por tu superior? ¿Qué desearías hacer por ellos?
¿Y por mí? ¿No sientes deseos
de mi gloria? ¿No quisieras poder hacer algún bien a tus prójimos, a tus
amigos, a quienes amas mucho y que viven quizá olvidados de mí? Dime qué
cosa solicita hoy particularmente tu atención, qué anhelas más vivamente
y con qué medios cuentas para conseguirlo. Dime si te sale mal tu
empresa, y Yo te diré las causas del mal éxito. ¿No quisieras que me
interesase algo en tu favor? Hijo mío, soy dueño de los corazones, y
dulcemente los llevo, sin perjuicio de su libertad, adonde me place.
III. ¿Sientes acaso
tristeza o mal humor? Cuéntame, cuéntame, alma desconsolada, tus
tristezas con todos sus pormenores. ¿Quién te hirió? ¿Quién lastimó tu
amor propio? ¿Quién te ha despreciado? Acércate a mi Corazón, que tiene
bálsamo eficaz para curar todas esas heridas del tuyo. Cuéntamelo todo,
y acabarás en breve por decirme que, a semejanza de Mí, todo lo
perdonas, todo lo olvidas, y en pago recibirás mi consoladora bendición.
¿Temes por ventura? ¿Sientes
en tu alma aquellas vagas melancolías que, no por ser infundadas, dejan
de ser desgarradoras? Échate en brazos de mi Providencia. Contigo estoy;
aquí, a tu lado me tienes; todo lo veo, todo lo oigo, ni un momento te
desamparo.
¿Sientes desvío de parte de
personas que antes te quisieron bien, y ahora, olvidadas, se alejan de
ti sin que les hayas dado el menor motivo? Ruega por ellas, y yo las
volveré a tu lado, si no han de ser obstáculo a tu santificación.
IV. ¿Y no tienes tal
vez alguna alegría que comunicarme? ¿Por qué no me haces partícipe de
ella a fuer de buen amigo?
Cuéntame lo que desde ayer,
desde la última visita que me hiciste, ha consolado y hecho como sonreír
tu corazón. Quizá has tenido agradables sorpresas, quizá viste disipados
negros recelos, quizá recibiste faustas noticias, alguna carta o muestra
de cariño; has vencido alguna dificultad o salido de algún lance
apurado. Obra mía es todo esto, y Yo te lo he proporcionado: ¿por qué no
has de manifestarme por ello tu gratitud y decirme sencillamente, como
hijo a su padre: ¡Gracias, Padre mío, gracias! El agradecimiento trae
consigo nuevos beneficios, porque al bienhechor le agrada verse
correspondido.
V. ¿Tampoco tienes
alguna promesa que hacerme? Leo, ya lo sabes, en el fondo de tu corazón.
A los hombres se les engaña fácilmente, a Dios no; háblame, pues, con
toda sinceridad. ¿Tienes firme resolución de no exponerte ya más a la
ocasión aquella de pecado? ¿De privarte de aquel objeto que te dañó? ¿De
no leer más aquel libro que avivó tu imaginación? ¿De no tratar más a la
persona que turbó la paz de tu alma? ¿Volverás a ser dulce, amable y
condescendiente con aquella otra a quien, por haberte faltado, has
mirado como enemiga?
Ahora bien, hijo mío: vuelve
a tus ocupaciones habituales; al taller, a la familia, al estudio...;
pero no olvides los quince minutos de grata conversación que hemos
tenido aquí los dos, en la soledad del santuario. Guarda en cuanto
puedas silencio, modestia, recogimiento, resignación, caridad con el
prójimo. Ama a mi Madre, que lo es también tuya, y vuelve otra vez
mañana con el corazón más amoroso, más entregado a mi servicio. En mi
Corazón hallarás cada día nuevo amor, nuevos beneficios, consuelos
nuevos.
Yo te
adoro, Señor y Creador, escondido en el Santísimo Sacramento. Yo te
adoro por todos los trabajos de tus manos, que tu me revelas con tanta
sabiduría, bondad y misericordia, O Señor.
Tu has esparcido tanta belleza sobre la tierra y esta me habla de tu
belleza, aunque estas cosas hermosas son apenas una reflexión vaga de
ti, belleza incompresible.
Y aunque Tú te has escondido y has escondido tu belleza, mis ojos,
iluminados por la fe, te alcanzan y mi alma te reconoce como su creador,
su mas altísimo bien, y mi corazón está completamente sumergido en
oración y adoración.
Padre
Nuestro Eucarístico - San Pedro Julián Eymard
Padre
Nuestro, Hágase tu voluntad. Nuestro Padre que estás en el Cielo, en el
Cielo de la Eucaristía. A ti que estás sentado en el trono de la gracia
y el amor, sea la bendición, y el honor y el poder y la gloria por todos
los siglos de los siglos.
Santificado sea tu Nomber, primero en nosotros, a través del Espíritu de
tu humildad, obediencia y caridad. Que pueda Yo en toda humildad y deseo
hacerte conocido, amado y adorado por todos los hombres en la Sagrada
Eucaristía.
Venga a nosotros tu Reino, tu Reino Eucarístico. Reina Tu solo sobre
nosotros para tu mas grande gloria a través del poder de tu amor, el
triunfo de tus virtudes, y la gracia de una vocación eucarística en mi
estado de vida.
Concédenos la gracia y la misión de tu amor santo para que podamos
efectivamente extender tu Reino Eucarístico por todas partes y llevar a
cabo el deseo que tu expresaste:
He venido a echar fuego sobre la tierra; ¿ y que mas me gustaría, sino
que estuviera encendida?
Oh, que nosotros pudiéramos ser incendiarios de tu fuego celestial!
Hágase tu voluntad así en la tierra como en el Cielo. Concédenos el gozo
de encontrar toda nuestra alegría queriéndote a ti solamente,
queriéndote solamente, deseándote solamente y pensando solamente en Ti.
Concede que negándonos a si mismos siempre y en todas las cosas, podamos
encontrar luz y vida, en obedecer tu buena, aceptable y perfecta
voluntad.
Haré lo que quieras, lo haré porque tu lo quieres, lo haré como tu lo
quieres, lo haré siempre y cuando tu lo quieras.
Perece nuestros pensamientos y deseos, si ellos no son puramente de Ti,
para Ti y en Ti.
Danos hoy nuestro pan de cada día. Tu eres nuestro Señor Eucarístico y
Tu solamente serás nuestra comida y vestido, nuestras riquezas y gloria,
nuestro remedio en la enfermedad, y nuestra protección en contra de todo
mal. Tu serás todas las cosas para nosotros.
Y perdónanos nuestros pecados. Perdóname Jesús, porque Yo siento mucho
por mis pecados, tal como se presentan ante tus ojos.
Como nosotros perdonamos a los que nos ofenden. Para cualquiera que nos
haya ofendido en cualquier forma, con todo nuestro corazón le perdonamos
y le deseamos los regalos de tu amor.
Y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal. Libéranos
Jesús, del demonio del orgullo, la impureza, el desacuerdo y la
complacencia.
Libéranos de los cuidados y preocupaciones de la vida, para que con un
corazón puro y una mente libre podamos gozosamente pasar nuestra vida y
consagrar todo lo que somos y lo que tenemos al servicio tuyo, nuestro
Señor Eucarístico. Amen.
En Ti, Oh Señor Jesús, Yo he tenido la esperanza; no dejes que nunca me
confunda. Tu solamente eres bueno. Tu solamente eres poderoso. Tu
solamente eres eterno. A Ti solamente sea el honor y la gloria, el amor
y el agradecimiento, por los siglos de los siglos. Amén.
O caridad
sin límites! Tal como tu te entregaste, todo Dios y todo hombre, así te
dejaste a nosotros todo Tu como comida, para que mientras nosotros
estamos como peregrinos en esta vida no nos desmayáramos en nuestro
cansancio sino que nos fortaleciéramos por Ti, comida celestial.
O gente mercenaria!, ¿Y que les ha dejado Dios?
El se ha dejado a sí mismo para ustedes,
totalmente Dios y totalmente hombre, escondido bajo la blancura de este
pan.
O fuego de amor! ¿No fue suficiente que nos regalaras con la creación en
tu imagen y semejanza, y que nos crearas de nuevo a la gracia en la
sangre de Tu Hijo, sin entregarte a nosotros como comida, el todo de la
divinidad, el todo de Dios?
¿Que fue lo que te llevó? Nada mas que tu caridad, !loco de amor que Tu
estas!
"Padre Eterno, te ofrezco la Preciosísima Sangre de Tu Divino Hijo,
Jesús, en unión de todas las Misas dichas a través del mundo en este
día, por todas la almas del Purgatorio, por los pecadores en todas
partes, por los pecadores en la Iglesia Universal, por aquellos dentro
de mi propia casa y en mi familia." Amén.
- - - - - - - - -
Nuestro Señor le dijo a Santa Gertrudis que esta oración permitiría la
salida de 1000 almas del Purgatorio cada vez que se dice. La oración fue
extendida para incluir todos los pecadores también.
"Santísima
Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo te adoro
profundamente y te ofrezco el Precioso Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad
de Jesucristo, presente en todos los tabernáculos de la tierra, en
reparación por todas las ofensas, sacrilegios e indiferencia con los
cuales El es ofendido.
Y a través de los méritos infinitos de su Sacratísimo Corazón y del
Inmaculado Corazón de María, yo te ruego por la conversión de los pobres
pecadores."
Textos
eucarísticos de la Sagrada Escritura
Selección para meditar ante el
Santísimo Sacramento
Lectura
del libro del Éxodo
(16,1-5.9-15)
El Señor dijo a Moisés: … “Por
la mañana os saciaréis de pan; para que sepáis que yo soy el Señor,
vuestro Dios." …
Al amanecer había una capa de
rocío alrededor del campamento. Cuando se evaporó la capa de rocío,
apareció en la superficie del desierto un polvo fino, parecido a la
escarcha. Al verlo, los israelitas se dijeron: "¿Qué es esto?" Pues no
sabían lo que era. Moisés les dijo: "Es el pan que el Señor os da de
comer."
Lectura del libro del Éxodo
(24, 3-8)
En aquellos días, Moisés bajó y
contó al pueblo todo lo que había dicho el Señor y todos sus mandatos …
Y tomó Moisés la sangre y roció al pueblo, diciendo: «Ésta es la sangre
de la alianza que hace el Señor con vosotros, sobre todos estos
mandatos.»
Lectura del santo Evangelio
según san Lucas
(24, 13. 28-31)
El mismo día, dos de ellos iban
a una aldea llamada Emaús, que distaba de Jerusalén sesenta estadios. …
Llegaron cerca de la aldea, y él
hizo ademán de continuar. Pero le retuvieron diciéndole: Quédate con
nosotros, porque ya está anocheciendo y va a caer el día. …
Y estando juntos a la mesa tomó
el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los
ojos y le reconocieron, pero él desapareció de su presencia.
Lectura del libro de los
Proverbios (9,
1-6.10-12)
La sabiduría se ha construido su
casa plantando siete columnas, ha preparado el banquete, mezclado el
vino y puesto la mesa; ha despachado a sus criados para que lo
anuncien en los puntos que dominan la ciudad: los ignorantes que vengan
aquí, quiero hablar a los faltos de juicio: venid a comer de mi pan y a
beber el vino que he mezclado; dejad la error y viviréis, seguid el
camino de la prudencia".
Lectura de los Hechos de los
Apóstoles (2,
42-47)
Los hermanos eran constantes en
escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la vida común, en la fracción
del pan y en las oraciones. …
Eran bien vistos de todo el
pueblo, y día tras día el Señor iba agregando al grupo los que se iban
salvando.
Lectura de los Hechos de los
Apóstoles (2,
42-47)
Todo el mundo estaba
impresionado por los muchos prodigios y signos que los apóstoles hacían
en Jerusalén. Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en
común … A diario acudían al templo todos unidos, celebraban la fracción
del pan en las casas y comían juntos, alabando a Dios con alegría y de
todo corazón.
Lectura de la primera carta
del Apóstol san Pablo a los Corintios
(10, 16- 17)
Hermanos:
El cáliz de nuestra Acción de
Gracias, ¿no nos une a todos en la sangre de Cristo? Y el pan que
partimos, ¿no nos une a todos en el Cuerpo de Cristo?
El pan es uno, y así nosotros,
aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del
mismo pan.
Lectura del santo Evangelio
según san Lucas
(22, 7-12)
En aquel tiempo envió Jesús a
Pedro y a Juan, diciéndoles: … Mirad, cuando entréis en la ciudad, os
saldrá al encuentro un hombre llevando un cántaro de agua; seguidle
hasta la casa en que entre, y decid al dueño: el Maestro te pregunta:
¿dónde está la estancia en que he de comer la Pascua con mis discípulos?
El os mostrará una habitación superior, grande, aderezada. Preparadla
allí.
Lectura del santo evangelio
según san Juan 6,1-15
En aquel tiempo, Jesús levantó
los ojos, y al ver que acudía mucha gente, dice a Felipe: "¿Con qué
compraremos panes para que coman éstos?" …
Jesús dijo: "Decid a la gente
que se siente en el suelo … Jesús tomó los panes, dijo la acción de
gracias y los repartió a los que estaban sentados, y lo mismo todo lo
que quisieron del pescado.
Lectura del santo evangelio
según san Juan
(6,44-51)
En aquel tiempo, dijo Jesús a la
gente:
—Yo soy el pan de la vida.
Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: éste es el
pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy
el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para
siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.
Lectura
del santo evangelio según san Juan
(6,44-51)
En aquel tiempo, los judíos
dijeron a Jesús:
¿Qué milagro haces tú, para que
lo veamos y te creamos? ¿Qué obras realizas tú? Nuestros padres comieron
el maná en el desierto, como está escrito: Les dio a comer pan del
Cielo.
Les respondió Jesús: En verdad,
en verdad os digo que no os dio Moisés el pan del Cielo, sino que mi
Padre os da el verdadero pan del Cielo. Pues el pan de Dios es el que ha
bajado del Cielo y da la vida al mundo.
Ellos le dijeron: Señor, danos
siempre de este pan.
Lectura del santo evangelio
según san Juan
(6,44-51)
En aquel tiempo, dijo Jesús a la
gente:
Yo soy el pan de vida; el que
viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá nunca sed. …
Todo lo que me da el Padre vendrá a mí, y al que viene a mí no lo echaré
fuera, porque he bajado del Cielo no para hacer mi voluntad sino la
voluntad de Aquel que me ha enviado.
Lectura del santo evangelio
según san Juan
(6,44-51)
En aquel tiempo discutían, los
judíos entre ellos diciendo: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?
Jesús les dijo: En verdad, en verdad os digo que si no coméis la carne
del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros.
El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo le
resucitaré en el último día.
Lectura del santo evangelio
según san Juan
(6,44-51)
En aquel tiempo dijo Jesús a los
judíos:
Mi carne es verdadera comida y
mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre
permanece en mí y yo en él. Como el Padre que me envió vive y yo vivo
por el Padre, así, aquel que me come vivirá por mí. Este es el pan que
ha bajo del Cielo, no como el que comieron los padres y murieron: quien
come este pan vivirá eternamente.
Lectura del santo evangelio
según san Lucas
(22, 14-18)
En aquel tiempo dijo Jesús a los
Apóstoles:
Ardientemente he deseado comer
esta Pascua con vosotros, antes de padecer, porque os digo que no la
volveré a comer hasta que tenga su cumplimiento en el Reino de Dios. Y
tomando el cáliz, dio gracias y dijo: Tomadlo y distribuidlo entre
vosotros; pues os digo que a partir de ahora no beberé del fruto de la
vid hasta que venga el Reino de Dios
Lectura del Libro del
Apocalipsis (8,
2-4)
Entonces vi a los siete ángeles
que están de pie delante de Dios; les dieron siete trompetas. Vino otro
ángel y se quedó en pie junto al altar con un incienso de oro. Le dieron
muchos perfumes para que los ofreciera sobre el altar de oro que está
ante el trono, junto con las oraciones de todos los santos. Y subió el
humo de los perfumes con las oraciones de los santos, desde la mano del
ángel hasta la presencia de Dios.
Lectura del santo evangelio
según san Juan
(13, 1)
La víspera de la fiesta de
Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo
al Padre, como amase a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta
el fin.
Lectura del santo evangelio
según san Juan
(19, 31-34)
Como era la Parasceve, para que
no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, pues aquel sábado era
un día grande, los judíos rogaron a Pilatos que les quebraran las
piernas y los quitasen. Vinieron los soldados y quebraron las piernas al
primero y al otro que había sido crucificado con él. Pero cuando
llegaron a Jesús, como le vieron ya muerto, no le quebraron las piernas,
sino que uno de los soldados le abrió el costado con la lanza, y al
instante brotó sangre y agua.
Lectura del Libro del
Apocalipsis (19,
6-9)
Y oí una voz como de inmensa
muchedumbre, como el estruendo de caudalosas aguas, y el estampido de
fuertes truenos, que decían:
¡Aleluya: Reinó el Señor,
nuestro Dios omnipotente!
Alegrémonos;
saltemos de júbilo; démosle gloria,
pues llegó el día de las bodas
del Cordero,
y se ha engalanado su esposa. Le
han regalado un vestido
de lino puro y deslumbrante.
El lino son las buenas obras de
los santos.
Entonces me dijo: Escribe:
Bienaventurados los llamados a la cena de las bodas del Cordero.
El
vino de la ilusión Jn 2, 1-12
Jesucristo ha querido
necesitar el agua de nuestro esfuerzo para darnos el vino del entusiasmo
y la felicidad.
Evangelio: Juan 2,
1-12
En aquel tiempo hubo una boda en Caná de Galilea, a la cual asistió la
madre de Jesús; Jesús y sus discípulos también fueron invitados. Se les
acabó el vino, y entonces la madre de Jesús le dijo: "No les queda
vino". Jesús le contestó: "Mujer, ¿qué nos va a ti y a mí?; todavía no
ha llegado mi hora". La madre de Jesús dijo entonces a los que servían:
"Haced lo que él les diga". Había allí seis tinajas de piedra, de unos
cien litros cada una, que utilizaban los judíos para sus ritos de
purificación. Jesús dijo a los que servían: "Llenad las tinajas de
agua". Y las llenaron hasta el borde. Entonces les mandó: "Sacad ahora
un poco y llevadlo al mayordomo". Así lo hicieron. Cuando el mayordomo
probó el agua convertida en vino sin saber su procedencia (sólo los
sirvientes lo sabían), llamó al novio y le dijo: "Todo el mundo sirve
primero el vino de mejor calidad, y cuando los invitados ya han bebido
bastante, sirven el más corriente; tú, en cambio, has guardado el de
mejor calidad hasta ahora". Esto sucedió en Caná de Galilea; fue el
primer signo realizado por Jesús. Así mostró su gloria y sus discípulos
creyeron en él. Después, Jesús bajó a Cafarnaún, acompañado de su madre,
sus hermanos y sus discípulos, y se quedaron allí unos cuantos días.
Fruto: Contemplar
cómo obra Dios: espera mi colaboración, y una vez que la tiene, da con
magnanimidad y largueza.
Pautas para la reflexión
El Papa Juan Pablo II incluyó esta escena evangélica como uno de los
misterios luminosos del rosario. ¿Por qué? Porque estamos ante una
escena que nos enseña cómo Cristo ilumina la vida de los hombres, y cómo
María juega un papel importante en esa labor de «iluminación».
1. Jesús y sus
discípulos fueron invitados
Jesús acudió a esta boda no por ser un gran rabí, sino como hijo de
María. Fue invitada Ella, y junto con Ella, el Hijo y sus primeros
discípulos. Un hecho casual, o mejor, en cristiano, providencial. Faltó
el vino, no se sabe por qué, y una boda en aquel tiempo sin vino no era
tal. ¡Qué vergüenza pasarían los novios, en la boda y durante el resto
de su vida, si corría el rumor de que no quedaba vino! El drama estaba a
la vuelta de la esquina, pero en ese invitado de última hora, el hijo de
María, se hallaba la solución.
2. No les queda
vino
María, como las mujeres de la época, debía estar sirviendo en la
boda, preparando la comida o sacándola a las mesas de los convidados.
Una mujer, en aquel tiempo, nunca disfrutaba de un banquete. Esta
situación le permitió darse cuenta del drama que se avecinaba al
escasear el vino. Como una hija confiada, acude a Dios, su Padre,
encarnado en misteriosamente en su Hijo, para interceder ante los
novios. Es tal su confianza, que le basta con una frase: "No les
queda vino". ¿Y a mí, me queda vino? No el vino tinto o blanco o
rosado; sino el vino de la ilusión, de la alegría, del entusiasmo ante
los bienes espirituales. Acabamos de celebrar la Navidad, esa fiesta de
alegría profunda, al conmemorar que el Hijo de Dios se hace uno de
nosotros, cercano y semejante en todo, excepto en el pecado. Acudamos a
María, la Virgen confiada, para que también interceda por nosotros, como
lo hizo en aquel tiempo por estos dos recién casados. Seguro que Ella
presentará a su Hijo una oración por nosotros, y ¿qué buen hijo no
concede a su madre lo que le pide?
3. Llenaron las tinajas hasta arriba
Jesucristo hace el
milagro, pero no le gusta obrar como un mago, que saca de la nada la
solución. Jesucristo nos quiere ayudar, quiere darnos su vino, pero a la
vez hace el milagro sobre la base de lo que nosotros le demos. Ha
querido sentir necesidad de nuestro agua, de nuestro esfuerzo, "La
gracia de Dios -recuerda santo Tomás de Aquino, una de las mentes más
brillantes de la historia-, no destruye la naturaleza humana, sino que
la eleva". Dios quiere hacer el milagro, quiere darnos el vino de la
ilusión, pero necesita que le presentemos el agua de nuestro esfuerzo,
de nuestro trabajo diario. Es conocido el adagio: "A Dios rogando y
con el mazo dando"; esto es lo que hicieron los que servían en la
boda. Llenaron las tinajas hasta arriba, no la mitad o un poco, sino
hasta el borde. Pusieron toda la carne en el asador, y sin ellos saber
cómo, Jesucristo hizo el milagro. Cuando nos prestamos a la gracia, Dios
hace maravillas. El evangelista constata que el vino "milagroso"
de Jesús era mucho mejor que el vino comprado por los novios, eso que en
una boda siempre se elige comida y bebida de la mejor calidad. Dios da,
y da con generosidad, siempre y cuando encuentre en nosotros una sincera
colaboración.
Propósito: Hoy seré
generoso con los actos de caridad que me pidas, Señor.
|