BERNARDO F. DE HOYOS
Boletín Informativo de la Causa (Segunda etapa) Nº 9 Septiembre 2005
El saboreo de la Eucaristía en Bernardo de Hoyos
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Al ver una juventud tan espléndida, uno piensa en aquel joven que fue Bernardo. Lástima que en su tiempo no hubiera estas Jornadas mundiales de la juventud cristiana. Porque Bernardo fue un enamorado del misterio eucarístico. No pudo escuchar la alocución de Benedicto XVI en el silencio de la noche, desgranando las perlas que se encierran en el más hermoso y hondo de los misterios: el misterio de la Eucaristía. Sin embargo, Bernardo con sus veintiún años hizo algo más: vivió la Eucaristía en la triple dimensión desarrollada por el Papa aquella noche: la Eucaristía como ofrenda, como presencia y como tarea.
El misterio eucarístico es la gran Entrega de Cristo, que reclama nuestra propia entrega. Amor por amor, Entrega por entrega, Donación por donación. Espigando en los escritos de Bernardo encontramos frases como éstas: "me fui luego al punto delante del Señor Sacramentado a ofrecerme para cooperar cuanto pudiese...." (el Señor le había hablado por primera vez del culto a su Corazón). Si esa frase la escribió Bernardo el 3 de mayo de 1733, al día siguiente escribía esta otra: "Yo renové la oferta del día antes"; y continuando en esa actitud de entrega escribirá el 10 de mayo: "agradecióme (el Señor) el aliento con que le ofrecí hasta la última gota de mi sangre..."
Si ahora nos trasportamos a Colonia, oiremos a Benedicto XVI que dice a la juventud mundial: "(los magos) habían venido para ponerse al servicio de este Rey...Este era el sentido de su gesto de acatamiento, de su adoración...La adoración tiene un contenido y comporta una donación...; con el gesto de adoración querían reconocer a ' este niño como su Rey y poner a su servicio el propio poder y las propias posibilidades... Aprenden que deben entregarse a sí mismos: un don menor que éste es poco para este Rey... Tienen que aprender a perderse a sí mismos y; precisamente así, a encontrarse a sí mismos Los santos han sido personas que no han buscado obstinadamente la propia felicidad, sino que han querido simplemente entregarse...Ellos nos indican la vía para ser felices y nos muestran cómo se consigue ser personas verdaderamente humanas"
Pero la Eucaristía, además de entrega, es presencia. Este sentido de la "presencia eucarística" fue muy vivo en Bernardo. Sus escritos están poblados de frases que así lo muestran. Haciendo como un pequeño ramillete, espigaremos algunas de ellas: "no tenemos tiempo más feliz que aquel en que tenemos a Dios dentro de nosotros"; "en las comuniones es donde tengo mi bienaventuranza en la tierra"; "aquí (en la comunión) recibe mi alma nuevos alientos, nuevas fuerzas, nuevos y crecidos dones"- escribirá en su Gran Cuenta de Conciencia-. Y en una carta a su director espiritual, el P. Juan de Loyola, se expresa así: "Jesús Sacramentado es mi gloria y mi gozo, mi consuelo y mi vida: su presencia me asombra y me eleva a un tiempo", "no quisiera apartarme de allí de día ni de noche": Para Bernardo de Hoyos la belleza toda de la Eucaristía está en Jesucristo; por ello no puede menos de escribir: "A este Dios-Hombre amo; éste es el centro de mi corazón", y precisamente por eso siente que "hay entre este divino Sacramento y mi corazón una celestial simpatía". Para Bernardo de Hoyos el Cristo eucarístico le sabe en ocasiones a cielo, a base de "mirar las comuniones como vislumbres de la gloria ".
Si con el poder que nos da la imaginación nos trasladamos a Marienfeld oiremos decir al Papa, glosando la frase-slogan del encuentro de Colonia: "entraron en la casa, vieron al niño con su María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron": "Queridos amigos, ésta no es una historia lejana, de hace mucho tiempo. Es una presencia. Aquí, en la Hostia consagrada, El está ante nosotros y entre nosotros. Como entonces, se oculta misteriosamente en un santo silencio...E! está presente, como entonces en Belén. Y nos invita a esa peregrinación interior que se llama adoración"
Pero aún hay otro matiz tan bonito o más que los dos anteriores, y es que la Eucaristía nos lanza a una tarea: la de comunicar a los demás ese mismo pan. Nadie tiene el derecho de monopolizarla. Es el pan de todos, el agua para los sedientos, la esperanza para los desesperados.
Cuando Bernardo el10 de mayo de 1733 recibe la gracia de conocer las inescrutables riquezas de Cristo, escribe en sus Apuntes íntimos: "vi los tesoros y riquezas del Padre depositadas en aquel Corazón" y, cayendo en la cuenta de que en esa gracia han de tener parte otros muchos, escribe cuatro días después: "Dióme a entender que no se me daban a gustar las riquezas de este Corazón para mí solo. sino para que por mí las gustasen otros".
Por ello en la Misa de clausura diría el Papa: "E! Cuerpo y' la Sangre de Cristo se nos dan para que a su vez nosotros mismos seamos transformados...Dios no solamente está frente a nosotros...está dentro de nosotros, y nosotros estamos en El. Su dinámica nos penetra y desde nosotros quiere propagarse a los demás y extenderse a todo el mundo... Quien ha descubierto a Cristo debe llevar a otros hacia El. Una gran alegría no se puede guardar para uno mismo. Es necesario transmitirla... Ayudad a los hombres a descubrir la verdadera estrella que indica el camino. iJESUCRISTO!"
Nosotros, los cristianos del siglo XXI poseemos el mismo tesoro que Bernardo de Hoyos. La Eucaristía es como el lazo de oro que va uniendo todas las generaciones de cristianos. Alentados por las recientes palabras de Benedicto XVI y por el ejemplo de nuestro querido Bernardo procuremos vivir la Eucaristía como él la vivió.
Conociendo al Padre Hoyos...
Bernardo de Hoyos, novicio en Villagarcía: En los dos Boletines anteriores hablamos de los Padres que encontró Bernardo en su tiempo de noviciado y también del ambiente que allí vivió el Hermano Hoyos. Conocimos la distribución de su tiempo, su Contacto con los pobres y con los niños del catecismo, la prueba de su mes de Ejercicios... Además de estas pruebas, solían hacerse otras, como eran la de servir en los hospitales y la de peregrinar sin dineros. Diremos algo de ellas en este número.
San Ignacio fue durante varios años un peregrino. Con su pierna algo maltrecha recorrió distancias grandes: de Loyola a Montserrat y luego a Barcelona, de aquí a Alcalá de Henares, de Alcalá a Salamanca, de Salamanca a París y de aquí en algunos veranos se fue a los Países Bajos e incluso una vez a Inglaterra. Esto sin contar los recorridos que hizo en Italia, en Tierra Santa, y en 1536 viniendo de París a su tierra natal a reponerse, visitando luego las ciudades de algunos de sus compañeros, como Almazán en Soria, Toledo.... y Valencia, desde donde se embarcó para Italia con el fin de reunirse con sus compañeros que lo esperaban allí. Ignacio fue, pues, un "peregrino". "Solo y a pie" es el título de una moderna biografía de San Ignacio. Siendo peregrino recibió muchas gracias del Señor: supo lo que es vivir austeramente, adaptarse a las circunstancias del momento, encontrarse con personas de muy diferente trato, vivir en ocasiones literalmente la frase de Jesús: "el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar su cabeza"; tuvo momentos en que fue agasajado por quien lo recibía gustoso en su casa dándole una espléndida cena y otros en que las punzadas de un hambre no satisfecha le hacían cosquillas en su estómago. En esas peregrinaciones Ignacio se confiaba a Dios como la flor se confía al viento; aprendía a descansar en la providencia divina y a compartir la suerte, el desprecio y la humillación de los pobres que encontraba en su camino. Ignacio de Loyola intuyó que una experiencia así podría beneficiar mucho a sus hijos y por eso la puso como una prueba del Noviciado. Bernardo de Hoyos la hizo también, porque se hacía en su tiempo, aunque por desgracia no tengamos datos de por dónde transcurrió y en qué tiempo concreto la hizo. Bernardo con sus dos compañeros (se peregrinaba en ternas) fue pidiendo de puerta en puerta, como cualquier otro pobre. El hijo del notario de Torrelobatón pedía un mendrugo de pan para comer; no se podía aceptar dinero, sino solamente alimentos para la jornada y lo que sobrase a la noche se dejaba en la casa del cura de pueblo que los alojaba o se repartía a los pobres. Cada día se salía de vacío con la alforja llena de confianza en ese Señor "que cuida de las ave: y de los lirios del campo". Al llegar a un pueblo se daba catecismo é los niños y se iban a dormir a la casa de algún buen vecino o a un pajar o incluso al raso, si nadie los había querido recibir. Como para San Francisco Javier las islas del Moro fueron "islas de esperar en Dios", para Bernardo la peregrinación fue "tiempo de esperar en Dios".
Quería San Ignacio que sus hijos aprendiesen a vivir colgados de la providencia y en contacto con los pobres, sintiéndose tales al peregrinar por los caminos. En sus Constituciones había escrito: "e comer, vestir y dormir será como cosa propia de pobres...; amen todos la pobreza como madre, y según la medida de la santa discreción, a sus tiempos sientan algunos efectos de ella...y estén aparejados para mendigar ostiatim (de puerta en puerta) cuando la obediencia o la necesidad lo pidiese".
La otra prueba del noviciado consistía en servir en los hospitales: lavar a los enfermos, vaciar la bacinilla o la escupidera, hacerles la cama, barrer las salas, etc. San Ignacio y los primeros compañeros jesuitas conocían por experiencia propia el fruto espiritual que tales acciones reportaban. Sabemos cómo San Francisco Javier realizó un acto heroico chupando la llaga de un enfermo para vencer así la repugnancia que le causaba. Por otro lado, si alguien ha tenido cuidado de los enfermos, ese fue San Ignacio, del que escribirá el P. Rivadeneira: "a los que lo vimos nos causaba admiración, y a los que no lo vieron parecerá encarecimiento. " (Admira) "la caridad y humildad con que los servía, como si no tuviera otra cosa en qué entender. Matar las chinches yo le vi, y limpiar las camas de los enfermos".
Bernardo hizo también esta prueba y probablemente en el hospital de Villagarcía, que la fundadora del Colegio había levantado y que aún hoy se conserva como Salón cultural del pueblo. Este hospital, de dieciséis camas, comenzó a funcionar en 1613; por ello los primeros novicios de Villagarcía habían hecho la prueba de hospital al principio en Medina de Rioseco, pero luego en Valladolid, ya que en un escrito que dirige el P. Lapuente al General de la Compañía, dice: "Solían ir los novicios a Rioseco, tres leguas de este lugar, a cumplir la experiencia de servir por un mes en los hospitales, por no haberle en Villagarcía; y viéronse inconvenientes, a causa de no haber allí casa de la Compañía, ni comodidad para estar allí decentemente".
Terminadas las pruebas del noviciado, Bernardo se preparará para hacer los votos y concluir así su primera etapa de formación. Pero esto será materia del próximo Boletín. X
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