La devoción al Sagrado Corazón de Jesús

en el Magisterio de la Iglesia

                                                                              José Mª Petit Sullá

 

Las apariciones a santa Margarita

 

En la Carta Apostólica lnde a Primis de 30 de junio de 1960 -que tenía por motivo central presentar y favorecer el culto a la preciosísima Sangre de Cristo- el Papa Juan XXIII hizo una breve pero central referencia a la devoción al Sagrado Corazón y resaltó no sólo la importancia de las apariciones del Sagrado Corazón a santa Margarita sino también la aceptación y promoción por el Magisterio pontificio de este culto. Estas palabras son un magnífico resumen de lo que supone esta extraordinaria devoción y nos sirven de guía en este artículo.

 

Escribía este Papa acerca de la importancia de estas revelaciones: «... el culto al Sacratísimo Corazón de Jesús, a cuya plena y perfecta constitución y a cuya difusión por todo el mundo en tanto grado contribuyeron las cosas que Cristo el Señor, mostrando su sacrosanto Corazón, manifestó a santa Margarita María Alacoque».

 

Palabras estas que resumen, de modo admirable, el papel singular y determinante en la devoción al Corazón de Jesús de las apariciones a santa Margarita. «Las cosas que Cristo el Señor manifestó a santa Margarita», nos dice, sencilla y profundamente.

 

Se trata, en efecto, de Cristo, que es el Señor, esto es, Dios, quien se aparece a la santa monja salesa y le habla de su deseo de ser amado y de su misericordia hacia los hombres. Pero en estas apariciones no hay sólo palabras sino también gestos, pues el Señor habló «mostrando su sacrosanto Corazón». Esta imagen del Corazón es inseparable de las palabras de Cristo porque enseñan de modo gráfico el contenido esencial de sus palabras, salidas del Corazón y que piden que los hombres entiendan que Dios tiene corazón humano. Es por razón de esta mostración tan singular que decimos «apariciones del Sagrado Cora­zón» y no simplemente de Jesucristo.

 

Esta forma de presentarse el Señor -mostrando su Corazón- de tal manera constituye parte intrínseca de la re­velación de Cristo que, si se olvida, ni se entiende ni se practica ni fructifica en las almas esta privilegiada y pro­videncial forma de culto. La teología del Sagrado Cora­zón ha de entender el valor intrínseco de esta imagen irre­nunciable.

 

Para dejar claro, desde el comienzo, que la enseñanza pontificia toma pie de las revelaciones a santa Margarita, basta comprobar que la Miserentissimus Redemptor, en la que de alguna manera se culmina la exposición de aquello que constituye esta devoción -al añadir a la consagración la práctica de la reparación- cita a la santa expresamente por su nombre en cuatro ocasiones (cf. nn. 1,4, 13 y 23) y aún repite literalmente por dos veces palabras de la apari­ción del Corazón de Jesús, aquellas, precisamente en que se lamenta de la falta de amor de los hombres (cf. n. 13) y aquellas en que promete abundancia de gracias para los que se ejerciten en esta práctica de fe y piedad (cf. n. 23). Más aún, en la encíclica Haurietis aquas de Pío XII se la cita expresamente cinco veces, lo que es más notable to­davía tratándose de una encíclica que pretende sobre todo mostrar su fundamentación teológica.

 

Y escribía también Juan XXIII acerca del papel de los Romanos Pontífices en el acrecentamiento de este culto que, ciertamente, se difundía de modo precedente respecto a las sucesivas aprobaciones pontificias, pero que éstas atestiguaban con su autoridad la autenticidad de aquéllas y no sólo comunicaban más convencimiento y seguridad a quienes las practicaban y difundían sino que las promovían muy eficazmente entre todos los cristianos proponiéndola como el ideal más acabado de toda la religión. No puede desconocerse la importancia del apoyo prestado por los diferentes Papas a esta naciente devoción porque representan el ejercicio pastoral de su misión divinamente confiada. Tales eran las palabras del papa Juan: «y con tan singular honor apoyaron los Romanos Pontífices, con admirable unanimidad esta forma de culto religioso, que no sólo pusieron en claro su virtud y fuerza, sino que también declararon su legitimidad y promovieron su uso». Tres son las principales afirmaciones precisas de este texto pontificio acerca de la aprobación pontificia de dicha devoción.

Veámoslas con cierto detenimiento.

 

El testimonio de Juan XXIII

 

Conviene destacar, en primer lugar y muy en particular, la expresión «unanimidad». Es, ciertamente singular y, por ello, admirable tal unanimidad pontificia. Ya León XIII destacaba la serie de pontífices predecesores suyos que había favorecido en su tiempo esta naciente devoción. Citaba, en la Annum Sacrum, a Inocencio XII, Benedicto XIII, Clemente XIII, Pío VI, Pío VII y Pío IX. Con posterioridad a León XIII y antes de Juan XXIII hay que hablar, en particular, de san Pío X, Pío XI y Pío XII; estos dos últimos, autores de encíclicas monográficamente dedicadas al culto al Sagrado Corazón. No es, pues, la devoción de un determinado Papa o de una determinada época. Ahora bien, no puede darse esta unanimidad sin la reiterada asistencia del Espíritu Santo. Esta es la lección que se desprende de la unanimidad pontificia.

 

Estos Pontífices «pusieron en claro la virtud y fuerza de esta forma de culto religioso», dice Juan XXIII. Efec­tivamente, en estas enseñanzas del más alto magisterio se analizaron y contrastaron a la luz de la verdad revelada el contenido de esta devoción o culto y se explicitaron su capacidad salvadora y aún santificadora y su incontenible fuerza. Se trata de un culto que en sí mismo es eficaz para la vida cristiana tanto a nivel personal -su virtud- para elevar a cada hombre a la santidad, como a nivel social -su fuerza- para entusiasmar y constituir un ideal colectivo. Y, en particular, tiene fuerza para vencer los ataques  de los enemigos de Cristo, e incluso para convertirlos.

 

Finalmente los Pontífices, nos dice Juan XXIII, «promovieron su uso». Las revelaciones a santa Margarita fueron el inicio y, de algún modo, el alma de esta devoción, pero no puede decirse que esta devoción sea «privada» después de las encíclicas pontificias en las que se da razón del contenido de esta devoción, de su fundamentación y de sus ubérrimos frutos. El cauce por el que discurrirá esta devoción ya no es el de una determinada escuela o espiritualidad, o de una orden religiosa o de un país. Toda la Iglesia universal verá extendida esta devoción y eleva­da por los Pontífices a la máxima legitimación y promoción.

 

El mismo Juan XXIII termina el párrafo concretando más el itinerario donde se realizó esta promoción pontificia con estas palabras: «en muchos y públicos documentos emanados del magisterio eclesiástico, que encontraron su culminación en las tres insignes Encíclicas dadas sobre esta cuestión. Y estas tres encíclicas, anotadas en dicha Carta Apostólica, no son otras que la Annum Sacrum de León XIII (1899), la Miserentissimus Redemptor (1928) de Pío XI, y la Haurietis aquas (1956) de Pío XII». Hasta aquí las palabras de Juan XXIII.

 

Palabras las de Juan XXIII que reafirman, una vez más, lo que ya había dicho Pío XI en su memorable encíclica: «Nadie se admire, pues, de que nuestros predecesores hayan defendido continuamente esta devoción estimadísima contra las acusaciones de los calumniadores» (MR., n. 3). Palabras esencialmente reiteradas por Pío XII en la suya cuando escribió: «La Iglesia siempre ha tenido en tan gran estima el culto del Sacratísimo Corazón de Jesús: lo fo­menta y propaga  entre todos los cristianos y lo defiende además enérgicamente contra las acusaciones del "naturalismo" y del "sentimentalismo"» (H. A,. n. 3).

 

El carácter central de la devoción al Sagrado Corazón

 

Si la devoción al Corazón de Jesús se imponía por su propia virtud y fuerza, como decía León XIII, la labor de los Papas ha consistido en poner su autoridad al servicio de la misma, conscientes de que tal era su misión de Vicarios de Cristo, y particularmente obligados a discernir lo que viene de Dios y lo que no es más que vana filosofía humana, según el sentido de san Pablo.

 

Y puesto que el objeto de nuestro estudio es poner de relieve la aprobación y promoción por parte de los Pontí­fices de esta preciosa y sin par devoción, hay que hacer un enunciado general acerca de la importancia de estas aprobaciones pontificias: el contenido de esta forma de culto, según encontramos en estas encíclicas, se refiere a lo más nuclear de la vida cristiana, de manera que no se trata de consideraciones piadosas y legítimas, acerca de alguna de las múltiples cuestiones que afectan a la vida cristiana, sino de la exposición de lo más intrínseco en el orden de la salvación misma de la humanidad por Cristo. Erraría quien pensase que tres encíclicas de esta envergadura contienen meramente recomendaciones, alabanzas y buenas disposiciones por parte del Magisterio de la Iglesia hacia un culto respetable, legítimo e incluso adecuado para algunas almas. De esta devoción escribía León XIII palabras que trascienden absolutamente las que pueden decirse de cualquier otra devoción. Y en este aspecto son muy claras las palabras de Pío XII en la Haurietis aquas, cuando, señalando algunos de los errores acerca de la grandeza de esta devoción escribía: «no faltan quienes equiparando la índole de este culto con las diversas formas particulares de devoción que la Iglesia aprueba y favorece sin imponerlas lo juzgan como algo que cada uno puede practicar o no, según le agradare» (n. 3). O palabras muy semejantes de la misma encíclica que deben escuchar con atención los directores de almas «si debidamente se ponderan los argumentos en que se funda el culto tributado al Corazón herido de Jesús, todos verán claramente cómo aquí no se trata de una forma cualquiera de piedad... sino de una práctica religiosa muy apta para conseguir la perfección cristiana» (n. 30).

 

Y el tono de esta breve encíclica es el mismo que hallaremos en las otras de los Pontífices mencionados. Decía León XIII: «Estando oprimida la Iglesia por el yugo cesáreo, durante los tiempos próximos a su nacimiento, fue vista en lo alto por un joven emperador la cruz, presagio juntamente y causa de la gloriosísima victoria que luego se siguió. He aquí que hoy se presenta a nuestros ojos otra señal muy favorable y divina: el Corazón sacratísimo de Jesús, con la cruz sobrepuesta, brillando entre llamas con vivísimo resplandor. En Él se han de colocar las espe­ranzas, a Él hay que pedir y de Él hay que esperar la salvación de los hombres» (Annum Sacrum, n. 11).

Y en tono semejante se expresaba Pío XI, pues, recordando expresamente y parangonando aquella similitud entre la cruz de Constantino y el lábaro del Sagrado Corazón que había hecho su antecesor, añade Pío XI: «Pues, como en otro tiempo quiso Dios que al humano linaje, que salía del Arca de Noé, apareciese una señal de amistoso pacto, el arco iris visible en las nubes (Gen 2,14), de la misma manera, en los recientes turbulentísimos tiempos... el benignísimo Jesús manifestó en alto a las naciones su Corazón Sacratísimo, como bandera de paz y caridad, y como presagio de no dudosa victoria en la contienda» (Miserentissimus Redemptor. n. 2).

 

Y el mismo Pontífice, en tal encíclica, expresaba admirablemente la relación entre la incipiente devoción y su confirmación y refuerzo por parte del máximo Magisterio. Decía Pío XI, refiriéndose a la consagración: «Siendo esto así, Venerables Hermanos, como la práctica de la consagración, nacida de humildes principios, y luego bastan­te divulgada, consiguió por fin el apetecido esplendor, gracias a Nuestra confirmación, así deseamos con ardor que la costumbre de esta expiación o piadosa reparación, introducida ha tiempo santamente y santamente propagada, sea así mismo aprobada con más firmeza por Nuestra Apostólica autoridad y con más solemnidad practicada por los católicos» (n. 22). Y, efectivamente, si León XIII realizó el magno acto de consagrar el género humano al Corazón de Jesús al filo del cambio de siglo, muy de acuerdo con la eficacia de aquel acto mandó Pío XI en su preciosa encíclica que la consagración se renovase cada año, precisamente en la recientemente establecida fiesta de Cristo Rey. Admirable continuidad, extraordinario y providencial progreso.

 

Cinco fechas memorables

 

Antes de explicitar el contenido esencial de estas tres encíclicas fundamentales, haremos breve mención de algunas fechas memorables para relacionar de este modo las diferentes ocasiones en que aparecieron grandes documentos. Ello constituye una como pequeña historia de la devoción al Sagrado Corazón y, lo que es más importante, nos ayuda a pensar en aquella «unanimidad» pontificia de la que hablaba Juan XXIII.

 

Nos situaremos primero en 1765, año en que se concede por el Papa Clemente XIII la fiesta del Sagrado Corazón, con misa propia, al reino de Polonia y a la archicofradía romana del Sagrado Corazón. La celebración de la fiesta se extendió después al reino de Portugal y posteriormente al de España.

 

Doscientos años después, en 1965, Pablo VI quiere celebrar este aniversario y escribe una Carta Apostólica, Investigabilis divitias, que es por hoy el último documento de ámbito universal temáticamente dedicado a la devo­ción al Corazón de Jesús. Polonia, por cierto, fue la primera nación en consagrarse al Sagrado Corazón. Las con­gregaciones que tienen al Sagrado Corazón por centro y lema de su espiritualidad, agradecieron al Papa esta Carta Apostólica en una carta colectiva que, a su vez, tuvo una importante repuesta pontificia. A un fragmento importan­te de esta carta de Pablo VI nos referiremos más adelante.

 

En 1856 el hoy beato Pío IX extiende a la iglesia universal la fiesta del Sagrado Corazón que cobra, a partir de entonces, una difusión espectacular. Dicha misa fue elevada por León XIII en 1889 a rito de primera clase - lo que hoy llamaríamos «solemnidad» -, y en 1928 Pío XI la enaltecía al máximo declarándola fiesta «con octava».

 

A los cuarenta años de la consagración del mundo al Corazón de Jesús, esto es, en 1939, sube al solio pontificio el papa Pío XII y proclama su primera encíclica Summi Pontificatus, que deliberadamente enmarca dentro de esta conmemoración. Y es este el motivo con el que comienzan las primeras palabras de esta primera encíclica: «El arcano designio del Señor nos ha confiado, sin algún merecimiento, la altísima dignidad y las gravísimas preocu­paciones del pontificado Supremo precisamente el año que recurre el cuadragésimo aniversario de la consagración del género humano al Sacratísimo Corazón del Redentor» (n. 1). No es el reciente comienzo de la que sería terrible segunda guerra mundial el marco en que inscribe esta encíclica sino la conmemoración del cuarenta aniver­sario de la consagración del mundo al Sagrado Corazón. Y ¿cómo califica Pío XII el acto de aquel anciano Pontífice que, al fin de sus días, consagra el género humano al Corazón de Jesús? Con estas palabras: «Con qué júbilo, emoción e íntima aprobación acogimos entonces como mensaje celeste la Encíclica Annum Sacrum».

 Pío XII consideró, pues, a la Annum Sacrum como «mensaje celeste». Y añade después, refiriéndose a esta forma de culto al Rey de reyes: «¿cómo no hacer de él el alfa y omega de Nuestra voluntad, de Nuestra esperanza, de Nuestra enseñanza y de Nuestra actividad, de Nuestra paciencia y de Nuestros sufrimientos?» (n. 2).

 

A los cien años de la extensión universal de la fiesta, en 1956, Pío XII celebra su centenario con la publicación de la magna encíclica Haurietis aquas, que sigue siendo el referente más completo para conocer la fundamentación e importancia de esta devoción y culto a la que nos referiremos más adelante.

 

Podemos seguir el rastro de estos tres grandísimos documentos para mostrar su contenido y destacar -sólo rei­terar- sus más importantes afirmaciones que representan la explanación autorizada y universal del contenido de esta devoción.

 

La encíclica Annum Sacrum de León XIII

 

La serie de encíclicas pontificias se abre con la Annum Sacrum, que tiene por contenido fundamental -y casi único- la proclamación de la conveniencia de consagrarse al Corazón de Jesús, a la que sigue el anuncio de la consagración -por parte de todo el episcopado presidido por el propio Pontífice- de todo género humano al Sagrado Corazón. Pensemos, por un momento, lo que significa la consagración y la trascendencia que supone el realizar él mismo, como Máximo Pontífice, la consagración a este divino Corazón de todo el mundo, así de los fervorosos creyentes como de los más alejados o aún paganos.

 

En la consagración se ponen de relieve dos aspectos esenciales y complementarios. Por un lado, el reconocimiento de la realeza universal de Cristo, como el Señor de todo el género humano, a quien el Padre ha dado las naciones por herencia (Ps. 2). Por otro lado, el acto de la devoción de querer ser enteramente suyos poniéndonos confiadamente, con todo lo que somos, tenemos y hacemos, bajo su protección.

 

Es así que la consagración -que ya realizara la misma santa Margarita- es el acto esencial y primero de esta de­voción al Corazón de Jesús, pues el mismo Corazón de Jesús pidió expresamente la consagración así de las per­sonas individuales como de las comunidades y pueblos. Y así ha sido en la historia de esta devoción. Y la consagra­ción será siempre el acto esencial de esta devoción.

 

Mas, a este acto de ofrecimiento se le ha de sumar, como culminación del amor, el acto de reparación. Tal es la enseñanza que constituye el mensaje de la encíclica Miserentissimus Redemptor de Pío XI.

 

Pero veamos, en particular, el tono y la admonición de sus palabras previas, en las que se señala la conciencia pontificia de la importancia de esta devoción y fijémonos, en particular, cómo es intención expresa del Papa que esto sea enseñado por lo obispos a todos los fieles, tanto a los ignorantes como a los indiferentes. Decía Pío XI: «Mas, como tal vez parte del pueblo ignore hasta el presente, parte mire con indiferencia las cosas que lamentó el amantísimo Jesús cuando se manifestó a Margarita María Alacoque... plácenos, Venerables Hermanos, deciros algo acerca del deber de la llamada pública reparación... a fin de que cada uno de vosotros enseñe con empeño y mueva a poner en práctica lo que os comunicáremos».

 

«De Él hay que esperar la salvación»

 

Después de recordar la importancia de la consagración -que robustece la unión con Cristo-, a la que se uniría como perfección y consumación la reparación -por la que nos unimos con los padecimientos de Cristo-, decreta y ordena que se haga en cada templo, en todo el mundo, el día del Sagrado Corazón, un acto de reparación, mediante la fórmula por él prescrita. Leamos este texto en que ordena la recitación de tal acto de reparación: «Por lo cual decretamos y ordenamos que cada año, en la fiesta del Sacratísimo Corazón de Jesús, que hemos mandado elevar con esta ocasión al rito doble de primera clase con octava, sea solemnemente recitada en honor de Nuestro amantísimo Salvador, en todos los templos, en todo el orbe de la tierra, la misma súplica expiatoria o acto de desagravio, como dicen, expresada con las mismas palabras, conforme al modelo que añadimos en esta encíclica, de suerte que con ella se lloren todas nuestras culpas y se reparan los violados derechos de Cristo sumo Rey y amantísimo Señor» (n. 22).

Cualquiera puede preguntarse: ¿es frecuente que una encíclica contenga un acto de esta naturaleza? ¿No es verdaderamente un acto no sólo de aprobación y de promoción sino, aún más si cabe, un acto de imposición?

 

Nos referimos naturalmente a la imposición que tiene sentido dentro del acto libre del hombre que acepta de buena gana consagrarse y expiar los pecados. En la aceptación personal, tanto de la consagración como de la repa­ración, ponían los mencionados pontífices la condición de la recepción de los bienes prometidos a tales actos. Pero sí es «imposición» en el sentido en que empleó esta palabra Pío XII cuando decía -según hemos recordado ya más arriba- que algunos creen erróneamente que es equiparable esta devoción a otras que la Iglesia «aprueba y favore­ce sin imponerlas» (Haurietis aquas, n. 3).

 

Y para entender esta eminente y esencial superioridad de esta devoción sobre las demás no podemos dejar de recordar aquellas tan grandiosas palabras de Pío XI, que serán siempre la mejor definición de esta devoción. Re­cordemos cuál es esta expresión que ha de resumir para siempre la comprensión de la devoción al Corazón de Je­sús. Acaba Pío XI de citar las propias palabras de León XIII, que señalaba: «el Corazón Sacratísimo de Jesús, con la cruz sobrepuesta, brillando entre llamas con vivísimo resplandor» -esto es, la imagen vista por santa Margari­ta- y afirmaba que «de Él hay que esperar la salvación de los hombres». Pues bien, como dando una razón a tal fundada esperanza explica por qué se ha de poner en este Corazón la esperanza de salvación de los hombres, y dice: «y con razón por cierto, venerables Hermanos, pues en aquella señal de óptimo presagio y en el piadoso culto que de ella se deriva ¿no es verdad que se contiene el compendio de toda religión y aun la norma de vida más perfecta, como quiera que guía más suavemente las almas al profundo conocimiento de Cristo Señor nuestro y con mayor eficacia las mueve a amarle más apasionadamente ya imitarle más de cerca?» (n. 3).

 

Si Pío XI la había llamado «compendio de toda la religión», en una atribución semejante, que en modo alguno podría decirse de ninguna devoción -ni siquiera la devoción a la Santísima Virgen- Pío XII la llamó «la más completa profesión de la religión cristiana)) (H.A., n. 29). Y aun refiriéndose concretamente al del Corazón de Jesús decía en esta misma encíclica «en él podemos considerar no sólo el símbolo, sino también, en cierto modo, la síntesis de todo el misterio de nuestra redención». (n. 24)

 

No podemos insistir más en el contenido inagotable de esta encíclica, pues debemos -según nuestro propósito- ­ver la continuidad de este apoyo pontificio en su sucesor, el Papa Pío XII en su citada encíclica, promulgada en la ya cercana plenitud de su pontificado. Tratando la misma cuestión repite literalmente estas palabras de su predecesor y las aprueba diciendo que «Nos, por nuestra parte, en no menor grado que Nuestros Predecesores, hemos apro­bado y aceptado esta sublime verdad» (n. 4). Insistamos en la importancia de estas reiteraciones que constituyen la mejor prueba de la trascendental importancia de esta devoción que ha sido llamada por Pío XI «compendio de toda religión y «norma de vida más perfecta». Si pensamos en las distintas idiosincrasias de los papas como personas humanas; si pensamos en las distintas situaciones sociales y políticas del mundo que les toca vivir ¿no hemos de atribuir esta continuidad -como decíamos al comienzo- a la protección e inspiración del Espíritu Santo? Y, por consiguiente, ¿no tendrían que pensar los que se oponen o miran con desdén esta devoción que están resistiendo al mismo Espíritu Santo que rige la Iglesia?

 

Pío XII podía hacer suyas las alabanzas de Pío XI, porque como obispo había visto los frutos de esta devoción y, sobre todo, porque había experimentado en su pontificado -del que ya llevaban transcurridos diecisiete años- los ubérrimos frutos que produce esta devoción: «al contemplar el feliz y triunfal progreso del culto al Sagrado Cora­zón de Jesús entre el pueblo cristiano, sentimos Nuestro ánimo lleno de gozo y Nos regocijamos por los innumera­ble frutos de salvación que producía en toda la Iglesia... Estos frutos, a través de los años de Nuestro pontificado ­llenos de sufrimientos y angustias, pero también de inefables consuelos-, no se mermaron en número, eficacia y hermosura, antes bien se aumentaron» (n. 4).

 

«Nadie, desde ninguna perspectiva, ponga el menor reparo a esta devoción»

 

Pero al Papa Pío XII se le debe todavía -en esta mis­ma encíclica- una declaración que podemos llamar de la máxima conciencia de ejercer el supremo magisterio de la Iglesia al promover y defender este culto. Y sus palabras han de sonar como muy definitorias de un juicio dado por el Vicario de Cristo que consciente y formalmente declara que no puede haber ninguna reticencia hacia esta devoción. Tales son sus palabras: «Si tu conocieses el don de Dios» (Jo. 4, 10). Con estas palabras, Venerables Hermanos, Nos, que por divina disposición hemos sido constituidos guardián y dispensador del tesoro de la fe y de la piedad que el Divino Redentor ha confiado a la Iglesia, conscientes del deber de Nuestro oficio, amonestamos a todos aquellos de Nuestros hijos que, a pesar de que el culto del Sagrado Corazón de Jesús, venciendo la indiferencia y los errores humanos, ha penetrado ya en el Cuerpo Místico, todavía abrigan prejuicios contra él y aún llegan a reputarlo menos adaptado, por no decir nocivo, a las necesidades espirituales de la Iglesia y de la humanidad en la hora presente, que son las más apremiantes» (H.A. n. 3). No podemos naturalmente seguir las razones en que expresa Pío XII su juicio solemne; baste decir que hace un repaso de diversas actitudes críticas hacia esta devoción y que -necesario es reconocerlo- se dan todavía hoy a pesar de aquellas solemnes palabras.

 

Lo más relevante para nuestra actual intención es ponderar las palabras empleadas por Pío XII y apenas podemos hacer sino repetidas espaciadamente para valorarlas en su verdadero sentido y trascendencia. Pío XII se dirige a los obispos de todo el mundo recordando su cargo de sucesor de Pedro al que le incumbe ser «guardián y dis­pensador del tesoro de la fe y de la piedad», Y habla de este asunto «consciente del deber de Nuestro oficio». Y en esta situación habla y amonesta para que nadie, desde ninguna perspectiva, ponga el menor reparo a esta devoción. Sobre estas actitudes dice: «¿Quién no ve, Venera­bles hermanos, la plena oposición entre estas opiniones y el sentir de nuestros Predecesores, que desde esta cátedra de verdad aprobaron públicamente el culto del Sacratísimo Corazón de Jesús?» (ibid).

 

En esta memorable encíclica, en la que se halla el recorrido y la fundamentación escriturística y de los Santos Padres de tal forma de culto, se halla también una singular aportación al conocimiento de lo que representa la devoción al Corazón de Jesús, al hacer hincapié en la singularidad del amor que se expresa en esta devoción. Aunque este artículo no tiene por objeto desentrañar el contenido de la misma, en la medida en que hemos hablado de la consagración y de la reparación, resulta ahora muy conveniente recordar algo peculiar de esta devoción y que tiene que ver, muy precisamente, así con las palabras como con la imagen de las mismas apariciones del Sagrado Co­razón a santa Margarita.

 

Nos referimos al triple amor de Cristo que se expresa en esta devoción, pues según Pío XII al doble amor, el humano y el divino de Jesús, ya que es verdadero hombre y verdadero Dios, se le ha de sumar «el amor sensible del Corazón físico de Jesús» (n. 28).

 

Importantísima doctrina que nos introduce en el misterio de la Encarnación y nos hace pensar que este amor, digamos espontáneo, sin la mediación de la voluntad, verdadero amor sensible -que es entre nosotros los hombres aquel que con más frecuencia sale a flote en nuestras relaciones más íntimas personales con las personas con las que nos encontramos ligados por vínculos afectivos tan fuertes como los de la sangre- estuvo también actuante en la persona única de Cristo. Tal amor humano nos ha sido revelado expresamente en la imagen de su Corazón herido. Con este amor lloró el Señor sobre Jerusalén y ante la tumba de Lázaro, por ejemplo. Con este amor se compadece hoy de los pecadores y se duele de su obstinación. «No hay duda de que el Corazón de Cristo, unido hipostáticamente a la persona divina del Verbo, palpitó de amor y de todo otro afecto sensible» (n. 12). «y -también en palabras de Pío XII- su Corazón palpitó también de amor hacia su Padre y de santa indignación cuando vio el comercio sacrílego que en el templo se hacía, e increpó a los violadores» (n. 18).

 

Del Corazón traspasado del Redentor nació la Iglesia

 

Terminaremos este recorrido haciendo referencia a la última celebración de las diferentes efemérides relacionadas con la expansión y sucesiva aprobación pontificia de este culto tan esencial. Nos referimos al año 1965 en que Pablo VI quiso conmemorar el doscientos aniversario del decreto de la sagrada Congregación de Ritos de 25 de enero (aprobado por Clemente XIII el 6 de febrero de 1765) por el que se concedía la fiesta del Sagrado Corazón a la Archicofradía Romana y al reino de Polonia.

Obsérvese que esta fecha es diez años anterior a las apariciones del Sagrado Corazón a santa Margarita y manifiesta que esta devoción nació en la convergencia entre lo que el Espíritu Santo inspiraba a los fieles que querían reavivar el recuerdo del amor divino (Cf. H. A. n. 27) y la iniciativa divina de manifestarse como Amor misericordioso.

 

Pablo VI quiso recordar el doscientos aniversario de aquel decreto con una Carta Apostólica, Investigabilis divitias, de 6 de febrero de 1965, monográficamente dedicada al culto del Sagrado Corazón. La devoción «ya estaba introducida en diversos lugares -dice Pablo VI- por obra e impulso de san Juan Eudes», pero «después de que nuestro misericordioso Salvador, apareciéndose, como se refiere, a la religiosa elegida Margarita María Alacoque, en la pequeña ciudad de Paray-le-Monial, repetidamente pidió que todos los hombres, como en pública competen­cia de oraciones, honrase a su Corazón, herido por nuestro amor, y de todas las maneras reparasen las ofensas a Él inferidas, el culto al Sagrado Corazón floreció maravillosamente, entre el pueblo y clero cristiano, y se difundió en todos los continentes». Afirmado, pues, por Pablo VI el papel predominante de las apariciones a santa Margarita, se refiere a la aprobación reiterada y sucesiva de los diversos Pontífices. Pide «que el culto al sagrado Corazón que -lo decimos con dolor- se ha enfriado un poco en algunos, reflorezca cada día más».

 Recuerda que el Con­cilio Vaticano II -que estaba próximo a concluirse- «aconseja sobremanera los piadosos ejercicios del pueblo cristiano... especialmente cuando se hacen por voluntad de la Sede Apostólica» por lo que dicha devoción -concluye- «debe inculcarse sumamente». Decía en esta Carta: «He aquí, por tanto, Nuestros deseos, Nuestra voluntad: a saber, que en esta ocasión, la institución de la fiesta del Sagrado Corazón, puesta oportunamente en evidencia sea celebrada con digno relieve por vosotros todos, venerables hermanos, que sois los obispos de la Iglesia de Dios, y por las poblaciones a vosotros confiadas”.

 

Pero quizá fue más explícito en la carta dirigida a los superiores de órdenes religiosas expresamente vinculadas al Sagrado Corazón, quienes habían agradecido a Su Santidad la anterior Carta Apostólica. En esta carta de agosto del mismo año les decía: «Del Corazón traspasado del Redentor nació la Iglesia y de Él brota su desarrollo... Por este motivo es absolutamente necesario que los cristianos adoren pública y privadamente a aquel Corazón de cuya plenitud todos hemos recibido, y de Él aprendan cómo debe ordenarse su vida para que pueda responder a las exigencias de estos tiempos. En el sagrado Corazón, en efecto, tiene su origen la Sagrada Liturgia porque es el Templo santo de Dios... Además, la Iglesia encuentra en el sagrado Corazón su estímulo para buscar todos los me­dios y auxilios para que los hermanos separados puedan llegar a la plena unidad con la Cátedra de Pedro».

Nadie puede decir que en la enseñanza de Pablo VI se hubiese olvidado el singular y privilegiado puesto que debe ocupar esta devoción, antes al contrario, tanto el verdadero sentido litúrgico, como la anhelada unión de todos los cristianos, han de encontrar en el sagrado Corazón origen y estímulo respectivamente. El Corazón de Jesús es el Templo de Dios, donde se ofrece el sacrificio único y definitivo a Dios Padre a favor de la salvación de los hombres.

 

No entraremos en este artículo en la consideración de los múltiples textos del actual Pontífice Juan Pablo II que se centran en el Corazón de Jesús. Este tema será objeto, D. m., de otro artículo.