Carta de Sor María del Divino Corazón
a S. S. el Papa Le
ón XIII

 

Muestro Señor el día de la fiesta de la Inmaculada Concepción del año Í898, dio sus últimas órdenes. «Después de la Santa Comunión me dijo Muestro Señor que hoy mismo empezase la carta para Roma y que la sometiese a la decisión de mi Padre espiritual. Expuse a Muestro Señor la dificultad que tengo en escribir y en explicar todo: el respondió que no temiese, que él mismo sería, más bien que no yo, el que escribiría, que no tendría yo más que hacer, sino poner lo que él me inspirase y que  yo sentiría su ayuda, y así fue, porque escribí con la mayor facilidad y casi sin pensar.

 

El confesor autorizó el envió a Roma, sólo fue de parecer que debía aguardarse a la fiesta de la Epifanía, parecíale que la petición de una consagración de todo el mundo al Corazón de Jesús, convenía se hiciese en el ani­versario de la primera manifestación del Salvador del mundo a los paganos y de la primera adoración de los paganos al Salvador de todos los hombres.

 

Ahora he aquí este documento, en toda verdad único por todo lo que representa de gracias recibidas y de sacrificios hechos y por todo lo que anuncia de bendiciones y de frutos de salvación, lenguaje propio de una emba­jadora que propone, en nombre del amor infinito del Hombre Dios, la renovación de su alianza a su Vicario en la tierra y en la persona de éste a todo el género humano.


 

«Santísimo Padre:

 

Confundida y humillada vuelvo a los pies de V. S. para pediros humildemente me permitáis hablar otra vez de un asunto sobre el cual ya escribí a V. S. en junio pasado. Entonces, apenas repuesta de una crisis mortal, mis fuer­zas sólo me permitían dictar una carta. Ahora, si bien aun enferma y en cama, al menos me es posible escribir con lápiz. En mi anterior confié a V. S. algunas gracias que, en su infinita misericordia y apartando su vista de mi mise­ria, Nuestro Señor se había dignado concederme. Llena de confusión tengo que decir, Santísimo Padre, que el Señor ha seguido tratándome con la misma misericordia y, por orden expresa suya y con la aprobación de mi confesor, vengo, con el más profundo respeto y con la sumisión más absoluta, a poner en conocimiento de V. S. algunas revelaciones nuevas que el Señor se ha servido hacerme sobre la materia de mi primera carta.

 

Cuando el último verano aquejó a Vuestra Santidad una indisposición que, dada vuestra edad avanzada, llenó de temor el corazón de vuestros hijos, Nuestro Señor me dio el dulce consuelo de que se dilatarían los días de Vuestra Santidad, a fin de que pudieseis llevar a cabo la consagración del mundo a su divino Corazón. Más tarde, el primer viernes de diciembre, me dijo que había pro­longado los días de V. S. para concederos esta gracia (de hacer la consagración) y que después de cumplir ese deseo de su Corazón, Vuestra Santidad debía prepararse... y aña­dió: «En mi Corazón... consuelo... refugio seguro en la muerte y en el juicio», dejándome la impresión de que hecha la consagración, Vuestra Santidad terminaría en breve su peregrinación por la tierra.

 

La víspera de la Inmaculada Concepción hízome Nues­tro Señor entender que por el incremento que ha de tomar el culto de su divino Corazón haría él brillar una luz nueva sobre todo el mundo y traspasaron mi corazón aque­llas palabras de la tercera misa de Navidad: quia hodie descendit lux magna super terram, parecíame ver (interior­mente) esta luz, el Sagrado Corazón de Jesús, sol divino que hacía descender sus rayos sobre la tierra, primero tenuemente, después con mayor intensidad y por último a modo de torrentes que inundaban de luz a todo el mundo. Y dijo: «El brillo de esta luz iluminará todos los pueblos y naciones y su ardor los calentará». Reconocí su deseo abrasado de ver su Corazón adorable más y más glorifi­cado y conocido y de derramar sus dones y bendiciones sobre todo el mundo. El Señor escogió a Vuestra Santidad prolongando sus días, para que podáis rendirle ese honor y consolar su Corazón ultrajado y atraer sobre vuestra alma las gracias preciosísimas que brotan de ese Corazón divino, manantial de todas ellas y lugar de paz y de dicha. Indigna me siento de comunicar todo eso a Vues­tra Santidad, pero Nuestro Señor, después de haberme penetrado más y más de mi miseria y de haberme hecho renovar el sacrificio de mí misma como victima y esposa suya, aceptando de buen grado toda especie de sufrimien­tos, humillaciones y desprecios, me dio orden terminante y expresa de escribir segunda vez sobre esto mismo a Vuestra Santidad.

 

Quizás parecerá extraño que pida Nuestro Señor la consagración de todo el mundo y no se contente con la de la Iglesia Católica; pero su deseo de reinar y ser amado y glorificado y abrasar con su amor todos los corazones y con su misericordia es tan ardiente que quiere que Vues­tra Santidad le ofrezca los corazones de todos aquellos que por el santo bautismo le pertenecen para facilitarles la vuelta a la verdadera Iglesia y los corazones de aque­llos que no han recibido aún por el bautismo la vida espi­ritual, mas por los cuales dio Él su vida y su sangre y que están llamados igualmente a ser un día hijos de la Iglesia para apresurar de ese modo su nacimiento espi­ritual.

 

En la carta de junio expuse a Vuestra Santidad las gracias que Nuestro Señor quiere conceder después de esta consagración y la forma en que Él quiere se lleve ésta a cabo: pero, vistas las nuevas instancias de Nuestro Señor, de nuevo y con la más filial sumisión y con las más vivas instancias suplico a Vuestra Santidad conceda a Nuestro Señor el consuelo "que pide de añadir algún nuevo brillo al culto de su Sagrado Corazón en el modo que él os inspire. Expresamente, Nuestro Señor no me ha hablado más que de la consagración, pero, diferentes ve­ces, me ha mostrado el deseo inflamado que tiene de que su Corazón sea más y más glorificado y amado para la dicha y felicidad de las naciones. Paréceme que le sería agradable que se estimule la devoción de los primeros viernes por una exhortación de Vuestra Santidad al clero y fieles, así como por la concesión de nuevas indulgen­cias. Nuestro Señor no me lo ha dicho expresamente como al hablarme de la consagración, pero he querido colegir este deseo ardiente de su Corazón sin poder con todo afirmarlo.

 

Hecha con toda sinceridad y llaneza esta relación a Vuestra Santidad, sólo me resta pediros, Santísimo Padre, perdón de mi osadía y rogaros aceptéis el homenaje de mi adhesión más filial a la Iglesia y a la Augusta persona de Vuestra Santidad a la que me someto con la más cum­plida obediencia.

 

Dignaos bendecir a la vez que a nuestras hermanas y asiladas a la que, besando respetuosamente el pie de Vues­tra Santidad, tiene el honor de repetirse de Vuestra Santidad, humildísima y obedientísima hija: Sor María del Divino Corazón, Droste zu Vischering Superiora del Buen Pastor de Oporto.»

 

De la obra «Sor María del Divino Corazón», por Luis Chasle, pbro.