1900: la Congregación salesiana consagrada
al Sagrado Corazón de Jesús


 

En diciembre del año 1900 el  Beato Miguel Rúa, Rector Mayor de los Salesianos,  consagró la Congregación Salesiana al Corazón de Jesús secundando la petición del siervo de Dios Andrés Beltrami.

 

Nos hemos servido del relato efectuado por el salesiano Don Eugenio Ceria: “Vita del servo de Dio Don Michele Rua 1º Successore di S. Giovanni Bosco”, en sus páginas 332 – 337 - SEI, 1949). Los títulos son nuestros para facilitar la lectura.

 


                                               

       q El Beato Miguel Rúa, primer Sucesor de Don Bosco

 

En el mes de noviembre de 1900, concluyendo el siglo XIX, Don Miguel Rúa anunció el cumplimiento de un acto que puede considerarse –afirma su biógrafo Eugenio Ceria- como tal vez el más solemne de su rectorado.

 

Desde hacía tiempo venía meditando sobre un extraordinario homenaje colectivo de los Salesianos al Sagrado Corazón de Jesús. Serviría, además, para dar cumplimiento al voto de Don Andrés Beltrami. Este heroico siervo de Dios, muerto en 1896 al acabar de escribir la vida de la entonces Beata Margarita María Alacoque, había llegado a una intuición trascendental: la fecundidad prodigiosa de la Congregación Salesiana era un premio otorgado a Don Bosco por el Sagrado Corazón en respuesta a la suntuosa iglesia erigida en su honor en la capital del mundo católico.

 

El siervo de Dios concluía con esta piadosa súplica: “Quiera nuestro dulce Redentor y su Madre María Santísima considerar siempre a la Congregación Salesiana como su hija querida y embellecerla con las flores de las más selectas bendiciones. Y si mi voz no es demasiado audaz, hago votos de que la Congregación Salesiana sea solemnemente consagrada a aquel Corazón adorable, del cual alcanzará nuevas gracias de vida eterna

 

Don Rúa deseaba no eludir el ardiente deseo de aquella alma enamorada de Dios, tanto más cuanto que desde muchas partes se le pedía que procediese a aquel acto. Después de diferirlo en el lapso aconsejado por la prudencia y tras haber pedido consejo al Cardenal Protector de la Congregación sobre la oportunidad y modalidad de su realización, creyó llegado el momento de actuar cuando el siglo 19 llegaba a su ocaso y estaba a punto de aparecer la aurora del 20.

 

Me parece hermoso  y aún sublime, escribía, en el instante que divide dos siglos, presentarnos a Jesús como almas que expían por los pecados de un siglo y como apóstoles para conquistar el otro para su amor… Ha llegado por tanto, queridos hermanos, el gran momento de hacer pública y solemne nuestra consagración y la de toda nuestra Pía Sociedad al divino Corazón de Jesús; ha llegado el momento de expresar el acto externo tan deseado, con el que proclamamos que nosotros y la Congregación nos declaramos consagrados al Divino Corazón”.

 

Un acto cuidadosamente preparado

 

      qEl Siervo de Dios Don Andrés Beltrami 


Fijaba, a continuación, el programa a fin de que todo se ejecutase de manera uniforme: para ello fijaba tres etapas: preparación con triduo de oraciones y predicación que comenzaría la noche del 28 de diciembre, acto de consagración en presencia de todos, jóvenes y hermanos de cada casa y del mayor número posible de Cooperadores, y celebración que debía tener lugar en la iglesia, en la nochevieja, en el momento que habría dividido los dos siglos.

 


Mientras en la prensa se discutía si el último año del siglo era el del 1899 o el del 1900, el Papa había dispuesto que en la medianoche del 31 de diciembre se pudiese celebrar la eucaristía solemne con el Santísimo expuesto.

 

Reunidos, pues, todos en la iglesia la noche del 31 de diciembre del año 1900 y dispuesta la exposición eucarística, tras al menos un cuarto de hora  de adoración,  cada uno debía renovar las promesas bautismales, los salesianos los votos religiosos y, a continuación, la consagración de sí mismos, de la propia casa y de toda la humanidad al Sagrado Corazón de Jesús con la fórmula prescrita por León XIII el año anterior. Finalmente concluía el acto con la Misa, Te Deum y bendición.

 

Persuadido, además, que para practicar bien la devoción al Sagrado Corazón y hacer con provecho espiritual el acto de consagración  era necesario tener las ideas bien claras, encargó a Don Álbera elaborar una instrucción que luego hizo suya y envió a todas las casas. En ella, tras exponer la historia de la devoción al Sagrado Corazón, se explicaba la sublimidad del objeto de esta devoción, su fin, los motivos y emblemas, la utilidad para los cristianos en general y para los religiosos en particular. Pasaba luego a mostrar cuánto honra y cuán querida es al Sagrado Corazón y cuánto aprovecha a la Congregación y los fines y frutos que se esperaban. Por último, relacionando la devoción a María con la del Sagrado Corazón, se enumeraban e ilustraban las prácticas de piedad  en honor del Corazón de Jesús. Era una elaboración  del tema que no podía ser ni más completa ni más clara ni más sólida, tal como la había inspirado el mismo Don Rúa.

 

La aprobación de la Santa Sede

 

Pareció conveniente que él, con su Capítulo, hiciese la consagración de diversa manera. Compuso, para este fin, una fórmula especial y quiso obtener la aprobación de Roma. Para ello el 12 de diciembre escribió al Santo Padre: “El impulso dado por Vuestra Santidad a la devoción al Sacratísimo Corazón de Jesús y  el mandato dirigido el año pasado de consagrar todas las diócesis y todos los pueblo al Divino Corazón, hicieron nacer en nosotros el deseo de hacer con toda solemnidad una consagración especial de la Pía Sociedad de San Francisco de Sales, fundada por nuestro inolvidable Padre Don Bosco, y de todas sus obras y personas, en la noche que divide el siglo que muere del nuevo siglo, noche en la cual, por la paterna bondad de Vuestra Santidad, se podrá celebrar este año la Santa Misa. En la confianza de realizar una cosa grata a vuestro corazón, ferviente devoto del Corazón Santísimo de aquel Jesús del que sois el Vicario, nos permitimos presentaros la fórmula de esta consagración, para que, acompañada por vuestra bendición, la  vuelva más grata y nos alcance con  mayor abundancia las gracias y favores que necesitamos para trabajar con siempre mayor ardor para dilatar el Reino de Nuestro Señor Jesucristo y para la salvación de las almas”.

 

Desde el Vaticano le respondió el Secretario para las Cartas Latinas, Monseñor Tarozzi, acompañando dicha fórmula con estas palabras: “El Santo Padre ha alabado benignamente la piadosa propuesta y la ha bendecido de todo corazón”.

 

Ante el altar de María Auxiliadora

 

Así pues, mientras todas las casas efectuaban la consagración, Don Rúa, postrado con el Consejo Superior delante de Jesús Sacramentado expuesto en el altar de María Auxiliadora, pronunció con vivo sentimiento la fórmula especial para sí y para los Superiores Mayores. Con ella consagraba al Divino Corazón personas, casas, obras de la Sociedad Salesiana, el Instituto de las Hijas de María Auxiliadora, la Pía Unión de los Cooperadores y la juventud confiada a los Salesianos y a las Hermanas. Imploraba, a continuación, la ayuda y la fuerza para el apostolado en favor de los jóvenes “de las clases populares” y la santificación de los que lo ejercían. Por último, acabada la Misa y distribuida la Santa Eucaristía, entonó el Te Deum e impartió la bendición.

 

En la solemnidad del acto Don Rúa no pudo dejar de recordar y comparar. Veinticinco años antes, el 16 de junio de 1875, celebrando el bicentenario de las apariciones del Sagrado Corazón a Santa Margarita, él había realizado en la misma iglesia una ceremonia similar recomendada por Pío IX. Don Bosco estaba ausente y le tocó a él sustituirlo. Desde el  púlpito y, tras explicar el sentido del acto que se estaba celebrando, leyó una fórmula de consagración individual al Sagrado Corazón, repetida, frase por frase, por todos los presentes. En estos momentos, recordando ambas fechas, debió medir con su mente el progreso que desde entonces, con la ayuda del Cielo,  había experimentado la Obra Salesiana, progresos de los que él mismo era testigo y actor y que le permitía, dando gracias a Dios, dirigir con tranquila confianza la mirada al futuro. Esta era la razón de que al principio de la nueva oración manifestase su conmovida admiración ante el pensamiento de los innumerables beneficios concedidos en todo tiempo por la bondad del Divino Corazón a los Superiores en particular y a toda la Sociedad Salesiana en general.

 

En una comunicación mensual, Don Rúa expresó su deseo de que cada casa le manifestase el modo en que se había llevado a cabo la ceremonia de la consagración. Verdaderamente, el modo no podía ser sino uniforme, dadas las instrucciones impartidas, iguales para todos, pero, tal vez, le  complacía  cerciorarse del espíritu con el que se había celebrado la ceremonia.

 

Los frutos de la Consagración


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

Templo al Corazón de Jesús en Roma


Quedan ochenta y ocho relaciones. Leyéndolas se respira un vivificante aroma de espiritualidad. En cuanto a los frutos deseados por Don Rúa, él mismo quiso destacarlos dos años después escribiendo a los Inspectores en las Navidades de 1902: “La gracia de Nuestro Señor Jesucristo, siempre abundantísima sobre nuestra Pía Sociedad, creció en gran manera desde el día que nos consagramos nosotros y toda la Sociedad al Sacratísimo Corazón de Jesús. Desde entonces empezó una cohesión más compacta entre nosotros, fueron erigidas canónicamente las Inspectorías y se organizaron con esmero los Noviciados; desde entonces entró entre nosotros, con la ayuda de varios consejos y disposiciones de la Santa Sede, una nueva vida, casi un nuevo orden de ideas, un ansia nueva de organizar incluso las cosas más pequeñas para volverlas siempre más conformes a la visión de la Iglesia, y de este modo consolidarlas y hacerlas imperecederas.”

 

Por estos y otros motivos creía poder empezar su carta haciendo propias con toda verdad las palabras de la liturgia navideña, afirmando que, en aquella bendita ocasión, más que nunca en la Congregación, apparuit gratia Dei Salvatoris nostri.

 Reelaboración desde el original italiano: Nicolás Echave, sdb