Consagración y reparación en el magisterio pontificio

Francisco Canals Vidal - Revista Cristiandad - Mayo 2007

 

En la historia de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús nos hallamos ante escritos personales y confidenciales de almas santas que recibieron comunicaciones y mandatos divinos -y cuyas iniciativas fueron afirmadas por ellas mismas como cumplimiento de aquellos mandatos-, así como ante escritos oficiales del carácter de una encíclica pontificia. Debemos considerar el hecho de que la aparición en la Iglesia y en la liturgia de aquella encíclica no fue el resultado de estudios teológicos o de investigaciones sobre la historia de la espiritualidad, cual si su aparición en la Iglesia tuviese una historia humana: en momentos muy precisos de la difusión de esta devoción en la Iglesia y de su aprobación jerárquica e institucionalización litúrgica hallamos palabras de Cristo testimoniadas por almas santas que transmitieron a la Iglesia mensajes del propio Corazón de Cristo, acompañados de exhortaciones y promesas (las cuales fueron recibidas por la Iglesia, que las comunicó a los fieles).

 

La insistencia de algunos teólogos en que no pueden tomarse del mismo modo, como fuentes de la teología, las revelaciones «privadas» y los textos de la Escritura o los expresivos en la tradición de las revelaciones divinas «públicas» ha dificultado y condicionado, en los últimos tiempos, los estudios teológicos sobre la devoción al Corazón de Jesús. En realidad, a pesar de haber sido incluidas aquellas revelaciones privadas en las encíclicas pontificias y de haber sido alegadas como justificación y motivo de las enseñanzas de la Iglesia y aun de las institucionalizaciones litúrgicas del culto al Corazón de Jesús, se ha persistido en postular su heterogeneidad con las fuentes de la revelación pública.

 

Con esta actitud, evidentemente, nos encontramos con el hecho de que se hace obligatoria la exclusión de gran parte del contenido doctrinal de encíclicas pontificias como la Annum Sacrum de León XIII y, sobre todo, de la Miserentissimus Redemptor, de Pío XI. Más aún: no sólo puede sino que resulta obligado poner en duda el conjunto de enseñanzas pontificias o de afirmaciones sobre hechos y acontecimientos eclesiales relacionados con la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús.

 

3Pío XI
Si aceptásemos o tuviésemos como probable este sistema de criterios, que parece tender hoy a estar vigente, pero que personalmente no veo como ad­quisiciones de un progreso teológico, sino más bien como consecuencias de la presión ambiental de lo que llamaríamos «modas teológicas», tendríamos que dar por suprimida, en la teología, la totalidad del tema de la devoción al Corazón de Jesús, incluida su liturgia o las oraciones y modos de expresarla más comunes y aprobados.

 

Por estos caminos han perdido actualidad entre algunos sectores las dos te­máticas que centraban, en los momentos de vigencia pastoral y doctrinal del culto al Corazón de Jesús, su sentido y toda la orientación de sus prácticas: la reparación y la consagración.

 

El presente trabajo, que redacto con ocasión del próximo Congreso Internacional sobre el Sagrado Corazón de Jesús, que se celebrará en Barcelona el próximo mes de junio, se orientará precisamente al estudio de lo que sobre la consagración y la reparación se enseñó en el magisterio pontificio, especial­mente de Pío XI en su encíclica Miserentissimus Redemptor, doctrina que fue, en gran parte, asumida y de nuevo tratada en la encíclica Haurietis aquas, de Pío XII.

 

Quien quiera objetar la ausencia, en épocas posteriores, de reafirmaciones doctrinales sobre estos contenidos, no podrá obtener de mí otra respuesta sino la de que el silencio no deroga la palabra, y que lo que ha sido afirmado categóricamente en documentos doctrinales de magisterio pontificio, que han tratado explícitamente de los temas centrales del culto al Corazón de Cristo, no puede probarse, en modo alguno, que deba considerarse caducado en posteriores décadas.

 

«Entre todo aquello que se refiere propiamente al culto al sacratísimo Corazón sobresale y debe ser recordada la piadosa consagración con la que nos ofrecemos al Corazón divino de Jesús con todas nuestras cosas, reconociéndolas como recibidas de la eterna bondad de Dios» (Miserentissimus Redemptor, encíclica de Pío XI, 8 de mayo de 1928).

 

En el documento destinado a tratar de la reparación, la otra dimensión del culto al Corazón de Jesús que junto con la consagración misma constituye todo su contenido y sentido, Pío XI quiso, pues, destacar de algún modo la primacía y suma excelencia del acto de consagración, por referirse más explícitamente a una actitud teologal y teocéntrica, a la que se ordena la reparación misma.

 

Esta orientación a la persona de Cristo en cuanto Dios encarnado la había expresado con admirable claridad León XIII, en la encíclica referente a la con­sagración del género humano al Corazón de Jesús, con estas inolvidables palabras:


«Y porque el Corazón de Jesús es símbolo e imagen viva del amor infinito de Jesucristo, que está reclamando nuestra correspondencia, por eso es muy conveniente consagrarse a su augustísimo Corazón: lo que no es más que entregarse y obligarse a Jesucristo, pues que todo el honor, obsequio y devoción hacia el Corazón divino termina verdadera y propiamente en la misma persona de Jesucristo» (Annum Sacrum, encíclica de León XIII, 28 de mayo de 1899).

 

El propio Pío XI, después de aludir a los primeros que, respondiendo al llamamiento del Señor, se consagraron personalmente a Él (es decir, a santa Margarita María de Alacoque, a la que Cristo mismo, mostrándole su Corazón, le hizo sentir cuánto desea el Señor Jesús ver correspondido su amor redentor con la consagración total de sí y al padre Claudio la Colombière, maestro espiritual de santa Margarita, que con ella se consagró también al Corazón de Cristo), pasa a tratar de las consagraciones de las «familias privadas y asociaciones» y, final­mente, de «los magistrados, las ciudades y los reinos».

 

El papa Pío XI, en la encíclica citada afirma explícitamente que estas consagraciones no personales sino sociales y públicas se orientaban a que la Iglesia contrarrestase y compensase por ellas las actuaciones anticristianas e impías que tendían a rechazar la soberanía de Cristo sobre el género humano:

 

«Como en la época precedente y en la nuestra, por las maquinaciones de los impíos, se llegó a rechazar la soberanía de Cristo nuestro Señor, y a declarar públicamente la guerra a la Iglesia, con leyes y mociones populares contrarias al derecho divino y a la ley natural, y hasta hubo asambleas que gritaban: "No queremos que Éste reine sobre nosotros". Por esta consagración la voz de todos los amantes del Corazón de Jesús prorrumpía unánime oponiendo acérrimamente para vindicar su gloria y asegurar sus derechos: "es necesario que Cristo reine, venga a nosotros tu Reino". Lo que trajo como consecuencia feliz que todo el género humano, que por derecho nativo posee Jesucristo, único en quien todas las cosas se restauran, al comienzo de este siglo (xx) se consagrara al sacratísimo Corazón por nuestro predecesor León XIII, con aplauso del orbe cristiano».

 

Como en este documento de Pío XI se manifiesta tan explícitamente el destino providencial de la devoción al Corazón de Jesús, y el deseo de Jesucristo de suscitar y alentar la esperanza de los cristianos en la restauración de todas las cosas en Él, que desde Pío X había sido proclamada como la finalidad de la acción pontificia y el fin al que debían converger las actividades de los católicos, no queremos dejar de citar unos párrafos absolutamente explícitos sobre esta actitud:

 

«Comienzos tan faustos y agradables Nos, como ya dijimos en nuestra encíclica Quas primas, accediendo a los deseos y preces reiteradas y numerosas de obispos y fieles los completamos y perfeccionamos con el favor de Dios cuando, al término del Año Jubilar de 1925, instituimos la fiesta de Cristo Rey como solemne celebración en todo el mundo cristiano.

 

»Cuando hicimos esto, no sólo declaramos el sumo imperio de Jesucristo sobre todas las cosas, sobre la sociedad civil y la doméstica, y sobre cada uno de los hombres, sino que también presentíamos el júbilo de aquel día faustosísimo en que el mundo entero, espontáneamente y de buen grado, aceptará la dominación suavísima de Cristo Rey».

 

El papa Pío XII, al comienzo de su pontificado, quiso referirse al cuarenta aniversario del acto de León XIII de consagración del universo al Corazón de Jesús como una coincidencia providencial que le invitaba a orientar toda su acción pontificia a la proclamación de la realeza de Cristo y al anuncio del culto al Corazón de Cristo con esta orientación de servicio a Cristo Rey. En esta misma encíclica, la Summi Pontiicatus, de octubre de 1939, expresa un iluminado juicio sobre la corriente de devoción al Corazón de Jesús cuyo sentido providencial ratifica con estas palabras:

 

«De la difusión y del arraigo del culto al divino Corazón del Redentor, que encontró su espléndida corona no sólo en la consagración del género humano al declinar el pasado siglo, sino también en la introducción de la fiesta de la realeza de Cristo por nuestro inmediato predecesor de venerada memoria, han brotado inefables bienes para innumerables almas -"un impetuoso río que alegra la Ciudad de Dios" (cf. Ps 45,5)».

 

El testimonio pontificio sobre el río que alegra la Ciudad de Dios confirma e impulsa el movimiento espiritual que no puede ser minimizado ni puesto en duda sin inmediato enfriamiento de la piedad e incluso confusión y equívoco en el campo de la fe. Las cavilaciones antes aludidas sobre aspectos tan fundamentales de la teología y de la espiritualidad católicas no han conducido sino a la debilitación de la piedad y al oscurecimiento de la claridad del mensaje que trae consigo la devoción al Corazón de Jesús, mensaje que podríamos resumir en una invitación al espíritu de reparación orientado a la reafirmación de la consagración a la persona de Cristo, Rey del universo.

 

El mensaje reparador se sitúa de forma inmediata en una perspectiva interpersonal: cada uno de nosotros es invitado a vivir trabajando por mante­nerse, saltando sobre los siglos, en intimidad con Cristo sufriente que, en el huerto de Getsemaní y en la cruz, culmina la vivencia de la soledad y del des­amparo en que los hombres dejaron a su Salvador. Cristo, que dijo que no había venido a salvar a los justos, sino a los pecadores, siente un íntimo dolor por la desconfianza de los pecadores obstinados en la no aceptación de su misericordia redentora y la frialdad de los que se consideran justos y no sienten la necesidad de la confianza en su misericordia porque creen poder justificarse ante Dios en la soberbia de su propia justicia.

 

Jesús era contemporáneo de toda la humanidad, y en los sentimientos dolorosos sentidos en el huerto de Getsemaní y en la crucifixión le servía de consuelo la previsión de todas las actitudes humanas de quienes sintieron compasión por su sufrimiento y orientaron su vida a consolar su Corazón. Todas las dificultades y cavilaciones seudofilosóficas que ponen obstáculos a esta contemporaneidad de Cristo con los que desprecian su amor y con los que se proponen acompañarle y consolarle con su fidelidad no pueden diluir este mensaje sublime de la reparación a que son invitados por Cristo y su Iglesia los cristianos devotos del Corazón de Jesús.

 

El llamamiento a la reparación mantiene su urgencia frente a toda falsa filosofía y a toda pedantería seudoteológica. Hemos de atenernos a los escri­tos de los santos y a las enseñanzas y llamamientos de los pastores de la Iglesia. Hemos de ser fieles también a la insistente ordenación del central acto de la reparación al acto final y perfectísimo de la consagración; es decir, hemos de vivir el esfuerzo de intimidad con Cristo sufriente con ánimo ferviente de acatamiento y reconocimiento de la soberanía de Cristo sobre el universo entero y sobre todas las dimensiones culturales, sociales e históricas de la realeza de amor del Corazón de Jesús.

 

La inseparabilidad del espíritu de reparación con el designio de consagración nos ha de recordar siempre que la voluntad de Cristo de reinar sobre todos los hombres es impulsada por la infinita efusión de caridad por la que el mismo reinado de Cristo sobre el mundo es el único camino por el que Dios puede comunicarnos misericordiosamente sus bienes de todo orden. La humanidad sólo en Cristo puede encontrar toda plenitud   humana. Un pretendido humanismo vuelto de espaldas a la soberanía de Dios es frustración  y fracaso en el mismo orden humano. El programa del reinado del Corazón de Cristo es para la humanidad por el contrario, la apertura del horizonte en que todas las cosas humanas pueden alcanzar su plenitud y encontrar el camino hacia su con­sumación. En el Reino de Cristo por su Corazón se nos propone a los hombres el camino hacia la paz mundial y hacia el definitivo progreso o culminación en elorden social, económico y cultural. Jesucristo es - como recordó León XIII- el único en quien todas las cosas se restauran.

 

En el envío de estos escritos preparatorios, expresivos del espíritu con que nos proponemos afron­tar el futuro congreso sobre el culto al Corazón de Jesús, queremos expresar sin vacilaciones ni equívocos la orientación sincera de las tareas y contenidos de este próximo congreso a lo que esencialmente pertenece a la devoción al Corazón de Jesús tal como la siente la Iglesia y la propone a los fieles en sus actitudes de reparación y de consagración, impulsando totalmente las relaciones personales que  vivamos por Cristo en su Corazón inspiradas por las invitaciones mismas que Cristo personalmente comunicó e inspiró a sus apóstoles, los transmisores de sus mensajes e invitaciones a la Iglesia  y a sus fieles devotos.