Artículo de nuestro
colaborador Francisco Canals Vidal publicado en CRISTIANDAD (Año XXVII, Núm. 467)
en Enero de 1970 con motivo de una exhortación del entonces
Arzobispo de Barcelona, Dr. Marcelo González Martín a
participar en la celebración del cincuentenario de la
consagración de España al Sagrado Corazón de Jesús.
Posteriormente fue publicado en una recopilación de
artículos del mismo autor bajo el título «Política española:
pasado y futuro» (Ediciones Acervo, Barcelona
1977).
«HOMO HOMINI DEUS»
La pregunta por el hombre,
sobre el sentido de su existencia y su puesto en el cosmos,
centró en las décadas entre las guerras mundiales la reflexión
de pensadores y filósofos. Si quisiera hallarse un punto en
que estuviesen de acuerdo los esfuerzos más representativos
del tono y mentalidad contemporáneos, no podría señalarse otro
que la conciencia de que el ser del hombre había venido a
hacerse problemático para el hombre culto occidental. En este
no saber qué somos y tener conciencia de que no lo sabemos se
expresaba el acceso a la madurez de la conciencia histórica
contemporánea.
La autosatisfacción del
espíritu científico y el efectivo dogmatismo del materialismo
histórico marxista no han modificado la situación. Para
aquella conciencia culta, hoy hegemónica sobre el dinamismo
técnico, cultural y político de todo el planeta, el ser del
hombre es más que nunca un angustioso interrogante.
Al hablar hoy de una
problemática humana no se alude sólo a una constelación de
problemas que podrían plantearse desde unos supuestos
antropológicos firmes, sino a una desorientación radical que
afecta desde lo más profundo todas las dimensiones de lo
humano en cuanto tal. El misterio, y no ya el problema, está
así instalado, pese a la mentalidad neopositivista, en el
centro de la conciencia contemporánea.
Y no obstante, las empresas
colectivas y los ideales que estimulan las energías más
universalmente operantes sobre nuestro mundo, se orientan
todas según esta convicción: la marcha histórica progresiva
conduce a la toma de conciencia por la que lo humano se
patentiza para el hombre como lo supremo.
El proceso de este
humanismo, que con más precisión que con el término «ateo»
puede ser definido con el de «autodivinizador» del hombre, se
desplegó en las diversas fases de la evolución de la
«modernidad» desde el Renacimiento, e inspiró tareas e
instituciones políticas, educativas y sociales, a partir de la
revolución industrial y del despotismo ilustrado. Pero no
hubiera podido decirse, en épocas anteriores a la nuestra, que
esta valoración de lo humano como lo absoluto y supremo
constituyese el principio unificante según el que se intenta
construir todos los ámbitos en que habite la humanidad en su
vida colectiva y el núcleo del espíritu objetivo en el
horizonte internacional.
Que esto es ahora así se
revela en un hecho cuya significación misteriosa sería
imposible exagerar. Parece que nada puede darse más opuesto a
la fe católica que la autodivinización y la adoración del
hombre por sí mismo. Lo «anticristiano» por antonomasia podría
definirse por aquella actitud. Y aunque Paulo VI habló del
enfrentamiento acaecido en torno al Concilio Vaticano II de la
religión del hombre que se hace Dios a la religión de la
Encarnación redentora del Dios que se hace hombre, advirtió
también que el intento propio de la Iglesia en el Concilio no
fue precisamente la de enfrentamiento y condenación. El
mensaje conciliar ha tendido a ofrecer misericordiosamente
aquella plenitud en cuyo desesperante anhelo se debate la
humanidad de hoy.
Que el aggiornamento
conciliar haya tomado esta orientación hacia lo humano en
tiempos de radical antropocentrismo revela que la pérdida de
la consciente orientación hacia Dios por parte del hombre de
hoy es compadecida por la Iglesia, no ya como proterva
rebeldía de la enloquecida sabiduría secular, sino como
miseria agobiante y entristecedora que pesa universalmente
sobre los hombres de nuestro tiempo; cuando se agrava y
universaliza la crisis de la que el carisma profético de la
Iglesia jerárquica juzgó con aquellas palabras bíblicas:
«Esperábamos la paz, y este bien no vino; el tiempo de la
curación, y he aquí el terror».
En verdad la dimensión y el
sentido mismos -universal por primera vez en la historia, y
total y radicalmente orientado por el ideal de la justicia
plena sobre la tierra- del fracaso y desengaño de nuestras
empresas colectivas, está siendo testimonio para todas las
gentes del Evangelio de Cristo, que da el Occidente cristiano
y descristianizado a los hombres de todas las culturas,
absorbidas hoy en él a modo de «proletariano interno».
«SI CONOCIERAS EL DON DE
DIOS»
La evangelización del
misterio de Cristo adecuada a nuestra situación histórica ha
de insistir evidentemente en su esencial dimensión de
llamamiento y don que ofrece al hombre la posibilidad, por la
gracia divinizante, de su propia consumación y plenitud
humana.
El iluminar esta
congruencia no podría por sí mismo arrastrar el peligro de una
deformación o minimización del misterio cristiano. Se nos
exige en definitiva que insistamos en algo que está en su
sentido más esencial e íntimo: el que se expresa, desde el
propter nos homines de los antiguos símbolos, en el lenguaje
de San Agustín al decirnos que Dios no busca su gloria sino
para nosotros -ya que es a nosotros y no a Él a quienes
enriquece su conocimiento y alabanza- o en el de San Ignacio
al afirmar que «todas las cosas... han sido creadas para el
hombre». Más cercana a nosotros, la santa carmelita de Lisieux
expresaba su esperanza de «pasar su cielo haciendo bien sobre
la tierra».
Es cierto que con demasiada
frecuencia una actitud humanista ha llevado al apostolado
contemporáneo a silenciar o dejar en segundo término el
misterio de la salvación por Cristo. El optimismo sobre las
fuerzas humanas y la fe en la bondad del universo vienen a ser
un imperativo que reduce al silencio, sobre algunos de sus más
centrales temas, a la predicación cristiana. Se teme en el
fondo el trágico contraste con una fe en el hombre y en su
poder de autorrealización de la que está ausente el sentido de
humildad, la compunción del corazón y el sentido del
pecado.
Nos sentimos arraigados en
la convicción, que nos transmitieron grandes maestros de
espíritu, de la oportunidad providencial y psicológica del
culto al Corazón de Cristo para el mundo moderno. Conforme a
ella orientaremos nuestras reflexiones, de intención y método
teológicos, sobre la problemática humana de hoy. Tal intención
y método no excluyen evidentemente, antes exigen en virtud del
propio tema, que por su contenido se refieran a las
experiencias y corrientes de pensamiento o ambientes
culturales y sociales característicos de la situación
contemporánea, y en los que podemos descubrir, como en signos
de los tiempos, la urgente adecuación del mensaje del amor
divino y humano del Corazón de Cristo.
PERPLEJIDAD Y CRISIS
Propuesto por el magisterio
eclesiástico como síntesis de toda la religión y norma
perfecta de vida cristiana, después de su triunfal marcha
ascendente en el sentir de los fieles, vino a quedar en
situación de crisis y problematismo durante el Pontificado de
Pío XII, en el mundo que salió de la segunda guerra mundial.
En realidad el complejo anudamiento de los problemas remitía a
una perplejidad que se sentía ya indudablemente en tiempos de
Pío XI, en los años de la postguerra: la perplejidad en torno
a la cultura y humanismo cristiano «moderno» recibido de los
siglos del renacimiento y del barroco.
El carácter patente y
universal de la crisis nos librará de la nota de audaces en
nuestro atrevimiento a plantearnos cuestiones que son
ineludibles precisamente para poner en claro la congruencia
profunda, que creemos deber afirmar, del culto al Corazón de
Jesús para el ambiente y situación espiritual posterior al
Vaticano II, cuando se han desatado y simplificado aquellas
complejidades y nudos.
No parece que pueda negarse
que percibían muchos una como indefinible y paradójica
dualidad de ambientes y actitudes espirituales en el
magisterio y en la profunda y universal tarea de apostolado
del Papa Pío XI. Porque queremos sugerir una sutil y casi
inefable diferencia de matiz convendrá un lenguaje breve y
rápido. La Miserentissimus Redemptor, proponía la síntesis de
toda religión y la norma de vida más perfecta y hablaba del
común deber de expiación, pero fue pareciendo cada vez más
como adscrita a una escuela particular de espiritualidad, que
algunos hubieran calificado peyorativamente como «jesuítica».
Entre tanto, la espiritualidad de la que fue «la estrella del
Pontificado», Santa Teresita del Niño Jesús, aparecía como un
«redescubrimiento del Evangelio», como diría Pío XII, y con un
signo de universalidad católica y ecuménica.
Reparación y consagración,
comprendidas en el contexto del misterio de Cristo, tal como
las proponía la enseñanza y la liturgia de la Iglesia,
constituyen en verdad el ejercicio más simple y profundo de un
culto impulsado y orientado por la caridad. No obstante, y es
lícito preguntarse si sólo por causa de una resistencia
sectaria, se fueron mostrando cada vez más desde cierto
aspecto deformado que causaba reacciones de disgusto y
repulsa.
Tal vez los mundanos y los
cristianos piadosos hostiles veían a los «reparadores» y
«consagrados» no como pecadores penitentes que se ofrecían al
amor y a la misericordia, sino como cristianos con conciencia
de distinguidos y fieles que se acercaban a consolar a Jesús
presentándose ante Él «no siendo como los demás hombres». Tal
vez hubiesen muchos dicho de los devotos del Corazón de Jesús,
lo que Santa Teresita de cierto tipo de almas menos deseosas
de «deshojarse» e inmolarse: Seigneur, sur tes autels plus
d'une fraîche rose aime á briller.
Tal vez las acusaciones de
naturalismo o de cristología nestorianizante, radicalmente
injustas respecto de los grandes apóstoles de la devoción y de
la espiritualidad viva en el pueblo fiel y en la liturgia,
recibían algún motivo o pretexto de aquellas apariencias.
La Haurietis aquas marca el
camino de superación de la crisis y del malentendido. Se
muestra con luz nueva y en su plena adecuación al hombre de
hoy el culto al Amor de Dios que habita corporalmente en su
plenitud en el Corazón de Jesucristo. Es el mensaje del amor
misericordioso, es el Evangelio de Juan y de Pablo. Y es el
mensaje tradicional del culto «clásico» simplemente entendido
en su verdad auténtica y profunda. Porque esto y no otra cosa
es lo que presentó Pío XII y lo que ha insistido en mantener
la enseñanza postconciliar de Paulo VI.
EL MENSAJE DEL AMOR
MISERICORDIOSO
Si nos atrevemos a señalar
aquellos contrastes de matiz y la perplejidad por ellos
sugerida, tenemos que afirmar también que las superficiales y
aparentes escisiones están superadas, y puesta de manifiesto
la continuidad del culto moderno estimulado por
Paray-le-Monial con el misterio de salvación. Se nos ofrece,
tal es nuestra convicción, la síntesis buscada para nuestro
tiempo, en la vida y la espiritualidad de Santa Teresita del
Niño Jesús o de Juan XXIII, por citar dos ejemplos que hacen
intuíble lo que queremos expresar.
Aún reconociendo, pues, las
deficiencias que hayan podido darse en la presentación
tradicional del culto al Corazón de Cristo, hay que afirmar,
nos parece, para moverse en lo esencial y no caer en
planteamientos inadecuados y accidentales, que el
problematismo suscitado en torno a él se relaciona con la
vacilación en proponer al mundo contemporáneo la buena nueva
del amor misericordioso. La aceptación de la misericordia y
del don implica el reconocimiento de la indigencia y de la
miseria. De aquí el recelo a la resistencia humanista a un
mensaje que no puede dejar de invitar a la expiación y
reparación por el pecado.
Pero la ambigüedad de la
universal tentación anticristiana de nuestro tiempo consiste
precisamente en que, enfrentada a la autoafirmación de
plenitud superadora de alienaciones, y paradójicamente
confundida con ella, una corriente de angustia y amargura
oprime el ánimo de los hombres de hoy. Un nuevo pesimismo
maniqueo que es en cierto sentido más profundamente
anticristiano que el propio optimismo antropocéntrico.
Las proféticas advertencias
del magisterio eclesiástico sobre el fracaso inevitable de las
construcciones emprendidas bajo el signo de la mundanidad
secularizadora y arreligiosa, hallan su paralelo antiteístico
en las expresiones filosóficas y literarias del inconformismo,
la desesperación y la náusea. La dialéctica desintegradora de
la revolución anticristiana ha ido pidiendo rápidamente
cuentas a los sucesivos proyectos y empresas colectivas en que
la ciudad terrena ha concretado sus esperanzas de paz y de
felicidad universales.
La herencia cristiana
mantiene vigente su exigencia sobre la conciencia social
contemporánea. Y ninguna de las actitudes o de las
interpretaciones que pretenden rehuir este imperativo
cristiano y desoír el clamor trágico con que el acontecer
contemporáneo revela el fracaso de la finitud cerrada sobre sí
misma pueden pacificar íntimamente al hombre de hoy.
Por esto el supremo
esfuerzo de resistencia, el modo contemporáneo de «dar coces
contra el aguijón», rehusando aceptar el don de Dios, se
realiza en el sobrevalorar la inquietud y la tensión. El
mundo, que nos promete la paz que no puede darnos, termina por
maldecir la paz como un conformismo estático que quitaría
sentido a la vida. Para rehusar el don de Dios decimos a
veces: «no hay camino». Ignoramos a Cristo, CAMINO, VERDAD Y
VIDA. El mundo se distrae así y evita reconocer que «nos hemos
extraviado, y hay que volver al camino» como proclamó Pío
XII.
Pero sigue clamando por la
paz y gritando la protesta y la desesperación por su inquietud
insatisfecha. Si renunciamos a la hipocresía y
convencionalismo superficial, casi al nivel de una moda
literaria, que tantas veces coarta nuestro testimonio
cristiano, nos encontraremos connaturalmente en situación de
afirmar con humilde seguridad que sólo en el ambiente de la fe
cristiana se puede comprender al hombre de nuestro tiempo.
Nuestro corazón está
inquieto con la inquietud que confesó San Agustín; con la
indigencia y sed del rocío divino que clamaban los salmos.
Para vivir como hombres estamos necesitados de que nuestra
cotidianidad, nuestra convivencia doméstica y nuestro cuidado
y tarea diaria, nuestra soledad errante entre lo público, sean
bajo la mirada y la mano poderosa de nuestro Dios personal y
paterno. Tenemos necesidad «de un corazón ardiente de ternura,
con el que nos sintamos día y noche, de corazón a corazón, en
convivencia y diálogo».
Por esto al plantear en una
perspectiva teológica el problema de la oportunidad del culto
al Corazón de Cristo para el mundo contemporáneo, sería
inadecuado detenerse sólo en constatar las deficiencias de
integración y síntesis, las escisiones y tensiones no
superadas, que fueron características de los tiempos en que se
difundió en el mundo cristiano. No llegaríamos así a tratar
del sentido de aquel símbolo y mensaje. Una reflexión
teológica adecuado en su método y rectamente orientada
mostrará sin duda la virtualidad del culto al Sagrado Corazón
para hacer unitaria y simple, auténtica, la vida religiosa del
hombre de hoy.
«LA FINITUD
CONSTITUYENTE»
«Se estremece la tierra con
afán nunca antes sentido, de horror o de esperanza», dijo el
excelso poeta Costa y Llobera. Con su doble faz de radical
pesimismo y de inaudita expectación de progreso, el dinamismo
histórico del hombre moderno, tenso anhelo colectivo de
divinización, se ha mostrado como un esfuerzo trágico de
«finitud constituyente», para decirlo con las palabras con que
Vuillemin quiso significar esta revolución de lo finito contra
el Dios trascendente y soberano.
«La muerte de Dios», que
permitiría que el hombre viva y reine sólo sobre la tierra, se
realiza en la conciencia del hombre masificado de nuestra
sociedad urbana a través de la «diversión» respecto de lo
eterno. En nuestras jóvenes generaciones se destruye el hambre
de inmortalidad - la aburrida idea de la inmortalidad del
alma, decía Engels - y con ella el sentimiento y comprensión,
la disponibilidad y apertura, para lo eterno e infinito.
Contemplada
superficialmente y en el ámbito de lo cotidiano, la pérdida de
sentido de lo sagrado y eterno parece sólo una inmersión en el
movimiento, monótono en su rapidez, causado por la publicidad
planificadora de la agitación y del cambio que la política y
la técnica imponen sobre nosotros.
En una perspectiva más
universal y que no ignore los impulsos profundos que alientan
las fuerzas que ejercen, por aquella publicidad y
planificación, su lucha planetaria por la voluntad de poder,
reconoceremos que el olvido por el hombre masa de lo absoluto
y eterno viene a ser subproducto del inmanentismo y la
absolutización de la naturaleza y del hombre en la mentalidad
dirigente del mundo de hoy.
En el ámbito mismo del
pensamiento científico y filosófico, las corrientes
empiristas, positivistas o materialistas - en su doble fase
mecanicista y dialéctica - sólo desde una consideración
exterior que pierda de vista sus conexiones y
condicionamientos profundos se presentan como cerradas en lo
inmediato sensible y material. Detrás de Marx está Hegel, y a
la ética y política positiva o utilitarista subyace también el
Deus sive Natura de Spinoza, aquel en quien «comienza la
filosofía» para el propio Hegel.
El enfrentamiento a lo
eterno se ejercita por la afirmación del valor absoluto de lo
temporal. El devenir dialéctico y el «eterno retorno de lo
igual» expresan esta divinización, ante la que en vano se
rebela el finitismo que busca en el tiempo el horizonte de
comprensión del ser. La finitud constituyente es usurpación
por lo finito y terreno de los atributos de lo eterno; es
saqueo de lo celeste. Por esto las mismas rebeldías o
desconocimientos de lo divino inmanentizado se expresan en la
angustia ante la nada o en la afirmación de que lo absoluto es
lo contingente, lo que es en definitiva la atribución a lo
contingente de la absolutez de lo absoluto.
La modernidad anticristiana
se ha desplegado filosóficamente como una progresiva toma de
conciencia en la que los atributos de la divinidad han venido
a ser puestos en lo humano. La inflexión decisiva, más que en
la proclamación nietzcheana de la necesidad de la muerte de
Dios para la vida del hombre, había tenido lugar en el
tránsito al hegelianismo de izquierda en la obra de
Feuerbach.
Sus palabras suenan a
«extrañas profecías» cargadas de sentido revelador de las
nuevas coordenadas de la contemporánea visión del mundo
secularizada y desacralizada. La política es nuestra religión.
Lo humano es lo divino. El Estado es la providencia del
hombre. Se pone en la humanidad, ya divinizada, lo que
«todavía» ponía Hegel en el Espíritu absoluto, o Spinoza y
Giordano Bruno en la Naturaleza o en el Universo.
El movimiento que pretende
expresar el pleno humanismo en la superación de todas las
alienaciones, el marxismo, encontraría aún fundamento para
acusar de contaminación teológica a la propia afirmación de la
divinidad en lo humano. Lo que quiere afirmar es la supremacía
de lo humano en cuanto tal. El proceso antropocéntrico culmina
así en una actitud que entronca con el antiteísmo postulativo,
para el que Dios es el ser que no debe existir y que en todo
caso debe ser rechazado.
El radical antropocentrismo
en que se consumó el proceso de la modernidad separada de Dios
ejerció su máxima influencia sobre la conciencia contemporánea
a través de un nuevo sentido u orientación. Aquel que se
expresa en el marxismo, frente a la atribución especulativa de
un carácter divino a la humanidad en su esencia universal,
afirmando que no se trata ya de conocer la realidad, sino de
transformarla.
La autorrealización del
hombre como lo supremo se ejercita en todas las dimensiones
privadas y públicas de la vida contemporánea, con inspiración
marxista o pragmatista, en cuanto se desenvuelve como un vivir
constituido desde sí mismo por la primacía de la praxis
humana.
«EN EL PRINCIPIO ERA LA
ACCIÓN»
Al plantearse la pregunta
sobre las relaciones entre la prudencia y la sabiduría,
sostiene Aristóteles que sólo podría atribuirse a la prudencia
el primado sobre la sabiduría si se afirmase que el hombre
ocupa el primer lugar en el universo del ente. Fundamenta así
que la virtud de la razón práctica, que gobierna la acción en
el orden al fin humano, tenga que regirse por el supremo saber
contemplativo, el que conoce en sí mismo el fin y bien.
«En el principio era la
acción» hace decir Goethe al Doctor Fausto. Al poner la acción
humana como fundamento creador de sentido del universo y de la
vida hace patente su disponibilidad para el pacto
mefistofélico.
El hombre fáustico busca la
sabiduría, pero rehúye la contemplación que retendría y
aniquilaría su vida, y se rebela contra la patencia y el don
de la verdad. Si el hombre moderno prefiere con Lessing la
«mano izquierda» que le ofrece la búsqueda y el anhelo, y no
acepta la riqueza de la verdad venida de la «mano derecha»
divina, es porque quiere sentir el goce creador de una acción
sin otro objeto que el ejercicio mismo de la libre
creatividad.
Las múltiples expresiones
literarias o filosóficas, pedagógicas y políticas, de este
primado de la acción y de la voluntad, no hacen sino traducir
conceptualmente actitudes que, desde la época romántica,
vienen a constituir tal vez la más seductora y profunda
tentación de cuantas nos arrastran engañosamente fuera del
orden y de la concepción cristiana del mundo.
Para la secular sabiduría
cristiana el «deber ser» incondicionado se fundaba y
constituía desde la destinación del hombre a su fin último
trascendente a su finitud. La Bondad eterna e infinita, el
amor que Dios es, se nos propone por la fe para ser recibido y
abrazado en contemplación y amor eterno. Por esto advertía
Santo Tomás que el bien divino, en orden al cual se pone en
tensión por la caridad el íntegro dinamismo de la vida
cristiana, no es objeto de entendimiento práctico, sino el
supremo fin saciativo y beatificante para la mente
contemplativa.
Y toda la obligatoriedad de
la ley se funda en la necesidad del fin a que se ordena. En el
plano mismo de la sindéresis natural la conciencia del deber
presupone la fundamentación del bien ético en el «verdadero
bien» ontológico. Por esto una ética de fines da por supuesta
la sumisión del hombre a un orden universal que le trasciende
y le llama con exigencias absolutas de las que no es él mismo
fundamento ni autor. La libertad del hombre se constituye
desde esta destinación natural a un fin entitativo y
«verdadero».
Aunque todavía el
formalismo de la ética autónoma de Kant mantuvo como postulado
práctico la idea de Dios y el alma espiritual e inmortal, la
primacía de la razón práctica que se afirmaba para huir del
carácter heterónomo del imperativo moral expresaba un hecho
nuevo en la historia del mundo cristiano, que tenía no
obstante sus precedentes en las posiciones éticas
racionalistas: ya no eran los «libertinos» los que se
enfrentaban a la fe revelada; por el contrario se podía ya ser
«no creyente» en la fe sobrenatural y «positiva», porque se
era «honesto» y en virtud de la misma fe moral. En el mejor de
los casos se vino a negar importancia teorética al contenido
de la fe, para reducir la fuerza de lo religioso a la
profundidad del sentimiento.
La religiosidad romántica
que va de Schleiermacher al modernismo en todas sus fases, no
ha hecho sino reforzar el impacto deletéreo de los
«pragmatismos». Una misma actitud en el fondo alienta la fe en
la creatividad fundante y originaria de la acción humana. La
roca firme de Dios eterno no sería sino el obstáculo supremo,
una «naturaleza» no-yo, algo absoluto «en-sí», que no podría
ser ya estímulo a superar, sino condición y límite supremo de
la libertad y de la praxis del hombre.
El postulado antiteístico
de una moral que, en virtud de su radical antropocentrismo, ha
de negar toda esencia o valor anteriores al ejercicio de la
libre opción, no se ha formulado en toda su crudeza sino en
contados casos. Lo que interesa, sin embargo, es advertir el
impacto en una filosofía no de sentido académico sino
«mundano», y que ha consistido mucho más en una penetración
«práctica» que en una difusión literaria o conceptual.
Las ilusiones de la
autenticidad y la autorrealización, la creatividad y
originalidad radicales, debilitan máximamente la capacidad de
comprensión del mensaje de la fe. Todo profesor de teología
que ha visto discutir el interés actual y práctico, la
conducencia para la vida y para la eficacia, de los tratados
dogmáticos trinitario y cristológico, puede dar testimonio de
lo que queremos sugerir.
Si esto es así en quienes
viven insertos en las instituciones eclesiales, el hecho
acaece cotidianamente afectando todos los sentimientos e ideas
del hombre masificado de nuestros días.
El prestigio de la
investigación científica conseguido en la rápida
transformación del horizonte vital de quienes estamos ya
inmersos en un mundo «creado por los hombres», que oculta y
aún presenta como triviales y primitivas las dimensiones del
universo natural o del que es herencia de la técnica y el arte
de anteriores generaciones, parece conmover las esencias y el
sentido de las cosas y del hombre mismo, e invita con enérgico
desafío a la lucha por la vida y a la vertiginosa carrera de
llegar a hacerse algo por sí mismo.
Tendemos así a apoyarnos en
nosotros y a no afirmarnos más que desde nuestra propia
autorrealización. Pero es aquí precisamente donde la
constitutiva destinación del hombre a no hallar el sentido de
su vida sino en una felicidad que le trasciende y exige la
ordenación a ella de su entero dinamismo, se pone de
manifiesto en una situación límite en la que se halla hoy el
hombre, en proporción a su progreso y dominio técnico sobre la
naturaleza.
La praxis humana no puede
ser el lugar originario de su propio valor y sentido. La
voluntad y la acción carecen de consistencia si no se reconoce
que una «voluntad constituyente» está impresa en la naturaleza
del hombre y entitativamente la destina, con anterioridad
radical a toda opción, hacia fines existentes en el universo
real y en el fundamento último del hombre y del universo. Es
decir, la praxis en cuanto tal no se pone en movimiento sino
supuesto el hombre ya constituido en su posibilidad radical
como sujeto libre y activo.
Y en verdad la afirmación
especulativa de la primacía de la acción, y la entrega
práctica a la búsqueda de un sentido de la vida que fuese
independiente de todo valor o fin anteriores al ejercicio de
la libertad, no han hecho sino lanzar al hombre culto de la
modernidad a un círculo en el que la misma dimensión ética
viene a ser olvidada en su esencia, para ser asumida sólo como
eficacia técnica a través del desarrollo, por la educación
científica, de las posibilidades creadoras entendidas como
capacidades de dominio y de producción.
EL HOMBRE MOVILIZADO COMO
SERVIDOR DE LA EFICACIA TÉCNICA
La primacía de la voluntad
y de la acción deforma antropocéntricamente aquella esencial
dimensión de la vida cristiana que la discierne de cualquier
frío y orgulloso intelectualismo teorético: si poseyese toda
la ciencia y conociese todos los misterios, si no tuviese
caridad nada soy. La secularización, de espaldas al don del
amor de Dios, del imperativo de que la fe obre por la caridad,
explica la fuerza, desintegradora del orden cristiano, de los
voluntarismos y pragmatismos.
Pero esta misma desviación
antropocéntrica del dinamismo práctico, del que desaparece con
la contemplación «final», también el amor, convierte el
«dominar la tierra» bíblico, ejercicio por el hombre de un
aspecto esencial de su carácter de imagen de Dios, en el
babélico esfuerzo de dominio autónomo y cerrado a la
trascendencia, que pretende su reinado exclusivo y soberano
sobre el mundo.
Un nuevo concepto del saber
alentó desde la scienza nuova y ya decisivamente en el
empirismo de Bacon de Verulan las progresivas conquistas del
hombre moderno. Se trata de un saber del que ha desaparecido
toda finalidad contemplativa y, por ello, todo orden a la
aceptación de aquel «amor que mueve al sol y a las estrellas»
cuyo gusto tuvieron los medievales. Hay que saber, para
dominar la naturaleza.
Y para dominarla,
obedecerla. La praxis humana, ya desde entonces radicalmente
transformada en técnica, tiene que reconocer desde su punto de
partida fuerzas y leyes naturales. Pero la preocupación de
inmediatez, que se tradujo en la vigencia de una noética
empirista, lleva al abandono de cualquier consideración de un
orden esencial. No se atiende ya más que a las reglas
constantes de conexión de los hechos, cuyo conocimiento
posibilite la previsión, el proyecto y la planificación.
Desde las primeras fases de
la filosofía moderna se recorre así, en el orden de la
fundamentación de la ciencia, el destino por el que ha
avanzado cada vez con mayor universalidad la cultura
occidental; hasta culminar en la hegemonía planetaria de su
ciencia tecnificada sobre todas las dimensiones de la vida
contemporánea.
La revolución industrial y
la revolución política de signo positivista dieron a la vida
social el dinamismo y orientación que condicionan todavía hoy
su sentido. El empirismo gnoseológico, la concepción
materialista del mundo y la ética utilitarista se implican y
autofundamentan. Se cierra un círculo en el que el único
proyecto que puede constituirse en fin de la acción humana es
el desarrollo y progreso económico y técnico.
Las guerras mundiales y la
fuerza creciente de la antítesis marxista han situado a la
sociedad occidental, regida por aquel progresismo, ante una
crisis cuya trágica paradoja se manifiesta en un fenómeno
desconcertante: las mismas corrientes y movimientos de
rebeldía en que se consuma la esperanza ilusoria en la
omnipotencia de la técnica, y que exigen en su nombre «el
final de la utopía», estallan contra el sistema opresivo
establecido por la hegemonía de lo técnico sobre las
estructuras y el ambiente de la sociedad moderna.
La tecnocracia viene a
definir en sentido muy esencial el impulso directivo de
nuestra vida. Porque el antropocentrismo, ejercido en la
primacía de la acción transformada en eficacia técnica, impone
la necesidad –según ha puesto en claro el agudo análisis
heideggeriano— de que la voluntad de poder se identifique con
el instinto calculador que somete la libertad humana y
transforma el animal racional en mano de obra o equipo de
trabajo al servicio del consumo del ente. Cuando ya el ente ha
perdido todo otro sentido que no sea el de estar destinado a
ser desgastado por la planificada voluntad de dominio.
Del obedecer para dominar,
y como cogido de nuestras propias redes, hemos caído en
servidumbre respecto al mecanismo de nuestras propias
planificaciones y proyectos.
Para la propaganda de la
política o de la guerra total, o para la que asume la tarea de
producir en serie la opinión democrática, la opción política y
su expresión está condicionada al asesoramiento del
reflexólogo o del psicólogo conductista. El acierto en el
ritmo de un slogan o en la sugerencia que en el mecanismo de
asociación de imágenes puede tener un gesto o una frase
lanzada a través de los grandes medios de comunicación de
masas pueden representar millones de votos para la designación
de los más influyentes poderes en el mundo de hoy.
La acción humana
tecnificada, desarraigada de toda orientación a lo eterno por
el impulso de autorrealización del hombre como lo absoluto y
supremo, consuma en la vida colectiva la caída de la libertad
y mismidad en la dependencia respecto de lo anónimo y lo
público.
Resulta coherente que en
este «mundo feliz» se disperse y pierda la intimidad personal,
por cuanto el presupuesto profundo que sostiene la negación de
la apertura de la finitud y subjetividad humana hacia lo
eterno y divino implica de raíz el desconocimiento del libre
albedrío como atributo de la esencia del hombre, en que se
despliega su acción, desde la perspectiva de la fe cristiana,
como espíritu e imagen de Dios.
LA PARADOJA DEL ESPÍRITU
LIBERAL
Ninguna demasía y
exageración hay en el reconocer que la humanidad de hoy ha
accedido a madurez y plenitud apenas entrevistas en anteriores
siglos, y que el progreso, a pesar y a través de sus trágicas
crisis, ha llevado a la exigencia de realizar algunas de las
posibilidades más profundamente constitutivas de la existencia
humana.
Las concepciones de
filosofía de la historia que han querido establecer la tesis
de la decadencia como el sino fatal de nuestra cultura habrían
de olvidar que en el Occidente postrevolucionario ha alcanzado
su plenitud una dimensión esencial de lo humano en cuanto tal:
la conciencia histórica. Esto equivale a decir: la toma de
conciencia de la libertad como formadora de sentidos y
estructuras del espíritu objetivo en su devenir temporal.
Bastaría esta maduración de
la toma de conciencia histórica para justificar la aplicación
a nuestro mundo contemporáneo de una afirmación misteriosa y
espléndidamente «humanista» de San Agustín. Después de haber
definido la ciudad terrena como originada por el amor del
hombre a sí mismo llevado hasta el desprecio de Dios, que le
enfrenta a la ciudad celeste, advierte que «no es acertado
decir que los bienes que desea la ciudad terrena no son
bienes, puesto que ella misma es tanto mayor bien, cuanto
mejor sea en el orden de lo humano».
Si, orientados por la
sugerencia agustiniana, nos libramos de todo maniqueísmo,
podremos comprender que los males de nuestro tiempo no son
sino privaciones de orden e integridad, ausencia de
orientación hacia Dios. Por lo mismo, y puesto que el mal no
es eficaz y operante sino por virtud del bien que corrompe y
en el que radica, admitiremos sin escándalo, con el Papa Juan
XXIII, que el progreso mismo haya sido la fuerza que ha
transformado el olvido de Dios de hecho individual en fenómeno
universalmente difundido en la conciencia social. Todavía
Balmes pensaba que, mientras el individuo puede ser ateo, la
familia y la sociedad no lo serán jamás. Pero el desarrollo
técnico y económico, que opera universal e inmediatamente
sobre la sensibilidad del hombre, ha sido el factor eficaz en
la «diversión» respecto del eterno y final destino en
Dios.
Precisamente el llamamiento
de la ciudad celeste a este mundo muestra en esto su
congruencia: los bienes que busca la ciudad terrena se
invierten y desintegran por la privación de su orden a Dios.
El cerrarse de la finitud sobre sí misma no sólo impide que se
consume la indigencia de apertura a lo absoluto e infinito,
sino que corrompe y deshace los elementos más nucleares del
bien en el orden de las cosas humanas.
La autodivinización de lo
humano, que ha enfrentado al hombre moderno a la trascendencia
y personalidad de Dios, ha tenido su impulso nuclear en la
voluntad de autoafirmación como sujeto libre y creador. Pero
el enfrentamiento a la trascendencia se ha consumado en la
negación teorética y práctica de aquella libertad.
De los dirigentes más
exaltados del liberalismo español comentó con extrañeza
Menéndez Pelayo que su ardiente amor a la libertad contrastaba
con un pensamiento filosófico crasamente materialista. No hay
fundamento para la extrañeza del insigne polígrafo, que podría
compararse con la que se sintiera ante el hecho de que «todos
los niños de Francia» sepan hablar francés. Los grandes
dirigentes, los representantes más geniales del espíritu
liberal, han profesado siempre filosofías incompatibles con la
afirmación, espiritualista y teocéntrica, «agustiniana», del
libre albedrío.
La corriente central de la
Ilustración del siglo XVIII, la que nutrió la fuerza de las
revoluciones que dieron nacimiento al contemporáneo Occidente
liberal, se explica sólo desde la poderosa influencia de la
filosofía íntegramente naturalista de Spinoza.
Su monismo subyace como
fundamento oculto, pese a las transformaciones
«espiritualizantes» y dialécticas, en los grandes sistemas del
idealismo alemán, o en la visión del mundo de Goethe. Es su
implicación en la filosofía hegeliana la que posibilita la
«puesta sobre los pies» marxista de la dialéctica, en la que
de nuevo el entendimiento formador de ideas aparece como
natura naturata, o según la nueva terminología, como
determinado por la realidad de las fuerzas materiales.
La divinización de la
materia sigue presidiendo todos los paralelismos psicofísicos,
y también las antropologías implicadas en las más difundidas
escuelas de psicoanálisis. Si oímos hablar de «mentalidad
liberal», no debemos nunca olvidar la hegemónica fuerza de las
doctrinas «conductistas», para las que el concepto tradicional
del libre albedrío se explica cómo una laguna en el
conocimiento científico de las conexiones necesarias entre
estímulos y respuestas.
Esta trágica paradoja del
espíritu liberal puede ser comprendida únicamente si no se
quiere ignorar la intención que orientó sus primeras y más
influyentes formulaciones. Esta intención se hace patente si
contrastamos hoy los fundamentos de la enseñanza de Juan XXIII
en la Pacem in terris sobre el derecho al libre ejercicio de
la religión, con la doctrina spinoziana expuesta en el
Tractatus theologico politicus, la más profunda y originaria
fuente del pensamiento liberal de la Ilustración.
Para el magisterio
pontificio se trata del derecho a ejercitar el deber de
religión según la propia conciencia, que, en virtud de su
constitutiva religación a Dios, es libre frente a las
potestades humanas. Para Spinoza: «los que poseen el imperio
supremo son los intérpretes no sólo del derecho civil sino
también del sagrado; y sólo ellos tienen el derecho de
discernir qué sea lo justo, y qué lo injusto, qué lo piadoso y
qué lo impío; de aquí se concluye que podrán conservar este
derecho del mejor modo y el Estado en seguridad, sólo si
conceden que cada uno sienta lo que quiera y diga lo que
siente».
Con acierto magistral
advirtió León XIII en la Libertas que, las libertades de
conciencia, culto y pensamiento propugnadas por el liberalismo
eran la puesta en práctica en lo social y político de la
emancipación naturalista del hombre respecto a Dios.
Pero esta liberación frente
a la trascendencia, que lo es también respecto a la conciencia
de culpa y de responsabilidad, tenía su fundamento doctrinal
en una filosofía que niega la subsistencia personal del
individuo humano.
Para liberarse de la
religación y del orden a una trascendencia infinita y eterna
hubo que realizar en el plano del pensamiento el suicidio del
hombre como sujeto libre, como espíritu creado a imagen y
semejanza de Dios.
AUTENTICISMO Y
DESPERSONALIZACIÓN
«Cualquiera ve que la mente
no es corpórea, y que es substancia», escribió San Agustín. La
metafísica del espíritu hipostático y personal, imagen del
Dios viviente, Padre, Hijo y Espíritu Santo, legada al
pensamiento cristiano medieval, y todavía transmitida al
Occidente postrenacentista por el cartesianismo, seguiría
siendo la única base que podría dar coherencia a la aspiración
humanística de la modernidad: dignidad y derechos naturales de
la persona, igualdad de todos los hombres, y exigencia de
aquél respecto al hombre como fin y no como medio de que habló
Manuel Kant.
Pero las orientaciones del
pensamiento que han pesado sobre el dinamismo cultural y
político europeo y han regido los ideales sociales y el
sentido de la educación y de la vida conmueven de raíz aquel
concepto del hombre como ser personal y libre.
Por los diversos tipos de
materialismo, desde Hobbes a Marx pasando por la Enciclopedia,
y por las gnoseologías empiristas que inspiraron el
liberalismo inglés; por el monismo naturalista y
posteriormente por el criticismo y el idealismo alemán, desde
muy diversos supuestos doctrinales, se ha persistido en negar
la unidad entitativa del hombre como sujeto personal.
Los malentendidos, fundados
en la necesidad de «descosificar» la persona o de liberarse de
este término y concepto al pensar en el ser del hombre, se
radicalizaron en las corrientes antropológicas más influyentes
en nuestro siglo. Y así nos hemos encontrado con que al tiempo
que la existencia auténtica se situaba como tema de primer
plano se hundían las bases para una posible caracterización de
la unidad y mismidad del hombre.
No alcanza a escamotear
este obscurecimiento de la conciencia personal el
convencionalismo de nuestro lenguaje literario y político
proyectado sobre una eticidad de horizonte culturalista y
sociológico; lenguaje cargado de la exigente indignación moral
que es la dimensión más característica tal vez de la
mentalidad revolucionaria moderna.
Porque la hipócrita
escisión entre la razón práctica y el saber teorético sobre el
fundamento último de la realidad ha llevado al hombre moderno
a emprender el intento de liberarse del sentido del mérito y
del demérito ante Dios, del pecado personal y de la necesidad
de la gracia y de la Redención - a través de «nuevas
astrologías» deterministas - a la vez que proyectaba su
orgullosa actitud moralizante contra instituciones y clases
sociales, tradiciones del pasado, estilos y criterios
establecidos, estructuras superadas, naciones, culturas o
partidos políticos.
Pero, así como la «engañifa
del monismo» de que habló Unamuno es un sucedáneo inadecuado
para el hambre de inmortalidad personal arraigadas en el
corazón del hombre, así la eticidad que tiene como presupuesto
un determinismo dialéctico o positivista es incapaz de
fructificar en la serenidad interior, la sencillez y el
confiado gozo, que podrían hallarse sólo en a humildad
cristiana y en la aceptación de la gracia redentora.
Aquel suicidio ontológico
del hombre deja sin sentido la vida personal. De aquí el
dramatismo y la tensión, la pseudoprofética energía que
alienta las tareas educativas, los reformismos y progresismos
sociales que intentan suplantar las esperanzas proporcionadas
a la vocación divina y eterna del hombre por redenciones
inmanentes «según los elementos del mundo» y por el esfuerzo
de hallar una satisfacción absoluta en los proyectos del
futuro, en el propio advenir temporal e histórico.
ESCATOLOGÍAS Y ESPERANZAS
TERRENAS
Federico Engels, en un
estremecedor pasaje de su «Dialéctica de la naturaleza», con
lenguaje que revela el entronque heraclitiano del materialismo
dialéctico marxista, nos habla de los ciclos en que se
despliega en eterno retorno el movimiento de las fuerzas
materiales.
Ante ellos la historia
humana y geológica no es sino un breve instante. Nada
permanece, más que la materia eterna y las leyes en su
incesante devenir, que imponen férreamente la necesidad de la
destrucción también de lo que representa el supremo florecer
de la materia: la conciencia y el espíritu. Pero esta misma
férrea necesidad, nos dice Engels alentándonos a la esperanza,
nos asegura su resurgir en otros planetas, en otros sistemas y
constelaciones en el seno del universo infinito y eterno.
Y el propio Carlos Marx,
nada menos que en el prefacio de «El Capital», nos advierte
que sus apasionadas diatribas contra los burgueses y
capitalistas, indispensables para la crítica de la economía
política y la acción revolucionaria, no han de hacernos
olvidar que los burgueses no son sino personificaciones de las
fuerzas materiales que en su choque cumplen inexorablemente un
destino dialécticamente determinado.
El marxismo representa en
esto la culminación doctrinal de aquel proceso de
absolutización de lo inmanente en que sucumbe todo
reconocimiento de la libre personalidad del individuo humano.
Y no obstante, también en él se consuma aquella misteriosa
dimensión del espíritu moderno que señaló Vögelin al definirlo
como secularización y racionalización de las escatologías
milenaristas y de las redenciones gnóstico-maniqueas.
El impacto del marxismo
sobre la conciencia de nuestros días no podría explicarse sólo
desde su dimensión filosófica de hegelianismo de izquierda; es
decir, en cuanto prolonga, en una nueva fase de la filosofía
del devenir universal, una concepción monista del mundo.
Muchas veces se ha notado la inconfundible herencia profética
y mesiánica que alienta, bajo las apariencias científicas y
filosóficas, en el mensaje revolucionario y marxista.
El proletariado es el nuevo
pueblo escogido, enfrentado a la burguesía, la nueva
gentilidad. La revolución es el juicio de las naciones. La
sociedad sin clases, síntesis final en el horizonte histórico,
substituye el «milenio» de los ebionitas. Pero hay que
recordar que este mismo esquema había regido ya en momentos
anteriores, cuando la burguesía representaba frente a la
aristocracia el elemento redentor y escogido, el que llevaba
en sí la luz y la libertad. Y condiciona de nuevo hoy los
movimientos de rebeldía en los que el «conflicto de
generaciones» constituye el nuevo advenimiento mesiánico: los
«jóvenes» nos redimen del anquilosamiento y putrefacción de
los «mayores», los instalados en lo establecido.
Esta escatología inmanente
inspira la idolatría de los tiempos nuevos que conmueve tan
profundamente desde sus bases la visión cristiana y el
contenido dogmático de la fe en la conciencia
contemporánea.
Es obvio, no obstante, que
el torbellino que arrastra la «cronolatría», cada vez más
ampliamente difundida desde el Humanismo y la Ilustración,
devora sucesivamente sus propios ídolos. La aceleración de la
historia, en que se ejercita su triunfo, no hace sino más
inestable y desalentador el culto del hombre, en el que hay
que quemar cada vez con mayor rapidez lo que poco antes se
adoró.
En verdad, el anhelo de ser
feliz personalmente, que constituye el dinamismo central, la
voluntad constituyente del hombre como sujeto activo, así como
no puede descansar en su inmersión en la impersonal unidad
desoladora de un universo en el que con la muerte de Dios ha
muerto también el hombre como persona, tampoco puede
descansar, a pretexto de engañosos altruismos, en la
«procesión de fantasmas» de las generaciones que tienden al
mundo futuro justo y feliz.
SOLEDAD EN LA
SOCIALIZACIÓN
La eticidad de las
redenciones inmanentes desintegra y «reduce» el sentido
auténtico del amor. El dinamismo de comunicación y don de la
plenitud de una vida espiritual y personal queda radicalmente
imposibilitado; y hay que buscar un sucedáneo en la unidad
para la lucha impulsada por la indignación moral en que
fructifica el «resentimiento».
Al removerse, teórica y
prácticamente, la idea cristiana del hombre, imagen de Dios,
llamado a la filiación divina, el término amor ha venido a
perder su sentido para invertirse y no ser sino lema de
combate.
Vindican con airada tensión
igualdades de derechos, y claman indignamente contra
discriminaciones por la raza, la nación, la edad, el sexo o la
confesión religiosa, quienes no distinguen ontológicamente el
hombre de la naturaleza y sólo ven en él un superior nivel de
progreso evolutivo que se consuma en la técnica y en la
cultura.
Prolongando sugerencias de
Max Scheler, podría decirse que el «amor» socialista, más que
«horizontal» o antropocéntrico, es un impulso de unión contra
las potestades o valores que en alguna línea aparezcan como en
un orden más elevado. Por esto el «amor», en este contexto
ideológico y social, juega siempre como estímulo y factor de
oposición y se enfrenta a aquel acatamiento a lo superior de
que habló el Apóstol en la carta a los romanos.
Elemento de la lucha por el
poder, tal «amor» se impulsa siempre de un modo u otro desde
la «providencia del hombre» que es el Estado, y a través de
las tensiones antitéticas entre lo «establecido» y lo que «se
opone».
Quedamos así inmersos en lo
público y anónimo, y perdidos en la soledad mientras se
acelera el ritmo del proceso socializante. Nos sentimos solos,
e incluso decimos querer estarlo: «el infierno son los
otros».
Porque la rebeldía,
anonadante de lo que es en-sí, que define la libertad para el
existencialismo antiteístico, siente la mirada del prójimo
como objetivadora supresión de la autenticidad de lo
«para-sí», del sujeto libre. Al mirarme me cosifican. De aquí
que el antiteísmo postulativo tiene su razón más intrínseca
para que «no deba ser» Dios, en el hecho de que sería el
«inspector» supremo. Si estamos desnudos y patentes ante sus
ojos, hasta lo más medular de nuestro espíritu, hemos de
rebelarnos ante la más plenaria personificación de la
autoridad.
La anarquizante rebeldía
expresada en el «prohibido prohibir» de la revolución
universitaria sentiría la providencia paterna y regia de Dios
como la absolutización de todas las opresiones. Estamos una
vez más en un juego dialéctico en que la antítesis triunfa
porque se enfrenta contra una tesis en la que pesa toda la
aplastante opresión de un monismo unívocamente pensado. Porque
en este caso el honor de Dios queda comprometido por la carga
de lo que en la vida política moderna había sido ya edificado
precisamente también con sentido antiteocrático.
A las amargas razones del
corazón del ateísmo que se arraiga como en sentimiento
fundamental en la náusea ante lo existente y culmina en la
rebelión ante lo concebido como supremo «en-sí y para-sí»,
contemplador infinito que nos aplasta con su mirada, podría
replicarse con la pregunta sobre el sentido que podría tener
la vida de un hombre hipotético que definiésemos como «aquel a
quien nadie miró». Si este personaje hallase su autor
tendríamos el protagonista de la narración más estremecedora
entre las más trágicas expresiones literarias del
existencialismo del absurdo.
Y no obstante, tal vez
participan de aquella imaginaria tragedia quienes entre los
jóvenes de hoy son vanguardia y fuerza de choque de las
fuerzas desintegradoras. Cuando se trata de justificar y
explicar el fenómeno de la revolución de la juventud y el
conflicto de generaciones se olvidan a veces dos aspectos
decisivos del problema. Estamos ante la primera promoción,
probablemente, que no siente ya amparada en su vida por la
mirada paterna de un Dios personal; y a la que ha faltado, más
que a ninguna de las anteriores, y especialmente en los más
altos sectores sociales de nuestro mundo industrializado y
urbano, la vigilante «represión» del amoroso mirar de sus
padres.
Los hombres de esta
generación, a quienes se ha defraudado por una parte lo que
durante siglos no faltó en épocas de menores posibilidades y
de menos profunda conciencia histórica, son empujados, por
otra parte, a la rebeldía contra la tradición y la autoridad,
por las fuerzas que luchan al servicio de la voluntad de
poder. Porque el tema de nuestro tiempo es esta crítica
implacable contra toda autoridad y superioridad establecidas,
es congruente la fructificación de aquella lucha en el
uniforme y obligado «no conformismo» en que parece consistir
el imperativo incondicionado de nuestro tiempo.
Precisamente por esto, esta
juventud víctima del desamor y de la violencia del odio,
podría sentirse expresada, en un plano más profundo que el de
los tópicos que le reconocen las motivaciones de su rebeldía
impuesta y sugerida, en la airada reacción del príncipe
Segismundo: «acciones vanas, querer que tenga yo respeto a
canas... porque aún no estoy vengado, del modo injusto con que
me has criado».
EL DESENGAÑO DEL PACIFISMO.
EL MENSAJE DE LA PAZ DE CRISTO
En un horizonte de
universalidad planetaria, el dinamismo social del mundo
culturalmente unificado en su absorción por el Occidente
cristiano y apóstata, patentiza que el mal no es operante sino
por virtud del bien. En el fondo de las tendencias que
enfrentan a los hombres de nuestra generación al mensaje
sobrenatural de la fe late todavía, deformado y reducido por
el inmanentismo y la cerrazón de la finitud, un llamamiento
cristiano, sagrado y divinizante.
La máxima fuerza
desintegradora del orden cristiano, la que suplanta y se opone
al Evangelio, consiste en el atractivo de ideales desviados en
sentido antropocéntrico y antiteístico, pero cuya presencia y
dinamismo histórico sólo puede explicarse a modo de testimonio
ante todas las naciones del mensaje de la esperanza
mesiánica.
Justicia y paz. Estos
anhelos agitan movimientos de rebeldía implacable, de ciega
injusticia, sostienen inquietudes y tensiones que son estímulo
de la permanente inestabilidad de una época que fue
caracterizada con acierto como la del pacifismo y las guerras
mundiales.
En todas las esferas de la
sociabilidad humana, desde la doméstica hasta la
internacional, y en la intimidad de nuestra vida personal, se
revela como el argumento del acontecer diario aquel que fue
anunciado, a la entrada de nuestra época histórica, en el
extraordinario documento que es la Ubi arcano de Pío XI: La
paz que el mundo anhela, la justicia que exige, sólo en el
Reino de Cristo puede obtenerla.
Sería engañoso entender
esta actualidad y adecuación del ideal del Reino de Cristo
para nuestro tiempo, cual si pudiéramos esperar que se le
acepte con fácil popularidad; o que sintonice cómodamente con
la sensibilidad masificada por la propaganda, vertida
hedonísticamente hacia lo inmediato, o torturada por la
soberbia y endurecida rebeldía de los justicialismos y
pacifismos «mundanos».
Este malentendido llevaría
a confundir con la eficacia y fructificación del apostolado
cristiano y de la consecratio mundi los éxitos equívocos que
se apoyan en tácticas de adulación, instrumento de influencias
de grupo o de secta, que ponen a su servicio las energías
cristianas, a las que deforman por la renuncia al escándalo de
la Cruz. En este tipo de éxito, con el que triunfan hoy las
nuevas gnosis pseudocristianas y las teologías «modernistas»,
el apóstol y el dirigente cristiano sucumben en el fondo a
aquellas tentaciones que planteó Satanás en el desierto al
ofrecer a Jesús el dominio sobre todos los reinos del
mundo.
No afirmamos con seductor
naturalismo que la espiritualidad y doctrina del Reino de
Cristo por su Corazón se armonice con el sentir de los
amadores del mundo de nuestro humanismo secular. Tenemos que
reconocer, por el contrario, la estridencia y la tragedia
inevitable del choque y de la hostilidad. Pero debemos
arraigarnos en la convicción de la oportunidad y armonía del
evangelio del Amor misericordioso, que llama al acatamiento de
la soberanía de Dios, respecto de las necesidades y
aspiraciones de la humanidad frustrada en su desarrollo y
progreso, y fracasada en sus esperanzas terrenas, en la medida
en que se cierra y vuelve de espaldas a lo único que podría
traerle la paz.
La espiritualidad del
Corazón de Cristo propone con divina simplicidad y
autenticidad el mensaje de salvación. Cuando se plantea el
problema de la actual situación humana y, de la puesta al día
de la pastoral y de la vida cristiana, hay que advertir
siempre la unilateralidad de las deformadas concepciones
teológicas que escinden el misterio con el intento de
satisfacer por modo fácil e inmediato exigencias surgidas a
partir de tensiones y antítesis.
Lo carismático frente a lo
jurídico; lo histórico y social frente a lo eterno y
trascendente; el amor y la libertad frente a la ley y al
acatamiento de la soberanía divina; amor horizontal y
antropocéntrico frente a la caridad teologal, correspondencia
al don divino; esperanza «hacia adelante» y orientada hacia el
futuro, que hace olvidar lo eterno y las «cosas de arriba»;
«sobrenaturalismo» que desdeña la historia de la salvación en
su realidad concreta; religiosidad sin sobrenaturalismo ni
trascendencia, reducida a un horizonte inmanentista;
cristianismo arreligioso; «Dios» no espiritual ni personal;
teología sin Dios.
El éxito, publicitario y
mundano, políticamente afectado, de los autores y obras
representativos de aquellas corrientes, no ha de ocultar su
inconsistencia y desarraigo en el verdadero sentido de la fe
del pueblo de Dios. Son corrientes infecundas y
esterilizantes, que, en el ámbito mismo de la doctrina,
desintegran y anulan las mismas dimensiones en que pretenden
insistir y apoyarse: de una teología sin Dios no puede derivar
sino un personalismo sin persona humana, un evangelio social
sin consumación y plenitud del reino mesiánico; una
filantropía horizontal sin amor.
El culto al Corazón de
Cristo es en nuestra situación histórica llamamiento a la
verdad y profundidad de la fe y del amor cristianos. Y es un
imperativo ineludible el anunciarlo desde la fuerza y pureza
de la misma fe. Con frecuencia nuestros esfuerzos de
adaptación humanista no han sido sino obstáculo y
complicación. Ciertamente todo lo humano está destinado a ser
asumido y salvado por el don de la gracia, y a servir a la
gracia misma como instrumento de salvación; pero sólo cabe que
lo humano sea instaurado y elevado por la fuerza del propio
don del Espíritu. En otro caso nuestros medios e instrumentos
de «encarnación» son los que nos hacen llegar precisamente
tarde «para nuestros tiempos». Es oportuno insistir en el
reconocimiento de que las adaptaciones barrocas o románticas
se han contado entre las dificultades de ambiente al
evangelizar las riquezas del Corazón de Cristo a los hombres
de nuestro siglo.
En el horizonte y
perspectiva de la fe, la doctrina y espiritualidad centradas
en el símbolo del Corazón de Jesucristo concretan para el
hombre de hoy la síntesis que muestra el íntegro misterio de
la economía redentora y la visión cristiana del universo y de
la historia en unidad no escindida, superación radical de
escisiones y tensiones antitéticas.
El Corazón de Cristo nos
propone: la religión, como acatamiento y honor debidos a la
excelencia y soberanía de Dios, fundida con el amor, unión y
entrega; la dimensión teocéntrica o vertical de la vida
cristiana y la efusión del amor a los hombres «como Cristo nos
amó»; sin antinomia entre encarnación y escatologismo, la
esperanza del Reino del Sagrado Corazón, orientando
unitariamente la concepción de la historia, en marcha hacia la
instauración de todas las cosas en Cristo.
CULTO AL AMOR
«Cuando el hombre estará
perfectamente sometido a Dios», dice el Doctor Angélico
refiriéndose a la eterna bienaventuranza en la patria celeste.
«El servir a Dios... es fin», escribe San Ignacio en los
Ejercicios Espirituales: «el hombre es criado para alabar,
hacer reverencia y servir a Dios Nuestro Señor».
Este lenguaje de los
grandes doctores de la espiritualidad cristiana no es
sobrevivencia de una supuesta ley antigua a la que se entiende
a veces antitéticamente enfrentada la nueva alianza del amor y
de la filiación divina.
El Evangelio del Reino, que
anuncia la final sumisión de todas las cosas a Dios Padre, no
cancela la religión: el deber de justicia, fundado en la
dependencia del hombre como criatura respecto de su Creador y
Señor.
Pero la religión no es
virtud teologal; no tiene a Dios como objeto sino sólo como
término de la relación debida por parte hombre. Obediencia a
la ley, culto a la majestad divina, son relaciones de respecto
que miran a Dios en su excelencia infinita y en su dominio
omnipotente. Por esto la religión no deifica al hombre. El
respeto y la justicia no superan la alteridad, y mantienen la
distancia infinita entre Dios y su criatura.
La economía de la gracia
llama a la felicidad, consumación última de nuestra perfección
personal, en la comunicación de la vida misma de Dios. De aquí
que podamos preguntarnos en qué sentido pueda todavía el
lenguaje teológico mencionar el servicio y la reverencia, la
perfecta sumisión y el culto que proclama el honor de Dios,
como dimensiones que se integran en el fin último del
hombre.
Planteada por autores
insignes, consideramos ahora esta cuestión desde nuestra
concreta perspectiva y ambiente. El nexo íntimo entre religión
y caridad teologal, y la posible antinomia en que podamos caer
al ser incapaces de pensarlas en síntesis, nos sugiere
tentaciones de rebeldía frente a la «divinidad celosa», o de
exigencia de que se abdique la soberanía y omnipotencia para
que no repudiemos como insoportable la ofrenda del Amor. Para
el nuevo cristianismo arreligioso «Dios es Amor» significa que
se da por superado el concepto de Dios omnipotente y
paterno.
Pero lo que la enseñanza de
la fe católica nos presenta, y precisamente lo que se concreta
y simboliza en el Corazón de Cristo, es el auténtico evangelio
del Reino de Dios que es Amor. El culto y la adoración, el
conocimiento de alabanza en el que consiste la divina gloria
es fin para nosotros, es decir, nuestro bien y perfección.
Dios crea el mundo para su
gloria, lo que significa: no para utilidad y beneficio suyos,
sino por efusión liberal y comunicativa del bien infinito. La
gloria de Dios es la manifestación de su bondad que constituye
el fin que estamos ordenados a poseer, y en orden al cual
somos llamados a asemejarnos y participar a Dios mismo.
Para el ser personal
finito, creado a la imagen y semejanza de Dios, y destinado a
participar de su misma vida, la sujeción de culto y obediencia
se exige como dimensión constitutiva para consumar su apertura
a la vida divina a la que le llama la economía
sobrenatural.
Pero el culto y la
obediencia que integran la religión no consumarían, en cuanto
orden debido de la criatura al Creador, de siervo al Señor, la
plenitud a que nos destina la dispensación del don divino. Es
en la fe y la esperanza teologales en que se ejercita el
dinamismo intelectual y voluntario del corazón al que ha sido
enviado el Espíritu de Dios hacia Dios mismo al que abraza
desde ahora ya la caridad, amor de correspondencia al Amor que
nos invita a la vida eterna, contemplación cara a cara de Dios
que es Amor.
El acatamiento y sumisión
humilde, el culto a la gloria divina, no se dirigen a un Dios
celoso. Son la simplicidad y autenticidad de nuestra apertura
a la convivencia con Dios infinitamente bueno. La religión es
exigida también por razón de correspondencia al amor. El
pecado y la desobediencia a la ley son repudio y cerrazón
hacia quien nos ama.
«Si me amáis guardad mis
mandamientos», y la caridad es debida a quien nos amó primero
y nos dio su Hijo, propiciación por nuestros pecados. El
desamor es la máxima injusticia. El amor a Dios, y a nuestros
hermanos desde el amor de Dios, que nos amó primero y nos
exige que les amemos como Él nos ha amado, es el primer
precepto de la ley.
La caridad exige la
religión. Y la religión exige la caridad. A esta subjetiva e
íntima vinculación de las dimensiones de justicia y amor en
nuestra vida personal, corresponde la eterna y trascendente
unidad del amor y la misericordia y el señorío y la justicia.
El objeto del culto es lo excelente y poderoso, pero Dios es,
por decirlo así, máximamente adorable y digno de ser
obedecido, porque es Amor.
Lo más honorable y
excelente, lo más poderoso y respetable es el amor. En el
culto al Corazón de Cristo, en el que habita corporalmente la
plenitud de Dios, se alaba a Dios porque es bueno y su
misericordia es eterna. Y se nos llama a reparación por el
pecado, al invitarnos a corresponder a su amor, a reparar la
injusticia del desamor hacia quien es justo y
misericordioso.
Misericordioso, porque es
justo y conoce nuestra pequeñez, Dios nos envió a su Hijo,
nacido de mujer, hecho en todo semejante a nosotros, para
sensibilizar en su Corazón su eterno amor misericordioso. El
clamor y gemido del Corazón que tanto ha amado a los hombres
nos libera del riesgo de rebelarnos contra un imaginario Dios
frío e indiferente «que no necesita de nosotros». La efusión
del amor divino para llevarnos su gozo eterno, ha querido
excitarnos a compasión hacia el Hijo del Hombre, vulnerado por
nuestro desamor.
Consagración y reparación,
el doble elemento del culto al Corazón de Cristo conforme a la
enseñanza del magisterio de la Iglesia, sintetizan amor y
religión en unidad inseparable. La entrega al Amor es
acatamiento a la soberanía de Dios; la reparación a la
justicia es voluntad de «consolar» el Amor no
correspondido.
«COMO YO OS HE AMADO»
Síntesis de obediencia y de
comunión de vida en el amor, el mensaje del Corazón de Cristo
revela también con unidad y sencillez lo que nuestras
tentaciones mundanas contraponen y escinden. El amor a Dios y
el amor a nuestros hermanos.
En la tensa polémica que
divide los ánimos y confunde la fe de los cristianos de hoy
insisten algunos exclusivamente en una «horizontalidad». La
entrega del cristiano, «hombre para los demás», al servicio
fraterno de su prójimo es lo «único necesario», e invalida
como hipocresía y fariseísmo la religiosidad y el amor a Dios.
«¿Quién no ama al prójimo a quien ve, cómo podrá amar a Dios a
quien no ve?» -insisten en recordar.
Al enfrentarse a este nuevo
cristianismo antropocéntrico y arreligioso, para vindicar la
trascendencia y personalidad de Dios, y la verticalidad
religiosa de la auténtica caridad cristiana, se insiste de
otra parte en recordar polémicamente que el amor cristiano a
nuestro prójimo sólo tiene fuerza y sentido «por amor de
Dios».
A quienes vindican el amor
horizontal e inmanente tales palabras suenan a su vez cual
desprecio y falta de solidaridad hacia los hombres como tales.
Les parece que el cristiano no sentiría así todo lo humano
como suyo, y sería éticamente inferior a los gentiles que se
sabían hombres y nada humano pensaban como ajeno. La
religiosidad y teocentrismo serían olvido de la palabra
profética que nos exhorta a «no despreciar jamás al que es
nuestra carne».
Y en verdad que en la
urgente defensa y proclamación del primer precepto de amar a
Dios con toda nuestra mente, con todo nuestro corazón, y con
todas nuestras fuerzas, podría caerse en una visión sutilmente
deformada que ofrecería blanco a las acusaciones formuladas
por el cristianismo humanista y arreligioso frente a la
ortodoxia tradicional. Porque podríamos caer, paradójicamente,
a pretexto de radical teocentrismo en el orgullo secreto de
una «religiosidad» egocéntrica.
No podemos partir de
nuestro yo y ascender «cartesianamente» a Dios para considerar
después «sólo por Dios» a nuestro prójimo como digno de ser
amado como nosotros mismos. Lo que en definitiva importa es
tener presente que no somos nosotros los que hemos amado a
Dios, sino que en esto consiste el amor: en que Él nos amó
primero a nosotros, siendo miserables y enemigos, hasta darnos
a su Hijo para redención de nuestros pecados. La auténtica
«verticalidad» no es farisaica ni ascendente, sino humilde
aceptación del don que desciende misericordiosamente desde el
amor eterno con que Dios nos ha amado.
«Desde Dios» que es amor,
podemos amar al prójimo «como Él nos ha amado». Esto es amar
al prójimo por Dios. No podemos «tener» la caridad teologal
desde nosotros y centrada en nosotros. Somos llamados a
«permanecer en el amor» que nace de Dios. No hay amor
cristiano sin la fe. Por esa fe creemos en el Amor que Dios
nos ha mostrado en su Hijo: y si alguno no ama, no conoce a
Dios, porque Dios es Amor.
La palabra del evangelista
del amor nos ilumina y nos hace comprender que es en verdad
impotente y engañoso el amor a los hombres que pretendiese
brotar sólo del hombre mismo. Sólo la aceptación del don puede
hacernos ser «para los demás», en entrega cual la de Aquel que
no nos ha amado por egoísmo o indigencia, sino desde la
efusión infinitamente generosa por la que Dios Padre revela en
el Corazón de su Hijo los tesoros infinitos de su amor.
EL REINO DEL CORAZÓN DE
CRISTO
La contemporánea apostasía
de la fe cristiana, en un mundo heredero de los valores
espirituales y culturales de la Cristiandad, se ha producido
por la hegemónica influencia de una praxis social y política
que ha suplantado las vivencias cristianas por la fuerza de un
mesianismo redentor de horizonte histórico y terreno.
Ninguna de las herejías
dogmáticas ni de los errores especulativos habían podido
borrar tan eficazmente de la conciencia social de Occidente la
fe en el Evangelio de nuestra filiación divina y el anhelo de
la vida eterna en el gozo del Señor.
Por esto mismo cualquier
proposición fragmentaria, o desarraigada del misterio de
salvación, de una «doctrina social católica» o de un
«cristianismo social» resulta insuficiente y tardía frente al
ateísmo que lleva en sí el vigor de su mesianismo
antiteístico.
Se tiene en muchos casos la
impresión de hallarse ante un intento defensivo y una
apologética concesión, en la que el mérito y la fuerza de la
iniciativa y del anhelo de justicia parecen estar de parte
exclusivamente del llamamiento revolucionario
anticristiano.
La máxima urgencia para la
teología de nuestro tiempo radica, nos parece, en la tarea de
fundamentar una interpretación teológica del sentido de la
historia. Debemos convencernos en primer lugar que la fuerza
desintegradora de los errores sociales de la modernidad
anticristiana consiste en aquel su carácter de reducción
secularizada, gnóstico-ebionita, de la esperanza mesiánica
enunciada por los dos Testamentos.
Ante una humanidad
universalmente impulsada por el anhelo de conseguir en la
inmanencia y en la historia la plena racionalidad de lo real y
el sentido absoluto de la vida, se anunciaría estéril y
fragmentariamente el mensaje del Corazón de Cristo, síntesis
del evangelio del Reino, si se olvidase su constitutiva
inserción en el dinamismo de anhelo y esperanza hacia el
reinado del amor de Cristo sobre la universal sociedad
humana.
El sensus fidei del pueblo
cristiano, sintonizado con la liturgia, la enseñanza del
Magisterio, y la doctrina de los grandes apóstoles del Corazón
de Cristo, en la línea que se expresó característicamente en
la tarea no superada del padre Enrique Ramière, ofrecen las
más preciosas posibilidades de anuncio al mundo de hoy del
evangelio del Reino de Cristo.
Esta perspectiva exige el
más decidido retorno a las fuentes. Hay que anunciar con el
lenguaje de la Escritura y de los grandes doctores de la
Encarnación, y según la letra y el espíritu de los antiguos
concilios, a Jesucristo, el Verbo de Dios encarnado, el Hijo
de David, el Rey de Israel, el Hijo de Dios que no asumió
naturaleza angélica, sino el linaje de Abraham.
El Corazón que nos
patentiza a Dios que es Amor, y cuyo clamor divino y humano,
espiritual y sensible, expresa en universalidad concreta el
argumento de la historia entera de la humanidad, es el del
Hijo del Hombre, en quien Dios Padre ha querido consumar lo
prometido a los Patriarcas y Profetas del pueblo que eligió
para que en él fuesen bendecidas todas las naciones.
Los que hemos sido
admitidos por la gracia de Cristo a la filiación de Abraham y
a la dignidad israelítica somos llamados a no ignorar el
misterio de la «salvación por los judíos». Es decir,
precisamente por la promesa con la que Dios con gratuita
misericordia, con independencia de toda obra y mérito humano,
con anterioridad a toda justicia por la ley, y con soberana
liberalidad frente a la grandeza y sabiduría de los hombres
quiso formarse un pueblo según sus designios.
El Israel de Dios de la
nueva alianza es también el pueblo de los pobres de Dios, para
los que es bueno Yahwe. La satánica deformación ebionita que
nutre la más tremenda tentación contemporánea, no podrá, con
toda la fuerza de su engaño, sustituir el anhelo de los que
confían en el Dios de Israel. De los que «compadecen» el
gemido de Aquel cuya tragedia que traspasa los siglos, y por
la que es contemporánea de todas las generaciones y
protagonista de la historia universal, contiene en sí todos
los dolores de la humillación y del sufrimiento, de la
opresión y de la injusticia.
El apostolado del Corazón
de Cristo Rey, simplemente ejercido en su verdad, no deformado
ni minimizado por nuestra incomprensión de los designios del
Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, podría tener en sí el
signo de «preparación de los caminos del Señor», rectificación
de las sendas, por las que se colme todo valle y todo monte y
collado se abaje. Porque, ejercido en aquella verdad y
autenticidad, tendría más que nunca el sello y el signo del
advenimiento del Reino de Dios: «la evangelización de los
pobres».
Rev. Cristiandad, 16.05.05 |