«El reino de este mundo ha llegado a ser de Nuestro Señor y de su Cristo, y reinará por los siglos de los siglos» (Ap 11,15) - P. Pedro Pablo Silva, Osb ( Cristiandad Nov. 06)

 

 

Este texto formidable del libro Apocalipsis suele hoy con frecuencia pasar desapercibido. Sin embargo, a lo largo de la historia, sí ha sido entendido por filósofos, políticos y gobernantes. Está, por ejemplo, grabado en el presbiterio de la abadía de Westminster, donde se coronaba a los reyes de Inglaterra, y el texto expresa «el advenimiento del Reinado de Cristo a la historia», o, dicho de otra manera, «la consumación del Reino mesiánico en la tierra». Recordemos en esto los notables textos del Catecismo de la Iglesia católica sobre la escatología (668-682).

 

Emmanuel Kant, cumbre del racionalismo ilustrado, dice: «El tránsito gradual de la fe eclesial (basada en dogmas) al dominio único de la fe religiosa (dentro de los límites de la razón) es el acercamiento del reino de Dios» (La religión dentro de los límites de la razón, 7). Y en otro lugar afirma: «También la filosofía puede tener su quiliasmo», es decir, su milenio (Idea de una historia universal con propósito cosmopolita, 8ª frase). Como Kant, los grandes filósofos ilustrados han buscado un orden social nuevo, con fundamento en sus principios racionalistas y panteístas, una autoredención inmanente y última que hará venir finalmente la paz social al mundo. Todos estos conceptos han sido tomados del cristianismo y subsumidos en una visión inmanente, secularista y antiteísta. El marxismo, concretamente, no es sino la plasmación histórica de un «mesianismo secularizado intrínsecamente perverso» (Catecismo 676).

 

Cualquier persona que imparcialmente estudie las obras de Spinoza (1632-1677), Rousseau (1712¬1778), Kant (1724-1804), Condorcet (1743-1794), Fichte (1774-1840), Scheling (1775-1854), y Hegel (1770-1831), no se extraña nada de que, en la historia de la humanidad, el siglo xx haya sido, en cierto sentido, la culminación de un proceso que, partiendo de la negación de la Iglesia, con Lutero, y siguiendo con la negación de Cristo y de un Dios trascendente, haya llegado, de la mano de estos filósofos, a la negación del hombre.

 

Por otra parte, en estas «grandes síntesis» filosóficas se encuentra una explicación coherente de la negación del orden natural en los regímenes democráticos actuales. Y también una explicación al fenómeno de la pérdida masiva de la fe en el occidente democrático actual, especialmente los países ricos. La omisión del cristianismo en el proyecto de la nueva Constitución europea, felizmente rechazada por una feliz inconsecuencia de algunos países, así como las políticas en contra de la familia, y a favor de la eutanasia, el aborto y el homosexualismo -que son el pasaporte obligado del mundo político occidental actual-, son una muestra más de estas poderosas tesis filosóficas.

 

Pero la Sabiduría divina, revelada con toda plenitud en el Verbo encamado, dice verdades muy diferentes. San Pablo escribe de Cristo: «Es necesario que Él reine» (I Cor 15, 25), y más adelante. «Cuando hayan sido sometidas a Él todas las cosas, entonces también el Hijo se someterá a Aquel [el Padre] que ha sometido a él todas las cosas, para que Dios sea todo en todo» (I Cor 15,28).

 

El sentido del lema sacerdotal es, pues, afirmar el sometimiento de todas las cosas, las del cielo y, sobre todo, las de la tierra -cultura, economía, política, historia y la humanidad entera-, a Cristo Rey, en un momento histórico en que el mundo occidental pretende haber alcanzado su mayoría de edad, precisamente al liberarse del yugo de la Iglesia católica, que no sería sino una entre otras Instituciones existentes, y, por tanto, no divina, ni salvífica, ni universal.

 

Los papas del siglo xx han hablado con fuerza y frecuencia de esta inmensa tragedia del secularismo laicista. Por ejemplo, el papa Pío XI, previendo con toda certeza que, por el camino del «laicismo» o «secularismo», que separa la vida pública de la revelación cristiana y de la autoridad de la Iglesia, se llegaría «a la total ruina de la paz doméstica, al relajamiento de la unión y de la estabilidad de la familia, y finalmente, a la destrucción de la humana sociedad», presentaba en 1925 la profesión de la realeza de Cristo sobre las sociedades como norma necesaria y urgente para nuestro tiempo: «La anual solemnidad de Cristo Rey, que en adelante se ha de celebrar, nos da muy buenas esperanzas de que ésta [la sociedad] se apresurará a volver felizmente al amantísimo Salvador».

 

Y añade algo hoy muy ignorado, e incluso negado: «Ciertamente sería responsabilidad de los católicos preparar y apresurar con su actividad y su trabajo aquel retorno de la sociedad humana a Cristo, pero las más de las veces no parecen estar presentes en la vida social con aquella autoridad de que no deberían carecer los que tienen en su mano la antorcha de la verdad. Esto hay que atribuirlo a la indolencia y timidez de los buenos, que se abstienen de la resistencia, o que resisten blandamente: de donde se sigue necesariamente el que los enemigos de la Iglesia actúen con mayor temeridad y audacia. (...) Pero si todos los fieles entendiesen su deber de combatir con esfuerzo y constancia bajo la bandera de Cristo Rey, ciertamente se aplicarían con celo apostólico a reconciliar con Dios los espíritus hostiles o ignorantes y se esforzarían por defender incólumes sus derechos» (encíclica Quas primas, 11-XII-1925).

 

En este mismo documento, el papa Pío XI instituye la solemnidad litúrgica de Cristo Rey, pues «... al hacer esto no sólo colocamos a plena luz la soberanía que Cristo tiene sobre todo el universo, sobre la sociedad, tanto civil como doméstica, y sobre los individuos, sino también sentimos de antemano el gozo de aquel día lleno de presagios en el que todo el orbe gustosa y voluntariamente obedecerá el suavísimo dominio de Cristo Rey» (ibidem).

 

El lema de mi ordenación sacerdotal pone, pues, de manifiesto que el reino de este mundo, es decir, el reino de aquel mundo que no conoció al Señor cuando vino (Jn 1,10), que odia a Cristo (Jn 15,18), que está bajo el influjo del Maligno (I Jn 5,19; Ap 13,1-8), y que continúa hasta hoy en el curso de toda la historia persiguiendo a la Iglesia en formas cada vez más sutiles y efectivas, ha llegado a ser, en virtud del misterio Pascual de Cristo, el Reino de Dios y de su Cristo, pues ciertamente a Él le ha sido dado ya «todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18), y «su Reino no tendrá fin» (Le 1,33).

 

San Ireneo escribió estas profundas palabras: «El Verbo de Dios, Jesucristo, Señor nuestro, por su inmenso amor se hizo lo que somos nosotros para consumar en nosotros el que fuésemos lo mismo que Él es» (Adv. Haer., V, prefacio, M.G. 7, 1120). Y en este mismo sentido el Concilio Vaticano II dice que «con la Encarnación del Verbo eterno, la plenitud de los tiempos ha llegado a nosotros, y la renovación del mundo está irrevocablemente decretada» (LG 48). Por tanto, la esperanza de la Iglesia debe estar puesta en estas palabras que mi lema sacerdotal se alegra en profesar (Ap 11,15) y que expresan lo que infaliblemente ha de suceder en la historia del mundo. Como dice el Papa Juan Pablo II: «la Redención es el fundamento de la transformación de la historia del cosmos en Reino de Dios» (15-V-1983).

 

Tal es el fin que la Revelación anuncia y asegura: entonces «Dios fijará su tienda entre ellos y ellos serán su pueblo, y el mismo Dios estará con ellos como Dios suyo, y enjugará toda lágrima de sus ojos, y la muerte no existirá ya más, ni habrá ya más duelo, ni grito ni trabajo; lo primero pasó» (Ap 21,3-4). Así se cumplirán las palabras de nuestro Señor Jesucristo: «He aquí que hago nuevas todas las cosas» (Ap 21,5).

 

Este es el fin para el que el beato Juan XXIII convoca el Concilio Vaticano II. El Concilio, «... mientras agrupa las mejores energías de la Iglesia y se esfuerza en hacer que los hombres acojan con mayor solicitud el anuncio de la salvación, prepara y consolida este camino hacia la unidad del género humano, que constituye el fundamento necesario para que la ciudad terrenal se organice a semejanza de la Ciudad celeste» (Discurso pronunciado en la Basílica vaticana, 11-X-1962, en la inauguración solemne del Concilio Vaticano II, párrafo 18). Esa es la esperanza cierta del Vaticano II: «La Iglesia, juntamente con los Profetas y el Apóstol, espera el día, sólo de Dios conocido, en que todos los pueblos invocarán al Señor con una sola voz, y le servirán como un solo hombre» (Nostra aetate, 4).

 

La Virgen Santísima, por obra del Espíritu Santo, es la Madre que nos entrega al Rey de un reino nuevo y eterno, terreno y celestial. La Virgen María, como dice el Vaticano II, «de la misma manera que, glorificada ya en los cielos en cuerpo y alma, es imagen y principio de la Iglesia que habrá de tener su cumplimiento en la vida futura, precede con su luz al peregrinante Pueblo de Dios como signo de esperanza cierta y de consuelo hasta que llegue el día del Señor (LG 68).

 

Esas palabras nos recuerdan lo que a comienzos del siglo XVIII dejó escritas san Luís María Grignion de Montfort: «Por medio de la Santísima Virgen vino Jesucristo al mundo y por medio de Ella debe también reinar en el mundo (Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, 1,1) « En la segunda venida de Jesucristo, María ha de ser conocida y revelada por el Espíritu Santo, a fin de hacer que por medio de ella los hombres conozcan, amen y sirvan a Jesucristo» (ibidem 111, 49).

 

Que san Benito, patrono de la Europa cristiana, nos alcance esperanza y alegría en la certeza de que aquello que Dios ha prometido se cumplirá. UT IN OMNIBUS GLORIFICETUR DEUS.