EL CORAZÓN HUMANO EN LA BIBLIA Y EL CORAZÓN DE JESÚS 

  P. Juan Rodolfo Kars

 

En relación con las objeciones que en los años 1727 y 1729 hemos visto se opusieron a la introducción del culto al Corazón de Jesús, y que se vienen repitiendo hasta hoy, reproducimos el inspirado artículo del P. Juan-Rodolfo Kars, publicado en el número 177, del mes de junio de 2004, en la ferviente revista “Paray-le-Monial” editada por los celosos capellanes del Santuario de la Ciudad del Corazón de Jesús.

 

Cuando en la Biblia leemos la palabra corazón podemos distinguir en el término diversos sentidos o“niveles”, y al menos cinco de estos “niveles“ elementales nos permiten entrar fácilmente en la contemplación del Corazón de Jesús. Meditar brevemente sobre cada uno de los sentidos de la palabra “corazón”, aplicándolos a su vez al Corazón de Jesús, nos ayudará a desear cada vez más la unión de nuestro corazón al Corazón de Jesús, según la invocación: “¡Oh Jesús, manso y humilde de corazón, haz nuestro corazón semejante al tuyo”.

 

Ante todo el término corazón designa el corazón de carne

 

I.- Ante todo el término corazón designa el corazón de carne, el órgano vital, el músculo cardiaco, y en este primer sentido apenas se utiliza en la Biblia. Con todo, cuando contemplamos el Corazón de Jesús, debemos considerarlo también bajo este aspecto, pues Jesús ha pedido a Margarita María que sea expuesta la imágen de su Corazón, y con ella quiere poner el acento en el realismo de la Encarnación. “El Corazón abierto de Cristo es la manifestación más conmovedora de la Encarnación”  dice F.Kohn, antiguo superior de los Capellanes de Paray-le-Monial .

 

El Papa Pio XII en su Encíclica sobre el Corazón de Jesús “Haurietis Aquas” habla del amor sensible del corazón físico de Jesús, unido a su amor espiritual (HA 58), y escribe: “(Jesús) ha sido dotado de un corazón físico en todo semejante al nuestro, pues sin este miembro, el más excelente del cuerpo, no es posible la vida humana, ni que ésta tenga su natural actividad a afectiva.” (HA22). Según la Encíclica, el Corazón del Resucitado continúa latiendo por cada uno de nosotros: “Habiendo inclinado la cabeza, entregó su espíritu. Sólo entonces su Corazón se detuvo y cesó de latir, y su amor sensible quedó como en suspenso hasta que, triunfante de la muerte, Cristo resucitó del sepulcro. Desde entonces… su santísimo Corazón no ha cesado nunca, ni cesará ya jamás de palpitar con un apacible e imperturbable latido. “ (HA 28) latidos del Corazón de Jesús cuya suavidad de pulsaciones sintió el discípulo bienamado al reposar sobre el pecho (el Corazón) del Salvador, y que reveló a Santa Gertrudis (siglo XIII) en su experiencia extática.

 

El corazón como lugar de los sentimientos, afectos, pasiones, y emociones.

 

II.- En segundo lugar, el corazón designa el lugar de los sentimientos, afectos, pasiones, emociones… lo que en la Biblia se expresa con la palabra entrañas. Lugar también de la imaginación, de la memoria (en parte), de la sensibilidad. En el corazón herido del hombre, las pasiones y los afectos pueden ser buenos o malos: ” lo que sale de la boca procede del corazón…Del corazón, en efecto, proceden malos deseos, desórdenes…” (Mt 15,18) Bien entendido que en el Señor no hay mas que pasiones y afectos santísimos. Pero esta dimensión de la afectividad y de los sentimientos del corazón, Jesús la ha vivido plenamente. Esto también forma parte del misterio de su Sagrado Corazón: “Ha sido probado en todo al igual que nosotros, excepto en el pecado” (He 4,15). Ha conocido la fatiga, la tristeza, la alegría, (cf. Lc 10,21), la angustia, (en ocasiones hasta el extremo, como en Getsemaní); ha sido estremedido en lo más profundo de sus entrañas (Jn 13,21). Incluso ha conocido la cólera, (una “santa cólera”) que se expresaba también en sus ojos: (Cf. Mc 3,5 donde el Señor entorna una mirada cargada de indignación sobre sus oyentes de corazón encallecido. La “Haurietis Aquas” aborda en forma muy precisa este tema de la cólera que Nuestro Señor podía experimentar.

 

“El Corazón de Jesucristo, unido hipostáticamente a la Persona divina del Verbo, sin duda alguna, ha palpitado de amor y de todo otro afecto sensible, mas todos estos sentimientos eran tan conformes y se armonizaban tanto con su voluntad de hombre, rebosante de caridad divina, como con el mismo amor divino que el Hijo tiene en común con el Padre y con el Espíritu Santo…” (HA 22)

 

El corazón sede de la inteligencia y de la voluntad

 

III.- Tercer “nivel”: El corazón es la sede de la inteligencia (y también aquí de la memoria) y de la voluntad. En efecto, hay que distinguir entre el cerebro, lugar del mecanismo de la inteligencia (inteligencia cerebral), y el corazón, lugar de la inteligencia más global (inteligencia intuitiva). A causa del pecado, a menudo hay separación entre entre las dos, pues el orgullo de la inteligencia cerebral no se somete fácilmente a la inteligencia intuitiva, más humilde. Esta inteligencia del corazón es primera, fundamental – integra también la inteligencia cerebral – y se caracteriza ante todo por una actitud de acogida de la verdad de la presencia de Dios, que se expresa a través de la creación y en el interior de nuestra vida. Entonces la inteligencia está sometida, antes de ser especulativa.

 

El Señor ha sacado al hombre de la tierra…Él le formó una lengua, ojos, orejas y le dio un corazón para pensar. Le llenó de ciencia y de inteligencia y le hizo conocer el bien y el mal.” (Si 17,1.6-7)

 

¡La inteligencia del Corazón de Jesús¡ Podemos contemplarla en el episodio evangélico del reencuentro de Jesús en el Templo a los doce años (Lc 2,41-50). Es la primera vez que se menciona su inteligencia: “Todos los que le oían quedaban estupefactos de su inteligencia y de sus respuestas.” (v.47) Pues es la inteligencia de su Corazón, que está del todo dirigida al Padre, tal como lo explica  poco después: “¿No sabiais que debo estar en la casa de mi Padre?” El Beato Columba Marmión (en “Cristo y sus Misterios”) hace notar que es la primera Palabra proferida en el Evangelio por el Verbo divino encarnado; y que está precisamente orientada hacia el Padre. La inteligencia de su Corazón es enteramente oblativa. Está plenamente habitada por el Padre. En este episodio del Evangelio, la primera manifestación de la inteligencia de Jesús está unida a la primera revelación de su relación con el Padre, que constituye lo esencial del misterio de su Corazón Sagrado. La curación de la inteligencia humana tiene su fuente en la santa inteligencia del Corazón de Jesús, porque es Él quien restablece el ajuste  de nuestra relación con el Padre y con la creación.

 

Una palabra  sobre la voluntad que encuentra también su principio en el corazón humano. En lo que concierne a la voluntad de Cristo, el episodio de su Agonía en Getsemaní es el más significativo y el más conmovedor (Mt 26,  39.42). Cuando todas sus facultades humanas están como engullidas por una angustia mortal, Él saca de lo más profundo de su Corazón, todo el amor para con el Padre y para con su Voluntad…así como el amor para con nosotros; el deseo ardiente de nuestra salvación, y acepta beber el cáliz. Esto nos enseña, entre otras cosas, que el amor no es sólo sentimiento, sino decisión amante que pone en movimiento a la voluntad. Ésta no es voluntarismo, sino ejercicio de la libertad acompañado por la gracia.

 

El corazón como el lugar de nuestra identidad, de nuestro “yo” verdadero, el lugar de nuestra unicidad.

 

IV.- “Descendiendo” cada vez más en profundidad, consideramos ahora el corazón como el lugar de nuestra identidad, de nuestro “yo” vedadero, el lugar de nuestra unicidad. Allí donde somos lo más “verdaderos”. A causa de las heridas del pecado, nosotros no somos (al menos, en toda ocasión) capaces de transparencia en nuestras relaciones cara a cara con los demás. A menudo camuflamos nuestro verdadero “yo” detrás de falsas apariencias, una fachada, un papel que interpretamos, una imagen que nos damos, también ante nosotros mismos. Para ser de veras nosotros mismos debemos descender en nuestro corazón como el hijo menor de la parábola (Lc 15,17);  allá donde Dios mismo nos ilumina … “porque el hombre mira la apariencia, pero el Señor mira el corazón” (1 S 16,7) Penetrar en lo hondo de nuestro corazón, es leer en él a la vez nuestra riqueza y nuestra miseria con una mirada iluminada por la luz y la misericordia de Dios.

 

El Corazón abierto de Jesús nos revela lo más profundo del misterio de su identidad única: Verdadero Dios y Verdadero Hombre. Según Catalina de Siena el “secreto del Corazón” de Jesús es la unión de las dos naturalezas en Cristo. Es la revelación que recibe el apóstol Tomás al entrar en contacto con el Costado del Salvador resucitado:    “¡Señor mío y Dios mío¡” (Jn 20,28).

 

Una dimensión esencial de su identidad se desvela también cuando el mismo Señor habla de su Corazón (el único pasaje en que habla): “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón.” (Mt 11,29) En los evangelios se descifra el amor divino y humano de su Corazón a través de todas sus palabras, sus actitudes de compasión, sus gestos de perdón, sus milagros, etc.

 

Catalina de Siena en sus “diálogos”, pregunta un día al Señor porqué su Corazón ha sido traspasado cuando ya estaba muerto sobre la cruz y ya todo estaba cumplido. (cf, Jn 19,30). Jesús le responde que su amor por los hombres es infinito, mientras que los dolores y las torturas que sufría sobre la Cruz eran finitas, (es decir limitadas). Así Él ha querido que su Corazón fuera abierto para signiificar lo infinito de su amor “mucho mejor de lo que podía hacerlo un dolor finito”. (En realidad el dolor de Cristo durante la Pasión es insondable. Hay que considerar el límite del que Él habla, con respecto al tiempo: en efecto, como para todo ser humano, su muerte pone fin a los tormentos.) El Corazón abierto del Redentor permanece para siempre como el signo de lo que constituye profundamente su identidad: Él es el Verbo de Dios que ha querido amarnos con un corazón de hombre. (cf. Gaudium et Spes,22)

La dimensión “sagrada” del corazón humano: santuario íntimo de la Presencia de Dios en todo hombre, creyente o no.

 

V.- Por último, llegamos a lo que se podría llamar la dimensión “sagrada” del corazón humano: es el santuario íntimo de la Presencia de Dios en todo hombre (creyente o no). Lugar permanente y secreto, tan a menudo escondido, lugar del diálogo con Dios. Santuario en el que una pequeña llama siempre está encendida (salvo voluntad perversa de extinguirla). A este nivel, es el lugar del amor verdadero, porque los amores divino y humano se juntan allí. Amor más fundamental y esencial que el amor afectivo, y que, con todo, también lo incluye. Es en definitiva el lugar de la conciencia. “La conciencia es el centro más secreto del hombre, el santuario donde el hombre está solo con Dios y donde su voz se  hace oir.” (GS 16)

 

El Sagrado Corazón de Jesús es el Santuario por excelencia, el “Santo de los Santos” del nuevo Templo que es Él mismo. (En el Templo de Jerusalén el Santo de los Santos  era el lugar más sagrado en que se veneraba la presencia invisible de Dios. Solo el sumo sacerdote podía penetrar en él una vez al año, el día del gran perdón (Yon Kippur). En cuanto a la designación de Jesús como nuevo Templo. Cf. Jn 2,19-22.

 

En el siglo XIII, durante una aparición, San Juan, mostrándole el Corazón de Jesús, debía decir a la mística Santa Gertrudis:” He aquí el Santo de los Santos que atrae a sí todo el bien del cielo y de la tierra”. Tabernáculo viviente, el Corazón de Cristo es el lugar de la Presencia del Dios Único en tres Personas: “El amor que arde en el Corazón de Jesús es sobre todo el Espíritu Santo, en el cual el Dios Hijo se une eternamente al Padre. El Corazón de Jesús, el Corazón humano de Dios-Hombre, está prendido por la llama viva del amor trinitario…” (Juan Pablo II, Angelus)

 

Durante su vida terrestre, en este Corazón Sagrado se “descifra” el diálogo secreto y permanente del Hijo con el Padre; diálogo inefable del que se hace eco el Evangelio (cf. Lc 6,12). Contemplando este Corazón-Santuario se puede, cada uno puede, entrever el misterio de la unión del Padre y del Hijo: “Como  tú, Padre, estás en mí y yo en ti…” (JN 17,21); así como nuestra propia unión con el Hijo y por Él con el Padre: “ Que ellos sean también uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, a fin de que sean perfectos en la unidad, y que el mundo reconozca que tú me has enviado, y que tú les has amado a ellos como tú me has amado a mí.” (Jn 17,21 y 23).

 

                                                                                                 P. Juan Rodolfo Kars