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Abre un soldado el costado del Salvador después de muerto
Sobre el Evangelio de S. Juan
P. LUIS DE LA PALMA
(Historia de la Sgda Pasión,
E1 P. Luís de la Taima, jesuita español (1560-í641), es uno de los mejores escritores ascéticos y sin duda el más fiel comentador, en su «Camino espiritual», de la doctrina de San Ignacio en los Ejercicios. Fue por dos veces provincial de Toledo y predicador insigne en el Colegio Imperial de Madrid. Allí escribió la Historia de la Sagrada Pasión, publicada por indicación del P. Mucio Vitelleschi, prepósito general de la Compañía, en Alcalá el año 1624. Es obra no superada en su género, fundada en las narraciones evangélicas y presentada en forma de meditaciones llenas de sólida doctrina, tierna devoción y fervorosos afectos. Ha sido traducida a diferentes idiomas. Su censor, Dr. Cristóbal de Zamora, dijo: «Sí como compuso sola la Pasión de Cristo, hubiere compuesto toda su vida, nos quitara el trabajo de estudiar en otros libros, porque el suyo sólo bastará para tener la noticia entera y puntual de todo lo que Cristo obró y dijo, con tanta propiedad y tan elegante estilo que ninguno le hace ventaja y él la hace a muchos de los más aplaudidos que han escrito».
«Para
que les quebrasen las piernas
y los quitasen
Estaban con todo eso los príncipes de los sacerdotes duros en su porfía y obstinación y trataban de hacer nuevos agravios e injurias al Salvador en su sepultura, como se los habían hecho en su muerte, y cubrirlo todo con capa de religión y santidad. Había una ley en el Deuteronomio (21, 22), en la cual mandaba Dios que si alguno por sus delitos fuese condenado a muerte y puesto en la cruz, que su cuerpo muerto no quedase colgado en el madero, sino que el mismo día fuese sepultado. Y da la razón la ley: Quia maledictus a Deo est qui pendet in ligno, et nequáquam contaminabis terram tuam, quam Dominus Deus tuus dederit tibi in posessionem. «Porque es maldito de Dios el que está colgado del madero, y de ninguna manera conviene que la tierra que Dios te ha dado en posesión quede contaminada con la vista de un cuerpo muerto." Sujetóse el Señor a esta maldición que merecían nuestros pecados, para que alcanzásemos nosotros la bendición que merecieron sus virtudes (Gal., 3, 13). Querrían, pues, los sacerdotes cumplir en Él la ley, sepultándole aquel mismo día. Allegábase otra razón a ésta, porque el día siguiente era sábado, y muy grande y solemne día de sábado (Jn., 19, 31), por concurrir en uno de los días de Pascua. Porque la gente que había venido de fuera a la fiesta estaba detenida sin poder ponerse en camino para sus casas, y este concurso hacia este sábado mayor. Siendo, pues, este sábado tal, no convenía que los cuerpos se quedasen colgados en las cruces en él, porque la fiesta se embarazaba, y aun, a su parecer, se contaminaba con la vista de los malhechores y la gente se divertía del propósito de su solemnidad con la presencia de los cuerpos muertos, y tomaban ocasión de hablar del caso cada uno cómo quería y sentía de él. Y como el concurso de gente era grande y los pareceres diferentes, y las señales que se habían seguido a la muerte del Señor tan prodigiosas, y gran parte de los que estaban allí presentes se habían compungido, y el centurión y sus soldados habían confesado libremente que era justo e Hijo de Dios, todo esto se convertía en rabia y furor de los príncipes y sacerdotes, y cedía en su ignominia y confusión, y temían no se levantase algún alboroto entre los populares, y se encendiese algún fuego que no bastasen después a sosegarle y apagarle. Y ningún medio hallaban mejor para prevenir estos daños que quitar de los ojos el cuerpo del Señor y sepultarle, para sepultar juntamente su memoria, y que ninguno más se acordase ni tratase de Él. Por estas causas, y no por hacerle honra, trataron de su sepultura, aun antes que ellos pensasen que era muerto. Y por cubrir su maldad como siempre hacían, con máscara de santidad y religión, se fueron al presidente y le rogaron que, por respeto de su fiesta y de su sábado, mandase quebrar las piernas a los crucificados y dar a sus cuerpos sepultura. De más de eso, este nuevo tormento con que querían acabar la vida del Señor era grandísimo y no menos la injuria, dejándole los huesos quebrantados y el cuerpo feamente despedazado; cosa que no se hacía sino con ladrones facinerosos, y tal, que habiéndose sujetado el Señor a todo género de agravios y malos tratamientos, no consintió que se hiciese éste a su cuerpo ya difunto, antes bien lo tenía vedado y prevenido en el sacrificio del cordero, figura expresa de su muerte, cuando dijo (Jn., 19, 36):
Os non conminuetis ex eo. (No le quebraréis hueso alguno.) Esta profecía y voluntad del Señor, declarada de tantos años antes con aquella solemne ceremonia, se vino a cumplir a pesar de sus enemigos, que pedían lo contrario. Porque bien pudieron crucificarle con los ladrones, pero no detenerle la vida para que no muriese antes que ellos. Murió el Señor cuando quiso, y previno la diligencia de los sacerdotes con su muerte. Porque cuando vinieron los soldados a ejecutar el mandamiento del juez, quebraron las piernas al primero de los ladrones, que era el de la mano derecha, el cual, después de haber creído y confesado a Jesucristo, llevando esta pena con paciencia, aumentó su merecimiento y dio dichoso fin a su tormento, y con las piernas quebradas corrió más aprisa al descanso, en cumplimiento de lo que el Señor le había prometido: Hoy serás conmigo en el Paraíso. Después de esto quebraron también las piernas al otro compañero que había sido crucificado con Él. Y cuando llegaron a Jesús con determinación de hacer el mismo ultraje, como vieron que estaba muerto, desistieron de su intento y no le quebraron las piernas, haciendo Dios esta diferencia entre el inocente y los culpados, y disponiendo las cosas para que se obrasen otras maravillas y misterios en el cuerpo ya difunto del Salvador.
«Mas uno de los soldados
le abrió el costado
Porque uno de los soldados que allí estaban (V. 34) corrió con gran furia contra el cuerpo muerto del Señor y abrióle con una lanza el costado derecho, atravesándole con ella todo el corazón.
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Así le fue revelado a Santa Brígida: «Estando, dice esta santa, rodeado el cuerpo del Señor por las turbas, vino uno de los soldados corriendo con grande furia y atravesóle una lanza por el lado derecho, con tanta fuerza y vehemencia que parece que quería sacarla por la otra parte; y quedó tan cruelmente herido, que no paró el que le hería hasta que la lanza penetró del todo el corazón de la una parte a la otra de él». De esta manera, nuestros hierros atravesaron su piadoso corazón estando vivo, y el de la lanza estando muerto. Y si miramos la intención del soldado que esto hacía, parece que nació de su desenvoltura y furor, llevando con indignación que hubiese muerto con tanta brevedad el Señor, y prevenido con su muerte que no le quebrasen las piernas, y excusado los demás tormentos y escarnios de los soldados y de los judíos. Y porque no pudo atormentar y escarnecer al vivo, quiso mostrar el ánimo que traía hincándole la lanza en el cuerpo muerto; la cual fue suma inhumanidad y crueldad, mostrar furor contra un cuerpo muerto y herirle derechamente el corazón, donde está la fuente de la vida. Por lo cual, la Santa Iglesia, llamando dulce al madero de la cruz y dulces los clavos que sostenían en él la dulce carga del cuerpo del señor: Dulce lignum, dulces clavos, dulce pondus sustinet, llama, por otra parte, al hierro de la lanza duro y cruel: Quo vulneratus in super mucrone diro lanceae. Porque si fuera crueldad herirle el corazón estando vivo, no fue menos inhumanidad haberle herido estando muerto. Pero si miramos la dulzura del corazón del Señor, hallaremos que la lanza quedó mucho más dulce que los clavos y que la cruz; porque si la cruz y los clavos tocaron el cuerpo y en los pies y manos del Señor, la lanza tocó en su corazón y nos dejó abierta puerta y camino para él. Sed unus militum lancea latus suis aperuit: Uno de los soldados abrió su costado con la lanza; sobre lo cual dijo San Agustín. Con mucha advertencia usó el evangelista esta palabra: que no dijo que el soldado hirió o llagó con la lanza el costado del Señor, sino que le abrió, mostrando que se había abierto una puerta franca por donde nosotros entrásemos al corazón de Cristo, y por donde saliesen las riquezas de su corazón y se nos comunicasen a nosotros. Porque si la vida de cada uno procede de su corazón, y así aconseja el Sabio (Prov., 4, 23) que le guardemos con toda guarda y diligencia, pero del Corazón de Jesucristo había de salir la vida de todos; y así, no convenía que le guardase para si solo, sino que se dejase herir en él, y aunque muerto, se abriese en su costado la puerta de la vida, para que con la muerte de Él viviésemos todos, y con la vida que salía de Él resucitásemos todos.
Y al instante salió sangre y agua
De esta manera fue formada la Iglesia del costado del Señor, que está recostado en la cruz; en figura de lo cual fue formada la primera mujer del lado del varón cuando estaba durmiendo (Gen., 2, 21). Y aunque estaba Adán oprimido con profundo sueño, salió Eva viva y despierta, y fue llamada madre de todos los vivientes. Este fue gran sacramento (Efes., 5, 32), en que estaba representada la unión de la Iglesia con Jesucristo, el cual estaba echado en la cruz y la cabeza inclinada con figura y disposición de quien dormía, y de su costado abierto salió la sangre y el agua con que fue formada y hermoseada su Esposa. Estando el Señor muerto salió la Iglesia viva, y madre de todos los que viven por virtud de la muerte de Cristo, Señor nuestro. ¡Oh muerte con que resucitan los muertos, ¡oh sangre con que se lavan los que no están limpios! Este es el consuelo de los tristes, el esfuerzo de los tentados, el refugio de los afligidos. Por esta puerta entran y salen las abejas santas a fabricar sus panales en lo secreto del Corazón de Jesús. Este es el agujero de la piedra donde tienen refugio los erizos (Sal., 103, 18), y adonde vuelan los que tienen las alas como de paloma, para hallar allí su descanso y su guarida (Sal., 54, 7). Esta es la puerta que mandó Dios a Noé que hiciese en el lado de su arca para que entrasen en ella los animales privilegiados que no habían de perecer en el diluvio (Gen., 6, 16). Esta es la puerta abierta de la ciudad de refugio (Deut., 19, 2), donde se guarecen los delincuentes de la ira de Dios. Esta es la puerta dorada y hermosa del verdadero templo de Dios (Act., 3, 2), donde los mendigos enfermos alcanzan siempre salud y misericordia. Esta es la puerta del Paraíso, que se cerró por el pecado del primer Adán y se abrió por los merecimientos del segundo, el cual había dicho de sí (Jn., 10, 9): Yo soy la puerta; por Mi, si alguno entrare, será salvo. Esta es la puerta de que tienen la llave dorada los amigos regalados y favorecidos de Dios. ¡Oh cuán de veras desprecian las fuerzas de los reyes y privanzas de los Príncipes los que tienen licencia de entrar por esta puerta a la bodega de los vinos preciosos (Cant., 2, 4) y a la recámara secreta de Dios! Haec porta Domini, iusti intrabunt per eam (Ps., 117, 20). Esta es la fragua donde hay fuego perpetuo y muy encendido con que se abrasan nuestros corazones, y se van labrando conforme a la imagen de Dios. Este el testimonio del amor fervoroso y excelente caridad de nuestro Salvador, tener, no solamente los brazos abiertos para recibirnos en ellos, sino también abierto el Corazón para recibirnos en él.
Y si el Apóstol decía (2 Cor., 6, 11) que su corazón estaba dilatado, y que todos los fieles cabían sin estrechura en él, ¿cuán ancho y cuán espacioso será el Corazón de Jesucristo para abrazarnos a todos en su incomprensible caridad dentro de él? Y para morada tan ancha y tan gloriosa era menester que correspondiese en su costado una puerta tal que nos convidase a entrar por ella.
Este es el racional del Sumo Sacerdote del Nuevo Testamento (Ex., 28, 11), que en sólo una piedra tenía, no sólo escritos doce hombres, sino en verdad a todos los hombres.
Y aunque recibió esta herida después de muerto, la conservó después de vivo para ornamento de su cuerpo glorioso y resucitado, y para fuente de luz y de amor. Por eso, tocando el Apóstol Santo Tomás, y poniendo sus dedos dentro de ella (Jn., 20, 27), se le encendió súbitamente una resplandeciente candela de fe en su entendimiento, y un abrasado fuego de amor en su voluntad.
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