Nuevo espíritu, nuevos dones
y nuevas promesas
EL HECHO: «El hombre, en vez de ansiar
conocerse, teme el conocimiento de sí mismo. Por algo se teme... El hombre, por
esta su conducta vergonzosa, es un pernicioso hipócrita consigo mismo...»
por Fr. Juan Bautista Gomis, O. F. M., redactor
de
Comunicación
de un espíritu nuevo
Angustiada vemos hoy toda
El remedio, pues, contra la dispersión
mental y social, contra la guerra de todos contra todos, contra el agónico
vivir y la desesperación incontenible, estará en volver al corazón, para
conocerlo, fortificarlo, pacificarlo y orientarlo. Convertíos de nuevo al
corazón (2), y hacedlo de tal manera y con tal arte, que lo custodiéis y
guardéis con la mayor vigilancia y la mayor solicitud (3). Entonces verá el
hombre, el hombre engreído de nuestros tiempos, que su corazón, en vez de estar
claro, está oscuro; en vez de estar limpio, está encenagado; en vez de tener
ojos serenos, está ciego; en vez de estar en paz, está en guerra; en vez de
tener cielo, tiene infierno.
¿Qué hacer? El tiempo apremia, la empresa
es ardua y prolija. Cierto, pero hay quien quiere y puede sacarnos a flote;
transformar nuestro corazón haciéndolo al suyo semejante, Corazón divino. He
aquí que se nos dice con palabra decisiva: Arrancaré de vuestro pecho vuestro
corazón de pedernal y os daré un corazón de carne (4).
Y no sólo esto, no sólo nos dará un
corazón sensible, manso y blando, sino que nos promete un corazón y un espíritu
nuevo, para que more en medio de nosotros (5); es decir, renovará y enriquecerá
nuestro ser, de modo que seamos hombres nuevos, desechada la vejez de nuestros
días que nos tiene incapacitados para obrar obras nuevas, de nuevo cuño, de
nuevo empuje y de vida nueva.
Y cuando esta obra del Altísimo se haya
obrado en nosotros, el Señor, que busca hombres tallados a la medida de su
corazón (6), los encontrará, porque habrán sido
hechos por él, cooperando el hombre, como es razón. Cristo, con su
infinito poder y con su penetración de todas las cosas, es quien escruta los
corazones (7), y sabe quién es cada cual, cuánto es su peso y qué retribución
se le ha de dar a cada uno.
El es el centro de todos los corazones y
el fundamento de todas las esperanzas, porque es el principio y el fin de la
vida; fuera de su radio de acción amorosa sólo hay desolación y muerte, como
lo vemos con angustia en nuestro siglo y en todos los siglos. De la plenitud
del corazón habla la boca (8); y Cristo no solamente nos habla por su Corazón,
sino que nos lo abre para que le veamos, nos enamoremos de él y le imitemos. Y
su mensaje hállase contenido en estas palabras:
Aprended de mí, que soy manso y humilde de Corazón (9).
Tres cosas hay aquí que notar: que
aprendamos de él, maestro de la verdad, y no de otros, que son maestros sagaces
de la mentira; que aprendamos de él la mansedumbre, contra el espíritu de
odio, de venganza, de ira y de opresión, reinantes en la sociedad moderna; y
que aprendamos humildad, es decir, a no estimarnos en más de lo que somos y a
estimar en lo que vale y es cada uno de nuestros hermanos.
Jesús, maestro; Jesús, manso; Jesús,
humilde. Esta es la fórmula salvadora, que
aceptada por el mundo moderno, juntamente con la efusión del espíritu nuevo y
los corazones nuevos (corazones de carne y no de piedra), haría del valle de
lágrimas, que es
Y la razón es porque las delicias de
Jesucristo son vivir con los hijos de los hombres (10); y como él es fontanar
de todos los bienes, todos nos vendrían con él, inundándonos de paz, de gozo y
alegría, precisamente lo que nos falta y por lo que angustiosamente suspiramos.
Insensatez
de los malos
El propio Jesucristo, por boca de su
profeta Jeremías, se lamenta de dos iniquidades cometidas por su pueblo, que implican
menosprecio de Dios y ruina propia; cabalmente lo que ha hecho su pueblo
moderno, cayendo en el abismo mental y en el abismo cordial. Estas son sus palabras:
Dos maldades ha cometido mi pueblo: me han abandonado a mi,
que soy fuente de agua viva, y han ido a fabricarse algibes,
algibes rotos, que no pueden retener las aguas (11).
Esa general apostasía y divorcio entre
Dios y los pueblos modernos les ha atraído no sólo guerras exterminadoras y
males sin cuento, cuando se las prometían muy felices, sino un malestar
increíble y creciente que les corroe las entrañas como gusano roedor.
El mundo en que vivimos ha dicho: «No hay
Dios», y Dios habíase anticipado a contestarle por
boca de su real profeta. En efecto, eso es lo que dice el hombre insensato y
necio en su corazón (12). Y las consecuencias fatales se han seguido.
Abandonado el hombre a su sentido
réprobo, ha cavado su propia sepultura, donde, para mayor tribulación, yace
semivivo. Maquina pensamientos malignos, y Dios se burla de él, permitiendo que
se hunda en su soberbia, en su avaricia y en su ignorancia.
Alejado su corazón de Dios, el hombre se
ha hecho ídolo de sí mismo, ídolo de manos de alfarero, que se quiebra en mil
pedazos. La vanidad y la malicia del hombre se ha
descubierto así de forma y manera, que su malignidad espanta y horroriza. Donde
cada uno tiene su tesoro, allí tiene su corazón (13); no en Dios, sino en la mammona de iniquidad (14) ha puesto su corazón, y así se le
ha hecho duro, incipiente, malicioso y sin misericordia.
Aspiración
de los buenos
Menos mal que hay solera, hay levadura en
el mundo cristiano, principio vital de renovación, de resurrección, de
exaltación. Se trata del pusillus grex:
de la grey humilde a quien el Padre se complace en
ofrendarle su Reino (15).
El Reino del Espíritu ofrece y garantiza
que se extiende por toda la faz de
Esta grey
humilde es la que noche y día clama con gemidos inenarrables y con obras de
amor de caridad: Señor, crea en mí un corazón puro y renueva en mis entrañas
un espíritu recto (16). Y para no divagar, para saber de dónde arranca y a
dónde va a parar, quiere grabar en medio de su corazón la ley de Jesucristo
(17). Así, con un corazón puro, con espíritu recto y con una ley santa, puede
acometer, acomete la recristianización del mundo
ateo, del mundo ingrato, segura de su porvenir, de su triunfo, como le
aconteció a la grey humilde de los Apóstoles y
primeros Discípulos de Jesús. Contra el mundo adverso y tirano cantó victoria;
y contra el mundo adverso y tirano de nuestros días triunfará la grey humilde.
Esta es la que dice: Pequeñuela soy; pero
aunque se conciten contra mí los ejércitos, no temerá mi corazón (18).
Preparado está, Señor, mi corazón; preparado está en mi corazón (19); y para
estarlo mejor: Sea mí corazón sin mancilla (20); porque corazones sin mancilla
son los que toma Dios para instrumentos de sus grandes empresas y de sus
grandes hazañas. Mientras tanto, fortificándose a sí misma y acumulando fe,
esperanza y caridad, trípode áureo de la espiritualidad cristiana, hace su lacónica
y emocionante profesión:
Te confesaré, Señor, con todo mi corazón
(21). Con valentía, con decisión, se conquistan posiciones y aseguran
victorias.
La voz
de Cristo: Dádivas y promesas
A esa voz de la grey
pequeñita, pero unida, compacta doctrinal y cordialmente, responde la voz
amorosa y amable de Cristo, con una invitación salvadora que hace extensiva a
todos los hombres de todos los pueblos y razas, pues no quiere que ninguno de
ellos se pierda ni viva como oveja perdida: Convertíos a mí de todo corazón,
dice el Señor, con ayunos, con lágrimas y con gemidos; y rasgad vuestros
corazones y no vuestros vestidos; y convertíos al Señor Dios nuestro; puesto
que es benigno, y misericordioso, y paciente, y de mucha clemencia, e inclinado
a suspender el castigo (22). Conviértase el mundo a Dios, a quien ha
menospreciado y ofendido; y se convertirá Dios al mundo, tratándole con amor y
misericordia. Conviértase la sociedad a Dios, razón última de su ventura; y se
convertirá Dios a la sociedad, trocándole su llanto en gozo, y su carestía en
abundancia.
Si lo hiciese así la sociedad presente,
tan desatinada y enferma, hallaría su centro inconmovible en Dios y en su
Cristo, y Dios y su Cristo le darían un corazón y un camino (23): un corazón para
vivir con dignidad provechosa; y un camino para no desviarse en los azares de
la vida; y volvería
Así, la unión que hace la fuerza, que
disipa los males de la disensión, que hace fructífera la paz con sus bienes
innumerables, seria un hecho y una delicia. Que por esto se añade la promesa
de paz henchida de soberanas esperanzas, como regalo de Dios: El Señor
anunciará la paz a su pueblo, y a sus santos, y a los que se convierten de
corazón (25). Quien se convierte a Dios de todo corazón, todo se lo merece y
todo se le da.
Ilumina el Señor los corazones de quienes
le aman (26) para que vivan y caminen en luz y no en tinieblas; para que sean
antorchas, y no carbones obscuros y negros. Les dice que verán y se gozarán
(27) sin término, anhelo de los espíritus que nunca dicen basta; y que verán a
Dios (28) no sólo en el Cielo futuro, sino aun en este mismo valle de lágrimas,
teatro de nuestra vida.
Y
lo que promete Cristo en su generosidad cordial a los hombres
individualmente considerados, promételo socialmente, y en especial promete dar
buenos, sabios y sensatos gobernantes, hechos según el modelo de su Corazón.
Nos tiene dicho: Os daré pastores según mi Corazón (29).
Y concluye
el divino mensaje: Paz sobre
Israel (30), sobre
Fr. Juan Bta. Gomis, O. F. M.
Redactor de € Verdad y Vida>
Madrid, San Francisco el Grande, mayo
1948.
(1) (2) (31 (4) (5) Jerem., 12, 11. Isaías,
46, 8. Prov., 4, 23. Ezech., Í6, 26. Ibid.
(6)
/ Reg., 13, 14.
(7)
Jerem., 17, 10.
(8)
Luc, 6, 45.
(9)
Matth., 11, 29. (10) Prev., 8,
31.
(11)
Jerem., 2, 13.
(12)
Ps., 13, 1 y 52, 1.
(13)
Malth., 6, 21.
(14)
Luc, 16, 9.
(15)
Luc, 12,32.
(16)
Ps., 50, 12.
(17)
Ps., 39, 9.
(18)
Ps., 26, 3.
(19)
Ps., 56, 8 y 107, 2.
(20) Ps., 18, 80.
(21) Ps., 9, 2.
(22)
Joel, 2, 12-13.
(23)
Jerem , 32, 39.
(24)
Act., 4, 32. (23) Ps., 84, 9.
(26)
Eccli., 2, 10.
(27)
Isal., 66, 14.
(28)
Malth., 5, 8.
(29)
Jerem., 3, 15.
(30)
Ps., 124, 5.
(31)
Cotos., 3, 15.
(32)
Philip., 4, 7.
