Nuevo   espíritu, nuevos  dones  y   nuevas   promesas         

 

EL HECHO: «El hombre, en vez de ansiar conocerse, teme el conocimiento de sí mismo. Por algo se teme... El hombre, por esta su conducta vergonzosa, es un pernicioso hipócrita consigo mismo...»

 

LA PROMESA: «El Señor anunciará la paz a su pueblo, y a sus santos, y a los que se convierten de corazón.»

 

por Fr. Juan Bautista Gomis, O. F. M., redactor de la Revista < Verdad y Vida> que publican los padres franciscanos de San Francisco el Grande.

 

Comunicación de un espíritu nuevo

 

Angustiada vemos hoy toda la Tierra; vérnosla desola­da y conturbada; y la razón es porque no hay quien se reconcentre en su corazón (1). ¿Y por qué se dará este fe­nómeno tan antiguo como el hombre? Porque el hombre, en vez de ansiar conocerse, teme el conocimiento de si mismo. Por algo se teme, porque no es lo que debiera, y el conocimiento de si le impondría el esfuerzo de reha­cerse, de volver a su ser originario, a su rectitud primera. El hombre, por esta su conducta vergonzosa, es un perni­cioso hipócrita consigo mismo. Y todo el bien del hombre radica en el propio conocimiento. De allí el oráculo dél­fico: Conócete a ti mismo, que ha parecido a la posteri­dad como dictado por el Dios verdadero y único.

 

El remedio, pues, contra la dispersión mental y social, contra la guerra de todos contra todos, contra el agónico vivir y la desesperación incontenible, estará en volver al corazón, para conocerlo, fortificarlo, pacificarlo y orien­tarlo. Convertíos de nuevo al corazón (2), y hacedlo de tal manera y con tal arte, que lo custodiéis y guardéis con la mayor vigilancia y la mayor solicitud (3). Entonces verá el hombre, el hombre engreído de nuestros tiempos, que su corazón, en vez de estar claro, está oscuro; en vez de estar limpio, está encenagado; en vez de tener ojos sere­nos, está ciego; en vez de estar en paz, está en guerra; en vez de tener cielo, tiene infierno.

 

¿Qué hacer? El tiempo apremia, la empresa es ardua y prolija. Cierto, pero hay quien quiere y puede sacarnos a flote; transformar nuestro corazón haciéndolo al suyo se­mejante, Corazón divino. He aquí que se nos dice con pa­labra decisiva: Arrancaré de vuestro pecho vuestro cora­zón de pedernal y os daré un corazón de carne (4).

 

Y no sólo esto, no sólo nos dará un corazón sensible, manso y blando, sino que nos promete un corazón y un espíritu nuevo, para que more en medio de nosotros (5); es decir, renovará y enriquecerá nuestro ser, de modo que seamos hombres nuevos, desechada la vejez de nuestros días que nos tiene incapacitados para obrar obras nuevas, de nuevo cuño, de nuevo empuje y de vida nueva.

 

Y cuando esta obra del Altísimo se haya obrado en nos­otros, el Señor, que busca hombres tallados a la medida de su corazón (6), los encontrará, porque habrán sido  hechos por él, cooperando el hombre, como es razón. Cristo, con su infinito poder y con su penetración de todas las cosas, es quien escruta los corazones (7), y sabe quién es cada cual, cuánto es su peso y qué retribución se le ha de dar a cada uno.

 

El es el centro de todos los corazones y el fundamento de todas las esperanzas, porque es el principio y el fin de la vida; fuera de su radio de acción amorosa sólo hay de­solación y muerte, como lo vemos con angustia en nuestro siglo y en todos los siglos. De la plenitud del corazón ha­bla la boca (8); y Cristo no solamente nos habla por su Corazón, sino que nos lo abre para que le veamos, nos enamoremos de él y le imitemos. Y su mensaje hállase contenido en estas palabras: Aprended de mí, que soy manso y humilde de Corazón (9).

 

Tres cosas hay aquí que notar: que aprendamos de él, maestro de la verdad, y no de otros, que son maestros sa­gaces de la mentira; que aprendamos de él la mansedum­bre, contra el espíritu de odio, de venganza, de ira y de opresión, reinantes en la sociedad moderna; y que apren­damos humildad, es decir, a no estimarnos en más de lo que somos y a estimar en lo que vale y es cada uno de nuestros hermanos.

 

Jesús, maestro; Jesús, manso; Jesús, humilde. Esta es la fórmula salvadora, que aceptada por el mundo moderno, juntamente con la efusión del espíritu nuevo y los corazones nuevos (corazones de carne y no de piedra), haría del valle de lágrimas, que es la Tierra, un idilio anticipado de la futura bienaventuranza.

 

Y la razón es porque las delicias de Jesucristo son vivir con los hi­jos de los hombres (10); y como él es fontanar de todos los bienes, todos nos vendrían con él, inundándonos de paz, de gozo y alegría, precisamente lo que nos falta y por lo que angustiosamente suspiramos.

 

Insensatez de los malos

 

El propio Jesucristo, por boca de su profeta Jeremías, se lamenta de dos iniquidades cometidas por su pueblo, que implican menosprecio de Dios y ruina propia; cabal­mente lo que ha hecho su pueblo moderno, cayendo en el abismo mental y en el abismo cordial. Estas son sus pala­bras: Dos maldades ha cometido mi pueblo: me han aban­donado a mi, que soy fuente de agua viva, y han ido a fabricarse algibes, algibes rotos, que no pueden retener las aguas (11).

 

Esa general apostasía y divorcio entre Dios y los pueblos modernos les ha atraído no sólo guerras exterminadoras y males sin cuento, cuando se las prometían muy felices, sino un malestar increíble y creciente que les corroe las entrañas como gusano roedor.

 

El mundo en que vivimos ha dicho: «No hay Dios», y Dios habíase anticipado a contestarle por boca de su real profeta. En efecto, eso es lo que dice el hombre insensato y necio en su corazón (12). Y las consecuencias fatales se han seguido.

 

Abandonado el hombre a su sentido réprobo, ha cavado su propia sepultura, donde, para mayor tribu­lación, yace semivivo. Maquina pensamientos malignos, y Dios se burla de él, permitiendo que se hunda en su sober­bia, en su avaricia y en su ignorancia.

 

Alejado su corazón de Dios, el hombre se ha hecho ídolo de sí mismo, ídolo de manos de alfarero, que se quiebra en mil pedazos. La vanidad y la malicia del hombre se ha descubierto así de forma y manera, que su malignidad espanta y horroriza. Donde cada uno tiene su tesoro, allí tiene su corazón (13); no en Dios, sino en la mammona de iniquidad (14) ha puesto su corazón, y así se le ha hecho duro, incipiente, malicioso y sin misericordia.

 

Aspiración de los buenos

 

Menos mal que hay solera, hay levadura en el mundo cristiano, principio vital de renovación, de resurrección, de exaltación. Se trata del pusillus grex: de la grey humil­de a quien el Padre se complace en ofrendarle su Reino (15).

 

El Reino del Espíritu ofrece y garantiza que se ex­tiende por toda la faz de la Tierra y que no tendrá fin, porque son eternas sus raíces. Este es el grano que se ha de consumir para fructificar y está precisamente ahora consumiéndose, hallándose ya el fruto en esperanza cierta.

 

Esta grey humilde es la que noche y día clama con gemidos inenarrables y con obras de amor de caridad: Señor, crea en mí un corazón puro y renueva en mis en­trañas un espíritu recto (16). Y para no divagar, para sa­ber de dónde arranca y a dónde va a parar, quiere gra­bar en medio de su corazón la ley de Jesucristo (17). Así, con un corazón puro, con espíritu recto y con una ley santa, puede acometer, acomete la recristianización del mundo ateo, del mundo ingrato, segura de su porvenir, de su triunfo, como le aconteció a la grey humilde de los Apóstoles y primeros Discípulos de Jesús. Contra el mun­do adverso y tirano cantó victoria; y contra el mundo ad­verso y tirano de nuestros días triunfará la grey humilde.

 

Esta es la que dice: Pequeñuela soy; pero aunque se conciten contra mí los ejércitos, no temerá mi corazón (18). Preparado está, Señor, mi corazón; preparado está en mi corazón (19); y para estarlo mejor: Sea mí corazón sin mancilla (20); porque corazones sin mancilla son los que toma Dios para instrumentos de sus grandes empre­sas y de sus grandes hazañas. Mientras tanto, fortificán­dose a sí misma y acumulando fe, esperanza y caridad, trípode áureo de la espiritualidad cristiana, hace su lacó­nica y emocionante profesión:  

 

Te confesaré, Señor, con todo mi corazón (21). Con valentía, con decisión, se con­quistan posiciones y aseguran victorias.

 

La voz de Cristo: Dádivas y promesas

 

A esa voz de la grey pequeñita, pero unida, compacta doctrinal y cordialmente, responde la voz amorosa y ama­ble de Cristo, con una invitación salvadora que hace ex­tensiva a todos los hombres de todos los pueblos y razas, pues no quiere que ninguno de ellos se pierda ni viva como oveja perdida: Convertíos a mí de todo corazón, dice el Señor, con ayunos, con lágrimas y con gemidos; y rasgad vuestros corazones y no vuestros vestidos; y con­vertíos al Señor Dios nuestro; puesto que es benigno, y mi­sericordioso, y paciente, y de mucha clemencia, e incli­nado a suspender el castigo (22). Conviértase el mundo a Dios, a quien ha menospreciado y ofendido; y se conver­tirá Dios al mundo, tratándole con amor y misericordia. Conviértase la sociedad a Dios, razón última de su ventu­ra; y se convertirá Dios a la sociedad, trocándole su llanto en gozo, y su carestía en abundancia.

 

Si lo hiciese así la sociedad presente, tan desatinada y enferma, hallaría su centro inconmovible en Dios y en su Cristo, y Dios y su Cristo le darían un corazón y un ca­mino (23): un corazón para vivir con dignidad provecho­sa; y un camino para no desviarse en los azares de la vida; y volvería la Cristiandad, divisa en nuestros tiempos, a tener un corazón y un alma (24).

 

Así, la unión que hace la fuerza, que disipa los males de la disensión, que hace fructífera la paz con sus bienes innumerables, seria un he­cho y una delicia. Que por esto se añade la promesa de paz henchida de soberanas esperanzas, como regalo de Dios: El Señor anunciará la paz a su pueblo, y a sus san­tos, y a los que se convierten de corazón (25). Quien se convierte a Dios de todo corazón, todo se lo merece y todo se le da.

 

Ilumina el Señor los corazones de quienes le aman (26) para que vivan y caminen en luz y no en tinieblas; para que sean antorchas, y no carbones obscuros y negros. Les dice que verán y se gozarán (27) sin término, anhelo de los espíritus que nunca dicen basta; y que verán a Dios (28) no sólo en el Cielo futuro, sino aun en este mismo valle de lágrimas, teatro de nuestra vida.

 

Y  lo que promete Cristo en su generosidad cordial a los hombres individualmente considerados, promételo socialmente, y en especial promete dar buenos, sabios y sen­satos gobernantes, hechos según el modelo de su Corazón. Nos tiene dicho: Os daré pastores según mi Corazón (29).

 

Y  concluye el divino mensaje:   Paz sobre Israel  (30), sobre la IgJesia Católica, Apostólica y Romana;  pero no una  paz  cualquiera,  sino  aquella  que   no  puede  dar   el mundo entero, sino la paz de Cristo que regocija los cora­zones (31), que supera todo sentido (32) y es la cifra de todos cuantos bienes son apetecibles.

 

Fr. Juan Bta. Gomis, O. F. M.

Redactor de € Verdad y Vida>

Madrid, San Francisco el Grande, mayo 1948.

 


(1) (2) (31 (4) (5) Jerem., 12, 11. Isaías, 46, 8. Prov., 4, 23. Ezech., Í6, 26. Ibid.

(6)   / Reg., 13, 14.

(7)    Jerem., 17, 10.

(8)    Luc, 6, 45.

(9)    Matth., 11, 29. (10)   Prev., 8, 31.

(11)   Jerem., 2, 13.

(12)    Ps., 13, 1 y 52, 1.

(13)   Malth., 6, 21.

(14)    Luc, 16, 9.

(15)   Luc, 12,32.

(16)    Ps., 50, 12.

(17)    Ps., 39, 9.

(18)    Ps., 26, 3.

(19)    Ps., 56, 8 y 107, 2.

(20)    Ps., 18, 80.

(21)    Ps., 9, 2.

(22)   Joel, 2, 12-13.

(23)    Jerem , 32, 39.

(24)    Act., 4, 32. (23)   Ps., 84, 9.

(26)   Eccli., 2, 10.

(27)    Isal., 66, 14.

(28)   Malth., 5, 8.

(29)    Jerem., 3, 15.

(30)    Ps., 124, 5.

(31)    Cotos., 3, 15.

(32)   Philip., 4, 7.