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El Acto de ofrenda de Santa Teresita del Niño Jesús como víctima de holocausto Por el abate P. Travert, capellán del Carmelo de Lisieux El Carmelo de Lisieux ha editado un folleto titulado: Pequeño Catecismo del Acto de ofrenda de Santa Teresita del Niño Jesús como víctima de holocausto al Amor misericordioso de Dios. Este pequeño Catecismo tiene por objeto contestar a las numerosas consultas formuladas por personas deseosas de imitar a Santa Teresita del Niño Jesús en su ofrenda al amor misericordioso de Dios. Presentamos la introducción al mismo por el P. Travert, capellán del Carmelo de Lisieux.
Santa Teresita, en ese Acto, no aspira a no sentirse ya imperfecta, sino a reconocer que lo es cada vez más, para de esta manera merecer mayor abundancia de gracias. «Miseris cor dare»: Dar su corazón a los miserables, es el atractivo del Amor Misericordioso. Nuestra Santa, a pesar de su inocencia, se vio a sí misma enteramente incapaz para obrar el bien. Todo el bien que en ella había, lo atribuyó a la gracia. Y en este estado de alma, ella clamó, con todas sus miserias, a la ternura inefable del Corazón Divino, el cual se inclina irresistiblemente a expansionarse todo entero sobre lo más humilde y despreciable. Quien no se haya dado cuenta de esta disposición interna de Santa Teresita del Niño Jesús, no puede comprender nada de su Acto de Ofrenda al Amor Misericordioso. Este Acto, en efecto, es propio de las que Teresa llama «pequeñas almas No tiene por fin el ofrecer a Dios un alma consumada en santidad, sino una almita que, a pesar de sus grandes deseos de santidad, se reconoce todavía muy imperfecta. Ella conoce el precio de la humildad de corazón a los ojos de Dios, y el amor de su Corazón para con aquellas almas, llenas de deseos ardientes, pero siempre débiles e impotentes por sí mismas, y por este conocimiento se abandona con absoluta confianza en las gracias de su infinita misericordia, esperando sólo de estas gracias su consumación en la santidad. Esto, para un acto de ofrenda como víctima, es un punto de vista del todo nuevo, pues el término de este acto no es el sufrimiento, sino el Amor Misericordioso. Pero no es sólo éste el punto de vista nuevo. El Acto de Ofrenda al Amor Misericordioso es un acto de “puro amor”, sin ninguna idea de ventaja personal, ni siquiera de su propio adelantamiento. Su único fin se cifra en «compensar a Dios Nuestro Señor de la resistencia que las criaturas oponen al Amor que El les quiere prodigan. Santa Teresita no vio en él sino «el don más excelente» al Amor Misericordioso, es decir, dulce y compasivo, de Dios, á quien ella se abandona, sin otro deseo que el de amarle y hacerle amar. Santa Teresita del Niño Jesús, en su Ofrenda, ha propuesto una obra profundamente original. Es, pues, necesario estudiarla sin ninguna prevención, si se quiere evitar todo error acerca de ella. Y el mejor medio de logarlo es el preguntar a los testigos de su vida aquello que en ella vieron y le oyeron. Esto precisamente es lo que han hecho muchas almas, y el Pequeño Catecismo es la respuesta colectiva que se les dirige. Este Pequeño Catecismo se divide en dos partes, considerando en la primera lo precedente al Acto, y en la segunda lo consiguiente y se termina con un Apéndice, al que sigue la fórmula de la Ofrenda. La primera parte del opúsculo da las luces necesarias para prepararse a hacer bien el Acto de Ofrenda. Leyendo las diecisiete preguntas y respuestas que la componen, se ve la riqueza de ideas nuevas contenidas en la fórmula inspirada a la Santa. Ya se trate del fin (no. I, 2 y 3), del origen (4 y 5), de las disposiciones (6 y 7), de los efectos (12, 13, 14 y 15), o de la vocación a hacer el Acto (1I, 15, 16 y 17), o se trate de las palabras «víctima», «holocausto», «mártir», las contestaciones tienen, todas, un sello de novedad. Tomemos como ejemplo una sola pregunta de esta primera parte con su respuesta. Pregunta sexta: ¿En qué disposiciones debe encontrarse el alma que quiere atraer hacia sí este Amor Misericordioso? Respuesta: Su disposición consiste en una humildad confiada, y debe ofrecerse a Dios como un vaso vacío, para que derrame en él las olas de su amor... Ser «vaso vacío»; vacío, sobre todo, de confianza en sí misma, en sus recursos y virtudes: he aquí, según el Pequeño Catecismo, la única disposición necesaria para ofrecerse como víctima de holocausto al Amor Misericordioso de Dios. Y esto es, precisamente, lo que el Espíritu Santo reveló a Santa Teresita. «Lo que agrada a Dios, decía, mejor que las más generosas aspiraciones, es vernos amar nuestra pequeñez y nuestra pobreza; es la esperanza ciega que tenemos en su misericordia. ¡Cuán sencillo es esto y cuán lejos está de los numerosos y complicados requisitos que creíamos necesarios para poseer el Divino Amor! Santa Teresita nos enseña así el precio inefable de la humildad de corazón. El Pequeño Catecismo, responde también muy claramente a la preocupación siguiente. Sucede que muchas almas se sienten muy deseosas de practicar plenamente la doctrina de Santa Teresita, y, sin embargo, temen hacer su Acto de Ofrenda. Es que las desorienta eso de «víctimas», «holocausto», «martirio», cosas que parece exceden a la sencillez de la vía de infancia y expresan un estado de espíritu más o menos extraordinario y dispuesto a pasar por sufrimientos, para los cuales no se sienten ellas con bastante fuerza, y por lo mismo les parece que sería una especie de presunción e imprudencia para el caso de que Dios les tomase la palabra. Extraño fuera que Santa Teresita, que sólo aspira a una vida sencilla. y ordinaria, requiriese cosas extraordinarias a su legión de «almas pequeñas». Lo que ocurre es una mala inteligencia de la frase «víctima de holocausto». Y no es extraño, porque aquí estas voces tienen un significado enteramente nuevo, por haberlas asociado la Santa a un vocablo con el cual nunca se las había unido antes: el de Amor Misericordioso. Esta nueva fraseología presenta un sentido absolutamente nuevo. Desaparece el propio de las palabras aisladamente tomadas, y en su lugar, se expresa otro, correspondiente a las mismas unidas. No se trata ya de ofrecerse víctima de holocausto simplemente, o de ofrecerse como tal a la justicia divina: se trata de ofrecerse como víctima de holocausto al Amor Misericordioso. Mas, por lo mismo que la idea expresada por Santa Teresita es nueva, sólo un estudio cuidadoso del lenguaje de sus escritos en este punto puede darnos su verdadero significado. Y este cuidado con una simple lectura, basta para esclarecer nuestras dudas. Terminantemente dice la Santa que ella no ha querido desviar, para atraerlos a sí, los justos castigos debidos a los pecadores. Ella encontraba grande y generosa esta ofrenda; pero estaba muy lejos de sentirse inclinada a hacerla. Otro atributo de Dios tenía sus preferencias: aquél que, no sólo «se extiende sobre la tierra, sino que hace también las delicias de los elegidos en el cielo: su Amor Misericordioso. ¿Cómo?, se decía ella: ¿Semejante atributo no tendrá él sus víctimas? E inmediatamente se ofrecía como víctima de holocausto, no para atraer sobre sí los castigos reservados a los pecadores, sino <'las olas de ternura infinita que en Dios se encierran». ¿Quién, pues, podrá temer el ofrecerse víctima de holocausto como Santa Teresita, puesto que se trata de dejarse consumir por las ternuras divinas? El fin de este acto no es el dolor, sino el amor. Muchos ven esto y, sin embargo, no les satisface. La vida cristiana, dicen, está hecha de inmolación, de dolor, a imitación de Nuestro Señor Jesucristo crucificado. ¿Cómo un acto de perfección se presenta cual ofrenda a las ternuras divinas? Los que así razonan, olvidan una enseñanza de la Doctrina Cristiana que dice: Todos los mandamientos se resumen en el amor. Por lo tanto, cuando el amor de un alma es más puro, tanto más elevada está ella en perfección. Hay, pues, que velar, ante todo, por la pureza de nuestras intenciones, que es lo que da valor aún a nuestros sufrimientos. Santa Teresa del Niño Jesús comprendió perfectamente este punto, y, cosa singular, llegó, bajo el soplo del Espíritu Santo, hasta a querer rivalizar desde la tierra con los santos del cielo, haciéndose consumir por el Amor Misericordioso que constituye su vida beatífica. Se ofreció a él con una audacia de niña, que sabe que cuanto su Padre celestial posee, le pertenece; y, al hacer este acto maravilloso, olvidada de sí misma, pensó únicamente en consolar a su buen Dios. El dolor no fue, ciertamente, ajeno a la vida de Santa Teresita; pero comprendió perfectamente que no era él lo que constituía el valor propio de su vida espiritual. Aceptaba siempre los sufrimientos que Dios le enviaba, pero no pedía mayores ni los escogía. Era en el amor en lo que ella aspiraba a ser consumida. Pues bien: el amor puro halla su alimento en las cosas humildes, como una sonrisa en medio de la tristeza, un callar en vez de replicar... El acto de Ofrenda al Amor Misericordioso atrae a nosotros el amor de Nuestro Señor mismo y, «por El, con El, en El», ponemos un perfecto desprecio de nosotros mismos en cada uno de los actos de nuestra vida. He ahí el efecto principal del Acto de Ofrenda; es de una belleza divina. ¿Y quién no ve ahora que está al alcance de todas las almas que sinceramente quieren vivir del amor de Dios y quieren en verdad, cualesquiera que sean sus defectos, desprenderse de sí mismas y de toda vana afición a las criaturas? Digamos también que muchas veces los efectos de esta ofrenda no se realizan sino de manera oculta y misteriosa. Una circunstancia memorable de la vida de Santa Teresa del Niño Jesús nos lo da a conocer. Cuando, algunos días después de su Acto de Ofrenda al Amor Misericordioso, se sintió repentinamente herida de un dardo de fuego tan vehemente que creyó iba a morir, se halló en seguida después en el mismo estado de flaqueza y de impotencia para todo bien, en que habitualmente se sentía en su vida espiritual. El Acto de Ofrenda, aún hecho desde el fondo del corazón, no parece tener, por lo general, efectos sensibles; hace solamente crecer en el alma todas las disposiciones conducentes al amor puro, y, precisamente, no hay nada mejor que el sentimiento de su impotencia y flaqueza espiritual. La humildad de corazón, que nos ha merecido el don del amor consumativo y transformante, será también el principal medio de conservarlo en nosotros. Tal es la importante lección que se desprende también de la segunda parte del Pequeño Catecismo. Todo esto parece nuevo y atrevido, pero es en realidad, el espíritu tradicional en su plenitud. Teníamos demasiado olvidado, prácticamente, que, sin la gracia, nada podemos hacer; el esfuerzo personal parecía serlo todo para llegar a santo. Santa Teresita nos vuelve a enseñar la manera de enriquecernos con las energías infinitas del Divino Amor, tratando de anonadarnos ante El, y dejarle en todo la iniciativa con un abandono filial y confiado. Esta doble disposición es lo que el Pequeño Catecismo llama «la parte de trabajo del alma víctima, su cooperación activa para con el Amor Misericordioso». Pero, como hemos dicho, reflexione bien el alma en la parte que pertenece a la acción divina en nosotros y hasta qué punto la necesitamos. ¿Por qué, en efecto, Nuestro Señor habría de instituir un pan de vida, «nuestro pan cotidiano», si pudiéramos solos o casi solos conservar nuestra vida? No, Jesús ha dicho: ”En verdad, en verdad os digo: Si no comiereis la carne del Hijo del Hombre y no bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros». «Ama, y haz lo que quieras», ha dicho San Agustín. Santa Teresita del Niño Jesús hizo suyo este pensamiento, y así se explican las aparentes audacias de su doctrina. Sus audacias no existen efectivamente, sino a los ojos de aquellos que no han comprendido lo que es el amor. El amor en Dios, como en su criatura, implica el don total de sí mismo. Oigamos a San Agustín: "Escucha, cristiano, escucha lo que el divino amor dice por' boca de la Sabiduría: Hijo mío, dame tu corazón. Nótense bien estas palabras. ¿Ha querido dejarte una parte de tu corazón, para amarte a ti mismo, Aquél que te ha dicho: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, y con toda tu mente? ¿Qué parte te queda de tu corazón para emplearla en amarte a ti mismo? ¿Qué queda de tu mente? El Amor Divino no sufre división.” Santa Teresita del Niño Jesús está toda llena de esta doctrina de las exigencias absolutas del Amor Divino. Pero sabe que el Amor Divino es exigente; y porque es infinitamente perfecto, es también infinitamente misericordioso. Ayuda al alma a amarle perfectamente con tal que reconozca verdaderamente su flaqueza y ponga en él toda su confianza. Como observa el Pequeño Catecismo, según Santa Teresa del Niño Jesús, para vivir como perfecta víctima del amor, «basta el solo deseo de ser víctima; pero es preciso que este deseo sea firme y constante. El autor de la imitación de Cristo responde con Santa Teresita: «En cuanto uno se busca a sí mismo, en el mismo instante cesa de aman. El Acto de Ofrenda al Amor Misericordioso no pide almas perfectas, sino almas que de verdad sean «pobres de espíritu”. Terminemos estas consideraciones con aquellas bellas palabras de Santa Teresita del Niño Jesús, que tantas cosas dicen al alma que las profundiza: «Es preciso consentir en permanecer siempre pobre y sin fuerza, y eso es lo difícil, porque, ¿dónde encontrar el verdadero pobre de espíritu? Hay que buscarle muy lejos; es decir, en la bajeza, en la nada. Para gozar de los tesoros del Amor Misericordioso es preciso humillarse, reconocer su nada. He aquí lo que muchas almas no quieren». «Hacemos nuestra esta plegaria de Santa Teresita del Niño Jesús: ¡Oh Jesús! ¡Te suplico que inclines tu divina mirada a un sinnúmero de almas pequeñitas y te escojas en este mundo una legión de víctimas pequeñas dignas de tu amor!”. (Su Santidad Pío XI, Homilía de la Misa de Canonización de Santa Teresita del Niño Jesús) “Algunos días después de mi ofrenda al Amar Misericordioso, empecé en el coro el ejercicio del Vía Crucis, cuando de repente me sentí herida por un dardo de fuego tan ardiente que creí morir. No sé cómo explicar este transporte. No hay comparación que pueda hacer comprender la intensidad de esta llama. Me parecía que una fuerza invisible me sumergía par completo en el fuego. ¡Oh, qué fuego! ¡Qué dulzura! ¡Un minuto, un segunda más, y mi alma se hubiera separado del cuerpo!» (Santa Teresita del Niño Jesús) «Pocas almas llegan a tanto como esto; mas algunas han llegado, mayormente las de aquellos cuya virtud y espíritu se había de difundir en la sucesión de sus hijos, dando Dios la riqueza y valor a las cabezas en las primicias del espíritu, según la mayor o menor sucesión que habían de tener en su doctrina y espíritu». (San Juan de la Cruz, Llama, Canción II)
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