EL ALMA DOLIENTE Y BIENAVENTURADA DE JESÚS  

 



En su agonía Jesús sufre por todos nuestros pecados mientras permanece perfectamente unido a su Padre que es la fuente de la alegría y felicidad. Los santos como Teresita del Niño Jesús o Catalina de Siena nos ayudan a entrever la profundidad de este misterio. En la Carta Apostólica de Juan Pablo II  Novo Millenio Ineunte, (n. 26 y 27) se nos refiere el misterio de esta vivencia de Jesús.

 

Padre, ¿por qué me has abandonado?

Este grito de Jesús en la cruz  no es la expresión de un estado de angustia o desesperación. Es la plegaria del Hijo que ofrece amorosamente su vida al Padre por nuestra salvación. Si por una parte se identifica con nuestro pecado y como tal es “abandonado” por el Padre, por otra, Jesús se “abandona” en las manos de su Padre. Sus ojos quedan fijos en el Padre.

 

Jesús unido al Padre

El conocimiento y la experiencia que Jesús tiene de Dios, incluso en este momento de tinieblas,  le permite comprender la gravedad del pecado por el que está sufriendo. Porque ve al Padre y goza plenamente en su presencia, puede medir perfectamente lo que significa resistir por el pecado al amor de Dios. Antes que el sufrimiento de su cuerpo, y en un grado mucho más elevado, su pasión es un sufrimiento atroz para su alma.

La tradición teológica no ha dejado nunca de preguntarse cómo pudo vivir Jesús al mismo tiempo la unión profunda con su Padre, que es, por naturaleza, fuente de alegría y felicidad, y la agonía hasta el grito de abandono.

 

La Teología de los santos

Ante este misterio, y junto a la  reflexión teológica, viene en nuestra ayuda ese patrimonio eclesial que es la “teología vivida” de los santos. Ellos nos ofrecen indicaciones preciosas que permiten acoger más fácilmente la intuición de la fe, en virtud de las luces particulares que algunos de ellos han recibido del Espíritu Santo, o bien, a través de la experiencia de estados terribles de prueba que la tradición mística ha calificado como “noche oscura”.

 

El alma bienaventurada y doliente

Con bastante frecuencia los santos han vivido experiencias similares a la de Jesús en la cruz, una combinación paradójica de bienaventuranza y dolor. En el “Diálogo de la Divina Providencia”, Dios Padre  muestra a Catalina de Siena que en las almas santas pueden estar presentes a la vez la alegría y el sufrimiento:

 

“Y el alma vive bienaventurada y doliente: doliente por los pecados del prójimo, bienaventurada por la unión y afecto de la caridad que ha recibido. Estas almas imitan al Cordero Inmaculado, mi Hijo Único, que en la Cruz era bienaventurado y doliente”.

 

El testimonio de Santa Teresita

De igual modo, Santa Teresita vive su agonía en comunión con la de Jesús, experimentando en sí misma la paradoja de la bienaventuranza y sufrimiento de Nuestro Señor:

 

“Nuestro Señor, en el Huerto de los Olivos” gozaba de todas las delicias de la Trinidad no siendo por ello menos cruel su agonía. Es un misterio, pero puedo aseguraros que lo comprendo bastante, porque también yo lo he experimentado en mí misma”

 

Es un testimonio luminoso. Por lo demás, el relato mismo de los evangelistas confirma el fundamento  de esta percepción eclesial de la conciencia de Cristo, cuando refieren que Jesús, en el abismo de su dolor, muere implorando el perdón para sus verdugos, (Lc. 23,34) y dirigiendo a su Padre su abandono filial hasta el extremo, exclama: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc. 23, 46).

                                                                                                                                  N. E.