La Consagración de España al Sagrado Corazón de Jesús
José I. Aranguren Azparren
Su Santidad se ha regocijado en gran manera
por ese acto
tan hermoso, que es a la vez un elocuente
testimonio de la fe, de la piedad de la noble nación española y su
Rey, y un magnífico triunfo del Corazón
sagrado de Nuestro Redentor, que ardientemente desea y debe reinar en
los individuos y en las familias, en
las naciones y en los pueblos,
para ser su verdadera felicidad..
Benedicto XV, 14 de julio de 1919
Génesis de la Consagración
La preciosa enseñanza del papa León XIII (1878-1903) acerca del Corazón de Jesús y la rigurosa exposición de la doctrina social y política de la Iglesia, bien pueden considerarse como el preclaro origen de la Consagración de España al Sagrado Corazón de Jesús efectuada en 1919.
«Sucede en nuestros días que se levanta constantemente un muro entre la Iglesia y la sociedad civil. En la constitución y gobierno de las naciones no se tiene en cuenta para nada la autoridad del derecho divino y canónico, con el deliberado intento de apartar toda influencia religiosa de las costumbres populares» (Annum Sacrum, 1899, en que consagró todo el linaje humano al Augustísimo Corazón de Jesús).
El Papa señala en esta encíclica el lazo indisoluble que une la devoción al Corazón de Cristo con su Reinado sobre los hombres agrupados en naciones y estados y los bienes que recibirá el mundo de este Reinado Social de Jesucristo: «Si todos aceptan gustosamente este Imperio de Cristo, entonces podrá restituirse a todo derecho legítimo su vigor, restaurarse los ornamentos de la paz; entonces se escurrirán las armas de las manos...». Consagración hecha precisamente al Sagrado Corazón porque «... el Corazón de Jesús es símbolo e imagen viva del amor infinito de Jesucristo, que está reclamando nuestra correspondencia; por eso es muy conveniente consagrarse a su augustísimo corazón; lo cual no es más que entregarse y obligarse a Jesucristo, pues que todo el honor, obsequio y devoción hacia el Corazón divino termina verdadera y propiamente en la persona misma de Cristo».
Su sucesor, san Pío X (1903-1914), adoptó por lema y propósito de su Pontificado Instaurare omnia in Christo. En su encíclica // fermo proposito se reafirma en esta esperanza: «No hace falta deciros qué linaje de prosperidad y bienestar, de paz y concordia, de respetuosa sumisión a la autoridad y de acertado gobierno se lograría y florecería en el mundo, si pudiera efectuarse por entero la cabal idea de la civilización cristiana».
Así pues, hacía ya tiempo que se venía acariciando la idea de erigir un monumento dedicado al Sagrado Corazón de Jesús. Una Junta de Damas, presididas por la duquesa de la Conquista, se dirigió a los católicos españoles en este sentido y pudo colocarse la primera piedra en el cerro de los Ángeles, el 1 de junio de 1916.
Descripción del monumento
La realización de la obra se encargó al escultor Aniceto
Marinas y al arquitecto Carlos Saura y Nadal, con el
propósito de
que el monumento hable al corazón elocuente
y dulcemente. Para ello han esculpido los dos grupos
laterales, representando en el de la derecha a la Humanidad
santificada, y en el de la
izquierda a la Humanidad que tiende a santificarse. En las figuras de
estos grupos, todo, actitud y expresión, responde al mismo ideal, que
es un sentimiento de vivo amor al Sagrado
Corazón de Jesús. En el primero de los
grupos citados figuran los santos siguientes: santa Margarita María de
Alacoque, religiosa de la Visitación, elegida por Dios
para propagar la devoción al Sagrado
Corazón.
Aparece
arrodillada, con las manos extendidas y suspensa su alma
por la profunda emoción que experimenta al contemplar
por vez primera la visión deífica. A su lado, de pie, está san Agustín, el
llamado Doctor de la Gracia, el obispo
enamorado del amor de Jesús, cuya mirada parece adivinar
los misterios de la Ciudad de Dios. Junto a esta
figura, con expresión extática san
Francisco de Asís, el modelo de
amor a Jesús, quien le hizo tan semejante a sí, que le imprimió las cinco
llagas. Sigue la imagen de santa
Teresa de Jesús. La mística Doctora, con la pluma en
la mano y la mirada fija en el Señor
atenta a una revelación divina.
En actitud de fervorosa oración aparece luego arrodillada Santa
Gertrudis, precursora del apostolado del
Sagrado Corazón. Junto a ella está el venerable
P. Hoyos, jesuita, a quien el Señor
hizo la gran promesa de que su divino Corazón reinaría en España con
más veneración que en otras partes. Y
como suma y compendio de este
armonioso conjunto de santidad y de arte se
contempla la estatua de san Juan
Evangelista, el discípulo amado de Jesús, el que nos dejó las páginas
más sublimes del Amor divino, cuyo
corazón latió junto al de su
celestial Maestro en la noche de la Última Cena.
El segundo de los grupos, situado a la izquierda del monumento, es el ejemplo vivo y edificante que nos traza el camino para llegar al Cielo, mediante la práctica de la Caridad, de la Virtud, del Amor, de la Humildad y del Arrepentimiento. La Caridad está representada por una Hija de San Vicente de Paúl, rodeada de cinco niños, que ofrecen a Dios las flores de su inocencia. Se une a este grupo otro, compuesto de cinco figuras, que representan la Virtud y el Amor, personificada la primera por una joven y una niña vestida con el traje de la primera comunión, y el segundo por un hombre y una mujer, con un tierno niño en los brazos. Es la familia humilde que, a semejanza de la de Nazaret, acata resignadamente la voluntad de Dios, bajo cuyo amparo ponen el fruto de su santo amor. Contrasta con este grupo, una nota de dolor y consuelo a la vez, que fortalece los espíritus y los inclina hacia la penitencia y el arrepentimiento. Ambas heroicas virtudes están representadas por un hombre medio desnudo y descalzo: un penitente que al ver llegado el término de su existencia siente todo el peso de sus culpas, y abrumado por ellas se postra de hinojos a las plantas del Señor, implorando su misericordia. Las flores sirven para marcar el término glorioso de nuestra existencia, al que sólo llegan las almas puras, las conciencias limpias de pecado. Hay todavía esculpido en el fuste del pedestal un grupo de ángeles, en actitud de recoger y elevar el escudo español, en cuyo emblema se ha tratado de aunar y sintetizar a la España católica. Encima de este grupo hay un relieve de la Inmaculada Concepción.
Corona el monumento la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, en la que, por su actitud reposada, por su expresión dulce y majestuosa, por el sencillo gesto de sus brazos, que se extienden en ademán de bendecir y recoger a cuantos a él desean llegar, cautiva e infunde recogimiento y devoción. Debajo de la imagen hay un letrero en caracteres asimismo monumentales que dice: Reino en España.
La altura del monumento es de 28 metros, incluida la
figura, a la que corresponden nueve metros desde el plinto.
La anchura es de 13,5 metros y el fondo de 16 metros.
Desarrollo del acto
Delante del monumento se había dispuesto un altar para la Misa, a la derecha
se hallaba la tribuna regia y,
sobre ella, ondeaba el pendón real. Al lado de la tribuna
regia se habían colocado los sitiales del gobierno y las
autoridades. El
alto clero tenía su lugar a ambos lados
del altar. El día amaneció espléndido. Hombres y mujeres
con su escapulario al cuello, miembros de todas las
Órdenes religiosas, estandartes, cruces
parroquiales, insignias de las diferentes asociaciones católicas llegadas
de toda España.
Al frente de la Comisión de las Órdenes Militares de
Calatrava, Alcántara, Montesa, Santiago y Santo Sepulcro
figuraba el presidente del Consejo y Tribunal Metropolitano
de la mismas, duque del Infantado.
Del alto clero asistieron el Nuncio de Su Santidad, el
Cardenal Primado, el arzobispo dimisionario de Manila
P. Nozaleda, los obispos de Madrd-Alcalá, de Sión, Cuenca, Málaga, Segovia,
Sigüenza, Fessea (Vicario
apostólico de Marruecos), Barcelona, Zamora, Palencia,
Guadix,
Badajoz, Calahorra, San Luis de Potosí, Ciudad
Real, Plasencia, los auxiliares de Málaga, Valladolid y Toledo, y
representantes del de Vitoria, Tenerife,
Almería y otras diócesis.
De las autoridades concurrió el Gobierno en pleno:
Maura, La Cierva, Goicoechea, González Hontoria, Silió,
Maestre, Ossorio y Gallardo, generales Santiago y Miranda. Estuvieron
también presentes el Capitán general
de Madrid; los Gobernadores militar y civil, Presidente
de la Diputación Provincial y de la Audiencia, el director
de Seguridad y varios subsecretarios y directores de
los ministerios.
El rey Alfonso
XIII,
con el uniforme de capitán general,
estaba acompañado de la Reina María Cristina y de
los infantes.
La ceremonia comenzó a las doce menos cuarto. El
Nuncio de Su Santidad bendice el monumento y, a continuación,
el obispo de Madrid-Alcalá comienza la Misa rezada. Terminada ésta, se da la
bendición papal y se
expone el Santísimo. Luego, sube el Rey al lado del Evangelio,
y teniendo delante de sí arrodillados a toda la Corte,
al Gobierno y a la representación de todo su pueblo,
en pie,
con voz enérgica y vibrante, lee el siguiente
acto de Consagración:
«Corazón de Jesús Sacramentado, Corazón del Dios
Hombre, Redentor del Mundo, Rey de Reyes y Señor de
los que dominan:
«España, pueblo de tu herencia y de tus predilecciones,
se postra hoy reverente ante este trono de tus bondades
que para Ti se alza en el centro de la Península. Todas
las razas que la habitan, todas las regiones que la
integran han constituido en la sucesión
de los siglos y a través de comunes azares y mutuas lealtades esta
gran patria española, fuerte y
constante en el amor a la Religión y en su adhesión a la Monarquía.
»Sintiendo la tradición católica de la realeza española,
y continuando gozosos la historia de su fe y de su
devoción a Vuestra Divina Persona,
confesamos que Vos vinisteis a la
tierra a establecer el reino de Dios en la paz
de las almas redimidas por vuestra
sangre, y en la dicha de los
pueblos que se rijan por vuestra santa Ley: reconocemos
que tenéis por blasón de vuestra divinidad conceder
participación de vuestro poder a los Príncipes de
la tierra, y que de Vos reciben eficacia
y sanción todas las leyes
justas, en cuyo cumplimiento estriba el orden y
la paz. Vos sois el camino seguro que
conduce a la posesión de la vida
eterna: luz inextinguible que alumbra los
entendimientos para que conozcan la
verdad y principio propulsor de
toda vida y de todo legítimo progreso social,
afianzándose en Vos y en el poderío y suavidad de
vuestra gracia todas las virtudes y
heroísmos que elevan y hermosean
el alma.
»Venga, pues, a nosotros tu Santísimo Reino, que es Reino de justicia y de
amor. Reinad en los corazones de
los hombres, en el seno de los hogares, en la inteligencia
de los sabios, en las aulas de la ciencia y de las letras y en nuestras
leyes e instituciones patrias.
»Gracias, Señor, por habernos librado misericordiosamente
de la común desgracia de la guerra, que tantos pueblos ha desangrado;
continuad con nosotros la obra de vuestra amorosa providencia.
»Desde estas alturas que para Vos hemos escogido como símbolo del deseo que nos anima que presidáis todas nuestras empresas, bendecid a los pobres, a los obreros, a los proletarios todos para que en la pacífica armonía de todas las clases sociales encuentren justicia y caridad que haga más suave su vida, más llevadero su trabajo. Bendecid al Ejército y a la Marina, brazos armados de la patria, para que en la lealtad de su disciplina y en el valor de sus armas sean siempre salvaguardia de la Nación y defensa del Derecho. Bendecidnos a todos losque aquí reunidos en la cordialidad de unos mismos santos amores de la Religión y de la Patria, queremosconsagraros nuestra vida, pidiéndoos como premio de ella el morir en la seguridad de vuestro amor y en el regalado seno de vuestro Corazón adorable. Así sea».
Al pronunciar el Rey las últimas palabras, el público
emocionado prorrumpió en vítores y aclamaciones.Dada
la bendición con el Santísimo, se dispuso la
comitiva regia a regresar al Alcázar.
Significación
del acto
El P. Zacarías García Villada, a quien corresponde el
relato precedente de los hechos, refleja con estas palabras el alcance de la
consagración del Reino de España al Corazón de Jesús:
«El acto que tuvo lugar el día 30 de Mayo [1919], fiesta del glorioso Rey San Fernando, a las puertas mismas de Madrid, constituye una de las páginas más trascendentales de la historia religiosa contemporánea de nuestra patria...
»Y es así: porque aquel acto fue un acto de acatamiento, por el que nuestro Rey, humillando su cabeza, reconocía a Jesucristo como Rey de Reyes y Señor de los que dominan; y fue un acto evocador, porque nos trajo a la memoria los tiempos de los Recaredos, de los Reyes de la Reconquista y de los Austrias; un acto de afirmación religiosa, por el que se atestigua públicamente que la realeza española ha sido profunda y constantemente católica; un acto de agradecimiento por habernos librado de la guerra la Divina Providencia; un acto de reparación en estos tiempos en que las potestades de la tierra olvidan y aún rechazan a Jesucristo y a su Representante; un acto de fe pública valiente y alentador; un acto, en fin, que España entera se consagró al Sagrado Corazón de Jesús, no aisladamente, ni en el recinto de sus iglesias y moradas, ni por medio de un personaje particular cualquiera, sino oficialmente y a la luz del mediodía, y en el centro geográfico de la Península y por medio de su Rey, rodeado del Gobierno en pleno y de toda la Corte. Desde ese venturoso día se puede decir en verdad que se ha cumplido la promesa que el Corazón divino hizo al P. Hoyos, de que reinaría en España con más veneración que en otras partes. Hoy, desde lo alto del cerro de los Ángeles, puede muy bien decir el Sagrado Corazón de Jesús las palabras esculpidas en el fuste de aquel grandioso monumento: Reino en España».
Consideraciones a posteriori
El diario El Siglo Futuro, en su «Memoria» presentada con ocasión de la Exposición Internacional de Prensa Católica celebrada en Roma en 1936, sosenía esta opinión: «¡Lástima grande que la consagración de España al Corazón Sagrado, quedara sólo en palabras y ceremonia externa!, pues en las leyes y en el Gobierno, siguió reinando el espíritu liberal del derecho nuevo, que es la antítesis del reinado de Cristo».
La actuación política de los católicos españoles durante
la Restauración canovista presenta una extremada diversidad de posturas
ideológicas (integristas de Nocedal, 1888; carlistas; conservadores de
Alejandro Pidal y
Mon; Grupo de la Democracia Cristiana de Severino
Aznar e Inocencio Jiménez, 1919; Partido Social Popular
de Minguijón, Pradera, Ossorio, 1922; etc.). El resultado
de los distintos intentos habidos, incluso con la participación de
altas personalidades eclesiásticas, de
aunar esfuerzos en la creación de un potente partido católico, concluyó en
sucesivos fracasos.
Poco a poco, se impuso la postura posibilista moderada
o liberal conservadora consistente en admitir como
mal menor un sistema como el de la Restauración, que
ya no se cuestionaba como heterodoxo. Las personas en
que se concentró la significación católica fueron personajes del régimen,
como Silvela, Polavieja o Maura, lo que evitaba una beligerancia respecto a
él, pero al mismo tiempo se impedía toda movilización pública de los
católicos ante el temor de resurgimiento de actitudes
«ultramontanas». Se trataba, explícitamente, de adquirir
para la legalidad alfonsina el voto de la inmensa mayoría
del pueblo.
La gestación del tradicionalismo alfonsino supone, el
caso español, de la asimilación de las posturas tradicionales de raíz
cristiana al orden individualista de los Estados.
Nos hallamos, pues, en los comienzos de la democracia
histórica en España.
1. El panorama político
La preocupación insistente de los católicos durante el
reinado de Alfonso
XIII
(1914-1931) se centraba en el sindicalismo obrero industrial y agrario; la
cuestión de
la prensa y editoriales de institutos religiosos; la libertad
en la enseñanza, etc., con el ya tópico problema de las
dos Españas
como trasfondo sustancial del debate, pues
lleva implícita cada concepción unos determinados cánones y principios:
ordenar el Estado y la vida pública
del país según
los principios católicos tradicionales o
compaginar éstos con el llamado «Derecho nuevo».
José Ortega y Gasset (1883-1955), el 23 de marzo de 1914, en una conferencia
que pronunció en el Teatro de
la Comedia de
Madrid, decía: «Estamos ciertos de que
un gran número de españoles concuerdan con nosotros
en hallar ligada la suerte de España al
avance del liberalismo». Y, a continuación, explicaba lo que entendía por
liberalismo: «Aquella emoción
radical, vivaz siempre en la
historia, que tiende a excluir del Estado toda influencia
que no sea meramente humana, y espera, siempre y
en todo orden, de nuevas formas
sociales mayor bien que de las
pretéritas y heredadas».4
El período político que va de 1913 a 1923 es conocido
como la «Época de los idóneos» —los gobernantes que siguieron al frente del
régimen de la Restauración
sin ansia ninguna de innovacón— como hombres
acomodaticios, carentes de inquietudes, incluso oportunistas.
La crisis de 1917 dejó al régimen maltrecho y el
país quedó en
manos de sucesivos gobiernos de coalición
de gran inestabilidad. Los viejos partidos iban desintegrándose
paulatinamente y cayendo más y más en la forma de clientelas personales, en
que importaba más el nombre que la idea.
A partir de abril de 1919 y hasta julio de ese mismo año quien ejerció el
poder fue Antonio Maura, liberal-conservador,
al frente de un gabinete exclusivamente
compuesto por sus seguidores. Su pretensión, al menos
en teoría, fue haber constituido un
Gobierno de carácter nacional
sin sentido partidista, pero ni era así, ni a pesar de todo el gabinete tuvo
el grado imprescindible de unidad. El maurismo estaba representado en
el Gobierno por dos figuras señaladas:
Antonio Goicoechea y De la Cierva. Los liberales se mostraron
particularmente indignados ante lo que juzgaban como muestras inapropiadas
de un extremado clericalismo actuaciones gubernamentales,
como, por ejemplo, la consagración de España al Sagrado Corazón de Jesús.
Melquíades Álvarez afirmó que la declaración ministerial era un insulto a
la opinión liberal y democrática.
2. El derecho nuevo
Al término del
V
Congreso Católico de Burgos (1899),
la solemne declaración de los obispos participantes afirmaba:
«Una vez más, que nuestra aspiración constante
es el restablecimiento de la unidad católica, gloria antes
de nuestra patria,
y cuya ruptura es origen de muchos males;
declaramos asimismo que deploramos todos los errores condenados por el Vicario
de Jesucristo en sus constituciones, encíclicas y alocuciones, especialmente
los comprendidos en el Syllabus,
y todas las libertades de
perdición hijas del llamado derecho nuevo o liberalismo,
cuya aplicación al gobierno en nuestra
patria es ocasión de tantos pecados,
y nos condujo al borde del abismo».
El «Derecho nuevo» es el derecho público inspirado en el naturalismo
político, que pretende organizar la sociedad humana con independencia del
orden sobrenatural.
Nace de una filosofía, la que niega lo divino, y sustituye
por el orden inmanente de la naturaleza la acción y
la voluntad
personales de Dios. Lo esencial de los inmortales
principios, es esto: el pueblo soberano dictando
e imponiendo su voluntad. De donde resulta que
entre los hijos de la Revolución y los
del Cristianismo, el choque es
inevitable, y la querella, al mismo tiempo que política, teológica.
La Ilustración entiende que las leyes son las relaciones
necesarias que se derivan de la naturaleza de las cosas. Así, la
Enciclopedia define la ley, en general, como
la razón humana, en tanto que gobierna todos los pueblos
de la tierra; y las leyes políticas y civiles de cada
nación no deben ser más que los diversos
casos particulares en que se aplica esa razón humana.
El liberalismo de Spinoza fue, históricamente, la versión
más originaria y auténtica que inspiró el constitucionalismo
político occidental. El Tractatus theologico-politicus
entiende por derecho natural: «... las leyes de la
naturaleza individual, según las cuales concebimos a cada
individuo determinado naturalmente a existir y a obrar
de un modo dado... El poder de la naturaleza es, en efecto,
el poder mismo de Dios que ejerce un derecho soberano
sobre todas las cosas, pero como el poder universal
de toda la
naturaleza no es sino el poder de todos los
individuos reunidos, resulta de aquí
que cada individuo tiene un
cierto derecho sobre todo lo que puede abrazar, o en otros términos,
que el derecho de cada uno se extiende
hasta donde alcanza su poder».
Así pues, el derecho con que obligan las leyes del
Estado a los
ciudadanos no procede de que las leyes se
inspiren en el orden natural por Dios
establecido, y en el orden
sobrenatural si el Estado se reconoce
cristiano,
sino en
la misma voluntad y fuerza del Estado, al cual
compete en última instancia juzgar del
bien y del mal, es decir, de lo que es conveniente o inconveniente
para la sociedad.
León
XIII
señala con clarividente precisión los principios
fundamentales de este derecho constitucional
moderno (Iamórtale Dei): «... el principio supremo de
este derecho nuevo es el siguiente: todos los hombres, de
la misma manera
que son semejantes en su naturaleza
específica, son iguales también en la vida práctica. Cada
hombre es de tal manera dueño de sí
mismo, que por ningún concepto está sometido a la autoridad de otro.
Puede pensar libremente lo que quiera y
obrar lo que se le antoje en
cualquier materia. Nadie tiene derecho a mandar
sobre los demás. En una sociedad fundada sobre estos principios, la
autoridad no es otra cosa que la voluntad
del pueblo, el cual, como único dueño de sí mismo, es también el
único que puede mandarse a sí mismo... Queda en silencio el dominio divino,
como si Dios no existiese o no se
preocupase del género humano, o como si los hombres, ya aislados, ya
asociados, no debiesen nada a Dios, o
como si fuera posible imaginar un poder
político cuyo principio, fuerza y
autoridad toda
para
gobernar no se apoyaran en Dios mismo.
De este modo, como es evidente,
el Estado no es otra cosa que la multitud
dueña y gobernadora de sí misma. Y como se afirma
que el pueblo es en sí mismo fuente de
todo derecho y de toda
autoridad, se sigue lógicamente que el Estado no se
juzgará obligado ante Dios por ningún
deber; no profesará públicamente religión alguna... De aquí nacen una
libertad ilimitada de conciencia, una
libertad absoluta de cultos, una
libertad total de pensamiento y una libertad
desmedida de expresión»
3. La cuestión de la Democracia Cristiana
San Pío
X,
en la encíclica Notre charge apostolique
(1910) advertía: «Lo que una vez más queremos
afirmar... es que hay error y peligro en
atar sistemáticamente el
catolicismo a una forma de gobierno; error y peligro que son
más
graves cuando se cifra la religión en un género de democracia cuyas
doctrinas son erróneas».
El análisis detenido de las ideas y mentalidades de los
dos primeros
decenios del siglo xx se presume fundamental
para comprender la complejidad de actitudes políticas
futuras derivadas del catolicismo liberal.
El doctor Canals
define con precisión el alma de esta
ideología: «Lamennais, patriarca de la democracia cristiana,
confunde la acción redentora de la Iglesia —dirigida
a la salvación de las almas, y que presente en el
mundo histórico, civiliza a los pueblos
evangelizando— con la tarea de la instauración en el mundo de una democracia
reñida con la naturaleza del hombre».7 «Cierto
error de perspectiva humanista y liberal que, aun transigiendo,
por decirlo así, con el reconocimiento de la divinidad de la Iglesia, afirma
con énfasis la autonomía de
lo humano, ha influido en el establecimiento de un dualismo,
que no tiene fundamento escriturístico ni tradicional.
Según esta concepción, la Iglesia es todavía para
muchos sólo una determinada estructura
social y jerárquica, frente a la cual está la humanidad, aun la cristiana,
con sus dimensiones culturales y político-sociales.
Pero para el cristiano la Iglesia es el
Pueblo de Dios; el Pueblo de Dios que se salva, aún en orden a lo
eterno, por la penetración por la
gracia misma de todas las dimensiones
de lo humano. Así el Pueblo de Dios es la
comunidad cristiana en su curso
histórico.
»... en este horizonte de un cristianismo político-democrático,
el mensaje redentor tiende a reducirse a un
evangelio social en que se olvide
prácticamente la verdadera
divinidad de Cristo, y que por otra parte desintegra poderosamente, y
aún combate activamente, todas las
estructuras naturales y sobrenaturales propias de la tradición
y del progreso cristianos».
Los postulados de la filosofía democristiana o «humanismo cristiano» se
fundamentan en la total separación de la esfera sobrenatural y natural, lo
que implica, en el plano político, la secularización del Estado. Este
tiene su misión específica, particular y, aunque existen
relaciones con la Iglesia, el Estado no debe confesar la fe
católica porque la meta es natural exclusivamente.
Rechazan
la realidad del orden sobrenatural en el orden
político. Predican una política capaz de
ser cubierta por la fe de los
hombres y capaz de ser dirigida por cristianos,
pero no capaz de ser transfigur.
El
democratacristiano niega una
sacramentalización de la
sociedad, su conversión en un orden públicamente cristiano.
La institución y las leyes pueden ser «inspiradas» por la fe, pero
nunca ser católicas. La Encarnación se
aplica solamente a los hombres y nunca a sus instituciones cuando según la
Tradición y el Magisterio, se aplica a toda la Creación, y esto incluye a la
comunidad política también.
Todas las cosas encuentran y participan en la Redención de Nuestro Señor. Se
trata de una visión muy
restringida y tímida de la Redención. Significa desconocer la gloria,
el honor y la belleza de la herencia católica hispana en toda su visión.
Significa falsear el consejo que dejó San Pablo a los corintios: Omnia in
gloriam Dei
facite.
Consagración
de las familias al Sagrado Corazón de Jesús
Benedicto XV: Discurso a los Directores y Celadoras del A. de la O. y de la Consagración de las Familias al S. C. de Jesús (22 de junio de 1919)
Bien ha leído en Nuestra mente quien ha descubierto
en ella el propósito de «proteger, estimular
y, casi diríamos, hacer Nuestra la obra de
la consagración de las familias al Sagrado
Corazón de Jesús». Repetidas veces
hemos dicho que quisiéramos ver por
todos reconocido el reinado social de
Jesucristo, y puesto que la sociedad se
compone de familias, ¿no es, por ventura la
consagración de éstas al Corazón Divino el medio más eficaz para extender
y propagar aquel tan anhelado reinado
social?
... la casa consagrada al Divino Corazón se convierte en morada de la fe, de la caridad, de la oración, del orden, de la paz doméstica. La vida entera de la familia consagrada al Divino Corazón ha de desenvolverse a la sombra de este celestial patrocinio. En el Corazón de Jesús hallarán fortaleza los ancianos y prudencia los jóvenes, consuelo los afligidos y paciencia los enfermos; al Corazón de Jesús han de acudir las madres en sus pesares y los padres en sus angustias por el incierto porvenir de su familia. ¿Se comprende ahora cómo todo esto supone frecuentes reuniones de la familia a los pies de la imagen de Jesús para confirmarse en el camino recto de la salvación o para obtener el bálsamo del consuelo en medio de las tribulaciones, gracias a la oración hecha en común?
Tomado de la Revista Cristiandad, Mayo-Junio de 1998 - Año LV, Nº 803-804, p. (115) 27