DIOS LO QUIERE
Si algo hay cierto, indudable en las orientaciones emanadas del
Magisterio Docente de la Iglesia, es que la
Iglesia, los Papas, esperan la salvación del mundo, víctima
de sus mismos pecados y abominaciones, de la devoción
al Sagrado Corazón de Jesús.
El día 25 de mayo de 1899, el Papa León XIII, recordaba actos de sus Predecesores para honrar el Corazón Sagrado, de Jesús y por su parte ordenaba la consagración del género humano al mismo Sagrado Corazón y manifestaba su fe con las palabras tantas veces repetidas: que la cruz en los primeros tiempos de la Iglesia apareció al Emperador Constantino como promesa de Victoria; y que en estos tiempos se presenta el Corazón de Jesús: "In eo omnes collocandae spes: ex eo hominum petenda atque expectanda salus".
En El se ha de colocar toda esperanza; a El se ha de pedir y de El se ha de esperar la salvación.
El día 8 de diciembre de 1864, el Papa Pío IX, víctima insigne de la Revolución, publica el "Syllabus" y firma la carta "Quanta cura", que es su justificación y presentación.
Era la declaración de guerra contra los errores de la Revolución que gangrenaba el mundo; era el manifiesto de los defensores de la Ciudad de Dios contra el ejército del mal.
En aquella ocasión solemnísima, una de las más solemnes de la historia moderna, el Papa acude al Sagrado Corazón, con estas palabras: "Pidan todos sin intermisión y con fuerza al Corazón dulcísimo de Jesús víctima de amor ardentísimo para con los hombres, para que con los lazos de su amor, arrastre todas las cosas hacia Sí, y para que todos los hombres, inflamados en el amor suyo santísimo, procedan según su corazón".
Estas palabras confiadas no son una excepción, forman como un eslabón de la cadena que nos guía hasta la carta: "Miserentissimus Redemptor" del Papa Pío XI, en 8 de mayo de 1928.
La voluntad de los Papas es evidente; se ha manifestado en tantas ocasiones, en documentos tan graves, que sería mal hijo de la Iglesia quien sobre este particular pusiera duda.
Se ha dicho que la devoción del Corazón de Jesús es tan antigua como el Cristianismo.
Esta afirmación puede ser verdad y puede ser inexacta. Es verdad que, desde el primer momento del Cristianismo, el amor a Cristo y el deseo de corresponder a sus trabajos y reparar por las ofensas, ha sido un carácter distintivo de los cristianos.
Todos los creyentes, a través de la Historia, tienen un mismo aspecto familiar como los caracteres distintivos de una raza o de un pueblo determinado. Todos aman a Jesucristo, todos se sacrifican por El y por su causa ofrecen los bienes de fortuna: se entregan al trabajo, dan su sangre.
Las expresiones candentes de San Pablo se parecen a los encendidos deseos de martirio de San Ignacio Mártir. Escuchamos en las palabras de los mártires de nuestros días, un eco de los mártires de la primitiva Iglesia; y desde hace siglos los fieles cristianos leen y comprenden
la Imitación de Cristo y se entusiasman con sus palabras encendidas.
A través de los tiempos y los espacios, se mantiene viva la misma llama, el mismo amor, el mismo deseo de reparación.
Pero hay algo nuevo, enteramente nuevo en la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, porque algo nuevo ha sucedido en el mundo que justifica una intervención extraordinaria de Dios en el curso de la Historia.
Es algo nuevo el símbolo del Corazón, la promesa de reinar en el mundo precisamente por este Corazón.
Tan pronto como esta señal se levanta en alto, es señal de contradicción de los taimados jansenistas; es perseguida por muchos que se llaman sabios; contradicen potestades seculares; y, como afirma el Obispo Torras y Bages: "la Revolución fue su enemiga declarada porque un poderoso instinto le hacía conocer que era la que debía acabar con ella". (Torras y Bages. Discurso sobre la influencia social que la devoción al Sagrado Corazón de Jesús está destinada a ejercer en los tiempos modernos. III).
Estas palabras del Obispo de Vich, nos llevan como de la mano a decir algo sobre la segunda afirmación que hemos establecido, esto es, que tiempos nuevos exigen nuevos remedios para sus males.
Dice muy bien el Obispo de Vich, que la Revolución fue enemiga de la devoción al Sagrado Corazón y no dice la Revolución francesa, sino sencillamente la Revolución ; porque fue la Revolución francesa el comienzo, no el fin; fue el primer eslabón de la cadena que se alarga indefinidamente con tantas revoluciones como países hay en el mundo. La Revolución continúa, y el mundo vive bajo la influencia de aquella constelación funesta.
Dice el Sagrado Corazón a Santa Margarita María, y los Papas lo repiten, que para esta nueva edad, para estos tiempos nuevos, estaba reservada la nueva devoción. Que sean estos tiempos en que vivimos enteramente NUEVOS: ¿quién podrá ponerlo en duda?
Figurémonos por unos breves momentos que los Apóstoles emprenden de nuevo la evangelización del mundo paganizado por la Revolución.
Sabemos perfectamente por los Hechos de los Apóstoles, por las Cartas de San Pablo y por las Apologías de los primeros escritores cristianos, de qué manera los Apóstoles se introducían en la mente y corazón de sus oyentes.
¿Estaba el auditorio formado por judíos? Pues entonces las promesas mesiánicas, todo el Antiguo Testamento daba materia para penetrar en las inteligencias de sus oyentes y despertar el entusiasmo en su corazón.
¿Estaba el auditorio formado por gentiles? Entonces, tenían ante sus ojos unos hombres que tenían tantos dioses, que con sus estatuas podían jalonar sus avenidas y dedicar un ara al dios Desconocido. Aquel auditorio tenía fe en Dios y podía decir el Apóstol: "In ipso vivimus, et movemur et sumus" (Act. Apos. 17,28). No negaban la existencia del pecado; admitían la necesidad de la satisfacción; habían contemplado las flagelaciones y mutilaciones de los sacerdotes y adoradores de las divinidades importadas del Oriente misterioso; muchos habrían sido purificados con sangre en la horrible ceremonia del tauróbulo.
Parte de aquel mundo creía en las promesas de salud hechas por los profetas; todos creían en los dioses, en el pecado, en la necesidad de la satisfacción, en la eficacia redentora de la sangre.
Era como una grande corriente de agua que podía ser aprovechada para mover el molino de la predicación evangélica.
Pero en nuestros días: ¿ Cómo se introduciría el Apóstol en el ánimo de los modernos paganos?
Ya no levantan aras al Dios Desconocido, porque Dios, o no existe, o no interviene para nada en el gobierno del mundo, o nada podemos saber de él, porque no existe puente entre nuestras ideas y las realidades que están fuera de nosotros. Nos hemos de encoger de hombros; es el agnosticismo.
¿Queréis algo más anticuado que hablar del pecado? El pecado es imposible, porque el hombre no está sujeto ni puede estarlo a ley alguna; y si el mismo Dios, dado que existiese, se presentase en forma visible, la primera obligación del hombre sería negarle la obediencia. (Dict. Apolog. "Laicisme" Col. 1783).
¿ Invocaría el Apóstol los derechos de la Moral ? Se le respondería con las palabras de Lenine: "Nosotros rechazamos toda moral que no tenga por principio la lucha de clases. Creemos que la moral está absolutamente identificada con los intereses de la lucha de clases por el proletariado. Nuestro gran principio es éste: MORAL ES TODO LO QUE SIRVE PARA DESTRUIR LA ANTIGUA SOCIEDAD DE EXPLOTADORES" (Lenine. En el III Congreso de la Juventud Comunista. Citado por Etudes. 5, XI, 1936).
¿Les hablarán de las grandes esperanzas de felicidad, de la inquietud del corazón que nos dice siempre: MAS ALLÁ? Para el mundo sin Dios y sin alma no hay más felicidad que la felicidad de los sentidos, ni más inquietud que carecer de los medios para satisfacer las pasiones de la bestia. El "infelix ego homo" del Apóstol, no tiene sentido para la generación neopagana, el más grande enemigo del Cristianismo en todos los tiempos de su historia.
La separación brutal del ser humano y del ser religioso, tiene por fundamento la autonomía de la razón que ha sido formulada con estas lapidarias palabras: "EXTINCTIS DIIS, EXTINCTO DEO, SUCCESIT HUMANITAS".
Y si queréis expresarlo con palabras de blasfemia nos lo formulará Marie Jean Flourens: "Nuestro enemigo es Dios, y el odio a Dios es el principio de la sabiduría" (Descocs-Praelectiones Theologiae Naturalis II, pág. 446).
Los tiempos torturados con estas blasfemias, son de verdad tiempo nuevos, los investigadores no los hallarán en las edades remotas; es necesario llegar a la Revolución. Son los tiempos nuevos para los cuales ha reservado Dios, como un nuevo Pentecostés, la devoción del Sagrado Corazón.
¿Quedará frustrado el plan de Dios? ¿Podrá la Revolución impedir la divinización del hombre por Jesucristo? Nos dice nuestro Redentor que reinará a pesar de sus enemigos, y que reinará por su Corazón. Esta promesa verdaderamente extraordinaria, la Iglesia, maestra de prudencia, la admite, la predica, funda en ella sus esperanzas "omnes collocandae spes", como dice León XIII; llama a todos los cristianos para que se consagren a este Corazón ; bendice a los que trabajan para extender este reinado de amor.
Como un nuevo Pentecostés, el mundo se salvará por la devoción al Sagrado Corazón, porque así Dios lo quiere, así lo ha manifestado y ¿quién osará pedir a Dios las razones de sus designios?
Con todo, humildemente podemos recordar palabras evangélicas. Grande misterio tendría el Corazón traspasado en la cruz cuando el Evangelista, testigo de vista, lo testifica con tanta energía y también nos dicen cómo todo debemos esperarlo del Corazón de Jesús unas palabras dichas por el Maestro en ocasión solemnísima y que comenta ampliamente la revista "Verbum Domini", del Instituto Bíblico, vol. 21, N. 12. Dic, de 1941, pág. 327.
El Evangelista San Juan nos presenta a Jesús envuelto en discusiones ásperas durante la fiesta de los Tabernáculos. "En el (último día de la fiesta, que es el más solemne, Jesús se puso en pie y en alta voz decía: "Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. Del seno de aquel que cree en mí manarán, como dice la Escritura, ríos de agua viva." (Joan, 7,37,38).
La palabra griega koilia significa corazón y en este sentido comenta el Cardenal Toledo: "El corazón significa el interior del hombre. Se le da el Espíritu Santo fuente viva del cual proceden innumerables ríos que son los dones y las virtudes."
Ahora bien; es evidente que el corazón del creyente nada puede dar de sí; sólo puede comunicar algo de lo que ha recibido de la plenitud que es Cristo. (Joan, 1, 16). "Et de plenitudine ejus omnes nos accepimus".
Largo sería, y está en la memoria de todos, citar los textos en que Jesucristo dice que El da el agua que apaga la sed. (Joan 4, 14).
Por tanto, y sin más comentarios, podemos asegurar que es el Corazón de Cristo la fuente manantial de la cual derivan los ríos que llevan a todos los creyentes la salvación, la santidad. Es el nuevo Pentecostés de la gracia.
¿ Pues qué será si admitimos que el texto citado se refiere a Cristo y que debe leerle así, como ampliamente y con abundante documentación lo demuestra H. Rahner en el artículo citado?
"Quien tenga sed venga a mí
y beba quien crea en mí.
Como dice la Escritura, de su corazón
manarán ríos de agua viva.
Reproducir la documentación patrística en que apoya su puntuación, nos llevaría muy lejos de nuestro intento; siempre será verdad que es el Corazón de Cristo la fuente de todas las gracias de santidad para los creyentes.
Si queremos penetrar en los designios de Dios al dirigirnos hacia el Corazón del Verbo Encarnado, hallaremos la respuesta en las palabras del Maestro: "Mat. 11, 25) "Abscondiste haec a sapientibus et prudentibus et revelasti ea parvulis".
Exige Dios la humildad; humildad en la recepción de los sacramentos; humildad en la oración; humildad en esperar la salvación' de un Corazón de carne: "Visus, tactus, gustus in te fallitur Sed auditu solo tuto creditur".
Sabemos que este Corazón de carne está unido personalmente con el Verbo; pero esta misma fe: ¿no es un acto de humildad ?
Agradezcamos la condescendencia de Dios nuestro Señor, el cual se digna acomodarse a nuestra manera de ser. Compuestos de materia y espíritu, necesitamos señales sensibles para conocer la acción interna de la gracia.
En esta nueva edad del mundo, tenemos necesidad de un nuevo símbolo de redención; "el Corazón de Jesús oprimido con la cruz, envuelto en llamas. En Él todas nuestras esperanzas, a Él se ha de pedir y de Él se ha de esperar la salvación", como escribió León XIII en un momento solemne de la Historia, al fin del siglo XIX, que iba a su ocaso, dejando abierta la puerta a la Revolución, agravada por la lucha de clases.
Juan Serrat, S. J.