La Era del Corazón de Jesús
"¡Hasta cuándo, Señor, te esconderás siempre! ¿Dónde quedan tus antiguas misericordias, las que prometiste a David con tu palabra siempre veraz'!
¡Advierte, Señor, el oprobio de tus siervos!
Mi corazón lleva la cuenta de los escarnios que nos vienen haciendo.
¡Qué de improperios, oh Dios, han ido acumulando las naciones y los imperios al paso de tu Cristo!
¡Bendito Seas, Señor, por siempre!
Amén. Amén. (Ps. 89, 47-53)
Tales eran los lamentos de los judíos en su cautiverio de Babilonia: ¿y quién sabe si estos !amentos se escaparían de los labios de David en el momento en que recibió la visita del ángel? En aquel entonces el pueblo de Dios había perdido toda esperanza humana de salvación.
La situación del nuevo pueblo de Dios en este momento es parecida a la de su antiguo pueblo cautivo en Babilonia.
Hace más de cinco siglos que ese Reino de Jesucristo que aspira a fundar en la tierra y que es el único que puede hacer en ella la paz, es batido en brecha por una coalición cada día más poderosa de las pasiones humanas.
La rebelión contra la autoridad del Hombre Dios se ha hecho general y triunfa en todas partes. Ya no es una sola nación, no es ya un solo continente, es el llamado espíritu moderno que pretende emanciparse a todo trance de aquella autoridad.
Los que no sucumben, titubean.
La fe vacila hasta en las almas de los que han conservado ciertas prácticas religiosas, y el espíritu cristiano se halla profundamente alterado en muchos de los que conservan aún las apariencias de la piedad.
¿Triunfarán nuestros enemigos?
Como los discípulos que encontró Jesús en el camino de Emaús hallamos que el tiempo de prueba es demasiado largo y nos parece que debiera haber llegado ya la hora de la salvación. Se nos había hecho concebir la esperanza de que la definición dogmática de la Inmaculada Concepción de María sería el término de nuestros males, y, sin embargo estos no han hecho más que ir en aumento desde aquel gran acto. Se nos había presentado la devoción al Corazón de Jesús como el principio de nuestra regeneración, y, desde que esta devoción ha sido conocida en el mundo, ha ido en espantosa progresión la decadencia. ¿No han sido pues ilusorias nuestras esperanzas? y, ¿si son fundadas, cuándo llegará el día en que comiencen a realizarse?
Muchas veces se nos ha dirigido esta pregunta
por cristianos que tendrían a dicha el saber esperar. 0tros han tomado su
partido: se han resignado a no esperar nada aquí abajo, y no comprenden cómo
puede ser que no participemos de su desesperación. Os engañáis, nos dicen,
prometiéndoos que ha de llegar para la tierra un triunfo de la verdad y de la
justicia que únicamente puede tener lugar en el cielo (...). Dirijamos, pues,
nuestras esperanzas hacia la eternidad y démonos por satisfechos con que Dios
nos conceda aquí abajo algunos momentos de calma entre las tempestades.
Continuemos pidiendo que llegue el reino de Dios en la tierra, como en el
Cielo, mas al pedírselo resignémonos a que no llegue este reino sino en la
gloria.
Aun respetando a los que hablan así, no podemos estar de acuerdo. Como ellos,
ponemos en el cielo la mayor parte de nuestras esperanzas, pero al propio tiempo
aguardamos también con firmísima confianza ese Reino de Dios en la tierra que
está pidiendo la Iglesia dieciocho siglos hace y que han anunciado los santos. Y
no solamente no vemos nada en los acontecimientos actuales que pueda hacemos
vacilar en nuestras esperanzas, sino que, por el contrario, hallamos en esos
mismos acontecimientos poderosos motivos para alentárnoslas.
¿Han olvidado la gran ley de la historia formulada por San Pablo, que Dios deja a los hombres sumergirse en la incredulidad a fin de glorificar en todos su misericordia? (Rom. XI, 32). ¿Se dirá acaso que esta ley se refiere tan sólo a la sociedad antigua? No, porque la conducta de la Providencia sobre el nuevo pueblo ha sido precisamente la misma. Sería necesario citar toda la historia para señalar todas las circunstancias en que las grandes misericordias han coincidido con las grandes pruebas. No, pues, sin fundamento debemos esperar que Dios reserve el mayor de sus triunfos a la Iglesia en el siglo en que sufre el ataque más universal y más violento que ha experimentado desde que existe, pues si la Iglesia en su existencia secular debe reproducir todas las fases de la vida mortal de su divino Fundador, nunca estaremos más cerca de la resurrección que el día en que la veamos crucificada y espirando en el Gólgota. El Padre eterno prometió a su Hijo que todos sus enemigos se verían obligados, los unos después de los otros, a servirle de peana y, hasta el día de hoy, esta promesa se ha cumplido al pie de la letra. Los perseguidores de los tres primeros siglos, los herejes de los siguientes, los enemigos todos de la Iglesia, en una palabra, han servido de peana a Jesucristo en cuanto sus ataques han dado por resultado el hacer más glorioso el triunfo de su Iglesia. ¿Y se exceptuará tan sólo de esta ley el racionalismo, que es el más encarnizado de sus enemigos? ¿Únicamente él alcanzará en el tiempo una victoria que no tendría compensación? más que en la eternidad? Mas, entonces, ¿cómo serviría de peana a Jesucristo? ¿Y porqué estaría dispensado de glorificar en la tierra a Aquel cuyo imperio terrestre habría arruinado, y que es el rey de la tierra y del cielo?
Lo que sí sería contra todas las analogías, contra todos los precedentes
históricos, es lo que parecen aguardar aquellos hermanos nuestros que se hallan
en la actualidad desalentados, a saber, que el remedio milagroso que nos ha sido
prometido nos fuese aplicado antes de que hubiese llegado al último límite. Dios
se complace en instruirnos por nuestra misma experiencia y en enseñamos la
humildad por el exceso de nuestras miserias. Cuando quiere realizar esas grandes
obras, a las cuales se llama en las Sagradas Letras los cambios de la derecha
del Altísimo, aguarda a que se haya puesto completamente de manifiesto la
impotencia humana. "Cuando Dios, dice Bossuet, quiere demostrar que una obra es
toda de su mano, lo reduce todo antes a la impotencia y a la desesperación,
después de lo cual obra", Dejemos, pues, que las tinieblas se condensen, y
esperemos más confiadamente en la vuelta de la luz; dejemos a las almas
rebeladas contra Jesucristo, sumergirse en errores más y más vergonzosos, y a
los pueblos que están en guerra con la Iglesia, girando de revolución en
revolución. Todo esto sirve para la gran demostración de que Dios desea dar al
mundo el reino de Jesucristo, y de la necesidad de su Iglesia; pues cuanto más
se amontonan ruinas sobre ruinas, más manifiesta aparece la necesidad de los
cimientos.
Así pues, lejos de desalentamos los errores y los desórdenes de nuestros
tiempos, no hacen más que aumentar nuestra esperanza. Sí, confiamos que llegará
el momento, y que no está lejos, en que, la sociedad, amaestrada por la
experiencia e instruida, acaso también, por los azotes de Dios, comprenderá que
debe hallar en Jesucristo sus verdaderos adelantos, la paz y la dicha, que ha
por tanto tiempo y siempre en vano buscado fuera de El. La sociedad se salvará
el día en que comprenda esta verdad, que cada día se muestra más evidente.
Entonces empezará la era del Corazón de Jesús. Y no será ni la edad media
emponzoñando con sus costumbres semibárbaras el brillo de su ardiente fe, ni el
mundo moderno con su incredulidad y su indiferencia, mal compensadas con la
finura de sus costumbres, sino que será un mundo nuevo, el mundo de Jesucristo.
¡Ah, si los cristianos rezasen con más fe y fervor esta súplica que tan a menudo repiten: Venga a nosotros tu reino! Si todos juntos, cien veces al día y sin cansarse nunca, pidiesen ese advenimiento del reino del Corazón de Jesús sobre la tierra, acabarían por vencer la resistencia que le opone el infierno.
Ya ese divino Corazón es a quien debemos sobre todo dirigimos para alcanzar ese triunfo de su amor. No omitamos nada de lo que creemos que puede moverle. Hagan los simples fieles la promesa de honrarle mejor y de unirse más a menudo a él en la santa Eucaristía. Oblíguense los sacerdotes a dar más solemnidad a su culto. Supliquemos a nuestros ilustrísimos prelados que le consagren sus diócesis y hagan celebrar con más ostentación su fiesta, y el Señor se dejará al fin mover por estos homenajes al Corazón de su Hijo tributados, acortará para nosotros, como para Daniel, los años del cautiverio y apresurará la efusión de sus misericordias. La vida vencerá a la muerte y, del caos que en este momento entristece nuestros ojos, saldrá, no lo dudemos, el orden más hermoso que haya contemplado nunca la tierra.
E. Ramière
Fragmentos de "Le Règne Social du Coeur de
Jesús".