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Fundamentos de la teología del Sagrado Corazón Philippe Jobert
Ella había sido cerca de León XIII la mensajera del deseo divino de la consagración del mundo al Sagrado Corazón. Esta Consagración, celebrada el 9 de junio de 1899, había sido anunciada por la encíclica Annum Sacrum del 25 de mayo precedente. Este documento con sumo cuidado establece las bases doctrinales de la consagración. En efecto, un problema teológico se planteaba. La biografía de María Droste nos manifiesta que su súplica al Papa la expuso en estos términos: «Se podrá encontrar raro que Nuestro Señor pida esta consagración del mundo entero, y no se contente con la consagración de la Iglesia católica». León XIII entendió presentar la consagración como una aplicación de la Tradición católica, haciendo abstracción de la revelación privada que había tenido lugar. Encargó, pues, al Cardenal Mazella, S J. prefecto de la Congregación de ritos, examinar la cuestión. Este es el resultado de este trabajo exegético y teológico que se puede leer en la encíclica: (Jesucristo) es el príncipe y el soberano Señor, y no solamente sobre las naciones católicas que extiende su imperio; no es solamente sobre los hombres purificados por el agua del bautismo y que, atendiendo al derecho, pertenecen a la Iglesia, aunque les separen de ella opiniones erróneas, o que la discordia les aparte de su amor. El poder de Cristo llega también a todos aquéllos que viven fuera de la fe cristiana; es pues una verdad incontestable que todo el género humano está bajo la potestad de Jesucristo. Aquél que es el Hijo único de Dios Padre, que tiene su misma sustancia, que es el esplendor de la gloria y la figura de su sustancia (Hbr. 1-3), necesariamente lo posee todo en común con el Padre; tiene por lo tanto poder soberano sobre todas las cosas. Por esta razón, el Hijo de Dios, dice de sí mismo por boca de su profeta: Por mí, por mí yo he sido establecido rey sobre Sión, la montaña santa. El Señor me ha dicho: Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy. Pídeme y te daré las naciones en herencia, y te haré poseer hasta los extremos de la tierra. (Ps. II, 7-8). Con estas palabras declara que ha recibido de Dios el poder tanto sobre la Iglesia universal, representada por el monte de Sión, como sobre el resto de la tierra hasta los más lejanos límites. En cuanto a la base de esta soberanía poderosa, estas palabras: Tú eres mi Hijo lo explican suficientemente. Pues por el hecho mismo de que El es hijo del Soberano de todo lo que es, es el heredero de todo el poder universal: de ahí estas palabras te daré las naciones en herencia y las palabras parecidas de la epístola a los Hebreos: el Hijo que ha hecho heredero de todas las cosas (Hbr. I. 2). Acerca de la autoridad de los profetas y de los apóstoles, la encíclica invoca las palabras de Nuestro Señor afirmando su realeza ante Pilatos (IHo. XVIII, 37) y concretando la universalidad de esta realeza ante sus apóstoles: Todo poder me ha sido dado en el cielo y en la tierra (Mt. XXVIII. 18). Poder que ha ejercido mandando a sus apóstoles a enseñar a bautizar a todas las naciones (Mt. XXVIII, 19). Este poder que Nuestro Señor posee como Hijo de Dios por derecho de nacimiento, lo tiene además por derecho adquirido entregándose para la redención de todos (I Tim. II, 6) que ha arrancado del poder de las tinieblas (Col. I, 13) de modo que todos los hombres son para El un pueblo conquistado (I, Pet. II, 9). Para explicar como los infieles caen bajo el dominio de Jesucristo, la encíclica recurre a Santo Tomás (Después de haber citado a San Agustín como testigo de la traducción patrística sobre la universalidad de la salvación). A propósito del poder judicial de Cristo, Santo Tomás distingue aquéllos que le están sometidos quantum ad executionem potestatis, es decir, los fieles, y aquéllos que les están sometidos solamente quantum ad potestatem, es decir, los infieles, que son sus súbditos pero se le resisten. La consagración es el reconocimiento voluntario de pertenecer a Dios. Los fieles lo cumplen por sí mismos, y como el Papa es el Vicario de Jesucristo, tiene el poder de consagrar los infieles al Sagrado Corazón. Esta exposición doctrinal, tan densa y firmemente estructurada, suscita ciertamente admiración, invita también a escrutar las profundidades del misterio que evoca. Nosotros nos proponemos pues precisarlo más, si es posible. León XIII apela al derecho de nacimiento y al derecho adquirido por Cristo sobre todos los hombres, haciendo referencia al amor infinito de Jesucristo cuyo símbolo es su Sagrado Corazón, o mejor dicho su expresión. En efecto ¿qué es sino el corazón, la inteligencia, y la voluntad las sedes del amor? El Corazón de Dios es Dios mismo, es la Persona divina encarnada de Cristo, Inteligencia y Voluntad subsistente, que conoce y ama divina y humanamente.
La creación fundamento de «derecho de nacimiento» de Cristo sobre todos los hombres
El término jurídico just nativum tomado de la encíclica no debe inducir al error. Se trata aquí de la búsqueda teológica sobre el origen real del poder que Cristo ejerce sobre los hombres y no solamente el poder judicial que Cristo ejercerá el último día, según el Símbolo de la fe.
Según B. Sesboüe la contemplación de nuestra elección en Cristo, desde antes de la fundación del mundo, nos hace ya entrever desde el origen lo que es el fin, es decir la reunión del universo entero bajo un solo Jefe, Cristo. Lo que nos remite a (Ef 1, 4-8). Es que El nos ha elegido en él desde antes de la creación del mundo para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor, determinando por adelantado que nosotros seríamos para él, hijos adoptivos por Jesucristo. Se trata de una elección libre, de un acto inteligente y voluntario de Dios. Acto eternal y necesario en tanto que es idéntico a la naturaleza de Dios, pero soberanamente libre acerca de su objeto, porque trascendiendo infinitamente a las criaturas limitadas en el tiempo y en el ser que nosotros somos. Nuestra contingencia hace de esta predilección un amor sin motivo, como decían los encendidos místicos de la edad media, absolutamente gratuito. Y el fin de este amor hacia nosotros, que consiste en amarnos como él se ama, y nos eleva hasta él, nos hace participar de su vida íntima, la que él tiene con su Hijo en la unidad del Espíritu Santo. Nos hace, adoptándonos en Cristo, beneficiar gratuitamente por ello de la redención por su sangre de la remisión de los pecados según la riqueza de gracia que nos ha prodigado. Así resume San Pablo el designio y la obra del Corazón de Dios. Esta actividad, considerada en la Persona del Padre, es común a las Tres Personas. Además, algo más lejos, es atribuida a Cristo: Conoceréis el amor de Cristo que sobrepasa todo conocimiento (Ef. III, 19), en un texto que la Iglesia atañe a la liturgia del Corazón de Jesús. En efecto, el acto de conocimiento y de amor divino por el cual estamos predestinados a ser en Cristo por la fe, es también un acto de Cristo según su naturaleza divina. Somos pues, virtualmente contenidos como objetos de conocimiento y de amor en la Persona divina del Hijo. El conocimiento y el amor divino son causa primera de la existencia de las cosas. Todas las cosas que existen, o existirán, preexisten en Dios como su Causa primera y su Ejemplar. Creadas de la nada, son participaciones limitadas de la Realidad divina, imitaciones deficientes cuyo Prototipo perfecto preexiste en Dios. Existentes en sí mismas según un modo divino infinito. Esta preexistencia virtual en Dios, trasciende infinitamente la existencia actual que las cosas son en sí, y es por ello absolutamente distinta. Ser virtualmente contenido en Dios, que es la Causa primera, infinitamente distante, de la existencia actual que son en sí. Esta prexistencia virtual es real, y también infinitamente más real que la existencia que tienen en sí, pues es la existencia misma de Dios: en efecto, todo lo que es en Dios, es Dios. Y como Dios es subsistente en Tres Personas, todo lo que preexiste virtualmente en Dios, es virtualmente subsistente en las Tres Personas divinas. Inversamente, las tres personas divinas contienen virtualmente, bajo el modo subsistente que les es propio todas las cosas creadas que nosotros somos. Así, nosotros subsistimos virtualmente en las Tres Personas, y por tanto en el Hijo, como en el Principio primero y ejemplar de la personalidad humana por la cual subsistimos distintamente en nosotros mismos. Aquí es preciso remarcar que esta subsistencia virtual se verifica a dos niveles: 1) a nivel de la creación: en tanto que criaturas somos virtualmente contenidos en la Persona del Hijo; 2) a nivel de la predestinación: en tanto que criaturas espirituales que Dios quiere salvar, estamos, además contenidos virtualmente en el Hijo ya que El nos ama como a sí mismo y nos asimila a El por la gracia. Por otra parte, estamos virtualmente contenidos en El no solamente en cuanto al ser, sino también en cuanto a las operaciones en las que El es la Causa primera, en particular en cuanto a los actos libres; lo mismo cuando estos actos son pecados en cuanto que nosotros somos causas segundas, el Hijo permanece Causa primera de todo lo que contienen de realidad y perfección. SEÑOR JESUCRISTO, HIJO ETERNO DEL PADRE ETERNO, NACIDO DE LA VIRGEN MARÍA: TE PEDIMOS QUE SIGAS REVELÁNDONOS EL MISTERIO DE DIOS PARA QUE PODAMOS RECONOCER EN TI «LA IMAGEN DEL DIOS INVISIBLE», PARA QUE LE ENCONTREMOS A EL EN TI, EN TU PERSONA DIVINA, EN EL CALOR DE TU HUMANIDAD, EN EL AMOR DE TU CORAZÓN. ¡CORAZÓN DE JESÚS, EN QUIEN HABITA LA PLENITUD DE LA DIVINIDAD! ¡CORAZÓN DE JESÚS, DE CUYA PLENITUD TODOS HEMOS RECIBIDO! ¡CORAZÓN DE JESÚS REY Y CENTRO DE TODOS LOS CORAZONES POR SIEMPRE! AMEN. Juan Pablo II Homilía durante la Misa celebrada en el aeropuerto de Abbotsford (Canadá), el 18 de septiembre de 1984.
- II - Fundamentos de la teología del Sagrado Corazón (II)* Philippe Jobert
Cuando el Hijo se encarna, subsiste en su naturaleza humana. Y en consecuencia nosotros subsistimos, en esta misma naturaleza humana, según seamos personal y virtulamente contenidos en él. Por esto moriremos y resucitaremos virtualmente en él. Porque también él es apto para substituirnos, para soportar la pena de nuestros pecados. El principio de la satisfacción vicaria reside en este contenido de todos los pecadores de todos los tiempos en la Persona encarnada del Hijo, que es la causa primera de su ser y de sus actos. De igual modo el principio del mérito universal de Cristo se refiere a este contenido de todos los hombres en el acto de caridad por el cual el Cristo se ofrece en sacrificio. Hace un siglo, en la época de la preparación del Concilio Vaticano I, existía un proyecto de definición de la satisfacción vicaria. Esto demuestra que los fieles de la Iglesia creían unánimemente sobre este punto. Hoy día la situación es exactamente inversa. Los teólogos no cesan de denigrar la satisfacción vicaria. Y San Anselmo, Doctor de la Iglesia, que fue su teórico, es desaprobado por todos. A decir de estos teólogos habría reducido la Redención a una noción jurídica; una especie de comercio entre Dios y Cristo; el precio exigido por Dios, es decir, la sangre de Cristo, sería un objeto de satisfacción por Dios que encontraría así placer en la muerte de un inocente en lugar de los culpables. Ya hemos visto como el contenido virtual en Cristo de todos los hombres, hacen de él su sustituto real: no se trata de una sustitución jurídica: todos estamos realmente recapitulados en él. Por otra parte la noción bíblica de Redención, puesto que es divina, no debe ser tratada con aspecto unívoco, como si se tratase de justicia humana penal cumplida por el pago de un rescate; esto es más que una metáfora, es la realidad del misterio de la misericordiosa justicia divina expresada analógicamente. La misericordia consiste en tomar sobre sí, efectiva y realmente la miseria de otro, y su pena. Así: la desobediencia al amor divino gratuito (Rom. V, 12), que constituye el pecado original, y todos los pecados que de él resulten, es anulado por la obediencia al amor divino, ofrecido a Dios por Cristo inocente y por todos los hombres contenido en él. Por otra parte, de la independencia adquirida por el pecado resulta naturalmente la muerte. En efecto, la permanencia de la vida resulta de la dependencia de la gracia divina ante el pecado. Es el hombre que, por su propio pecado, se inflige la pena de muerte, rechazando que su naturaleza dependa de la gracia. La muerte es el precio del pecado, pues la privación está necesariamente vinculada al pecado. El amor divino gratuito, que da al hombre por la gracia la vida permanente, queda inmutable. Dios no retira sus dones; pero el hombre que ha sustraído irreversiblemente su naturaleza a la gracia, permanece sometido a Dios, Causa primera de su naturaleza corruptible, es decir, a la justicia divina, que se ejerce en ella dejándola en su corruptibilidad. La naturaleza humana es entonces privada de la gracia, y no puede recobrarla. Unido a Dios por la gracia, el hombre era totalmente dueño de su naturaleza; después del pecado, no tiene poder sobre su naturaleza corporal, y mientras puede someter su libre albedrío a la gracia, que le es siempre ofrecida, no puede no someterle su cuerpo. Permanece así fijo en su estado de muerte que resulta de su independencia. Se ha condenado a sí mismo haciéndose ministro de la pena de su pecado, instrumento del amor divino, que le ha hecho a él mismo justiciero, sin que Dios cambie. Todo este análisis teológico puede expresarse también adecuadamente en términos jurídicos, como lo hizo San Anselmo, refiriéndolo a la justicia de Dios el estado del hombre pecador. Antes del pecado, el hombre pertenecía a Dios y a sí mismo. Por el pecado ha querido poseerse exclusivamente, ha robado pues algo a Dios, «le ha quitado» todo lo que Dios se había propuesto hacer de la naturaleza humana. Como el hombre debe todo lo que es a Dios, no puede ofrecerle indemnización por lo que le ha quitado, sino que queda privado de lo que se apropió. «La gloria de Dios es la vida del hombre», había dicho ya San Ireneo. El hombre ha privado a Dios de su gloria, de ahí la sentencia de muerte y la imposibilidad de una satisfacción. El lenguaje jurídico es básico sobre la noción teológica de correlación entre el Creador y la criatura: la criatura depende realmente del Creador, mas recíprocamente esta dependencia no modifica en nada al Creador mismo. Ofensa a Dios, satisfacción a Dios, no expresan ni pérdida ni compensación en Dios mismo, sino solamente en la dependencia de la criatura respecto del Creador. Igualmente, honor de Dios, gloria de Dios, derecho de Dios, son simplemente términos correlativos de la dependencia de la criatura respecto a Dios. No hay nada indigno de Dios en este lenguaje, que es el del Antiguo y Nuevo Testamento, no hay ningún motivo válido para rechazarlo, porque expresa la realidad. El amor divino gratuito, que continúa amando a los hombres a pesar de su falta, ha querido salvarle de la muerte. Inclina al Hijo a asumir la condición humana en su estado de muerte y a resucitarla en él. Al asumir el sufrimiento y la muerte, realiza en sí mismo la plenitud de su justicia divina, puesto que él contiene en él a todos los hombres; así todos sufren y mueren en él, subsistiendo en él la pena de sus pecados, cumpliendo en sí mismo la última voluntad de su independencia. Esta consecuencia era necesaria y contingente: era una servidumbre. Así al sufrirla voluntariamente, todos los hombres la sufren en él. Cristo les libera de esta servidumbre. Pues, el pecado y el demonio han sido las causas segundas de esta servidumbre en la que la justicia de Dios es la Causa primera: es en este sentido que los Padres han podido presentar la muerte de Cristo como un rescate pagado al demonio. San Anselmo critica la teoría de los derechos del demonio con razón, pero no le niega el papel del demonio como causa segunda de muerte, puesto que Cristo mismo la afirma (In. XIV, 30; Luc. XXII, 52). La muerte de Cristo es una privación: es un precio pagado; como pago de este precio a Dios, por Cristo y los hombres contenidos en él, les libera de la servidumbre de la muerte, del pecado y del demonio; este precio es un rescate. La justicia de Dios queda infinitamente satisfecha ya que la vida de Cristo es un bien divino, más amado de Dios que la gloria de que el pecado del hombre la había privado. Inversamente, Cristo al ser privado de la vida, la justicia divina le resucita: el orden del amor divino gratuito es así restablecido. ¿No es en este cumplimiento de la justicia de amor que pensaba Cristo cuando se hizo bautizar por Juan en previsión de su Pasión: Así es como él nos invita a cumplir toda justicia (Mt. III, 15) en el momento que expiró: Todo se ha cumplido (Jn. XIX, 30).
Él se humilla más todavía obedeciendo hasta la muerte y a la muerte sobre una cruz (Fil. XIX, 9). La Resurrección que es justicia para Cristo, es también principio de gracia para los hombres virtualmente resucitados en él. Por la Resurrección toda la naturaleza humana está sometida a la gloria de Cristo. Espiritualmente desde el principio: El bautismo realiza actualmente en cada cristiano, según la gracia, la muerte del pecado y la resurrección a la vida divina ya cumplida en Cristo que le contenía. Enterrados con él desde el bautismo, vosotros sois también resucitados con él (Col. II, 12). Cada cristiano, en seguida actualiza en su vida cristiana lo que no era todavía más que virtual para él por la Pasión de Cristo. Yo completo en mi carne lo que falta a las pruebas de Cristo por su cuerpo que es la Iglesia (Col. I, 24). Esto que falta, es únicamente la aplicación a cada uno del misterio pascual; y esta aplicación se acaba por la muerte en la gracia, preludio de la resurrección gloriosa al fin de los tiempos. El misterio de la Redención será entonces acabado. Así el misterio de la Redención es una expresión histórica de la Realidad divina: sus elementos son reales, humanos y divinos. La satisfacción vicaria no es una ficción jurídica, una manera de hablar de Cristo crucificado. Es un hecho que Cristo crucificado contiene realmente y virtualmente a todos los hombres pecadores; y que él satisface realmente, en razón de este contenido, la deuda de sus pecados respecto a la justicia divina por su muerte. Expresar la muerte como una deuda, la muerte de Cristo como el pago de un rescate, la restauración del orden de los hombres respecto a Dios como justicia, es perfectamente legítimo, desde el momento que se consideran estas realidades humanas en relación a la justicia divina, es decir, a Dios como principio primero y fin último de sus actos humanos. Este lenguaje jurídico de la Redención ha sido empleado por los escritores sagrados del Antiguo Testamento, después por Jesús y San Pablo, porque es inteligible a todos, aún los más sencillos, y porque significa verdaderamente la obra de salvación que Dios ha obrado: la Redención no es una metáfora. San Anselmo no ha rechazado este lenguaje bíblico, y ha intentado escrutar su contenido, lo que es necesario a todo teólogo. Fue un precursor: En su época la utilización de la «dialéctica» para explicar las verdades de la fe estaban aún en sus ensayos: los razonamientos teológicos, y en particular el manejo de la analogía, no habían todavía adquirido el vigor y la precisión que serán patrimonio de la escolástica del siglo XIII. No es preciso pues asombrarse de ver a San Anselmo aplicar a la Redención una noción demasiado unívoca de justicia conmutativa. Lo que le condujo a la conclusión de una necesidad racional de la satisfacción vicaria; y en consecuencia a minimizar la absoluta libertad de la iniciativa divina de salvación, la gratuidad de la misericordia de Dios y su poder omnipotente, ilimitado, que podía salvar los hombres de otro modo. No es preciso sin embargo rechazar la doctrina anselmiana de la satisfacción vicaria bajo el pretexto de la imperfección formal de su razonamiento. Santo Tomás de Aquino no ha cometido este error: ha adoptado el conjunto de las vías propuestas por San Anselmo en el Cur Deus homo. Durante siete siglos esta teología de la Redención ha sido el bien común de toda la Iglesia. Sería paradógico que la valoración contemporánea del misterio pascual condujese a rechazar y poner en la sombra este auténtico desarrollo del dogma. No se puede disimular por otra parte que el desprecio en que hoy día es tenida comúnmente la doctrina anselmiana de la satisfacción vicaria rebota sobre la Revolución que es la fuente, y mutila el misterio pascual en un elemento esencial. En efecto, la Pasión de Cristo no es solamente un sacrificio, es también un rescate en tanto que su sangre es el precio del pecado de los hombres. Es la unión indisoluble de estos dos elementos, el voluntario y el impuesto, el amor y la pena, que constituye la integridad del Misterio pascual. La muerte de Cristo no es solamente el signo de su caridad, es el contenido de lo que él da por amor. Y Dios quiere de tal modo este contenido, que es el Cuerpo y la sangre de Cristo, que ha perpetuado en la eucaristía su presencia entre los hombres. ¿No ha llegado el momento de reaccionar contra una minimización del dogma de la Redención? Basta para ello seguir a Santo Tomás tributando a San Anselmo su gloria de Doctor de la Redención.
CONCLUSIÓN: EL REINO DEL CORAZÓN DE CRISTO
Cristo reina sobre todos los hombres por su Corazón, pues en virtud de su amor gratuito, les contiene a todos en sí mismo como criaturas y como rescatados, a título de Causa primera de su ser y de su salvación. Este reino es una virtualidad, un derecho de nacimiento y un derecho adquirido, que se actualiza por la sumisión de cada hombre al amor divino y humano de Cristo. El amor divino y humano de Cristo por los hombres, que se llama Corazón de Cristo, se llama también caridad. Pues la caridad es una amistad nos dice Santo Tomás y, según Aristóteles, la amistad se funda sobre la comunicación de bienes entre amigos. La caridad de Cristo por los hombres y en retorno la caridad de los hombres hacia Cristo, se funda sobre la comunicación de los bienes de salvación. Estos bienes son: la creación para la vida eterna y la Redención; ellos son los fundamentos de la relación mutua de caridad entre Cristo y los hombres, los fundamentos de la teología del Corazón de Cristo. Profundizar esta doctrina expuesta por San Pablo en la Epístola a los efesios no tiene otro fin que el de animar a consagrarse al Sagrado Corazón, como lo pide León XIII, al ruego de la Bienaventurada María Droste de Vischering, para participar en la Redención.
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