HISTORIA  ANTIGUA CON MENSAJE ACTUAL

José Julio Martínez, S. I.

 

La Historia es antigua porque se desarrolló hace tres siglos.

El mensaje es actual porque hoy mismo hace felices a los hombres que lo cumplen. Y más felices cuanto lo cumplen con mayor fidelidad.

 

I.    LA HISTORIA

 

Culminó en febrero de 1675, cuando a la residencia que los Padres Jesuitas tenían en Paray-le-Monial, pequeña ciudad de Francia, llegó un nuevo superior religioso. Era joven, de excelentes calificaciones en sus estudios sacerdotales, de acendrada vida espiritual, entregado en plenitud a Jesucristo.

 

Se acercó al Monasterio que las religiosas de la Visitación tenían en la misma ciudad, para saludarlas y ofrecerse como Superior de la Residencia.

 

Aquel Monasterio albergaba a una Hermana recién salida del Noviciado, cuyas extraordinarias comunicaciones con el Señor no eran bien comprendidas. Ni faltó quien las interpretase como procedentes de enfermedad mental, de caprichosa, de espíritu malo.

 

Pero el mismo Señor, que pretendía prepararla para una misión excelsa, la había consolado poco antes, cuando ella se sentía más atribulada, anunciándole piadosamente:
- Yo te enviaré a mi siervo. Descúbrete a él por completo, y él te dirigirá según mis proyectos.

 

Y mientras aquel sacerdote hablaba a las monjas, al otro lado de la reja, ella oyó en su interior la palabra del divino Maestro: Ése es el que te envío.

 

Así fue el encuentro de los que hoy llamamos Santa Margarita María de Alacoque, religiosa de la Visitación de María, y San Claudio de la Colombière, sacerdote de la Compañía de Jesús.

 

Él nunca la había visto. Pero, entre las monjas que tenía ante los ojos durante la plática, se sintió impresionado por no sé qué atractivo de santidad que observó en una Hermana de las primeras filas. Y luego preguntó a la Superiora quién era aquella religiosa cuya compostura y devoción le habían cautivado.

 

- Es la Hermana Margarita - respondería la Superiora, llamada María Francisca de Saumaise, monja de corazón bondadoso, de juicio recto, muy fiel a los ejercicios ordinarios de la vida en comunidad. Ella había aceptado los primeros votos religiosos de la Hermana Margarita, y recibía sus confidencias espirituales. Por eso, seguiría hablando así al P. Claudio:

 

- Me alegro mucho de que usted se interese por ella. Estoy perpleja ante los mensajes que me dice haber recibido del Señor, y ante lo que me respon­den algunos directores de almas, que la mande comer sopa, que es una visionaria, que ni ella ni yo cumplamos esos pretendidos mandatos divinos de comulgar los primeros viernes de cada mes y prolongar la oración... Por otra parte, es una Hermana muy humilde y dócil, profundamente piadosa, totalmente sincera conmigo... Estoy perpleja. ¿No será que Dios quiere llevarla a la santidad por caminos distintos de los nuestros? Ojala pueda usted oírla y dirigirla acertadamente.

 

Así fue. Margarita descubrió al sacerdote cómo actuaba el Señor en su alma, qué le comunicaba, qué le pedía; él la escuchó con calma, con sumo respeto, y al fin le dijo:

- Nada tiene usted que temer: el espíritu del Señor es quien la guía. Siga sus movimientos, sea la víctima del Sagrado Corazón.

 

Ella sintetizará más tarde el efecto de tal respuesta: "Un río de paz inundó mi corazón".

Para conocer ahora nosotros el contenido de la conversación mantenida hace tres siglos por dos santos, nada necesitamos inventar. Lo encontramos de manera auténtica en cartas escritas años después por la misma Margarita, de las cuales pondré aquí - muy resumido-   lo referente a las llamadas grandes apariciones.

 

La primera ocurrió en la fiesta del discípulo a quien mucho amaba Jesús (27 de diciembre de 1673). El Señor había preparado a su confidente concediéndole una niñez angelical que ella había de sellar pronto con voto de castidad perpetua; además, una confianza filial en la Santísima Virgen, a la que acudía en todas sus necesidades, y un amor ardiente hacia la Santa Eucaristía.

 

Varias veces le había hecho sentir los efectos de su presencia en el alma y le había declarado sus designios de purificarla por el sufrimiento y de santificarla por una entrega total al amor divino.

 

Pero este día, mientras ella se encuentra orando en el coro bajo ante su Amor Sacramentado, Él la invita a reposar sobre su pecho, como a San Juan en la noche del Jueves Santo, y le revela  - según escribirá ella misma -  "las maravillas de su amor y los secretos de su Corazón, que hasta entonces me había tenido ocultos. Y me dijo: Mi divino Corazón está tan apasionado de amor hacia los hombres, y en particular hacia ti, que, no pudiendo contener en sí mismo las llamas de su ardiente caridad, es menester que las derrame, valiéndose de ti, y se manifieste a ellos para enriquecerlos con los preciosos dones que te estoy descubriendo..."

 

La segunda revelación principal ocurre pocos meses después. Jesús le da a conocer que en la nueva devoción hemos de venerar el amor del Corazón divino bajo el símbolo de un corazón de carne marcado con las huellas de la pasión redentora:

"El divino Corazón se me presentó en un trono de llamas más esplendoroso que el sol y transparente como el cristal, con la llaga adorable, rodeado de una corona de espinas que significan las punzadas producidas por nuestros pecados, y una cruz en su parte superior..."

 

La tercera manifestación principal (ocurrida tam­bién en 1674) es más brillante, más regia. No se le muestra sólo el Corazón, sino toda la persona de Jesucristo, "resplandeciente de gloria, con sus cinco llagas brillantes como cinco soles, y despidiendo rayos luminosos de toda su sagrada Humanidad, pero sobre todo, de su adorable pecho, que parecía un horno encendido; y habiéndose abierto, me mostró su amante y amable Corazón, vivo manantial de tales resplandores".

En esta aparición, el Señor le transmite peticiones concretas:

 

"Primero, me recibirás en la comunión tantas veces cuantas la obediencia quiera permitírtelo.

Comulgarás, además, todos los primeros viernes de cada mes.

En todas las noches del jueves al viernes, haré que participes de aquella mortal tristeza que yo quise sentir en el Huerto de los Olivos; tristeza que te reducirá a una especie de agonía más difícil de sufrir que la muerte en esa hora harás lo que yo te enseñaré..."

 

La Hermana Margarita propone todo esto a la Superiora, pues lo considera mandato de su Divino Maestro. Recibe, como respuesta, el mandato de no cumplirlo; padece un martirio espiritual; enferma gravemente y recobra la salud de manera prodigiosa y como signo que ella misma aduce de que la guía el buen espíritu. Pero siguen teniéndola por visionaria. Entonces es cuando interviene Jesucristo, enviándole al Padre Claudio de la Colombière, según queda indicado.

 

Y los dos - el director perfecto y la dirigida santa -, respondiendo plenamente al amor del Verbo encarnado, quedan iluminados y santificados por la gran revelación - la última de las cuatro principales - cuyo tercer centenario estamos celebrando.

 

La gran revelación de 1675.

 

Fue concedida dentro de la octava del Corpus Christi, cuando Santa Margarita oraba ante la Hostia santa. De la blanca nube de los accidentes sacramentales, se destaca radiante el Redentor de los hombres, le muestra su Corazón herido y le dice esas palabras santas, que nos han invitado a meditar infinidad de estampas, devocionarios,  sermones:

"He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres... que en recompensa no recibe de la mayor parte sino ingratitud... por la frialdad y desprecio con que me tratan en este Sacramento de amor... Por eso, te pido que se dedique el viernes siguiente a la octava del Santísimo Sacramento a una fiesta particular para honrar a mi Corazón, comulgando en ese día y reparando su honor con un acto público de desagravio... Te prometo que mi Corazón se dilatará para derramar con abundancia las influencias de su divino amor sobre los que le den este culto y los que procuren que le sea tributado."

 

Obedientes a este divino beneplácito, Santa Margarita y el San Claudio, cada uno en la intimidad de su alma y después de haber comulgado, se consa­graban a vivir y promover la nueva devoción. Era el 21 de junio de 1675, viernes siguiente a la octava del Corpus Christi. Así se celebró por vez primera en el mundo la fiesta del Corazón de Jesús.

 

Y así quedó abierta una nueva Era en nuestra religión que es religión de amor. Quedó abierta con aquella gran revelación, de la que escribió Monseñor Bougaud:

 

"Es sin contradicción la más importante de las revelaciones que han ilustrado a la Santa Iglesia después de la Encarnación y la Eucaristía; es la mayor efusión de luz, después de Pentecostés."

 

II. EL MENSAJE

 

Podemos compendiarlo así, en perfecta identificación con el pretendido por San Juan cuando redactó su Evangelio:

"Esta historia se ha escrito para que creáis que Jesucristo es el Hijo de Dios: y, creyendo tengáis vida en vosotros".

 

La primera en creer fue la primera destinataria del Mensaje: Creyó a Jesucristo, que la invitaba a participar en los  sentimientos más íntimos de su Corazón, incluso en las agonías de Getsemaní. Fue una vocación especialísima que la Hermana Margarita aceptó con generosidad impresionante y realizó heroicamente a lo largo de su vida; así llegó a la santidad altísima, que, al canonizarla, le ha reconocido oficialmente la Iglesia.

Pero también el mensaje, por mediación de Santa Margarita, tiene un destino más amplio, en el que cabe distinguir esta doble dimensión:
- toda la Iglesia;

- cada uno de los fieles.

 

El mensaje para toda la Iglesia manifiesta una voluntad decidida: "que se establezca una fiesta, dedicada a mi Corazón, en el viernes siguiente a la octava del Santísimo Sacramento".

 

En cuanto el mensaje se dirige a nosotros, los miembros del pueblo de Dios, no hay mandatos. Hay invitaciones de Jesús, transmitidas por Santa Margarita en distintas cartas: "Los que comulguen nueve primeros viernes de mes...; "Los que propaguen esta devoción..."; "Los que den culto a esta imagen...".

Así: no impone preceptos; busca voluntarios.

 

Lo recalca Santa Margarita, cuando escribe:

"La devoción al Corazón de Jesús no quiere ser forzada ni impuesta. Hay que darla a conocer, para que el Espíritu Santo se atraiga a sus elegidos. ¡Dichosos los que se encuentren en este número!"

 

Ahora bien, la historia de tres siglos nos muestra que aquel deseo expuesto a la Iglesia - establecer una Fiesta nueva -  había de tropezar con dificulta­des enormes, tanto por el contenido mismo del mensaje (era reciente una disposición del Romano Pontífice que prohibía admitir fiestas nuevas), como por ser una monja desconocida, tímida, cerrada tras las rejas de su convento, la persona destinada a transmitirlo de parte del Señor.

 

Añádase la tenaz oposición de no pocos Obispos, teólogos, predicadores, que en el culto al Corazón de Jesús descubrían desviaciones dogmáticas, iluminismo incluso idolatría.

 

Pero cuando la virgen de Paray recibió este encargo abrumador de introducir una fiesta nueva en la Iglesia y preguntó a su Señor, echándose por tierra, cómo podría ella, allí encerrada, realizar empresa tan grandiosa, le respondió Jesús: "Por eso precisamente te he escogido a ti, para que se vea que no es empresa de hombres, sino de Dios..."

 

Le dijo también: "Triunfaré, a pesar de mis enemigos..."

Y triunfó.

 

La primera fiesta del Corazón de Jesús - según queda indicado -  fue celebrada por el Padre Claudio y la Hermana Margarita en la intimidad de sus corazones, unidos en Jesucristo. Según pasaban los años, era celebrada por varias religiosas de la Visitación, luego en algunas parroquias, en algunas diócesis, hasta que Pío IX la extendió a la Iglesia Universal (1856) y Pío XI la elevó al rango supremo que entonces se llamaba doble de primera clase con octava privilegiada.

 

Conserva ese rango supremo en el nuevo Misal Romano, aunque no faltaron liturgistas que pretendían suprimirla, al realizar la reforma del calendario mandada por el Concilio Vaticano II. Decían que ya tenemos fiestas que nos recuerdan el amor de Jesucristo a los hombres, y el Viernes Santo que nos habla de cuánto padeció para redimirnos. Aseveraban que sería añadidura inútil retener esa fiesta del Corazón de Jesús. Pero en la historia de la Iglesia, ¡cuántas veces la palabra definitiva del Romano Pontífice ha iluminado las sombras, ha solucionado las dudas!

 

Esto ha ocurrido ahora. Pablo VI dispuso que se conserve, y además en el grado supremo, que ahora se llama solemnidad, como Pentecostés, la Ascensión, la Epifanía, aunque no sea fiesta de precepto.

 

Así triunfa Jesucristo, porque su fuerza no estriba en armas ni en dinero, sino en el amor. Y así prueba la verdad del mensaje que para la Iglesia Universal confió a una monja encerrada: "Te pido una fiesta nueva, dedicada a mi Corazón".

 

Los enormes obstáculos superados para llegar a este triunfo ("todo el infierno parecía conjurado contra mí", llegó a escribir Santa Margarita) nos certifican que venía de Dios el mensaje destinado a toda la Iglesia.

 

Por eso reconocemos que también viene de Dios el mensaje en lo que atañe a cada uno de nosotros. Por eso mismo lo aceptamos, y lo procuramos cumplir.

 

Este mensaje para los particulares, invitación para los voluntarios, tiene varias manifestaciones.

 

Una de las que más han fomentado la piedad de estos últimos siglos es la comunión en los primeros viernes de cada mes. A los que quieran ofrecerle este obsequio, por amor a su Corazón, el Señor prometió la gracia de la perseverancia final.

 

No se trata de comulgar los primeros viernes, y luego considerarse libre para pecar, como quien ya tiene asegurada la entrada en el cielo. Ni fue ésa la promesa de Jesucristo, ni hay persona que haya predicado tal disparate.

 

Éste es el alcance de la que suele llamarse gran promesa: quien haya comulgado esos primeros viernes de mes, con sincera voluntad de agradar a Jesucristo, recibirá para morir en amistad de Dios y salvarse, unas gracias especiales que no hubiera recibido en el caso de no haber hecho aquellas comuniones.

 

Esta explicación - en perfecta conformidad con las enseñanzas de la teología católica acerca de las gracias actuales - es un eco fiel de las palabras del mismo Jesús en el capítulo 6 de San Juan: "Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. El que come de este pan, vivirá para siempre..."

 

¡Qué eficaz ha sido este mensaje, para poblar de nuevo los comulgatorios que la herejía jansenista - bajo las falsas apariencias de un gran respeto a la Eucaristía - había conseguido vaciar...!

¡Y cuántos beneficios - como proclama Pablo VI, en su Carta Investigabiles divitias -  han dimanado al pueblo de Dios por esa frecuencia de comuniones. He aquí un bello ejemplo, entre los millares que se pudieran aducir:

 

Un padre espiritual pide a los colegiales que cada uno escriba, en papeleta sin firmar, qué motivo le resulta más eficaz para vencer las tentaciones contra la pureza. Unos ponen: "el temor al infierno"; otros: "la devoción a la Virgen". Y uno escribe: "Lo que me da más fuerza para no hacer pecados de impureza es saber que mi padre y mi madre comulgan todos los días".

 

Pensaría aquel muchacho: "Mis padres están con Jesús en sus almas; y yo, ¿yo a estar con el demonio?".

 

Otro valor del mensaje ofrecido a los hombres de hoy por la historia antigua, se expresa en esta frase, un tanto sorprendente: Podemos consolar a Jesucristo.

 

Sorprendente, porque Jesucristo hoy no sufre, es infinitamente feliz:   ¿cómo podríamos consolarle? La explicación se basa en la llamada por los teólogos ciencia infusa que poseía Jesús durante su vida mortal.

 

Por esa ciencia, conoció la traición de Judas, los terribles tormentos de la pasión, el martirio espiritual de su Madre al pie de la cruz, y también las penas de sus seguidores a lo largo de los siglos, así como cada uno de nuestros pecados, robos, homicidios, impurezas, sacrilegios... Todo esto le hizo sufrir, de manera especial en su oración de Getsemaní.

 

Pero conoció también la vuelta de sus apóstoles dispersados el Viernes Santo, la glorificación de Dios por sus mártires, la predicación del Evangelio por todo el mundo, la fidelidad de los que perseveran, las comuniones fervientes y tantas obras buenas de caridad, de apostolado, de perdón, realizadas por amor a Él.

 

Este conocimiento le consoló, le confortó para abrazar el cáliz de la pasión redentora.

Es que los acontecimientos adversos o prósperos no nos entristecen o alegran cuando ocurren, sino cuando nos enteramos de ellos.

 

Y  Jesús - hablando a nuestra manera -  se enteró durante su vida mortal, cuando aún era capaz de sufrir y de ser consolado. Se enteró no sólo en cuanto Dios que todo lo tiene presente, sino en cuanto hombre por el citado conocimiento infuso. Y así, nuestras obras malas de hoy le hicieron sufrir entonces.  Y nuestras obras buenas de hoy le consolaron entonces. Podemos, pues, consolar a Jesucristo.

 

Esta realidad ha difundido por la ascética moderna un ambiente de confianza en Jesús, un trato de amistad con Él, ya que el aliciente mejor para toda amistad es participar en las penas y en las alegrías del amigo.

 

Ahora bien, realidad tan beneficiosa para la piedad de hoy ha sido más conocida y mejor vivida gracias a los escritos de Santa Margarita María. ¡Nueva manifestación de la actualidad del mensaje contenido en la historia antigua!

 

Y  la consagración personal. -  Podría citar otras manifestaciones   de  mensaje,   como  la   solicitud   por desagraviar con oraciones y otras  obras buenas el honor divino ofendido por los pecados; el culto a la imagen de Jesús mostrando su Corazón; la gran confianza que fomentamos repitiendo esa jaculatoria:

- ¡Corazón de Jesús, en Vos confío! - que suelen llamar milagrosa, por los muchos beneficios que alcanza de la divina bondad; la celebración de la novena y del mes en honor del Corazón divino, etc.

 

Pero sólo me fijo en la consagración al Corazón de Jesús. Este aspecto hace actualísimo para cualquier cristiano de hoy el mensaje antiguo, puesto que ser cristiano significa ser consagrado a Jesucristo, con entrega personal.

 

Y si alguien pregunta qué trae de nuevo el mensaje a los que ya hemos sido consagrados a Él por el bautismo;   le responderé que trae  el extraordinario valor de   renovar  y  vivir  aquella   entrega,   no  por apetencia de premios o temor de castigos, sino por amor a Jesús; por el noble ideal de acomodarse a los designios de su Corazón y de traerle nuevos amigos.

 

Lo expone Santa Margarita en una de sus cartas: "Os hablo de la devoción al Corazón de Jesús, no como una devoción de oraciones, sino como una imitación perfecta de sus virtudes".

 

Por esto mismo, la manera concreta y completa de vivir esta devoción y enriquecerse espiritualmente con el mensaje de la historia tres veces centenaria es el Apostolado de la Oración.

 

En efecto: según exposición magistral de Pío XII ante la Asamblea de Directores Nacionales de la obra, reunidos en Roma (septiembre, 1956), la médula y esencia del Apostolado de la Oración consiste en consagrar cada mañana la propia persona con las obras y oraciones, sufrimientos y alegrías de la jornada al Corazón de Jesús, en unión con su Sacrificio Eucarístico, por mediación de la Virgen Madre, para la salvación del mundo.

 

Todo esto, ¿no es el compromiso bautismal cumplido en plenitud? Pues a esto lleva la devoción al Corazón de Jesús, vivida en el Apostolado de la Oración.

 

Y el mismo Pío XII (en el discurso citado) señaló cuál será el premio concedido a los que sean fieles a esta consagración personal, diariamente renovada:

Su vida se hará cada día más pura, más santa, más semejante a Jesucristo.

Hacer cristianos semejantes a Jesucristo... ¡Imposible concebir actualidad más palpitante en un mensaje secular, imposible concebir beneficio mayor para la Iglesia en el atormentado mundo moderno!

Revista Cristiandad - Año XXXII • Nº 555 BARCELONA FEBRERO 197 5