La realeza de Cristo frente al laicismo 

Hace ahora ochenta años se publicó el libro del padre José M. Bover, S. J., titulado Jesucristo. La realeza de Jesucristo estudiada en las Sagradas Escrituras (El Mensajero del Corazón de Jesús, Bilbao, 1926). No había transcurrido un mes desde la publicación de la encíclica Quas primas, citando el ilustre escriturista sacaba a luz este pequeño libro. De esta obra extraemos párrafos que publicamos a continuación.

 

El gobierno del Rey Mesías no es político: es verdad. Pero nodo es el que los políticos y la política estén exentos de la jurisdicción y del gobierno del Rey Mesías. Ya hemos visto, y es menester repetirlo, que la realeza y el gobierno del Mesías se extiende sobre las naciones en cuanto naciones y sobre los gobernantes en cuanto gobernantes. La confusión que se ha padecido en este punto ha sido funestísima, y origen principal de todos los males que afligen a la moderna sociedad. Digámoslo más claro.

El liberalismo, aun el que no se ha atrevido a romper abiertamente con Jesucristo ha confundido lastimosamente estas dos ideas: «El gobierno de Jesucristo no es político». «La política y los políticos nada tienen que ver con Jesucristo». De la primera, que es verdadera, han sacado la segunda, que es enteramente falsa, absurda e impía. No nos dejemos seducir por ese paralogismo. Entendemos que, aunque el gobierno de Jesucristo no es político, sin embargo la política y los políticos han de estar sometidos al gobierno soberano de Jesucristo. Dos comparaciones darán mayor claridad y relieve a esta verdad, aunque de suyo bastante manifiesta por sí misma.


Dios, en virtud de su dominio soberano y absoluto, hubiera podido reservarse todo derecho de propiedad sobre los bienes terrenos, dejando a los hombres el simple uso o usufructo. No lo ha querido así; sino que, reservando para sí solamente el dominio alto, ha concedido a los hombres verdadero derecho de propiedad sobre los bienes que legítimamente poseen. Dios, por tanto, ha cedido generosamente a los hombres el derecho inmediato de propiedad sobre sus bienes, y su libre administración. ¿Qué se sigue de ahí? ¿Síguese acaso que este derecho y administración están exentos del dominio de Dios? De ninguna manera: sino que los hombres, con todo su derecho de propiedad, en la administración y uso de sus bienes deben estar sometidos a la ley de Dios y rendirle un día cuenta estrecha de ella. El derecho de propiedad, en cuanto tal, aunque lo posea el hombre, debe reconocer la soberanía y la jurisdicción de Dios. Quien se imaginase que por poseer como propio este derecho puede ejercerlo independientemente de la soberanía de Dios, padecería una equivocación lamentable: la misma exactamente que padecen los gobernantes liberales, cuando, porque poseen y ejercen el gobierno político de los pueblos, se imaginan que su política no debe estar subordinada a la realeza de Dios y de Jesucristo.


La benévola discreción del lector nos permitirá otra comparación. Dios ha cedido al marido sus derechos conyugales sobre su mujer, lo mismo que a la mujer sobre su marido. Si, pues, el marido, por poseer y ejercer libremente sus derechos conyugales, los declarase independientes de la jurisdicción de Dios, caería en una equivocación absurda: la misma, ni más ni menos, en que cae el liberalismo, cuando pretende sustraer del dominio y gobierno de Dios los derechos políticos y su ejercicio.

 

En suma: la soberanía de Dios alcanza, no sólo al hombre en abstracto, sino también al hombre en el ejercicio de todos sus derechos. Dios no es el propietario inmediato de mis bienes: pero yo en el ejercicio de mi derecho de propiedad debo reconocer la soberanía de Dios. Dios no es comerciante: pero el comerciante debe someter su comercio a la jurisdicción de Dios. Dios no es marido o padre de familia: pero el marido y el padre de familia, en cuanto tal, debe sujetarse a las leyes de Dios. De la misma manera, Dios no ha querido gobernar políticamente los pueblos: mas los pueblos como pueblos, la sociedad como sociedad, los gobernantes como gobernantes, la política como política, deben reconocer la más rendida sumisión, el más absoluto vasallaje, a la realeza soberana, al dominio supremo del que es Rey de las naciones y de los reyes.

 

Si los males que padecemos han nacido de la funesta equivocación de los políticos, que han declarado su política independiente de Dios y de su Cristo, el remedio de ellos no puede venir sino de la declaración y de la práctica contraria: que reconozca a Dios y a su Cristo la debida sumisión. La paz, la verdadera paz, que tanto ansiamos, no la gozaremos hasta el día en que el gobierno político de los pueblos reconozca la soberanía social de Jesucristo.