MARGARITA, EL CORAZÓN DE JESÚS Y EL AÑO DE LA EUCARISTÍA
Este
Año de la eucaristía, regalo de nuestro amado y llorado Juan Pablo
II,
pretende suscitar el
“asombro” eucarístico en todos los fieles, de manera que hagan de tan admirable
sacrificio y sacramento el corazón de sus vidas. Para ello nos ayudan
eficazmente los santos, "grandes intérpretes de la verdadera piedad eucarística"
en los que la teología de la Eucaristía adquiere todo el esplendor de la
experiencia vivida". Los santos, dice el Papa, nos «contagian» y, por así decir,
nos «encienden» (Ecclesia de Eucharistia, 62).
Ciertamente que todos los santos han sido unos enamorados del Dios inmolado en los Sagrarios, pero en algunos este amor ha sido especialmente intenso y luminoso. Es el caso de santa Margarita María de Alacoque, cuya vivencia en este sentido es verdaderamente desbordante y ejemplar. Se la conoce principalmente como confidente del Corazón del Señor, pues llegó a comprender como muy pocos el infinito amor que este Corazón simboliza. Llegó a tener un conocimiento penetrante de la hermosura y belleza del amor de Cristo: Mira este Corazón, que nos ha amado tanto pero que no ha recibido nada a cambio sino frialdad, indiferencia e ingratitud.
Pues bien, esta espiritualidad es inseparable del sacramento del altar. Es precisamente en la adoración eucarística
donde Margarita María
contempla siempre el Corazón traspasado de amor por la salvación cíe las almas,
herido por los pecados de los hombres; pero también el Corazón que es "fuente
viva" y llena de luz, testimonio refulgente de las llagas del divino Cuerpo
resucitado. Por eso el Corazón de Jesús es siempre para ella el Corazón
eucarístico del Salvador; en el divino tabernáculo late un Corazón divino y
amante cuyas delicias consisten en estar con los hijos de los hombres.
Mucho podríamos
decir del amor de Santa Margarita María por la Eucaristía. Leer sus experiencias
y saborear sus escritos nos enciende en el amor al Señor que permanece vivo en
el secreto de cada sagrario en espera de nuestra correspondencia. Vamos a
recoger ahora sólo tres aspectos de esta devoción suya que nos parecen en
admirable conformidad con lo que el Papa nos propone para vivir un año
eucarístico verdaderamente provechoso.
1º. La Eucaristía impulsa a "eucaristizar" la vida entera.
"La Iglesia vive de la Eucaristía", es decir, nace de ella, se alimenta de ella y tiende siempre a ella. Por eso es "fuente y cumbre de toda la vida cristiana", y debe ser el corazón de cada cristiano y de cada comunidad. En esto consiste, precisamente, lo que Juan Pablo II ha llamado la “espiritualidad” de la Eucaristía o, incluso, la “cultura” de la Eucaristía.
En efecto, celebrada y recibida cada día con fe, la Sagrada Eucaristía va "informando" la vida entera del cristiano, va infundiendo en su alma las actitudes eucarísticas que nos conforman con Cristo. Nos educa en ellas. ¿Qué actitudes son estas? La docilidad del corazón para escuchar siempre la Palabra del Dios que nos habla; el espíritu de una permanente conversión a Él; la entrega sacrificial hecha servicio constante al hermano, especialmente al más necesitado; el agradecimiento permanente por las misericordias de Dios y las maravillas de su amor y por la actualización repetida (¡memorial!) del don más grande: su sacrificio redentor; la apertura constante del corazón a la experiencia de comunión, etc.
Margarita
María fue "Eucaristía viva". Escribe ella misma: "al ir a comulgar me dio a
entender que venía Él mismo a imprimir en mí corazón la santa vida que vive en
la Eucaristía, vida toda escondida y anonadada a los ojos de los hombres, vida
de muerte y de sacrificio..." (en un retiro de 1684).
En este retiro, Santa Margarita María entiende que para amar al Señor en su estado de Hostia y Víctima en el Santísimo Sacramento, debe imitarle inmolándole continuamente todo su ser con amor de adoración, de anonadamiento. Es la ley universal: el amor o los encuentra iguales, o los hace iguales.
La entrega absoluta de correspondencia a la que la Santa está dispuesta le lleva a comprender la esencia de los votos de su vida religiosa: es pobre porque el amor de su Señor le exige estar despojada de bienes, comodidades, placeres, consuelos, afectos... para imitar al totalmente pobre en el sagrario.
La obediencia inaudita de Cristo-Eucaristía (obediencia inmediata a las palabras del sacerdote en la consagración, aunque sea indigno; o su entrega a todas las almas como alimento...) le conmueve e impulsa a un total abandono en sus superiores a fin de que dispongan de ella a su gusto. Por eso ella desea obedecer hasta el último suspiro de su vida para rendir homenaje a la obediencia de Jesús en la Hostia Santa. Si habla será para honrar su Palabra (¡es el Verbo escondido en el tabernáculo!); pero prefiere mejor callar para alabar su silencio secular. Y si tiene que descansar, deseará hacerlo sólo para imitar y alabar el descanso que Él tiene en el sagrario...
2º Amar al Señor en el Sacramento con amor reparador.
No debemos olvidar esta dimensión esencial del verdadero amor. Hoy se propone más la oración que afecta al sentimiento: orar para sentir la cercanía de Dios y sus consuelos; orar para experimentar sus dones y gracias; orar para aumentar las virtudes y la vida sobrenatural de la gracia en mí. Sin dudar del valor de esta oración, es preciso también rezar y orar para compensar las ofensas que sufre el Señor, es decir, amar por los que no aman, y reparar por los pecadores que ofenden al Señor. Esta dimensión del amor ha sido una constante en toda la tradición de la Iglesia, especialmente en la vida de los santos.
Recogiendo precisamente esta tradición, el Papa Juan Pablo II escribe en vistas al Año eucarístico: "postrémonos largo rato ante Jesús presente en la Eucaristía, reparando con nuestra fe y nuestro amor, los descuidos, los olvidos e incluso los ultrajes que nuestro Salvador padece en tantas partes del mundo" (Mane Nobiscum Domine, 18).
Santa Margarita vivió como pocos, a propuesta del mismo Maestro divino, el valor reparador de su entrega. En realidad, este amor está en la base de las confidencias del Corazón de Jesús que solicita de ella una entrega que compense tanto olvido o desamor, especialmente de las almas consagradas a Él. Baste citar aquí el contenido de la cuarta revelación, en la octava de! Corpus del año 1675: el Señor, descubriéndole su Corazón, le dijo: "He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres y que no ha ahorrado nada hasta el extremo de agotarse y consumirse para testimoniarles su amor, Y, en compensación, solo recibe, de la mayoría de ellos, ingratitudes por medio de sus irreverencias y sacrilegios, así como por las frialdades y menosprecios que tienen para conmigo en este Sacramento de amor. Pero lo que más me duele es que se porten así los corazones que se me han consagrado". Surge de esta manera, con Santa Margarita María, la devoción particular de los primeros viernes de mes y la Hora Santa reparadora y, en general, un poderoso impulso a la adoración y comunión eucarística, expresiones muy válidas del culto al Sagrado Corazón. Si bien este culto apareció entonces con novedosa expresividad y fervor, sus elementos esenciales pertenecían ya, de manera permanente, a la gran tradición espiritual de la Iglesia, pues como dijo el Papa en Paray-le-Monial en 1986 "desde el principio, la Iglesia ha dirigido su mirada al Corazón de Cristo traspasado en la Cruz, del cual salió sangre y agua, símbolos de los sacramentos que constituyen la iglesia". De mirar a Cristo crucificado surge el más ardoroso amor reparador.
3º Un amor eucarístico, con sabor mariano
María es la mujer eucarística con toda su vida. Así la ha definido Juan Pablo II, el Papa del Totus tuus. Ciertamente no consta que María estuviese en la última Cena del Señor, pero su vinculación con la Eucaristía es tan profunda que se refleja en toda su actitud interior. Por eso el Papa nos exhorta a tomarla como ejemplo en nuestra relación con este santísimo Misterio.
Nuestra Santa tiene también una relación privilegiada con la Madre de Dios. La siente como Dueña de su corazón, y llega a escuchar de sus labios: “nada temas; tú serás mí verdadera hija, y yo seré siempre tu buena 'Madre".
Por eso, en su trato hacia la Eucaristía desea tener los mismos afectos de la Santísima Virgen, y siente la necesidad de participar en la Santa Misa con las mismas disposiciones de la Virgen junto a la cruz; en la sagrada comunión con las mismas disposiciones que tenía en la Encamación, diciendo con Ella "he aquí la esclava del Señor, ¡Hágase!"; y en la oración, las mismas disposiciones de la Virgen cuando fue presentada en el templo.
Tal vez por eso la vida de santa Margarita, como la de la Virgen María, es otro Magníficat que alaba al Padre en Jesús y con Jesús. Y esto es, precisamente la verdadera actitud eucarística.
P. Feliciano Rodríguez Gutiérrez, CSM
Capellán de la Escuela de Ingenieros
Industríales. Madrid
Tomado de la Revista Cor
Jesu, Boletín de la Asociación de la Guardia de Honor,
Nº 145 – Junio -
Septiembre de 2005.
Especial Santa Margarita María Alacoque.