San Claudio la Colombière
y el Corazón de Jesús*

 

        P. JACQUES ROUBERT, S. J. superior de los jesuitas de Paray-le-Monial

 

San Claudio la Colombière vivió poco tiempo en Paray-le-Monial. Aparte de una corta estancia de diez días en 1679 a su regreso de Inglaterra, no pasó allí más que dos breves temporadas. La primera de febrero de 1675 a septiembre de 1676, y la segunda de septiembre de 1681 hasta su muerte, el 15 de febrero de 1682. Pero la importancia de los acontecimientos a los que fue asociado ha unido definitivamente su nombre al de la vida de santa Margarita María.

 

Desde el 27 de diciembre de 1673 en que la visitandina había reposado sobre el Corazón de Cristo, habían tenido lugar otras apariciones, en el transcurso de las cuales el Señor le había revelado a Margarita María las riquezas de su amor, tan a menudo mal recibido por los hombres, incluso por las personas consagradas, y había pedido la institución de una fiesta en honor de su Sagrado Corazón. Pero todos tenían por una iluminada a esta religiosa, cuya infancia y adolescencia había sido ya marcada por sucesos fuera de lo corriente. Ella misma llegaba a dudar de la autenticidad de sus visiones y suspiraba por encontrar un guía de luz segura.

 

La dirección espiritual y el reconocimiento de las apariciones del Corazón de Jesús a Margarita María

 

El Corazón de Jesús había prometido a Margarita María enviarle a «su fiel servidor y perfecto amigo». Cuando el padre La Colombière vino al monasterio de la Visitación por primera vez, la religiosa lo reconoció en seguida y se estableció rápidamente entre ellos gran confianza. Aun con sólo 34 años, el joven jesuita disponía ya de una cierta experiencia en la dirección de almas. Tenía sólidos conocimientos teológicos, buen juicio, y sobre todo una profunda vida espiritual. Acababa de terminar su último año de formación, llamado "terceronado",  comprometiéndose definitivamente en el camino de la santidad: un compromiso subrayado por el voto que hizo de observar todas las reglas de su orden. No era un esfuerzo voluntarista, sino una respuesta confiada a la llamada de su Señor. Las notas espirituales de esta época lo muestran imbuido de una confianza en Dios sin límite. Una confianza que suprime todo temor, incluso el que podría nacer del pecado. Había comprendido que el amor del Salvador es más grande que el pecado, y que la mejor manera de reparar las ofen­sas hechas a Dios era abandonarse sin reservas a las exigencias de su amor.

 

Todo ello le predisponía a comprender las experiencias espirituales de su nueva dirigida. Se convenció al punto de lo serio de sus apariciones, y pudo asegurarla, y asegurar también a sus superioras y a su entorno. Las revelaciones referidas por Margarita María no disentían del contenido de la fe y, por otra parte, constataba los frutos de humildad y de fidelidad religiosa que producían. Se juzga al árbol por sus frutos.

 

Venerar al Corazón de Jesús es venerar a la misma persona de Jesús

 

Director de Margarita María, el padre La Colombière devino también su discípulo. Lo que el Corazón de Jesús había revelado a la religiosa, vino a ser igualmente revelación para él, y también objeto de su reflexión teológica. Venerar al Corazón de Jesús era venerar a la persona del mismo Jesús. Es así como lo entendía también Margari­ta María

 

 

El corazón significaba la humanidad de Jesús, el Hijo de Dios encarnado; era pues ese corazón humano, ese corazón de carne que había latido en el pecho de un hombre, criatura perfecta abandonada a la voluntad del padre; ese corazón sobre el que había reposado su cabeza el apóstol Juan; ese corazón humano que había sido traspasado por la lanza del soldado. Era pues legítimo el representarlo. Un día en el momento de comulgar, Margarita María había visto este Corazón abierto recibiendo los corazones de sus dos discípulos, el suyo y el de su director.

 

Según la fe católica, subsistiendo en una sola persona, hay en Jesús una naturaleza humana y una naturaleza divina. Así, en este corazón humano, el creyente reconoce también el Corazón de Dios. Jesús nos revela lo que es el amor del Padre, y como le responde su amor de Hijo. Viendo el Corazón traspasado de Jesús crucificado, comprende que el amor de Dios no tiene límite y que ama «hasta el extremo», retomando la expresión del evangelista Juan.

 

El Corazón de Jesús se apareció a Margarita María en medio de llamas y rodeado de espinas, invitando a contemplar a Jesús en el momento del sacrificio supremo, víctima de la violencia, de la ingratitud, de todas las fuerzas del mal. Pero es el momento en que el Padre puede ver por fin a un hombre, a una criatura, al verdadero Adán, responder plenamente a este amor que ha dado el Creador con superabundancia. El Padre puede ver las injurias de los hombres; pero, a un tiempo, ver también la respuesta de amor de la criatura perfecta. Se com­prende entonces como los cristianos honrando al Corazón de Jesús quieran unirse en oración reparadora a la ofrenda del Hijo. El Sagrado Corazón había hecho compartir a Margarita María los sufrimientos de su agonía: era bueno para unirla a su sacrificio cuyo término es el Corazón traspasado.

 

Su misión: hacer descubrir la riqueza del Corazón de Jesús

 

El gran mosaico que orna el coro de la capilla de La Colombière de Paray-le-Monial recuerda la visión en que la Virgen revela a Marga rita María la responsabilidad de las visitandinas y de los jesuitas en la instauración y la expansión de la devoción al Corazón de Jesús. Tuvo lugar en 1688, seis años después de la muerte de san Claudio. Pero desde el primer momento, fiel a la demanda transmitida por Margarita María, Claudio se las ingenió para dar a conocer la devoción al Corazón de Jesús. Condujo así a una comunidad de sus hermanos je­suitas, probablemente en Lyon, a adoptar esta devoción, varios de cuyos miembros llegaron luego a ser sus ardientes propagadores.

 

Siendo capellán de la Duquesa de York, se empeñó en hacer descubrir la riqueza del Corazón de Jesús a los católicos ingleses que acudían a escuchar sus sermones a la capilla de Saint James. Predicando sobre la Pasión, más que extenderse en los diversos episodios del camino de la cruz, invitaba a sus fieles a buscar el verdadero sufrimiento de Cristo en ese corazón que ve rechazado su amor por tantos pecadores. Un franciscano inglés, futuro mártir, vino a verle un día a escondidas, y le confesó que para los católicos ingleses, era el hombre de la devoción al Corazón de Jesús.

 

Encontró también una ferviente discípula en la persona de la duquesa, quien vino a ser reina de Inglaterra, y lue­go, exilada en Francia, se dedicó a dar a conocer esta devoción y llegó hasta pedir al papa que autorizara una celebración solemne de la fiesta del Corazón de Jesús en las iglesias de la Visitación. Era aún demasiado pronto: una multitud de devociones dudosas surgían entonces en la Iglesia, y la devoción al Corazón de Jesús fue tenida por una de ellas. Los mismos superiores de la Compañía de Jesús y de la Visitación eran claramente desfavorables. El Papa autorizó sólo la celebración solemne de la misa de las Cinco Llagas en los conventos de la Visitación.

 

Así, a pesar de sus esfuerzos, ni Margarita María ni Claudio pudieron realizar en vida lo que pedía el Corazón de Jesús. Pero los discípulos se habían multiplicado, habían nacido las cofradías consagradas al Sagrado Corazón, su devoción se hizo cada vez más familiar y mejor comprendida, pero no fue hasta 1856 cuando la Iglesia instauraría la celebración solemne del Corazón de Jesús. Reconocía así el valor de esta devoción honrando a quienes habían sido sus iniciadores. Margarita María sería beatificada en 1864 y canonizada en 1920. Claudio la Colombière recibía el mismo reconocimiento de la Iglesia en 1929 y en 1992.

 

    * Reproducido del número de febrero de 2005 de la revista Paray-le-Monial