EN   EL   OCASO   DEL   OCHOCIENTOS

 

MÁS SOBRE  EL OPTIMISMO  DE  LEÓN XIII


EL ACTO MÁS GRANDIOSO.VALORACIÓN DEL ACTO.

LA EMISARIA DEL CORAZÓN DE JESÚS.-¿CREDULIDAD EN LEÓN XMI?
LA PRUDENCIA PONTIFICIA.

 

«NO MENOSPRECIÉIS LAS PROFECÍAS»

 

Por el P. Ramón Orlandis S. I.

El acto más grandioso

«Revestido el Sumo Pontífice de roquete y muceta roja, a las siete de la mañana, fue conducido en silla gestatoria a la capilla Paulina, acompañado de S. E. Re­verendísima el Mayordomo y Monseñores Maestro de Cámara, Prefecto de Ceremonias, Camareros secretos, participantes de Cámara y otros adscritos a la noble Cámara secreta y escoltado de la guardia noble y de la guardia suiza.

 

A la entrada de la Capilla fue recibido por Mon­señor Pifferi, quien en calidad de Sacristán mayor y párroco de los Sacros Pala­cios Apostólicos le ofreció el aspersorio, con el cual Su Santidad se signó en la frente y bendijo a los cir­cunstantes; luego se arrodi­lló ante el altar, que estaba profusamente iluminado, y en e1 que se destacaba una hermosísima imagen del Sagrado Corazón. Después da la preparación celebró la Santa Misa, asistido del Prefecto de Ceremonias y Camareros secretos Monse­ñores Riggi y Marsolini que le ofrecieron el agua y la toalla para  las abluciones.

 

Terminada la misa, asis­tió a otra de acción de gracias dicha por su Cape­llán secreto Mns. Angelí. En seguida fue expuesto el Santísimo Sacramento y el Soberano Pontífice recitó con voz firme el acto de Consagración, al cual sen­tían los asistentes que hacía pasar toda su alma. Era ver­daderamente un espectácu­lo conmovedor ver aquel anciano de noventa años, a quien Nuestro Señor Jesucristo ha confiado lo que tiene de más querido en la tierra, su Iglesia adquirida con su Sangre preciosa, tomar, por decirlo así, en sus manos el mundo entero rescatado con el precio de esa Divina Sangre y ofrecérselo.

 

iSed Rey, decía el Papa, sed Rey de los fieles, sed Rey también de los hijos pródigos que os abandonaron; sed Rey de los que se hallan en la antigua superstición de los gentiles y no tardéis en trasladarlos de las tinie­blas, a la luz y reino de Dios.

 

De este modo era presentado el mundo a Jesucristo, para que se afianzara sobre él su divino Imperio y su divina Realeza.

 

«Después se recitaron las preces acostumbradas re­pitiendo en el Bendito sea Dios, tres veces: «Bendito sea el Sacratísimo Corazón de Jesús», y fueron cantadas por los Profesos Agustinianos de Santa Mónica las letanías del Sagrado Corazón y el Tantum ergo, dando por fin Mns. Pifferi la triple bendición con el Santísimo Sa­cramento.

 

Asistieron a esta imponente ceremonia unas dos­cientas personas, y si no estaban representadas allí to­das las naciones, puede muy bien decirse que el nuevo mundo estaba dando la mano al antiguo. En efecto, varios obispos americanos venidos a Roma para el Con­cilio   (Se refiere al Concilio Plenario de la América latina entonces reunido en Roma.)  se hallaron presentes al solemne acto; también asistieron a él en sitios distinguidos, como en los días precedentes — del triduo preparatorio — los dos Car­denales que moran en el Vaticano, Mns. Rampolla y Mns. Moncenni, y además los Embajadores de Austria y de España, el Ministro de Bélgica, el general de Courte, el general Barón de Charette, el benemérito sacerdo­te y periodista D. Albertario y algunos oficiales de la marina española, que en unión de todos los demás asistentes rogaban con el Papa, invocando sobre sí aquella realeza, cuyo re­conocimiento acaba, por decirlo así, de ratificar el Soberano Pontífice.*

 

Fácilmente habrá echado de ver el lector que la rese­ña que acabamos de trans­cribir de «E! Mensajero del Sagrado Corazón de Jesús» —agosto de 1899—se refie­re a !a Consagración del Mundo, anunciada y funda­mentada en la Encíclica «Annum sacrum», de 25 de mayo. En ésta, León XIII ordenaba que el domingo 11 de junio en la iglesia principal de cada población se rezara la fórmula de Consagración del mundo entero, que con la Encíclica se remitía. El Vicario de Cristo personalmente quiso pronunciar esta Consagración, y así lo hizo en la fun­ción reseñada. El cronista califica el acto de impo­nente y debió de serlo, precisamente por su sencillez e intimidad.

Valoración del acto

 

En el mes de abril del mismo año, recibía León XIII al Obispo de Lieja limo. Doutreloux. Tratando de esta audiencia, escribía este prelado:  «En este momento, León XIII pareció recogerse un instante dentro de sí y levantándose luego en su sillón, me anunció en tono emocionado y solemne que muy pronto publicaría una Encíclica prescribiendo la consagración del mundo en­tero al Sagrado Corazón de Jesús, hasta de las naciones no católicas y aun de aquellas que no estaban alum­bradas por la fe cristiana y mandando un triduo de pre­dicaciones el 9, 10 y 11 de junio para que se prepa­raran los fieles a este gran acto, y me encargó se hiciera con la mayor solemnidad en la catedral de Lieja. «Sé —me dijo con palabras inflamadas— que este acto apresurará para el mundo las misericordias que aguar­damos.» Y en el curso de la conversación, el Romano Pontífice llegó a decir estas palabras: «Voy a hacer el acto más grandioso de mi pontificado».

 

 

 Jesús dulcísimo, Redentor del género humano, míranos postrados humildísimamente delante de tu altar. Tuyos somos, tuyos queremos ser, y para que podamos estar más firmemente unidos a Ti, he aquí que hoy cada uno de nosotros voluntariamente se dedica a tu Sacratísimo Corazón.

 

Muchos Señor, ciertamente, nunca te conocieron: muchos te dese­charon, al despreciar tus mandamientos. Compadécete de los unos y de los otros, oh benignísimo Jesús; y atrae a tu Santo Corazón d todos.

 

Sed Rey, oh Señor, no sólo de los fieles que jamás se separaron de Ti, sino también de los hijos pródigos que te abandonaron; haz que estos vuelvan pronto a la casa paterna, para que no perezcan de miseria y de hambre.

 

(Fórmula de Consagración de todo el mundo al Sagrado Corazón, compuesta por S. S. León XII.)

 

 

 

¡El acto más grandioso del pontificado de León XIII! ¡La prescripción y el rezo de unas devotas preces, el acto más grandioso del gran diplomático, del gran polí­tico, del gran sociólogo León XIII! ¿A qué hubieran so­nado estas palabras del Papa en los oídos de los intelec­tuales sin fe y aun de no pocos católicos? Pronunciadas en la intimidad de una conversación particular es evi­dente que no era posible atribuirlas al estilo típico de un documento público, cuyo formulario tradicional per­mite, según piensan algunos, rebajar algo de la impor­tancia que en él se dé a las cosas.

 

La emisaria del Corazón de Jesús

 

«Hice mi primera comunión el 25 de abril de 1875, al mismo tiempo que mi hermano Maximiliano, pues andábamos siempre juntos; ya suspiraba yo por la vida religiosa para ser toda de nuestro Señor; y como, me habían dicho que algunas santas habían sentido los primeros indicios de vocación en ese día, aguardaba yo con impaciencia la misma dicha. Nuestro Señor no me concedió entonces la gracia que tanto deseaba. Esperé, pues, el día de mi confirmación, y en efecto, después de recibir este sacramento empecé a sentir la vocación y después de aquel momento no la perdí, antes fue siempre creciendo en mi alma.»

 

Estas palabras las escribió en su lecho de muerte una religiosa, joven aún, de la Congregación del Buen Pastor, Sor María del Divino Corazón. Cuando murió, hacía tres años que una enfermedad durísima la tenía postrada en cama. Desde mayo de 1894 era superiora de la casa que dicha Congregación tenía en Oporto de Portugal, y allí murió en olor de santidad el 8 de junio de 1899. El triduo prescrito por León XIII como pre­paración a la consagración del mundo al Sagrado Cora­zón había de comenzar el 9, festividad de este título, y la religiosa dejó este mundo el jueves, después de vísperas, es decir, comenzado ya el día litúrgico de la fiesta.

 

Aquella religiosa, en el mundo María Droste zu Vischering, era nada menos que la emisaria de Jesús, encargada por Él mismo para pedir en su nombre a su Vicario en Ja tierra que consagrara a su Divino Corazón todo el género humano.

 

¿Credulidad en León XIII?

 

El Romano Pontífice asintió, y en el momento de la muerte de la religiosa todo estaba ya preparado para la realización de aquel acto que él valoraba como el más grande de su Pontificado.

 

¿Cómo un varón tan distinguido por su prudencia y madurez se había dejado persuadir con tanta facilidad por una monja, es decir, por una presunta visionaria? En sus conversaciones privadas, no tan sólo no se reca­taba el Papa de atribuir su determinación al influjo de la religiosa, sino que parecía tener empeño en que esto se supiera y se divulgara.

 

Es por consiguiente innegable que León XIII dio fe a las revelaciones de la religiosa de Oporto. Es también innegable que el conocimiento de estas revelaciones y la creencia en su origen divino, en algún modo influyó en la determinación del Papa. El mismo no pretendía disimularlo.

 

Siendo esto así, ¿habremos de confesar que en esta ocasión para él tan solemne, cuando se trataba nada menos que del acto más grandioso de su vida, León XI11 se dejó impresionar y persuadir por las revelaciones de una monja?

 

No deja de ser interesante este problema. Pocos días antes de su muerte, refiriéndose al Gobierno fran­cés de Combes, León XIII repetía estas palabras: «Me han engañado, me han engañado». En cambio, un año justo antes de su muerte, el anciano Papa recibió en audiencia privada al sacerdote francés Luis Chasle, en­cargado de escribir la vida de la religiosa de Oporto, y en presencia de este señor se hizo leer por el Carde­nal Vives y Tuto la parte del libro en que se refería todo el asunto de la Consagración, y nada tuvo el Papa que rectificar.

 

La prudencia pontificia

 

Para poner en claro la prudencia con que obró en todo este proceso León XIII es indispensable precisar en primer lugar el grado o la calidad del influjo, y en segundo lugar qué motivos pudo tener para dar fe a la sobrenatural ¡dad del mensaje.

 

Ante todo advierta bien el lector menos instruido que una cosa es el documento pontificio en que el Ro­mano Pontífice promulga su determinación de consa­grar el género humano al Sagrado Corazón, y otra las conversaciones particulares en que León XIII expresaba sus sentimientos y creencias.

 

 

Sed Rey, finalmente, de todos los que se hallan en la antigua superstición de los gentiles, y no tardes en trasladarlos de las tinieblas a la luz del reino de Dios.

 

Conceded, Señor, a tu Iglesia segura libertad y bonanza; conce­ded a todos los pueblos la tranquilidad del orden; haz de una vez que del uno al otro polo resuene esta sola aclamación: Alabado sea el Divino Corazón, por quien hemos alcanzado la salud: a El mismo gloria y honor por todos los siglos. Amén.

 

(Fórmula de Consagración de todo el mundo al Sagrado Corazón, compuesta por S. S. León XIII)

 

 

Cuando llegó a manos del Papa la carta de Oporto, en que se le anunciaba el mensaje de Jesús, el Papa no disimuló su emoción, pero no tomó determinación al­guna. Llamó al Cardenal Mazella, eminente teólogo, y le encargó que estudiara el asunto, no en la carta de la religiosa, sino aplicando los principios sólidos de la sana teología. «Señor Cardenal», le dijo, «tomad esta carta y depositadla allí en los archivos; ella no debe contar para nada en este momento».

 

La legitimidad de la consagración del género hu­mano al Sagrado Corazón de Jesús se había de funda­mentar en los principios de la Sagrada Teología y de la tradición católica.

 

La carta de la religiosa había llegado a Roma el 15 de enero, y el 25 de marzo tomaba León XIII la de­terminación definitiva.

 

El 2 de abril, el Cardenal Mazella, como Prefecto de la Congregación de Ritos, el mismo que había inter­venido en este asunto, firmó un Decreto en virtud del cual el Romano Pontífice autorizaba el rezo y el canto público de las letanías del Sagrado Corazón, y en este Decreto introdujo estas palabras: «Su Santidad, impul­sado por su devoción fervorosa al amantísimo Corazón de Jesús, y deseoso de aportar algún remedio a los males que nos afligen y cada día crecen, se propone consagrar el mundo entero al Sagrado Corazón».

 

En la Encíclica Annum Sacrum, de 25 de mayo, toda ella destinada a fundamentar y a promulgar la decisión del Papa, para nada se alude a la revelación de la religiosa.

 

Así, pues, la voluntad de León XIII como Pontífice, la que se promulga a la Iglesia universal en el docu­mento, para nada depende de la revelación privada. Con esto queda en salvo la prudencia del gobernante, la prudencia pontificia.

 

«No menospreciéis las profecías»

(San Pablo, I, Tes. V, 20)

 

Empero, ¿y la prudencia de León XIII como persona privada? Preguntaría yo a quien rehuyera llevar la cues­tión a este terreno, ¿será prudencia, sensatez, equidad desdeñar sin examen el juicio, el aprecio de una persona tan calificada como León XIII en un caso como este de que tratamos? La facilidad en admitir lo sobrenatu­ral en hechos de esta índole suele tenerse como indicio de falta de madurez de juicio o de perspicacia. ¿No será por lo menos temeridad suponer estas deficiencias en León XIII?

 

Si el exceso de sencillez es peligroso, no deja de te­ner sus quiebras la incredulidad apriorística. Entre el montón de escorias de lo falso, se halla a las veces el oro de lo verdadero.

 

¿Cómo arrogarnos el derecho de rechazar sin exa­men el juicio aprobativo de León XIII? ¿Qué prudencia será aquella que desdeña el aprovechamiento de lo que León XIII apreció como un auténtico valor?

 

Pues bien, no debo ni puedo ocultarlo. Un estudio a mi parecer suficiente de los datos indiscutibles que nos ha conservado la historia, me ha dado el convenci­miento de que León XIII, aun como persona privada, pensó y obró como él era, como persona de elevada cultura, de gran prudencia y de espíritu ecuánime y sobrenatural. Me hago perfecto cargo de la profunda emoción que ponía en sus palabras cuantas veces había de hablar del mensaje de la religiosa de Oporto.

 

Un conjunto de circunstancias que él miraría como providenciales habían de inclinar el juicio del Papa hacia el extremo de la afirmación aprobativa. De mí confieso que la sola lectura meditada de la bien docu­mentada obra del Presbítero señor Chasle me ha con­vencido en absoluto de la realidad de la comunicación divina del mensaje. No es el juicio respetable del autor del libro lo que nos mueve, sino el acento contundente de sinceridad y de verdad que se percibe en los múl­tiples fragmentos de los escritos de la religiosa incluidos en el libro, la unidad evidente que se descubre entre las palabras y la vida, el desarrollo consecuente de una vocación, al principio en germen, y que llegada a una madurez perfecta da como fruto definitivo el mensaje celestial, etc.

 

Habría yo querido presentar como en un cuadro vivo a los lectores de CRISTIANDAD aquel desarrollo viviente de un espíritu que moviéndose libremente ja­más sale de la ruta que le señala el ideal, espíritu al que nunca desvían de su camino, los decaimientos de lo difícil ni los engreimientos del éxito.

 

Con el solo trabajo de ordenar, organizar y hacer resaltar palabras y hechos de Sor María del Divino Co­razón, hubiera yo querido trazar ante los ojos de los lectores de CRISTIANDAD la trayectoria viviente que aquella alma privilegiada recorrió, desde que al recibir el Sacramento de la Confirmación sintió despertarse una vocación, un ideal, hasta que esta vocación dio su fruto ultimado en este mundo: el mensaje de! Corazón de Jesús al Padre Santo.

 

La vocación que entonces sentí, nos dice ella, siem­pre fue creciendo, y así nos aparece en el curso de su vida, creciendo no tan sólo en intensidad, sino en fijeza y concreción. «Serás la Esposa de mi Corazón», «Ven a mi Cruz». Jesús la va llamando y atrayéndosela y uniéndosela cada vez más íntimamente por la contem­plación y el amor.

A medida que se hacen más duros' sus combates, más terribles sus padecimientos, más absorbente su increíble actividad, su heroica voluntad resuelve la antinomia, la incompatibilidad entre el salir fuera de sí de una activísima vida, el quedar dentro de sí de una vida enteramente contemplativa y el ince­sante actuar de ambas vidas a pesar de la casi total paralización de su organismo y de los dolores incom­portables de la hiperestesia.

 

Para el creyente convencido, más que la fuerza de voluntad que tanto heroísmo supone, es de admirar la humildad de aquel corazón, que sólo en el Corazón de Jesús busca y halla la fuerza para el trabajo, el combate y la victoria.

 

María del Divino Corazón es un milagro de la gra­cia. Como tantos otros Santos, sin la intervención de la gracia sería ella un enigma, un absurdo.

 

¡Atrás!, diremos a aquel desgraciado que ante tales maravillas se jactare de espíritu fuerte. ¡Atrás!, no des­precies lo que está sobre ti como lo infinito sobre lo finito, lo eterno sobre lo temporal. Respeta el juicio de aquel venerabilísimo y sapientísimo León XIII, admi­rado de creyentes y no creyentes, que cercano ya a la eternidad recibió la visita de lo eterno y lo divino por medio de María Droste Vischering. la emisaria de Jesús a su Vicario. Si tú no conoces a Jesús, ¿cómo conoce­rás el carácter de su letra? León XIII lo conoce y fo distingue, y por esto al recibir la carta de María no puede ocultar su emoción. El mismo Cardenal Mazella, teólogo y filósofo eminente, al acabar de leer el men­saje de María, exclamó: «La carta es muy digna de atención y parece dictada por Nuestro Señor».

 

El 18 de mayo llegó a Oporto una carta de los pa­dres de María con la bendición del Padre Santo. Decla­rar su gozo y su dicha no es posible, dicen los que la rodeaban entonces. Los Condes de Droste Vischering. sin soñar siquiera en la misión que había cumplido su hija cerca del Romano Pontífice, solicitaron y obtuvie­ron una audiencia de Su Santidad. El Papa, después de haberles mostrado la bondad más paternal, les había preguntado sobre la niñez y la juventud de su hija, de la cual había hablado con ternura y con un tono de religiosa estima. «Es un alma privilegiada», les dijo, «que tiene luces sobrenaturales». Les anunció que es­taba a punto de aparecer una Encíclica prescribiendo la consagración del mundo entero al Sagrado Corazón, de la que esperaba bendiciones abundantísimas para la Iglesia y que había sido resuelta «por las revelaciones que vuestra hija me ha transmitido». Y tomando luego un tono de autoridad: «Os encargo», dijo, «que hoy o mañana le escribáis que los días 9, 10 y 11 de junio se celebrará en todo el mundo (y al decir esto extendía sus manos como señalando a todo el mundo) y de la manera más solemne, y que en todo el mundo, en todas las catedrales e iglesias del mundo entero, se hará la Consagración. Escribidle todo esto y decidle que todo esto lo he resuelto por lo que ella me hizo saber y que de ello espero las más abundantes gracias para todo el mundo. Veremos si lo que ella dijo seta ratificado en el cielo.

 

¿No es verdad que le escribiréis esto y le diréis que os he dispensado la acogida más paternal y que le envío mis bendiciones más especiales?

 

“¡Oh! En este momento la veo ahí con nosotros a mis pies. Ahora haced la señal de la Cruz».

 

Para persuadir a un lector creyente y piadoso de la verdad de este mensaje del cielo, incomparablemente mayor será la fuerza de estas breves frases de León XIII que la que podría tener una exposición pálida y sin vida, tal como yo la hubiera redactado. No renuncio, con todo, a volver sobre este asunto en las columnas de CRISTIANDAD.

 

La idea de Cristo-Rey para alcanzar virtualidad y abrirse camino no necesita de revelaciones privadas. Pero cuando viene a prepararle el camino un mensaje especial del cielo, sería necio y presuntuoso desdeñarlo y dejarlo de lado. Este es el caso presente. La Consa­gración del mundo entero al Sagrado Corazón de Jesús fue al propio tiempo una proclamación de Cristo Rey, una afirmación del derecho de jurisdicción que Cristo ha concedido a su Vicario sobre todos los hombres: sobre los bautizados, porque el bautismo los vincula de hecho a la Iglesia, reino de Cristo; sobre los no bau­tizados, por la obligación que tienen de entrar en la Iglesia; los primeros son súbditos del Papa de derecho y de hecho, y los segundos no lo son de hecho, pero sí de derecho; y en esto se fundamentó la legitimidad del acto del Pontífice por el cual, en virtud de la potes­tad que tiene sobre todos los hombres, a todos consagró a Cristo Rey, a su Divino Corazón, a bautizados y no bautizados.

 

¡Ojalá que este artículo sirviera para que los lec­tores de CRISTIANDAD tuvieran la curiosidad de leer la vida de Sor María del Divino Corazón. Droste Vischering, escrita en francés por el señor Chasle, pbro., de aquella joven westfaliana de nobilísima familia, so­brina del famoso Obispo de Maguncia, Ketteler, y por cuyas venas corría la misma sangre de aquellos prelados defensores intrépidos de la Iglesia, que llevaron con tanta gloria el apellido de Droste Vischering.

Ramón Orlandis, S. I.

Rev. Cristiandad, junio de 1947

 

 

Reinará por fin el Divino Corazón, a pesar de los que a ello se querrán oponer. Satanás quedará confuso con lodos sus par­tidarios. (Dichosos aquellos de quie­nes será servido para establecer su imperio! Paréceme que Él es seme­jante a un rey que no piensa en dar sus recompensas mientras va hacien­do sus conquistas y triunfando de sus enemigos, pero sí, cuando reine victorioso en su trono.

 

El   adorable   corazón de Jesús quiere establecer su reinado de amor en lodos los corazones, y destruir y arruinar el de Sata­nás. Paréceme que tiene de esto tanto deseo que promete grandes recompensas a cuantos de buena voluntad, se aplicarán a ello con todo su corazón según el poder y las luces que se les dará.

 

No tema­mos, pues el trabajo y los padeci­mientos que hallarán, en tan santa obra, antes bien, tengámonos por dichosas cuando se nos tendrá por dignas de un tan noble objeto.

 

Más es esta una devoción que no quiere ser forzada ni violentada. Bas­ta darla a conocer y después dejar al Divino Corazón el cuidado de penetrar los corazones, que Él mismo ha destinado para Sí con la unción de su gracia.

 

(De la carta de Santa Margarita M.a Alacoque a la Hermana Joly)