Pequeño Catecismo del Acto de ofrenda de Santa Teresita del Niño Jesús

 

Introducción - Por el abate P. Travert, capellán del Carmelo de Lisieux
 


El Carmelo de Lisieux ha editado un folleto titulado: Pequeño Catecismo del Acto de ofrenda de Santa Teresita del Niño Jesús como víctima de holocausto al Amor misericordioso de Dios.

 

Este pequeño Catecismo -como nos dice la advertencia que le precede- , tiene por objeto contestar a las numerosas consultas formuladas por personas deseosas de imitar a Santa Teresita del Niño Jesús en su ofrenda al amor misericordioso de Dios».

 

De este modo se continúa, tal vez se concluye ya con este opusculito, la tarea de interpretar las enseñanzas de Santa Teresita, emprendida por los testigos presenciales de su vida espiritual. Primero tuvimos ««El Espíritu de Santa Teresa del Niño Jesús, según sus escritos y los testigos oculares de su vida». Luego se editó la obrita «Novissima Verba, o últimas conversaciones de Santa Teresita del Niño Jesús». Algo después salió a luz el opúsculo «En la Escuela de Santa Teresita del Niño Jesús, o su verdadero espíritu comentado por ella misma». He aquí, por fin, el Pequeño Catecismo del Acto de Ofrenda al Amor Misericordioso, según los textos de la Santa y las enseñanzas que dio a sus novicias.

 

Este Pequeño Catecismo es muy necesario, pues nos parece ser corto el número de almas devotas de Santa Teresita que comprenden exactamente este Acto de Ofrenda. No hay que extrañarlo, pues, como allí se advierte, es un acto «nuevo en los anales de la Iglesia. Ningún acto análogo a éste podría iluminarnos sobre su alcance. La única documentación que sobre este punto podemos hallar, son los textos de la Santa y las enseñanzas que daba a sus novicias.

 

Para comprender bien este Acto, hay que estar bien penetrado de la virtud fundamental comunicada por el Espíritu Santo a su alma: el amor a su propia flaqueza, a su miseria espiritual. Santa Teresita comprendió que gustar de sentirse débil e impotente delante de Dios era un medio infalible para atraer sobre su alma la abundancia de sus misericordias. Ella deseó y pidió conocer bien su nada, y fue escuchada, y proclamó muy alto que «reconocerse con amor una pobrecita nada y no más, era la mayor gracia que el Señor le había hecho». Jamás nuestra Santa salió de ese camino, y el Acto de Ofrenda es el punto más culminante y admirable de esa vía.

 

Santa Teresita, en ese Acto, no aspira a no sentirse ya imperfecta, sino a reconocer que lo es cada vez más, para de esta manera merecer mayor abundancia de gracias. «Miseris cor dare»: Dar su corazón a los miserables, es el atractivo del Amor Misericordioso.

 

Nuestra Santa, a pesar de su inocencia, se vio a sí misma enteramente incapaz para obrar el bien. Todo el bien que en ella había, lo atribuyó a la gracia. Y en este estado de alma, ella clamó, con todas sus miserias, a la ternura inefable del Corazón Divino, el cual se inclina irresistiblemente a expansionarse todo entero sobre lo más humilde y despreciable.

   

Quien no se haya dado cuenta de esta disposición interna de Santa Teresita del Niño Jesús, no puede comprender nada de su Acto de Ofrenda al Amor Misericordioso. Este Acto, en efecto, es propio de las que Teresa llama «pequeñas almas No tiene por fin el ofrecer a Dios un alma consumada en santidad, sino una almita que, a pesar de sus grandes deseos de santidad, se reconoce todavía muy imperfecta. Ella conoce el precio de la humildad de corazón a los ojos de Dios, y el amor de su Corazón para con aquellas almas, llenas de deseos ardientes, pero siempre débiles e impotentes por sí mismas, y por este conocimiento se abandona con absoluta confianza en las gracias de su infinita misericordia, esperando sólo de estas gracias su consumación en la santidad. Esto, para un acto de ofrenda como víctima, es un punto de vista del todo nuevo, pues el término de este acto no es el sufrimiento, sino el Amor Misericordioso.

 

Pero no es sólo éste el punto de vista nuevo. El Acto de Ofrenda al Amor Misericordioso es un acto de »puro amor>', sin ninguna idea de ventaja personal, ni siquiera de su propio adelantamiento. Su único fin se cifra en «compensar a Dios Nuestro Señor de la resistencia que las criaturas oponen al Amor que El les quiere prodigan.

 

Santa Teresita no vio en él sino «el don más excelente» al Amor Misericordioso, es decir, dulce y compasivo, de Dios, á quien ella se abandona, sin otro deseo que el de amarle y hacerle amar.

  

Santa Teresita del Niño Jesús, en su Ofrenda, ha propuesto una obra profundamente original. Es, pues, necesario estudiarla sin ninguna prevención, si se quiere evitar todo error acerca de ella. Y el mejor medio de logarlo es el preguntar a los testigos de su vida aquello que en ella vieron y le oyeron. Esto precisamente es lo que han hecho muchas almas, y el Pequeño Catecismo es la respuesta colectiva que se les dirige.

 

Este Pequeño Catecismo se divide en dos partes, considerando en la primera lo precedente al Acto, y en la segunda lo consiguiente y se termina con un Apéndice, al que sigue la fórmula de la Ofrenda.

 

La primera parte del opúsculo da las luces necesarias para prepararse a hacer bien el Acto de Ofrenda. Leyendo las diecisiete preguntas y respuestas que la componen, se ve la riqueza de ideas nuevas contenidas en la fórmula inspirada a la Santa. Ya se trate del fin (no. I, 2 y 3), del origen (4 y 5), de las disposiciones (6 y 7), de los efectos (12, 13, 14 y 15), o de la vocación a hacer el Acto (1I, 15, 16 y 17), o se trate de las palabras «víctima», «holocausto», «mártir», las contestaciones tienen, todas, un sello de novedad. Tomemos como ejemplo una sola pregunta de esta primera parte con su respuesta.

 

Pregunta sexta: ¿En qué disposiciones debe encontrarse el alma que quiere atraer hacia sí este Amor Misericordioso? Respuesta: Su disposición consiste en una humildad confiada, y debe ofrecerse a Dios como un vaso vacío, para que derrame en él las olas de su amor...

 

Ser «vaso vacío»; vacío, sobre todo, de confianza en sí misma, en sus recursos y virtudes: he aquí, según el Pequeño Catecismo, la única disposición necesaria para ofrecerse como víctima de holocausto al Amor Misericordioso de Dios. Y esto es, precisamente, lo que el Espíritu Santo reveló a Santa Teresita. «Lo que agrada a Dios, decía, mejor que las más generosas aspiraciones, es vernos amar nuestra pequeñez y nuestra pobreza; es la esperanza ciega que tenemos en su misericordia.

 

¡Cuán sencillo es esto y cuán lejos está de los numerosos y complicados requisitos que creíamos necesarios para poseer el Divino Amor! Santa Teresita nos enseña así el precio inefable de la humildad de corazón.

 

El Pequeño Catecismo, responde también muy claramente a la preocupación siguiente. Sucede que muchas almas se sienten muy deseosas de practicar plenamente la doctrina de Santa Teresita, y, sin embargo, temen hacer su Acto de Ofrenda.

 

Es que las desorienta eso de «víctimas», «holocausto», «martirio», cosas que parece exceden a la sencillez de la vía de infancia y expresan un estado de espíritu más o menos extraordinario y dispuesto a pasar por sufrimientos, para los cuales no se sienten ellas con bastante fuerza, y por lo mismo les parece que sería una especie de presunción e imprudencia para el caso de que Dios les tomase la palabra.

  

Extraño fuera que Santa Teresita, que sólo aspira a una vida sencilla. y ordinaria, requiriese cosas extraordinarias a su legión de «almas pequeñas». Lo que ocurre es una mala inteligencia de la frase «víctima de holocausto». Y no es extraño, porque aquí estas voces tienen un significado enteramente nuevo, por haberlas asociado la Santa a un vocablo con el cual nunca se las había unido antes: el de Amor  Misericordioso. Esta nueva fraseología presenta un sentido absolutamente nuevo. Desaparece el propio de las palabras aisladamente tomadas, y en su lugar, se expresa otro, correspondiente a las mismas unidas. No se trata ya de ofrecerse víctima de holocausto simplemente, o de ofrecerse como tal a la justicia divina: se trata de ofrecerse como víctima de holocausto al Amor Misericordioso.

 

 Mas, por lo mismo que la idea expresada por Santa Teresita es nueva, sólo un estudio cuidadoso del lenguaje de sus escritos en este punto puede darnos su verdadero significado. Y este cuidado con una simple lectura, basta para esclarecer nuestras dudas. Terminantemente dice la Santa que ella no ha querido desviar, para atraerlos a sí, los justos castigos debidos a los pecadores. Ella encontraba grande y generosa esta ofrenda; pero estaba muy lejos de sentirse inclinada a hacerla. Otro atributo de Dios tenía sus preferencias: aquél que, no sólo «se extiende sobre la tierra, sino que hace también las delicias de los elegidos en el cielo: su Amor Misericordioso.

  

¿Cómo?, se decía ella: ¿Semejante atributo no tendrá él sus víctimas? E inmediatamente se ofrecía como víctima de holocausto, no para atraer sobre sí los castigos reservados a los pecadores, sino <'las olas de ternura infinita que en Dios se encierran». ¿Quién, pues, podrá temer el ofrecerse víctima de holocausto como Santa Teresita, puesto que se trata de dejarse consumir por las ternuras divinas?

 

 El fin de este acto no es el dolor, sino el amor. Muchos ven esto y, sin embargo, no les satisface. La vida cristiana, dicen, está hecha de inmolación, de dolor, a imitación de Nuestro Señor Jesucristo crucificado. ¿Cómo un acto de perfección se presenta cual ofrenda a las ternuras divinas?

  

Los que así razonan, olvidan una enseñanza de la Doctrina Cristiana que dice: Todos los mandamientos se resumen en el amor. Por lo tanto, cuando el amor de un alma es más puro, tanto más elevada está ella en perfección. Hay, pues, que velar, ante todo, por la pureza de nuestras intenciones, que es lo que da valor aún a nuestros sufrimientos. Santa Teresa del Niño Jesús comprendió perfectamente este punto, y, cosa singular, llegó, bajo el soplo del Espíritu Santo, hasta a querer rivalizar desde la tierra con los santos del cielo, haciéndose consumir por el Amor Misericordioso que constituye su vida beatífica. Se ofreció a él con una audacia de niña, que sabe que cuanto su Padre celestial posee, le pertenece; y, al hacer este acto maravilloso, olvidada de sí misma, pensó únicamente en consolar a su buen Dios. El dolor no fue, ciertamente, ajeno a la vida de Santa Teresita; pero comprendió perfectamente que no era él lo que constituía el valor propio de su vida espiritual. Aceptaba siempre los sufrimientos que Dios le enviaba, pero no pedía mayores ni los escogía. Era en el amor en lo que ella aspiraba a ser consumida. Pues bien: el amor puro halla su alimento en las cosas humildes, como una sonrisa en medio de la tristeza, un callar en vez de replicar...

 

El acto de Ofrenda al Amor Misericordioso atrae a nosotros el amor de Nuestro Señor mismo y, «por El, con El, en El», ponemos un perfecto desprecio de nosotros mismos en cada uno de los actos de nuestra vida. He ahí el efecto principal del Acto de Ofrenda; es de una belleza divina. ¿Y quién no ve ahora que está al alcance de todas las almas que sinceramente quieren vivir del amor de Dios y quieren en verdad, cualesquiera que sean sus defectos, desprenderse de sí mismas y de toda vana afición a las criaturas?

  

Digamos también que muchas veces los efectos de esta ofrenda no se realizan sino de manera oculta y misteriosa. Una circunstancia memorable de la vida de Santa Teresa del Niño Jesús nos lo da a conocer. Cuando, algunos días después de su Acto de Ofrenda al Amor Misericordioso, se sintió repentinamente herida de un dardo de fuego tan vehemente que creyó iba a morir, se halló en seguida después en el mismo estado de flaqueza y de impotencia para todo bien, en que habitualmente se sentía en su vida espiritual. El Acto de Ofrenda, aún hecho desde el fondo del corazón, no parece tener, por lo general, efectos sensibles; hace solamente crecer en el alma todas las disposiciones conducentes al amor puro, y, precisamente, no hay nada mejor que el sentimiento de su impotencia y flaqueza espiritual.

  

La humildad de corazón, que nos ha merecido el don del amor consumativo y transformante, será también el principal medio de conservarlo en nosotros. Tal es la importante lección que se desprende también de la segunda parte del Pequeño Catecismo.

 

Todo esto parece nuevo y atrevido, pero es en realidad, el espíritu tradicional en su plenitud. Teníamos demasiado olvidado, prácticamente, que, sin la gracia, nada podemos hacer; el esfuerzo personal parecía serlo todo para llegar a santo. Santa Teresita nos vuelve a enseñar la manera de enriquecernos con las energías infinitas del Divino Amor, tratando de anonadarnos ante El, y dejarle en todo la iniciativa con un abandono filial y confiado. Esta doble disposición es lo que el Pequeño Catecismo llama «la parte de trabajo del alma víctima, su cooperación activa para con el Amor Misericordioso».

 

Pero, como hemos dicho, reflexione bien el alma en la parte que pertenece a la acción divina en nosotros y hasta qué punto la necesitamos. ¿Por qué, en efecto, Nuestro Señor habría de instituir un pan de vida, «nuestro pan cotidiano», si pudiéramos solos o casi solos conservar nuestra vida? No, Jesús ha dicho: ”En verdad, en verdad os digo: Si no comiereis la carne del Hijo del Hombre y no bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros».

 

 «Ama, y haz lo que quieras», ha dicho San Agustín. Santa Teresita del Niño Jesús hizo suyo este pensamiento, y así se explican las aparentes audacias de su doctrina. Sus audacias no existen efectivamente, sino a los ojos de aquellos que no han comprendido lo que es el amor. El amor en Dios, como en su criatura, implica el don total de sí mismo. Oigamos a San Agustín: "Escucha, cristiano, escucha lo que el divino amor dice por' boca de la Sabiduría: Hijo mío, dame tu corazón. Nótense bien estas palabras. ¿Ha querido dejarte una parte de tu corazón, para amarte a ti mismo, Aquél que te ha dicho: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, y con toda tu mente? ¿Qué parte te queda de tu corazón para emplearla en amarte a ti mismo? ¿Qué queda de tu mente? El Amor Divino no sufre división.”

  

 

Santa Teresita del Niño Jesús está toda llena de esta doctrina de las exigencias absolutas del Amor Divino. Pero sabe que el Amor Divino es exigente; y porque es infinitamente perfecto, es también infinitamente misericordioso. Ayuda al alma a amarle  perfectamente con tal que reconozca verdaderamente su flaqueza y ponga en él toda su confianza. Como observa el Pequeño Catecismo, según Santa Teresa del Niño Jesús, para vivir como perfecta víctima del amor, «basta el solo deseo de ser víctima; pero es preciso que este deseo sea firme y constante. El autor de la imitación de Cristo responde con Santa Teresita: «En cuanto uno se busca a sí mismo, en el mismo instante cesa de aman. El Acto de Ofrenda al Amor Misericordioso no pide almas perfectas, sino almas que de verdad sean «pobres de espíritu”.

 

Terminemos estas consideraciones con aquellas bellas palabras de Santa Teresita del Niño Jesús, que tantas cosas dicen al alma que las profundiza: «Es preciso consentir en permanecer siempre pobre y sin fuerza, y eso es lo difícil, porque, ¿dónde encontrar el verdadero pobre de espíritu? Hay que buscarle muy lejos; es decir, en la bajeza, en la nada. Para gozar de los tesoros del Amor Misericordioso es preciso humillarse, reconocer su nada. He aquí lo que muchas almas no quieren».

  

«Hacemos nuestra esta plegaria de Santa Teresita del Niño Jesús: ¡Oh Jesús! ¡Te suplico que inclines tu divina mirada a un sinnúmero de almas pequeñitas y te escojas en este mundo una legión de víctimas pequeñas dignas de tu amor!”. (Su Santidad Pío XI, Homilía de la Misa de Canonización de Santa Teresita del Niño Jesús)

 

“Algunos días después de mi ofrenda al Amar Misericordioso, empecé en el coro el ejercicio del Vía Crucis, cuando de repente me sentí herida por un dardo de fuego tan ardiente que creí morir. No sé cómo explicar este transporte. No hay comparación que pueda hacer comprender la intensidad de esta llama. Me parecía que una fuerza invisible me sumergía par completo en el fuego. ¡Oh, qué fuego! ¡Qué dulzura! ¡Un minuto, un segunda más, y mi alma se hubiera separado del cuerpo!» (Santa Teresita del Niño Jesús)

 

«Pocas almas llegan a tanto como esto; mas algunas han llegado, mayormente las de aquellos cuya virtud y espíritu se había de difundir en la sucesión de sus hijos, dando Dios la riqueza y valor a las cabezas en las primicias del espíritu, según la mayor o menor sucesión que habían de tener en su doctrina y espíritu». (San Juan de la Cruz, Llama, Canción II)

  

I

ANTES DE LA OFRENDA

Instrucciones y nociones preliminares

 

1. ¿Cuál es el fin de este Acto de Ofrenda?

Consolar a Dios Nuestro Señor de la repulsa que las criaturas oponen al Amor que Él quiere prodigarles.

 

2. ¿Cómo se da al Señor este consuelo?

Ofreciéndole el corazón, a fin de que Él deje desbordar las olas de su ternura infinita'.

 

3. ¿No incluye también otras intenciones este Acto?

Menciona algunas otras, es verdad, pero todas se subordinan al objeto esencial que acabamos de señalar.

Véase lo que Santa Teresita del Niño Jesús dice a este propósito: Quiero trabajar sólo por tu Amar, Dios mío, con el ÚNICO FIN DE DARTE GUSTO, DE CONSOLAR TU CORAZON SAGRADO y salvar almas que te amarán eternamente.

Se notará aquí que su deseo de salvar almas no es más que una intención secundaria; puesto que, si desea salvarlas, no es tanto por la felicidad personal de ellas, cuanto por procurar a Dios más amor.

 

[Los pasajes puestos en cursiva o mayúsculas son textos de Santa Teresita]

 

4. ¿Cuál es el origen de este Acto?

Santa Teresita nos lo revela en el libro de su vida:

En el año 1895 recibí -escribe- la gracia de comprender, mejor que nunca, cuánto desea Jesús ser amado.

 

Pensando un día en las almas que se ofrecen como víctimas a la Justicia de Dios a fin de desviar, atrayéndolos hacia si, los castigos reservados a los pecadores, hallé ser grande y generosa esta ofrenda, pero estaba yo bien lejos de sentirme inclinada a hacerla.

 

¡Oh, mi Divino Maestro! exclamé del fondo de mi corazón: ¿será solamente tu Justicia la que reciba hostias en holocausto? ¿No las necesita también tu AMOR MISERICORDIOSO? Por doquiera se le desconoce, se le desprecia...; y los corazones a quienes deseas prodigarlo, se vuelven hacia las criaturas, pidiéndoles la felicidad de un afecto miserable y efímero, en lugar de arrojarse a tus brazos y aceptar la deliciosa hoguera de tu Amor infinito.

 

¡Dios mío! Ese Amor tuyo, despreciado, ¿va a quedar encerrado en tu Corazón? Me parece que, si encontrarás almas que se ofrecieran como VÍCTIMA DE HOLOCAUSTO A TU AMOR, las consumirías rápidamente y gozarías en no reprimir ya las llamas de TERNURA infinita que en Ti se hallan contenidos.

 

Si tu Justicia gusta de descargarse, aun extendiéndose sólo a la tierra, ¿cuánto más deseará tu AMOR MISERICORDIOSO abrazar las almas, siendo así que tu Misericordia se eleva hasta los Cielos? ¡OH, Jesús! SEA YO ESTA DICHOSA VÍCTIMA; consume tu pequeña hostia con el fuego del Divino Amor.

 

5. ¿Por qué esta expresión «Amor Misericordioso»?

Misericordia, cuya etimología es “Miseris cor dare”, significa: dar su corazón a los miserables. El alma, pues, que se ofrece al Amor Misericordioso de Dios, llama con todas sus miserias» a esa bondad inefable que irresistiblemente inclina al Divino Corazón a derramarse por completo sobre lo que es bajo y despreciable.

 

6. ¿En qué disposiciones debe encontrarse el alma que desea atraer hacia sí este Amor Misericordioso?

En una disposición de humildad confiada. Debe ella ofrecerse a Dios como un «vaso vacío», donde Él vierta las olas de su amor; o como un horno en espera de que El prenda la chispa que debe abrasarle en torrente de llamas, donde ella desearía ser consumida.

 

7. ¿No deberá el alma tratar de corregir antes sus defectos, o, al menos, perfeccionarse de alguna manera?

No. Es suficiente que abra por entero a la Divina Misericordia el abismo de su debilidad e indigencia. Ella debe darse tal cuál es, sin ningún preparativo. Es inútil querer comenzar por dar fruto limpio o quitar impurezas: «es el Amor quien hará ese trabajo».

 

8. ¿Por qué la palabra «Víctima»?

Por esta palabra «Víctima, Santa Teresita entiende señalar «una oblación total de sí misma» al Amor Divino, con el deseo de que toda su vida personal desaparezca como absorbida por este Amor.

Ha empleado esta expresión «Víctima de amor» en oposición a la «Víctima de Justicia», en un arranque espontáneo de su corazón, tan delicado, que no quería que el más bello atributo de Dios fuese menos favorecido que el otro, que de tiempo atrás tenía sus víctimas.

 

9. ¿Qué significa la palabra «Holocausto?

Siguiendo el pensamiento de Santa Teresita, «Holocausto» quiere decir que el alma, sumergida en la deliciosa hoguera del Amor infinito de Dios, aspira a «ser consumida enteramente» y a «transformarse» hasta el punto de «convertirse en fuego» al contacto perpetuo del fuego divino.

 

10. ¿Será esto, sin duda, lo que la Santa llama «un martirio»?

El martirio que debe acompañar su vida es el estado de alma producido por la «ternura infinita» de Dios, que «se desborda» sin medida, según frase de Santa Teresita, en un corazón humano forzosamente limitado.

Te suplico -dice- que dejes DESBORDAR en mi alma las oleadas de infinita ternura que se hallan contenidas en Ti, y DE ESTA MANERA sea yo mártir de tu amor, ¡oh Dios mío!; y termina su pensamiento así: Que este martirio, después de haberme preparado a comparecer en tu presencia, me haga, al fin, morir.

Esta desproporción entre la ternura «infinita» de Dios y el corazón «finito» de la pobre criaturita romperá un día su envoltura mortal; es la muerte de amor.

 

11. ¿Pero no podrá uno humildemente pensar: no estoy llamado a estas alturas y este Acto no está hecho para mí?

Escuchemos a Santa Teresita del Niño Jesús: Es mi DEBILIDAD misma la que me da la audacia de ofrecerme víctima a tu Amor, ¡Oh Jesús! Y también: CUANTO MÁS DÉBIL Y MISERABLE sea uno, tanto MÁS APTO es para las operaciones de este Amor que consume y transforma.

 

Y se puede decir que Teresita, como Jesús, ha venido a conquistar para el Amor Misericordioso, «no a los justos, sino a los pecadores». En otro tiempo -exclama nuestra Santita- sólo hostias puras y limpias eran agradables al Dios fuerte y poderoso; para satisfacer a la Justicia Divina se requerían víctimas perfectas. Pero a la ley del temor ha sucedido la ley del amor, y el Amor me ha escogido para holocausto a mí, débil e imperfecta criatura. ¿Por ventura esta elección no es digna del Amor? Sí; PUES PARA QUE EL AMOR QUEDE PLENAMENTE SATISFECHO, TIENE QUE ABAJARSE HASTA LA NADA Y TRANSFORMAR EN FUEGO ESA MISMA NADA.

 

Recordemos que todo cuanto ha hecho Teresita pueden hacerlo todas las almas pequeñitas. ¿No ha dicho ella: ¡Oh Jesús!, yo sé que, si por un imposible, encontraras un alma más débil que la mía, te complacerías en colmarla de favores todavía más grandes...?

 

 12. El Acto de Ofrenda al Amor Misericordioso, ¿no supone, en quien lo hace, una secreta esperanza de recompensa?

Nuestra Santa responde en la fórmula misma del Acto: No quiero, dice, atesorar méritos para el Cielo. En la tarde de la vida me presentaré ante Ti CON LAS MANOS VACÍAS, pues no te pido, Señor, que tengas en cuenta mis obras.

Escribe también en la Historia de su Alma: No son las riquezas ni la gloria del Cielo, lo que reclama mi corazón... LO QUE YO PIDO ES EL AMOR.

 

Y si suplica al Señor que consuma sin demora sus imperfecciones en la hoguera de su Amor, no lo hace buscando su propia belleza, sino únicamente para conservar el privilegio de poder darle placer y ser un consuelo para su Corazón Divino.

 

En su Acto de Ofrenda, le dice: Quisiera consolarte de la ingratitud de los malos, y te suplico me quites la libertad de ofenderte. Si caigo alguna vez por debilidad, tu mirada divina purifique al momento mi alma, consumiendo todas mis imperfecciones, como el fuego, que todo lo transforma en sí mismo.

 

13. ¿No procura este Acto ventajas personales al alma que lo hace?

Sí; aunque nuestra Santa no las ha buscado directamente, pues su móvil estuvo exento de todo interés propio. He aquí sus principales ventajas, expresadas por ella misma:

 

Primera: Una constante purificación del alma, cuyas imperfecciones son continuamente consumidas por el Amor. ¡Ah! Desde ese feliz día de mi Ofrenda, el Amor me penetra y me cerca; A CADA INSTANTE, este Amor Misericordioso me renueva, ME PURIFICA y no deja en mi corazón ningún vestigio de pecado.

 

Segunda: Una perfección superior impresa en todos los detalles de la vida. Cuando un alma se ha entregado completamente al Amor, TODAS SUS ACCIONES, aun las más indiferentes, llevan el sello divino.

 

Tercera: Una efusión cada vez más luminosa de la Verdad, es decir, de la humildad, porque este Amor es luz al mismo tiempo que calor. Mi alma está toda brillante y dorada, porque está expuesta a LOS RAYOS DEL AMOR. Si este sol divino no me enviara más sus luces, me volvería inmediatamente oscura y tenebrosa.

Esta claridad engendra en el alma un sentimiento cada vez más íntimo de su pequeñez, de su nada, al mismo tiempo que de la Misericordia Divina, y la hace comprender y decir con Santa Teresita: Lo que agrada a Dios, más que las aspiraciones más generosas, es el VERME AMAR MI PEQUEÑEZ Y MI POBREZA, es mi ESPERANZA CIEGA EN SU MISERICORDIA... He aquí mi único tesoro.

 

Cuarta: Después de haber vivido de Amor, el alma se lanzará SIN DEMORA al abrazo eterno del Amor Misericordioso de Dios. No pasará, pues, por el purgatorio. Para las víctimas de amor, promete Santa Teresita, NO HABRÁ JUICIO, sino que Dios Nuestro Señor se apresurará a recompensar con eternas delicias su propio amor, que él verá brillar en sus corazones... EL FUEGO DEL AMOR SANTIFICA MÁS QUE EL DEL PURGATORIO.

 

14. ¿No tiene, además, este Acto cierto alcance Apostólico?

Sí, procura al alma, que sin reservas se entrega al Amor, una irradiación apostólica intensa, en virtud del privilegiado lugar que le conquista por derecho en el seno de la Iglesia.

En el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré el Amor, podrá ella repetir a ejemplo de Santa Teresita del Niño Jesús. Merced a este Acto, ella lo será todo, contribuyendo, en todas partes y en todos los tiempos, a todas las obras de conquista evangélica porque EL AMOR ENCIERRA TODAS LAS VOCACIONES; él sólo hace obrar a los diversos miembros de la santa Iglesia; él abrazo TODOS LOS TIEMPOS Y LUGARES, porque es eterno.

 

Y la eficacia de su apostolado escondido no puede ser superada por ninguna otra actividad, como nuestra Santa se complace en asegurar, repitiendo con San Juan de la Cruz: «Es más precioso delante de Dios y del alma un poquito de este puro amor y más provecho hace a la Iglesia, aunque parece que no hace nada, que todas esas otras obras juntas». (Cántico espiritual, can. 29).

 

15. ¿Participarán idénticas prerrogativas todas las almas Víctimas de Amor?

Todas las almas víctimas son consumidas y transformadas por el Amor, y todas lo hacen irradiar, pero «solamente a medida que ellas se entregan a este Amor», o le dejan obrar con toda su libertad e intensidad de acción. Santa Teresita se lo avisa a sus discípulos:

 

En tanto es uno consumido por el Amor, EN CUANTO ÉL SE ENTREGA AL AMOR.

Según esto, así como «hay muchas moradas en la casa del Padre Celestial» (San Juan 14, 2), puede haber también muchos grados en la entrega de sí mismo...; y si bien todas las almas víctimas de Amor habitan en la hoguera, pueden encontrarse algunas que no se exponen plenamente a sus ardores. Aun éstas, sin embargo, tienen mayores gracias que las que nunca han entrado, y les asistirá una ternura especial de Dios hasta el último momento de su destierro.

 

Con aquellas que no ponen límites a las comunicaciones del Amor Divino, la bondad de Dios hará también, como con Santa Teresita, maravillas que sobrepasarán infinitamente sus inmensos deseos.

 

16. ¿Serán muchas estas víctimas de Amor perfectas?

Pueden ser una legión, ya que Santa Teresita -y con ella el Vicario mismo de Cristo S.S. Pío XI, durante la función solemne de su canonización- ha rogado encarecidamente al Señor elegirse una LEGIÓN de pequeñitas víctimas DIGNAS de su Amor... y la Santa, por otra parte, ha asegurado que todos sus esperanzas serán realizadas.

 

17. ¿No será preferible, ante el temor de una deserción, renunciar a entrar en la legión de almas pequeñitas víctimas de Amor?

¡Oh, no! Y mucho menos cuando la Iglesia no renuncia a conferir el sacramento del bautismo a un niño del cual ignora si perseverará. Todo lo contrario: ella le alista en sus filas, dichosa de haber marcado una frente con el sello de la Redención y haber sumergido un redimido en la fuente de la gracia. Así, la ofrenda de víctima al Amor Misericordioso de Dios viene a ser una fuente de bendiciones abundantes para aquel que, con sincero corazón, aunque sólo fuera por un instante, ha entrado en la legión.

 

Sin embargo, si a este mérito se quiere agregar el de la obediencia y asegurarse una guía en este camino, que sería lamentable tomarlo a la ligera, puede ser oportuno pedir consejo de un director; y su aprobación será siempre una gran seguridad, como su estímulo una fuerza para el alma fiel.

 

II

DESPUÉS DE LA OFRENDA

 

Deberes de la Víctima de Amor, sus esperanzas, su actitud
ante el sufrimiento, su muerte de Amor.

 

 18. ¿Cuál es la “disposición de corazón especial” para vivir como ferviente “Víctima de Amor”?

Santa Teresita nos responde: El sólo deseo de ser víctima basta... deseo sincero y perseverante, sostenido por la firme esperanza de obtener de Dios, con una total efusión de su Amor, todas las gracias que le permitan corresponderle. En este sentido, la víctima de Amor repite con Santa Teresita en su Acto de Ofrenda: Estoy CIERTA de que escucharás mis deseos... Yo sé ¡Dios mío!, que CUANTO MÁS QUIERES DAR, MÁS HACES DESEAR.

 

19. ¿Cuál es la parte de trabajo del alma víctima, su cooperación activa, respecto al Amor Misericordioso?

El alma víctima de Amor tiene un doble requisito que cumplir: el uno, muy activo; el otro, aparentemente pasivo, pero no menos generoso.

 

Su primer deber es tender siempre a la “humildad”; trabajar sin cesar en desprender su corazón y mantenerlo absolutamente vacío de confianza en sí mismo y de toda vana afición a las criaturas. Es preciso consentir en permanecer siempre pobre y sin fuerza -nos dice Teresita- y he aquí lo difícil, porque ¿dónde encontrar el verdadero pobre de espíritu? Es necesario buscarle muy lejos, es decir, en la bajeza, en la nada. Dice ella también: Para gozar de los tesoros del Amor Misericordioso, es preciso humillarse, reconocer su nada; y he aquí  lo que muchas almas no quieren hacer...

 

El segundo deber del alma víctima es tender más y más al ABANDONO del niñito que se duerme sin temor en los brazas de su padre: actitud de infancia espiritual, a la cual se atribuye el nombre de “víctima”, y no sin razón, ya que «nada sacrifica más completamente el yo, en el hombre, que el volverse sinceramente pequeño» (M. Gay).

Santa Teresita del Niño Jesús no teme afirmar que SÓLO este abandono entrega realmente el alma en los brazos de Jesús, y permite así a su amor ejercitarse con toda libertad y según toda la extensión de su poder... Por esto, en el desafío que lanza al alma más débil que la suya, le asegura favores más grandes todavía que los de que ella ha sido colmada, según su porción, CON TAL QUE SE ABANDONE, con una entera confianza a la misericordia infinita de Dios.

 

20. ¿Cuáles son los más graves obstáculos a esta ferviente vida de Amor?

El Autor de la Imitación, y con él Santa Teresita, responde: «Desde que uno comienza a buscarse a sí mismo, al instante deja de amar. Es porque se vuelve a llenar su corazón, ya no está vacío, y el lugar ofrecido al Amor se encuentra disminuido... La Imitación dice, además: «El que no está pronto a abandonarse por completo a la voluntad de su  amado, no sabe lo que es amar».

 

21. ¿Quiere decir esto que las verdaderas Víctimas de Amor, no fallarán jamás, a lo menos en estos dos puntos?

No; y Santa Teresita las previene asegurándoles. Sin duda -dice-se puede caer, se pueden cometer infidelidades; pero el Amor, SABIENDO SACAR PROVECHO DE TODO, habrá consumido inmediatamente todo lo que puede desagradar a Jesús, no dejando en el fondo de su corazón más que una humilde y profunda paz.

El alma, pues, puede verse más baja que sus aspiraciones, sin dejar por eso de ser muy agradable a Dios. Si en cada caída recurre a una sincera humildad, progresa en el fervor porque el Amor encuentra en ella el vaso vacío que busca. Nuestra Santita lo asegura audazmente: Con un acto de Amor, aún no advertido, todo se repara, Y MÁS.

 

22. ¿Cuál será, pues, para la Víctima de Amor», el medio de alcanzar la santidad?

Ella cuenta «únicamente» y en toda circunstancia con el AMOR, esperando «toda virtud» del infinito poder y liberalidad de este «Amor Misericordioso», al cual se ha entregado sin reserva. Ella conoce su incapacidad para subir, por sus propias fuerzas, aún el primer peldaño de la escalera de la santidad ; pero «sabe a quién se ha confiado,,, y repite al Señor, según la fórmula misma de su Acto de Ofrenda: Deseo ser santa, pero siento mi impotencia, y te pido, ¡oh Dios mío! que seas TU MISMO mi santidad. Todas nuestras justicias están manchadas a tus ojos. Por eso quiero revestirme de TU PROPIA justicia y RECIBIR DE TU AMOR la posesión eterna de Ti mismo.

 

23. Y ¿qué hoguera alimentará, aquí abajo, esta constante vida de amor?

El Foco divino de donde el Alma Víctima sacará la Vida, será la Santa Comunión, esa invención sin igual del «Amor Misericordioso» de Dios, ávido de «fusionarse» con la «miseria» humana. Esta es esa «fusión» misteriosa e incomparable, que por su Acto de Ofrenda Santa Teresita aspiraba a ver prolongarse y estrecharse espiritualmente en todos los instantes de su vida, diciendo a Dios con una humilde osadía: Por esto, con confianza te pido, que vengas a tomar POSESION de mi alma. ¡Ah! No puedo recibir la Santa Comunión con toda la frecuencia que deseo; pero, Señor, ¿no eres Tú Omnipotente? Permanece en mí como en el Tabernáculo, no te alejes jamás de tu pequeña hostia. Hostia, para la Santa, equivale a Víctima.

 

24. ¿La “Víctima de Amor” se entrega, en virtud de su Ofrenda, a sufrimientos excepcionales?

No; ella no se fija más que en «el Amor», el don más excelente. Es «al Amor Misericordioso», o sea, dulce y compasivo, del buen Dios, al que ella se abandona sin otro deseo que el de «amarlo» y «hacerlo amar», sin mirar sobre sí misma ni sobre lo que pueda acontecer. «Es el niño entregado a los quereres de su padre, para sufrir o gozar a voluntad de su amor».

 

25. ¿Será que Santa Teresita veía otra disposición más perfecta aún que el deseo de sufrir?

Sí; y esto es lo que ella precisa, desde las primeras líneas de su Acto de Ofrenda: Deseo cumplir perfectamente TU VOLUNTAD. Al fin de su vida nuestra Santa confirma su pensamiento sobre este punto así: Yo no sé pedir nada con ardor, si no es el perfecto cumplimiento de lo VOLUNTAD DE DIOS sobre mi alma... Ya no deseo ni el sufrimiento ni la muerte.

Mucho tiempo los he llamado como mensajeros de felicidad. Hoy es el ABANDONO únicamente el que me guía; no tengo otra brújula.

Y en su lecho de muerte, repite: No deseo más una cosa que otra. AQUELLO QUE EL BUEN DIOS QUIERE COMO MEJOR y lo elige para mí, eso es lo que más me agrada. LO QUE EL HACE ES LO QUE YO QUIERO.

 

26. ¿Será por esto por lo que nuestra Santa llama a la Víctima de Amor “feliz Víctima”?

Sí; es precisamente, porque este abandono, fruto delicioso del Amor (San Agustín), es suavidad aun en el sufrimiento. El amor, en efecto, «hace dulce lo más amargo» (Imitación).

Sin duda, hay tiempos de prueba y tiempos de goce; pero el Amor posee siempre el privilegio único de poder transformar el dolor en gozo, gozo quizás no sensible, como este Amor mismo, pero superior a todo gozo y que Santa Teresita había experimentado cuando cantaba: Sí; SUFRIR AMANDO, es la más pura DICHA. MI GOZO ES AMAR EL SUFRIMIENTO.

Este es el «goce perfecto», flor exquisita del Amor, que ella entreveía como patrimonio de las «dichosas» Víctimas de su «Legión» y quiere legar a sus hermanas como prenda suprema de su ternura fraternal: No os prometo evitaros las pruebas -les decía antes de dejarlas para el cielo-, pero sí haré que las AMÉIS, y llegaréis a decir conmigo: Señor, me colmas DE GOZO con todo lo que haces.

 

27. En resumen: ¿no se podrá deducir que el «Acto de Ofrenda al Amor Misericordioso» procura la verdadera felicidad al Alma Víctima?

Sí; el Alma Víctima, apelando a la ternura infinita de Dios, ha ganado la PAZ y EL GOZO interiores; porque la caridad divina, invadiendo un corazón humano, no puede menos de comunicarle todos los gérmenes de la felicidad. Además, este Acto de Ofrenda, entregando el alma a merced del Amor Misericordioso de Dios, le obtiene la seguridad de que este Amor tendrá compasión de su debilidad, la tratará en toda ocasión y a través de todas las vicisitudes del destierro con dulzura, con MISERICORDIA y con una soberana liberalidad.

 

Santa Teresita del Niño Jesús lo declaraba en esta última prueba que, según confesión propia, le quitaba todo sentimiento de gozo. Jamás he experimentado mejor que el Señor es dulce y misericordioso. Y cuando llegó a las agonías y sombras de la muerte, repetía todavía como un cántico de victoria: No me arrepiento de haberme entregado al Amor; ¡al contrario!

 

28. ¿”Morir de Amor” será morir entre transportes?

Si la muerte de amor implica, para el alma Víctima una disposición segura de paz y de amorosa confianza, no supone, sin embargo, la supresión de los sufrimientos, que son, al morir, el tributo del pecado. Santa Teresita, que recibió una muy grande participación de sufrimientos redentores, nos hace notar: Nuestro Señor murió en la Cruz en medio de angustia. Esta es, por lo tonto, la más bella muerte de amor que jamás se haya visto. ¡MORIR DE AMOR NO ES MORIR EN EXTASIS!

 

Había tenido la precaución de advertir a sus hermanas al principio de su enfermedad: No os apenéis -les decía- si sufro mucho, y si no veis en mí ningún signo de felicidad en el momento de mi muerte... Nuestro Señor murió Víctima de amor, y ved cuál fue su agonía.

 

Pero los sufrimientos de los últimos momentos, dispensados a cada alma diferentemente según los designios de la Sabiduría divina, son, no obstante, endulzados para la Víctima de Amor con la «certeza» de que Aquél en quien ella ciegamente confió, le dará la fortaleza en proporción a los sufrimientos... no tengo miedo, tendrá derecho a repetir con Santa Teresita: si los sufrimientos aumentan, Él aumentará al mismo tiempo mi paciencia.

 

29. Entonces, ¿qué significa, en realidad, “morir de amor...”?

Según el pensamiento de Santa Teresita y sin pretender explicar lo que permanece como secreto de la divina Misericordia, esta expresión «morir de amor» significa que en la hora suprema, Dios Nuestro Señor hará desbordar, con una profusión peculiar, los oleajes de su ternura infinita sobre la Víctima de holocausto, preparándola en un instante a comparecer delante de El, y romperá de repente el hilo de su vida bajo la presión de su amor.

 

Por ser el momento de «la más extensa miseria para todos los hijos de Adán, esta hora de angustias provocará al «Amor Misericordioso» del Padre celestial a derramarse totalmente, más allá de toda medida, sobre la pequeña Víctima, hasta transformarla en El con un eterno abrazo.

 

Esta muerte, toda de amor, espléndida conclusión de una existencia terrenal, no es necesariamente sentida y manifestada al exterior. No está ligada a signos visibles de gozo ni aun de pleno conocimiento o de devoción. Pero ¿cómo no creer que se producirá «infaliblemente según que la Víctima fiel lo haya «esperado de la Misericordia» de Dios, ya que El es magnífico en sus recompensas? «El puede hacer en nosotros infinitamente más de cuanto le pedimos o nos imaginamos., y «es glorificarle el esperar de El grandes cosas” (San Juan de la Cruz).

 

APÉNDICE

 

30. ¿Es necesario, para ser una verdadera “Víctima de Amor”, recitar a menudo el «Acto de Ofrenda” compuesto por Santa Teresita del Niño Jesús?

No; Santa Teresita asegura que la oración es un impulso del corazón, una simple mirada hacia el cielo. También dice en la fórmula misma del Acto: Quiero, ¡Oh Amado mío!, renovarte esta ofrenda INFINITAS VECES EN CADA LATIDO DE MI CORAZÓN, lo cual no admite la recitación de ninguna palabra.

 

La donación total de la Víctima de Amor es, pues, ante todo, una disposición del corazón. No depende absolutamente del uso más o menos frecuente de una fórmula cualquiera. No obstante, la Santa Iglesia, queriendo invitar a los fieles, no solamente a realizar este Acto de Ofrenda, sino más aún a compenetrarse de los pensamientos y de las palabras mismas de Santa Teresita, ha enriquecido con preciosas indulgencias el texto de la oración que brotó del corazón de la Santa, bajo el soplo del divino Espíritu, a partir de las palabras A fin de vivir en un acto de perfecto amor..

 

J. M. J. T

 

OFRENDA DE SÍ MISMA

COMO VÍCTIMA DE HOLOCAUSTO

AL AMOR MISERICORDIOSO DE DIOS

 

 

¡Oh, Dios mío, Trinidad Beatísima, yo deseo amarte y hacerte amar, trabajar por la glorificación de la Santa Iglesia, salvando las almas que están en la tierra y libertando a las que sufren en el Purgatorio!

 

Deseo cumplir perfectamente tu voluntad y llegar al grado de gloria que me has preparado en tu reino. En una palabra, deseo ser santa; pero siento mi impotencia y te pido, ¡OH, Dios mío!, que seas Tú mismo mi santidad.

Puesto que me has amado hasta darme a tu único Hijo para que sea mi Salvador y mi Esposo, los tesoros infinitos de sus méritos me pertenecen; y me complazco en ofrecértelos, suplicándote que no me mires sino a través de la faz de Jesús y en su Corazón abrasado de amor.

Te ofrezco también todos los méritos de los santos (que están en el cielo y en la tierra), sus actos de amor y los de los santos Ángeles. En fin, te ofrezco, ¡OH, Beatísima Trinidad!, el amor y los méritos de la Santísima Virgen, mi Madre querida.

A ella entrego mi ofrenda, pidiéndole que te la presente.

 

Su Divino Hijo, mi amadísimo Esposo, en los días de su vida mortal, nos dijo: «Todo cuanto pidáis al Padre en mi nombre, os lo concederá». Estoy, pues, segura de que escucharás mis deseos. Ya sé, Dios mío, que «cuanto más quieres dar, más haces desear». Siento en mi corazón deseos inmensos y te pido, con confianza, que vengas a tomar posesión de mi alma.

 

¡Ah!, no puedo recibir la sagrada Comunión con la frecuencia que deseo; pero, Señor, ¿no eres Tú Omnipotente? Permanece en mí como en el Sagrario, no te alejes jamás de tu pequeña hostia.

 

Quisiera consolarte de la ingratitud de los malos, y te suplico me quites la libertad de ofenderte. Si caigo algunas veces por debilidad, que tu mirada divina purifique al momento mi alma, consumiendo todas mis imperfecciones, como el fuego que todo lo transforma en sí mismo.

 

Gracias, Dios mío, por todas las gracias que me has otorgado, y especialmente por haberme hecho pasar por el crisol del sufrimiento. Con alegría te contemplaré el día del juicio llevando el cetro de la cruz; y, puesto que te has dignado hacerme partícipe de esta Cruz tan preciosa, espero asemejarme a Ti en el Cielo y ver brillar en mi cuerpo glorificado los sagrados estigmas de tu pasión.

 

Después de este destierro, espero ir a gozar de Ti en la Patria; pero no quiero atesorar méritos para el cielo. Lo que quiero es trabajar tan sólo por tu amor con el único fin de agradarte, de consolar tu Corazón sagrado y salvar almas que te amen eternamente.

 

En esta tarde de la vida me presentaré ante Ti con las manos vacías, pues no te pido, Señor, que tengas en cuenta mis obras.

 

Ante tus ojos, todas nuestras justicias están manchadas. Quiero, pues, revestirme de tu propia justicia y recibir de tu amor la posesión eterna de Ti mismo. No quiero más trono ni otra corona que a Ti, ¡OH, Amado mío!

 

Ante tus ojos el tiempo es nada. Un solo día es tanto como mil años. Puedes, pues, prepararme en un instante a comparecer ante Ti.

 

A fin de vivir en un acto de perfecto Amor, yo me ofrezco como víctima de holocausto a tu Amor Misericordioso, suplicándote que me consumas sin cesar, dejando desbordar en mi alma las olas de ternura infinita que en Ti se encierran, para que así llegue yo a ser mártir de tu amor, ¡OH Dios mío!

 

¡Que este martirio, después de haberme preparado a comparecer ante Ti, me haga, al fin, morir, y que mi alma en el mismo instante se arroje al abrazo eterno de tu Misericordioso Amor!

Quiero, ¡OH Amado mío!, renovarte esta ofrenda infinitas veces en cada latido de mi corazón, hasta que, al declinar de las sombras, pueda yo repetirte mi Amor en un cara a cara eterno.

 

 

MARÍA FRANCISCA TERESA DEL NIÑO JESÚS
Y DE LA SANTA FAZ, REL. CARM. IND.

 

 

Fiesta de la Santísima Trinidad,

9 de junio del año de gracia 1895.


Este pequeño Catecismo está editado por Editorial Purísima Concepción,
Calle Imagen, 7,  28801 Alcalá de Henares (Madrid). Teléfono: 918 892 928.