Los primeros discípulos
del Corazón de Cristo
Isabel
Montoliu
Publicado en CRISTIANDAD en Junio de
1948, p. 242.
«Mas como
muchos desconocen o desdeñan todavía aquellas quejas del amantísímo Jesús a
Sta. Margarita María de Alacoque y lo que indicó esperar y querer de los
hombres, plácenos, Venerables Hermanos, deciros algo acerca del deber de dar
una digna satisfacción al Corazón de Jesús...»
«Entre todo
cuanto atañe al culto del Sacratísimo Corazón, descuella la Consagración.
Después que Nuestro Salvador enseñó a la inocentísima
discípula de su Corazón, Santa Margarita María, cuánto deseaba que los hombres
le rindiesen este tributo de devoción, ella fue, junto con su director
espiritual P. Claudio de la Colombière, la primera en rendírselo.»
Pío XI, Encl. «Miserentissimus Redemptor»
En el Monasterio de la Visitación de
Paray-le-Monial, la hermana Margarita María a la sazón de veintisiete años de
edad, se encuentra oprimida por grandes angustias. Sus vías extraordinarias,
imposibles de ocultar, son objeto de recelo y desconfianza por parte de la
comunidad. Se ve humillada y lo es hasta por su misma Superiora la M. de Saumaise, a la que el
Divino Maestro le obliga a comunicar las gracias de que le colma, y que, aun
admirando secretamente la virtud de la Hermana, juzga prudente recibirla con frialdad y
con "desprecio" sus confidencias. La somete a varias consultas con
eclesiásticos y religiosos:
“Me hicieran hablar con algunas personas
doctas -dice la Santa-
las cuales, muy lejos de asegurarme en mis caminos, aumentaron todavía mis
penas”.
“Menearon la cabeza” y explica
pintorescamente Monseñor Languet, su biógrafo contemporáneo, miraron a la Hermana Margarita
María como una visionaria, ordenaron que se hiciera tomar sopa a aquella joven,
y el oráculo que pronunciaron fue condenar su atractivo por la oración y
prohibir a la Hermana
y a su Superiora ocuparse de todas aquellas maravillas por evidentes que
fueran: y se felicitaron luego por la pretendida cordura de su decisión".
Esta fue para Margarita María causa de
verdadera tortura, que la hizo caer enferma, llegándose a temer por su vida.
Luchaba con todas sus fuerzas, por obediencia, contra el Espíritu de Dios que
la guiaba.
“Pero cuanta más resistencia le hacía yo
para alejarle de mí, más presente lo tenía. Me hicieron caer en grandes temores
que me movían a desear y a pedirle, que me sacará de ellos. El me lo prometió,
añadiendo que me enviaría a su fiel siervo y perfecto amigo que me
enseñaría a conocerle y a abandonarme a él sin más resistencia. Y en efecto me
envió al Rvdo. P. de la
Colombière...”.
Nacido este siervo de Dios el 2 de
febrero de 1641 en San Sinforiano de Ozón, en el Delfinado, Francia, de una
familia llamada en los anales de la Visitación "la familia de santos",
había entrado en la
Compañía de Jesús en 1658, después de terminados todos sus
estudios de letras y dos años de filosofía. Antes y después de cursar la teología se
ejercitó en el magisterio, enseñando humanidades y retórica y destacando por su
elocuencia. Fue durante algún tiempo preceptor, de los hijos de Colbert, el
Ministro de Luis XIV, y esta circunstancia afinó en él el conocimiento de la
sociedad y la exquisitez de trato. Hizo la profesión solemne en 2 de febrero de
1675, antes de terminar la tercera probación, siendo inmediatamente nombrado
Superior de la Residencia
de Paray-le-Monial, a donde llegó hacia el 15 del mismo mes.
A los pocos días, fue a saludar a las
Religiosas de la
Visitación.
Relata la Santa en su autobiografía:
“Finalmente envió aquí Nuestro Señor al Padre de la Colombière...
a quien quería manifestase, según la inteligencia que sobre ello se me daría,
todos los secretos de su Sagrado Corazón que Él me había confiado; pues me le
enviaba para asegurarme en mis caminos y para repartir con él las
extraordinarias gracias de su Sagrado Corazón, las cuales derramaría
abundantemente en nuestras conferencias”.
“Cuando vino aquí este santo varón, y
mientras hablaba a la comunidad, oí interiormente estas palabras: He ahí al
que te envío!”
En cuanto al Padre de la Colombière, como
estuviese hablando a las Religiosas unos días más tarde ante la reja del Coro,
le llamó la atención una de sus oyentes por su recogimiento y un algo
sobrenatural que emanaba de ella. Al terminar, preguntó a la Madre de Saumaise:
“¿Quién es esa joven Religiosa? Sin duda
es una alma escogida”.
La superiora le indicó el nombre:
Margarita María, sin añadir comentario alguno. Nada sabía pues de ella el
Padre, cuando volvió por aquel entonces con ocasión de Témporas a confesar a la Comunidad.
Mas prosigue la Santa en su autobiografía:
“Le reconocí al instante en la primera
confesión de témporas, pues, sin habernos visto ni hablado jamás, me retuvo
largo tiempo, y me habló como si hubiera comprendido cuanto en mí pasaba; más
no quise por esta vez abrirle en modo alguno el corazón, y viendo él que quería
retirarme para no molestar a la
Comunidad, me dijo que si lo tenía a bien, vendría a verme de
nueva para hablarme en el mismo sitio. Pero me obligó mi natural timidez que
esquiva tales comunicaciones, a responderle que, no pudiendo responder de mí,
haría lo que la obediencia ordenase.”
“Me retiré después de haber estado allí
como una hora y media. Poco tiempo después volvió, y aunque conocía ser
voluntad de Dios que le hablase, no dejé de sentir terribles repugnancias
cuando me fue preciso ir, y esto fue lo primero que le dije. Me respondió que
le era muy grato haberme dado ocasión de hacer a Dios un sacrificio. Entonces,
sin pena ni forma alguna, le abrí mi corazón, y le descubrí el fondo de mi
alma, tanto lo malo como lo bueno. Sobre este punto, me consoló
extraordinariamente, asegurándome que no había motivo alguno de temor en la
conducta de este Espíritu, pues en nada me separaba de la obediencia, y que
debía seguir todas sus inspiraciones, abandonándole todo mi ser, para
sacrificarme e inmolarme según su beneplácito”.
A continuación explica Santa Margarita
una gracia extraordinaria recibida, que manifiesta de maravilloso modo la común
vocación de aquellas dos grandes almas, respecto a la devoción al Sagrado Corazón
de Jesús:
“Un día, -dice- que vino a decir Misa en
nuestra Iglesia, le hizo nuestro Señor, y a mi también, grandísimos favores. Al
aproximarme a recibir la Sagrada Comunión, me mostró su Corazón como un
horno ardiente y otros dos corazones que iban a unirse y abismarse en Él,
diciéndome: “—Así es como une para siempre mi puro amor estos tres Corazones.” Y
después me dio a conocer que esta unión era exclusivamente para la gloria de su
Sagrado Corazón, cuyos tesoros quería descubriese yo al Padre para que él los
diera a conocer y publicara todo su precio y utilidad. Con este objeto quería
que fuésemos como hermano y hermana, igualmente participantes en los bienes
espirituales; y representándole respecto de esto mi pobreza y la
desigualdad que había entre un hombre de tan elevada virtud y una pobre
miserable pecadora como yo, me dijo: “Las riquezas infinitas de mi Corazón
suplirán e igualarán todo: háblale sin temor”.
“Así lo hice en nuestra primera
entrevista; y su manera humilde y reconocida de recibir esta y otras varias
cosas que, en cuanto a él se referían, le dije de parte de mi soberano Maestro,
me conmovió grandemente y me aprovechó más que todos los sermones que hubiera
podido oír”.
El Corazón de Jesús, en visiones
sucesivas había manifestado a su Confidente, su amor a los hombres, el deseo de
que fuera adorado su Corazón de carne, que se le devolviera amor por amor, que
se expiara por los pecados del mundo; pidiéndole la Comunión de los
Primeros Viernes y la práctica de la Hora Santa. Y he aquí que hallándose ante el
Santísimo Sacramento el día 16 de junio de aquel año 1675, aparécesele
nuevamente el Divino Corazón y le pide que el viernes después de la Octava del Corpus se
celebre una fiesta particular parar honrar su Corazón “comulgando ese día para
reparar las injurias que ha recibido durante el tiempo que ha estado expuesto
sobre los altares”.
Como la Santa representase al Señor su indignidad e
incapacidad para el cumplimiento de sus designios: “Dirígete a mi siervo, el
P. de la Colombière
-repuso el Señor- y dile de mi parte que haga cuanto pueda para establecer
esta Devoción y dar este gusto a mi Corazón. No se desaliente por las
dificultades que para ello encontrará y que no le han de faltar. Pero debe
saber que es todopoderoso aquél que desconfía enteramente de sí mismo para
confiar únicamente en Mi”.
Esta consagración al Divino Corazón la
realizó el Beato la
Colombière muy pocos días más tarde: el 21 del mismo mes de
junio, fecha en que coincidió aquel año con la fiesta de San Luis Gonzaga -el
Santo que según Santa Magdalena de Pazzi, “lanzaba saetas al Corazón del
Verbo”- el viernes después de la
Octava del Santísimo Sacramento. “Siervo fiel”, había
resuelto en su Retiro de treinta días de noviembre anterior, "ser fiel aún
en las cosas más pequeñas". Y he aquí que el Señor le ayudaba para serlo
en las grandes. Contestó pues prontamente, como vemos, al llamamiento del Amor.
“Hombre de una virtud eminente y dotado por Dios de un raro discernimiento de
los espíritus para dirección de las almas” como le juzga el insigne P. Gallifet
(el cual añade que por haber tenido la dicha de vivir con él y bajo su
dirección puede dar de ello testimonio cierto) (LA DÉVOTION AU
SACRÉ COEUR, p. 13), estaba convencido de la santidad de Margarita María y de
la autenticidad y carácter divino de sus visiones, sobre todo después de tres
meses de tratar confidencialmente con ella y con su Superiora, la M. de Saumaise. Aquel mismo
día, en el coro bajo de la
Capilla de la Visitación, la dichosa Confidente del Corazón de
Jesús pronunciaba asimismo su consagración. He aquí cómo fue celebrada
íntimamente, por aquellas dos santas almas la primera fiesta del Sagrado
Corazón de Jesús.
Poco debía durar aquella estancia en
Paray del P. de la
Colombière. A los 18 meses de su llegada, fue nombrado
Predicador de S. A. R. la
Duquesa de York, María de Este, católica como su esposo el
Duque, más tarde Rey de Inglaterra -con el nombre de Jacobo II. Debía partir
para Londres. Esta noticia causaría gran impresión en el Monasterio de las Salesas.
Es de creer lo muy sensible que sería aquel traslado para la M. de Saumaise, quien ganada
por la autoridad y virtud eminente del Beato, le consultaba en todas las cosas.
Pero para nadie sería tan sensible como para nuestra Santa. Presentando ésta
sus quejas al Señor, recibió de Él esta respuesta: “Y qué, ¿no te basto Yo que
soy tu principio y tu fin?”.
El P. de la Colombière
abandonó pues Paray en la segunda quincena de septiembre de 1676. Providencial
en grado sumo había sido su estancia allí. Había asegurado en sus caminos
a la Hermana
Margarita y hecho más llevadera su situación -dentro del
Monasterio, sobre todo por haber inclinado a la M. de Saumaise a aprobar el espíritu que la
conducía y dar fe a sus revelaciones. En cuanto a él, tan directamente llamado
por el Corazón salía de allí convertido en infatigable apóstol de esta
Devoción. Desde aquella época, Santa Margarita y él, a la vez que Dirigida y
Director, fueron según la palabra divina, como hermano y hermana. La
misma Historia no puede ya separarles.
De la alta estima que en todos conceptos
profesaba nuestro Beato a la
Santa, darán idea estas palabras dichas a su dirigida Mlle.
de Bisefranc que se lamentaba de su marcha: "Os harán conocer a una
persona en Santa María, cuyos consejos debéis seguir coma si os hablara yo,
porque yo mismo la consulto en lo que me concierne y sigo su parecer". Así
lo depuso bajo juramento la citada señorita en el proceso de 1715.
Sin duda empezaría el P. de la Colombière ya en
Paray a difundir la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Pero fue en Londres
donde se dio de lleno a esta tarea, con tanto éxito que él mismo estaba
admirado. Llegó a predicar públicamente acerca de esta Devoción el día de
Corpus, en la Capilla
del Palacio de Saint-James y conquistó para la misma en tan alto grado a la
piadosa Duquesa de York, que en 1697, años después de muerto el Beato, siendo
ya Reina de Inglaterra, fue la primera en presentar a la Santa Sede la petición
de que fuese instituida la festividad del Sagrado Corazón de Jesús, y aún
desterrada a Francia, continuó allí trabajando por la nueva Devoción.
Al llegar a este punto, comprendemos
claramente con S. S. Pío XI, cuán providencial para la gloria del Beato fue la
fecha y circunstancias en que vino a recaer la ceremonia de su Beatificación.
“Rabiaba Satanás”, como dice Santa
Margarita, -al ver extenderse la devoción al Sagrado Corazón, y pronto se vio
envuelto el P. de la
Colombière en las olas de la tempestad deshecha que se
levantó en Inglaterra contra los católicos con motivo de una pretendida
“Conjura Papista”, inventada por el ministro anglicano Tito Oates. Encarcelado
el Beato y conducido ante los jueces, de nada pudo acusársele en definitiva más
que de haber logrado conversiones al catolicismo, abjuraciones del protestantismo,
organización de un monasterio oculto en Londres y haber proporcionado
sacerdotes para Virginia. Además se hallaba bajo la protección especial de Luis
XIV como enviado suyo, de manera que la sentencia se limitó a ser la de
destierro de la Isla
y sus dominios, por su actuación en pro del Catolicismo, “de naturaleza
peligrosa y opuesta, a la paz y buen gobierno del Reino”.
Regresó pues a Francia el valiente
confesor de la fe, más con la salud perdida. La tenía ya resentida por sus
admirables austeridades en el Palacio de Saint-James, donde residía, y los
padecimientos crueles sufridos en varías semanas de cárcel en Londres acabaron
de destruírsela, provocando en él nuevas hemoptisis.
De paso para Lyón a donde fue destinado,
se detuvo diez días en Paray-le-Monial, donde, después de tantas penalidades
sufridas, tuvo el gozo de volver a entrevistarse con la Hermana Alacoque
oyéndola en confesión. Momentáneamente mejorado de salud después de una
temporada en su villa natal, ejerció en Lyón la dirección espiritual de los
estudiantes jesuitas de Filosofía en el Colegio de la Trinidad. Inmenso
fue el bien que este cargo le permitió hacer, difundiendo grandemente la
devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Baste decir que ganó para ella a los
entonces discípulos suyos PP. Croiset y Gallifet, más adelante apóstoles
insignes de la misma con sus palabras y con sus escritos. El primero fue luego
Director de Santa Margarita María, recibiendo de ella interesantísimas y
admirables cartas. En cuanto al P. Gallifet, ya más arriba citado encomiando al
P. de la Colombière,
decía de él: “De este siervo de Dios he recibido las primeras instrucciones
acerca del Sagrado Corazón y comencé desde entonces a amarle y estimarle”.
El día de Pascua de 1681, precisamente
el 6 de abril, aniversario de su ordenación sacerdotal, le sobrevino al Beato
Claudio una grave crisis de su enfermedad, por lo que los Superiores
determinaron enviarle a Paray esperando que aquel clima sería beneficioso a su
salud. Así fue al principio, en efecto, teniendo el buen Padre nuevamente el
consuelo de entrevistarse varias veces en la Visitación con la Hermana Margarita
María.
Se agravó de nuevo a principios de
invierno y los médicos le aconsejaron un nuevo cambio de aires. Decidieron que
su hermano Floris de la
Colombière, arcediano en Viena (Delfinado) le iría a buscar.
Todo estaba preparado para su marcha que debía verificarse el 29 de enero,
fiesta de San Francisco de Sales, cuando recibió un billete de la Hermana Margarita
María concebido en estos términos: “No os vayáis, si podéis hacerlo sin faltar
a la obediencia, porque muy pronto tendréis que hacer otro viaje de mucha mayor
importancia”. “¿En qué se apoya este consejo?” –preguntó por escrito el siervo
de Dios. “Él me ha dicho que quiere aquí el sacrificio de vuestra vida”, fue la
respuesta. Por orden del Superior, se suspende la marcha. El “viaje de mucha
mayor importancia” no se hizo esperar mucho. Diez y siete días más tarde, el 15
de febrero de 1682, a
las siete de la tarde, el P. de la Colombière, moría santamente. Acababa de cumplir
los cuarenta y un años de edad.
Fue enterrado en la capilla misma de los
Padres Jesuitas. En 1763, con motivo de la supresión de la Compañía de
Jesús y hasta el restablecimiento de ésta, sus restos reposaron junto a los de
Santa Margarita María (que había fallecido ocho años más tarde que él, en 17 de
octubre de 1690), en el Monasterio de la Visitación.
Aconteció que siendo la Hermana Margarita
Maestra de Novicias en 1686, fue enviado a la Visitación de
Paray un ejemplar del “Retiro Espiritual” del P. La Colombière,
apuntes de dos distintos Retiros practicados por el Beato y editados dos años
después de su muerte. Con el piadoso interés que es de suponer por parte de una
Comunidad que tanto había tratado a aquel varón insigne cuya fama de santidad
se iba extendiendo, se hizo su lectura en el refectorio. ¡Con qué devoción
escucharía nuestra Santa! El libro tocaba ya a su fin; la lectora proseguía:
“He reconocido que Dios quiere servirse de mí, procurando el cumplimiento de
sus deseos respecto a la devoción que ha sugerido a una persona a quien Él
se comunica muy confidencialmente y para la cual ha querido servirse de mi
flaqueza. Ya la he inspirado a muchas personas en Inglaterra y he escrito a
Francia a uno de mis amigos rogándole que dé a conocer su valor en el sitio en
que se encuentra. Esta devoción será allí muy útil y el gran número de almas
escogidas que hay en esa Comunidad me hace creer que el practicarla en dicha
Santa Casa será muy agradable a Dios. ¡Que no pueda yo, Dios mío, estar en
todas partes y publicar lo que Vos esperáis de vuestros servidores y amigos!
Habiéndose pues Dios descubierto a la
persona que hay motivo para creer que es persona según su corazón, por las
grandes gracias que le ha hecho, ella se
manifestó a mí y yo la obligué a poner por escrito lo que me había dicho. Y
esto es lo que he querido copiar de mí mano en el Diario de mis Retiros, porque
quiere el buen Dios valerse de mis débiles servicios en la ejecución de ese
designio.” “Estando, dice esta santa alma, delante del Santísimo
Sacramento...”. Y a continuación ¡el relato de la Gran Revelación
de 16 de junio de 1675! “He aquí este Corazón que tanto ha amado a los
hombres... Te pido que el primer viernes después de la Octava del Santísimo
Sacramento se dedique una fiesta particular para honrar mi Corazón...”. Las
Religiosas seguían comiendo y escuchando con los ojos bajos, en cumplimiento de
la Regla; pero
¡cuántos corazones debieron palpitar más fuertemente ante tan clara e
inesperada alusión a la
Hermana Alacoque!
Y ¿quién podrá explicar la sorpresa y
confusión de ésta? Sin poderse contener, la lectora le dirige una mirada a
hurtadillas, y observa su anonadamiento. Otra Hermana le dice luego en el
recreo a boca de jarro “Mi querida Hermana, bien claramente os ha designado el
P. La Colombière,
no podéis negarlo. –No tengo sino motivos para gozarme de mi abyección"—
le contesta la Santa.
Hecha pues pública la Gran Revelación
por medio del libro del Beato Claudio, se dio un gran paso en la propagación
por todo el mundo de la
Devoción al Corazón de Jesús. La misma Hermana Margarita
María, venciendo su natural timidez y olvidada de sí misma, hablaba de este
libro con entusiasmo y lo recomendaba en muchas de sus cartas. Escribía por
ejemplo a la M. de
Soudeilles, en Moulins: “Hemos encontrado esta devoción (del Sagrado Corazón)
en el libro “Retiros” del R. P. de la Colombière, a quien se venera como a un santo. No
sé si V. lo conoce; si tiene el libro que le hablo, porque tendría gusto en
procurárselo” (4 de julio de 1686).
“La alta idea -dice Mons. Languet- que
en el mundo se tenía de la santidad de este Padre (de la Colombière); la
reputación que había adquirido por la elocuencia de sus sermones en las Cortes
de Francia e Inglaterra y en otras partes, previnieron en favor de su devoción
favorita. El libro de sus Retiros, recibido en todas partes con admiración,
ganó tantos adoradores al Corazón de Jesucristo cuantos lectores tuvo. “En
todas partes no se hablaba más que de esta Devoción y los que supieron que la Hermana Margarita
era la persona favorecida del Sagrado Corazón; se animaron más y más a seguir
la devoción recomendada por la sierva de Dios”.
La colaboración de aquellas dos grandes
almas fue en efecto más intensa que nunca después de la muerte del P. de la Colombière. El
Señor consoló a la Santa
en varias visiones en que le fue dado contemplar la gloria de que gozaba el
Beato y el poder de su intercesión tocante a la devoción al Sagrado Corazón de
Jesús. El día de la
Visitación (2 de julio de 1688) hallándose ante el Santísimo
Sacramento: “Se me representó -dice- un lugar eminente, espacioso y admirable
por su belleza, en cuyo centro había un trono de llamas que despedía rayos tan
encendidos y luminosos que todo aquel espacio quedaba iluminado y caldeado con
ello. La
Santísima Virgen estaba a un lado y San Francisco de Sales
del otro, con el santo P. de la Colombière; y se veía en aquel lugar a las Hijas
de la Visitación
acompañadas de sus Ángeles Custodios, cada uno de los cuales tenía un corazón
en la mano”. Después de haber recomendado la Virgen a sus Hijas de la Visitación la
devoción del Sagrado Corazón de Jesús “volviéndose hacia el buen P. de la Colombière, le
dijo esta Madre de bondad: En cuanto a vos, fiel siervo de mi divino Hijo,
tenéis gran parte en este precioso tesoro; porque si fue dado a las Hijas de la Visitación
conocerlo y distribuirlo a los demás, está reservado a los Padres de vuestra
Compañía demostrar y dar a conocer su utilidad y valor, a fin de que se
aprovechen de él con el respeto y agradecimiento debidos a tan gran
beneficio... Y a medida que le proporcionen este contento, al divino Corazón,
manantial de bendiciones y de gracias, las derramará tan abundantemente sobre
las funciones de su ministerio, que producirán frutos que sobrepujen a sus
trabajos y esperanzas, aún para la salvación y perfección de cada uno de ellos
en particular”.
“No os podéis figurar -escribe a la M. de Soudeilles en 1686- los
excelentes afectos que esto produce (la Consagración al Corazón de Jesús) en las almas
que tienen la dicha de conocerle por medio de este santo varón (el P. de la Colombière), el
cual se había consagrado enteramente a este Corazón, y no suspiraba más que por
hacerle amar, honrar y glorificar. Tengo para mí que esto fue lo que le elevó a
tanta perfección en tan breve tiempo”.
Muchas otras citas podríamos aducir,
pero cerraremos esta exposición de textos con un fragmento de una carta de
Santa Margarita María a su entonces Director el citado P. Croiset. Dice así:
“Conviene dirigirse a su fiel amigo (del Sagrado Corazón) el buen P. de la Colombière, al
cual Jesús ha otorgado un gran poder, encargándole por decirlo así de la
concerniente a esta devoción. Confidencialmente os confieso haber recibido
de él grandes socorros, siéndome aún más favorable que cuando estaba acá en la
tierra. Si no me engaño, esta devoción del Sagrado Corazón le ha hecho muy
poderoso en el cielo y le ha elevado más en la gloria que todo lo restante que
hubiera podido hacer durante toda el curso de su vida”.
* * *