Cristo sufre hoy por nuestros pecados. El Cristo glorioso de la Ascensión sigue sufriendo por nuestros pecados e ingratitudes. Es el gran mensaje de Paray le Monial en el que el Corazón de Jesús pide ser consolado.
Tras
haber sufrido bajo Poncio Pilato, Cristo Jesús, resucitado de entre los muertos,
ha entrado para siempre en la gloria del Padre. Ya no puede ni sufrir ni morir.
Es verdad que Cristo continúa sufriendo en los miembros de su Cuerpo místico, ya
que es El quien tiene hambre, el que tiene frío, el que está desnudo en la
persona de todos los desgraciados del mundo (Mt. 25), pero esta identificación
misteriosa de Cristo con los pobres, no le impide haber entrado para siempre en
la gloria del Padre y ser para siempre el Señor.
Y, sin embargo, Cristo Jesús ha venido a decirle a Santa Margarita María, en la capilla de la Visitación de Paray-le-Monial, que El sufre terriblemente por la ingratitud de las almas que le están consagradas, y que pide ser consolado.
Esta afirmación del Corazón de Jesús nos introduce en el misterio de los sufrimientos de Cristo, tema que ha sido tratado por los teólogos a lo largo de los siglos.
En los siglos XVI y XVII la escuela francesa de espiritualidad trata este tema. San Francisco de Sales (+ 1622) expone la tesis de una pasión interior de Jesús desde el primer instante de su concepción. Se apoya en un versículo del salmo 40 reproducido en la Carta a los Hebreos: “Al entrar en el mundo, dice Cristo: Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad” (Hebr. 10, 5).
Para el cardenal Bérulle, fundador del Oratorio, este versículo expresa también el primer acto del Hijo de Dios en su encarnación en el seno de la Virgen María. Desde el primer instante de su vida humana, ve Cristo todos los pecados del mundo por los cuales sufrirá su Pasión. Desde ese primer instante acepta la Voluntad del Padre que le pide ofrecerse en sacrificio para salvar a todos los hombres. Se instala, en ese instante, en su Corazón un inmenso dolor que le penetra por entero. Toda la vida de Cristo no será sino el cumplimiento de ese sí primordial con el que ha respondido al Padre, tras el sí de la Virgen al ángel. El dolor, que se ha enraizado en su Corazón, no le abandonará ya más.
Santa Margarita María confirma esta dirección de la escuela francesa. La santa es invitada un día a venerar al Corazón de Jesús rodeado por una corona de espinas y una cruz sobre ellas. Esta imagen de un corazón herido es la primera que se le ha ofrecido.
“Este divino Corazón se me apareció como en un trono de fuego y llamas, más brillante que el sol y transparente como el cristal. La llaga recibida en la cruz aparecía visiblemente. Había una corona de espinas en torno a este Sagrado Corazón y una cruz encima de él, y mi divino Salvador me hizo saber que estos instrumentos de su Pasión significaban que el amor inmenso por los hombres había sido la fuente de todos los sufrimientos y humillaciones que había querido padecer por nosotros; que desde el primer instante de su Encarnación, todos estos tormentos y desprecios le habían estado presentes; que desde el primer instante, la Cruz, fue, por así decirlo, plantada en su Sagrado Corazón; que El ha aceptado, desde entonces, para testimoniarnos su amor, todas las humillaciones y dolores que su Santa Humanidad había de sufrir en el curso de su vida mortal y los ultrajes a los que el amor iba a exponerle hasta el fin de los siglos en el santo y augusto Sacramento”.
Será lógico, por tanto, que representemos al Corazón de Cristo rodeado por una corona de espinas y presidido por una cruz. Es un modo de expresar visualmente el misterio del sufrimiento clavado en su Corazón desde el primer instante de su Encarnación. Desde ese momento, Cristo ha dicho al Padre un “sí” que nunca más ha rehusado.
En otra carta que Margarita María escribe al P. Croiset, la santa explica maravillosamente la razón por la que debemos honrar al Corazón de Jesús más que al resto de su santa humanidad: porque ésta ha sufrido, en efecto, notablemente durante la Pasión, mientras que su Corazón no ha cesado de sufrir desde el primer instante de su existencia:
“El desea que, al santificarnos, glorifiquemos a ese Corazón, todo amor, que ha sufrido más que el resto de la santa humanidad de Nuestro Señor Jesucristo. Porque desde el momento de la encarnación, este Sagrado Corazón ha sido anegado en un mar de amargura, sufriendo desde el primer instante hasta su último suspiro en la cruz”.
LA COMPASIÓN DEL CORAZÓN DE JESÚS
Sí, el sufrimiento de Jesús ha sido, a la vez, inmenso y multiforme, porque ha sufrido al mismo tiempo:
endurecimiento final.
Con razón esta carta de Sta. Margarita ha sido considerada como el fundamento más radical de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús.
LA PLEGARIA DE LOS SALMOS
Hay que reconocer que los evangelios no nos hablan explícitamente de este dolor interior de Jesús a todo lo largo de su existencia. Pero Jesús ha recordado a sus discípulos que el Espíritu Santo los conduciría poco a poco a la Verdad completa. Por eso los cristianos han acabado colocando en los labios de Cristo los gritos de dolor y angustia que leían en los salmos: “Mi vida se consume en la tristeza y mis años en los gemidos” (Ps. 31, 11), o “Mi dolor sin cesar está ante Mí” (Ps. 38, 18). De estos versículos se puede evocar la Pasión continua plantada en el Corazón de Cristo desde el inicio de su existencia.
LA CARTA A LOS HEBREOS
Pero para sustentar la idea de una Pasión desde el primer instante, es la Carta a los Hebreos (Hebr. 10, -10) la que pone en boca de Cristo: “al entrar en el mundo”. El primer acto de la conciencia de Cristo fue, pues, un acto de ofrenda y sumisión a la voluntad del que le enviaba.
Estos pocos versículos de la Carta a los Hebreos han adquirido, a través de la meditación contemplativa de la Iglesia, una densidad decisiva. Este texto extrae de la Escritura la tesis de una Pasión plantada en el Corazón de Cristo, en el primer instante de su existencia.
P. Pierre Descouvemont
Traducción y adaptación de Nicolás Echave. (Revista “Paray –Le-Monial” (2002) febrero).