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Documentos del Archivo Secreto Vaticano
sobre la II República y la Guerra Civil española -
Entrevista
al P. Vicente Cárcel Martí -
Zenit 19.12.06 Artículos de nuestros mártires Los Obispos hablan de nuestros mártires - Alfa y Omega nº 565 El prelado que desafió a Franco, D. Marcelino Olaechea. La Razón 14.04.08
La Iglesia española y la Santa Sede salvaron
miles de vidas republicanas - V. Cárcel Ortí
Los mártires de la Iglesia en España y su repercusión en el mundo
misionero, Dossier Fides 1936-39 - La mayor persecución religiosa en Europa Occidental, Pablo Ginés, 27.10.2008 6 de noviembre, fiesta litúrgica de nuestros mártires (Alfa y Omega, nº 614)
LA PERSECUCIÓN RELIGIOSA EN EL ANTEMURAL DE LA GUERRA CIVIL EN ESPAÑA
Una
Misa clandestina Artículos sobre el 28 de octubre Los 498 mártires interrogan hoy a los católicos españoles sobre su fe Intervención del obispo
Ricardo
Blázquez en la Basílica de San Pablo Extramuros de Roma
La Iglesia de Roma conserva los sepulcros de los apóstoles Pedro y Pablo
como «trofeos» de su fidelidad a Jesucristo y como acreditación de la
autoridad apostólica de la Sede de Roma. Estamos reunidos donde Pablo,
en la vía ostiense, fue decapitado, culminando el testimonio de fe y
amor a Jesucristo, que lo llamó a su seguimiento y al apostolado en el
camino de Damasco. Saludo a los peregrinos venidos de lejos y de cerca
para participar en la gozosa celebración de la beatificación de 498
mártires de nuestras diócesis: Señores obispos, religiosos y religiosas
de las congregaciones a las que pertenecieron y enaltecieron los
mártires, hermanos y hermanas de todos los rincones de la Iglesia en
España. Saludo con respeto y afecto al señor embajador de España ante la
Santa Sede. Agradezco, en nombre de la Conferencia Episcopal Española,
la hospitalidad que en esta basílica emblemática de Roma nos ofrece el
arcipreste de la misma Card. Andrea Cordero Lanza de Montezemolo. La sangre de los mártires españoles debe ser semilla de nuevos cristianos Intervención del
cardenal Amigo
al dar la bienvenida a los peregrinos llegados a Roma Hemos venido a Roma para
visitar la tumba de los mártires y para escuchar las maravillas que Dios
Padre hace con el testimonio de sus hijos, pues los mártires, con la
fuerza del Espíritu Santo, proclaman, con el precio de su vida, que nada
se puede anteponer al amor de Cristo.
Cartas del Siervo de
Dios Bartolomé Blanco Márquez En general sólo quiero que
continuéis como siempre: comportándoos como buenos católicos. Y sobre
todo a mi ahijadita tratarla con el mayor esmero en cuanto a la
educación; yo, que no puedo cumplir este deber de padrinazgo en la
tierra, seré su padrino desde el cielo e imploraré que sea modelo de
mujeres católicas y españolas.
Carta en la que se
despide de su novia Entrevista con Pilar Caballero, nieta de la futura beata Teresa Cejudo Escrito por Ecclesia Digital, sábado, 27 de octubre de 2007
Sí, ella era cooperadora. Yo te puedo contar lo que me ha referido mi propia madre, porque ella falleció cuando mi madre tenía diez años, como mártir de guerra. Colaboraba mucho en el Colegio salesiano, en todo lo que era ayuda social, con los niños… En esos tiempos tan difíciles, ayudaba a repartir alimentos a las familias más sencillas, a enseñar a leer y a escribir a esos niños que por motivos sociales no podían acceder a un colegio. Una labor muy importante a nivel social, y religioso, lógicamente.
C/ Marqués de la Valdavia, 2. 28012 Madrid.
"¡Que Dios se apiade de España!" El historiador Vicente Cárcel halla pruebas en el Vaticano de los intentos fallidos de Pío XI para mover a Franco a la clemencia y a una tregua en la Guerra Civil ANTONIO JIMÉNEZ BARCA - Roma - 28/10/2007 Desde hace 40 años, Vicente Cárcel, de 67, se levanta, se pone la sotana, se monta en el autobús, baja en la parada de la plaza de San Pedro y desde allí entra en uno de los rincones más reservados del planeta, uno de esos lugares por cuyo acceso algún historiador mataría: los archivos secretos del Vaticano. En una sala de pupitres de madera y bajo la mirada de un vigilante eclesiástico, Cárcel recoge las tres cajas de documentos permitidas para ese día (sólo tres cajas por jornada) e inicia su minuciosa tarea de buscador de oro: examina papel por papel, legajo a legajo, documento a documento. "Y a veces hay pepita de oro y a veces no", dice. "Esto me agota, pero a la vez me entusiasma, es como una droga. Es raro el día que no voy: tiene que estar muy justificado", añade. Una de las mañanas en que este monseñor obsesionado con la historia encontró una pepita de oro fue cuando halló un telegrama con una nota manuscrita del papa. "Pío XI había intentado que, por caridad, Franco declarase una tregua por Navidad. Y Franco, en un telegrama, había respondido que no, que iba a seguir con la campaña militar prevista, porque parar equivalía a alargar la guerra". Y en ese telegrama, abajo, Cárcel encontró un apunte manuscrito de un Papa cansado de rogar durante años un alto al fuego: "Ya no puedo hacer más. ¡Que Dios se apiade de la pobre España!". Cárcel vive en el Colegio Español de Roma; es educado, culto y afable, ha conocido y tratado a cuatro papas, es doctor en Historia, ha escrito más de 30 libros y regenta además un título honorífico mucho más original: protonotario apostólico supernumerario. "Pero cuando hablo de estas cosas ni siquiera soy sacerdote; simplemente soy historiador". En septiembre del año pasado, el papa Benedicto XVI desclasificó la documentación perteneciente al pontificado de Pío XI, del 6 de febrero de 1922 al 10 de febrero de 1939. Así funciona este archivo particular: cada nuevo Papa permite el acceso a la documentación de un predecesor o dos, siempre que entre uno y los otros quede un buen colchón de años. Así, los historiadores españoles pueden consultar la documentación de un periodo especialmente jugoso: el inicio y el desarrollo de la Guerra Civil. Así hay un goteo constante de estudiosos españoles que acuden a consultar un dato concreto o un documento especial. Cárcel es el único que va todos los días. "Yo reviso todo lo que hay. De ese periodo, del de Pío XI, ya he visto 500 cajas. Pero hay 2.500 más". Su intención es examinarlas todas: cada telegrama, cada nota, cada informe del nuncio o cada recorte de prensa enviado desde España al Vaticano. Un día monseñor Cárcel encontró una caja especial, que contenía una lista interminable de nombres. Había cerca de 12.000 nombres con sus correspondientes apellidos. Cuando supo qué significaban se quedó mirando el documento con un asombro especial: correspondía a miles de niños que habían salido del País Vasco, entonces territorio republicano, en dirección a Francia, Holanda o Bélgica, entre otros países, a fin de evitarles el sufrimiento de la guerra. Después, con Bilbao ya en el bando nacional, fueron reclamados y el Vaticano sirvió en muchos casos de enlace a través de las nunciaturas europeas. De ahí que en los archivos secretos duerma la lista con todos los nombres. Cerca hay otra caja espeluznante: contiene miles de cartas, telegramas y peticiones de padres, hermanos, amigos, esposas y conocidos de condenados a muerte que pedían al Papa su intercesión ante Franco. Cárcel también ha encontrado los telegramas que el Papa enviaba pidiendo clemencia. Y en algún caso, los telegramas devueltos desde el bando nacional en el que se informaba de que el hombre cuyo perdón se solicitaba ya había sido fusilado. Cárcel asegura que las relaciones entre el Papa y el bando nacional no fueron buenas. No reconoció a Franco hasta 1938. "Sobre todo temía la influencia del régimen nazi en Franco", asegura. Tampoco, evidentemente, con la República. Cárcel acudirá hoy a la beatificación de 498 mártires. "Todos los muertos en esa guerra exigen el mismo respeto. Todos. Pero la Iglesia se debe a estos mártires. Porque no son mártires de Franco, sino de la Iglesia". Las 498 historias no han llegado aún a los archivos que examina. "Se consignaron después del 39. Así que saldrán en los archivos del siguiente papa, Pío XII. En el Vaticano todo va a su ritmo, todo va lento", dice. "Como me dijo una vez un cardenal al que yo apremié por un asunto urgente: si es muy urgente, hijo, déjalo para mañana". Mártires de ayer, ejemplo de mañana ANTONIO MONTERO MORENO, Arzobispo Emérito de Mérida-Badajoz En este romano y otoñal último domingo de Octubre, en la Plaza de San Pedro, que tantas veces abrazó entre sus columnas a innumerables multitudes de fieles, en acontecimientos memorables de la cristiandad, se celebra hoy una beatificación sin precedentes de 498 mártires españoles de la persecución religiosa de los años treinta. Empiezo por explicar mi relación con tal asunto, que no es otra que la de haber sido, hace ya 46 años, autor del libro «La persecución religiosa en España (1936-1939)», presentado como tesis doctoral en la Universidad Pontificia de Salamanca y editado por la B.A.C. en Marzo de 1961. La historia de esta Historia arranca de una iniciativa de los Arzobispos de la Conferencia de metropolitanos españoles, a mediados de los años 50, quienes, tras una serena y colegiada reflexión, creyeron llegado el momento de que, pasados ya un cuarto de siglo de la segunda República y veinte años de la Guerra civil, se publicase un Estudio de conjunto, riguroso y desapasionado, sobre las víctimas eclesiásticas de aquel sangriento holocausto; y mostraron su criterio de que se encomendara ese trabajo a alguien que, por su edad, no perteneciera a la generación de los combatientes, con preparación histórica y oficio de escribir. El Cardenal Plá y Deniel, que presidía entonces la Acción Católica española, editora de la revista «Ecclesia», de la que yo era director, asumió el encargo de buscar a una persona para ese cometido y me lo endosó por las buenas. Era verdad que se cumplía en mí la primera condición, como «niño de la guerra», aunque sólo a medias las otras dos. El hecho es que acepté el embolado con docilidad y confianza en Dios, y lo pude sacar adelante, durante cuatro años de esfuerzo, con nocturnidad, pero sin alevosía. La B.A.C. me brindó una ayuda generosa para recabar los informes de las Diócesis y Congregaciones religiosas. Me facilitó igualmente la asistencia de un secretario, a tiempo parcial, Javier García Montero, cuya ayuda eficaz fue determinante para el acceso a las bibliotecas, hemerotecas y archivos, y en la clasificación de datos previa a la redacción de cada capítulo. Sigo hablando de libros, pero ahora va de otros. En los años 60, al igual que ahora, cualquier investigador exigente de la Guerra Civil apreciaba en la bibliografía concomitante y, sobre todo, en la posterior a la contienda, que la batalla de las ideas y los escritos resultó en este caso tan violenta como la de las ráfagas de las ametralladoras. Ésta se libró a campo abierto en los frentes y trincheras, sin rebasar el territorio patrio ni el tiempo anterior al armisticio; mientras que la guerra literaria se ha extendido más allá de esos confines, desde entonces hasta hoy. A más de la abundantísima producción vernácula, el fenómeno adquirió una dimensión internacional de increíble producción libraria, cuyas piezas llenarían hoy muchos hectómetros de estanterías. (Se ha dicho en estos días que puede ascender hasta unos 20.000 títulos). Intelectuales movilizados Aduzco, como mínimo botón de muestra, los nombres de algunos escritores europeos y americanos, los más conocidos de entonces, por su tratamiento del tema español. Hablo de los escritores católicos franceses Bernanos, Maritain y Mauriac; de los entonces comunistas Malraux (francés) y Koestler (alemán); de los anarquistas Orwell (inglés) y Simone Weil (francesa); y los americanos de la generación perdida, Hemingway y John Dos Passos; todos muy críticos por diversas motivaciones con la España nacional. En cuya defensa, entraron en liza Hilaire Belloc y Paul Claudel, más el nacionalista francés Maurras. Después del año 39 fueron apareciendo algunas obras de conjunto como las de Hugh Thomas, Madariaga, Garosci y otros. Si algo revela claramente esta nómina de actores y autores (muchos estuvieron en los frentes) es la relevancia internacional del caso español, laboratorio inmediato de la tremenda conflagración europea en Septiembre del 39. Más que nuestra extensión geográfica o volumen demográfico importaron las enconadas banderas ideológicas y la ferocidad de los enfrentamientos, cuando no habían llegado todavía las locuras apocalípticas de Auschwitz y del Gulag. Sus resonancias internacionales conferían rango histórico al periodo español que comentamos y, dentro del mismo, a la persecución religiosa sin precedentes que registró en sus anales. En el balance estadístico de la misma figuran con nombres y apellidos 13 obispos, 4.184 sacerdotes del clero diocesano, 2.383 religiosos y 283 religiosas; que componen, en su conjunto, con muy leves correcciones al alza, una cifra global de 7.000 víctimas eclesiásticas, muy cercana ya a la exactitud de los hechos. Los más de 4.000 sacerdotes del primer grupo, entre los 30.000 del censo que registraba en aquel año el Anuario pontificio, suponían el 13% del Clero español; pero, una aproximada mitad de sus miembros procedían de las diócesis ocupadas al comienzo por el bando republicano. Con eso se eleva al doble el porcentaje de estas últimas; pero también aquí nos confunde ese término medio, ya que las diócesis mas esquilmadas rozaban listones alarmantes: así Barbastro, con el 87% de su clero, Lérida (el 60%), Málaga (50%), Menorca (48%), Tortosa (47%), Ciudad Real (40%), Madrid (30%, o sea, 334 sacerdotes sobre 1.118), y Barcelona un 22% con 270 miembros, de un Clero de 1.250. Y cálculos muy similares cabe efectuar con los 2.383 religiosos asesinados, que suponen el 23% de los alrededor de 10.000 profesos que podían sumar las Congregaciones afectadas, entre las que sobresalen los claretianos con 259 miembros, seguidos por los franciscanos (226), escolapios (204), maristas (183), hermanos de la Salle (165), agustinos (155), jesuitas (114), hermanos de San Juan de Dios (97), salesianos (93), carmelitas descalzos (91)... Estos guarismos tan fríos no podrán traducir nunca lo que no es descriptible con palabras: un huracán de destrucción y muerte, que arrancó en plena sazón 7.000 vidas, truncadas en acto de servicio, cuya desaparición provocó un impacto catastrófico en los servicios que prestaban, como personas de responsabilidad en parroquias, colegios, hospitales, residencias de niños y ancianos y todo un vastísimo frente pastoral y social de la Iglesia. Ahora bien, existen otras varas de medir para el mismo fenómeno, situándolo en el inmenso ejército fúnebre de los fusilados en la Guerra civil. Por más que me incomoden los bailes de cifras, no puedo prescindir aquí de dos números fundamentales en el obituario integral de la misma. El primero recoge los 300.000 caídos (quedó muy atrás el mítico Millón de José María Gironella) que totalizan los resultados más fiables de los muertos con violencia en ambos bandos. Y de ellos se nos dice, con conocimiento de causa, que fueron aproximadamente mitad por mitad los caídos en frentes y trincheras, y los ejecutados en el paredón de retaguardia. Nos resulta terrible este último dato, como un signo macabro de lo que supone el enfrentamiento fratricida en una guerra incivil. El segundo es éste otro: si se cifra en 60.000 ó 70.000 el número de fusilamientos en la retaguardia roja y recordamos las 7.000 bajas del clero español, resulta que los clérigos suponen más de un 10% entre todos los fusilados. Cifra gordísima para un gremio minoritario de 40.000 miembros entre los dos cleros, el 1,5 por ciento de la población en una España de 20 millones. De no existir otras pruebas más aplastantes, sería eso sólo un exponente muy significativo de que se persiguió al clero por el mero hecho de serlo; por lo que era y no por lo que hacía. Nos constan, además, los hechos incontrovertibles de que, apenas estallada la conflagración, y sin medidas legales de ninguna clase, se dio por desaparecida la presencia de la Iglesia en la sociedad, se impuso el cierre por la fuerza de los templos y casas religiosas y quedó cancelado el culto católico, con peligro de prisión o muerte para quién lo practicara. En el terror de los primeros días se abrió, puede decirse toscamente, la caza y captura del clero, hasta el punto de que los diez últimos días de Julio del 36, según datos escuchados al cardenal Tarancón, fueron asesinados en España 60 sacerdotes diarios y 75 el día de Santiago. Con el furor revolucionario estalló también la ola incendiaria de templos, casas religiosas, imágenes de santos, archivos eclesiásticos y objetos sagrados. Fue aquello lo que he llamado en otra parte «el martirio de las cosas» que arroja un saldo infinitamente superior, en su violencia y efectos arrasadores, al holocausto fúnebre de tantas personas. Observando en la posguerra las «regiones devastadas», lo que había que preguntarse, al visitar los edificios por donde pasó la revolución era si quedaba algún templo que no hubiera sido pasto de las llamas. El recuento de los tesoros monumentales y objetos artísticos resulta inacabable todavía. Y no admite, ni de lejos, establecer un parangón con los expolios y rapiñas que las fuerzas napoleónicas dejaron a su paso en la guerra de independencia. La persecución siguió su curso sobre el mapa ibérico de la zona republicana, más en la periferia que en el centro, con la excepción del Madrid asediado, con las detenciones en masa, encarcelamientos hacinados, a menudo en inmuebles incautados a la Iglesia, en la espera y angustia de las sacas nocturnas, seguidas del trágico paseo, para acabar en la descarga final, a las puertas de un cementerio, al pie de un montículo o en la depresión de un barranco cercano. (Es, por supuesto, muy de lamentar que escenas paralelas se registraran por entonces en el bando contrario. Mas, siempre son odiosas las comparaciones.) Cárceles son conventos Los aprisionamientos, aunque fueran cortos, ofrecían a los detenidos la oportunidad de coincidir con otros compañeros, de los curas con sus feligreses o de varios miembros de una Comunidad, lo que convertía al recinto en Casa de oración donde se sostenían los unos a los otros en elevada intensidad religiosa, como antesala y preparación del martirio. Más tarde, en las grandes prisiones de Madrid y Barcelona, punto también de salida para los grandes holocaustos, llegaban a congregarse decenas o centenares de religiosos de diverso hábito —allí ninguno lo llevaba— que las convertían en monasterios de elevado fervor conventual, siempre con el cosquilleo de la clandestinidad. Punto. Paro aquí el recuento de casos y cosas en el martirologio de la persecución, remitiendo al lector a las mil páginas de mi libro, si se atreven a enfrentarse con ellas o, lo que es más emotivo y digerible, al precioso Catálogo «Quiénes son y de dónde vienen» que acaba de publicar con acierto la Conferencia Episcopal. Entretanto, sigue presentándosenos como obligación moral de primera magnitud esclarecer hasta donde sea posible, los oscuros procesos que condujeron a la confrontación feroz entre las dos Españas y, en lo que más nos afecta, cómo pudieron acumularse en vastos sectores de nuestro pueblo, semejantes posos de odio contra la Iglesia, contra el Clero y hasta contra la religión como tal. Intentémoslo. En virtud de un proceso, que convierte las ideas filosóficas de un siglo en corrientes culturales y sociales del siguiente y en movimientos de masas y revoluciones políticas del posterior, la hostilidad contra la Iglesia, que arrastraba sedimentos de la revolución francesa y de las agresiones napoleónicas, se nutrió paradójicamente, en la segunda mitad del siglo XIX y en la primera del XX, de dos componentes más bien opuestos entre sí: El primero, un liberalismo racionalista, laicista y anticlerical, a menudo con ingredientes masónicos; y el segundo un populismo obrerista y sindical, que degeneró en marxismo-leninismo, aliado en ocasiones con el anarquismo radical. Los primeros presentaban a la Iglesia como enemiga de la libertad y del progreso, en tanto que los segundos le achacaban su cercanía a los ricos y mostraban a la Religión como el opio del pueblo. La Persecución religiosa de la que hablamos comenzó ya en la segunda República. Nacida ésta en 1931 con el apoyo de ambas fuerzas, después de despertar grandes ilusiones por el deseo de cambio cultural y social, derivó en una mezcla confusa y crispada de ambos elementos, pasando así, dicho sea en términos muy sumarios, de República a Frente popular y, de éste a Zona roja. Su laicismo agresivo, puesto de manifiesto en una Constitución hostil a la Iglesia y en leyes tan radicales como la expulsión de los jesuitas, el control de las órdenes religiosas, la anulación de la enseñanza de la Religión en los Centros públicos y del Presupuesto del clero, acabó por desplazar a la Iglesia de su presencia pública en el país. Primero las quemas de Iglesias en mayo del 31, después la revolución de Asturias en el 34 y finalmente los disturbios continuos del Frente popular del 36 agravaron al máximo la feroz división entre las dos Españas. Eran, por supuesto, falsas y calumniosas las acusaciones a la Iglesia como enemiga del progreso y embaucadora del pueblo. Cierto que fue bastante escaso el sentido social de los católicos de clase alta, vapuleados por Severino Aznar y Ángel Herrera, lo mismo que también el espíritu democrático de bastantes católicos, así como la división de los mismos por la tozudez de los grupos integristas, reprendidos por Roma en más de una ocasión. Y era innegable, por último, la pobreza material y cultural de grandes masas populares, que, aunque sinceramente católicas y de sanas costumbres familiares, resultaron muchas veces indefensas ante el bulo y la ignorancia de las propagandas laicistas. Los misterios del corazón El Cardenal Gomá habló con mucho acierto de los pecados de España y de la manipulación de los de abajo por los de arriba. Por muy bien que se conozca este proceso, visto por cada cual con sus propias dioptrías, nos tropezamos, como en los grandes genocidios antiguos y modernos, con el misterio insondable del corazón humano, tan capaz de lo más noble como de lo más abyecto, cuya alienación por el odio puede destruirnos a todos. Leí en un autor americano, referido a la suya de origen, que las guerras civiles duran 100 años, aviso de navegantes para que no avivemos ahora las brasas del enfrentamiento. En las guerras mueren los mejores, como puede apreciarse en las biografías de muchos de nuestros santos y beatos, que ya merecían ese premio, antes de derramar su sangre. Todas las víctimas de una guerra de hermanos se encuentran y abrazan en el más allá. De ellas nos llega una ferviente invitación al perdón y a la concordia al par que una severa advertencia de que no se repita nunca su tragedia. A quienes, tras la lectura de mi libro, me han preguntado en ocasiones en que lado me situaría yo, si me viera en el dilema del año 36, les di siempre la misma respuesta: me colocaría, sin dudarlo, entre ambos para separarlos, aunque eso me costara la vida. Lo que sería también un martirio y a mucha honra.
La prensa española tras la beatificación, lunes 29.10.2007 X España cuenta ya con 498 nuevos beatos La Razón
España cuenta desde ayer con 498 nuevos beatos, asesinados por no
renunciar a su fe. La ceremonia fue presidida por el cardenal José
Saraiva Martins, prefecto de la Congregación para las Causas de los
Santos, quien destacó el mensaje de «fe y de amor» de estos mártires
de la persecución religiosa en nuestro país. El cardenal Saraiva,
delegado del Papa para esta celebración, tampoco dejó pasar la
oportunidad de pedir a los católicos que, «en un diálogo informado
por la caridad», muestren sus convicciones en cuestiones como el
aborto, la eutanasia, el matrimonio y la familia y la educación.
Aspectos que a lo largo de la actual legislatura han supuesto un
enfrentamiento entre la Iglesia católica y el Gobierno socialista. A partir de su comentario a los pasajes de la carta de Pablo a Timoteo que se leía ayer en la liturgia de la Palabra («He combatido bien mi batalla, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe»), el cardenal Saraiva intentó acercar el ejemplo de los mártires a la actualidad. «Vivimos en una época en la cual la verdadera identidad de los cristianos está constantemente amenazada y esto significa que ellos o son mártires o tienen que adaptarse», dijo el purpurado.
En este sentido también recordó un texto en el que Juan Pablo II
reivindica la importancia que tiene para la Iglesia la memoria de
sus mártires. «Si se perdiera la memoria de los cristianos que han
entregado su vida por confesar su fe, el tiempo presente perdería
una de sus características más valiosas, ya que los grandes valores
humanos y religiosos dejarían de estar corroborados por un
testimonio concreto inscrito en la historia», explicó Saraiva con
palabras del anterior Pontífice. La parte de la homilía que recibió un mayor respaldo del público a través de los aplausos fue cuando el cardenal Saraiva explicó que el mensaje de los mártires, de fe y amor, también debe manifestarse «heroicamente en nuestra vida». Una heroicidad que requiere «cristianos coherentes» que no deben inhibirse en su «deber de contribuir al bien común y moldear la sociedad siempre según la justicia, defendiendo -en un diálogo informado por la caridad- nuestras convicciones». En la misma línea de pensamiento que Benedicto XVI, quien en la «Sacramentum Caritatis» recordaba a políticos católicos que existen una serie de «valores innegociables», el cardenal destacó una serie de problemáticas ante las que los católicos deben mantener una posición firme y clara. De forma especial hizo hincapié en las convicciones «sobre la dignidad de la persona, sobre la vida desde su concepción hasta su muerte natural, sobre la familia fundada en la unión matrimonial una e indisoluble entre un hombre y una mujer, sobre el derecho y deber primarios de los padres en lo que se refiere a la educación de los hijos». Precisamente son los puntos en que las diferencias entre el Ejecutivo socialista y la Conferencia Episcopal han sido más significativas durante la actual legislatura.
Un mar de emoción y recuerdos en San Pedro ABC Nunca pudo imaginar Ana Caldés, sobrina de los ya beatos hermanos de La Salle, Valeriano Luis y Eliseo Vicente de Benicarló, que la razón por la que lloraba su madre hace ya setenta años, «porque han matado a mis hermanitos», se convertiría, mucho tiempo después, en el motivo principal para celebrar en Roma estas muertes prematuras. La Plaza de San Pedro de Roma estaba ayer llena de emotivas historias familiares, de recuerdos difuminados en el tiempo, de retazos de la memoria, que ayer se hicieron más presentes que nunca, y que muchos, con lágrimas en los ojos, narraban sin apenas poder articular palabra. «Recuerdo cuando mi madre lloraba y yo le preguntaba ¿por qué lloras tanto?, y ella me decía: porque han matado a mis hermanitos». Lo contaba Ana Caldés minutos antes de la ceremonia de beatificación de los 498 mártires españoles, reivindicando la dignidad de sus familiares, pero admitiendo que esta ceremonia es la del «perdón y de la reconciliación porque nos va a hacer renovar la fe a todos los cristianos». A Ana difícilmente se le puede contener en el relato de su historia, quiere que se sepa más y como ejemplo de ese perdón que está dispuesta a practicar desvela que «la mujer del hombre que denunció a mis tíos vino un día a mi casa llorando, y le pidió a mi padre que lo sacaran de la cárcel», y lo sacó. Respetuoso silencio Como Ana, otros muchos iban con su historia dentro, accedían a la plaza de San Pedro y se situaban en las cuarenta mil sillas que se desplegaron, todas ellas cubiertas por familiares, amigos y seguidores de los mártires. Además, muchos peregrinos se quedaron en pie en los laterales. En total, unos cincuenta mil en esta soleada mañana festiva en Roma. Desde antes de las ocho de la mañana, la plaza de San Pedro estaba rodeada de un cinturón humano que abrazaba las emblemáticas columnatas de Bernini que identifican el lugar. Miles de españoles madrugaron para tener el mejor sitio y se apostaron frente a las numerosas puertas de acceso para poder conseguir la mejor visión de la ceremonia. Los autobuses llenos de peregrinos se asomaban por cualquiera de las vías cercanas a la Basílica provocando larguísimas colas que sólo el eficaz servicio de seguridad del Vaticano permitió que se disolvieran con agilidad. La espera permitió a los más jóvenes amenizarla con cánticos y gritos de «¡Viva España!» y «¡Viva el Papa!». Junto a los pañuelitos identificativos de la congregación o del mártir que venían a beatificar, los peregrinos españoles trajeron a Roma, de forma masiva, la enseña nacional, junto a otras de las distintas comunidades autónomas. Pero de poco sirvieron en la ceremonia, ya que, instantes antes de su inicio, desde megafonía se instó a la gente a que no las exhibieran, sino que se recogieran, por un sólo motivo: permitir la visión. Nadie protestó por la recomendación, aún más, hubo aplausos, y sólo volvieron a ondearse al finalizar la Eucaristía. El cumplimiento estricto de las recomendaciones y el silencio fueron las notas dominantes de la ceremonia. Hubo menos manifestaciones de júbilo que en otras beatificaciones y más recogimiento por parte de los presentes. Algunos rezaban y otros, como Milagros González Pacheco, sobrina del mártir Félix González Busto, lloraba recordando a su familiar: «Mi padre siempre dijo que era un santo y esto es muy emocionante para mí». Un modelo de comportamiento cívico que echó por tierra el argumento de quienes sostenían que las beatificaciones iban a constituir un acto de revancha de una parte de España contra la otra. No hubo ninguna salida de tono, ningún mal gesto y, como decía Carmen Gómez de Pablo, sobrina de fray Félix de la Virgen del Carmen, que «nadie pretenda ver otra cosa que un reconocimiento de sus vidas». El recuerdo de Juan Pablo II Aunque en la Plaza de San Pedro ya hacía calor antes de las ocho de la mañana, la masiva presencia de peregrinos había hecho subir unos grados más la temperatura humana del lugar, el sol empezó a hacerse fuerte a medida que avanzaba la ceremonia. Como prólogo de la misma, se recordaron unas palabras de Juan Pablo II sobre el perdón y la reconciliación, con motivo de una de las numerosas ceremonias de beatificación que presidió: «Debemos estar dispuestos a defender a Cristo delante de los hombres», pidiendo «perdón, paz, concordia y mutuo respeto». Sonaron así los primeros aplausos de la jornada, que no volvieron a repetirse hasta que se produjo el momento de la beatificación. «Esto ha sido el no va más, ha sido una ceremonia emocionante y bonita», comenta un familiar del beato Lucio Zudaire,mientras abandonaba la Plaza de San Pedro. Su peregrinación estaba a punto de finalizar, pero este día ha sido para muchos una «catequesis ocasional de cómo los cristianos tenemos que perdonar», dice María del Carmen Gómez de Pablo, sobrina del beato fray Félix de la Virgen del Carmen. Felices de saber que el sacrificio de los suyos no fue en vano, los peregrinos españoles abandonaban el Vaticano no sin recordar que «este es el momento oportuno para su beatificación, ahora, cuando dicen que la fe no sirve para nada. Esto no es revanchismo, que nadie pretenda ver otra cosa que reconocer sus vidas».
Los obispos recuerdan que la beatificación de 498 mártires «no nace del resentimiento» ABC Los obispos españoles han defendido "la beatificación de los 498 mártires de la persecución religiosa durante el siglo XX", que tendrá lugar mañana domingo en Roma, porque "no nace del resentimiento sino de la reconciliación". En sus cartas pastorales de estas últimas semanas, los prelados coinciden en señalar que su "muerte ejemplar por la causa de Dios y de la fe cristiana, sin estar implicados en la lucha entre hermanos ni en bandos enfrentados, no puede quedar sin producir el efecto beneficioso de seguir su camino".
El obispo de Huesca y Jaca, monseñor Jesús Sanz Montes, afirma que con
estas beatificaciones la Iglesia "no va relatar el escarnio de mofa y
befa que sufrieron antes de morir, ni va a pronunciar el nombre de los
verdugos, sus enseñas y sus siglas", ya que "nada de eso" constituye su
"memoria histórica".
"Nuestro recuerdo busca el reconocimiento que nos abre a la gratitud y
la reconciliación que en estos mártires aprendemos", apunta el prelado,
quien recuerda que en el momento de morir a estos frailes, sacerdotes,
monjas, seminaristas y seglares "no se les encontró en sus hábitos y
ropas un carné de partido, ni armas defensivas, ni odio en sus miradas,
ni siquiera una resistencia legítima". En la misma línea, el obispo de Ferrol, monseñor Manuel Sánchez Monge, destaca que los mártires "no ofendieron a nadie ni impusieron a nadie sus creencias" y "murieron perdonando y amando a quienes les mataban". Asimismo, reconoce que "no faltará quienes pretendan desfigurar la grandeza de estos hombres politizando el acontecimiento, desfigurando la historia o silenciando su humilde heroísmo". Sin embargo, deja claro que la Iglesia "los propone a los creyentes y a todos los hombres de buena voluntad, como ejemplo de amor, de perdón y reconciliación".
Una
ceremonia que no ofende
En la misma línea, el cardenal arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco
Varela, señala que "el amor a Dios" produce "mártires y no violencia
como se pretende mostrar con un acercamiento superficial y supuestamente
neutral y objetivo al fenómenos de las religiones". "El que ama con
Cristo ve al hombre de un modo radicalmente nuevo, que el mundo no
conoce, ni enseña, ni es capaz de vivenciar ni de comunicar", denuncia
el cardenal, quien afirma que los mártires indican a los cristianos
"cuál es el camino a seguir en la forma y en el estilo".
Orgullo religioso y patriótico EL PAÍS Una eclosión de orgullo patriótico y religioso fue lo que se vivió ayer en la plaza de San Pedro. Alrededor de 50.000 personas, según estimaciones no oficiales, rezaron, cantaron, agitaron banderas, no todas constitucionales, y gritaron vivas a España y a las 498 víctimas de la Guerra Civil que fueron ayer beatificadas. El 99% de los congregados eran peregrinos españoles llegados a Roma para la ceremonia. Las más animadas eran, sin duda, las niñas del colegio Everest de Madrid, que voceaban: "Viva España". Antes de la celebración entablaron con otro grupo el clásico diálogo cantado a voz en grito: "Hola don Pepito, hola don José". De su sector emergía el mayor número de banderas por metro cuadrado de la plaza. Muy entusiastas y muy jóvenes se mostraron también los miembros barceloneses del movimiento Schola Cordis Iesu (Escuela Corazón de Jesús), que aseguraron estar en Roma "porque hay que apoyar a la Iglesia católica". "Hay algunos hechos de la historia de España que se han tapado y que hay que esclarecer", aseguraban Luis y Pedro, de 22 y 23 años respectivamente. Dos horas antes de que comenzara la ceremonia, la cola para entrar a la plaza de San Pedro ya había adquirido dimensiones inabarcables, cuatro metros de ancho y varios cientos de largo. Y la cola de mujeres, notoria mayoría entre los congregados, ante los servicios alcanzaba ya los 50 metros cuando los religiosos en el estrado empezaran a leer testimonios y cartas de los mártires, a modo de prólogo. La plaza de San Pedro hablaba ayer español, pero también vasco, catalán y gallego, lenguas en las que fueron leídas algunas "oraciones de los fieles", para disgusto de un grupo de mujeres de Toledo. "La ceremonia era en español y esa parte no la hemos entendido", protestó Isabel. De las oraciones en inglés y francés no se quejaron, traducidas como las otras al castellano en el libro de oración repartido a los presentes. Tampoco les pareció mal que el papa Benedicto XVI hablase en alemán, esloveno y polaco. Pero el español hablado ayer en la plaza tenía en un sector acento cubano: el de Miguel Ángel Fernández, paisano del mártir agustino José López Piteira, nacido en Jatibonico, Cuba. También tenía acento catalán: el de la familia del mártir Anastasio María Dorca, carmelita natural de Tárrega (Lérida) muerto junto a sus compañeros de Olot (Girona) un día en que el encargado de oficiar la novena del Carmen se puso enfermo y Anastasio fue a sustituirlo. Allí le encontró, el 28 de julio de 1936, la guerra fratricida y el camino a la beatificación. Un total de 15 familiares ondeaban una pancarta que decía: "Por una España católica murieron gritando viva Cristo Rey". Gran satisfacción se respiraba al término de la ceremonia, particularmente por las palabras que el Papa dirigió a los españoles en la oración del Angelus. Los más felices, sin embargo, parecían tres monjes franciscanos brasileños vestidos con ásperos hábitos y calzados con chanclas hawaianas. "Estamos felices porque vinimos a Roma sin saber que había beatificaciones y la providencia divina ha querido que nos encontrásemos con esta ceremonia bellísima", canturreaba en portuñol un gozoso fray Eliseo, de 25 años, mientras se rascaba la tonsura. La Iglesia mira hacia atrás sin ira EL MUNDO El cardenal Rouco y los obispos españoles se esforzaron ayer en quitar toda connotación política a la ceremonia de beatificación de 498 religiosos españoles en el Vaticano. Estos religiosos fueron asesinados -y algunos de ellos torturados antes de morir- durante la Guerra Civil. Constituyen un ejemplo de las atrocidades que cometieron ambos bandos. La Iglesia católica ha incidido estos días en que sus sacerdotes, monjas y fieles son un ejemplo de reconciliación porque murieron perdonando a sus verdugos. Este es justamente el mensaje que debería prevalecer: el del perdón y la reconciliación. Está bien mirar hacia atrás, pero sin ira y sin revanchismo. La delegación española presente en el Vaticano estaba encabezada por Miguel Angel Moratinos, ministro de Exteriores. Hay que felicitar al Gobierno por el gesto de enviar al ministro a este acto religioso, al que asistieron 30.000 españoles. No hubo ni el menor incidente y todo se desarrolló con exquisitas formas para no ofender a nadie. Quienes han intentado presentar esta beatificación como una demostración del sectarismo de la Iglesia deben estar frustrados porque lo que ayer se evidenció fue precisamente lo contrario. …. «Que nunca volvamos a sufrir esa guerra» EL MUNDO 30.000 asistentes a la beatificación confían en que sirva para que se entierren para siempre los viejos odios de las dos Españas. Ricardo, un estudiante de 3º de ESO de 14 años, estaba ayer mareado. Llevaba horas en la plaza de San Pedro, bajo un sol abrasador, sujetando una pancarta en memoria del que fuera obispo de Cuenca, Cruz Laplana y Laguna, fusilado el 8 de agosto de 1936. Cuando arrancó la ceremonia de beatificación de 498 mártires de la Guerra Civil, el pobre Ricardo ya no podía más. Cansado y borracho de emoción, tuvo que soltar la pancarta y sentarse a descansar. Había llegado a Roma en peregrinación junto a un grupo de Acción Católica de Cuenca de 55 personas, la más pequeña, de ocho años y la mayor, sexagenaria. «Estos mártires deben de ser honrados y recordados porque murieron por Cristo y dando ejemplo. A mí, concretamente, me han enseñado que la vida no se puede desperdiciar yendo a discotecas a drogarse», sentenciaba muy serio. La plaza de San Pedro era una marea de telas rojas y amarillas. También había enseñas de San Andrés, la bandera que había antes de la bicolor y que algunos llevaban como símbolo de la España católica. Y alguna que otra bandera franquista. Por ahí se paseaba con aires marciales, camisa negra y una bandera de «la hermandad de combatientes italianos en España» Juan Carlos Gentilini, hijo de un militar italiano que combatió del lado de Franco y que luego prestó servicio al régimen como guardia forestal. «Si hubiera nacido en China, probablemente me identificaría con el Partido Comunista Chino. Si hubiera nacido en Irán, apoyaría al ayatolá. Pero nací en Madrid hace 39 años, en la España de Franco, con la que me identifico». José Luis Corral, el sudoroso (en sentido literal, el hombre ayer transpiraba a mares) líder del Movimiento Católico Español y de Acción Juvenil Española, acudió a Roma acompañado de unos 55 seguidores y ondeando la bandera franquista. «Actos como este favorecen la reconciliación, aunque despiertan la ira de los malvados», señalaba en un tono bastante poco pacificador. «Lo que daña la reconciliación es que los asesinos de estos mártires, y sus mismos partidos, pretendan dar ahora la vuelta a la victoria nacional y declarar todo esto proscrito mientras ellos enaltecen a los suyos». Corral acabó sentado ante una fuente, junto a un chiflado local que llevaba un insólito gorro repleto de estampitas. Eran tipos absolutamente pintorescos. La mayoría de las 30.000 personas que ayer asistieron a la beatificación de los 498 mártires de la Guerra Civil eran de otra pasta. Como Silvia Gómez, de Calahorra, que llevaba cosida en la espalda una foto de su tío abuelo Ramón de la Virgen del Carmen, un carmelita de Logroño fusilado en Toledo. Silvia se pasó la ceremonia corriendo detrás de su hija de 15 meses. «Esto no es un acto político, es un acto religioso», subrayaba. «Como familiar de un mártir, esto para mí es muy importante. Y no creo en absoluto que la gente se crispe por estos asuntos». «Nosotras hemos venido porque creemos que esta ceremonia puede ser muy importante para la reconciliación, ya que estos 498 mártires son un testimonio de amor», aseguraba Isabel Solís, una mujer que había ido a Roma con seis familiares. «Espero que sirva para suavizar la situación que estamos viviendo en España, donde los creyentes nos sentimos constantemente insultados». A pocos metros, llorando de emoción, estaba Martín. «Me bautizaron con ese nombre en recuerdo de mi tío abuelo, Martín Lozano Tella, martirizado en Fuente del Fresno, en Ciudad Real», señalaba. «Siempre me he sentido muy cercano a él, y me duele que la gente critique estas beatificaciones y desentierre viejos odios que yo ya creía olvidados». «Estos mártires murieron perdonando a sus verdugos. Y ahora, después de todo el tiempo que ha transcurrido, el Gobierno no quiere pasar página», opinaba Eduardo Montes, un sacerdote que vive en Francia. «Pero tampoco estoy a favor del PP, que dice que hay que olvidar. ¿Por qué? Es antinatural y peligroso, la Historia nos enseña. En este asunto hay una enorme carga afectiva y muy poca racionalidad». «En los dos bandos se cometieron asesinatos y salvajadas», sentenció Pedro Reynés Rotger, de 78 años y sobrino de Simó Reynés, un cura mallorquín asesinado a tiros en Barcelona con 35 años y que ayer fue elevado a los altares. «Lo importante es que nunca jamás volvamos a sufrir una guerra como aquella». elmundo.es Diputado del PSOE, ponente de la Ley de Memoria, familiar de mártir EL MUNDO En el palco de autoridades, bajo un sol abrasador y observando con ojos curiosos la ceremonia de beatificación de 498 mártires de la Guerra Civil española, se encontraba ayer un hombre singular, un compendio de anversos y reversos. Se llama Juan Andrés Torres Mora, es diputado socialista, uno de los principales ponentes de la Ley de Memoria Histórica que el miércoles se votará en el Congreso y con la que el Ejecutivo pretende hacer justicia a las víctimas de la dictadura franquista... y familiar de uno de los nuevos beatos asesinados por los republicanos. Torres Mora es sobrino nieto de Juan Duarte, un seminarista de 24 años de la localidad malagueña de Yunquera que murió en los primeros meses de la Guerra Civil mientras se encontraba de vacaciones en casa de sus padres. Aunque el martirio que sufrieron todos los 498 mártires que ayer fueron elevados a los altares fue siempre espantoso, lo que padeció el tío de Torres Mora fue especialmente terrible. «Estuvo escondido, en una especie de semisótano del piso de entrada, hasta que una vecina lo delató. Unos milicianos lo secuestraron y lo llevaron a la cárcel de Alora, donde fue torturado con corrientes eléctricas, clavándole agujas en el cuerpo. Le quisieron hacer blasfemar y renegar de la fe. Pero no cedió ante los tormentos. Lo rociaron con gasolina y le prendieron fuego. Durante varios días continuaron disparando al cadáver, que permaneció insepulto hasta que fue enterrado en el mismo arroyo. El 3 de mayo de 1937 sus restos fueron trasladados al cementerio de Junquera. Tenía las piernas partidas y estaba destrozado», se lee en la pequeña biografía sobre su martirio elaborada por la Conferencia Episcopal Española. Interés sociológico Torras Mora asistió ayer a la beatificación de su tío abuelo desde la perspectiva de un no creyente. «La ceremonia me ha parecido muy interesante. Nunca había visto una beatificación y es un ritual muy elaborado. Desde del punto de vista sociológico me ha resultado muy interesante», contaba a EL MUNDO. «Pero lo que me ha emocionado de verdad ha sido ver a mi tía abuela, una carmelita descalza de 86 años que lleva desde los 20 en clausura y a la que la que no había podido besar y abrazar desde hace 22 años». Torres Mora no daba un achuchón a su tía Carmen, la única hermana del ya beato Juan Duarte, desde 1985, cuando el ataúd del mártir fue trasladado a la iglesia del pueblo. «La he visitado muchas veces desde entonces, pero siempre la había visto tras la reja de clausura», señalaba el diputado socialista. Ayer, en Roma, pudo abrazarla. 498 nuevos beatos para la reconciliación EL MUNDO Ni la más mínima referencia política. La megabeatificación ayer de los 498 mártires de la Guerra Civil fue una fiesta de la fe y de la memoria en clave de reconciliación. Lo dijo clara y abiertamente Benedicto XVI, desde la ventana del palacio apostólico del Vaticano: «Los mártires, con sus palabras y gestos de perdón hacia sus perseguidores, nos impulsan a trabajar incansablemente por la misericordia, la reconciliación y la convivencia pacífica». El Papa Ratzinger, fiel a su norma de no presidir beatificaciones, puso el broche final a la solemne ceremonia. Y rubricó la actualidad del martirio. Entre el clamor de los peregrinos, que abarrotaban la plaza de San Pedro, advirtió que «el supremo testimonio de la sangre no es una excepción reservada sólo a algunos individuos, sino una eventualidad realista para todo el pueblo cristiano». Y por eso insistió en que, además del martirio cruento, hay otro, el incruento, o «el martirio de la vida ordinaria, cada vez más importante en la sociedad secularizada de hoy», en aras de la «batalla diaria del amor», distintivo de los creyentes. Sólo así podrán éstos ser «testigos fieles del Evangelio en el mundo, sintiendo la dicha de ser miembros vivos de la Iglesia, verdadera esposa de Cristo». Tras saludar «con afecto» a los fieles españoles presentes en la plaza y a los que habían seguido la ceremonia por radio y televisión, el Papa dio gracias por «el gran don de estos testigos heroicos de la fe que, movidos exclusivamente por su amor a Cristo, pagaron con su sangre su fidelidad a El y a su Iglesia». Como primera petición a los nuevos beatos, el Papa les encomendó que intercedan por la Iglesia en España y en el mundo. Y, consciente de la sequía vocacional, abogó por que «la fecundidad de su martirio produzca abundantes frutos de vida cristiana en los fieles y en las familias; que su sangre derramada sea semilla de santas y numerosas vocaciones sacerdotales, religiosas y misioneras». Poco antes, el cardenal de Madrid, Antonio María Rouco Varela, uno de los protagonistas de la ceremonia, señaló en la misma clave reconciliadora: «Fueron fuertes a pesar de ser maltratados y torturados. Perdonaron a sus verdugos y rezaron por ellos». Con su beatificación, España se convierte en un semillero de mártires y en la primera potencia mundial en santos. Mártires y santos que, como explicó en su homilía el principal oficiante, el cardenal portugués Saraiva Martins, «derramaron su sangre por la fe» y «manifestaron hasta el martirio su amor a Jesucristo y su fidelidad a la Iglesia». El purpurado curial pidió a los cristianos españoles que hagan vida el mensaje de los mártires. En primer lugar, y «dado que la verdadera identidad de los cristianos está constantemente amenazada», viviendo la fe «con coherencia». En segundo, siendo conscientes de que dicha coherencia puede llevar, en ocasiones e incluso hoy, al martirio. En tercer lugar, recordando que todos los creyentes «están llamados a la santidad», porque la «vida cristiana no se reduce a unos actos de piedad individuales y aislados». Por último, el cardenal dijo que los creyentes de España están llamados también a defender «la dignidad de la persona, la vida desde la concepción hasta la muerte natural, la familia fundada en la unión matrimonial una e indisoluble entre un hombre y una mujer, el derecho y el deber primario de los padres en lo que se refiere a la educación de los hijos». Fue la única referencia indirecta a la actualidad española. Y, de hecho, el público asistente subrayó con un aplauso las palabras del cardenal. Todo lo demás giró en torno a los mártires reconciliadores. En medio de un mar de banderas españolas y de fotos de mártires.
España
cuenta ya con 498 nuevos beatos
España cuenta desde ayer con 498 nuevos beatos, asesinados por no renunciar a su fe. La ceremonia fue presidida por el cardenal José Saraiva Martins, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, quien destacó el mensaje de «fe y de amor» de estos mártires de la persecución religiosa en nuestro país.
El cardenal Saraiva, delegado
del Papa para esta celebración, tampoco dejó pasar la oportunidad de
pedir a los católicos que, «en un diálogo informado por la caridad»,
muestren sus convicciones en cuestiones como el aborto, la eutanasia, el
matrimonio y la familia y la educación. Aspectos que a lo largo de la
actual legislatura han supuesto un enfrentamiento entre la Iglesia
católica y el Gobierno socialista.
«Cristianos coherentes» Un mar de emoción y recuerdos en San Pedro ABC Nunca pudo imaginar Ana Caldés, sobrina de los ya beatos hermanos de La Salle, Valeriano Luis y Eliseo Vicente de Benicarló, que la razón por la que lloraba su madre hace ya setenta años, «porque han matado a mis hermanitos», se convertiría, mucho tiempo después, en el motivo principal para celebrar en Roma estas muertes prematuras. La Plaza de San Pedro de Roma estaba ayer llena de emotivas historias familiares, de recuerdos difuminados en el tiempo, de retazos de la memoria, que ayer se hicieron más presentes que nunca, y que muchos, con lágrimas en los ojos, narraban sin apenas poder articular palabra. «Recuerdo cuando mi madre lloraba y yo le preguntaba ¿por qué lloras tanto?, y ella me decía: porque han matado a mis hermanitos». Lo contaba Ana Caldés minutos antes de la ceremonia de beatificación de los 498 mártires españoles, reivindicando la dignidad de sus familiares, pero admitiendo que esta ceremonia es la del «perdón y de la reconciliación porque nos va a hacer renovar la fe a todos los cristianos». A Ana difícilmente se le puede contener en el relato de su historia, quiere que se sepa más y como ejemplo de ese perdón que está dispuesta a practicar desvela que «la mujer del hombre que denunció a mis tíos vino un día a mi casa llorando, y le pidió a mi padre que lo sacaran de la cárcel», y lo sacó. Respetuoso silencio Como Ana, otros muchos iban con su historia dentro, accedían a la plaza de San Pedro y se situaban en las cuarenta mil sillas que se desplegaron, todas ellas cubiertas por familiares, amigos y seguidores de los mártires. Además, muchos peregrinos se quedaron en pie en los laterales. En total, unos cincuenta mil en esta soleada mañana festiva en Roma. Desde antes de las ocho de la mañana, la plaza de San Pedro estaba rodeada de un cinturón humano que abrazaba las emblemáticas columnatas de Bernini que identifican el lugar. Miles de españoles madrugaron para tener el mejor sitio y se apostaron frente a las numerosas puertas de acceso para poder conseguir la mejor visión de la ceremonia. Los autobuses llenos de peregrinos se asomaban por cualquiera de las vías cercanas a la Basílica provocando larguísimas colas que sólo el eficaz servicio de seguridad del Vaticano permitió que se disolvieran con agilidad. La espera permitió a los más jóvenes amenizarla con cánticos y gritos de «¡Viva España!» y «¡Viva el Papa!». Junto a los pañuelitos identificativos de la congregación o del mártir que venían a beatificar, los peregrinos españoles trajeron a Roma, de forma masiva, la enseña nacional, junto a otras de las distintas comunidades autónomas. Pero de poco sirvieron en la ceremonia, ya que, instantes antes de su inicio, desde megafonía se instó a la gente a que no las exhibieran, sino que se recogieran, por un sólo motivo: permitir la visión. Nadie protestó por la recomendación, aún más, hubo aplausos, y sólo volvieron a ondearse al finalizar la Eucaristía. El cumplimiento estricto de las recomendaciones y el silencio fueron las notas dominantes de la ceremonia. Hubo menos manifestaciones de júbilo que en otras beatificaciones y más recogimiento por parte de los presentes. Algunos rezaban y otros, como Milagros González Pacheco, sobrina del mártir Félix González Busto, lloraba recordando a su familiar: «Mi padre siempre dijo que era un santo y esto es muy emocionante para mí». Un modelo de comportamiento cívico que echó por tierra el argumento de quienes sostenían que las beatificaciones iban a constituir un acto de revancha de una parte de España contra la otra. No hubo ninguna salida de tono, ningún mal gesto y, como decía Carmen Gómez de Pablo, sobrina de fray Félix de la Virgen del Carmen, que «nadie pretenda ver otra cosa que un reconocimiento de sus vidas». El recuerdo de Juan Pablo II Aunque en la Plaza de San Pedro ya hacía calor antes de las ocho de la mañana, la masiva presencia de peregrinos había hecho subir unos grados más la temperatura humana del lugar, el sol empezó a hacerse fuerte a medida que avanzaba la ceremonia. Como prólogo de la misma, se recordaron unas palabras de Juan Pablo II sobre el perdón y la reconciliación, con motivo de una de las numerosas ceremonias de beatificación que presidió: «Debemos estar dispuestos a defender a Cristo delante de los hombres», pidiendo «perdón, paz, concordia y mutuo respeto». Sonaron así los primeros aplausos de la jornada, que no volvieron a repetirse hasta que se produjo el momento de la beatificación. «Esto ha sido el no va más, ha sido una ceremonia emocionante y bonita», comenta un familiar del beato Lucio Zudaire, mientras abandonaba la Plaza de San Pedro. Su peregrinación estaba a punto de finalizar, pero este día ha sido para muchos una «catequesis ocasional de cómo los cristianos tenemos que perdonar», dice María del Carmen Gómez de Pablo, sobrina del beato fray Félix de la Virgen del Carmen. Felices de saber que el sacrificio de los suyos no fue en vano, los peregrinos españoles abandonaban el Vaticano no sin recordar que «este es el momento oportuno para su beatificación, ahora, cuando dicen que la fe no sirve para nada. Esto no es revanchismo, que nadie pretenda ver otra cosa que reconocer sus vidas». Los obispos recuerdan que la beatificación de 498 mártires «no nace del resentimiento» ABC
Los obispos españoles han defendido "la beatificación de los 498
mártires de la persecución religiosa durante el siglo XX", que tendrá
lugar mañana domingo en Roma, porque "no nace del resentimiento sino de
la reconciliación". En sus cartas pastorales de estas últimas semanas,
los prelados coinciden en señalar que su "muerte ejemplar por la causa
de Dios y de la fe cristiana, sin estar implicados en la lucha entre
hermanos ni en bandos enfrentados, no puede quedar sin producir el
efecto beneficioso de seguir su camino". Orgullo religioso y patriótico EL PAÍS Una eclosión de orgullo patriótico y religioso fue lo que se vivió ayer en la plaza de San Pedro. Alrededor de 50.000 personas, según estimaciones no oficiales, rezaron, cantaron, agitaron banderas, no todas constitucionales, y gritaron vivas a España y a las 498 víctimas de la Guerra Civil que fueron ayer beatificadas. El 99% de los congregados eran peregrinos españoles llegados a Roma para la ceremonia. Las más animadas eran, sin duda, las niñas del colegio Everest de Madrid, que voceaban: "Viva España". Antes de la celebración entablaron con otro grupo el clásico diálogo cantado a voz en grito: "Hola don Pepito, hola don José". De su sector emergía el mayor número de banderas por metro cuadrado de la plaza. Muy entusiastas y muy jóvenes se mostraron también los miembros barceloneses del movimiento Schola Cordis Iesu (Escuela Corazón de Jesús), que aseguraron estar en Roma "porque hay que apoyar a la Iglesia católica". "Hay algunos hechos de la historia de España que se han tapado y que hay que esclarecer", aseguraban Luis y Pedro, de 22 y 23 años respectivamente. Dos horas antes de que comenzara la ceremonia, la cola para entrar a la plaza de San Pedro ya había adquirido dimensiones inabarcables, cuatro metros de ancho y varios cientos de largo. Y la cola de mujeres, notoria mayoría entre los congregados, ante los servicios alcanzaba ya los 50 metros cuando los religiosos en el estrado empezaran a leer testimonios y cartas de los mártires, a modo de prólogo. La plaza de San Pedro hablaba ayer español, pero también vasco, catalán y gallego, lenguas en las que fueron leídas algunas "oraciones de los fieles", para disgusto de un grupo de mujeres de Toledo. "La ceremonia era en español y esa parte no la hemos entendido", protestó Isabel. De las oraciones en inglés y francés no se quejaron, traducidas como las otras al castellano en el libro de oración repartido a los presentes. Tampoco les pareció mal que el papa Benedicto XVI hablase en alemán, esloveno y polaco. Pero el español hablado ayer en la plaza tenía en un sector acento cubano: el de Miguel Ángel Fernández, paisano del mártir agustino José López Piteira, nacido en Jatibonico, Cuba. También tenía acento catalán: el de la familia del mártir Anastasio María Dorca, carmelita natural de Tárrega (Lérida) muerto junto a sus compañeros de Olot (Girona) un día en que el encargado de oficiar la novena del Carmen se puso enfermo y Anastasio fue a sustituirlo. Allí le encontró, el 28 de julio de 1936, la guerra fratricida y el camino a la beatificación. Un total de 15 familiares ondeaban una pancarta que decía: "Por una España católica murieron gritando viva Cristo Rey". Gran satisfacción se respiraba al término de la ceremonia, particularmente por las palabras que el Papa dirigió a los españoles en la oración del Angelus. Los más felices, sin embargo, parecían tres monjes franciscanos brasileños vestidos con ásperos hábitos y calzados con chanclas hawaianas. "Estamos felices porque vinimos a Roma sin saber que había beatificaciones y la providencia divina ha querido que nos encontrásemos con esta ceremonia bellísima", canturreaba en portuñol un gozoso fray Eliseo, de 25 años, mientras se rascaba la tonsura. La Iglesia mira hacia atrás sin ira EL MUNDO El cardenal Rouco y los obispos españoles se esforzaron ayer en quitar toda connotación política a la ceremonia de beatificación de 498 religiosos españoles en el Vaticano. Estos religiosos fueron asesinados -y algunos de ellos torturados antes de morir- durante la Guerra Civil. Constituyen un ejemplo de las atrocidades que cometieron ambos bandos. La Iglesia católica ha incidido estos días en que sus sacerdotes, monjas y fieles son un ejemplo de reconciliación porque murieron perdonando a sus verdugos. Este es justamente el mensaje que debería prevalecer: el del perdón y la reconciliación. Está bien mirar hacia atrás, pero sin ira y sin revanchismo. La delegación española presente en el Vaticano estaba encabezada por Miguel Angel Moratinos, ministro de Exteriores. Hay que felicitar al Gobierno por el gesto de enviar al ministro a este acto religioso, al que asistieron 30.000 españoles. No hubo ni el menor incidente y todo se desarrolló con exquisitas formas para no ofender a nadie. Quienes han intentado presentar esta beatificación como una demostración del sectarismo de la Iglesia deben estar frustrados porque lo que ayer se evidenció fue precisamente lo contrario. …. «Que nunca volvamos a sufrir esa guerra» EL MUNDO 30.000 asistentes a la beatificación confían en que sirva para que se entierren para siempre los viejos odios de las dos Españas. Ricardo, un estudiante de 3º de ESO de 14 años, estaba ayer mareado. Llevaba horas en la plaza de San Pedro, bajo un sol abrasador, sujetando una pancarta en memoria del que fuera obispo de Cuenca, Cruz Laplana y Laguna, fusilado el 8 de agosto de 1936. Cuando arrancó la ceremonia de beatificación de 498 mártires de la Guerra Civil, el pobre Ricardo ya no podía más. Cansado y borracho de emoción, tuvo que soltar la pancarta y sentarse a descansar. Había llegado a Roma en peregrinación junto a un grupo de Acción Católica de Cuenca de 55 personas, la más pequeña, de ocho años y la mayor, sexagenaria. «Estos mártires deben de ser honrados y recordados porque murieron por Cristo y dando ejemplo. A mí, concretamente, me han enseñado que la vida no se puede desperdiciar yendo a discotecas a |