Documentos del Archivo Secreto Vaticano sobre la II República y la Guerra Civil española - Entrevista al P. Vicente Cárcel Martí - Zenit 19.12.06
Los Mártires españoles, Demetrio Fernández, obispo de Tarazona
Sobre beatificación mártires de Oviedo, R. Berzosa, Ob. aux. Oviedo
Conocer en persona a los 498 mártires, el libro de los mártires
El R. Mayor de los Salesianos, Pascual Chávez habla de los 63 m. salesianos
Cecilio Raúl Berzosa, Los mártires no dejan indiferente a nadie
La Hermana Francisca Fagaoga recuerda a las 23 mártires Adoratrices. Alfa y Omega 592
7 Salesas mártires - Alfa y Omega 593, 15 de mayo 2008

  Artículos de nuestros mártires  

Los Obispos hablan de nuestros mártires - Alfa y Omega nº 565  

El prelado que desafió a Franco, D. Marcelino Olaechea. La Razón 14.04.08

La Iglesia española y la Santa Sede salvaron miles de vidas republicanas - V. Cárcel Ortí
La persecución religiosa en España, Pío Moa
"Luz verde" vaticana al proceso de beatificación de 250 mártires valencianos
Jóvenes cristianos de Cataluña mártires, y mártires valencianos
Casi un centenar de mártires de Cataluña hacia la canonización

Los mártires de la Iglesia en España y su repercusión en el mundo misionero, Dossier Fides
El terror rojo

1936-39 - La mayor persecución religiosa en Europa Occidental, Pablo Ginés, 27.10.2008

6 de noviembre, fiesta litúrgica de nuestros mártires (Alfa y Omega, nº  614)

LA PERSECUCIÓN RELIGIOSA EN EL ANTEMURAL DE LA GUERRA CIVIL EN ESPAÑA
por Cristián Garay Vara - 3.11.2008
Dispuestos al martirio - X Congreso Cristianos y vida pública - Alfa y Omega, nº 617



  Noticias de mártires de la Iglesia 

Una Misa clandestina
Van Thuân y Cristo, en la cárcel: Te toca a Ti hablar
Los mártires en la película Pelícano, Alfa y Omega 622
 


  Artículos sobre el 28 de octubre  

  Los 498 mártires interrogan hoy a los católicos españoles sobre su fe  

Intervención del obispo Ricardo Blázquez en la Basílica de San Pablo Extramuros de Roma

ROMA, sábado, 27 octubre 2007 (
ZENIT.org).- Intervención de monseñor Ricardo Blázquez, obispo de Bilbao, presidente de la Conferencia Episcopal Española, al dar la bienvenida este sábado en la Basílica de San Pablo Extramuros de Roma a los miles de peregrinos que han venido para participar este domingo en la ceremonia de beatificación de 498 mártires del siglo XX en España

* * *

La Iglesia de Roma conserva los sepulcros de los apóstoles Pedro y Pablo como «trofeos» de su fidelidad a Jesucristo y como acreditación de la autoridad apostólica de la Sede de Roma. Estamos reunidos donde Pablo, en la vía ostiense, fue decapitado, culminando el testimonio de fe y amor a Jesucristo, que lo llamó a su seguimiento y al apostolado en el camino de Damasco. Saludo a los peregrinos venidos de lejos y de cerca para participar en la gozosa celebración de la beatificación de 498 mártires de nuestras diócesis: Señores obispos, religiosos y religiosas de las congregaciones a las que pertenecieron y enaltecieron los mártires, hermanos y hermanas de todos los rincones de la Iglesia en España. Saludo con respeto y afecto al señor embajador de España ante la Santa Sede. Agradezco, en nombre de la Conferencia Episcopal Española, la hospitalidad que en esta basílica emblemática de Roma nos ofrece el arcipreste de la misma Card. Andrea Cordero Lanza de Montezemolo.

Queridos peregrinos, hemos custodiado como un tesoro la memoria de nuestros mártires, que nos han precedido con la antorcha de la fe y de la santidad. Son un don precioso de Dios que recibimos con gratitud; estamos dispuestos con la fuerza del Señor a proclamar la fe y a vivir con fidelidad, alentados por su testimonio sublime, en las situaciones concretas de nuestra historia. El martirio de estos hermanos nos une con el Señor y nos dignifica a todos.

Los mártires situados ante la alternativa, no buscada ni provocada por ellos, de renegar de la fe cristiana y así salvar la vida, o de mantenerse adheridos al Señor y así perderla, prefirieron en un gesto admirable entregar la vida temporal y recibir la Vida eterna, recordando las palabras del Maestro: «Quien pierde su vida por mí y por el Evangelio, la salvará» (Mc 8,35). «Nadie tiene amor más grande que el que da su vida por sus amigos» (Jn 15,13). Los mártires recibieron de Jesús la gracia de su amistad, y ellos le devolvieron viviendo y muriendo por El la misma amistad. ¡Qué elocuente se hace el Evangelio en la proximidad de los mártires!

En el proceso de los mártires se ha concentrado la fidelidad a Dios a través de unos gestos expresivos de la totalidad. Como muchos mártires de la Iglesia en los primeros siglos murieron aclamando a Jesús como el Señor («Iesus Kýrios»), así también los mártires que van a ser beatificados mañana murieron aclamando con los labios y el corazón: ¡Viva Cristo Rey! A algunos el rosario los identificó como cristianos y en la hora suprema supieron que era una señal decisiva. Unos murieron porque participaban en la Eucaristía; y otros por el hecho de ser sacerdotes, frailes o monjas. Los que tuvieron la oportunidad se unieron en el martirio a aquéllos con los que habían compartido su fe, la profesión religiosa y los trabajos apostólicos.

Los mártires han rubricado con su sangre un mensaje que queremos recibir hondamente en estos extraordinarios días. Su muerte martirial glorifica el poder de Dios que hace de la fragilidad de los hombres su propio testimonio. Todo lo pudieron en Aquel que les dio fuerza (cf. Fil 4,13; 2 Cor 12,9-10; Col 1,29). ¡Que importante es la fe en Dios que orientó la vida y decidió la muerte de sus fieles! En nuestro tiempo estamos llamados a mostrar que para la vida personal, familiar y social no es indiferente creer en Dios que no creer en El. Todo cambia con la luz y la fuerza que emite la fe en nuestro Señor Jesucristo. Los mártires nos preguntan hoy sobre la valentía de nuestra fe. Los hermanos mártires nos estimulan a ser fieles, a confiar en Dios que nunca defrauda y no abandona ni siquiera en la persecución. Con la autoridad que les confiere su muerte por el Señor nos recuerda una exhortación evangélica: Si ellos murieron perdonando, debemos nosotros recorrer los caminos del perdón, de la reconciliación y de la paz. Su actitud ante la muerte es una fuerte invitación a la convivencia respetuosa en la pluralidad.

Queridos peregrinos, deseo a todos unos días de gracia del Señor; que la proximidad al sucesor de Pedro, el papa Benedicto XVI, nos fortalezca en la unidad de la fe y del amor.
 

  La sangre de los mártires españoles debe ser semilla de nuevos cristianos 

Intervención del cardenal Amigo al dar la bienvenida a los peregrinos llegados a Roma

ROMA, sábado, 27 octubre 2007 (ZENIT.org).- Publicamos la alocución del cardenal Carlos Amigo Vallejo, arzobispo de Sevilla, este sábado en la tarde, durante ceremonia de acogida que se celebró en la Basílica de San Pablo Extramuros de Roma a los miles de peregrinos que han venido para participar este domingo en la ceremonia de beatificación de 498 mártires del siglo XX en España.

* * *

Hemos venido a Roma para visitar la tumba de los mártires y para escuchar las maravillas que Dios Padre hace con el testimonio de sus hijos, pues los mártires, con la fuerza del Espíritu Santo, proclaman, con el precio de su vida, que nada se puede anteponer al amor de Cristo.

1. Los mártires son patrimonio ejemplar de la Iglesia. Su testimonio conmueve y arrastra al conocimiento de Cristo, el testigo fiel, por el que ofrecieron su vida. Dieron testimonio del Hijo de Dios y Dios Padre da ahora testimonio de ellos glorificando su memoria y poniéndolos como ejemplo para el pueblo cristiano.

2. Razones que avalan su muerte santa. Murieron por su fe en el Dios que se había revelado en Jesucristo y por la libertad de conciencia de llevar la fidelidad a Jesucristo hasta las últimas consecuencias.

Estuvieron firmes en la confesión del nombre de Cristo y pagaron con su vida el precio de la paz para su conciencia. Eran testigos de la verdad y la verdad les hace hombres y mujeres libres, con la mejor libertad: la del Espíritu que vive en nosotros.

3. La ejemplaridad de su testimonio. Desvelan la belleza de la fe cristiana y demuestran, con la evidencia del amor, que es posible vencer el mal con la fuerza del bien. Eran sufridos en la tribulación, porque se alegraban en la esperanza.

4. ¿Qué esperamos de estas beatificaciones? La sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos. Con ellos compartimos la misma esperanza que obliga a la Iglesia a ir peregrinando entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios.

En los mártires se ilumina el misterio de la cruz. Ellos y su testimonio es causa de nuestra alegría. El Señor ha estado grande con nosotros al ofrecernos la vida y el ejemplo de estos mártires.

Después de atroces torturas, confirmaron su fe. Murieron pero vencieron; ahora los recordamos en la gloria de Cristo resucitado (Benedicto XVI). En ellos nos habla el Espíritu de Dios.

Jesucristo ayer con estos 498 mártires. Jesucristo hoy, que nos llama a ser testigos suyos en el mundo. Jesucristo, siempre. Él es el más santo entre nuestros mártires. El Testigo fiel.
 


  Cartas del Siervo de Dios Bartolomé Blanco Márquez  
cooperador salesiano, escritas desde la prisión de Jaén el día antes de ser fusilado el 2 de octubre de 1936.

     Carta a su familia  

(Summarium super maryirio, pp. 425-426)

Prisión Provincial. Jaén, 1 de octubre de 1936.

QUERIDAS TÍAS Y PRIMOS:

Cuando me faltan horas para gozar de la inefable dicha de los bienaventurados, quiero dedicaros un último y postrer recuerdo con esta carta.

¡Qué muerte tan dulce la de este perseguido por la justicia! Dios me hace favores que no merezco proporcionándome esta gran alegría de morir en su Gracia. He encargado el ataúd a un funerario y arreglado para que me entierren en nicho; ya os comunicarán el número de dicho nicho.

Hago todas estas preparaciones con una tranquilidad absoluta; y claro está que esto, que sólo puede conseguirse por mis creencias cristianas, os lo explicaréis aún mejor cuando os diga que estoy acompañado de quince Sacerdotes, que endulzan mis últimos momentos con sus consuelos.

Miro a la muerte de frente, y no me asusta, porque sé que el Tribunal de Dios jamás se equivoca y que invocando la Misericordia Divina conseguiré el perdón de mis culpas por los merecimientos de la Pasión de Cristo.

Conozco a todos mis acusadores; día llegará que vosotros también los conozcáis, pero en mi comportamiento habéis de encontrar ejemplo, no por ser mío, sino porque muy cerca de la muerte me siento también muy próximo a Dios Nuestro Señor, y mi comportamiento con respecto a mis acusadores es de misericordia y perdón.

Sea esta mi última voluntad: perdón, perdón y perdón; pero indulgencia que quiero vaya acompañada del deseo de hacerles todo el bien posible.

Así pues, os pido que me venguéis con la venganza del cristiano: devolviéndoles mucho bien a quienes han intentado hacerme mal. Si alguno de mis trabajos (fichas, documentos, artículos, etc.) interesara a alguien y pudieran servir para la propagación del catolicismo, entregárselos y que los use en provecho de la Religión. No puedo dirigirme a ninguno de vosotros en particular, porque sería interminable.

En general sólo quiero que continuéis como siempre: comportándoos como buenos católicos. Y sobre todo a mi ahijadita tratarla con el mayor esmero en cuanto a la educación; yo, que no puedo cumplir este deber de padrinazgo en la tierra, seré su padrino desde el cielo e imploraré que sea modelo de mujeres católicas y españolas.

Si cuando las circunstancias lleguen a normalizarse podéis, haréis lo posible porque mis restos sean trasladados con los de mi madre; si ello significa un sacrificio grande, no lo hagáis.

Y nada más; me parece que estoy en uno de mis frecuentes viajes y espero encontrarme con todos en el sitio a donde embarcaré dentro de poco: en el cielo.
Allí os espero a todos y desde allí pediré por vuestra salvación. Sírvaos de tranquilidad el saber que la mía, en las últimas horas, es absoluta por mi confianza en Dios.

Hasta el cielo. Os abrazo a todos.
Bartolomé.
 

  Carta en la que se despide de su novia 

(Summarium super martyrio, pp. 427-428)

Prisión Provincial. Jaén, 1 de octubre de 1936.

MARUJA DEL ALMA:
tu recuerdo me acompañará a la tumba y mientras haya un latido en mi corazón, éste palpitará en cariño hacia ti. Dios ha querido sublimar estos afectos terrenales, ennobleciéndolos cuando los amamos en Él. Por eso, aunque en mis últimos días Dios es mi lumbrera y mi anhelo, no impide que el recuerdo de la persona más querida me acompañe hasta la hora de la muerte.

Estoy asistido por muchos sacerdotes que, cual bálsamo benéfico, van derramando los tesoros de la Gracia dentro de mi alma, fortificándola; miro la muerte de cara y en verdad te digo que ni me asusta ni la temo.

Mi sentencia en el tribunal de los hombres será mi mayor defensa ante el Tribunal de Dios; ellos, al querer denigrarme, me han ennoblecido; al querer sentenciarme, me han absuelto, y al intentar perderme, me han salvado. ¿Me entiendes? ¡Claro está! Puesto que al matarme me dan la verdadera vida y al condenarme por defender siempre los altos ideales de Religión, Patria y Familia, me abren de para en par las puertas de los cielos.

Mis restos serán inhumados en un nicho de este cementerio de Jaén; cuando me quedan pocas horas para el definitivo reposo, sólo quiero pedirte una cosa: que en recuerdo del amor que nos tuvimos, y que en este instante se acrecienta, atiendas como objetivo principal a la salvación de tu alma, porque de esa manera conseguiremos reunirnos en el cielo para toda la eternidad, donde nada nos separará.

¡Hasta entonces, pues, Maruja de mi alma! No olvides que desde el cielo te miro, y procura ser modelo de mujeres cristianas, pues al final de la partida, de nada sirven los bienes y goces terrenales, si no acertamos a salvar el alma.

Un pensamiento de reconocimiento para toda tu familia, y para ti todo mi amor sublimado en las horas de la muerte. No me olvides, Maruja mía, y que mi recuerdo te sirva siempre para tener presente que existe otra vida mejor, y que el conseguirla debe ser la máxima aspiración.

Sé fuerte y rehace tu vida, eres joven y buena, y tendrás la ayuda de Dios que yo imploraré desde su Reino. Hasta la eternidad, pues, donde continuaremos amándonos por los siglos de los siglos.
Bartolomé.
 



  Entrevista con Pilar Caballero, nieta de la futura beata Teresa Cejudo  

Escrito por Ecclesia Digital, sábado, 27 de octubre de 2007


“Lo que yo he aprendido de esta historia ha sido la falta de rencor que tiene mi madre. Jamás la he oído hablar de rencores”


Entrevista con Pilar Caballero, nieta de la futura beata Teresa Cejudo, que se encuentra en Roma para la beatificación de su abuela.


Roma, 26 de octubre de 2007 / Testimonio recogido por Miguel Ángel Moreno


Teresa Cejudo será beatificada este domingo en Roma junto con otros 497 mártires del siglo XX en España. Era cooperadora salesiana en Pozoblanco (Córdoba). Su hija tenía diez años cuando su madre fue fusilada. Ahora su nieta, en Roma y un día antes de la beatificación de su abuela, revive sus emociones. 


Me gustaría que me contaras tu experiencia como nieta de Teresa y tu madre, como pariente más directo de esos mártires, y cómo estáis viviendo esta beatificación, en casa…


La experiencia de toda mi familia está siendo muy emotiva e intensísima, porque desde los años sesenta aproximadamente, en que el Colegio salesiano comenzó a mover el tema de las beatificaciones, en casa siempre hemos dicho que a lo mejor tendríamos la suerte algún día de ver que a mi abuela la hagan beata. Bueno, ha sido una alegría tremenda que podamos estar aquí, con mi madre viva, gracias a Dios, y los once hijos acompañándola.


Pilar, coméntanos la historia de tu abuela. Ella era cooperadora, ¿no? ¿Qué hacía?

 

Sí, ella era cooperadora. Yo te puedo contar lo que me ha referido mi propia madre, porque ella falleció cuando mi madre tenía diez años, como mártir de guerra. Colaboraba mucho en el Colegio salesiano, en todo lo que era ayuda social, con los niños… En esos tiempos tan difíciles, ayudaba a repartir alimentos a las familias más sencillas, a enseñar a leer y a escribir a esos niños que por motivos sociales no podían acceder a un colegio. Una labor muy importante a nivel social, y religioso, lógicamente.


¿Cómo murió tu abuela?


Lo que sabemos es que se hizo un juicio, y se le acusa de llevar un mono y un arma. Se hace un juicio popular, y se la fusila. Permaneció un mes en la cárcel de Pozoblanco y la fusilaron en el cementerio, con un pelotón de fusilamiento, con n grupo de dieciocho mártires. Por lo visto, ella tuvo mucho entereza en aquellos momentos tan duros. Se despidió de su única hija, que es mi madre, y la fusilaron la última, porque ella así lo pidió. Pidió que no le vendaran los ojos, que quería morir de cara a la muerte, que no le temía, porque moría por Dios. Y dio ánimos a sus diecisiete compañeros para que no renegaran de la fe ni de Dios.


Habéis venido sus nietos, biznietos… ¿Esto representa algo muy importante para vosotros?


Claro, por supuesto. Todo un orgullo, porque la única que tiene familia directa aquí de entre todas las personas que van a ser beatificadas, que son casi quinientos, es mi abuela, que tiene a mi madre. Y venimos sus once hijos para acompañarla porque para nosotros es un verdadero orgullo poder estar acompañando a mi madre y vivir este acontecimiento.


¿Qué comenta tu madre? ¿Cómo recuerda aquellos años?


Mi madre siempre comenta que era muy pequeña, tenía diez años; recuerda las visitas a la cárcel durante ese mes. También dice que no tiene la sensación de que iba a pasar algo tan traumático: que, cuando le dijeron que se despidiera de su madre, ella pensó que la iban a trasladar… De hecho, a mi madre le dijeron que la iban a llevar a otro sitio. Lo único que le decía es que se quería ir con ella, lógicamente: era una niña pequeña. Ella dice que en ese momento no fue consciente de lo que iba a pasar después. Pero mi madre está tremendamente orgullosa de que estemos aquí, de poder vivir esto…


¿Orgullo? ¿Emoción? ¿O…?


Orgullo, emoción… todo. Es un cúmulo de emociones lo que se vive aquí, algo muy fuerte…


Claro, porque lleváis mucho tiempo esperando. ¿Cuándo empezó esta causa?


El Colegio salesiano comenzó a moverla desde hace muchos años, desde los años sesenta. Yo lo recuerdo desde casi siempre. Siempre se ha dicho que algún día tendremos la suerte de ver esto.


¿Qué es lo que más te sorprende de Teresa, lo que más te ha llamado la atención, lo que tú has aprendido de ella, lo que significa para ti…?


De mi madre lo que yo he aprendido de esta historia –tenía diez años cuando fusilaron a su madre- ha sido la falta de rencor que tiene. Jamás la he oído hablar de rencores… Nunca nos  ha hablado mal de nada. Siempre nos ha hablado que tuvo la desgracia de quedarse huérfana con diez años y perder a su madre en un fusilamiento, pero nunca nos lo ha transmitido a ninguno de los once hijos ni con rencor ni nos ha hablado de la guerra en clave política, ni nada. Eso se lo tengo que agradecer el resto de mi vida: que no nos ha transmitido ningún odio ni ningún malestar, en un pueblo pequeño como Pozoblanco, donde la guerra fue muy dura.


Fco. Javier Valiente, Delegado de Comunicación

C/ Marqués de la Valdavia, 2.

28012 Madrid.

 


  "¡Que Dios se apiade de España!"  

El historiador Vicente Cárcel halla pruebas en el Vaticano de los intentos fallidos de Pío XI para mover a Franco a la clemencia y a una tregua en la Guerra Civil

ANTONIO JIMÉNEZ BARCA - Roma - 28/10/2007

Desde hace 40 años, Vicente Cárcel, de 67, se levanta, se pone la sotana, se monta en el autobús, baja en la parada de la plaza de San Pedro y desde allí entra en uno de los rincones más reservados del planeta, uno de esos lugares por cuyo acceso algún historiador mataría: los archivos secretos del Vaticano.

En una sala de pupitres de madera y bajo la mirada de un vigilante eclesiástico, Cárcel recoge las tres cajas de documentos permitidas para ese día (sólo tres cajas por jornada) e inicia su minuciosa tarea de buscador de oro: examina papel por papel, legajo a legajo, documento a documento. "Y a veces hay pepita de oro y a veces no", dice. "Esto me agota, pero a la vez me entusiasma, es como una droga. Es raro el día que no voy: tiene que estar muy justificado", añade.

Una de las mañanas en que este monseñor obsesionado con la historia encontró una pepita de oro fue cuando halló un telegrama con una nota manuscrita del papa. "Pío XI había intentado que, por caridad, Franco declarase una tregua por Navidad. Y Franco, en un telegrama, había respondido que no, que iba a seguir con la campaña militar prevista, porque parar equivalía a alargar la guerra". Y en ese telegrama, abajo, Cárcel encontró un apunte manuscrito de un Papa cansado de rogar durante años un alto al fuego: "Ya no puedo hacer más. ¡Que Dios se apiade de la pobre España!".

Cárcel vive en el Colegio Español de Roma; es educado, culto y afable, ha conocido y tratado a cuatro papas, es doctor en Historia, ha escrito más de 30 libros y regenta además un título honorífico mucho más original: protonotario apostólico supernumerario. "Pero cuando hablo de estas cosas ni siquiera soy sacerdote; simplemente soy historiador".

En septiembre del año pasado, el papa Benedicto XVI desclasificó la documentación perteneciente al pontificado de Pío XI, del 6 de febrero de 1922 al 10 de febrero de 1939. Así funciona este archivo particular: cada nuevo Papa permite el acceso a la documentación de un predecesor o dos, siempre que entre uno y los otros quede un buen colchón de años.

Así, los historiadores españoles pueden consultar la documentación de un periodo especialmente jugoso: el inicio y el desarrollo de la Guerra Civil. Así hay un goteo constante de estudiosos españoles que acuden a consultar un dato concreto o un documento especial.

Cárcel es el único que va todos los días. "Yo reviso todo lo que hay. De ese periodo, del de Pío XI, ya he visto 500 cajas. Pero hay 2.500 más". Su intención es examinarlas todas: cada telegrama, cada nota, cada informe del nuncio o cada recorte de prensa enviado desde España al Vaticano.

Un día monseñor Cárcel encontró una caja especial, que contenía una lista interminable de nombres. Había cerca de 12.000 nombres con sus correspondientes apellidos. Cuando supo qué significaban se quedó mirando el documento con un asombro especial: correspondía a miles de niños que habían salido del País Vasco, entonces territorio republicano, en dirección a Francia, Holanda o Bélgica, entre otros países, a fin de evitarles el sufrimiento de la guerra.

Después, con Bilbao ya en el bando nacional, fueron reclamados y el Vaticano sirvió en muchos casos de enlace a través de las nunciaturas europeas. De ahí que en los archivos secretos duerma la lista con todos los nombres.

Cerca hay otra caja espeluznante: contiene miles de cartas, telegramas y peticiones de padres, hermanos, amigos, esposas y conocidos de condenados a muerte que pedían al Papa su intercesión ante Franco. Cárcel también ha encontrado los telegramas que el Papa enviaba pidiendo clemencia. Y en algún caso, los telegramas devueltos desde el bando nacional en el que se informaba de que el hombre cuyo perdón se solicitaba ya había sido fusilado.

Cárcel asegura que las relaciones entre el Papa y el bando nacional no fueron buenas. No reconoció a Franco hasta 1938. "Sobre todo temía la influencia del régimen nazi en Franco", asegura. Tampoco, evidentemente, con la República.

Cárcel acudirá hoy a la beatificación de 498 mártires. "Todos los muertos en esa guerra exigen el mismo respeto. Todos. Pero la Iglesia se debe a estos mártires. Porque no son mártires de Franco, sino de la Iglesia". Las 498 historias no han llegado aún a los archivos que examina. "Se consignaron después del 39. Así que saldrán en los archivos del siguiente papa, Pío XII. En el Vaticano todo va a su ritmo, todo va lento", dice. "Como me dijo una vez un cardenal al que yo apremié por un asunto urgente: si es muy urgente, hijo, déjalo para mañana".


   Mártires de ayer, ejemplo de mañana 

ANTONIO MONTERO MORENO, Arzobispo Emérito de Mérida-Badajoz

En este romano y otoñal último domingo de Octubre, en la Plaza de San Pedro, que tantas veces abrazó entre sus columnas a innumerables multitudes de fieles, en acontecimientos memorables de la cristiandad, se celebra hoy una beatificación sin precedentes de 498 mártires españoles de la persecución religiosa de los años treinta.

Empiezo por explicar mi relación con tal asunto, que no es otra que la de haber sido, hace ya 46 años, autor del libro «La persecución religiosa en España (1936-1939)», presentado como tesis doctoral en la Universidad Pontificia de Salamanca y editado por la B.A.C. en Marzo de 1961.

La historia de esta Historia arranca de una iniciativa de los Arzobispos de la Conferencia de metropolitanos españoles, a mediados de los años 50, quienes, tras una serena y colegiada reflexión, creyeron llegado el momento de que, pasados ya un cuarto de siglo de la segunda República y veinte años de la Guerra civil, se publicase un Estudio de conjunto, riguroso y desapasionado, sobre las víctimas eclesiásticas de aquel sangriento holocausto; y mostraron su criterio de que se encomendara ese trabajo a alguien que, por su edad, no perteneciera a la generación de los combatientes, con preparación histórica y oficio de escribir.

El Cardenal Plá y Deniel, que presidía entonces la Acción Católica española, editora de la revista «Ecclesia», de la que yo era director, asumió el encargo de buscar a una persona para ese cometido y me lo endosó por las buenas. Era verdad que se cumplía en mí la primera condición, como «niño de la guerra», aunque sólo a medias las otras dos. El hecho es que acepté el embolado con docilidad y confianza en Dios, y lo pude sacar adelante, durante cuatro años de esfuerzo, con nocturnidad, pero sin alevosía.

La B.A.C. me brindó una ayuda generosa para recabar los informes de las Diócesis y Congregaciones religiosas. Me facilitó igualmente la asistencia de un secretario, a tiempo parcial, Javier García Montero, cuya ayuda eficaz fue determinante para el acceso a las bibliotecas, hemerotecas y archivos, y en la clasificación de datos previa a la redacción de cada capítulo.

Sigo hablando de libros, pero ahora va de otros. En los años 60, al igual que ahora, cualquier investigador exigente de la Guerra Civil apreciaba en la bibliografía concomitante y, sobre todo, en la posterior a la contienda, que la batalla de las ideas y los escritos resultó en este caso tan violenta como la de las ráfagas de las ametralladoras. Ésta se libró a campo abierto en los frentes y trincheras, sin rebasar el territorio patrio ni el tiempo anterior al armisticio; mientras que la guerra literaria se ha extendido más allá de esos confines, desde entonces hasta hoy. A más de la abundantísima producción vernácula, el fenómeno adquirió una dimensión internacional de increíble producción libraria, cuyas piezas llenarían hoy muchos hectómetros de estanterías. (Se ha dicho en estos días que puede ascender hasta unos 20.000 títulos).

Intelectuales movilizados

Aduzco, como mínimo botón de muestra, los nombres de algunos escritores europeos y americanos, los más conocidos de entonces, por su tratamiento del tema español. Hablo de los escritores católicos franceses Bernanos, Maritain y Mauriac; de los entonces comunistas Malraux (francés) y Koestler (alemán); de los anarquistas Orwell (inglés) y Simone Weil (francesa); y los americanos de la generación perdida, Hemingway y John Dos Passos; todos muy críticos por diversas motivaciones con la España nacional. En cuya defensa, entraron en liza Hilaire Belloc y Paul Claudel, más el nacionalista francés Maurras. Después del año 39 fueron apareciendo algunas obras de conjunto como las de Hugh Thomas, Madariaga, Garosci y otros. Si algo revela claramente esta nómina de actores y autores (muchos estuvieron en los frentes) es la relevancia internacional del caso español, laboratorio inmediato de la tremenda conflagración europea en Septiembre del 39. Más que nuestra extensión geográfica o volumen demográfico importaron las enconadas banderas ideológicas y la ferocidad de los enfrentamientos, cuando no habían llegado todavía las locuras apocalípticas de Auschwitz y del Gulag.

Sus resonancias internacionales conferían rango histórico al periodo español que comentamos y, dentro del mismo, a la persecución religiosa sin precedentes que registró en sus anales. En el balance estadístico de la misma figuran con nombres y apellidos 13 obispos, 4.184 sacerdotes del clero diocesano, 2.383 religiosos y 283 religiosas; que componen, en su conjunto, con muy leves correcciones al alza, una cifra global de 7.000 víctimas eclesiásticas, muy cercana ya a la exactitud de los hechos. Los más de 4.000 sacerdotes del primer grupo, entre los 30.000 del censo que registraba en aquel año el Anuario pontificio, suponían el 13% del Clero español; pero, una aproximada mitad de sus miembros procedían de las diócesis ocupadas al comienzo por el bando republicano.

Con eso se eleva al doble el porcentaje de estas últimas; pero también aquí nos confunde ese término medio, ya que las diócesis mas esquilmadas rozaban listones alarmantes: así Barbastro, con el 87% de su clero, Lérida (el 60%), Málaga (50%), Menorca (48%), Tortosa (47%), Ciudad Real (40%), Madrid (30%, o sea, 334 sacerdotes sobre 1.118), y Barcelona un 22% con 270 miembros, de un Clero de 1.250. Y cálculos muy similares cabe efectuar con los 2.383 religiosos asesinados, que suponen el 23% de los alrededor de 10.000 profesos que podían sumar las Congregaciones afectadas, entre las que sobresalen los claretianos con 259 miembros, seguidos por los franciscanos (226), escolapios (204), maristas (183), hermanos de la Salle (165), agustinos (155), jesuitas (114), hermanos de San Juan de Dios (97), salesianos (93), carmelitas descalzos (91)... Estos guarismos tan fríos no podrán traducir nunca lo que no es descriptible con palabras: un huracán de destrucción y muerte, que arrancó en plena sazón 7.000 vidas, truncadas en acto de servicio, cuya desaparición provocó un impacto catastrófico en los servicios que prestaban, como personas de responsabilidad en parroquias, colegios, hospitales, residencias de niños y ancianos y todo un vastísimo frente pastoral y social de la Iglesia.

Ahora bien, existen otras varas de medir para el mismo fenómeno, situándolo en el inmenso ejército fúnebre de los fusilados en la Guerra civil. Por más que me incomoden los bailes de cifras, no puedo prescindir aquí de dos números fundamentales en el obituario integral de la misma.

El primero recoge los 300.000 caídos (quedó muy atrás el mítico Millón de José María Gironella) que totalizan los resultados más fiables de los muertos con violencia en ambos bandos. Y de ellos se nos dice, con conocimiento de causa, que fueron aproximadamente mitad por mitad los caídos en frentes y trincheras, y los ejecutados en el paredón de retaguardia. Nos resulta terrible este último dato, como un signo macabro de lo que supone el enfrentamiento fratricida en una guerra incivil. El segundo es éste otro: si se cifra en 60.000 ó 70.000 el número de fusilamientos en la retaguardia roja y recordamos las 7.000 bajas del clero español, resulta que los clérigos suponen más de un 10% entre todos los fusilados. Cifra gordísima para un gremio minoritario de 40.000 miembros entre los dos cleros, el 1,5 por ciento de la población en una España de 20 millones.

De no existir otras pruebas más aplastantes, sería eso sólo un exponente muy significativo de que se persiguió al clero por el mero hecho de serlo; por lo que era y no por lo que hacía. Nos constan, además, los hechos incontrovertibles de que, apenas estallada la conflagración, y sin medidas legales de ninguna clase, se dio por desaparecida la presencia de la Iglesia en la sociedad, se impuso el cierre por la fuerza de los templos y casas religiosas y quedó cancelado el culto católico, con peligro de prisión o muerte para quién lo practicara.

En el terror de los primeros días se abrió, puede decirse toscamente, la caza y captura del clero, hasta el punto de que los diez últimos días de Julio del 36, según datos escuchados al cardenal Tarancón, fueron asesinados en España 60 sacerdotes diarios y 75 el día de Santiago. Con el furor revolucionario estalló también la ola incendiaria de templos, casas religiosas, imágenes de santos, archivos eclesiásticos y objetos sagrados. Fue aquello lo que he llamado en otra parte «el martirio de las cosas» que arroja un saldo infinitamente superior, en su violencia y efectos arrasadores, al holocausto fúnebre de tantas personas. Observando en la posguerra las «regiones devastadas», lo que había que preguntarse, al visitar los edificios por donde pasó la revolución era si quedaba algún templo que no hubiera sido pasto de las llamas. El recuento de los tesoros monumentales y objetos artísticos resulta inacabable todavía. Y no admite, ni de lejos, establecer un parangón con los expolios y rapiñas que las fuerzas napoleónicas dejaron a su paso en la guerra de independencia.

La persecución siguió su curso sobre el mapa ibérico de la zona republicana, más en la periferia que en el centro, con la excepción del Madrid asediado, con las detenciones en masa, encarcelamientos hacinados, a menudo en inmuebles incautados a la Iglesia, en la espera y angustia de las sacas nocturnas, seguidas del trágico paseo, para acabar en la descarga final, a las puertas de un cementerio, al pie de un montículo o en la depresión de un barranco cercano. (Es, por supuesto, muy de lamentar que escenas paralelas se registraran por entonces en el bando contrario. Mas, siempre son odiosas las comparaciones.)

Cárceles son conventos

Los aprisionamientos, aunque fueran cortos, ofrecían a los detenidos la oportunidad de coincidir con otros compañeros, de los curas con sus feligreses o de varios miembros de una Comunidad, lo que convertía al recinto en Casa de oración donde se sostenían los unos a los otros en elevada intensidad religiosa, como antesala y preparación del martirio. Más tarde, en las grandes prisiones de Madrid y Barcelona, punto también de salida para los grandes holocaustos, llegaban a congregarse decenas o centenares de religiosos de diverso hábito —allí ninguno lo llevaba— que las convertían en monasterios de elevado fervor conventual, siempre con el cosquilleo de la clandestinidad.

Punto. Paro aquí el recuento de casos y cosas en el martirologio de la persecución, remitiendo al lector a las mil páginas de mi libro, si se atreven a enfrentarse con ellas o, lo que es más emotivo y digerible, al precioso Catálogo «Quiénes son y de dónde vienen» que acaba de publicar con acierto la Conferencia Episcopal. Entretanto, sigue presentándosenos como obligación moral de primera magnitud esclarecer hasta donde sea posible, los oscuros procesos que condujeron a la confrontación feroz entre las dos Españas y, en lo que más nos afecta, cómo pudieron acumularse en vastos sectores de nuestro pueblo, semejantes posos de odio contra la Iglesia, contra el Clero y hasta contra la religión como tal. Intentémoslo.

En virtud de un proceso, que convierte las ideas filosóficas de un siglo en corrientes culturales y sociales del siguiente y en movimientos de masas y revoluciones políticas del posterior, la hostilidad contra la Iglesia, que arrastraba sedimentos de la revolución francesa y de las agresiones napoleónicas, se nutrió paradójicamente, en la segunda mitad del siglo XIX y en la primera del XX, de dos componentes más bien opuestos entre sí:

 El primero, un liberalismo racionalista, laicista y anticlerical, a menudo con ingredientes masónicos; y el segundo un populismo obrerista y sindical, que degeneró en marxismo-leninismo, aliado en ocasiones con el anarquismo radical. Los primeros presentaban a la Iglesia como enemiga de la libertad y del progreso, en tanto que los segundos le achacaban su cercanía a los ricos y mostraban a la Religión como el opio del pueblo. La Persecución religiosa de la que hablamos comenzó ya en la segunda República. Nacida ésta en 1931 con el apoyo de ambas fuerzas, después de despertar grandes ilusiones por el deseo de cambio cultural y social, derivó en una mezcla confusa y crispada de ambos elementos, pasando así, dicho sea en términos muy sumarios, de República a Frente popular y, de éste a Zona roja. Su laicismo agresivo, puesto de manifiesto en una Constitución hostil a la Iglesia y en leyes tan radicales como la expulsión de los jesuitas, el control de las órdenes religiosas, la anulación de la enseñanza de la Religión en los Centros públicos y del Presupuesto del clero, acabó por desplazar a la Iglesia de su presencia pública en el país. Primero las quemas de Iglesias en mayo del 31, después la revolución de Asturias en el 34 y finalmente los disturbios continuos del Frente popular del 36 agravaron al máximo la feroz división entre las dos Españas.

Eran, por supuesto, falsas y calumniosas las acusaciones a la Iglesia como enemiga del progreso y embaucadora del pueblo. Cierto que fue bastante escaso el sentido social de los católicos de clase alta, vapuleados por Severino Aznar y Ángel Herrera, lo mismo que también el espíritu democrático de bastantes católicos, así como la división de los mismos por la tozudez de los grupos integristas, reprendidos por Roma en más de una ocasión. Y era innegable, por último, la pobreza material y cultural de grandes masas populares, que, aunque sinceramente católicas y de sanas costumbres familiares, resultaron muchas veces indefensas ante el bulo y la ignorancia de las propagandas laicistas.

Los misterios del corazón

El Cardenal Gomá habló con mucho acierto de los pecados de España y de la manipulación de los de abajo por los de arriba. Por muy bien que se conozca este proceso, visto por cada cual con sus propias dioptrías, nos tropezamos, como en los grandes genocidios antiguos y modernos, con el misterio insondable del corazón humano, tan capaz de lo más noble como de lo más abyecto, cuya alienación por el odio puede destruirnos a todos.

Leí en un autor americano, referido a la suya de origen, que las guerras civiles duran 100 años, aviso de navegantes para que no avivemos ahora las brasas del enfrentamiento. En las guerras mueren los mejores, como puede apreciarse en las biografías de muchos de nuestros santos y beatos, que ya merecían ese premio, antes de derramar su sangre. Todas las víctimas de una guerra de hermanos se encuentran y abrazan en el más allá. De ellas nos llega una ferviente invitación al perdón y a la concordia al par que una severa advertencia de que no se repita nunca su tragedia.

A quienes, tras la lectura de mi libro, me han preguntado en ocasiones en que lado me situaría yo, si me viera en el dilema del año 36, les di siempre la misma respuesta: me colocaría, sin dudarlo, entre ambos para separarlos, aunque eso me costara la vida. Lo que sería también un martirio y a mucha honra.

 


 

  La prensa española tras la beatificación, lunes 29.10.2007

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  España cuenta ya con 498 nuevos beatos 

La Razón

España cuenta desde ayer con 498 nuevos beatos, asesinados por no renunciar a su fe. La ceremonia fue presidida por el cardenal José Saraiva Martins, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, quien destacó el mensaje de «fe y de amor» de estos mártires de la persecución religiosa en nuestro país. El cardenal Saraiva, delegado del Papa para esta celebración, tampoco dejó pasar la oportunidad de pedir a los católicos que, «en un diálogo informado por la caridad», muestren sus convicciones en cuestiones como el aborto, la eutanasia, el matrimonio y la familia y la educación. Aspectos que a lo largo de la actual legislatura han supuesto un enfrentamiento entre la Iglesia católica y el Gobierno socialista.
En contra de los augurios de quienes habían intentado levantar una polémica con esta celebración, la beatificación discurrió con absoluta normalidad. La esencia de la ceremonia respondió al mensaje que la Iglesia española ha intentado transmitir durante todo el periodo de preparación. Se trataba de exaltar a 498 católicos que «manifestaron hasta el martirio su amor a Jesucristo, su fidelidad a la Iglesia católica y su intercesión ante Dios por el mundo», destacó Saraiva al inicio de su homilía, quien recordó que todos «antes de morir perdonaron a quienes los perseguían».

A partir de su comentario a los pasajes de la carta de Pablo a Timoteo que se leía ayer en la liturgia de la Palabra («He combatido bien mi batalla, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe»), el cardenal Saraiva intentó acercar el ejemplo de los mártires a la actualidad. «Vivimos en una época en la cual la verdadera identidad de los cristianos está constantemente amenazada y esto significa que ellos o son mártires o tienen que adaptarse», dijo el purpurado.

En este sentido también recordó un texto en el que Juan Pablo II reivindica la importancia que tiene para la Iglesia la memoria de sus mártires. «Si se perdiera la memoria de los cristianos que han entregado su vida por confesar su fe, el tiempo presente perdería una de sus características más valiosas, ya que los grandes valores humanos y religiosos dejarían de estar corroborados por un testimonio concreto inscrito en la historia», explicó Saraiva con palabras del anterior Pontífice.
«Cristianos coherentes»

La parte de la homilía que recibió un mayor respaldo del público a través de los aplausos fue cuando el cardenal Saraiva explicó que el mensaje de los mártires, de fe y amor, también debe manifestarse «heroicamente en nuestra vida». Una heroicidad que requiere «cristianos coherentes» que no deben inhibirse en su «deber de contribuir al bien común y moldear la sociedad siempre según la justicia, defendiendo -en un diálogo informado por la caridad- nuestras convicciones».

En la misma línea de pensamiento que Benedicto XVI, quien en la «Sacramentum Caritatis» recordaba a políticos católicos que existen una serie de «valores innegociables», el cardenal destacó una serie de problemáticas ante las que los católicos deben mantener una posición firme y clara. De forma especial hizo hincapié en las convicciones «sobre la dignidad de la persona, sobre la vida desde su concepción hasta su muerte natural, sobre la familia fundada en la unión matrimonial una e indisoluble entre un hombre y una mujer, sobre el derecho y deber primarios de los padres en lo que se refiere a la educación de los hijos». Precisamente son los puntos en que las diferencias entre el Ejecutivo socialista y la Conferencia Episcopal han sido más significativas durante la actual legislatura.


Los cardenales y obispos españoles tuvieron un especial protagonismo en la ceremonia. El cardenal arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco, a cuya diócesis pertenecen el mayor numero de mártires fue el encargado de pedir oficialmente la beatificación. El ministro de Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, como representante del Gobierno encabezó la delegación oficial, acompañado por el embajador de España cerca de la Santa Sede, Francisco Vázquez.
 


  Un mar de emoción y recuerdos en San Pedro 

ABC

Nunca pudo imaginar Ana Caldés, sobrina de los ya beatos hermanos de La Salle, Valeriano Luis y Eliseo Vicente de Benicarló, que la razón por la que lloraba su madre hace ya setenta años, «porque han matado a mis hermanitos», se convertiría, mucho tiempo después, en el motivo principal para celebrar en Roma estas muertes prematuras.

La Plaza de San Pedro de Roma estaba ayer llena de emotivas historias familiares, de recuerdos difuminados en el tiempo, de retazos de la memoria, que ayer se hicieron más presentes que nunca, y que muchos, con lágrimas en los ojos, narraban sin apenas poder articular palabra. «Recuerdo cuando mi madre lloraba y yo le preguntaba ¿por qué lloras tanto?, y ella me decía: porque han matado a mis hermanitos». Lo contaba Ana Caldés minutos antes de la ceremonia de beatificación de los 498 mártires españoles, reivindicando la dignidad de sus familiares, pero admitiendo que esta ceremonia es la del «perdón y de la reconciliación porque nos va a hacer renovar la fe a todos los cristianos».

A Ana difícilmente se le puede contener en el relato de su historia, quiere que se sepa más y como ejemplo de ese perdón que está dispuesta a practicar desvela que «la mujer del hombre que denunció a mis tíos vino un día a mi casa llorando, y le pidió a mi padre que lo sacaran de la cárcel», y lo sacó.

Respetuoso silencio

Como Ana, otros muchos iban con su historia dentro, accedían a la plaza de San Pedro y se situaban en las cuarenta mil sillas que se desplegaron, todas ellas cubiertas por familiares, amigos y seguidores de los mártires. Además, muchos peregrinos se quedaron en pie en los laterales. En total, unos cincuenta mil en esta soleada mañana festiva en Roma.

Desde antes de las ocho de la mañana, la plaza de San Pedro estaba rodeada de un cinturón humano que abrazaba las emblemáticas columnatas de Bernini que identifican el lugar. Miles de españoles madrugaron para tener el mejor sitio y se apostaron frente a las numerosas puertas de acceso para poder conseguir la mejor visión de la ceremonia.

Los autobuses llenos de peregrinos se asomaban por cualquiera de las vías cercanas a la Basílica provocando larguísimas colas que sólo el eficaz servicio de seguridad del Vaticano permitió que se disolvieran con agilidad. La espera permitió a los más jóvenes amenizarla con cánticos y gritos de «¡Viva España!» y «¡Viva el Papa!».

Junto a los pañuelitos identificativos de la congregación o del mártir que venían a beatificar, los peregrinos españoles trajeron a Roma, de forma masiva, la enseña nacional, junto a otras de las distintas comunidades autónomas. Pero de poco sirvieron en la ceremonia, ya que, instantes antes de su inicio, desde megafonía se instó a la gente a que no las exhibieran, sino que se recogieran, por un sólo motivo: permitir la visión. Nadie protestó por la recomendación, aún más, hubo aplausos, y sólo volvieron a ondearse al finalizar la Eucaristía.

El cumplimiento estricto de las recomendaciones y el silencio fueron las notas dominantes de la ceremonia. Hubo menos manifestaciones de júbilo que en otras beatificaciones y más recogimiento por parte de los presentes. Algunos rezaban y otros, como Milagros González Pacheco, sobrina del mártir Félix González Busto, lloraba recordando a su familiar: «Mi padre siempre dijo que era un santo y esto es muy emocionante para mí».

Un modelo de comportamiento cívico que echó por tierra el argumento de quienes sostenían que las beatificaciones iban a constituir un acto de revancha de una parte de España contra la otra. No hubo ninguna salida de tono, ningún mal gesto y, como decía Carmen Gómez de Pablo, sobrina de fray Félix de la Virgen del Carmen, que «nadie pretenda ver otra cosa que un reconocimiento de sus vidas».

El recuerdo de Juan Pablo II

Aunque en la Plaza de San Pedro ya hacía calor antes de las ocho de la mañana, la masiva presencia de peregrinos había hecho subir unos grados más la temperatura humana del lugar, el sol empezó a hacerse fuerte a medida que avanzaba la ceremonia. Como prólogo de la misma, se recordaron unas palabras de Juan Pablo II sobre el perdón y la reconciliación, con motivo de una de las numerosas ceremonias de beatificación que presidió: «Debemos estar dispuestos a defender a Cristo delante de los hombres», pidiendo «perdón, paz, concordia y mutuo respeto». Sonaron así los primeros aplausos de la jornada, que no volvieron a repetirse hasta que se produjo el momento de la beatificación.

«Esto ha sido el no va más, ha sido una ceremonia emocionante y bonita», comenta un familiar del beato Lucio Zudaire,mientras abandonaba la Plaza de San Pedro. Su peregrinación estaba a punto de finalizar, pero este día ha sido para muchos una «catequesis ocasional de cómo los cristianos tenemos que perdonar», dice María del Carmen Gómez de Pablo, sobrina del beato fray Félix de la Virgen del Carmen.

Felices de saber que el sacrificio de los suyos no fue en vano, los peregrinos españoles abandonaban el Vaticano no sin recordar que «este es el momento oportuno para su beatificación, ahora, cuando dicen que la fe no sirve para nada. Esto no es revanchismo, que nadie pretenda ver otra cosa que reconocer sus vidas».

 


  Los obispos recuerdan que la beatificación de 498 mártires «no nace del resentimiento» 

ABC

Los obispos españoles han defendido "la beatificación de los 498 mártires de la persecución religiosa durante el siglo XX", que tendrá lugar mañana domingo en Roma, porque "no nace del resentimiento sino de la reconciliación". En sus cartas pastorales de estas últimas semanas, los prelados coinciden en señalar que su "muerte ejemplar por la causa de Dios y de la fe cristiana, sin estar implicados en la lucha entre hermanos ni en bandos enfrentados, no puede quedar sin producir el efecto beneficioso de seguir su camino".

El obispo de Huesca y Jaca, monseñor Jesús Sanz Montes, afirma que con estas beatificaciones la Iglesia "no va relatar el escarnio de mofa y befa que sufrieron antes de morir, ni va a pronunciar el nombre de los verdugos, sus enseñas y sus siglas", ya que "nada de eso" constituye su "memoria histórica".
 

"Nuestro recuerdo busca el reconocimiento que nos abre a la gratitud y la reconciliación que en estos mártires aprendemos", apunta el prelado, quien recuerda que en el momento de morir a estos frailes, sacerdotes, monjas, seminaristas y seglares "no se les encontró en sus hábitos y ropas un carné de partido, ni armas defensivas, ni odio en sus miradas, ni siquiera una resistencia legítima".
 

En la misma línea, el obispo de Ferrol, monseñor Manuel Sánchez Monge, destaca que los mártires "no ofendieron a nadie ni impusieron a nadie sus creencias" y "murieron perdonando y amando a quienes les mataban". Asimismo, reconoce que "no faltará quienes pretendan desfigurar la grandeza de estos hombres politizando el acontecimiento, desfigurando la historia o silenciando su humilde heroísmo". Sin embargo, deja claro que la Iglesia "los propone a los creyentes y a todos los hombres de buena voluntad, como ejemplo de amor, de perdón y reconciliación".

Una ceremonia que no ofende

Los prelados insisten en destacar en sus mensajes a los fieles en el "carácter religioso" de la ceremonia que tendrá lugar mañana domingo en la Plaza de San Pedro. El obispo de Plasencia, Amadeo Rodríguez Magro, señala que recordar a los mártires "no puede asustar ni ofender a nadie", ya que el recuerdo, "si se utiliza adecuadamente, es necesario para poner de relieve la verdad de la vida y de la muerte de los que nos precedieron".

También alerta sobre la importancia de estar "muy atentos" para que la memoria "no se pudra con sentimientos contaminados; sobre todo cuando el pasado es doloroso, triste, injusto o cruel". Por ello, no considera "válido" que "algunos piensen" que, en el caso de los mártires, "lo más adecuado sea no remover nada, dejar en el olvido a las personas y los hechos". "Eso es injusto; sobre todo cuando lo que se recuerda son gestos y sacrificios de amor a Dios y al prójimo", apunta el prelado.

En la misma línea, el cardenal arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco Varela, señala que "el amor a Dios" produce "mártires y no violencia como se pretende mostrar con un acercamiento superficial y supuestamente neutral y objetivo al fenómenos de las religiones". "El que ama con Cristo ve al hombre de un modo radicalmente nuevo, que el mundo no conoce, ni enseña, ni es capaz de vivenciar ni de comunicar", denuncia el cardenal, quien afirma que los mártires indican a los cristianos "cuál es el camino a seguir en la forma y en el estilo".

Por último, el obispo de Sigüenza-Guadalajara, José Sánchez González, señala que la "magna ceremonia de beatificación" que tendrá lugar este fin de semana en Roma significará "un acto de culto a Dios a través de sus mártires", en los que "resplandece la actitud de perdón y reconciliación". "Queremos imitar sus virtudes, seguir su ejemplo, vivir su vida, estar dispuestos a morir como ellos. Todo eso significa nuestra participación en esta asamblea en Roma", concluye.

 


  Orgullo religioso y patriótico 

EL PAÍS

Una eclosión de orgullo patriótico y religioso fue lo que se vivió ayer en la plaza de San Pedro. Alrededor de 50.000 personas, según estimaciones no oficiales, rezaron, cantaron, agitaron banderas, no todas constitucionales, y gritaron vivas a España y a las 498 víctimas de la Guerra Civil que fueron ayer beatificadas. El 99% de los congregados eran peregrinos españoles llegados a Roma para la ceremonia.

Las más animadas eran, sin duda, las niñas del colegio Everest de Madrid, que voceaban: "Viva España". Antes de la celebración entablaron con otro grupo el clásico diálogo cantado a voz en grito: "Hola don Pepito, hola don José". De su sector emergía el mayor número de banderas por metro cuadrado de la plaza.

Muy entusiastas y muy jóvenes se mostraron también los miembros barceloneses del movimiento Schola Cordis Iesu (Escuela Corazón de Jesús), que aseguraron estar en Roma "porque hay que apoyar a la Iglesia católica". "Hay algunos hechos de la historia de España que se han tapado y que hay que esclarecer", aseguraban Luis y Pedro, de 22 y 23 años respectivamente.

Dos horas antes de que comenzara la ceremonia, la cola para entrar a la plaza de San Pedro ya había adquirido dimensiones inabarcables, cuatro metros de ancho y varios cientos de largo. Y la cola de mujeres, notoria mayoría entre los congregados, ante los servicios alcanzaba ya los 50 metros cuando los religiosos en el estrado empezaran a leer testimonios y cartas de los mártires, a modo de prólogo.

La plaza de San Pedro hablaba ayer español, pero también vasco, catalán y gallego, lenguas en las que fueron leídas algunas "oraciones de los fieles", para disgusto de un grupo de mujeres de Toledo. "La ceremonia era en español y esa parte no la hemos entendido", protestó Isabel. De las oraciones en inglés y francés no se quejaron, traducidas como las otras al castellano en el libro de oración repartido a los presentes. Tampoco les pareció mal que el papa Benedicto XVI hablase en alemán, esloveno y polaco. Pero el español hablado ayer en la plaza tenía en un sector acento cubano: el de Miguel Ángel Fernández, paisano del mártir agustino José López Piteira, nacido en Jatibonico, Cuba. También tenía acento catalán: el de la familia del mártir Anastasio María Dorca, carmelita natural de Tárrega (Lérida) muerto junto a sus compañeros de Olot (Girona) un día en que el encargado de oficiar la novena del Carmen se puso enfermo y Anastasio fue a sustituirlo. Allí le encontró, el 28 de julio de 1936, la guerra fratricida y el camino a la beatificación. Un total de 15 familiares ondeaban una pancarta que decía: "Por una España católica murieron gritando viva Cristo Rey".

Gran satisfacción se respiraba al término de la ceremonia, particularmente por las palabras que el Papa dirigió a los españoles en la oración del Angelus. Los más felices, sin embargo, parecían tres monjes franciscanos brasileños vestidos con ásperos hábitos y calzados con chanclas hawaianas. "Estamos felices porque vinimos a Roma sin saber que había beatificaciones y la providencia divina ha querido que nos encontrásemos con esta ceremonia bellísima", canturreaba en portuñol un gozoso fray Eliseo, de 25 años, mientras se rascaba la tonsura. 


  La Iglesia mira hacia atrás sin ira  

EL MUNDO

El cardenal Rouco y los obispos españoles se esforzaron ayer en quitar toda connotación política a la ceremonia de beatificación de 498 religiosos españoles en el Vaticano. Estos religiosos fueron asesinados -y algunos de ellos torturados antes de morir- durante la Guerra Civil. Constituyen un ejemplo de las atrocidades que cometieron ambos bandos. La Iglesia católica ha incidido estos días en que sus sacerdotes, monjas y fieles son un ejemplo de reconciliación porque murieron perdonando a sus verdugos. Este es justamente el mensaje que debería prevalecer: el del perdón y la reconciliación. Está bien mirar hacia atrás, pero sin ira y sin revanchismo. La delegación española presente en el Vaticano estaba encabezada por Miguel Angel Moratinos, ministro de Exteriores. Hay que felicitar al Gobierno por el gesto de enviar al ministro a este acto religioso, al que asistieron 30.000 españoles. No hubo ni el menor incidente y todo se desarrolló con exquisitas formas para no ofender a nadie. Quienes han intentado presentar esta beatificación como una demostración del sectarismo de la Iglesia deben estar frustrados porque lo que ayer se evidenció fue precisamente lo contrario. …. 


  «Que nunca volvamos a sufrir esa guerra» 

EL MUNDO

30.000 asistentes a la beatificación confían en que sirva para que se entierren para siempre los viejos odios de las dos Españas. Ricardo, un estudiante de 3º de ESO de 14 años, estaba ayer mareado. Llevaba horas en la plaza de San Pedro, bajo un sol abrasador, sujetando una pancarta en memoria del que fuera obispo de Cuenca, Cruz Laplana y Laguna, fusilado el 8 de agosto de 1936. Cuando arrancó la ceremonia de beatificación de 498 mártires de la Guerra Civil, el pobre Ricardo ya no podía más. Cansado y borracho de emoción, tuvo que soltar la pancarta y sentarse a descansar.

Había llegado a Roma en peregrinación junto a un grupo de Acción Católica de Cuenca de 55 personas, la más pequeña, de ocho años y la mayor, sexagenaria. «Estos mártires deben de ser honrados y recordados porque murieron por Cristo y dando ejemplo. A mí, concretamente, me han enseñado que la vida no se puede desperdiciar yendo a discotecas a drogarse», sentenciaba muy serio.

La plaza de San Pedro era una marea de telas rojas y amarillas. También había enseñas de San Andrés, la bandera que había antes de la bicolor y que algunos llevaban como símbolo de la España católica. Y alguna que otra bandera franquista.

Por ahí se paseaba con aires marciales, camisa negra y una bandera de «la hermandad de combatientes italianos en España» Juan Carlos Gentilini, hijo de un militar italiano que combatió del lado de Franco y que luego prestó servicio al régimen como guardia forestal. «Si hubiera nacido en China, probablemente me identificaría con el Partido Comunista Chino. Si hubiera nacido en Irán, apoyaría al ayatolá. Pero nací en Madrid hace 39 años, en la España de Franco, con la que me identifico».

José Luis Corral, el sudoroso (en sentido literal, el hombre ayer transpiraba a mares) líder del Movimiento Católico Español y de Acción Juvenil Española, acudió a Roma acompañado de unos 55 seguidores y ondeando la bandera franquista. «Actos como este favorecen la reconciliación, aunque despiertan la ira de los malvados», señalaba en un tono bastante poco pacificador. «Lo que daña la reconciliación es que los asesinos de estos mártires, y sus mismos partidos, pretendan dar ahora la vuelta a la victoria nacional y declarar todo esto proscrito mientras ellos enaltecen a los suyos». Corral acabó sentado ante una fuente, junto a un chiflado local que llevaba un insólito gorro repleto de estampitas. Eran tipos absolutamente pintorescos.

La mayoría de las 30.000 personas que ayer asistieron a la beatificación de los 498 mártires de la Guerra Civil eran de otra pasta. Como Silvia Gómez, de Calahorra, que llevaba cosida en la espalda una foto de su tío abuelo Ramón de la Virgen del Carmen, un carmelita de Logroño fusilado en Toledo. Silvia se pasó la ceremonia corriendo detrás de su hija de 15 meses. «Esto no es un acto político, es un acto religioso», subrayaba. «Como familiar de un mártir, esto para mí es muy importante. Y no creo en absoluto que la gente se crispe por estos asuntos».

«Nosotras hemos venido porque creemos que esta ceremonia puede ser muy importante para la reconciliación, ya que estos 498 mártires son un testimonio de amor», aseguraba Isabel Solís, una mujer que había ido a Roma con seis familiares. «Espero que sirva para suavizar la situación que estamos viviendo en España, donde los creyentes nos sentimos constantemente insultados».

A pocos metros, llorando de emoción, estaba Martín. «Me bautizaron con ese nombre en recuerdo de mi tío abuelo, Martín Lozano Tella, martirizado en Fuente del Fresno, en Ciudad Real», señalaba. «Siempre me he sentido muy cercano a él, y me duele que la gente critique estas beatificaciones y desentierre viejos odios que yo ya creía olvidados».

«Estos mártires murieron perdonando a sus verdugos. Y ahora, después de todo el tiempo que ha transcurrido, el Gobierno no quiere pasar página», opinaba Eduardo Montes, un sacerdote que vive en Francia. «Pero tampoco estoy a favor del PP, que dice que hay que olvidar. ¿Por qué? Es antinatural y peligroso, la Historia nos enseña. En este asunto hay una enorme carga afectiva y muy poca racionalidad».

«En los dos bandos se cometieron asesinatos y salvajadas», sentenció Pedro Reynés Rotger, de 78 años y sobrino de Simó Reynés, un cura mallorquín asesinado a tiros en Barcelona con 35 años y que ayer fue elevado a los altares. «Lo importante es que nunca jamás volvamos a sufrir una guerra como aquella». elmundo.es  


  Diputado del PSOE, ponente de la Ley de Memoria, familiar de mártir 

EL MUNDO

En el palco de autoridades, bajo un sol abrasador y observando con ojos curiosos la ceremonia de beatificación de 498 mártires de la Guerra Civil española, se encontraba ayer un hombre singular, un compendio de anversos y reversos. Se llama Juan Andrés Torres Mora, es diputado socialista, uno de los principales ponentes de la Ley de Memoria Histórica que el miércoles se votará en el Congreso y con la que el Ejecutivo pretende hacer justicia a las víctimas de la dictadura franquista... y familiar de uno de los nuevos beatos asesinados por los republicanos.

Torres Mora es sobrino nieto de Juan Duarte, un seminarista de 24 años de la localidad malagueña de Yunquera que murió en los primeros meses de la Guerra Civil mientras se encontraba de vacaciones en casa de sus padres. Aunque el martirio que sufrieron todos los 498 mártires que ayer fueron elevados a los altares fue siempre espantoso, lo que padeció el tío de Torres Mora fue especialmente terrible.

«Estuvo escondido, en una especie de semisótano del piso de entrada, hasta que una vecina lo delató. Unos milicianos lo secuestraron y lo llevaron a la cárcel de Alora, donde fue torturado con corrientes eléctricas, clavándole agujas en el cuerpo. Le quisieron hacer blasfemar y renegar de la fe. Pero no cedió ante los tormentos. Lo rociaron con gasolina y le prendieron fuego. Durante varios días continuaron disparando al cadáver, que permaneció insepulto hasta que fue enterrado en el mismo arroyo. El 3 de mayo de 1937 sus restos fueron trasladados al cementerio de Junquera. Tenía las piernas partidas y estaba destrozado», se lee en la pequeña biografía sobre su martirio elaborada por la Conferencia Episcopal Española.

Interés sociológico

Torras Mora asistió ayer a la beatificación de su tío abuelo desde la perspectiva de un no creyente. «La ceremonia me ha parecido muy interesante. Nunca había visto una beatificación y es un ritual muy elaborado. Desde del punto de vista sociológico me ha resultado muy interesante», contaba a EL MUNDO. «Pero lo que me ha emocionado de verdad ha sido ver a mi tía abuela, una carmelita descalza de 86 años que lleva desde los 20 en clausura y a la que la que no había podido besar y abrazar desde hace 22 años».

Torres Mora no daba un achuchón a su tía Carmen, la única hermana del ya beato Juan Duarte, desde 1985, cuando el ataúd del mártir fue trasladado a la iglesia del pueblo. «La he visitado muchas veces desde entonces, pero siempre la había visto tras la reja de clausura», señalaba el diputado socialista. Ayer, en Roma, pudo abrazarla.  


   498 nuevos beatos para la reconciliación 

EL MUNDO

Ni la más mínima referencia política. La megabeatificación ayer de los 498 mártires de la Guerra Civil fue una fiesta de la fe y de la memoria en clave de reconciliación. Lo dijo clara y abiertamente Benedicto XVI, desde la ventana del palacio apostólico del Vaticano: «Los mártires, con sus palabras y gestos de perdón hacia sus perseguidores, nos impulsan a trabajar incansablemente por la misericordia, la reconciliación y la convivencia pacífica».

El Papa Ratzinger, fiel a su norma de no presidir beatificaciones, puso el broche final a la solemne ceremonia. Y rubricó la actualidad del martirio. Entre el clamor de los peregrinos, que abarrotaban la plaza de San Pedro, advirtió que «el supremo testimonio de la sangre no es una excepción reservada sólo a algunos individuos, sino una eventualidad realista para todo el pueblo cristiano».

Y por eso insistió en que, además del martirio cruento, hay otro, el incruento, o «el martirio de la vida ordinaria, cada vez más importante en la sociedad secularizada de hoy», en aras de la «batalla diaria del amor», distintivo de los creyentes. Sólo así podrán éstos ser «testigos fieles del Evangelio en el mundo, sintiendo la dicha de ser miembros vivos de la Iglesia, verdadera esposa de Cristo».

Tras saludar «con afecto» a los fieles españoles presentes en la plaza y a los que habían seguido la ceremonia por radio y televisión, el Papa dio gracias por «el gran don de estos testigos heroicos de la fe que, movidos exclusivamente por su amor a Cristo, pagaron con su sangre su fidelidad a El y a su Iglesia».

Como primera petición a los nuevos beatos, el Papa les encomendó que intercedan por la Iglesia en España y en el mundo. Y, consciente de la sequía vocacional, abogó por que «la fecundidad de su martirio produzca abundantes frutos de vida cristiana en los fieles y en las familias; que su sangre derramada sea semilla de santas y numerosas vocaciones sacerdotales, religiosas y misioneras».

Poco antes, el cardenal de Madrid, Antonio María Rouco Varela, uno de los protagonistas de la ceremonia, señaló en la misma clave reconciliadora: «Fueron fuertes a pesar de ser maltratados y torturados. Perdonaron a sus verdugos y rezaron por ellos». Con su beatificación, España se convierte en un semillero de mártires y en la primera potencia mundial en santos.

Mártires y santos que, como explicó en su homilía el principal oficiante, el cardenal portugués Saraiva Martins, «derramaron su sangre por la fe» y «manifestaron hasta el martirio su amor a Jesucristo y su fidelidad a la Iglesia».

El purpurado curial pidió a los cristianos españoles que hagan vida el mensaje de los mártires. En primer lugar, y «dado que la verdadera identidad de los cristianos está constantemente amenazada», viviendo la fe «con coherencia». En segundo, siendo conscientes de que dicha coherencia puede llevar, en ocasiones e incluso hoy, al martirio. En tercer lugar, recordando que todos los creyentes «están llamados a la santidad», porque la «vida cristiana no se reduce a unos actos de piedad individuales y aislados».

Por último, el cardenal dijo que los creyentes de España están llamados también a defender «la dignidad de la persona, la vida desde la concepción hasta la muerte natural, la familia fundada en la unión matrimonial una e indisoluble entre un hombre y una mujer, el derecho y el deber primario de los padres en lo que se refiere a la educación de los hijos». Fue la única referencia indirecta a la actualidad española. Y, de hecho, el público asistente subrayó con un aplauso las palabras del cardenal. Todo lo demás giró en torno a los mártires reconciliadores. En medio de un mar de banderas españolas y de fotos de mártires.


   España cuenta ya con 498 nuevos beatos  
La Razón

España cuenta desde ayer con 498 nuevos beatos, asesinados por no renunciar a su fe. La ceremonia fue presidida por el cardenal José Saraiva Martins, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, quien destacó el mensaje de «fe y de amor» de estos mártires de la persecución religiosa en nuestro país.

El cardenal Saraiva, delegado del Papa para esta celebración, tampoco dejó pasar la oportunidad de pedir a los católicos que, «en un diálogo informado por la caridad», muestren sus convicciones en cuestiones como el aborto, la eutanasia, el matrimonio y la familia y la educación. Aspectos que a lo largo de la actual legislatura han supuesto un enfrentamiento entre la Iglesia católica y el Gobierno socialista.

En contra de los augurios de quienes habían intentado levantar una polémica con esta celebración, la beatificación discurrió con absoluta normalidad. La esencia de la ceremonia respondió al mensaje que la Iglesia española ha intentado transmitir durante todo el periodo de preparación. Se trataba de exaltar a 498 católicos que «manifestaron hasta el martirio su amor a Jesucristo, su fidelidad a la Iglesia católica y su intercesión ante Dios por el mundo», destacó Saraiva al inicio de su homilía, quien recordó que todos «antes de morir perdonaron a quienes los perseguían».

A partir de su comentario a los pasajes de la carta de Pablo a Timoteo que se leía ayer en la liturgia de la Palabra («He combatido bien mi batalla, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe»), el cardenal Saraiva intentó acercar el ejemplo de los mártires a la actualidad. «Vivimos en una época en la cual la verdadera identidad de los cristianos está constantemente amenazada y esto significa que ellos o son mártires o tienen que adaptarse», dijo el purpurado.

En este sentido también recordó un texto en el que Juan Pablo II reivindica la importancia que tiene para la Iglesia la memoria de sus mártires. «Si se perdiera la memoria de los cristianos que han entregado su vida por confesar su fe, el tiempo presente perdería una de sus características más valiosas, ya que los grandes valores humanos y religiosos dejarían de estar corroborados por un testimonio concreto inscrito en la historia», explicó Saraiva con palabras del anterior Pontífice.
 

«Cristianos coherentes»

La parte de la homilía que recibió un mayor respaldo del público a través de los aplausos fue cuando el cardenal Saraiva explicó que el mensaje de los mártires, de fe y amor, también debe manifestarse «heroicamente en nuestra vida». Una heroicidad que requiere «cristianos coherentes» que no deben inhibirse en su «deber de contribuir al bien común y moldear la sociedad siempre según la justicia, defendiendo -en un diálogo informado por la caridad- nuestras convicciones».

En la misma línea de pensamiento que Benedicto XVI, quien en la «Sacramentum Caritatis» recordaba a políticos católicos que existen una serie de «valores innegociables», el cardenal destacó una serie de problemáticas ante las que los católicos deben mantener una posición firme y clara. De forma especial hizo hincapié en las convicciones «sobre la dignidad de la persona, sobre la vida desde su concepción hasta su muerte natural, sobre la familia fundada en la unión matrimonial una e indisoluble entre un hombre y una mujer, sobre el derecho y deber primarios de los padres en lo que se refiere a la educación de los hijos». Precisamente son los puntos en que las diferencias entre el Ejecutivo socialista y la Conferencia Episcopal han sido más significativas durante la actual legislatura.

Los cardenales y obispos españoles tuvieron un especial protagonismo en la ceremonia. El cardenal arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco, a cuya diócesis pertenecen el mayor numero de mártires fue el encargado de pedir oficialmente la beatificación. El ministro de Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, como representante del Gobierno encabezó la delegación oficial, acompañado por el embajador de España cerca de la Santa Sede, Francisco Vázquez.


  Un mar de emoción y recuerdos en San Pedro 

  ABC

Nunca pudo imaginar Ana Caldés, sobrina de los ya beatos hermanos de La Salle, Valeriano Luis y Eliseo Vicente de Benicarló, que la razón por la que lloraba su madre hace ya setenta años, «porque han matado a mis hermanitos», se convertiría, mucho tiempo después, en el motivo principal para celebrar en Roma estas muertes prematuras.

La Plaza de San Pedro de Roma estaba ayer llena de emotivas historias familiares, de recuerdos difuminados en el tiempo, de retazos de la memoria, que ayer se hicieron más presentes que nunca, y que muchos, con lágrimas en los ojos, narraban sin apenas poder articular palabra. «Recuerdo cuando mi madre lloraba y yo le preguntaba ¿por qué lloras tanto?, y ella me decía: porque han matado a mis hermanitos».

Lo contaba Ana Caldés minutos antes de la ceremonia de beatificación de los 498 mártires españoles, reivindicando la dignidad de sus familiares, pero admitiendo que esta ceremonia es la del «perdón y de la reconciliación porque nos va a hacer renovar la fe a todos los cristianos».

A Ana difícilmente se le puede contener en el relato de su historia, quiere que se sepa más y como ejemplo de ese perdón que está dispuesta a practicar desvela que «la mujer del hombre que denunció a mis tíos vino un día a mi casa llorando, y le pidió a mi padre que lo sacaran de la cárcel», y lo sacó.

Respetuoso silencio

Como Ana, otros muchos iban con su historia dentro, accedían a la plaza de San Pedro y se situaban en las cuarenta mil sillas que se desplegaron, todas ellas cubiertas por familiares, amigos y seguidores de los mártires. Además, muchos peregrinos se quedaron en pie en los laterales. En total, unos cincuenta mil en esta soleada mañana festiva en Roma.

Desde antes de las ocho de la mañana, la plaza de San Pedro estaba rodeada de un cinturón humano que abrazaba las emblemáticas columnatas de Bernini que identifican el lugar. Miles de españoles madrugaron para tener el mejor sitio y se apostaron frente a las numerosas puertas de acceso para poder conseguir la mejor visión de la ceremonia.

Los autobuses llenos de peregrinos se asomaban por cualquiera de las vías cercanas a la Basílica provocando larguísimas colas que sólo el eficaz servicio de seguridad del Vaticano permitió que se disolvieran con agilidad. La espera permitió a los más jóvenes amenizarla con cánticos y gritos de «¡Viva España!» y «¡Viva el Papa!».

Junto a los pañuelitos identificativos de la congregación o del mártir que venían a beatificar, los peregrinos españoles trajeron a Roma, de forma masiva, la enseña nacional, junto a otras de las distintas comunidades autónomas. Pero de poco sirvieron en la ceremonia, ya que, instantes antes de su inicio, desde megafonía se instó a la gente a que no las exhibieran, sino que se recogieran, por un sólo motivo: permitir la visión. Nadie protestó por la recomendación, aún más, hubo aplausos, y sólo volvieron a ondearse al finalizar la Eucaristía.

El cumplimiento estricto de las recomendaciones y el silencio fueron las notas dominantes de la ceremonia. Hubo menos manifestaciones de júbilo que en otras beatificaciones y más recogimiento por parte de los presentes. Algunos rezaban y otros, como Milagros González Pacheco, sobrina del mártir Félix González Busto, lloraba recordando a su familiar: «Mi padre siempre dijo que era un santo y esto es muy emocionante para mí».

Un modelo de comportamiento cívico que echó por tierra el argumento de quienes sostenían que las beatificaciones iban a constituir un acto de revancha de una parte de España contra la otra. No hubo ninguna salida de tono, ningún mal gesto y, como decía Carmen Gómez de Pablo, sobrina de fray Félix de la Virgen del Carmen, que «nadie pretenda ver otra cosa que un reconocimiento de sus vidas».

El recuerdo de Juan Pablo II

Aunque en la Plaza de San Pedro ya hacía calor antes de las ocho de la mañana, la masiva presencia de peregrinos había hecho subir unos grados más la temperatura humana del lugar, el sol empezó a hacerse fuerte a medida que avanzaba la ceremonia. Como prólogo de la misma, se recordaron unas palabras de Juan Pablo II sobre el perdón y la reconciliación, con motivo de una de las numerosas ceremonias de beatificación que presidió: «Debemos estar dispuestos a defender a Cristo delante de los hombres», pidiendo «perdón, paz, concordia y mutuo respeto». Sonaron así los primeros aplausos de la jornada, que no volvieron a repetirse hasta que se produjo el momento de la beatificación.

«Esto ha sido el no va más, ha sido una ceremonia emocionante y bonita», comenta un familiar del beato Lucio Zudaire, mientras abandonaba la Plaza de San Pedro. Su peregrinación estaba a punto de finalizar, pero este día ha sido para muchos una «catequesis ocasional de cómo los cristianos tenemos que perdonar», dice María del Carmen Gómez de Pablo, sobrina del beato fray Félix de la Virgen del Carmen.

Felices de saber que el sacrificio de los suyos no fue en vano, los peregrinos españoles abandonaban el Vaticano no sin recordar que «este es el momento oportuno para su beatificación, ahora, cuando dicen que la fe no sirve para nada. Esto no es revanchismo, que nadie pretenda ver otra cosa que reconocer sus vidas».


  Los obispos recuerdan que la beatificación de 498 mártires «no nace del resentimiento» 

ABC

Los obispos españoles han defendido "la beatificación de los 498 mártires de la persecución religiosa durante el siglo XX", que tendrá lugar mañana domingo en Roma, porque "no nace del resentimiento sino de la reconciliación". En sus cartas pastorales de estas últimas semanas, los prelados coinciden en señalar que su "muerte ejemplar por la causa de Dios y de la fe cristiana, sin estar implicados en la lucha entre hermanos ni en bandos enfrentados, no puede quedar sin producir el efecto beneficioso de seguir su camino".

El obispo de Huesca y Jaca, monseñor Jesús Sanz Montes, afirma que con estas beatificaciones la Iglesia "no va relatar el escarnio de mofa y befa que sufrieron antes de morir, ni va a pronunciar el nombre de los verdugos, sus enseñas y sus siglas", ya que "nada de eso" constituye su "memoria histórica".

"Nuestro recuerdo busca el reconocimiento que nos abre a la gratitud y la reconciliación que en estos mártires aprendemos", apunta el prelado, quien recuerda que en el momento de morir a estos frailes, sacerdotes, monjas, seminaristas y seglares "no se les encontró en sus hábitos y ropas un carné de partido, ni armas defensivas, ni odio en sus miradas, ni siquiera una resistencia legítima".

En la misma línea, el obispo de Ferrol, monseñor Manuel Sánchez Monge, destaca que los mártires "no ofendieron a nadie ni impusieron a nadie sus creencias" y "murieron perdonando y amando a quienes les mataban". Asimismo, reconoce que "no faltará quienes pretendan desfigurar la grandeza de estos hombres politizando el acontecimiento, desfigurando la historia o silenciando su humilde heroísmo". Sin embargo, deja claro que la Iglesia "los propone a los creyentes y a todos los hombres de buena voluntad, como ejemplo de amor, de perdón y reconciliación".

Una ceremonia que no ofende


Los prelados insisten en destacar en sus mensajes a los fieles en el "carácter religioso" de la ceremonia que tendrá lugar mañana domingo en la Plaza de San Pedro. El obispo de Plasencia, Amadeo Rodríguez Magro, señala que recordar a los mártires "no puede asustar ni ofender a nadie", ya que el recuerdo, "si se utiliza adecuadamente, es necesario para poner de relieve la verdad de la vida y de la muerte de los que nos precedieron".

También alerta sobre la importancia de estar "muy atentos" para que la memoria "no se pudra con sentimientos contaminados; sobre todo cuando el pasado es doloroso, triste, injusto o cruel". Por ello, no considera "válido" que "algunos piensen" que, en el caso de los mártires, "lo más adecuado sea no remover nada, dejar en el olvido a las personas y los hechos". "Eso es injusto; sobre todo cuando lo que se recuerda son gestos y sacrificios de amor a Dios y al prójimo", apunta el prelado.

En la misma línea, el cardenal arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco Varela, señala que "el amor a Dios" produce "mártires y no violencia como se pretende mostrar con un acercamiento superficial y supuestamente neutral y objetivo al fenómenos de las religiones". "El que ama con Cristo ve al hombre de un modo radicalmente nuevo, que el mundo no conoce, ni enseña, ni es capaz de vivenciar ni de comunicar", denuncia el cardenal, quien afirma que los mártires indican a los cristianos "cuál es el camino a seguir en la forma y en el estilo".

Por último, el obispo de Sigüenza-Guadalajara, José Sánchez González, señala que la "magna ceremonia de beatificación" que tendrá lugar este fin de semana en Roma significará "un acto de culto a Dios a través de sus mártires", en los que "resplandece la actitud de perdón y reconciliación". "Queremos imitar sus virtudes, seguir su ejemplo, vivir su vida, estar dispuestos a morir como ellos. Todo eso significa nuestra participación en esta asamblea en Roma", concluye.


  Orgullo religioso y patriótico 

EL PAÍS

Una eclosión de orgullo patriótico y religioso fue lo que se vivió ayer en la plaza de San Pedro. Alrededor de 50.000 personas, según estimaciones no oficiales, rezaron, cantaron, agitaron banderas, no todas constitucionales, y gritaron vivas a España y a las 498 víctimas de la Guerra Civil que fueron ayer beatificadas. El 99% de los congregados eran peregrinos españoles llegados a Roma para la ceremonia.

Las más animadas eran, sin duda, las niñas del colegio Everest de Madrid, que voceaban: "Viva España". Antes de la celebración entablaron con otro grupo el clásico diálogo cantado a voz en grito: "Hola don Pepito, hola don José". De su sector emergía el mayor número de banderas por metro cuadrado de la plaza.

Muy entusiastas y muy jóvenes se mostraron también los miembros barceloneses del movimiento Schola Cordis Iesu (Escuela Corazón de Jesús), que aseguraron estar en Roma "porque hay que apoyar a la Iglesia católica". "Hay algunos hechos de la historia de España que se han tapado y que hay que esclarecer", aseguraban Luis y Pedro, de 22 y 23 años respectivamente.

Dos horas antes de que comenzara la ceremonia, la cola para entrar a la plaza de San Pedro ya había adquirido dimensiones inabarcables, cuatro metros de ancho y varios cientos de largo. Y la cola de mujeres, notoria mayoría entre los congregados, ante los servicios alcanzaba ya los 50 metros cuando los religiosos en el estrado empezaran a leer testimonios y cartas de los mártires, a modo de prólogo.

La plaza de San Pedro hablaba ayer español, pero también vasco, catalán y gallego, lenguas en las que fueron leídas algunas "oraciones de los fieles", para disgusto de un grupo de mujeres de Toledo. "La ceremonia era en español y esa parte no la hemos entendido", protestó Isabel. De las oraciones en inglés y francés no se quejaron, traducidas como las otras al castellano en el libro de oración repartido a los presentes.

Tampoco les pareció mal que el papa Benedicto XVI hablase en alemán, esloveno y polaco. Pero el español hablado ayer en la plaza tenía en un sector acento cubano: el de Miguel Ángel Fernández, paisano del mártir agustino José López Piteira, nacido en Jatibonico, Cuba. También tenía acento catalán: el de la familia del mártir Anastasio María Dorca, carmelita natural de Tárrega (Lérida) muerto junto a sus compañeros de Olot (Girona) un día en que el encargado de oficiar la novena del Carmen se puso enfermo y Anastasio fue a sustituirlo. Allí le encontró, el 28 de julio de 1936, la guerra fratricida y el camino a la beatificación. Un total de 15 familiares ondeaban una pancarta que decía: "Por una España católica murieron gritando viva Cristo Rey".

Gran satisfacción se respiraba al término de la ceremonia, particularmente por las palabras que el Papa dirigió a los españoles en la oración del Angelus. Los más felices, sin embargo, parecían tres monjes franciscanos brasileños vestidos con ásperos hábitos y calzados con chanclas hawaianas. "Estamos felices porque vinimos a Roma sin saber que había beatificaciones y la providencia divina ha querido que nos encontrásemos con esta ceremonia bellísima", canturreaba en portuñol un gozoso fray Eliseo, de 25 años, mientras se rascaba la tonsura. 


   La Iglesia mira hacia atrás sin ira 

EL MUNDO

El cardenal Rouco y los obispos españoles se esforzaron ayer en quitar toda connotación política a la ceremonia de beatificación de 498 religiosos españoles en el Vaticano. Estos religiosos fueron asesinados -y algunos de ellos torturados antes de morir- durante la Guerra Civil. Constituyen un ejemplo de las atrocidades que cometieron ambos bandos. La Iglesia católica ha incidido estos días en que sus sacerdotes, monjas y fieles son un ejemplo de reconciliación porque murieron perdonando a sus verdugos. Este es justamente el mensaje que debería prevalecer: el del perdón y la reconciliación.

Está bien mirar hacia atrás, pero sin ira y sin revanchismo. La delegación española presente en el Vaticano estaba encabezada por Miguel Angel Moratinos, ministro de Exteriores. Hay que felicitar al Gobierno por el gesto de enviar al ministro a este acto religioso, al que asistieron 30.000 españoles. No hubo ni el menor incidente y todo se desarrolló con exquisitas formas para no ofender a nadie. Quienes han intentado presentar esta beatificación como una demostración del sectarismo de la Iglesia deben estar frustrados porque lo que ayer se evidenció fue precisamente lo contrario. ….


  «Que nunca volvamos a sufrir esa guerra» 

EL MUNDO

30.000 asistentes a la beatificación confían en que sirva para que se entierren para siempre los viejos odios de las dos Españas. Ricardo, un estudiante de 3º de ESO de 14 años, estaba ayer mareado. Llevaba horas en la plaza de San Pedro, bajo un sol abrasador, sujetando una pancarta en memoria del que fuera obispo de Cuenca, Cruz Laplana y Laguna, fusilado el 8 de agosto de 1936. Cuando arrancó la ceremonia de beatificación de 498 mártires de la Guerra Civil, el pobre Ricardo ya no podía más. Cansado y borracho de emoción, tuvo que soltar la pancarta y sentarse a descansar.

Había llegado a Roma en peregrinación junto a un grupo de Acción Católica de Cuenca de 55 personas, la más pequeña, de ocho años y la mayor, sexagenaria. «Estos mártires deben de ser honrados y recordados porque murieron por Cristo y dando ejemplo. A mí, concretamente, me han enseñado que la vida no se puede desperdiciar yendo a discotecas a