Carta mortuoria de Don Fidel

Queridos hermanos y amigos:

Acabamos de celebrar el primer aniversario de la llegada a la Casa del Padre de nuestro querido don Fidel Martín Bolado, Salesiano y Sacerdote, quien, durante muchos años, había sido el decano de la Inspectoría de Nuestra Señora de la Merced de Barcelona y que falleció santamente el 14 de octubre del 2004, a los 97 años de edad, 79 de vida consagrada y 69 de sacerdocio.

Al cumplir sus noventa lúcidos años, escribió unas sencillas notas autobiográficas que, con su peculiar estilo, reflejan sus vivencias de amor al Señor y de su entusiasmo por Don Bosco y la Congregación. Creo que nos pueden ayudar a todos a perseverar en nuestro camino y a proponer su figura, en la acción educativo-pastoral y vocacional, a la vez que pedimos al Señor que suscite jóvenes ilusionados y generosos que imiten la entrega de tantos salesianos que, como él,  han dado la vida por la Iglesia y la Congregación. Por eso, para mayor fidelidad, seguiré sus estimulantes notas y recuerdos.

Familia y vocación

Había nacido en Torre de Peñafiel (Valladolid), el día 24 de abril de 1907. Era el noveno de los doce hijos del matrimonio compuesto por Vicente Martín y Ceferina Bolado. Él mismo escribe: «Mis primeros años de infancia transcurrieron felices con mis padres y hermanos en el pueblo. Un día les dije, a ellos y al señor Cura, que “quería ser fraile”… El párroco, que me tenía como primer monaguillo y conocía al director de la Casa de Carabanchel Alto en Madrid, don Marcelino Olaechea –más tarde provincial, obispo de Pamplona y arzobispo de Valencia–, me presentó a él, quien luego, junto con otros compañeros de la zona de Castilla, nos envió al Seminario Salesiano de Campello (Alicante), en julio de 1919».

Con Don Bosco. Aspirantado

«Yo, al ver Campello, –sigue narrando– con su playa y dilatado mar, exclamé : “Aquí es a donde quería venir”… Y allí pasé cinco felices años cursando Humanidades con otros 150 jóvenes de diversas edades, procedencias y saberes, como si fuéramos hermanos, y “creciendo en edad, sabiduría y gracia delante de Dios y de los hombres”, lo mismo que san Lucas afirma de Jesús en su evangelio».

«¡Adiós, pueblo mío, Torre de Peñafiel, cuna donde nací, reí y lloré!; ¡adiós, prados y río Duratón, con sus huertas, que tantas veces recorrí en todas direcciones con los de mi pandilla! Ya en Campello, al recordar a mis padres y hermanos, sobre todo al levantarnos por las mañanas al son de unas vibrantes palmadas, alguna que otra vez, los primeros meses, corrían lágrimas por mis mejillas: es lo que llaman amor al terruño o morriña de todo lo que se quiere y a lo que se renuncia, en busca de otros ideales más altos».

«Terminado el cuarto curso de Humanidades, a los doce aspirantes nos llevaron en barco de Alicante a Barcelona, para comenzar el Noviciado en Sarriá, el gran colegio de Estudiantes y Artesanos y Casa Madre, por así decirlo, de la España Salesiana. Fue mi primer viaje en barco y no me mareé. Al cruzar por delante de la playa de Campello, dimos, emocionados, el último adiós al que había sido nuestro nido-hogar durante cinco años. Corría el mes de julio de 1924».

Noviciado y estudios de Filosofía

«En todas las Congregaciones religiosas, el año de Noviciado viene a ser el crisol donde se depura la vocación de toda escoria y troquel en que se forja al futuro religioso, se adquieren las armas espirituales y se aprende a manejarlas para defender su opción: es decir, se trata del año de prueba para discernir si el aspirante sirve o no sirve, y si se siente con fuerzas para seguir adelante con su ideal y vocación religiosa».

«Pues bien, el curso 1924-25, año de nuestro Noviciado, fue para mí y mis doce compañeros, un año de cielo, –alegrado por la imposición de la sotana, que recibimos de manos del ya P. Inspector, don Marcelino Olaechea–, coronado por la Profesión religiosa, el 18 julio 1925. Dígase lo mismo de los dos  cursos de Filosofía (1925-26 y 1926-27), que hicimos en la misma casa de Sarriá donde Don Bosco vivió un mes –del 8 de abril al 6 de mayo de 1886–, durante su viaje de Turín a Barcelona, ocasión en la que le regalaron la cumbre del Tibidabo».

«Verdaderamente, fue una auténtica “caricia” de Dios haber podido vivir el noviciado y estudiar la Filosofía en esa Casa, santificada por la presencia y los milagros de nuestro Padre y Fundador».

Magisterio y prácticas pastorales

«Terminada la Filosofía, el Superior Provincial nos desparramó a los doce compañeros por los diversos colegios y casas de la Inspectoría Tarraconense para los tres años de magisterio y prácticas pastorales en el trato directo con los jóvenes. Siempre he considerado como otra “caricia” del Señor el que la obediencia me dejara como “maestrillo” en Sarriá –Sección de Estudiantes– donde permanecí, no tres, sino cuatro años, entregado totalmente a los jóvenes. Como premio, tuve la suerte ir a Roma, a la Beatificación de Don Bosco, el 2 de junio del año 1929. ¡Qué salto de alegría di cuando me tocó el papelito premiado, que sólo decía: “¡A Roma!”, y exclamé: “¡Gracias, Señor, mil gracias!”».

Estudiante de Teología en Turín

«Tras esa estancia en Sarriá (de 1924 a 1931, entre Noviciado, Filosofía y el cuatrienio), los Superiores me enviaron a Turín, a cursar Teología (1931-1935) en el Estudiantado Internacional de La Crocetta, donde otros 140 salesianos de más de veinte naciones se preparaban para el sacerdocio y adquirir el amor a la Iglesia, viviendo más cerca de Roma, –en cuyas Universidades Pontificias habían estudiado y sacado sus títulos muchos de nuestros profesores– y empaparnos del espíritu salesiano, bebiéndolo en la misma fuente de la Casa Madre –Valdocco– donde vivió y murió san Juan Bosco, a quien conocieron algunos salesianos de. nuestro Estudiantado. Y, de esta manera, la salesianidad y el modo de vivirla iban penetrando, casi sin querer, en nuestras almas… y algo quedaba dentro».

Y no algo, sino mucho, le concedieron el Señor y Don Bosco en esos fecundos años de la etapa turinesa.

Fallecimiento de don Rinaldi

El 5 de diciembre de 1931, a los 75 años, fallecía de infarto el tercer sucesor de Don Bosco y Rector Mayor de los Salesianos. Sigue escribiendo nuestro don Fidel:

 «Estando allí, pude asistir a sus exequias y vivir este acontecimiento, tan significativo para nuestra Inspectoría. Las campanas tocaron a duelo, las almas se vistieron de luto, alguna lagrima brilló en los ojos y alguien exclamó: “¡Ha muerto un Santo!”. Todos los miembros del Estudiantado acudimos a Valdocco –la Casa Madre de la Congregación–, y pasamos ante sus restos. Tuve la dicha de besarle en la frente, en nombre de toda los salesianos de España, en la que don Rinaldi estuvo doce años –del 1889 a 1901, como Director de Sarriá, primero, y como Provincial de toda España, después–, dejando a su marcha (1901) abiertas* o fundadas 25* casas y tres nuevas Inspectorías… Hombre de Dios, de gran corazón, fiel reflejo de la paternidad de san Juan Bosco, era un enamorado del Sagrado Corazón de Jesús y su Templo, por el que tanto sufrió y luchó. Fundó el Instituto Secular de las Voluntarias de Don Bosco (1928) y fue el auténtico “creador” de la España Salesiana. La Iglesia lo beatificó en 1990».

Ciertamente, don Rinaldi había puesto los ojos en aquel joven estudiante, en vistas a la Obra del Tibidabo, donde iba a vivir la mayor parte de su vida dedicado a trabajar para que la profecía de san Juan Bosco se hiciera realidad.

Canonización de Don Bosco

Poco más tarde, por coincidencias del calendario, nuestro estudiante obtiene* otra “caricia” del Señor, como él va repitiendo: poder asistir a la Canonización de san Juan Bosco, el 1 de abril de 1934.

«Fuimos a Roma todos los miembros de la comunidad de La Crocetta, profesores y alumnos. ¡Qué maravilla ver Roma vestida de fiesta grande! Tres fiestas en una: Pascua de Resurrección, clausura del Año Santo de la Redención (1933-34) y Canonización del Beato Bosco. Cada una de ellas bastaría para llenar Roma de peregrinos e invadirla por los cuatro costados».

El Papa Pío XI, que conoció a Don Bosco y se hospedó en su Casa, cuando éste consolidaba su Obra en Valdocco, quiso pagárselo haciendo que su canonización fuera como el broche de oro de las fiestas del Milenario de la Redención.

 «¡Qué fasto en las celebraciones religiosas de la Basílica y la Plaza de san Pedro,  tomadas por todos los Colegios de Salesianos y Salesianas de Italia, con sus Antiguos Alumnos, Cooperadores, Bienhechores y peregrinos de toda raza, color y vestimenta del mundo entero, con centenares de Obispos salesianos y no salesianos, en los cortejos y procesiones de Roma y, después, en Turín».

«¡Sí! No he visto, ni pienso ver en la tierra fiestas iguales. Y éste era el común decir y exclamar de la gente,  de Salesianos y Salesianas: “¡Fiestas como éstas, ya sólo las veremos en el Cielo!” ¡Qué inyección de salesianismo y de amor a la Iglesia, con vivas al nuevo Santo y al Papa en boca de aquellas inmensas multitudes que llenaban la Basílica, la Plaza de san Pedro y las calles de la Roma eterna…, y, días después, las de Turín, uniéndose a esta ciudad y volcándose en ella los peregrinos de las provincias salesianas de Liguria, Venecia, Milán y todo el Piamonte».

Sacerdote de Cristo

«Con otros 39 compañeros salesianos, fuimos ordenados sacerdotes por el cardenal Maurilio Fossatti, arzobispo de Turín, el 7 de julio 1935, en la Basílica de María Auxiliadora, que Don Bosco había comenzado con sólo 40 céntimos en el bolsillo y, hoy, es una de las más bonitas y grandiosas basílicas dedicadas a la Virgen en el mundo». Había llegado a la meta anhelada. El gozo y agradecimiento del nuevo sacerdote quedan en el secreto de su corazón y en los puntos suspensivos y admiraciones de sus apuntes biográficos. Pero nos los podemos imaginar… 

Con este grande acontecimiento de su vida, llegaba también la hora de regresar. «¡Adiós, bella y grande Italia! ¡Adiós, Turín, la Belén salesiana, con sus lugares “santos”, fecundados por la presencia de Don Bosco y su madre Mamá Margarita!, a quien pronto veremos en los altares, junto a su hijo».

«De vuelta a la España de mis amores, canté la Primera Misa en mi pueblo,

Torre de Peñafiel, –junto con otro primo mío, Vicente Linares, también salesiano, de la Inspectoría Céltica– el día 8 de septiembre de 1935. Todo el pueblo en fiesta, con banderas y música alegrando las calles; lágrimas y alegría de santo gozo de padres, hermanos, familiares y paisanos, reunidos en torno a la mesa del altar. “Besamanos” y solemnísimo Te deum de acción de gracias al Señor, con palabras de los “misacantanos”…».

 

La odisea del 36

Su primer destino, ya sacerdote, fue Villena (Alicante), como encargado de estudios (1935-36). Pero, al acabar el curso, estallaría la contienda y él mismo nos dice: «Nos pilló la guerra haciendo Ejercicios Espirituales en el Colegio de Valencia, y los terminamos en la cárcel.

Pocos días después, nos dejaron en libertad, a la una de la madrugada del 29 de julio. Pero las calles eran más peligrosas que la cárcel. Cada cual tuvo que buscar un escondite o refugio donde pasar la tormenta. Unos cuantos salesianos, capitaneados por el Superior Provincial, don José Calasanz  Marqués, fueron detenidos por los milicianos y varios, asesinados».

«Yo no había estado nunca en Valencia. Al salir de la cárcel, en compañía del clérigo Pedro Mesonero nos fuimos a Torrente, población cercana a Valencia, y no encontrando en seguida sitio donde escondernos, mi compañero, que conocía mejor la zona, se ocultó en una masía de un pueblo vecino. Días después, el 18 de agosto, caminando por los alrededores, los milicianos le echaron el alto, lo detuvieron y  vinieron con él en mi busca, a Torrente. Al no encontrarme, por la noche lo asesinaron en El Vedat …»

«A mí me dio cobijo, sin conocerme, una familia de jóvenes labradores, quienes, jugándose la vida y dando muestras de una hospitalidad heroica, me tuvieron escondido tres años, salvando mi vida. Dios sale fiador por su sacerdote y se lo pagará muy bien, como sólo Él sabe y puede pagar, a los esposos Olegario Silla y María Andreu, y a sus tres hijitos, hoy ya abuelos. ¡Benditos sean!». Don Fidel recordó siempre, con emoción, a esta familia y, sobre todo, a Pedro Mesonero –hoy  Beato–, a quien siempre consideró como su ángel salvador.

Primeras responsabilidades

«Finalizada la contienda, el 22 de junio de 1939 la obediencia me destinó al Tibidabo, como Encargado de la Escolanía. Fueron seis años de cielo, llenos de las penurias y escasez de la inmediata posguerra, pero también, de gran gozo y  paz, que el fervor y la acción de gracias por haber salido ilesos del conflicto, dulcificaban e hicieron de todos los supervivientes “héroes de la paz”, en todos los sentidos. El trabajo pastoral y la reconstrucción de la Cripta hicieron todo lo demás».

Después, del Tibidabo fue trasladado, como administrador (1945-48) a Sarriá y, más tarde, nombrado director de la nueva obra de Zaragoza (1948-52), etapa que recordó siempre con gran cariño, como gran devoto de la Virgen, amigo de los jóvenes “maños” y por la oportunidad de “crear” y abrir nuevos caminos.

En 1952 fue destinado, de nuevo, a esta su casa, que ya no abandonó hasta el final de sus días.

El gran apóstol del Tibidabo

Don Fidel ha permanecido en esta comunidad 56 años de su vida y ha sido, para cuantos hemos convivido con él, un salesiano excepcional. De carácter recio, de mente y memoria privilegiadas, –pues, a pesar de sus muchos años, recordaba a personas, aniversarios y acontecimientos vividos por él, anotados cuidadosamente, con su hermosa letra, en sus cuadernos, y que le gustaba contar y explicar. De voz potente y bien timbrada, atraía con sus pláticas y sermones, salpicados de anécdotas y ejemplos edificantes. Es notorio que bastantes personas subían al Templo para asistir a su misa y escucharle.

Fue, sin duda, el gran propagandista y “limosnero” que logró que esta Obra del Tibidabo pudiera llegar a término. Él mismo nos decía que daba gracias al Señor por haber guiado sus pasos por el laberinto de las calles de Barcelona, recogiendo limosnas, fruto de  los sacrificios de tantas personas enamoradas del Sagrado Corazón, a las cuales tenía presentes en la Santa Misa, orando por todos los Bienhechores que le habían ayudado, apreciado y “sufrido” en su labor, pidiéndoles, con gracejo, perdón por las “molestias”. ¡Cuántas adhesiones nos han llegado, con motivo de su fallecimiento, hablándonos de su cortesía, amabilidad y trato agradable para con todos!

Pero don Fidel fue, ante todo, un sacerdote “fiel”, que sabía hablar de Dios, entregado al ministerio y al servicio de las almas, sobre todo en los sacramentos de la Eucaristía y de la Reconciliación. ¡Cuántas horas dedicadas a atender a quienes se acercaban a confesarse! Los Adoradores Nocturnos le recuerdan, cada mañana, a las seis, para sustituirles y animarles a todos a perseverar en sus turnos de Adoración. Y su incidencia en la paciente, callada y fructífera acción pastoral a través de la correspondencia…

Hacia el encuentro con el Señor

En los últimos años, tuvo dificultades con los intestinos y el riego sanguíneo, debido a la edad. Pero, en general, gozó siempre de buena salud. Al cumplir los noventa años, él mismo, con toda sencillez, tras una intervención quirúrgica de adherencias intestinales en la Clínica del Pilar, pidió ser trasladado a la Residencia de Nuestra Señora de la Merced de Martí-Codolar, a cuyo ritmo de vida se adaptó, alegrando la convivencia y animando a todos. Allí pasó su última etapa,  recuperada una razonable buena salud, atendiendo a las revisiones periódicas, y con una claridad de mente envidiable, siempre animoso y comunicativo, ejemplar y puntual, rodeado constantemente por el cariño y los cuidados de salesianos y enfermeras, considerado como ejemplo de piedad y motivo de estímulo por sus compañeros de Residencia.

Las numerosas condolencias recibidas demuestran el gran aprecio y agradecimiento que tantas personas sentían por él. Supo dar a todos, durante su larga vida, consejos y atenciones, tanto a familiares como a amigos. Sus sobrinos y parientes le recuerdan como centro de unión familiar y, para nosotros, sus hermanos de Congregación, seguirá siendo un ejemplo de salesiano-sacerdote que dedicó toda su vida a difundir de la devoción al Sagrado Corazón, a través de la Eucaristía y del Ideario de “la expiación por el sacrificio”.

Don Antonio Doménech, Consejero General de la Congregación Salesiana para la Pastoral Juvenil, nos enviaba, desde Roma, este mensaje: “Don Fidel había sido para mí un padre comprensivo y cercano. Fue mi Director en el Aspirantado y, luego, siendo clérigo trienal en el Tibidabo. Estuvo presente en mi Primera Misa y siempre se interesó por mi familia y mis actividades”. Otros tantos testimonios de salesianos y amigos insisten en el extraordinario ejemplo de vida sacerdotal y religiosa que nos ha dejado.

Es uno de los grandes salesianos que han contribuido a hacer realidad las palabras proféticas de Don Bosco: “El Tibidabo dará mucha gloria a Dios”. Nosotros así se lo reconocemos y agradecemos, pidiéndole que siga intercediendo ante el Señor para que proteja esta su Obra, en la que puso tanto esfuerzo y cariño, durante la mayor parte de su vida. Nos había repetido varias veces: “Sólo me queda una cosa: ¡volar del Tibidabo al Cielo! ¡Aleluya! ¡Aleluya!”. Estamos seguros de que se ha cumplido plenamente su deseo.

Santa muerte

A primeros de octubre, se reprodujo el problema de las adherencias intestinales, de un modo más agudo, y los médicos desaconsejaron nuevas intervenciones. Su estado se agravó y, con gran serenidad, sin perder la conciencia hasta pocas, horas antes de morir, confortado por los auxilios de la Iglesia, sin agonía, expiró en la madrugada del día 14, este gran trabajador del Reino de Cristo.

Sus exequias se celebraron el 15 de octubre en la Cripta de este Templo, donde estuvieron expuestos sus restos para el último adiós de cuantos le queríamos y admirábamos.

Presidió la Eucaristía el P. Provincial, don Joan Codina i Giol, concelebrada por un gran número de sacerdotes salesianos y de las parroquias del Arciprestazgo, en la que participaron muchos salesianos y Hijas de María Auxiliadora de todas las casas de las respectivas Inspectorías, religiosos y seglares... Estuvieron presentes también sus sobrinos y familiares, y muchos adoradores, feligreses y amigos que le habían conocido y apreciado durante tantos años, y que quisieron rendirle el último homenaje. En la homilía, el señor Inspector glosó su figura y recordó a este “siervo bueno y fiel”.

 Sus restos reposan en el panteón salesiano del Cementerio de Sarriá, Barcelona, con tantos y tantos hermanos que, como él, con su vida y coherencia,  dieron testimonio de Cristo Resucitado.

A los salesianos, familiares y amigos que, de todas partes, nos acompañasteis e  hicisteis llegar vuestras condolencias y plegarias, nuestro más vivo agradecimiento. Os pedimos a todos que nos sigáis ayudando a ser capaces de continuar esta gran Obra y Misión del Tibidabo, que Don Bosco nos legó como muestra de su gran amor al Sagrado Corazón de Jesús.

Acordaos también de esta Comunidad y de vuestro hermano en Cristo y en Don Bosco.

                                                        ORIOL OLIVERAS                                                                                Director y Rector del Templo

 

Datos para el Necrologio:

Nacimiento: 24 abril 1907, en Torre de Peñafiel (Valladolid).

Primera Profesión : 18 de julio 1925, en Sarriá-Barcelona.

Profesión Perpetua : 1 de agosto 1931, en Sarriá-Barcelona.

Ordenación Sacerdotal : 7 de Julio 1935, en Turín (Italia).

Fallecimiento: 14 octubre 2004, en Barcelona-“Martí-Codolar”, a los 97 años de edad, 79 de vida religiosa y 69 de sacerdocio.