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La
Inmaculada Concepción de la
Virgen María El Padre Enrique Ramière publica la primera edición de su inspirado libro «Las Esperanzas de la Iglesia», alentado por la ola de confianza que despertó en todo el mundo católico, la solemne definición dogmática de la Inmaculada Concepción de la Virgen María concretada en las palabras de Pío IX: «Nos, con firmísima esperanza y absoluta confianza, nos esforzamos en conseguir de la Bienaventurada Virgen María, que se digne otorgarnos que la Iglesia, desaparecidas todas las dificultades y deshechos todos los errores, florezca en el universo entero, para que todos los extraviados vuelvan al camino de la verdad, y se forme un solo rebaño y un solo pastor». Ya anteriormente había logrado superar dificultades de censura por parte de quienes entendían excesivas sus afirmaciones sobre el reinado de Cristo en el mundo, demostrando que lo que él afirmaba en su libro no era muy distinto de cuanto había escrito Luis María Grignión de Montfort, y de cuyas obras la Sagrada Congregación de Ritos acababa de decretar (12 de mayo de 1853) la perfecta ortodoxia, en el proceso de virtudes heroicas del entonces venerable. En la reedición de la obra y frente a la decepción de algún impaciente, comienza Ramiére por estudiar los caminos de la Providencia: «Quizá algunos católicos aguardaban una súbita intervención de la Virgen Inmaculada y se imaginaban que, en un momento, los enemigos de la Iglesia, derribados como San Pablo en el camino de Damasco, serían transformados en fieles servidores.
Padre Enrique Ramiére (1821-1884)
Pío IX había condenado en 1864 los errores anticristianos que inspiran el llamado mundo moderno, a través de la Encíclica «Quanta Cura» y el «Syllabus». Ramière, desde la perspectiva de los planes de Dios, no ve contradicción con la proclamación de La Inmaculada de 1854, sino continuidad: «¡Cuan lejos ¡ay! cuan lejos estamos de las bellas perspectivas de 1854! Nos atrevíamos entonces a prometernos el triunfo universal de la verdad; y hoy nada parece que pueda impedir el triunfo universal del error. Y, para que el contraste sea, por así decirlo, más impresionante, la Providencia ha permitido que el mismo Pontífice que entonces hacía resonar, hasta los últimos confines del mundo cristiano, las magníficas esperanzas cuya expresión acabamos de releer, diez años después, día tras día, haya sido obligado, por el deber de su cargo, a herir con su anatema no menos resonante ese montón de errores que invaden en este momento la sociedad cristiana. La realidad de los peligros presentes no debilita la firmeza de nuestras esperanzas; porque la actitud pontificia respecto de los errores modernos es la prenda del triunfo prometido a la verdad en la definición de la Inmaculada Concepción. La realidad de estos peligros no quita nada a la certeza de nuestras esperanzas, y el gran acto que en 1864 hizo rugir de furor a los enemigos de la Iglesia, no es, en modo alguno, la retractación de aquel que, diez años antes, transportaba de gozo a todos sus fervorosos hijos. Nosotros, por el contrario, vemos, en el segundo de estos actos, la continuación del primero y encontramos la confirmación de nuestras esperanzas en los tristes sucesos que han acaecido desde el día en que aquéllas fueron solemnemente proclamadas». «Podemos ciertamente esperar que la universal victoria de la Iglesia será el resultado del ataque general que sostiene en este momento y el fruto próximo de la completa manifestación de las glorias de María». «La antigua serpiente, de la que se predijo que, en el momento mismo en que la mujer predestinada le aplastase la cabeza, haría un supremo esfuerzo por morder su pie victorioso, ¿no cumple esta profecía a juzgar por la violencia con que nos ataca? ¿No la ha medio vencido María al obligarle a mostrarse en sus rasgos horrorosos? Y ¿no es verdad que razonablemente consideramos como prenda del triunfo prometido en 1854 a la verdad, el acto con que, en 1864, el Vicario de Cristo ha aplastado con un solo golpe todos los errores modernos?». (...) Ese completo triunfo del Salvador y de su Iglesia nos parece predicho desde luego, con bastante claridad, en la primera de todas las profecías, que tuvo por teatro el del primer pecado y por objeto consolar al hombre despojado de los privilegios que acababa de perder. «Pongo perpetua enemistad entre ti y la mujer, dice el Señor a la serpiente, y entre tu linaje y el suyo; ella te aplastará la cabeza y tú le morderás el calcañal». Esta predicción encierra dos partes muy distintas: primeramente la lucha entre la serpiente y la mujer, entre el fruto bendito de ésta y la raza maldita de aquélla; en segundo lugar el triunfo definitivo de la mujer y de su descendencia sobre la serpiente y sus satélites». (...) «Por lo que atañe a la primera parte de la profecía, su cumplimiento es manifiesto y es difícil ver qué falta para que éste sea perfecto; (...) mas la segunda, el aplastamiento de la cabeza de la serpiente, ¿se ha realizado también completamente? No puedo persuadirme de ello. Bien sé que desde el primer instante de su existencia, por su concepción inmaculada, la nueva Eva ha puesto su pie sobre esa cabeza maldita; no se me oculta tampoco que, por su muerte, el hijo de María, el Nuevo Adán le ha dado un golpe mortal; desde entonces la victoria está asegurada; mas por lo mismo, ¿está terminada? Evidentemente que no, puesto que precisamente desde ese momento data la lucha secular cuyas peripecias han sido tan sangrientas». «No, no se puede decir que la cabeza de la serpiente haya sido totalmente aplastada, ya que la vemos reinar en la mayor parte del universo con un imperio más absoluto que nunca; ya que, de las cinco partes del mundo, tres le están casi enteramente sometidas, y, en las otras dos, ha causado, desde hace tres siglos, al corazón de la Iglesia las más profundas heridas que recibió jamás». «Parece incomparablemente más razonable admitir que esa profecía, que comenzó a realizarse en la Concepción Inmaculada de María, recibirá perfecto cumplimiento, cuando la plena manifestación de ese glorioso privilegio le permita producir todos sus frutos. Así, al menos, la han entendido todos los que han utilizado este texto para confirmar las esperanzas fundadas en esa definición solemne. Tenemos, pues, perfecto derecho a entenderla también nosotros de la misma manera. Sí, esta profecía nos permite creer que entra en los planes de la Divina Providencia que la humanidad tome de su infernal seductor un desquite completo. Vencida en la persona de su primera cabeza por medio de una mujer, será vengada por los merecimientos de su segunda cabeza, pero por la mediación de otra mujer. Podemos añadir que, vencida la humanidad en la tierra, debe también vencer en la tierra; porque si su triunfo completo estuviese reservado para el cielo, las condiciones de la lucha no serían iguales, y de consiguiente la venganza no sería completa». «Por otra parte, si la cabeza de la serpiente no hubiese de ser quebrantada sino en el último día por medio de la intervención victoriosa de Jesucristo, la victoria podría muy bien atribuirse al Divino Salvador, y sólo muy impropiamente a su Madre, a pesar de que la Sagrada Escritura le atribuye a ella la gloria de la misma. El orden de la venganza debe, en efecto, corresponder al de la derrota. Como la mujer fue la primera vencida, también ella debe conseguir la primera victoria. Como el pecado del primer hombre fue mucho más decisivo para la humanidad que el de la primera mujer, también el triunfo del Nuevo Adán será más decisivo que el conseguido para la Iglesia por la intercesión especial de María. Mas éste deberá sin embargo preceder a aquél; la primera ha de destruir en la tierra entera el poder que el demonio ha comenzado a conseguir por su victoria sobre nuestra primera madre; y sólo entonces se realizará, con gran gozo de la humanidad, la promesa que consoló los primeros días de su peregrinación: Ipsa conteret caput tuum. Hay finalmente otra razón para no dejar para la eternidad el completo triunfo prometido a la nueva Eva y a su descendencia, y es que ese triunfo debe ser conseguido en el momento mismo en que la serpiente armará emboscadas a aquélla, y se esforzará por coger en su trampa el talón que le aplastará. Gran número de intérpretes entienden por ese talón victorioso las últimas generaciones de la humanidad que serán, respecto de ese gran cuerpo, lo que el talón en relación con el cuerpo humano. Es fácil ver cuan perfectamente concuerda esa interpretación con la doctrina que intentamos demostrar. Ella nos autoriza a creer que la guerra entre la serpiente y la mujer rematará, al fin de los tiempos con una lucha suprema en la cual el monstruo infernal pondrá por obra todos sus embustes con el intento de conseguir su última victoria; mas al propio tiempo nos manifiesta cómo el linaje de la nueva Eva hace, por la virtud de ésta, un supremo esfuerzo y destruye, no sólo en sus instrumentos, sino en su principio mismo, el poder del enemigo». Ramière ve en la definición de la Inmaculada Concepción de María el último fundamento de las esperanzas de la Iglesia. «He aquí la última señal de la restauración universal y del completo advenimiento del reino de Jesucristo por medio de su Iglesia. Desde las primeras líneas de esta obra, hemos visto con qué firmeza, con qué alarde de esperanza el Vicario de Jesucristo ha desplegado esta bandera a los ojos del mundo, y como se ha prometido para una época, que no parece estar muy lejana, una dimensión abundante de las gracias celestiales sobre la tierra». «Ya no nos resta sino investigar, en la definición misma de la Inmaculada Concepción de María, el último fundamento de las esperanzas que el sentimiento universal de los fieles apoya en ese gran acontecimiento. ¿Qué relación existe entre la definición de un dogma, que no interesa sino a la piedad de la minoría, y el triunfo de la Iglesia por medio de la conversión del universo?. (...) «En el concilio general de Éfeso, en el siglo V, la definición de la Maternidad divina de María bastó, sin necesidad de ningún símbolo, para asestar un golpe mortal a las herejías que negaban la divinidad de Jesucristo. Siempre la misma economía de la Providencia; Jesús mostrándose al mundo en brazos de María. Y ¿qué queda ahora por hacer? Acabar la Redención, hacerla fructificar plenamente, completar la manifestación de Jesús al mundo, disipar todas las nubes que oscurecen todavía a la vista de los hombres la hermosura de su divino rostro y deshacer los obstáculos que se oponen al pleno advenimiento de su reino. Este gran advenimiento no puede realizarse sin un preludio digno de él.
Mas este
preludio, ¿cuál puede ser sino la manifestación completa de todos los
privilegios de María, y principalmente del privilegio incomparable que
en el tiempo ha precedido a los demás y que ha sido como la primera base
del magnífico edificio de gracia que Dios ha levantado en el alma de la
gloriosa Virgen, de su Inmaculada Concepción?» «La esperanza de las naciones no será defraudada esta vez, como no lo fue en el advenimiento del Salvador. Así como entonces la aparición de la estrella de Jacob anunció a los judíos y a los gentiles el nacimiento del Rey de los reyes, así el nuevo astro que acaba de nacer en el firmamento de la Iglesia y completar la radiante diadema de María, será para nosotros el primer rayo de luz del gran día que ha de iluminar el advenimiento total del Salvador y la absoluta derrota de la serpiente infernal. No nos maravillemos de que ese monstruo se agite en supremas convulsiones y acumule todo su furor para morder el pie que le aplasta; no hace sino cumplir la parte de la profecía que le corresponde y garantizarnos el cumplimiento de la otra parte que toca a su gloriosa triunfadora». Aduce en favor de sus esperanzas el testimonio de los entonces venerables Leonardo de Puerto Mauricio y Luis María Grignión de Montfort. «Y sin embargo, esta esperanza tan insensata no es tan sólo proclamada por el vulgo y por las almas ignorantes, sino también por los doctores y por los santos. Ni ignorante, ni vulgar era el bienaventurado Leonardo de Puerto Mauricio, el cual, a mediados del último siglo, en el momento en que la ola de la impiedad que cubrió Europa de ruinas se hinchaba con irresistible empuje, anunciaba la paz universal como el fruto cierto de ese solemne homenaje tributado a la Reina del cielo». El Santo Leonardo de Porto-Mauricio nos anuncia esta gloriosa paz en los siguientes términos: «Roguemos, pues, que el Espíritu Santo inspire a nuestro santísimo Padre la resolución de emprender con ardor obra de tanta importancia, de la cual depende la tranquilidad del mundo, con la seguridad de que si se tributa tan insigne honor a la soberana Emperatriz, reinará en breve una paz universal. ¡Oh qué felicidad, qué felicidad! Una vez le hablé de ello manifestándole cuánto se inmortalizaría en el mundo y cuan bella corona de gloria adquiriría para el cielo; pero es preciso que le ilumine un rayo de luz celestial. Mientras no se le conceda esta luz, señal es de que no ha llegado aún el tiempo determinado por la Providencia, y es forzoso resignarse a permanecer inmobles espectadores de los desórdenes que agitan el mundo». (Obras del Bienaventurado, t. II, p. 56)
TERCERA GARANTÍA DE ESTAS PROMESAS: «Podremos, en este estudio, tomar por guía a un apóstol cuyo celo no ha brillado menos en Francia que el de San Leonardo de Puerto Mauricio en Italia. Nos referimos al B. Grignon de Montfort. Sus escritos, como los de todos los santos personajes citados más arriba, han sido, de parte de la Iglesia, el objeto de un examen riguroso, y no se ha encontrado en ellos nada reprensible. Ahora bien, en el más conocido de sus escritos, el siervo de Dios predice con perfecta claridad el completo advenimiento del reino de Jesucristo en el mundo. Mas afirma que este advenimiento dichoso ha de ser el resultado del conocimiento y del reino de la santísima Virgen. Y da la razón de ello: «Por la santísima Virgen María, dice, vino Jesús al mundo; por ella debe reinar en el mundo». «El B. Grignon de Montfort nos va a dirigir en un nuevo orden de consideraciones que nos hará penetrar todavía más profundamente en los motivos de conexión que los presentimientos de la Iglesia establecen entre el triunfo de María y su propio triunfo. «María, dice, ha producido con el Espíritu Santo la cosa más grande que ha existido y existirá jamás, un Dios Hombre, y producirá consiguientemente tas mayores cosas que existirán en los últimos tiempos. Le está reservada la formación y educación de los grandes santos que existirán al fin del mundo, pues sola esta Virgen singular y milagrosa puede producir, en unión con el Espíritu Santo, las cosas singulares y extraordinarias. Jesús es, en todas partes y siempre, el fruto y el hijo de María, y María es, en todas partes y siempre, el árbol verdadero que produce el fruto de la vida y la verdadera madre que lo produce de siglo en siglo y particularmente al fin del mundo. Los mayores santos, las almas más ricas en gracias y en virtudes serán tas más asiduas en rogar a la Santísima Virgen, y en tenerla siempre presente como a su perfecto modelo que imitar y su ayuda poderosa a quien acudir en demanda de socorro». «Estudiemos esta nueva función de María en relación con la Iglesia, y esforcémonos por comprender perfectamente toda la realidad del título de madre que los cristianos le han dado siempre, y cuya trascendencia estaba reservada a nuestro siglo conocer plenamente». «Si, como de sobra hemos demostrado, Dios tiene preparado para la tierra otro nuevo Pentecostés, en el que ha de realizar la gran obra de la unión de las lenguas y de los pueblos, comenzada en el cenáculo ¿no es preciso que María ocupe en él un lugar preeminente? Esta efusión de la vida divina, como hemos visto, ha de coincidir por el mismo motivo, con los cristianos; mas ¿no ha de coincidir, por el mismo motivo, con la plena inteligencia de la maternidad de María? ¿No están íntimamente unidas estas cosas? y si la proclamación de la maternidad divina de la santísima Virgen fue en el siglo V la señal de la derrota de los errores que destruían la unión de la divinidad y de la humanidad en la persona del Hijo de Dios, ¿no podemos esperar que la proclamación de su maternidad humana señale la caída de los errores que parodian la unión de la humanidad entera con Dios?». «Por lo demás, ¿quién no ve la conexión íntima de este misterio con el de la Inmaculada Concepción que la Iglesia acaba de proclamar? ¿No es éste la preparación necesaria de aquél? ¿No debió María ser llena de gracia desde el primer instante de su existencia porque debía ser la Madre de la misma e inundar de su plenitud la humanidad entera? ¿No es verdad que no pudo sucumbir a los dardos de la muerte, porque debía ser por Jesucristo el principio de nuestra vida? Dedúcense necesariamente estos dos privilegios, y puesto que éste acaba de manifestársenos en todo su esplendor, no dudamos que aquél recibirá pronto su completa manifestación. No dudamos tampoco que, al promover un extraordinario aumento de devoción a la Madre de gracia, éste promueva por parte de Dios, según la predicción del B. Grignon de Montfort, una efusión desacostumbrada de gracias sobre la Iglesia» (...) «Podemos pues, creer que cuando llegare el momento señalado por la Providencia para detener el diluvio de los errores y de las pasiones que invaden la tierra, María aparecerá de nuevo y suscitará en la Iglesia defensores cuyo aliento será proporcionado a las dificultades. ¡Ah! ¡Ojalá vengan muy pronto esos elegidos de Dios y de María! ¡Ojalá se muestren dóciles al llamamiento de María todos los que ella llame a esta gran misión! Mas ¿qué? ¿No se dirige este llamamiento a todos los cristianos, y no debemos todos, cada uno en su medida, contribuir a la gran obra? Sí, todos, con tal que nos apoyemos fuertemente en la Madre de gracia, y por su medio nos unamos íntimamente al Corazón de Jesús, podemos estar seguros de vencer en el puesto que se nos ha señalado, y de tener por consiguiente nuestra parte en el triunfo general que aguardamos». LA INMACULADA, IDEAL DE NUESTRO SIGLO «Nuestro siglo es por encima de todo orgulloso... Jamás la palabra de la serpiente: seréis como dioses, había sido tomada más en serio... A semejante siglo no le hablemos de caída y de corrupción original, de inclinaciones que combatir, de sacrificios que hacer; para él todas las pasiones son igualmente santas, todas las inclinaciones legítimas; el mal no existe en el individuo, sino únicamente en la mala organización de la sociedad; de consiguiente la redención del hombre consiste en derrumbar la sociedad y en dar con la organización que satisfaga totalmente todas sus pasiones. ¿Cómo se las va a arreglar la Divina Misericordia para volver al buen camino un siglo que, a pesar de sus manchas, se obstina en tenerse por inmaculado, y que, a pesar de sus miserias, espera encontrar la felicidad en la satisfacción de todas las culpables concupiscencias? Le presentará, bajo los amables rasgos de una madre, la humanidad inmaculada que sueña; le invitará a celebrar esa pureza incomparable; hará resonar en los confines del globo el himno de alabanza entonado por el Vicario de Jesucristo. Ningún acontecimiento de este siglo habrá tenido semejante resonancia (...). Ahora bien, es manifiesto que la Misericordiosa Providencia, al obligar a este siglo a celebrar como un incomparable privilegio la Inmaculada Concepción de María, le ha obligado al mismo tiempo, por la más divina estratagema, a reconocer la condenación que pesa sobre nuestra raza; pues, si no naciésemos todos culpables, la exención de la Madre de Dios no sería un privilegio tan glorioso. (...) La Iglesia, al recordarnos que éramos culpables y caídos, nos suministra el medio de levantarnos de nuestra caída y de lavarnos de nuestras manchas; nos muestra el corazón de esa Madre Inmaculada como una fuente de pureza dispuesta a brotar sobre el mundo. (...) Sí, verdaderamente el misterio de la pureza sin mancha de la Madre de los hombres es un misterio de salvación para sus hijos manchados. Al constreñirles a reconocer su triste estado, les muestra el camino para salir de él, y su definición solemne, al mismo tiempo que completa el triunfo de María y la manifestación de sus privilegios, prepara el completo triunfo de Jesús y la total revelación de sus misericordias». DE LA MUERTE QUE CONTEMPLAMOS POR DOQUIER SALDRÁ VIDA. DIOS OBRARA ESE MILAGRO Ramière, inspirándose en Donoso Cortés, concluye: «Dios prepara una creación nueva en medio de este caos en que se sumergen las sociedades antiguas. Una sociedad que por una apostasía sin ejemplo en la historia, se ve ahogada por la muerte». «¡La muerte! vérnosla por fin en la sociedad. ¡Sí! Donoso Cortés tuvo muchísima razón al decir: la sociedad está herida de muerte; y esta herida se la infligió ella misma, cuando dijo a Dios y a su Cristo: no tengo necesidad de vosotros para regular las relaciones de mis miembros». «La muerte triunfa en la sociedad cristiana; y, por cierto, como triunfa en la mayoría de los cristianos, principalmente en cierto período de su vida. Mas, ¿qué prueba eso, sino que, para regenerar esa sociedad, Dios habrá de hacer lo que cada día realiza en muchedumbres de cristianos, un milagro del orden moral que le haga amar lo que ahora odia, y odiar lo que ha amado; un milagro que abra sus ojos a las claridades que rehuye ver, y le devuelva el sentido de las realidades que se le han hecho insensibles? ¿Obrará Dios ese milagro? De eso se trata precisamente. Esta cuestión hemos examinado y resuelto afirmativamente. El lector que ha tenido la paciencia de seguirnos dirá si las pruebas, en las cuales hemos apoyado esa solución, están desprovistas de valor. Por lo que a nosotros se refiere, las juzgamos irresistibles y, no sólo con indecible gozo sino también con profunda convicción, aceptamos la esperanza que nos hacen concebir para lo futuro, a pesar de contemplar con ojos entristecidos el baldón presente». «Hay, en efecto, un pueblo del que se ha predicho: «Por siempre conservaré para él mi benevolencia, y mi alianza con él quedará estable; y haré que su descendencia continúe siempre y su trono tenga la duración de los cielos. Si sus hijos abandonaren mi ley, y no siguieren mis preceptos, si violaren mis estatutos y no observaren mis mandamientos, castigaré con vara su pecado y con azotes su delito; pero no le retiraré mi benevolencia, ni desmentiré mi fidelidad; ni violaré mi pacto, ni cambiaré nada de cuanto he dicho. Una cosa juré por mi santidad: no faltaré a la palabra dada a David. Su descendencia durará eternamente». «Aquel a quien se han hecho estas magníficas promesas, no es el David antiguo, sino ... al nuevo Israel, a la nueva Jerusalén, a ... Roma, cabeza del mundo cristiano». El exceso de nuestros crímenes, unido al exceso de los males que son para nosotros sus frutos amargos, nos ofrece el más poderoso de los motivos para creer que nuestra redención está próxima. Porque por todas partes veo esa doble señal dada por el Señor mismo como el presagio infalible de su advenimiento. «Consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios; animad a Jerusalén, y gritadle que se acabó su servidumbre, y han sido expiados sus pecados, y que ha recibido de la mano de Yahvé el doble por todos sus crímenes. Una voz grita: Abrid camino a Yahvé en el desierto, allanad en la soledad el camino de vuestro Dios». «Despierta, Jerusalén, despierta, levántate, tú que has bebido de la mano de Yahvé el cáliz de su ira, tú que has apurado hasta las heces el cáliz que aturde. No hubo nadie que la guiara, de todos los hijos que ella parió; ninguno la sostuvo con su mano, de cuanto hijos crió. Cayeron sobre ti estos dos males: ¿Quién se dolerá de ti? Ruina y azote, hambre y espada, ¿quién te consolará? Tus hijos yacen desfallecidos en las encrucijadas de las calles, como antílopes cazados a lazo, ebrios de la ira de Yahvé, de los furores de tu Dios: Oye, pues, malaventurada, ebria, pero no de vino. Así habla tu Señor, Yahvé, tu Dios, que pleitea por su pueblo: Yo tomaré de tu mano la copa embriagadora, el cáliz de mi ira, y no lo beberás ya más. Y lo pondré en la mano de los tiranos, en la mano de tus opresores, de los que dicen: Encórvate para que pasemos por encima de ti, cuando pisan tu dorso como se pisa la tierra, como camino de los que pasan. «Levántate, levántate, revístete de fortaleza, ¡oh Sión!, viste tus vestiduras de fiesta, Jerusalén, ciudad santa; que ya no entrará más dentro de ti incircunciso ni inmundo. Sacúdete el polvo, levántate, Jerusalén cautiva. Desata las ataduras de tu cuello, cautiva, hija de Sión. Así dice Yahvé: De balde fuisteis vendidos, y sin precio seréis rescatados. Pues así dice Yahvé: A Egipto bajó mi pueblo en otro tiempo para habitar allí como peregrino, y Asur le cautivó sin razón. ¿Qué he de hacer yo, pues, dice Yahvé, ahora que ha sido tomado gratis mi pueblo? Sus opresores aúllan y continuamente, dice Yahvé, es blasfemado mi nombre. También mi pueblo conocerá mi nombre, y que yo soy quien hace esto».
«Nada tendríamos
que decir al que se persuadiese que esas consolaciones y esas promesas
no se refieren sino a la antigua Jerusalén y al que no quisiese permitir
a Dios tratar con tanta misericordia a los miembros de su Divino Hijo
con cuanta trató a los siervos de la ley de temor y a los hijos carnales
de Abrahán; mas seguramente la obstinación de su desesperación no
conmovería en modo alguno la firmeza de nuestras esperanzas, y no nos
impediría repetir con Pío
IX:
¡Amén, amén! |