Intenciones mes de agosto de 2004 

 

En una de nuestras visitas al Padre D. Fidel Martín de 96 años de edad que reside en Martí-Codolar, nos recuerda a los niños de la “Escolanía”, que durante más de 60 años han dado vida al Templo y de ellos han salido unas cien vocaciones salesianas. Desde la habitación de su residencia puede contemplar el Templo, que tantos sudores le ha costado su construcción, y nos asegura que reza por nosotros y todas las personas que nos visitan.
 

Un adorador viene acompañando un señor que nos dice que quiere confesarse. Así lo hace con gran gozo de su alma. Otro día es un padre quien trae una carta de agradecimiento de una joven francesa que él invitó a confesarse y el sacramento le llenó de gozo y de sentido su vida maltrecha. También un doctor psiquiatra nos suele trae sus pacientes difíciles y con serios problemas para que se confiesen, asegurando que él no puede llegar al centro del alma para curarla como lo hace la confesión.
 

Unas jóvenes italianas nos preguntan el horario de misas. Precisamente estaba empezando la de las doce, y entran. Al cabo de unos momentos, una de ellas se presenta en la recepción pidiendo una prenda de ropa para cubrirse los hombros porque no le parecía decente asistir como iba vestida. Por casualidad encontramos una chaquetilla que se coloca sobre los hombros. Al salir de misa la joven agradecida nos devuelve la prenda.
 

Un adorador diurno que sube cada 15 días nos explica su experiencia del por qué viene desde hace 32 años. En 1972 tuvo una época de desorientación. Un día, de regreso de un viaje a Santiago, no sabe bien el por qué, sintió como una voz que le decía “Tibidabo”, giró el coche y enfiló la carretera hasta el Templo. Éste fue un momento decisivo de su vida, que agradece al Señor, como tantas otras gracias recibidas después de estos 32 años de adorador.
 

Un joven está observando con detenimiento y tranquilidad la cripta. Al llegar ante la capilla del Santísimo se le explica que está expuesto día y noche desde hace 38 años y, son muchos los adoradores que llegan a descubrir la vida como un regalo de Dios y vivirla con agradecimiento. El joven está de acuerdo con lo que oye porque trabaja con los enfermos de riñón y al ver cada día tanta gente sufriendo, se da cuenta de lo importante que es la salud, y le sale espontáneo agradecérselo al Señor.
 

Un padre con su hijo de 12 años suben caminando por la montaña. El chico está contento porque el padre se lo había prometido. Se interesan por todo, rezan ante el Santísimo, suben al pie de la imagen y el padre aprovecha para confesarse. También otro padre delante de la imagen de la Virgen, le va explicando lo que ve a su hija de unos 3 años que tiene sentada sobre sus rodillas. Al salir, la pequeña se despide mandando un beso a Jesús que seguro le toca el corazón. Todo esto en las pocas horas de un viernes por la mañana. Nos sorprende la capacidad paternal del corazón humano que nadie podrá nunca hacer desaparecer porque está gravada en el fondo del ser y pensamos que no es más que una pequeña participación de la paternidad de Dios.
 

Un matrimonio con nueve hijos, el mayor de 10 años, entran muy formales en la cripta. Parece que estamos ante una aparición, da gozo sólo el verlos. Se les pregunta a los padres, con cariño, si son “un colegio”. Nos contestan que pertenecen una comunidad neocatecumenal de Barcelona. Se arrodillan todos y rezan, los tres más pequeños están con su madre. Entrar luego en la capilla del Santísimo. El padre nos dice que tienen muchas cosas que pedir. Al salir se les da una estampa a cada uno. El detalle, fue la cara de admiración de una joven sentada en los bancos de atrás viendo el “espectáculo”.
 

Unas setenta personas del Perú, residentes en Barcelona, vienen a celebrar su fiesta en el Templo del Tibidabo. Les acompaña el cónsul de su país. Participan en la Eucaristía con fervor y alegría, luego visitan todo el Templo hasta el mirador más alto; comen juntos en el jardín y escuchan cantos típicos. Al finalizar, alguno comentaba que después de diez años de residir en Barcelona era la primera vez que subía al Templo del Tibidabo y que había valido la pena.
 

Son muchas las personas de todas las procedencias que al pasar ante la capilla del Santísimo, ver a alguien rezando y notar un ambiente de paz, entran sin más, y se sientan. Otras, quedan de pie como tocadas por algo. Repetidas veces hemos escuchado frases que son exclamaciones de una experiencia religiosa de paz.
 

Una monja de “Las misioneras cruzadas de la Iglesia” acompaña a un sacerdote africano. Ella está encargada de las novicias y junioras de su congregación, todavía pequeña, en Yaundé, ( a la madre fundadora la beatificaron hace unos pocos años). Nos pide con insistencia que recemos por la perseverancia de las religiosas jóvenes porque tienen grandes peligros al estudiar en la universidad. Ella sabe que sin una vida de profunda oración y espiritualidad no se puede vivir la vida religiosa.
 

Una pareja de chinos, está ante un lampadario eléctrico y pide cómo hacer para encender una vela. Luego van echando monedas hasta dejar todas las lucecitas encendidas y se marchan satisfechos. Nos quedamos parados sin poder saber la motivación religiosa que les ha impulsado. El Señor, que interpreta hasta los mínimos deseos del alma, ciertamente lo sabrá.
 

En la reunión de turno de la adoración nocturna del grupo del 4º martes, una señora nos comunica que ha postergado su ida al pueblo una semana para poder asistir a su turno. Otra adoradora ha venido preparada para partir de viaje después de la adoración. Nos conmueve escuchar a personas responsables de su misión como adoradores, que saben la importancia de la noche de vela.
 

Varios días por la mañana se presentan cuatro chicos con su abuela a rezar ante el Santísimo. Nos explican que tienen entradas gratuitas al parque de atracciones y prefieren pasar el día en el parque que en casa, pero antes quieren a hacer la visita al Señor.