INTENCIONES PARA LA ORACIÓN 

Año 4º- Mes de febrero de 2005

 

En estas pasadas fiestas de  Navidad y año nuevo nos han visitado muchos grupos y personas  de diferentes culturas, lengua y color;  jóvenes, chicos,  matrimonios y mayores; muchos italianos, franceses, ingleses, indios, polacos, hispanoamericanos, peregrinos, turistas, emigrantes … unos con sus abrigos hasta el suelo, otros con mangas cortas y vestidos de colores. Cada día era un espectáculo de entrañable belleza que no sólo gozamos nosotros sino especialmente el Corazón de Jesús que penetra hasta los lugares más recónditos del corazón.

 

Cinco jóvenes italianos que están pasando unos días en Barcelona quieren visitar el Templo la noche antes de partir. Escuchan con interés la historia, suben a contemplar la ciudad de noche y van a pasar un rato de oración en la capilla. Una vez más nos sorprenden los jóvenes con su capacidad de interiorización.

 

Cuatro chicas jóvenes entran en la cripta. Son argentinas del movimiento de los “Focolares” y viven en Barcelona. Nos informan que se está introduciendo el proceso de beatificación de algunas focolarinas. Escuchan muy bien lo que se les dice (con su estilo de mirar fijamente a los ojos) y quedan  en venir otro día para visitar el Templo.

 

Un grupo de jóvenes de confirmación de la parroquia de San Agustín pasan un fin de semana de convivencia con nosotros. Hacen sus actividades y acaban con una Eucaristía.

 

Una joven viene a rezar y a despedirse de nosotros porque el día de la Presentación de Jesús en el Templo iba a entrar de monja contemplativa en la congregación religiosa de “Las hermanitas del Cordero”. Hacía unos días que se había despedido del trabajo, y ya lo tenía todo dispuesto para partir. El signo externo que se veía era su gozo y  la alegría profunda que le daba el tomar esta decisión trascendental en su vida.

 

Una pareja y dos señores altos y con barba se presentan muy decididos a la puerta de la sacristía diciendo que quieren entrar. Son las 10’30 h. de la noche y los adoradores del turno que habían llegado no sabían qué hacer. El sacerdote interviene diciendo que les acompaña él a ver la iglesia. La pareja sólo entiende el francés y los otros dos el inglés y un poco de castellano. Lo observan todo con ojos bien abiertos. Al llegar a la capilla de la adoración, se quedan al fondo, como clavados al suelo y con caras de no comprender nada de lo que están viendo, ¿quizá fuera una visión?  En aquel momento había bastante gente rezando porque finalizaba una hora santa. Al salir, les explicamos la importancia de la oración que nos da coraje para vivir la vida con entusiasmo y nos hace ver todas las cosas como un regalo de Dios… Ellos no dicen nada y parecen estar de acuerdo. Al final, uno nos dice que la señora era católica pero ellos son musulmanes. Al pasar por la sacristía ya había llegado el turno de adoradores que era numeroso. Al despedirse, otro de los dos de la barba cuidada, vuelve a entrar y nos propone tener diálogos interreligiosos. Nos parece bien, le decimos, si tratamos de conocernos más y buscar objetivos comunes, como la paz y el amor. Cuando ya se han marchado, nos quedamos con el interrogante de saber quiénes eran en realidad los que nos habían visitado, que ciertamente se llevarían un impacto emocional por lo que habían visto en poco tiempo.

 

Una pareja joven está viendo la cripta. Ella es de Sant Cugat y el chico argentino. Al explicarles la historia el joven se siente implicado y nos da su experiencia. Nos dice que fue a colegios religiosos, pero luego por el trabajo y la complicación de la vida lo había dejado todo, hasta que un buen día volvió a frecuentar la iglesia. No tenía claro lo de la confesión y hacía años que no se acercaba a ella. Le indicamos la importancia de recibir este sacramento para fortalecernos en la lucha contra el mal y el pecado. Luego suben a los pies de la imagen en un día de frío. Al bajar, se deciden a confesarse después de muchos años que no lo hacían.

 

Un grupo de unas 40 personas entra en la cripta con su guía. Son de la parroquia de la Sagrada familia que hacen una excursión cada mes. Escuchan con interés al guía, añadiendo nosotros alguna anécdota. Al final rezan todos el padrenuestro. Nos alegramos de esta visita porque sabemos que su templo en construcción también es expiatorio como el Tibidabo.

 

Una señora llama a la puerta de la sacristía pasadas las 23 h.. El grupo del turno le deja pasar a la capilla. Después de rezar un rato, explica al sacerdote que venía de lejos y que no sabía porqué estaba allí. Nos dice que al ver el Templo iluminado sintió como una atracción y tomó un taxi para subir aquí en vez de ir hacia su casa. Pide para confesarse y se queda toda la noche con el turno de adoración. Constatamos un signo más de lo muchos que el Sagrado Corazón sabe hacer con sus fieles.

 

Un señor que trabaja de camillero en el Hospital del Valle Hebrón y sube a menudo para rezar en la capilla de la adoración, nos comunica su experiencia. Está como aturdido al ver la gran cantidad de gente que en estos días está falleciendo y de cómo se vive la vida tan inconscientemente, sin pensar, ni querer darse cuenta de que tenemos que morir. Por otra parte, también constata la reacción de muchos enfermos que al encontrarse postrados en el dolor o en la camilla ante una operación, se encomiendan a Dios.

 

“Si me muero póngame el vestido nuevo para que Jesús me vea bien guapa”. Estas palabras, que suenan a sencillez y ternura, fueron dichas por una joven deficiente mental que suelen acompañar al Tibidabo y durante un tiempo no pudo venir por estar enferma.

 

Una familia argentina con 4 hijos nos visita. Por razón del trabajo del padre viven en Barcelona. Los dos hijos mayores se preparan para la 1ª comunión. Les acompañamos al pie de la imagen que corona el Templo, con gran alegría de los pequeños. Antes de despedirse van a rezar muy formales a la capilla. Guillermo de 6 años reza sólo un trozo del padrenuestro que es lo que sabe por ahora.

 

El guía voluntario que está asistiendo a los visitantes, nos avisa que hay una joven que quiere hablar con un sacerdote. Ella acaba de salir con su novio de la capilla de la adoración y con lágrimas en los ojos nos dice que le han diagnosticado por segunda vez la leucemia y necesita una palabra del sacerdote, porque es muy duro pensar que no tiene cura y se va a morir. El sacerdote se encuentra ante algo inesperado  y se para unos segundos pensando qué es lo que verdaderamente la va a consolar. Enseguida le presenta la vida como una misión, que no se trata de vivir muchos o pocos años sino de cumplir la voluntad de Dios en nosotros que nos ha creado para la eternidad, y ser signos de fe en esta generación que no quiere pensar en la otra vida. Si su Padre es Dios, verá cómo nunca la dejará, porque cuando el cristiano entra en el sufrimiento es Jesús que sufre en él, actualizando la cruz para salvación de la humanidad…Nos escucha con los ojos bien abiertos, nos agradece las palabras y le decimos que desde el Tibidabo la acompañaremos con nuestra oración. Ante casos como éste no podemos evitar que, como ministros de la Palabra, se nos abran los ojos a la urgencia de la proclamación de la Buena Noticia de Jesucristo, muerto y resucitado, que tiene el poder de Dios mismo para dar sentido a la vida y a la muerte.

 

Una abuela amiga del Tibidabo se lamenta de la dificultad que encuentra en inculcar algo de fe a sus nietos. De pequeños ya les explicaba cosas de Dios y les enseñó a hacer la señal de la cruz, pero ahora de mayores no le es tan fácil, aunque intenta hacerles una cruz en la frente al despedirse. Cuando uno de ellos tuvo un accidente, al verse ileso y su coche destrozado, enseguida pensó: ¡Mira!, ¡las misas de mi abuela! 

 

Una señora entra a rezar en la capilla de la adoración. En la cripta le espera su esposo con un amigo. Por el acento se diría que son argentinos. Después de escuchar la historia del Tibidabo, la señora nos pide bendecirles los anillos de boda porque quieren permanecer siempre unidos. Les decimos que no hace falta que se los quiten y el sacerdote les bendice a ellos junto con los anillos. ¿No bastaba la bendición de la boda? Claro que sí, pero la gente sencilla, que conoce su debilidad, al ver tantas decepciones, le sale espontáneo volver a pedir la protección del Señor. 

 

Un abuelo entra en la capilla de la adoración con su nietecita. Han subido caminando, y lo primero que hacen al entrar es visitar al Señor Sacramentado. La pequeña, que no entiende mucho dónde está, se pone de rodilla como su abuelo e intenta hacer como que reza. No tiene ningún reparo en imitarlo porque sabe que su abuelo la quiere y la ha sacado a pasear.