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INTENCIONES PARA LA ORACIÓN del TIBIDABO
Todavía tenemos el regusto de la solemne Vigilia de Cristo Rey en que más de 500 personas nos reunimos para festejar y celebrar a Cristo Jesús como Amo y Señor de nuestras vidas. Durante la celebración eucarística que presidió Mons. Joan Godayol, obispo emérito del Perú, los cantos resonaron con plenitud y se impuso el distintivo a 41 nuevos adoradores. El acto, siempre emotivo, fue la bendición de la ciudad de Barcelona con el Santísimo Sacramento.
“Me encantó la Vigilia de Cristo Rey; era la primera vez que venía pero no será la última”, nos decía un padre de familia.
Dos chicas jóvenes acompañan con un cariño manifiesto a una abuelita que camina muy despacio. Al llegar ante la capilla de la adoración, la viejecita entra y las jóvenes se quedan fuera. Momento que aprovechamos para explicarles lo que es la adoración perpetua. Al salir, la abuela les dice que ha rezado por ellas.
Hemos visitado a las monjas clarisas del monasterio de Santa Clara de Ciutadella de Menorca, en donde tienen el Santísimo Sacramento expuesto mañana y tarde y están deseando que sea más visitado. Les hemos asegurado que desde este Templo del Tibidabo estaríamos en comunión con ellas para que haya personas que se interesen y promuevan este apostolado tan recomendado por el santo Padre.
Una pareja italiana se pasa casi toda la mañana de un día frío y soleado en el Templo. Están de “viaje de bodas” que sus hijos les han pagado en su 25 aniversario. Escuchan la historia del Templo, se confiesan, van a rezar ante el Santísimo y nos regalan una estampa que les dio el Papa en una concentración en Roma con los monaguillos de las parroquias.
Un joven sale de la capilla de la adoración, nos pide que le bendigamos una cruz y se va a sentar al fondo de la Cripta. Al cabo de un buen rato le vamos a preguntar si era la primera vez que venía al Tibidabo. Nos dice que lleva 15 días en Barcelona, es médico, y viene de Colombia para presentar sus papeles por si puede encontrar aquí una plaza de trabajo. Ya ha subido varias veces al Templo en donde se siente confortado y a gusto.
“Nos han llamado de Kazaquistán para ir a buscar al niño que queremos adoptar”, nos dice una pareja que lleva 11 años de matrimonio y no pueden tener hijos. Han subido al Templo, ya de noche, para dar gracias al Señor que les proteja en su viaje. Al salir se encuentran con otra pareja que salían de preparar su boda y también había entrado en la capilla del Santísimo. Nos alegra ver el Templo como punto de referencia espiritual para muchas personas de Barcelona.
Una familia con cinco hijos llega sobre las 19’h. al Templo ya oscuro y con niebla. Son de Cádiz y, según ellos, han hecho “una peregrinación” para subir: en tren, en funicular, en autobús, casi una aventura. La señora es adoradora y no se quería marchar de Barcelona sin haber subido al Tibidabo. Les hemos resumido la historia porque estaban al tanto por si salía el autobús para bajar.
Una madre con su hijo de 20 años se presenta en el Templo casi desesperada; no sabe qué hacer con él porque está metido de lleno en la droga. En una ocasión tuvo que recogerlo de la calle y llevarlo al hospital porque se le moría. Ella ha perdido el trabajo para atenderlo. Intentó sacarlo de casa para ver si reflexionaba, pero fue peor porque se juntó con los “amigos” que también consumían. El joven tiene un juicio pendiente y no va a firmar como tendría que hacerlo. Dice que quiere salir de su situación pero no puede romper con las relaciones. Está demacrado, sin ganas de nada, y con el rostro sin expresión. La madre tiene dificultades para atender a la hija pequeña. El padre se desentiende porque no ve solución posible.
Una joven que está esperando que salga el chico de la capilla de la adoración, nos dice que desde que se le murió una hermana su vida le ha cambiado, viviendo ahora abierta a Dios.
“Durante muchos años todas las vocaciones del Seminario de Menorca salieron del Colegio Salesiano”, nos afirma un sacerdote ya mayor que había sido vicario del Cabildo de la Catedral. Palabras que recogemos desde este Templo y nos colocan ante la preciosa misión de formar jóvenes santos que Don Bosco nos legó a los salesianos.
Una pareja de edad se detiene ante la puerta de la adoracion. Al informarles que allí se rezaba día y noche, se extrañan, y aprovechamos para anunciarles las ventajas de ello. Más tarde, el marido se vuelve a extrañar cuando ve el timbre para llamar al confesor. Al sugerirle la mujer, medio en broma, que se podría confesar, le contesta que de momento pasaba y ya vería más tarde; ha ido nueve años a un colegio de jesuitas y por ahora tiene bastante.
Dos seminaristas de Vic asistieron como acólitos en la solemne vigilia de Cristo Rey. Nos alegramos cuando nos dicen que habían sido adoradores del Tibidabo. En total son cinco en su diócesis y veinte en su seminario interdiocesano. Al preguntarles por el lema episcopal de su obispo nos contestan enseguida: “Mi amor está crucificado”. Todo un compendio de una vida entregada.
“Yo he ayudado a construir el pavimento de la capilla de la adoración con marmol italiano que antes no existía en España”, nos dice un señor de 76 años que en aquel entonces estaba trabajando en Sarriá como ayudante del Sr. Mestres. Se acordaba muy bien de los dos meses que estuvieron en el Templo y colocaron el sagrario, una obra de arte preciosa por dentro, porque el orfebre les decía que tenía que verlo Dios. También había montado altares en diversos pueblos, hasta en Estella de Navarra.
Cuatro señores están en la basílica sacando fotos y hablando fuerte, como suelen hacer los musulmanes. Al avisarles hacen caso y entran en el ascensor de bajada. Parece que no saben castellano. Cuando les dicen de pagar, se salen muy serenos. Uno de ellos llevaba un rosario en la mano pasando las cuentas rápidamente.
“Cuando vas perdiendo el oído, más preparado estás para tener intimidad con el Señor”, nos dice un ciego al que acompañan muchos días a misa. Como a él también le cuesta oír, le pide al sacerdote que vaya más despacio al hablar. Una joven de unos 16 años está sola en la cripta ya a punto de cerrarse. Contempla con una serenidad casi mística la hermosura de las luces y de los mosaicos; le acompaña un adorador nocturno de Sentmenat que la deja sola pensando que ello le gustaría. Ante la capilla del Santísimo le indicamos que allí se reza día y noche porque la oración es muy importante. En este momento la joven se manifiesta como musulmana y nos dice que ella también reza pero no como los musulmanes sino “como los cristianos”. Continuamos hablándole del amor de Dios como Padre que nos ha creado para estar a su lado por toda la eternidad y nunca podrá dejar a nadie… Parecía como si absorbiera las palabras que oía. Se cerraron las puertas de la iglesia y siguió escuchando casi absorta como si no le importara nada más. Al despedirnos nos dice: “Vendré otro día a que me siga explicando cosas”
Una familia noruega vecina del Tibidabo, nos cuenta las impresiones de su país. Allí hay pocos católicos, la mayoría son protestantes, y, con todo, cada día pueden escuchar el Evangelio y rezar el padrenuestro retransmitido por radio nacional. Un domingo en misa el sacerdote dejó hablar a tres jóvenes que dieron su experiencia de cómo habían encontrado a Jesucristo. La naturalidad y sencillez con que la contaron impactó a todos. Nos comentan que, por todas partes, surge una Iglesia nueva.
Dos muchachos están sentados en la cripta exageradamente juntos. Cuando van a salir, les decimos si se han fijado en los mosaicos. Se extrañan de que les hablemos. Escuchan. Al cabo de un rato uno empieza a hacer preguntas muy personales. Al hablarles del amor uno de ellos se aleja, mientras que el otro nos dice que está casado con dos hijos pero que tiene este compañero gay. Le damos una viñeta en donde se ve que sin la mujer no se puede dar vida y estuvo de acuerdo... Al marchar nos dijo que se lo pensaría.
“Rezad, por favor, por Venezuela, que nuestro país está muy revuelto” nos pidió por dos veces una señora de este país que había venido a Barcelona para estar unos días con su hijo. Asistió a misa y luego visitó el Templo.
Cada viernes a media tarde el microbús del Templo pasa por la Plaza Lesseps para recoger a las señoras que suben a la liturgia del Templo. Participan en la misa de las 17-h, y asisten con los salesianos al rosario, al rezo de Vísperas, y a la Bendición con el Santísimo. Los miembros de la comunidad religiosa nos sentimos realmente acompañados.
Sentí que él me cogía de las manos, que él estaba a mi lado! Y yo quiero dejarme guiar por Él, quiero vivir para Él, quiero entregarle mi vida y mi ser… todo a Él… ¡¡¡Mis ojos lloraban de tristeza!!! Iba a perderlo todo, pero mi sonrisa me indicaba que yo era feliz.¡¡¡ Era feliz!!! ¡¡¡Sí, porque me voy con Cristo!!! ¡¡¡Al igual que la novia deja a su familia para irse con el amado, yo también!!! ¡¡¡Y qué tonta sería si yo no hiciera lo mismo!!! ¡¡¡No lo pierdo todo, gano Todo!!! No sé cómo expresar esta felicidad, no sé poner las palabras, espero que me entiendas…” Son párrafos de una chica de 19 años que nos escribe porque ha decidido ser misionera.
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