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INTENCIONES PARA LA ORACIÓN del TIBIDABO
“Los médicos han desahuciado a mi hijo”, nos dice una madre con su hijo de 20 años metido en la droga. Ella, con el corazón encogido, no puede dejar al muchacho, que se pasa la mañana del domingo en la cama; luego, después de comer, sin tratar con nadie, se vuelve a encerrar en su habitación que es como un “bunker”. Y eso en un día radiante de sol en que toda la naturaleza habla de vida. La madre se ha enterado de que se van a iniciar las Comunidades Cenáculo de la Madre Elvira en Sant Cugat con el lema, “Cristo: la solución para la droga”, y va intentar algo.
El secretario del turno de adoración nocturna “Verge de Montserrat” trae cada mes una fotocopia de las intenciones para cada componente del grupo, y así las puedan tener cerca durante toda la noche de vela. También sabemos que otras personas rezan un padrenuestro por cada intención; y otros cada día rezan por algunas de ellas. Agradecemos a todos los que están unidos al Tibidabo porque sabemos que el Señor escucha cuando nos ponemos de acuerdo en pedir algo.
Nos interesamos por una joven que solemos ver en la capilla de la adoración. Nos cuenta su experiencia de haber estado en las comunidades de “Emmanuel”, luego en las “Hermanitas del Cordero”. Al fin vio que Dios le pedía otra cosa: ayudar en las parroquias para “recuperar” a los católicos “no practicantes”. En un pueblo están iniciando una experiencia original. Se hace una convocatoria para una cena, y al final se les proyecta de una manera impactante un DVD con el fin de crear en la gente un interrogante: El cristianismo ¿no será irrelevante?, ¿aburrido?, ¿falso? Si queréis una respuesta os la ofrecemos los jueves durante varios meses. Y la gente viene, nos dice, tanto jóvenes como mayores. Las charlas están centradas en el Kerigma de Jesucristo. Al acabar, pueden continuar en un grupo bíblico e ir participando en la parroquia. Los llaman “Cursos ALFA” y ya llevan tres años.
“Aquí pasé mi primera Navidad fuera de casa” nos dice un antiguo alumno de la escolanía que hubo en el Templo durante más de 60 años, acompañado por su esposa. Se le ve contento visitando las dependencias en donde vivió hace 50 años, y recordando nombres de salesianos.
Una pareja joven que ha asistido a la última misa del domingo, nos dice que son italianos y lo han entendido todo. Viven en Zaragoza, y están aquí porque habían visto una luz a lo lejos y sin saber el camino habían llegado. Los dos, visiblemente emocionados, dicen que han gozado de la iglesia, del ambiente y de la celebración. Nos alegramos por estas personas que el Corazón de Jesús se trae al Tibidabo porque quiere llenarles de sus gracias.
Un adorador, padre de familia con dos hijos, nos cuenta su experiencia de cómo se integró en la adoración. Cuando era joven estaba desorientado en la vida y llevaba sus pendientes... Un día su madre le dijo que por qué no probaba ir al Tibidabo a la adoración nocturna, y el joven un día se decide, y se queda. De esto hace 15 años.
Unas hermanas religiosas suben a rezar. Son de un convento de Sant Feliu de Llobregat y conocen muy bien el Tibidabo porque los días 31 de cada mes tienen expuesto el Santísimo todo el día en su parroquia para estar en comunión con la adoración perpetua del Tibidabo.
Un matrimonio con su pequeño en el cochecito que conduce el papá, están en la cripta. Al ver al sacerdote, la abuela que les acompaña, nos pide que le demos una bendición. Antes les explicamos que bendecir significa decir bien y recordar que somos un pueblo escogido y amado por Dios. En un cierto momento la mamá se pone a llorar. Al fijarnos en el pequeño, que no se movía, parecía como si tuviera el síndrome de Dawn, continuamos diciéndoles que este hijo sería una bendición para la familia porque recibiría un amor gratuito. Todos estaban de acuerdo, y bendecimos al pequeño.
“Hemos estudiado en los salesianos de Lisboa y Estoril”, nos dicen dos jóvenes portugueses que han venido a pasar unos días en Barcelona con un compañero suyo que acababa un curso de “Erasmus”. Desde lejos habían visto el “castillo” y querían conocerlo. Su alegría fue grande cuando se encontraron con Don Bosco. Escuchan la historia del Templo y les acompañamos en la visita. Al final uno de ellos se confiesa.
Un joven se pasa un buen rato visitando la cripta. Es colombiano, hace quince días que llegó a Barcelona, había encontrado trabajo en un almacén, y vive con su hermana. Ha venido a ayudar a su madre que está sola, aunque cree que tiene vocación de religioso. Se ha emocionado al leer la experiencia de una religiosa que da su vida a Dios. Busca sitios como este Templo para poder rezar. Aquí se lo ha pasado muy bien en la capilla del Santísimo. Le aconsejamos que necesitaría un grupo cristiano para mantener y fortificar su fe, y le sugerimos unas catequesis. Se marcha contento.
“Ha sido un acontecimiento familiar”, nos dice un padre de familia numerosa, el poder ver y disfrutar toda la familia junta de la película de Don Bosco.
Dos chicas jóvenes que hacía tres días habían llegado a Barcelona suben al Tibidabo. Les han dado una beca en su país para venir a estudiar filología castellana en Tarragona. Quedan encantadas del Templo y de la vista panorámica de la ciudad. También nos visita una joven brasileña que viene a hacer el doctorado en sociología. Y también un colombiano que hacía sólo unos días que estaba en España que viene a estudiar en el Instituto Químico de Sarriá.
“Muchas veces el Señor me escucha”, nos dice un señor que trabaja como estibador en el puerto y suele subir frecuentemente a rezar porque aquí encuentra mucha paz. Algunos días cuando se encuentra cansado, la jornada de trabajo es menos dura; y otras veces cuando necesita rezar, acaba antes su trabajo y puede subir aquí. Tiene problemas con la esposa y no ve caminos de posible reconciliación. Le recordamos la gracia del sacramento del matrimonio, y la importancia de la oración para poder dar algún paso adelante.
“Ya tendrás la bicicleta santificada con las veces que ha entrado en la iglesia”, le decimos a un ciclista que muchos días sube al Tibidabo. Deja la bicicleta al fondo apoyada en una columna y con la tranquilidad de que no se la quitarán, va pasando por todas las imágenes de la cripta para hacer su oración.
Un joven de unos 30 años nos visita y cuenta su historia. Ayuda en un bar y duerme luego allí, pero por las noches no puede dormir porque cada día hay gritos y juergas, y más de una vez le han amenazado, pero no sabe a dónde acudir. Le escuchamos y le damos una palabra de aliento e invitándole a que ponga su confianza en el Señor. Nos da las gracias diciéndonos que le habían echado de una parroquia porque se pensaban que venía a pedir dinero, pero lo que él quería era que le escucharan y dieran una palabra de fe. Desde entonces viene a menudo y pasa largas horas en silencio mientras todavía no encuentra trabajo.
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