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INTENCIONES PARA LA ORACIÓN del TIBIDABO
Año 7º- Mes de octubre de 2008
“Sólo por el cambio de nuestros hijos ya valía la pena el encuentro con el Papa en Sydney de este verano” nos dice una madre contenta al ver cómo sus dos hijos universitarios habían cambiado: asisten a la Comunidad cristiana y llevan una alegría interior que se les nota. La madre reconoce que fue providencial el que hayan podido ir porque la familia cobró un dinero que no esperaban.
Un grupo de unas doce señoras psiquiatras que han asistido a un congreso en Barcelona han querido conocer el Templo del Tibidabo. Son de Checoslovaquia y una compañera les hace de traductora. Al escuchar la historia de Don Bosco: cómo sacaba a los jóvenes de las calles para enseñarles un oficio y catecismo, se entusiasman. Al presentarles la adoración perpetua, les concuerda con sus investigaciones de que el silencio es una gran terapia. Al despedirnos les decimos que rezaremos por su labor terapéutica con las personas y para que sean felices ellas, porque nadie puede dar lo que no tiene.
“Mi abuelo guardó en su casa los restos de doña. Dorotea de Chopitea durante la guerra civil española” nos dice un joven que había subido al Templo con un amigo. Sabe que ahora se guardan en el Santuario de María Auxiliadora de Sarriá. Le informamos de que se está escribiendo un libro sobre la doña Dorotea para impulsar su proceso de beatificación. Nos dice que otro día volverá, por si queremos más información.
Un señor acompaña a su madre ya mayor. Al preguntarles si saben algo de San Juan Bosco nos dicen que son de Vigo en donde lo conocen muy bien. Ahora se acaba de confesar después de 5 años que no lo hacía. Su conversión empezó en esta capilla de la adoración una vez que vino al parque de atracciones y se le ocurrió entrar en la iglesia. Al encontrarse sumergido en el silencio, las luces, el ambiente, las flores… algo le pasó, y ahora había sentido la necesidad de confesarse. Nos lo cuenta con gozo.
Un joven acompañado de su madre se presenta como Pope ortodoxo. No va vestido con la sotana porque está de vacaciones. Nos habla todo el rato con un latín muy fluido con lo cual nos podemos entender. Ejerce su ministerio en Tesalónica en donde había comunidades cristianas en tiempo de San Pablo. Les acompañamos en la visita y se despide diciéndonos “gratias ágimus”.
“No voy a la iglesia porque no tengo tiempo, aunque en mi país iba a la parroquia, ayudaba al párroco y era del coro”, nos dice una joven que estaba apoyada en una columna con la cara triste al fondo de la cripta. Intentamos ayudarla en su especie de letargo espiritual haciéndole ver cómo el mundo materialista la está atrapando, y la vida espiritual le puede dar la fuerza para vivir la vida de cada día con sentido. Ella es consciente de ello y está decidida a cambiar cuando tenga los papeles arreglados. Le regalamos una sencilla oración con la foto de la capilla de la adoración para que intente conectar con el Señor Sacramentado.
Un estudiante salesiano de tercer curso de teología sube al Tibidabo para hacer dos días de retiro antes de su ordenación diaconal. Convive con la Comunidad Salesiana del Templo con gozo de todos, le vemos pasar largos ratos en oración en la capilla del Santísimo y frecuentar los sacramentos. Al marchar nos recuerda el día de su ordenación diaconal con otros dos jóvenes de la diócesis de Barcelona.
Un padre de familia viene a misa y nos cuenta su experiencia gozosa con el Santo Padre en Lourdes con toda su familia. Fue una aventura. Esperaban dormir con sus sacos en la explanada, pero se puso a llover y fue providencial el que les dejaran entrar en la gran iglesia subterránea, cosa que agradecieron.
Una joven azafata nos cuenta que en sus vuelos le conmueve mucho ver cómo cada vez hay más niños que viajan solos en el avión y suelen estar tristes. Una vez había uno que lloraba y al acercarse a consolarlo le dice: “Es que mi papá tiene una amiga”, y claro, no podía estar por el pequeño de seis años que necesitaba del afecto de su padre.
“No me pongáis flores en el cementerio sino ponedlas a la Virgen y alumbrad el Santísimo Sacramento” nos comunica una viejecita que le había dicho un primo suyo sacerdote antes de morir, al mismo tiempo que nos daba una limosna para poner velas en la Capilla de la Adoración.
Una familia japonesa no católica nos visita con su hija Moe que está bautizada y ha estudiado teología en la Universidad Pontificia Salesiana de Roma. Les acompaña un sacerdote jesuita que había sido Rector en la parroquia de Rokko Kyokai en Kobe y que hace de traductor. Los padres responden con sus expresiones típicas de admiración. Al despedimos le damos a la joven una estampa en japonés: “Kami wa ai de aru” (Dios es amor), que acepta con gusto.
Una señora viene en busca de un cura para que le solucione una duda. Ella no quiere ser incinerada después de muerta. Sus padres están enterrados y ella quiere ser también enterrada como ellos, pero parece que a la gente le da igual. Enseguida le hacemos referencia a la Escritura en donde no se quema nunca a los difuntos. Según el Génesis somos humanos (“humus”=tierra), y a la tierra hemos de volver. En el cementerio (“dormitorio” en latín), los cristianos vamos a reposar, nos dormimos hasta que el Señor nos despierte (resucite); por eso los difuntos duermen el sueño de la muerte. El signo de los restos humanos nos recuerda esta espera de la resurrección, “porque los muertos resucitaremos incorruptibles y nosotros seremos transformados” nos dice San Pablo. De hecho, el quemar el cuerpo esconde la idea pagana de que se acaba todo con la muerte y todo recuerdo desaparece. Si los cementerios se han construido al lado de las iglesias es porque los cristianos creemos en la comunión de los santos y al celebrar la Eucaristía, estamos unidos a los difuntos, les ayudamos con nuestras oraciones, y cantamos con ellos y los ángeles y los santos.
“Yendo hacia la clínica para el parto vi la luz radiante del Templo y me encomendé enseguida al Corazón de Jesús y ha ido todo muy bien”, nos dice Esperanza, una joven mamá que es guía voluntaria del Templo. Ahora puede abrazar a su primer hijo Ezequiel. Está contenta aunque se siente muy débil y se pasa el día al lado del pequeñito indefenso de casi 4 kilos que va creciendo poco a poco. Ella no puede expresar sus sentimientos entre inefabilidad e impotencia al estar en contacto directo con la vida.
Una viejecita, acompañada por sus familiares, se desplaza con dificultad con su caminador. Está emocionada al poder visitar el Templo. Ha vivido muchos años en Barcelona y ahora está en una residencia en Lérida. Al informarla de que el Santísimo estaba en la capilla, nos dice que no lo dejemos nunca. Impresiona ver a personas que, sólo con entrar en la cripta, algo les toca su historia que se hace muy presente.
Un joven que empieza su segundo curso en el Seminario Misionero de León, nos dice que este año son once seminaristas. El Sr. Obispo les ha cedido un ala del edificio del antiguo seminario menor que tenía capacidad para 600 personas. Se requiere una reforma y confían encontrar los medios para ello. De momento los seminaristas residen en familias que les acogen.
“No se puede cumplir hoy el Evangelio porque por todas partes te están agobiando” nos dice un señor que nos visita con su familia y tiene una empresa en Almería. No para de tener problemas y más ahora con la crisis económica. Nos sentimos unidos a él reconociendo que la fe está atacada, y necesitamos una comunidad para compartirla y fortificarla, y así poder ser un signo de vida cristiana y de amor gratuito.
“Soy argentino y estoy haciendo una peregrinación por mi madre que está enferma. He subido desde el centro de Barcelona caminando” nos dice un joven de unos 25 años al salir de la Eucaristía vespertina. No sabía a dónde iba pero estoy seguro de que el Señor me ha conducido hasta aquí. Se le notaba emoción en sus palabras. Al despedirse le sale espontáneo darnos un abrazo.
Una pareja con un niño pequeño en brazos de su madre nos dice que entran en todas las iglesias. Ella tiene mucha fe en que su hijo se va a curar de la leucemia. Ya le han dado el tratamiento, ha estado ocho meses en el hospital, y parece que se está estabilizando. Nos conmociona el amor y la ternura de la pareja por su pequeño. Les decimos que los tendremos presentes ante el Señor.
“Estoy haciendo unos ejercicios espirituales en la vida diaria” nos dice un joven que viene cada día por la tarde y se pasa varias horas en la capilla con su Biblia y su libreta. Trabaja de electricista y estudia por Internet, por eso se puede organizar su tiempo.
Un padre de familia tiene que vender su coche y apalabra el precio con un conocido. Antes de cobrar nada, otra persona le ofrece dos mil euros más, pero el padre había dado ya su palabra al primero y no quiere volverse atrás. ¿Posible? Pues, sí. ¿Será alguien que irá sobrado de dinero? Pues, no. Lo que sí tiene es fe que le hace vivir desprendido del dinero y sabe que el Señor le seguirá ayudando y dando lo necesario para vivir con su familia de tres hijos.
“Me he comprado una moto nueva y ahora podré ir a Montserrat” nos dice una joven que estrena su preciosa moto subiendo al Tibidabo. Va a rezar a la Capilla y quedamos en que vendría otro día para bendecirla. Al preguntarle en dónde la pensaba guardar, nos dice que en la calle. ¿Y no tienes miedo a que te la quiten? No, porque Dios es mi Padre y sabe por qué pasan las cosas. Nos alegramos al ver jóvenes que viven desprendidos de las cosas materiales sin miedo a perderlas.
En poco tiempo nos hemos encontrado con tres casos de cónyuges que su pareja les ha presentado el divorcio sin que ellos lo quisieran. De repente se han encontrado solos, trabajando y sufriendo toda la semana y con los hijos con el corazón dividido que se agarran al padre o a la madre porque no quieren perderlos. Se percibe en sus vidas un tremendo sufrimiento.
Más de diez religiosas “Hermanitas del Cordero” pasan una tarde en el Templo, asisten a la Eucaristía y se reúnen en el patio. Son las de la comunidad de Barcelona y las de Madrid, en donde van a iniciar una nueva presencia. La mayoría son jovencitas y se trasparenta la alegría de su espíritu.
“¿Hay aquí algún grupo de biblia” nos pregunta una madre que nos visita con su familia; ha buscado en varias parroquias y no ha encontrado ninguno. Le ofrecemos el del Tibidabo que funciona los sábados por la mañana, cada dos semanas, desde hace nueve años. Queremos ver en este pequeño acontecimiento un signo del Espíritu Santo, que con ocasión del Sínodo mundial de los obispos sobre la Palabra de Dios, está impulsando a los fieles al encuentro con el Señor Jesús en la Sagrada Escritura.
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