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INTENCIONES PARA LA ORACIÓN del TIBIDABO
Una joven, que sube con su novio, nos explica que a una tía suya la operaron y estuvo varios días en coma. Al llamar al sacerdote para que le diera la unción de los enfermos, ella notó cómo la enferma reaccionaba y dando un respiro profundo fallecía. Ella cayó de rodillas impresionada y segura que Dios existía porque vio cómo ayudaba a su tía en sus últimos momentos.
El fin de semana antes de empezar la Cuaresma se tuvo, como cada año, un retiro de preparación. Se rezan las Laudes, nos reunimos para profundizar un texto del Evangelio, se participa en la Eucaristía, y se comparte la mesa con la Comunidad Salesiana. Pedimos, para que los cristianos seamos conscientes de que necesitamos dedicar tiempo a la profundización de la Palabra de Dios durante esta Cuaresma, para fortalecer nuestra vida cristiana.
Un grupo de jóvenes del “Centre obert” de Martí-Codolar, suben a pie la montaña como cada año, por la fiesta de San Juan Bosco. Escuchan la Historia de Don Bosco, conviven, juegan, hacen la “costellada” de rigor y contentos vuelven a bajar.
La noche del primer viernes de mes pasaba a la casa del Padre el profesor Francisco Canals, padre de 11 hijos, devoto del Sagrado Corazón y de San José, catedrático emérito de la universidad de Barcelona, prestigioso conferenciante, y que tanto conocíamos por su presencia semanal en el Tibidabo.
Una joven acompaña a tres chinos a quienes va traduciendo la explicación. Es la primera vez que entran en una iglesia y les parece estar en otro mundo. Se conocen porque trabajan juntos en una empresa de modas.
“Dónde está la Virgen del Cobre que no la veo y sabía que estaba aquí” nos dice un joven cubano que lleva dos años trabajando en Barcelona y acompaña a un compatriota suyo que ha venido a visitarlo. Les dirigimos hacia la basílica pero antes les explicamos la historia de Don Bosco. Nos dicen que en Cuba la situación de la Iglesia ha cambiado algo desde la venida de Juan Pablo II, las iglesias todavía son centros culturales, aunque la fe no la podrán quitar nunca.
Un grupo de jóvenes de bachillerato llegan hacia la media tarde con un aparato para medir la cantidad de dióxido de carbono de la atmósfera. Están sentados en la escalinata de la Cripta mientras esperan a su profesor. Dos de ellos se atreven a entrar. Son catalanes, no saben nada del Templo, y nos escuchan un rato. Cuando llega el profesor entran todos y les subimos a los pies de la gran estatua.
“La joven ha tenido un problema y la he traído aquí” nos dice un señor mayor que acompaña a una joven con cara triste. Les explicamos la historia del Templo y se interesan. Después el señor le dice a la joven, ¿no ves cómo el Señor te ha contestado y te ha consolado? De hecho la cara de la joven había cambiado.
Una familia catalana, con 11 hijos, misionera en el Japón desde hace 20 años, que está en relación con el Tibidabo por la revista, nos pide oraciones. En su parroquia de Teramachi provincia de Niigata-ken de 200.000 habitantes con unos 200 católicos, han iniciado unas catequesis para adultos y jóvenes, y necesitan nuestras oraciones porque no lo tienen fácil. Asisten siete personas y creen que es un milagro, pero el problema lo ven en la continuidad. Ellos saben que es el Señor quien tiene que tocar los corazones para que la Palabra de Dios sea acogida. Esta familia es conocida en la ciudad porque dan clase de español, y por Navidad, montan en la parroquia un belén artístico que atrae a mucha gente.
Una pareja está solita en la Cripta en penumbra, y el chico está muy afectuoso. Nos acercamos, les indicamos que se fijen en los mosaicos, e iniciamos un diálogo. Al hablarles del amor, la chica enseguida nos enseña una cicatriz en el cuello por una operación de cáncer de tiroides. El joven añade que él había ofrecido su vida por ella. Les completamos que el amor es capacidad de sufrimiento. Sí, nos dicen, y piensan casarse pronto.
Una docena de jóvenes con grandes láminas, están esparcidos por toda la Cripta, la sacristía y la antesala del ascensor, dibujando diferentes aspectos artísticos, desde las columnas hasta las bóvedas. En silencio y cada uno absorto en su trabajo, pasan más de una hora. Al interesarnos por ellos nos dicen que son de un Colegio de Artes inglés.
“Nosaltres guardem un mocador de Don Bosco”, nos dice un señor de entre un grupo de personas mayores que venían a rezar. Un pariente suyo era un niño que venía en el tren de Don Bosco, y más adelante le ayudó a misa. Un día le pidió un recuerdo al santo, y como no tenía nada, le dice que le cambiaba el pañuelo por el suyo, y así lo hizo.
Un joven está sentado dentro de la Cripta ante la imagen de María Auxiliadora pasadas las tres de la tarde. Se le ve sonriente. Al cabo de un rato, como si tomara coraje, nos dice que si le podemos dar un bocadillo. Al traérselo, se lo comió allí mismo, dentro de la iglesia, con gran fruición. Al hablar con él nos enteramos que es rumano y que tiene problemas de salud.
Constantemente suben al Templo grupos de jóvenes estudiantes extranjeros de todo el mundo, que cursan intercambios, cursillos, “Erasmos” y “Masters” en Barcelona.
“Soy una madre angustiada por los graves problemas que afectan a varios de mis hijos. Urgen oraciones por la sanación del cuerpo y del alma de todos mis hijos muy especialmente por tres de ellos y las intenciones de sus padres”.
Un grupo de musulmanes entra en la cripta. Uno, que parece el líder, se destaca y nos pregunta por el jefe del lugar. ¿Por qué en vuestras iglesias católicas va tan poca gente? Bueno, como en todo grupo grande hay gente que asiste y gente que no. ¿A usted de pequeño su madre le llevaba a la iglesia? Pues, claro. De momento nos pareció no profundizar más en las respuestas, o quizá no captamos la verdadera intención de ellas. Con todo, nos alegra ver cómo el roce entre culturas interroga a los inmigrantes musulmanes, y también a nosotros.
Un joven con el casco de la moto bajo el brazo, entra en la Cripta y busca a un salesiano que había sido profesor suyo, porque quiere hablar con él. Estaba contento y quería comunicar su alegría, porque después de muchos problemas, ha podido entrar en una escuela universitaria. Quiere darnos la oferta de sus ahorros porque le preocupan las personas que sufren. Asiste a la oración de la tarde de la Comunidad parroquial. Al despedirse nos dice que ha encontrado mucha paz en esta capilla y que volverá.
“Somos de la parroquia de María Auxiliadora de Hong-Kong”, nos dice el presbítero que acompaña al grupo de 40 peregrinos. El sacerdote salesiano les va traduciendo al chino lo que le explicamos en italiano. Celebran con fervor la santa misa y a un canto, del que conocemos la música, le han cambiado la letra por otra al Sagrado Corazón. Ellos no están perseguidos, porque el nuevo gobierno ha aceptado todo lo que había en su ciudad. Después de subir a las terrazas y darnos muchos escritos con intenciones, que no entendemos porque están escritos en chino, les regalamos una estampa de recuerdo, y se despiden con una foto ante la fachada.
“Esto es una pasada” nos dice un joven que ha entrado en la Cripta con un compañero a la caída de la tarde. Se les ve como fascinados por la belleza, sin atreverse a caminar. Intentamos iniciar un diálogo. Uno de ellos, con su cresta de “punk”, nos dice que es huérfano de padre y madre, y ha intentado suicidarse varias veces. Ahora no trabaja y cobra una pequeña paga. Al llegar ante la capilla de la adoración, añade que no está bautizado ni ha hecho la primera comunión. Nos sale espontáneo hablarle del amor de Dios que nunca le podrá dejar porque le lleva en el corazón y le ha creado para estar a su lado toda la eternidad. Quedamos en que volverán otro día para acabar la visita.
Nos visitan dos salesianos de Horta acompañando a una joven voluntaria que ha pasado una temporada en Perú. Al hablar con el encargado de la pastoral del Colegio, recordamos los años de estudiantes en este Templo con tantos momentos llenos de vida. Referente a la pastoral actual, se manifestó preocupado respecto a los grupos de fe y de catequesis al encontrarse con el tejido social de los alumnos bastante deteriorado.
En el mes pasado fueron ordenados de presbíteros al servicio de la Iglesia Mn. David Remoler de la diócesis de Tarrasa, como también Mn. Jordi Moya, Mn. Manel Pérez, y Mn. Miguel Álvarez. Todos habían pedido oraciones al Tibidabo.
El Sr. Agustín, que colabora muchas tardes acompañando a las personas que nos visitan, nos dice que también va al Hospital de San Juan de Dios los viernes por la mañana, pasa por las habitaciones y atiende a los pequeños enfermos, para que sus padres puedan descansar un rato. Luego también entretiene a los niños que esperan para ser atendidos en sus consultas periódicas.
Una familia con su pequeño está visitando la Cripta. Al llegar delante de la imagen de la Virgen de Montserrat, encienden una vela eléctrica, el padre coge a su hijo, se ponen de rodillas, y reza con él una oración.
“Siempre os tiene que pasar a vosotros lo peor” le dice un señor al padre de familia con 11 hijos que viven al pie de la montaña del Tibidabo, y el día del temporal el viento les voló el techo de su casa. “No, no, le dijo la madre; lo mejor es que haya venido tanta gente para ayudarnos”.
“La mayoría de los japoneses no tienen religión”, afirma una joven japonesa del grupo de estudiantes de diferentes países que nos visita. Están sentados en la cripta conversando tranquilamente y escuchan con gusto la explicación de la historia del Templo y Don Bosco. La japonesa acepta una tarjeta en japonés que tenemos para estos casos, que entiende enseguida: “Kami wa ai de aru” (Dios es amor).
Una joven pareja entra en la Cripta; ella es catalana, y el chico ha venido a verla desde Granada. Se les ve contentos, cogidos de la mano con cariño y respeto. Escuchan toda la historia del Templo y de la adoración perpetua. Luego les hablamos del noviazgo y del matrimonio, cosa que agradecen.
El grupo de “Schola Cordis” que se reúne semanalmente en el Tibidabo y asiste a la Eucaristía de las 19’-h, hizo un día de retiro espiritual para iniciar la santa cuaresma. Niños, jóvenes y mayores, después de escuchar una charla, dedicaron la mayor parte del día a la oración.
Una familia regala al Tibidabo un cuadro antiguo del Sagrado Corazón que habían heredado de sus padres y se iban pasando de padres a hijos. Nos cuentan un recuerdo entrañable: cuando unos familiares suyos estuvieron un año sin cenar, para ahorrar y ayudar a costear la gran estatua de bronce, de cinco toneladas, que corona este Templo.
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