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INTENCIONES PARA LA ORACIÓN del TIBIDABO
Año 8º- Mes de julio de 2009
- El último domingo de junio el Templo del Tibidabo se llenó de alegría con la celebración de la Eucaristía en la que las familias se consagraron al Sagrado Corazón de Jesús. La voz del ministro que nos presidió, el P. Víctor, nuevo consiliario de la adoración nocturna de Barcelona, se vio acompañada por otras más estentóreas de los niños.
- “Yo creo en Dios” nos dice una chica de un grupo de tres pequeños que están visitando la cripta porque sus padres les han dado permiso. Ella va a 3º de Educación Primaria y se nota que recibe clase de Religión porque mirando el vía crucis, sabe que a Jesús le clavaron las manos con clavos. Nos encanta su espontaneidad. Después de hacerles ver que todo lo que tienen se lo han regalado, les invitamos a dar gracias. La pequeña añade,”si Dios no existiera no habría nada.
- “Al acabar el curso universitario vengo cada año a la misa de las 11 horas”, nos dice un profesor. Los que conocemos las dificultades de esta profesión sabemos que siempre es una alegría llegar al final de curso.
- Una señora mayor de un grupo de misioneros del Espíritu Santo que nos visita, nos dice con emoción que tiene dos hermanos salesianos mártires, Federico y Esteban Cobos. A uno le faltaba un mes para cantar misa y el otro tenía 16 años cuando los mataron. Otra señora tiene una hija misionera en Haití hace 25 años realizando una gran labor con los pobres.
- “Los que no conocen el Tibidabo no saben lo que se pierden”, nos dice un señor que al salir del trabajo antes de ir a casa, pasa por la capilla de la adoración.
- “Si no se llena, el saco no está de pie” nos comenta un sacerdote italiano amigo del Tibidabo. Se refería a la obra de aquí, que da espiritualidad a muchas personas sencillas.
- Cincuenta parroquianos, catequistas y feligreses, de Sant Joan Baptista de Tarragona, vienen con su Rector a celebrar el final del curso, y acaban con una Eucaristía de acción de gracias.
- Tres familias con sus hijos vienen el lunes de Pentecostés a pasar el día juntos; visitan el Templo, escuchan la historia, comen en el jardín, y pasan la tarde en el parque de atracciones.
- Una mamá con dos niños pequeños entran con mucho sigilo en la cripta.. Al acercarnos y señalarles el mosaico de San Antonio, la mamá nos dice que los dos pequeños son paquistaníes y la más pequeña no entiende nada. No son cristianos pero nos escuchan cuando les hablamos del amor de Dios al que le rezamos y damos gracias por todo lo que tenemos. Luego la mamá (o la señora de la familia que los ha adoptado) nos pregunta en dónde puede hacer un donativo.
- En la noche de San Juan llamaron bastantes personas a la puerta solicitando hacer oración. Sabían que aquí encontrarían paz y serenidad que contrastaba con el bullicio de la gente y el ruido de los petardos de la ciudad.
- Nos afectó grandemente la súbita partida de nuestro querido historiador D.Ramón Alberdi hacia la casa del Padre el día 28 de mayo. Hacía unos días que había subido al Templo por motivos de un trabajo de investigación sobre Don Rua, en que visitaba los lugares en donde estuvo. Don Ramón nos dijo: “Los salesianos tendríamos que manifestar más el amor por la obra de Don Bosco en el Tibidabo” Ya en el mes de enero nos había dado una preciosa charla sobre los orígenes de la ermita primitiva que en aquel tiempo fue el aldabonazo de arranque de esta gran obra que ha costado 60 años edificarla con piedras y espíritu.
- “Somos el Rector y seminaristas”, nos dice un sacerdote acompañado por tres jóvenes que llaman a la puerta a las 23 horas. Son del seminario interdiocesano que vienen a rezar ante el Santísimo.
- Una señora acompaña a su madre de 85 años. Al salir de la capilla de la adoración la viejecita nos dice muy contenta, que hacía mucho tiempo que no venía. Tuvo doce hijos y el año pasado se le murieron dos. Uno de ellos, Luis, había sido misionero y volvió enfermo. A ella ahora la tienen que operar de la vista porque no ve casi nada.
- Los alumnos de 1º y 2º de la ESO del Colegio del Pinar vienen al Tibitour la última semana de curso. Con la experiencia de otros años, se organizan en tres grupos para la visita, rezan una oración por las intenciones del Tibidabo, y van al parque a pasar un caluroso día.
- “Durante 23 años estuvo viniendo a nuestra casa y cada vez le dábamos alguna limosna para el Templo” nos dice, hablando del P. Fidel, la Sra. Pilar que nos visita acompañada de su hija.
- Una larga caña aparece apoyada en la pila del agua bendita de la entrada y la retiramos. Al poco tiempo salen de la capilla de la adoración dos jóvenes con grandes mochilas cargadas, llenas de objetos colgando, incluso una gran paella. Eran peregrinos ingleses que llevaban la casa a cuestas. Se les veía serenos y contentos. Intentamos comunicarles algo de donde se encuentran, y les devolvimos la caña que le faltaba a uno de ellos.
- “Qué será de mí si no acabo la carrera y luego no tengo trabajo”, nos dice un joven de 23 años el cual no puede quitarse de la cabeza esa obsesión que le deprime grandemente. Le anunciamos el amor de Dios que nunca nos puede dejar, pase lo que nos pase. El joven reconoce que tiene poca confianza en Dios. Le regalamos el libro de los Evangelios para que vaya conociendo a Jesús que ama a todos y podemos confiar plenamente en él.
- “Yo he trabajado en la construcción del vía crucis y de las estatuas de los apóstoles”, nos dice un señor mayor acompañado de su esposa, que trabajó en los talleres del señor Miret. Nos lo comunicaba con orgullo.
- Una joven, que ha asistido a la Eucaristía, escucha la historia del Templo casi emocionada. Hace dos meses que tuvo un cambio serio en su vida: después de arriesgarse económicamente por un amigo, se sintió gozosa por dentro, cosa que cada vez va sintiendo con más profundidad. Ha empezado a leer la Biblia y ya conoce algún salmo que le ha encantado. Disfruta de todo, ha subido caminando… El motivo de su cambio lo atribuye a un sacerdote que le dedicaba tiempo a escucharla sin imponerle nada. Ahora está asustada porque no sabe hasta dónde le llevará este camino que ella califica como “la magia” de la vida.
- “Estoy haciendo un curso de Informática que me ha ofrecido el Ayuntamiento de Sant Cugat”, nos dice Antonello, joven inmigrante italiano que vive, junto con otras nueve personas, en la antigua casa de colonias de San José. Nos cuenta sus problemas de relación y de mantenimiento de la casa. Lleva tiempo parado y aunque solamente le queda algo para pagar un mes, está esperanzado de poder encontrar pronto un trabajo.
- “Si no hay vida eterna nada tiene sentido”, nos dice un joven amigo del Tibidabo, después de escuchar el Evangelio del domingo en que Jesús resucita a una niña. Con todo, quiere hablar del tema porque el ambiente que le rodea piensa otra cosa y no lo tiene todo claro.
- Un señor de 80 años, que de joven había hecho ejercicios espirituales y era de los grupos socio-políticos contra el régimen, se da cuenta de que hoy estamos socialmente mucho peor que antes y no tiene reparos en decir que vive amargado. También tiene problemas serios con su hijo que se casó, se separó y su mujer le quitó casi todo. Le escuchamos un buen rato porque pensamos que lo necesitaba.
- “Una cosa es oír hablar del Templo del Tibidabo y otra cosa es haber podido verlo”, nos dice un obispo salesiano del Assam (India) que viene a visitar este Templo profetizado por Don Bosco, del cual había oído hablar, y le hacía mucha ilusión verlo.
- Un grupo de unas 50 personas de Malasia (Singapur) nos visitan. La Guía está encantada con ellos porque no le dan ningún problema y se entienden muy bien en inglés. Están haciendo quince días de “turismo religioso” por Europa, han visitado Fátima y Lourdes… y no podían dejar de visitar el Tibidabo. Se les veía contentos y hacían muchas preguntas.
- Una pareja joven se interesa por el mensaje del Tibidabo. Son argentinos, él no está bautizado y ella ha hecho la Primera Comunión. Para venir a Barcelona se lanzaron a la aventura porque sus padres no lo veían claro. Él trabaja de cocinero y ella de camarera, y hoy era su día libre. Están casados por lo civil. Después de anunciarles el amor del Señor Jesús y su resurrección les damos el libro de los Evangelios. Hacemos la prueba de leer un trozo al azar y se lo comentamos. Quedamos que lo seguirían leyendo y volverían otra vez.
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