La reforma llega al templo del Tibidabo 

La VANGUARDIA - Enero de 2003

Al templo del Tibidabo le ha llegado la hora de pasar por el quirófano. Cien años después de que el arquitecto Enric Sagnier iniciara las obras, la estructura que terminó su hijo en los años sesenta no resiste más las inclemencias del tiempo. Las humedades han invadido las dependencias donde vive una quincena de eclesiásticos y amenazan la estructura neomedieval. Los salesianos, propietarios del edificio, han iniciado, por tanto, las obras de rehabilitación. Ayer empezó a montarse el andamio que cubrirá la facha principal durante seis meses.

Alex Sagnier, promotor cultural del Tibidabo y miembro de la cuarta generación de la familia Sagnier vinculada al templo, considera que los barceloneses no pueden permitir el deterioro de un símbolo tan importante de la ciudad. “Iría en detrimento de nuestros intereses colectivos.”

Esta reflexión está vinculada a uno de los pilares esenciales del templo: su razón de ser arranca y se mantiene gracias a los donativos benéficos. “No hemos pedido ayuda económica a ninguna institución porque queremos que el templo siga siendo fruto de las aportaciones voluntarias”. Esta filosofía supone una gran carga financiera para los salesianos, hasta el punto de que las reformas se inician con sólo una parte del millón de euros presupuestado. La planta baja, donde está la cripta, obra modernista de Enric Sagnier, no necesita reparaciones. Es el edificio neogótico, que realizó su hijo, el que está mal.

La relación del templo con Barcelona siempre ha sido compleja. Los salesianos, aprovechando que Dom Bosco visitó Barcelona en 1886, le regalaron la cima de la montaña más alta de la ciudad para levantar una iglesia dedicada al Sagrado Corazón de Jesús. Ese mismo año construyeron una ermita. Surgió entonces un contencioso sobre la propiedad de los terrenos, que no se solventó hasta 1900, cuando la Sociedad del Tibidabo, capitaneada por el doctor Salvador Andreu, cedió a los salesianos los 6.000 metros que necesitaban. En 1911, por mediación del arzobispo de Granada, el catalán Messeguer i Costa, el Congreso Eucarístico Internacional de Madrid aceptó que “se propague por toda España la idea del templo nacional (...) a fin de que los españoles tengamos también cuanto antes nuestro Montmartre”. El templo quedó consagrado como “expiatorio y nacional”. Esta vinculación con el nacionalismo español la pagó cara durante la Setmana Tràgica (1909) y la Guerra Civil (1936). El Congreso Eucarístico de Barcelona (1952) le dio el impulso definitivo y las obras se completaron en 1965. Después de la dictadura los nostálgicos de Franco acudían cada 20 de noviembre a oír misa.

El templo, como explica Alex Sagnier, es un reflejo de la sociedad barcelonesa, cuya historia debe leerse siempre dentro del contexto. “Hoy es un templo abierto a todos, donde se puede venir a orar a todas horas todos los días.” A cambio de doce euros la hora, además, consigues que lo iluminen de arriba abajo en honor de tu memoria particular