El templo del Tibidabo, todo un referente para miles de ciudadanos desde lo alto de Barcelona
Con
un concierto el pasado sábado, Junta de la Obra ha empezado a organizar
actividades que permitan recoger fondos para reanudar las obras de restauración
y garantizar la iluminación
El Templo Expiatorio del
Tibidabo, situado en el punto más alto de Barcelona, celebró su centenario entre
2001 y 2002, pero ahora vive un momento decisivo para su arquitectura.
Inmediatamente después de la conmemoración de los 100 años, se pudo realizar una
primera fase de obras parciales de restauración en la fachada exterior, pero los
fondos, que incluían una ayuda del Ayuntamiento, se terminaron al ser claramente
insuficientes, y la actuación tuvo que interrumpirse en 2004 a los pocos meses
de su inicio. El Consejo de la Obra, organismo gestor formado por una
representación de la comunidad salesiana y por varios laicos y profesionales,
asegura que es urgente seguir restaurando el exterior, sobre todo las
balconadas, así como tapar las numerosas grietas y agujeros y también adaptar
todo el santuario para el acceso de minusválidos. “Si no se actúa ahora,
pueden producirse graves desperfectos no sólo en la fachada, sino también dentro
del edificio, en numerosas estatuas y piezas de gran valor artístico”,
explica el promotor cultural del Tibidabo, Álex Sagnier.
El Consejo de la Obra asegura que ha recibido en los últimos años ayudas de
ciudadanos e instituciones, entre ellas la empresa del vecino Parque de
Atracciones de la montaña, pero insiste que son “claramente insuficientes”.
Una de estas colaboraciones económicas ha permitido limpiar la piedra de la
impresionante imagen del Corazón de Jesús que preside la ciudad de Barcelona.
“¿Pero de qué serviría esto si luego la administración no nos ayuda a completar
la restauración de la fachada?”, lamenta Álex Sagnier. En esta línea, el
promotor cultural del Tibidabo recuerda que el templo, uno de los pocos de
Europa que tienen carácter expiatorio (es decir, mantenido con donativos de
creyentes que buscan así el perdón divino), es un emblema para la capital
catalana. “En todas las siluetas promocionales de la ciudad, está presente; e
incluso muchos pilotos de aviones comerciales lo citan con frecuencia durante
sus maniobras de aproximación al aeropuerto barcelonés”, asegura.
Y es que el Tibidabo es visible desde casi todos los puntos de Barcelona y sus
alrededores. Las torres y la estatua de Cristo con los brazos abiertos
interpelan a los creyentes, pero también despiertan el interés de muchos no
creyentes. “Es como una garantía de protección espiritual ofrecida a todos
los ciudadanos, más allá de sus creencias”, destaca Álex Sagnier.
Coincidiendo con la festividad de San Juan Bosco, que se celebró este lunes 31
de enero, la Junta del templo ha iniciado una serie de actividades y
llamamientos para sensibilizar a todo el mundo sobre la importancia que tiene la
colaboración con la restauración. El pasado sábado 29, la iglesia barcelonesa de
Santa Gemma acogió un concierto de música sacra en el que intervino de forma
desinteresada el grupo Exultent Coeli, formado por músicos vinculados al
Santuario de Lourdes. La recaudación se destinará íntegramente a las obras del
Tibidabo. Por otro lado, el organismo gestor del santuario salesiano recuerda la
importancia de colaborar con la iluminación, que depende también exclusivamente
de los donativos. Algunos colectivos, como Cel Fosc (Cielo Oscuro), han lanzado
a la sociedad últimamente mensajes que alertan sobre el creciente peligro de
contaminación lumínica. Pero un templo de referencia como el Tibidabo, que
además está en lo alto de una ciudad llena de puntos mucho más contaminantes, no
debería ser considerado parte del problema.
La profecía
de Don Bosco
La
construcción del templo del Tibidabo tiene su origen en una visita de San Juan
Bosco a Barcelona a finales del siglo XIX. En aquel momento, el fundador de los
salesianos lanzó una consigna muy clara: “dar al Señor un lugar preferente en
esta montaña”. Y gracias a las donaciones de Dorotea de Chopitea, una
distinguida barcelonesa que se desprendió de todos sus bienes y que ahora está
en proceso de beatificación, se inició la construcción del santuario, primero
una capilla (la cripta actual) y luego la parte superior, que se levanta como si
fuese una auténtica catedral.
Una de las señas de identidad del templo es la promoción de la adoración
perpetua al Santísimo, expuesto las 24 horas del día. Se organizan, desde la
Adoración Nocturna, grupos de oración para que la presencia sacramental de
Cristo tenga siempre alguna compañía humana, también por las noches. Esa
compañía es precisamente lo que muchos barceloneses y visitantes captan cuando,
entre los ruidos de la gran ciudad, alzan la mirada hacia esta obra espiritual
reflejada por la piedra y la luz, una luz que, por cierto, cumple con la
legalidad vigente, entre otras razones porque sus focos son unidireccionales y
no van más allá de los objetos hacia los que están proyectados. Barcelona,
además, está llena de farolas que producen contaminación lumínica. Quitar la luz
del Tibidabo a través de una orden sería, además de injusto, un atentado contra
la libertad religiosa.