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 Los problemas del diablo
 Los dos remos
 El cocinero
 El ratón miedoso
 El puente fraterno
 La hoja de papel
 Las manzanas
 El otro lado del seto
 La estrella de mar 
 La telaraña 
 El hombre santo

 

Los problemas del diablo

 

En cierta ocasión le preguntaron a Ramesh uno de los grandes sabios de la India, lo siguiente: "¿ Por qué existen personas que salen fácilmente de los problemas más complicados, mientras que otro sufren por problemas muy pequeños y se ahogan en un vaso de agua?"


El simplemente sonrió y contó una historia . . . Era un sujeto que vivió amorosamente toda su vida. Cuando murió, todo el mundo decía que él iría al cielo, pues un hombre tan bondadoso solamente podría ir al Paraíso.

 

En aquella época el cielo todavía no había pasado por un programa de calidad total. La recepción no funcionaba muy bien, y quien lo atendió dio una ojeada rápida a las fichas de entrada, pero como no vio su nombre en la lista, le orientó para que pudiera llegar al infierno.

 

Y como en el infierno nadie pedía identificación, ni invitación cualquiera que llegara era invitado a entrar), el sujeto entró y se quedó. Algunos días después Lucifer llegó furioso a las puertas del Paraíso y le dijo a San Pedro: "¡Eso que me estás haciendo es puro terrorismo! Mandaste aquel sujeto al infierno y el me está desmoralizando. Llegó escuchando a las personas, mirándolas a los ojos, conversando con ellas, abrazándose, besándose. El infierno no es lugar para eso, por favor trae a ese sujeto para acá.


 Cuando Ramesh terminó de contar esta historia dijo: "Vive con tanto amor en el corazón que, si por error vas a parar al infierno, el propio demonio te traiga de vuelta al Paraíso".

   

 Los dos remos

El escritor escosés Walter Scott cuenta que un día, cuando paseaba en un bote, notó que los remos utilizados por el barquero llevaban cada uno una inscripción. Sobre uno: ORA, y sobre el otro, TRABAJA.
Entonces preguntó qué significaba esto.
-Enseguida voy a mostrárselo -contestó el barquero.

Inmediatamente puso en marcha sólo el remo ORA y el bote empezó a dar vueltas sin avanzar. Luego tomó el remo TRABAJAR, haciendo girar el bote en sentido contrario. Finalmente, tomó los dos remos y el bote se dirigió hacia adelante.
 

-¿Entendió Usted ?- preguntó el barquero.
-Si -respondió Scott, la oración sin el trabajo, o el trabajo sin la oración, no pueden llevarnos a la meta.
 

 

El cocinero

En cierta ocasión, sabios profesores de una congregación religiosa fueron recibidos por el Papa San Pío X. Con ellos se hallaba un hermano benemérito, ya anciano, el cocinero de la casa, que nunca había visto a su Santidad. Cuando este llegó se dirigió precisamente a él y le preguntó que ciencia enseñaba.
- Santo Padre - tartamudeó el pobre, confuso-, yo soy solamente cocinero.
- Estupendo -replicó el Papa-. Usted es más necesario que ningún otro para estos sabios profesores. ¿Que harían ellos y que sería de su ciencia si usted no pensara en sus estómagos?.

Casi nunca lo más necesario es lo más brillante. El trabajo de una madre de familia o de un ama de casa no luce ni sale en los periódicos. Pero es el más necesario para que el mundo siga dando vueltas.

La gasolina no luce en el coche, ni siquiera se ve. Y es lo que lo mueve.
 

 

El ratón miedoso

Cuenta una antigua fábula india que había un ratón que estaba siempre angustiado,
porque tenía miedo del gato. Un hechicero se compadeció de él y lo convirtió... en gato. Pero entonces empezó a sentir miedo del perro. De modo que el mago lo convirtió en perro. Luego empezó a sentir miedo de la pantera, y el mago lo convirtió en pantera. Con lo cual comenzó a temer al cazador.

Llegado a este punto, el mago se dio por vencido y volvió a convertirlo en ratón, diciéndole: “Nada de lo que haga por ti va a servirte de ayuda, porque siempre tendrás el corazón de un ratón”.

Así es la gente que siempre está asustada por todo. Está siempre tan pendiente de las amenazas” imaginarias que son incapaces de disfrutar de la vida y, lo que es peor, a veces son un obstáculo para que la disfruten los demás.

  

 El puente fraterno

Había una vez dos hermanos, Tomás y Javier, que vivían uno frente al otro en dos casas de una hermosa campiña. Por problemas pequeños, que se fueron haciendo grandes con el tiempo, los hermanos dejaron de hablarse y evitaban cruzarse en el camino. Cierto día llegó a una de las casas un carpintero y le preguntó a uno de los hermanos si tendría trabajo para él.
Tomás le contestó: - ¿Ve usted esa madera que está cerca de aquel riachuelo?. Pues la he cortado recientemente. Mi hermano Javier vive al frente y, a causa de nuestra enemistad, desvió ese arroyo para separarnos definitivamente. Así que yo no quiero ver más su casa. Le dejo el encargo de hacerme una cerca muy alta que me evite la vista del frente.
Cuál no sería su sorpresa cuando, en vez de una cerca, encontró que el hombre había hecho un hermoso puente que unía las dos partes de la campaña. Sin poder hablar, de pronto se vio al frente de su hermano, que en ese momento estaba atravesando el puente con una sonrisa:

- Tomás, hermano mío, no puedo creer que hayas sido tu el que haya hecho el puente, habiendo sido yo el que te ofendió. Vengo a pedirte perdón.
Y los dos hermanos se abrazaron. Cuando Tomás se dio cuenta de que el carpintero se alejaba, le dijo:
- Buen hombre, ¿cuánto le debo?. ¿Por qué no se queda?
- No, gracias –contestó el carpintero-. Tengo muchos  puentes que construir.
 

 

 La hoja de papel

Contaba  un  predicador  que,  cuando  era  niño,  su  carácter impulsivo  lo  hacía  estallar  en  cólera  a  la menor  provocación. Luego de que sucedía, casi siempre se sentía avergonzado y batallaba por pedir excusas a quien había ofendido.

 Un día su maestro, que lo vio dando justificaciones después de una explosión de ira a uno de sus compañeros de clase, lo llevó a salón, le entregó una hoja de papel lisa y le dijo:

-”¡Arrúgalo!”. El muchacho,  no  sin  cierta  sorpresa, obedeció e hizo en el papel una bolita.

- “Ahora  –volvió  a  decir  el  maestro– déjalo  como  estaba antes.” Por  supuesto que no puso dejarlo  como estaba. Por más que  trataba, el papel siempre permanecía  lleno de pliegues y  de  arrugas. Entonces  el maestro  remató diciendo: 

- ”El  corazón  de  las  personas  es  como  este papel. La huella que dejas con tu ofensa será tan difícil de borrar como esas arrugas y esos pliegues. Así aprendió a ser más comprensivo, recordando lo que sucedía con el papel arrugado.

  

 Las manzanas

”Cinco hombres llegaron con mucho atraso a un aeropuerto y con el riesgo de perder su vuelo. Intentaban llegar a la sala de embarque a toda carrera, cuando uno de ellos tropezó con un canasto de una mujer que vendía manzanas. Las manzanas se dispersaron por el suelo. Estos hombres estaban tan retrasados que no se detuvieron, contentándose con gritar que iban a reparar por ello, desaparecieron.

Cuando llegaron al mostrador, el hombre que había tropezado con el canasto empezó a sentir remordimientos y dijo a los demás que partieran sin él, que tomaría el vuelo siguiente, porque primero quería ir a recoger las manzanas y a pagar por los daños. Encontró a la mujer plegada en dos, en silencio, intentando torpemente recuperar sus manzanas. Sin siquiera mirarla, el hombre se puso a levantarlas él también. Levantó la mayor parte de ellas, al tiempo que le pedía disculpas. Al terminar, se incorporó y le dio un billete de 20 euros para cubrir la pérdida de la fruta que estaba muy estropeada.

Cuando levantó la vista y la miró a los ojos,   vio, con gran sorpresa, que éstos parecían estar cubiertos por un velo gris… ¡Esa mujer era ciega! Nuestro amigo permaneció contemplándola por un instante, estupefacto, mientras ella le agradecía con una gran sonrisa. Le volvió a pedir disculpas, y se dispuso a partir. Fue entonces cuando la mujer le gritó, reteniéndolo: “Señor, ¡quiero preguntarle algo! Luego, en tono de confidencia, murmuró: “¿Usted es Jesús?”

 

El otro lado del seto

 

 Un anciano hacía muchas obras de caridad con los pobres y  siempre que hacía una exclamaba:
- Otra manzana, tirada al otro lado del seto.
Un día una persona le preguntó por el sentido de esas palabras, y le respondió:
- Un día llamé a los muchachos en mi huerto y les dije que  comiesen la fruta que quisieran hasta que no pudieran más, pero que no podían guardarla en los bolsillos.

Ellos comieron hasta saciarse, pero después vi cómo alguno cogía la manzana, y la tiraba al otro lado del seto para recogerla en cuanto hubiera salido. Para mí fue una lección muy instructiva...
(El bien que hacemos en esta vida, es necesario lanzarlo al  otro lado del seto, para que, al salir de este mundo, podamos encontrarlo en el otro).

 

La estrella de mar 

 

En una puesta de sol, un amigo nuestro iba caminando por  una desierta playa mexicana. Mientras andaba empezó a ver que, en la distancia, otro hombre se acercaba. A medida que avanzaba, advirtió que era un nativo y que iba inclinándose para recoger algo que luego arrojaba al agua. Una y otra vez arrojaba con fuerza esas cosas al océano.
Al aproximarse más, nuestro amigo observó que el hombre  estaba recogiendo estrellas de mar que la marea había dejado en la playa y que, una por una, volvía a arrojar al agua.


Intrigado, el paseante se aproximó al hombre para saludarlo.
-Buenas tardes, amigo. Venía preguntándome qué es lo que hace.
-Estoy devolviendo estrellas de mar al océano. Ahora la marea está baja y ha dejado sobre la playa todas estas
estrellas de mar. Si yo no las devuelvo al mar, se morirán por falta de oxígeno.
 

-Ya entiendo -replicó mi amigo-, pero sobre esta playa debe haber miles de estrellas de mar. Son demasiadas,
simplemente. Y lo más probable es que esto esté sucediendo en centenares de playas a lo largo de esta costa.
¿No se da cuenta de que es imposible que lo que usted puede hacer sea de verdad importante?

El nativo sonrió, se inclinó a recoger otra estrella de mar y, mientras volvía a arrojarla al mar, contestó:
-¡Para ésta sí que es importante!.

 

La telaraña 

 

Dicen que una vez un hombre, era perseguido por varios malhechores que querían matarlo. El hombre ingreso a una cueva. Los malhechores empezaron a buscarlo por las cuevas anteriores de la que el se encontraba. Con tal desesperación elevo una plegaria a Dios, de la siguiente manera:

"Dios todopoderoso, has que dos ángeles bajen y tapen la entrada, para que no entren a matarme".

En ese momento escuchó a los hombres acercándose a la cueva en la que el se encontraba, y vio que apareció una arañita. Esta empezó a tejer una telaraña en la entrada. El hombre volvió a elevar otra plegaria, esta vez mas angustiado:

- "Señor te pedí ángeles, no una araña." Y continuó: "Señor por favor, con tu mano poderosa coloca un muro fuerte en la entrada para que los hombres no puedan entrar a matarme". Abrió los ojos esperando ver el muro tapando la entrada, y observó a la arañita tejiendo la telaraña.

Estaban ya los malhechores entrando en la cueva anterior a la que se encontraba el hombre y este quedo esperando su muerte. Cuando los malhechores estuvieron frente a su cueva, ya la arañita había tapado toda la entrada, entonces se escuchó esta conversación:

- Vamos, Entremos a esta cueva.
- No. ¿No ves que hasta hay telarañas?, nadie ha entrado en esta cueva. Sigamos buscando en las otras.

Hay una frase muy bella que dice: " Si le pides a Dios un árbol te lo dará, en forma de semilla". Lo que Dios nos pide es confianza en El, para dejar que su Gloria se manifieste y haga que algo como una telaraña nos de la misma protección que una muralla.

Si has pedido un muro y no ves mas que una telaraña, recuerda que Dios puede convertir las cosas...y confía en Él.

 

El hombre santo 


Érase una vez un hombre tan piadoso que hasta los ángeles se alegraban viéndolo. Pero, a pesar de su enorme santidad, no tenía ni idea de que era un santo. El se limitaba a  cumplir sus humildes obligaciones, difundiendo en torno suyo la bondad de la misma manera que las flores difunden su fragancia,  o las lámparas su luz.
 

Su santidad consistía en que no tenía en cuenta el pasado de los demás, sino que  tomaba a todo el mundo tal como era en ese momento, fijándose, por encima de la apariencia de cada persona, en lo más profundo  de su ser, donde todos eran inocentes y honrados y demasiado ignorantes para saber lo  que hacían. Por eso amaba y perdonaba a  todo el mundo, y no pensaba que hubiera en ello nada de extraordinario, porque era la  consecuencia lógica de su manera de ver a la gente.
 

Un día le dijo un ángel: «Dios me ha enviado a ti. Pide lo que desees, y te será concedido. ¿Deseas, tal vez, tener el
don de curar?» «No», respondió el hombre, «preferiría que fuera el propio Dios quien lo hiciera».
«¿Quizá te gustaría devolver a los pecadores al camino recto?» «No», respondió, «no es para mí eso de conmover
los corazones humanos. Eso es propio de los ángeles». 
«¿Preferirías ser un modelo tal de virtud que suscitaras en la gente el deseo de imitarte?» «No», dijo el santo,  «porque eso me convertiría en el centro de la atención».
 

Entonces, ¿qué es lo que deseas?», preguntó el ángel. «La gracia de Dios», respondió él. «Teniendo eso, no deseo
tener nada más». «No», le dijo el ángel, «tienes que pedir algún milagro; de lo contrario, se te concederá cualquiera
de ellos, no sé cuál...» «Está bien; si es así, pediré lo siguiente: deseo que se realice el bien a través de mí sin  que yo me dé cuenta».
 

De modo que se decretó que la sombra de aquel santo varón, con tal de que quedara detrás de él, estuviera dota-
da de propiedades curativas. Y así, cayera donde cayera su sombra -y siempre que fuese a su espalda-, los enfermos quedaban curados, el suelo se hacía fértil, las fuentes nacían a la vida, y recobraban la alegría los rostros de los  agobiados por el peso de la existencia.
 

Pero el santo no se enteraba de ello, porque la atención de  la gente se centraba de tal modo en su sombra que se
olvidaban de él; y de este modo se cumplió con creces su deseo de que se realizara el bien a través de él y se olvidaran de su persona.

 

 

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