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| Los problemas del diablo |
| Los dos remos |
| El cocinero |
| El ratón miedoso |
| El puente fraterno |
| La hoja de papel |
| Las manzanas |
| El otro lado del seto |
| La estrella de mar |
| La telaraña |
| El hombre santo |
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En aquella época el cielo todavía no había pasado por un programa de calidad total. La recepción no funcionaba muy bien, y quien lo atendió dio una ojeada rápida a las fichas de entrada, pero como no vio su nombre en la lista, le orientó para que pudiera llegar al infierno.
Y como en el infierno nadie pedía identificación, ni invitación cualquiera que llegara era invitado a entrar), el sujeto entró y se quedó. Algunos días después Lucifer llegó furioso a las puertas del Paraíso y le dijo a San Pedro: "¡Eso que me estás haciendo es puro terrorismo! Mandaste aquel sujeto al infierno y el me está desmoralizando. Llegó escuchando a las personas, mirándolas a los ojos, conversando con ellas, abrazándose, besándose. El infierno no es lugar para eso, por favor trae a ese sujeto para acá.
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Los
dos remos![]()
El
escritor escosés Walter Scott cuenta que un día, cuando paseaba en un bote,
notó que los remos utilizados por el barquero llevaban cada uno una
inscripción. Sobre uno: ORA, y sobre el otro, TRABAJA. Inmediatamente puso en
marcha sólo el remo ORA y el bote empezó a dar vueltas sin avanzar. Luego
tomó el remo TRABAJAR, haciendo girar el bote en sentido contrario.
Finalmente, tomó los dos remos y el bote se dirigió hacia adelante. -¿Entendió Usted ?- preguntó el barquero. |
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El cocinero
Casi
nunca lo más necesario es lo más brillante. El trabajo de una madre de
familia o de un ama de casa no luce ni sale en los periódicos. Pero es el
más necesario para que el mundo siga dando vueltas. |
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El ratón miedoso
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El
puente fraterno
-
Tomás, hermano mío, no puedo creer que hayas sido tu el que haya hecho el
puente, habiendo sido yo el que te ofendió. Vengo a pedirte perdón. |
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Un día su maestro, que lo vio dando justificaciones después de una explosión de ira a uno de sus compañeros de clase, lo llevó a salón, le entregó una hoja de papel lisa y le dijo: -”¡Arrúgalo!”. El muchacho, no sin cierta sorpresa, obedeció e hizo en el papel una bolita. - “Ahora –volvió a decir el maestro– déjalo como estaba antes.” Por supuesto que no puso dejarlo como estaba. Por más que trataba, el papel siempre permanecía lleno de pliegues y de arrugas. Entonces el maestro remató diciendo: - ”El corazón de las personas es como este papel. La huella que dejas con tu ofensa será tan difícil de borrar como esas arrugas y esos pliegues. Así aprendió a ser más comprensivo, recordando lo que sucedía con el papel arrugado. |
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Cuando llegaron al mostrador, el hombre que había tropezado con el canasto empezó a sentir remordimientos y dijo a los demás que partieran sin él, que tomaría el vuelo siguiente, porque primero quería ir a recoger las manzanas y a pagar por los daños. Encontró a la mujer plegada en dos, en silencio, intentando torpemente recuperar sus manzanas. Sin siquiera mirarla, el hombre se puso a levantarlas él también. Levantó la mayor parte de ellas, al tiempo que le pedía disculpas. Al terminar, se incorporó y le dio un billete de 20 euros para cubrir la pérdida de la fruta que estaba muy estropeada. Cuando levantó la vista y la miró a los ojos, vio, con gran sorpresa, que éstos parecían estar cubiertos por un velo gris… ¡Esa mujer era ciega! Nuestro amigo permaneció contemplándola por un instante, estupefacto, mientras ella le agradecía con una gran sonrisa. Le volvió a pedir disculpas, y se dispuso a partir. Fue entonces cuando la mujer le gritó, reteniéndolo: “Señor, ¡quiero preguntarle algo! Luego, en tono de confidencia, murmuró: “¿Usted es Jesús?” |
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Ellos comieron hasta saciarse, pero después vi cómo alguno cogía la manzana,
y la tiraba al otro lado del seto para recogerla en cuanto hubiera salido.
Para mí fue una lección muy instructiva... |
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-Ya
entiendo -replicó mi amigo-, pero sobre esta playa debe haber miles de
estrellas de mar. Son demasiadas, |
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Su santidad consistía en que no
tenía en cuenta el pasado de los demás, sino que tomaba a todo el
mundo tal como era en ese momento, fijándose, por encima de la apariencia de
cada persona, en lo más profundo de su ser, donde todos eran inocentes
y honrados y demasiado ignorantes para saber lo que hacían. Por eso
amaba y perdonaba a todo el mundo, y no pensaba que hubiera en ello
nada de extraordinario, porque era la consecuencia lógica de su manera
de ver a la gente.
Un día le dijo un ángel: «Dios me
ha enviado a ti. Pide lo que desees, y te será concedido. ¿Deseas, tal vez,
tener el
Entonces, ¿qué es lo que deseas?»,
preguntó el ángel. «La gracia de Dios», respondió él. «Teniendo eso, no
deseo
De modo que se decretó que la
sombra de aquel santo varón, con tal de que quedara detrás de él, estuviera
dota-
Pero el santo no se enteraba de
ello, porque la atención de la gente se centraba de tal modo en su
sombra que se |