
Palabras duras
15.06.05
David AMADO
En la historia hay hechos
sorprendentes que no deberían pasar desapercibidos. Cuando caemos en la
cuenta de ellos constatamos de nuevo la presencia de Jesucristo en su
Iglesia. Uno de ellos son las revelaciones del Sagrado Corazón a santa
Margarita. Cuando el Señor se le manifiesta le dice: «Te he elegido porque
eres un abismo de indignidad y de ignorancia». Palabras duras, que parecen
más lanzadas contra un sparring que no dirigidas a la que había de ser
mensajera del Corazón de Jesús. Y añadió: «Para que así quede de manifiesto
que todo es obra mía».
El caso es que de Paray-le-Monial,
donde vivía la monja Margarita, salió una fuerza que renovó totalmente el
apostolado; dio origen a numerosas y fructíferas congregaciones y aún hoy
sostiene la vida de millones de fieles. Fue tal el influjo del mensaje del
amor misericordioso, que desbarató la herejía jansenista y revitalizó a la
Iglesia tanto en su interior como en el impulso misionero que se desarrolló
en tiempos de Pío XI.
Cuando se mira este hecho, similar
a otros muchos en el modo de proceder de Dios, se supera la tentación del
naturalismo y el racionalismo en el que acabamos cayendo cuando nos fiamos
sólo de nuestras fuerzas. Margarita, como Teresa de Lisieux, Bernardette,
Juana de Arco o los pastorcillos de Fátima, colocan a la razón ante
argumentos para los que se ven incapaces. Pero lo que no puede explicarse
tampoco puede ser negado. Y ahí se abre una puerta que también es un
recordatorio para nuestros tiempos. Precisamente vemos que cuanto más nos
abandonamos en Dios y crece nuestra confianza en Él, mayor es también
nuestro trabajo apostólico. Los grandes momentos se viven ante el Sagrario.
Juan Pablo II tituló uno de sus
últimos documentos «la Iglesia vive de la Eucaristía». Siglos antes lo había
expresado santa Margarita con estas palabras: «Sin el Santísimo Sacramento,
yo no podría vivir. Jesús está con su Iglesia compartiendo su historia y sus
alegrías y sufrimientos. No lo vemos pero, ahora que debemos arrostrar
tantas dificultades, lo más urgente es reclinar la cabeza sobre su pecho
para escuchar sus latidos y ser tocados por el amor infinito de su corazón.
Ahí está la fuente secreta del vigor de la Iglesia. Vivimos porque nos ama».