I
A
página principal
|
MARIA EUGENIA de JESÚS (Religiosa Carmelita de Clausura )

Era
el primer día del mes de mayo, el mes de María Auxiliadora del año 1999. Me
encontraba en mi casa de la calle Valencia. Trabajaba de veterinaria mientras ya
estaba terminando mis estudios de doctorado que tanto me gustaban. Puedo decir
que vivía una vida social muy intensa, viajaba mucho y tenía muchos amigos..
.pero, aquel día, a pesar de mi éxito profesional, social y personal, lloraba.
Vivía, en una profunda insatisfacción. ¡Qué vacío,
desesperación y agobio sentía dentro de mí. Es que no rezaba ni prácticamente
creía en Dios. Había borrado de mí la conciencia de pecado y vivía sumergida en
el sin sentido de la vida.
Y aquel día lloraba...y mucho...y me dirigía con furia contra Aquel en
el cual yo no creía. . . y en aquel momento, una efusión repentina de luz anegó
mi alma, como si mil océanos se hubiesen reunido en una única ola de dulzura y
suavidad. Las palabras oídas en mi interior, abrieron mi entendimiento a la luz
de la fe.
El Dios inaccesible se hacía para mí el Dios personal que
me amaba."EI amor de Dios se ha derramado en nuestros corazones por el
Espíritu que nos ha sido dado." En aquellos momentos quedé como transformada
en un instante.
Era el primer día del mes de Mayo, el mes de María. Recordaba como mis
padres, desde hacía ya tiempo, rezaban juntos a María Auxiliadora por mi "
conversión" . Cuando yo estudiaba todavía en el colegio de las salesianas de la
calle Sepúlveda, había sido consagrada a Marta Auxiliadora: era su hija.
Recuerdo que durante la adolescencia en el colegio de los
salesianos aún lo tenía bastante presente (recuerdo haber participado en el
"Musical D. Bosco") pero después.. .olvidé María Auxiliadora completamente. A
pesar de esto, Ella a mí no me olvidaba: Es una verdadera Madre.
Aquel mes de Mayo no quiso esperarme más y me consiguió la
"conversión" que tantas veces le habían pedido.
¡Qué alegría fue para mí, asistir, después de tantos años,
a la Fiesta de María Auxiliadora!
Cuando la vi entrar en procesión en la Iglesia de los
salesianos, los ojos se me llenaron de lágrimas.
Desde entonces mi vida cambió totalmente. La oración y la
práctica de los sacramentos, se me hicieron imprescindibles. Yo había sido
encontrada por el Dios vivo y el Dios vivo me cautivó completamente: El día 24
de Mayo del año 2000, atravesaba la puerta de la Clausura del Carmelo de
Igualada.
Había sido llamada, por designio amoroso del Señor, para ser Carmelita
descalza. El Carmelo era mi lugar porque el Carmelo es la Orden de la Virgen
María.
Atrás dejaba todo: familia, amigos más íntimos, novio, el ejercicio de
veterinaria, la investigación y la docencia, compañeros profesionales, el
trabajo en la montaña, el trabajo en África, el piso de Barcelona, el mar, el
deporte, la intensa vida social, las actividades que ya desarrollaba en la
Parroquia.
Lo cambiaba todo para colocarme en el inicio de mi plenitud, que ya no
era el mío porque era Cristo el que vive en mí y yo en El. Escondida con
Cristo en Dios. Con María. Siempre con María.
(MARIA EUGENIA es hija del matrimonio Lastras-Membrive del ADMA de
Rocafort. Barcelona. Su padre es de la Adoración Nocturna del Tibidabo).
|
|
|
|
|
Como David contra Goliat : La victoria
con “cinco
piedrecillas”

Todos conocemos la historia de David y Goliat,
que la Biblia nos narra en 1 Samuel 17,32-33.37.40-51. David, de Belén, fue el
segundo rey de Israel y el más insigne de todos.
Él amaba a Dios y Dios estaba con él. Fue el
hijo menor de Jesé. Estaba cuidando las ovejas, cuando llegó Samuel a ungirle
como rey. David era buen pastor, conocía y amaba a sus ovejas, y no corría
atemorizado cuando un león o un oso aparecían rugiendo.
David era valiente. No temía a los enemigos de
Dios y de su pueblo. Cuando fue a ver a sus hermanos mayores que estaban en el
campamento, se enteró de que un filisteo, el gigante Goliat, se burlaba de los
israelitas. Ningún israelita se atrevía a luchar con Goliat. David decidió
entonces enfrentarse al filisteo para liberar a su pueblo. Y lo hizo con una
honda y 5 piedrecillas, según le indicó el Señor. Goliat se burló de él cuando
lo vio llegar. Pero David no se atemorizó, atacó a Goliat con su honda y lo
derribó, clavándole una piedra en la frente.
La historia de David podría parecer bastante
insólita. Usar su honda y una piedra y con ellas vencer a un guerrero gigante...
Pero David venció a Goliat no por su osadía ni por su honda, sino porque tenía
su confianza puesta en el nombre del Señor. Más tarde, Jesús explicaría que lo
que es imposible para el hombre, es posible para Dios.
Hoy, la Santísima Virgen María quiere renovar a
la Iglesia y cuenta para ello con nosotros. Y es que cada uno de nosotros es un
profeta. Cada uno de nosotros es importante en el plan de la salvación que Dios
está realizando a través de Su Madre Santísima. Pero recordemos que el profeta
deja de ser importante cuando desobedece.
La Virgen María se aparece todos los días en
Medjugorje desde el 25 de junio de 1981. Viene como la Reina de la Paz a
decirnos que Dios está vivo y quiere que todos Sus hijos se salven.
Durante los primeros días nadie creía, ni
siquiera los frailes franciscanos a cargo de la parroquia. Pero la Virgen buscó
a unos niños, uno de ellos apenas tenía 10 años.
Ella los llamó: “Queridos hijos” y cada
uno de nosotros somos también un hijo, una hija a los que quiere conducir de
regreso a Dios. Ella nos pide que permitamos a Dios que toque nuestro corazón,
que nos cambie. María nos pide que no tengamos miedo, Ella nos ama a cada uno y
todos somos importantes. Sin nosotros, María no puede hacer nada. Nos pide que
llevemos a todos el mensaje de paz y de oración que liberará a todos los hijos
de Dios. Y para que esto se realice, Ella nos da cinco piedrecillas.
Así como David venció a Goliat con su honda y
5 piedrecillas, también nosotros debemos vencer a nuestro propio Goliat: nuestro
egoísmo, nuestra soberbia, nuestra envidia... en fin, todo lo que nos aparta de
Dios.
Para ello nos ofrece 5 piedrecillas: la oración
con el corazón, el ayuno, la penitencia, la Eucaristía y la Biblia. Y la honda
es nuestra fe, la cual debemos hacer crecer cada día. Fe y confianza en el
Señor, como David.
Oración
La Virgen María nos llama a orar, pero a orar
con el corazón. El cristiano no puede vivir sin oración. La oración es lo que
nos une a todos los hijos de Dios en el mundo. El nos hizo a Su imagen y
semejanza y quiere que entendamos por qué somos tan importantes para Él.
Y lo único que nos pide es que en nuestro
corazón esté el regalo especial del amor que Él nos ha dado. Si un hombre tiene
el corazón endurecido, no puede orar. Pero si comienza a orar un poco todos los
días, todo cambiará para él. Dios quiere que reconozcamos que la oración nos
sana; con la oración seremos capaces de volvernos nuevamente a Él.
Orar con el corazón es también ofrecer a
nuestros enemigos a Dios, ponerlos en nuestro corazón y perdonarlos. Si tienes
odios contra otros, déjalos a los pies de Jesús en la cruz. Perdona a tus
enemigos, no tengas miedo de hacerlo.
Esas cinco piedrecillas dadas a David son
también las cinco decenas del Rosario. El Rosario es un arma garantizada por
Dios, podemos estar seguros de ello y creerlo. Es una biografía, es la historia
de la vida de Jesús y de María. Y es la historia de la Iglesia.
Orar en privado, orar en familia, orar en la
comunidad. Eso es lo que María pide de cada uno de nosotros.
Ayuno
La Virgen María nos pide que ayunemos a pan y
agua, miércoles y viernes. Ayunar no quiere decir únicamente abstenerse de
comer, sino que el ayuno es libertad, una libertad que todos necesitamos
desesperadamente. El ayuno nos devuelve a los tiempos antiguos, cuando la gente
ayunaba para acercarse más a Dios.
Con el ayuno recibimos muchas gracias. El ayuno
se realiza también con nuestros ojos, cuando tratamos deliberadamente de ver a
todos con amor. Ayunar es transformarnos, es liberarnos de la máscara del
egoísmo. Sólo el que ama puede ayunar. Ayunar es sacrificarse y sacrificarse es
amar. Nunca seremos capaces de comprender la cruz de Jesús como el misterio
supremo de amor, si no comenzamos a ayunar. El ayuno es importante para
nosotros, hijos de Adán.
Los enfermos o los desvalidos no pueden ayunar
a pan y agua, pero existen muchas formas de ayunar, por ejemplo, dejar de fumar,
dejar de ver la televisión, dejar de dormir y velar en oración, dejar de mentir,
de murmurar, de criticar durante todo un día, dejar de pecar y dejar a un lado
la soberbia, recordando que somos hijos de Dios y que sin Él nada podemos hacer.
Para liberarnos de Satanás tenemos que ayunar.
Penitencia
María Santísima nos pide
que nos confesemos al menos una vez al mes. Ella dijo: “Si la gente se
confesara al menos una vez al mes, regiones enteras serían sanadas...”
Jesús se pone feliz cuando
llega un pecador a descargar sus pecados en la Confesión. Él lo perdona y
lo abraza con mucho amor, pues nunca lo ha dejado de amar. Y se entristece
cuando no le pedimos perdón por todas nuestras faltas. El Sacramento de la
Reconciliación es el sacramento de la misericordia.
Para poder confesarme
bien, tengo que orar por el sacerdote y él tiene que orar por mí. Si no oramos
por los sacerdotes, ellos no podrán seguir adelante. Necesitan de nuestra
oración, ¡son tan pocos los sacerdotes y es tanta la gente...! También necesitan
nuestro amor, nuestra ayuda. Es a través de nuestras oraciones y de nuestra
conversión como Dios está sanando a la Iglesia.
María dice “¡Confesaos!” ¿Qué
significado tiene la Confesión? Si ésta no fuera tan importante podría hacerse
por teléfono. La Confesión es lo que nos lleva a la Resurrección. Jesús nos dio
este sacramento para que nos sintiéramos en paz y amor. No le demos la espalda a
Jesús.
Eucaristía
La Eucaristía es un sacrificio, el sacrificio
de Cristo por todos, un don del Cielo para todos. En el altar, el sacerdote
ofrece el don supremo, el don más precioso, a Jesús mismo. Es el propio Jesús
quien en ese momento dice: “Tomad y comed
todos de él, porque éste es mi Cuerpo”.
Hemos olvidado que Jesús está real y
verdaderamente presente en la Sagrada Eucaristía. Pensemos qué hermoso es poder
recibirlo con el corazón puro y arrepentido, libres de cualquier atadura. Qué
alegría siente el Señor cuando vamos a Misa y nos acercamos a recibirlo. La
Santa Misa es tan importante... y nosotros no nos damos cuenta de la gracia que
tenemos en ella.
Nuestras lágrimas nos abren el corazón para ver
lo que no veíamos, para amar como nunca amamos antes.
Pero para poder vivir la Santa Misa, debemos
prepararnos. Llegar con anticipación a la iglesia, a fin de disponer de tiempo
para hacer oración y pedirle al Señor que prepare nuestro corazón para el
encuentro con Él. Hay que participar activamente en la celebración, con gestos y
con palabras. Al término de la Misa, no salgamos apresuradamente.
Quedémonos todavía algún tiempo adorando a Dios
que está en nuestro corazón. Démosle gracias por todos los dones que nos da y
especialmente por el don más grande de todos: la Presencia Real de Jesús en la
Eucaristía.
Adorémosle en silencio, démosle oportunidad
para que nos hable al corazón. De ese modo, Jesús podrá sanar nuestras heridas y
llenarnos de fortaleza y amor.
Biblia
Este gran libro es el único libro que no se
puede leer sin el corazón. La Virgen lloró en Medjugorje cuando habló de la
Biblia. Y es que dijo que nosotros hemos escogido mal, porque no hemos escogido
la Biblia. Leemos montañas de periódicos y de revistas, nos pasamos horas
enteras frente al televisor. Con ello escogemos nuestras propias palabras, las
palabras humanas, demasiadas palabras, y nos olvidamos de la Palabra de Dios.
Debemos, pues, redescubrir la Biblia, comenzar
a vivirla y escuchar atentamente lo que nos revela. No olvidemos lo que la
Palabra Divina hizo en el corazón y en la vida de la Santísima Virgen. Y como
Ella ante la Palabra de Dios, también nosotros debemos decir nuestro “fiat”,
nuestro ‘sí’ al Señor. La Palabra de Dios es siempre actual, tiene siempre el
mismo poder y ese poder, esa fuerza, está esperando nuestro ‘sí’. No importa que
leamos un solo pasaje de la Biblia, pero hagámoslo diariamente. ¿Dónde está tu
Biblia? ¿Dónde está Cristo en tu hogar? La Biblia tiene que estar con tu
familia, porque es la luz de tu familia, la luz del mundo. Y después de leer la
Biblia, bésala. Besad la Biblia porque amáis a Jesús, porque ha sido la voz de
Jesús que acabáis de escuchar.
Es Jesús quien nos ha hablado y por eso lo
besamos.
Pues bien, ya tienes en tus manos las 5
piedrecillas: oración con el corazón, ayuno, penitencia, Eucaristía y Biblia.
¿Qué vas a hacer con ellas?
¿Quiere Ud. conocer más acerca de Medjugorje?
Lo invitamos a visitar la Página Web del Florida Center for Peace
http://www.fcpeace.com donde
encontrará un catálogo muy completo sobre libros, audios y videos acerca de este
tema.
|
|
|
|
Alocución del
P. Abad, D. Anselmo Álvarez Navarrete
al final de la Eucaristía de la Bendición Abacial,
Solemnidad de la Exaltación de la Santa Cruz
"Como el
profeta, también nosotros oramos «incesantemente por la nación ciudad de
Jerusalén», es decir, por el pueblo y los pueblos de España, en una plegaria
diaria de intercesión en favor de su paz y su prosperidad, así como por la
conservación de lo más precioso de nuestra herencia que es la fe de esos
pueblos. Desde aquí esta Comunidad observa y acompaña los pasos de nuestra
sociedad, y ora para que no llegue a ponerse en peligro de ruina nuestro
patrimonio espiritual, moral e histórico"

Cuando el pasado mes de junio la disposición de Dios y la decisión de los
hermanos de mi Comunidad se aunaron para encomendarme este ser vicio abacial,
sólo encontré unas palabras para expresar lo que experimenté en ese momento:
«aquí estoy Señor para hacer tu voluntad». Una voluntad inescrutable y
providente, ante la que me siento «agradecido por el pasado, confiado en el
futuro». Esta confianza es la que me permite creer que va a ser Dios quien tome
en sus manos el porvenir de esta Comunidad y que yo seré solamente su
instrumento. Os pido que todos me ayudéis a no defraudar ni la confianza de Dios
ni la de mis hermanos.
Al recapitular ahora ese pasado me vienen a la memoria, en primer lugar,
aquellos que estuvieron en el origen de mi vocación. Ellos alentaron el espíritu
religioso de una familia que dio fruto en mi llamada al sacerdocio y a la vida
monástica, como antes lo había dado en la muerte, con rasgos martiriales, de mi
padre, cuyos restos reposan a unos pocos metros de este altar.
En esa evocación y agradecimiento incluyo a todos los que han contribuido a la
formación de mi espíritu (y de mi mente), a los que me han educado para la vida
monástica y sacerdotal, a los que, a lo largo de muchos años, me han acompañado
con su oración, su ejemplaridad, y la lección de su fidelidad en el servicio de
Dios.
El itinerario que para mí se inició en el seminario de Madrid y que continuó en
la Abadía de Silos desembocó en este Monasterio de la Santa Cruz del Valle de
los Caído; cuando, hace ahora 46 años, el esfuerzo generoso de la Abadía silense
puso 20 de sus monjes al servicio de esta Fundación. De ellos la mayor parte ya
han cambiado los claustros del Valle por los atrios del cielo. Hoy deseo poner
su memoria a los pies de este Santo Cristo, y expresar, en la persona de su
actual Abad, Padre Clemente, la gratitud de todos nosotros por aquel gesto y por
la herencia humana, espiritual y monástica recibida de Silos.
A lo largo de esos años todos nosotros hemos vivido, sufrido y gozado los
avatares de un recorrido lleno de azares. Ha sido una historia de gracia a
través de la cual hemos aprendido que no eran los hombres sino la providencia la
que nos había asignado el sentido primordial de nuestra presencia en este lugar,
sentido que no era otro que el de permanecer al pie de la Cruz, en una ofrenda
de nuestra vida que nos asimilara al que en ella ofreció la suya.
Estamos celebrando la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Diariamente
nuestra mirada se vuelve a ella y su sombra nos cobija. Cada día comprendemos un
poco mejor que su misterio encierra a la vez el misterio de Cristo y del hombre.
Ella es el Árbol de Vida en el que el mundo debe recrear la suya. La Cruz es a
victoria dada al hombre. En ella ha quedado aniquilado todo lo que es
antagónico: el mal, el pecado, la muerte. En ella ha sido «borrado el decreto
que nos había condenado».
A ella subió la Vida para dar vida en su muerte a todo lo que había parecido.
Nadie puede vaciar el misterio de la Cruz, en el que ha sido depositada la
sabiduría y el poder de Dios frente a la necedad impotente del pecado y del mal.
Por eso hay esperanza para futuro del hombre: porque nadie puede anular la Vida,
la Verdad y el Bien, que es el orden divino en el que el hombre ha sido
introducido.
«La Cruz, dice un viejo texto cristiano, permanece firme, en pie, mientras todo
vacila al rededor e ella»: Stat Crux. Es el lema que he escogido para mí. Aquí
en el Valle con frecuencia nos detenemos a contemplar el galopar precipitado de
las nubes sobre la Cruz. No es un pasatiempo, sino una ocasión para la
reflexión. De igual manera que las nubes pasan y su estela se disipa de
inmediato, también las generaciones, con sus obras y proyectos, pasan velozmente
unas tras otras: sólo persiste la Cruz y lo que se ha dejado marcar por ella.
«Paraos en los caminos y preguntad: cuál es la vieja senda; seguidla y hallaréis
la paz». La Cruz se ha convertido en la encrucijada de todos los caminos
humanos, que convergen en ella para recuperar la dirección perdida. Para
recuperar la paz con Dios; la paz de los hombres entre si La Cruz es el lugar
por excelencia de la reconciliación.
En ella se realiza la confluencia final de direcciones que parecían opuestas e
irreconciliables. El mundo y el hombre se unifican con Dios y entre sí cuando se
encuentran en la Cruz. Es allí donde son convocados, después de haber sido
invitados a la mesa en la que Jesús repartió el pan y la sangre para la vida y
la unidad del mundo y de la que se levantó para ir a la Cruz. Junto a ambos nace
y se renueva cada día la humanidad.
A la sombra de esta Cruz del Valle, desde el interior de esta Basílica, los
monjes ofrecemos cada día la liturgia de la reconciliación, de la unidad y de la
paz: «paz para los que están lejos y para los que está cerca». Paz para los que
un día enfrentaron sus ideas y sus espadas y que hoy descansan en un gran
sepulcro único, al pie de la Cruz, como el de Cristo al pie del monte Gólgota, a
la espera de la misma resurrección. El símbolo con que se quiso sellar aquella
hora de España fue una Cruz y un altar. Siguen en pie para que desde ellos se
extienda por todos los ángulos de España la sangre del sacrificio que redime y
la oración que reconciliación. Que lo que ha unido la sangre de Dios no lo
separe el hombre.
Como el profeta, también nosotros oramos «incesantemente por la nación ciudad de
Jerusalén», es decir, por el pueblo y los pueblos de España, en una plegaria
diaria de intercesión en favor de su paz y su prosperidad, así como por la
conservación de lo más precioso de nuestra herencia que es la fe de esos
pueblos. Desde aquí esta Comunidad observa y acompaña los pasos de nuestra
sociedad, y ora para que no llegue a ponerse en peligro de ruina nuestro
patrimonio espiritual, moral e histórico.
«Qué dará el hombre a cambio de su vida y de su alma», preguntaba Jesús a sus
oyentes. ¿Qué dará España a cambio del espíritu, de la cultura y del humanismo
que ha fecundado su civilización? ¿Qué proyectos alternativos realmente válidos
podemos contraponer, en España o en Europa, a los que han sido nuestra razón de
ser: el servicio a Dios y al Evangelio de Cristo, a la persona humana, al orden
fundado en la recta razón y en la ley divina?
No se construye una sociedad amputando previamente sus raíces, o procediendo a
invertir sus fundamentos históricos. Un Pueblo, Nación o Estado no se asienta
sólo en un territorio o en una Constitución, sino ante todo en los gérmenes
seculares de su historia y de su alma colectiva. Los Pueblos tienen también una
entidad orgánica y casi genética cuyos rasgos fundamentales no pueden ser
trastornados sin que se conmuevan sus cimientos. Comprenderlo así forma parte de
la sabiduría de esa colectividad y de sus dirigentes.
Cuando una sociedad deja colapsar su espíritu la obra que construye es ilusa.
Para que una obra sea humana y positiva necesita ser imagen del espíritu del
hombre, que es espíritu de Dios. El hombre no posee nada cuando se ha desposeído
del espíritu. Con él pertenece a una raza divina y humana; sin él no se
pertenece ni a sí mismo.
Dios parece haber sido convertido hoy en el oprobio de Europa y, por extensión,
de España. Su expulsión de nuestro horizonte es la decisión más desdichada jamás
adoptada por Europa. Nunca los europeos han pensado tan pobremente acerca de sí
mismos, y con ello Europa entra en la época más dura y opaca e su historia. No
quiere ni el Nombre de Dios, ni su Ley, ni su Providencia, ni su Cruz: ¿qué le
queda? La protección de algún Gran Hermano?
La orfandad de Europa no va a ser llenada por ningún otro nombre, ni poder ni
providencia humanos. Más bien, debe enfrentarse a la advertencia: «los pueblos
que olvidan a Dios se hunden en la fosa que hicieron» (Sal 9). Y Jesús subraya
en el Evangelio: «La planta que no haya planta do Mi Padre será arrancada de
raíz» (Mt 15, 14). Por eso oramos con el profeta (Sofonías) para que Dios dé «a
nuestros pueblos labios puros para que invoquen el Nombre del Señor», «Nombre
único en el que podemos ser salvados», única piedra angular capaz de cimentar la
ciudad humana.
Nuestra invocación se dirige también a María, la Virgen Madre que «permanecía en
pie junto a la Cruz», y unimos a la suya todas las intercesiones para pedir a su
Hijo que alce su Brazo Poderoso para salvar a su pueblo. Para pedirle que
ilumine nuestras inteligencias a fin de comprender que la verdad no ha pasado de
Dios al hombre, ni de la Iglesia a las leyes humanas que ignoran las divinas, ni
del Evangelio a los sabios de este mundo. Que sólo es perdurable lo que tiene
sus raíces en la acción y en la palabra de Dios. Todo lo que es Paz y Libertad,
Justicia y Amor y Verdad, está en ella.
Con esta Virgen del Valle, junto a todos los que reposan hermanados en esta
Basílica, en particular con los que ya han sido declarados beatos, con la
multitud de santos españoles que, sobre nuestras cabezas, rodean al Cristo
Pantocrátor, nosotros los monjes del Valle, sólo deseamos mantener nuestra
vigilia de amor y de esperanza junto a la Cruz.
A la sombra de esta Cruz del Valle, desde el interior de esta Basílica, los
monjes ofrecemos cada día la liturgia de la reconciliación, de la unidad y de la
paz: «paz para los que están lejos y para los que está cerca».
Como el profeta, también nosotros oramos «incesantemente por la nación y por la
ciudad de Jerusalén», es decir, por el pueblo y los pueblos de España, en una
plegaria diaria de intercesión en favor de su paz y su prosperidad, así como por
la conservación de lo más precioso de nuestra herencia que es la fe de ese
pueblo. Desde aquí esta Comunidad observa y acompaña los pasos de nuestra
sociedad, y ora para que no llegue a ponerse en peligro de ruina nuestro
patrimonio espiritual, moral e histórico.
Basílica de Santa Cruz. Valle de los Caídos. 14 - IX - 2004
|
|
|
LO QUE PUEDE UN CURA HOY
por
Luis Petit Gralla pbro.
(De la Revista
"Cristiandad", Noviembre 2004, p. 34)

En la capilla del sagrario de la catedral
palentina se encuentra una lápida con la siguiente inscripción: «Pido ser
enterrado junto a un sagrario, para que mis huesos, después de muerto, como mi
lengua y pluma en vida, estén siempre diciendo a los que pasen: ¡Ahí está Jesús!
¡Ahí está! ¡No dejadlo abandonado! Madre Inmaculada, san Juan, santas Marías,
llevad mi alma a la compañía eterna del Corazón de Jesús en el cielo».
Se trata de la tumba del que fuera obispo de aquella diócesis del año 1935 a
1940, el beato Manuel González; Escritor, catequista y fundador de diversas
instituciones religiosas. Recibió la ordenación sacerdotal por la imposición de
manos del cardenal Spínola el año 1901, nombrado arcipreste de Huelva en 1905 y
obispo auxiliar de Málaga en 1915 hasta que cinco años después pasó a ser el
obispo titular de aquella misma diócesis. Estando en Málaga tuvo que huir a
Gibraltar el año 1931 al ser incendiado el palacio episcopal por las turbas
revolucionarias. No pudo volver ya más a esa ciudad, vivió en Madrid hasta que
Pío XI le nombró obispo de Palencia el año 1935. Murió en 1940. Fue beatificado
por el papa Juan Pablo II el 29 de abril de 2001.
Destacó por su vivo amor a la Eucaristía, su santa obsesión por los «sagrarios
abandonados» y por una profunda devoción al Corazón de Jesús. Esos dos amores
intentó inculcarlos a sus sacerdotes y fieles consagrando a ello toda su vida.
Uno de los medios que utilizó para propagar esas devociones fueron los libros;
libros sencillos, cortos y amenos, fáciles de leer y de entender, escritos con
gracia andaluza (era sevillano) y con gran cercanía. Entre esos libros, el que
más éxito tuvo (diez ediciones, traducido a cinco idiomas) lleva por título «Lo
que puede un cura hoy». Está escrito en el año 1910, pero por la situación de
aquel momento y la respuesta del beato tiene para nosotros una gran actualidad.
Se observa en España -y me imagino que no sólo aquí- una obsesión constante en
la política, en la prensa y en el cine por atacar el sacerdocio católico. Un
ejemplo: tres películas optaban por representar a España en los premios Óscar;
en las tres era atacada o ridiculizada la figura del sacerdote católico. Este
ataque de nuestros enemigos coincide con una gran pusilanimidad dentro del
clero, me refiero al clero que quiere ser fiel a la Iglesia, y un desánimo o
pesimismo que -como dice Don Manuel- «todo lo inutiliza». Viendo esta realidad
recordaba la lectura de este libro que dice sobre este punto:
“Nuestros enemigos tienen de nuestro poder una idea mucho mayor de la que
nosotros tenemos. Leed sus periódicos, oíd sus declaraciones, intervenid en sus
conversaciones particulares y de todo eso sacaréis la convicción de que nuestros
enemigos le niegan todo al clero: virtud, ciencia, honradez, todo, menos el
poder.
“El anticlericalismo no es ni más ni menos
que una fórmula del miedo al poder clerical.
Y es contraste, por cierto muy digno de
observación, ver de un lado a nuestros enemigos conspirando contra nosotros,
temblando de miedo como azogados; y de otro, nosotros, falsos de fe en el poder
que Jesucristo nos ha dado, temblar también de miedo ante nuestros enemigos. Y
¡qué! ¿cuál de los dos miedos es el fundado? ¿Cuál de los dos lados tiene
derecho a tener miedo?
“Ellos, sí, ellos porque despojando esa concepción del poder clerical de esas
tenebrosidades y malas artes que le cuelgan los enemigos, están éstos en lo
cierto al creer que nuestro poder se extiende a todos los tiempos y a todas las
esferas.
“Consecuencia: nuestros enemigos nos enseñan o nos estimulan a tener fe en el
poder que Jesucristo nos ha dado”.
Esta es una de las muchas reflexiones que Don Manuel va haciendo durante el
libro tratando de devolver a los pastores de almas la ilusión y la esperanza de
que su labor dará fruto y fruto abundante. Creo que es bueno para nosotros
recordar algún punto de este escrito porque va muy en consonancia con el ideal
de Cristiandad: al Reino de Cristo por los Corazones de Jesús y María. .
Trata primeramente de lo que no puede el cura, para evitar después desilusiones,
mirando las imposibilidades de los feligreses y las del propio sacerdote para
pasar después a lo que puede en general un cura: su presencia, su palabra, su
oración, su trabajo, su mortificación...
El libro tiene un carácter práctico y por ello narra todas las cosas más o menos
grandes o pequeñas que puede hacer un cura (van desde tener limpia la iglesia a
formar una Caja de ahorros). Pero entre todas las posibilidades que da el autor
voy a fijarme en aquella que para nosotros tiene más interés y actualidad,
aquella que efectivamente seguimos sosteniendo con los últimos Romanos
Pontífices que es el remedio para nuestra sociedad: la devoción al Corazón de
Jesús.
No teoriza Don Manuel sobre esta devoción explicando su conveniencia, sino que
la presenta de un modo sencillo y práctico como remedio para esas parroquias
vacías “con un cinco por ciento, si acaso, de fieles que cumplan con el precepto
dominical”.
“y como yo estoy firmemente persuadido de
que un cura que se chifle (y permitidme la palabra en gracia a su expresivo
significado) por el Corazón de Jesús y que tome en serio el chiflar por él a sus
feligreses, es un cura que, si quiere, hasta llegaría a hacer milagros...
“¡Beaterías! ¡Ilusiones! Dirían aquellos, si
leyeran estos rengloncillos. Y como mi ánimo no es discutir, sino contar, vuelvo
a rogar a los que no tienen fe, que me dejen contar tranquilamente unas cuantas
beaterías a mis amigos o, mejor, a mis hermanos en la fe.
“¿Qué es un chiflado?
“El chiflado es el hombre de una sola idea,
de un solo entusiasmo, de una sola dirección. Y todas sus ideas, sus amores y su
actividad a esa sola idea, a ese solo entusiasmo convergen.”
Transcribo el relato simpático que tuvo Don Manuel con un antiguo compañero de
seminario al que había tocado en suerte una de las parroquias más frías de la
diócesis:
“-¿Hay muchas comuniones? -le pregunté.”
-¡Trece! en los cuatro meses que llevo de
cura, y ésas no son de personas del pueblo, sino de forasteros, que han estado
allí de temporada.
- Y a la Misa del domingo, ¿acuden muchos?
-De dieciséis a veinte personas.
-¿Y cuántas almas tiene la parroquia?
-Más de tres mil.
-¿Conocen allí la devoción al Sagrado
Corazón de Jesús?
-Ni una estampa de él.
-¿Quieres hacer una prueba?
- Todo, con tal de no ver aquella soledad
tan triste en que está mi parroquia. .
-Dios te oiga.
Y diciendo y haciendo, voy al cuarto en
donde guardo las cosas de propaganda y saco un vistoso cromo de cerca de un
metro con la imagen del Sagrado Corazón, que me gusta tener para casos
parecidos.
-Aquí tienes -le dije mostrando la imagen-
al que te va a levantar la parroquia y te la va a llenar de gente. Colócala en
el sitio principal. Inaugura su culto con una fiesta lo más solemne que puedas.
Pídele desde hoy que te chifle por él, para que puedas tú chiflar a tu pueblo.
Predica de él, habla de él en el catecismo, en el confesionario, con todo el que
te encuentres y venga a pelo o no. Nómbralo mucho, a todas horas y en todas
partes. Reparte estas estampas y detentes por el pueblo y, hermano mío, ya verás
la que se va a armar en tu parroquia, vas a tener que reforzar el confesionario,
que estará apolillado de no servir, y las campanas, porque te aseguro que va
a caer bulla.
Al mes de nuestra conversación, nueva visita
del compañero, pero variada decoración. Me parecía que venía: hasta más
grueso...”.
Y a continuación narra la transformación
que, en sólo un mes, se había producido en aquella parroquia.
Después de recoger varios testimonios de párrocos que habían introducido en sus
comunidades esta devoción añade: “y al que aun le quedare un poquito de duda
diré lo que santa Teresa, recomendando la eficacia de la devoción a san José:
¡que haga la prueba!”
Para el beato Manuel González el secreto de que una obra no muera es esta
devoción: “Yo no puedo entender la Acción Social Católica más que como una
florescencia del amor al Sagrado Corazón de Jesús. No me atrevo a asegurar que
no se pueden hacer obras sociales sin ese amor. Pero lo que sí aseguro es que en
donde quiera que esté ese amor de verdad hay acción y vida y frutos y todo.”
Recoge el testimonio de una persona que le
escribe una carta respecto a esté mismo tema: “La lectura de estudios sociales
me deja a veces la impresión de falta de calor y espíritu, pues echo de menos
algo: suelen carecer del sello que tienen las que nacen de la devoción al
Sagrado Corazón, sin el cuál, o son estériles, o tienen una vida lánguida y sin
calor o me duele y sorprende que los que a esos problemas dedican su celo e
inteligencia, no hayan sabido calentar sus ideas y trabajos en el amor a ese
divino Corazón, del que usted, inspirado por tan buen Maestro, hace el
fundamento: motor y segura esperanza de la Acción Social Católica.
“Triste es la consecuencia que de esto se
desprende para mí, o sea, lo poco y mal que conocen al Corazón de Jesús y sus
divinas promesas. Sólo verán en su culto una devoción más o menos tierna y
sensible, un medio eficaz de propia santificación, olvidando que promete por su
mediación salvar la sociedad y las naciones enteras.
“Ya puede, pues, agradecer al Corazón de.
Jesús, como una gracia extraordinaria, que le haya inspirado concepto tan
verdadero de su devoción y de su eficaz influencia para la conquista del mundo.
Muchos lo presienten en su interior sin saberlo definir.
“Por tanto, nada hay que temer. El Señor
está con nosotros, está a nuestro lado: nos invita a tener fe, a no tener miedo
de nuestros enemigos, a confiar en él y en las promesas que hizo a santa
Margarita, ¡cómo conviene recordadas a menudo!, repasarlas en nuestro corazón,
¿es que el Señor se ha olvidado de sus promesas? ¿pensamos que eran válidas sólo
para unos tiempos?.. «Derramaré abundantes bendiciones en todas sus empresas:
los pecadores encontrarán en mi Corazón un océano de misericordia, las almas
tibias se volverán fervorosas, las almas fervorosas harán rápidos progresos en
la perfección, otorgaré a aquellos que se ocupen de la salvación de las almas el
don de mover los corazones más endurecidos, grabaré para siempre en mi Corazón
los nombres de aquellos que propaguen esta devoción...»
Todo ello debe ser
motivo para nosotros de alegría y esperanza.
Termino citando de
nuevo al beato Manuel González:
« Sacerdotes, religiosos, católicos todos,
¡dichoso el día en que cada parroquia tuviera, por lo menos, un chiflado por el
Sagrado Corazón de Jesús! El día en que en España o en el mundo se pudiera
formar una gran hermandad de chiflados por el Corazón de Jesús, con
corresponsales ídem en cada pueblo, era el día, o por lo menos la víspera, del
triunfo definitivo de Jesucristo, Rey de los siglos.”

Mel Gibson y las Carmelitas
Fuente: Buenas Noticias -
Autor: Marco Antonio Batta
En
la Cuaresma de 2004, las carmelitas de Coimbra (Portugal) quisieron, como muchos
otros, ver la película The Passion. Este convento de clausura es
importante porque a él pertenece Sor Lucía, una de las videntes de la Virgen de
Fátima.
Al parecer, los conventos de clausura no están aislados del mundo, sino más bien
en el corazón del mundo. Ya lo decía un obispo: «cuando quiero saber qué
está pasando en mi diócesis, me voy a un convento de clausura». Claro, como allí
no hay ni periódicos ni televisión, por eso están tan bien informadas…
La noticia de la nueva película también se coló por el torno. Pidieron verla y
les dijeron que, desgraciadamente, aún no existía ni en vídeo ni en DVD. Sin
embargo, una amiga de las religiosas que tenía un conocido en Icon
Productions, preguntó si no se podría encontrar otra solución, dado que las
carmelitas no pueden ir al cine. Y la encontraron.
Sin saber cómo, Mel Gibson, tuvo noticia del interés de las religiosas y decidió
hacerles realidad su sueño: envió una pantalla, un proyector y un equipo de
técnicos para improvisar una sala de cine en el mismo convento. Todo pagado de
su bolsillo. ¿Las religiosas? Por los cielos de contentas.
Meses más tarde visitó el convento. Según comentó la priora, la Madre Celina,
durante la charla que tuvieron en el locutorio, el famoso director de cine
respondió con amabilidad a todas las preguntas que le formularon las hermanas.
La noticia se conoce hasta ahora porque Mel Gibson no quiso que se le diera
publicidad en aquel momento, pues lo podían acusar de estar utilizando a la
vidente de Fátima para promover su película…
Hace 25 años, Gibson era “sólo” un famoso artista de cine. Pocos habrían
imaginado el cambio espiritual que se daría en la vida de este ídolo de
Hollywood. Después de todo, sabemos que el mundo del espectáculo, por desgracia,
no es el lugar más apto para vivir las virtudes cristinas. Y sin embargo, hasta
en climas tan adversos, la gracia divina produce sus frutos.
¿No es esto motivo de esperanza? El hombre no es una realidad estática, cerrada,
“irreparable”. Puede cambiar y, con la gracia divina, puede hasta
transformarse. Ese compañero de trabajo, ese familiar, ese amigo a quien
quizás consideramos un “caso perdido”, con la ayuda de Dios, tiene solución.
Y no sólo ellos, también nosotros, a pesar de nuestros defectos, limitaciones y
continuas reincidencias, podemos cambiar. ¿Por qué no desempolvar aquella “vieja
idea” de que con Dios todo lo podemos y que por nosotros mismos nada
podemos? Si de un artista de cine hizo un cristiano convencido, ¿no podrá
hacer con nosotros algo semejante?
Mis recuerdos de los últimos años del siglo
xx
Vivo en el país báltico a
casi mil kilómetros de mi lugar de origen, pero todos los años en el verano voy
a visitarla, para ver a padres y hermanos.
El año pasado tuve la
dicha de hospedar en mi casa algunas personas de Eslovaquia, y también a Olga K.
Visitaron nuestra iglesia
parroquial del siglo xvii, que
milagrosamente ha sobrevivido a los tiempos del comunismo. En los libros
constaba que esta iglesia había sido destruida en la revolución de 1917. Un
final parecido les tocó a todas las iglesias de la ciudad igual que a las del
país vecino, Ucrania.
Quiero responder a la
pregunta de Olga y exponer algunos recuerdos de mi infancia y de los bancos de
la escuela.
Soy la segunda de ocho
hijos y provengo de una familia cristiana. Hoy mis padres están rodeados de
trece nietos. Mi escuela fue del 1959 al 1968. Eran los años de los cambios
políticos de Krusciov y era posible respirar un poco, tras la represión de
Stalin.
En la escuela media no
pertenecía a ninguna organización juvenil comunista y tampoco en los años de
estudios superiores. Esto resultaba un poco extraño en la Unión soviética.
Pertenecer a una organización resultaba casi un deber, y más si se quería
acceder a estudios superiores. Con creyentes de Lituania eran tratados con mayor
consideración, por lo que, siguiendo los consejos de un sacerdote de Lituania
que trabajaba en Ucrania, inicié los estudios de medicina precisamente en Kovno.
Me extrañaba que nadie me preguntase y que no me obligaran a entrar en la
organización comunista juvenil (komsomol).
Nunca hice manifestación
de mi fe, pero nunca dejé de acudir a la misa dominical. Al final del primer año
de estudios, en un encuentro que tenía por finalidad revisar el trabajo del año,
sin previo aviso intervino un estudiante que provenía de Ucrania. Mostró su
desprecio hacia dos estudiantes que no pertenecían al komsomol. Y añadió que no
era posible estudiar si no se era miembro de esta organización. E increpó a los
miembros de la asociación, porque se manifestaban indiferentes antes tal hecho.
Ante tal sorpresa, al
visitar a los familiares de Ucrania, pensé que éste seria el primero y último
año como estudiante. Para no preocupar a mis padres, no les comenté nada sobre
lo sucedido. La Providencia tuvo cuidado de mi. Pude terminar mis estudios, sin
participar en las estructuras comunistas de educación.
Quiero decir que, si
excluimos a mis hermanos, todos los estudiantes eran miembros de las
organizaciones. Esto hacía que nuestros padres fueran convocados a veces para
escuchar que actuando así cerrábamos las puertas a los hijos y que no podrían
acceder a los estudios superiores a pesar de sus capacidades. Había profesores
que afirmaban que era posible tener a Dios en el corazón, al ser esto algo
privado, pero que había que apuntarse en las organización comunista y que así
hacían todos los alumnos.
Al ser aplicada en la
escuela, no podían llamarme la atención, aunque no faltasen las ironías; algunos
compañeros no entendían cómo me podían tratar así.
En la escuela no estaban
permitidos los signos religiosos; la medalla había que esconderla bajo el
vestido. Una vez fui a la escuela con la medalla y la cadena al cuello. El
profesor de química, al darse cuenta, me sacó a la pizarra y me hizo algunas
preguntas sobre la materia. Como respondí perfectamente, no me pudo hacer
ninguna objeción. Llamó a continuación a otras que no supo responder. Al ver su
anillo en el dedo, hizo la siguiente observación:
"En vez de fijarte en los
libros, te fijas en el anillo; si lo llevaras al cuello, quizá podría servirte
para tus estudios". La maliciosa referencia a la medalla era evidente.
También el director buscaba toda ocasión para hacerme observaciones al respecto.
La iglesia más cercana la
teníamos a 25 kilómetros. El autobús de vuelta estaba lleno hasta los topes, lo
que causaba retrasos e impedía prepararse las lecciones del día siguiente. El
director, que sabía que iba a la iglesia, aprovechaba la primera clase del lunes
para preguntarme. Como era capaz de responder a sus preguntas, me dejaba en paz.
Una vez, al preguntar a uno de los compañeros que no supo responder
adecuadamente, se dirigió a él preguntándole si no llevaba una cruz sobre el
pecho. El muchacho abrió su camisa para mostrar que no lo llevaba.
La iglesia de mi
parroquia se cerró y fue convertida en sala de baile y en un cine. Nadie de mi
casa iba ni al cine ni al baile. Creo que fue mérito de nuestros padres, que nos
educaron no solo de palabra, sino con el testimonio de una fe profunda, con la
estima hacia lo sacro y las cosas consagradas.
Quiero citar un episodio.
Tenía ocho o nueve años. Jugaba en la escuela con mi hermana y con otros niños.
En el juego se necesitaban unas piedrecitas lisas. Uno de los chicos se trajo un
trozo de mármol del piso quitado de la iglesia Mi hermana y yo lo cogimos y lo
llevamos a casa. Mi madre lo cogió y lo besó con lágrimas y nos explicó que
sobre este piso caminaba Jesús mismo. Nos explicó que no podíamos jugar con él y
que lo lleváramos al cementerio que es también lugar sagrado. Y una vez que nos
llevaron a todos a aquel lugar para ver una película, yo me agarré a los
barrotes y no quería entrar. Todos querían empujarme hacia dentro. Al final el
maestro dijo que me dejaran en paz.
Hoy, al subir las
escaleras del templo, restituido al culto, para participar en la Eucaristía,
cuando veo a los niños que corren y están contentos, no puedo olvidar ese
momento y el corazón se me llena de agradecimiento al buen Dios por esta gracia
maravillosa que me concedió.
Marija- Subgrupo Vilnius
PLIRU
De la Revista CRECER, Órgano de
la unión de las VDB (Voluntarias Don Bosco) diciembre 2004
A página
2 3
|
|
|
En la capilla del sagrario de la catedral
palentina se encuentra una lápida con la siguiente inscripción: «Pido ser
enterrado junto a un sagrario, para que mis huesos, después de muerto, como mi
lengua y pluma en vida, estén siempre diciendo a los que pasen: ¡Ahí está Jesús!
¡Ahí está! ¡No dejadlo abandonado! Madre Inmaculada, san Juan, santas Marías,
llevad mi alma a la compañía eterna del Corazón de Jesús en el cielo».
Se trata de la tumba del que fuera obispo de aquella diócesis del año 1935 a
1940, el beato Manuel González; Escritor, catequista y fundador de diversas
instituciones religiosas. Recibió la ordenación sacerdotal por la imposición de
manos del cardenal Spínola el año 1901, nombrado arcipreste de Huelva en 1905 y
obispo auxiliar de Málaga en 1915 hasta que cinco años después pasó a ser el
obispo titular de aquella misma diócesis. Estando en Málaga tuvo que huir a
Gibraltar el año 1931 al ser incendiado el palacio episcopal por las turbas
revolucionarias. No pudo volver ya más a esa ciudad, vivió en Madrid hasta que
Pío XI le nombró obispo de Palencia el año 1935. Murió en 1940. Fue beatificado
por el papa Juan Pablo II el 29 de abril de 2001.
Destacó por su vivo amor a la Eucaristía, su santa obsesión por los «sagrarios
abandonados» y por una profunda devoción al Corazón de Jesús. Esos dos amores
intentó inculcarlos a sus sacerdotes y fieles consagrando a ello toda su vida.
Uno de los medios que utilizó para propagar esas devociones fueron los libros;
libros sencillos, cortos y amenos, fáciles de leer y de entender, escritos con
gracia andaluza (era sevillano) y con gran cercanía. Entre esos libros, el que
más éxito tuvo (diez ediciones, traducido a cinco idiomas) lleva por título «Lo
que puede un cura hoy». Está escrito en el año 1910, pero por la situación de
aquel momento y la respuesta del beato tiene para nosotros una gran actualidad.
Se observa en España -y me imagino que no sólo aquí- una obsesión constante en
la política, en la prensa y en el cine por atacar el sacerdocio católico. Un
ejemplo: tres películas optaban por representar a España en los premios Óscar;
en las tres era atacada o ridiculizada la figura del sacerdote católico. Este
ataque de nuestros enemigos coincide con una gran pusilanimidad dentro del
clero, me refiero al clero que quiere ser fiel a la Iglesia, y un desánimo o
pesimismo que -como dice Don Manuel- «todo lo inutiliza». Viendo esta realidad
recordaba la lectura de este libro que dice sobre este punto:
“Nuestros enemigos tienen de nuestro poder una idea mucho mayor de la que
nosotros tenemos. Leed sus periódicos, oíd sus declaraciones, intervenid en sus
conversaciones particulares y de todo eso sacaréis la convicción de que nuestros
enemigos le niegan todo al clero: virtud, ciencia, honradez, todo, menos el
poder.
“El anticlericalismo no es ni más ni menos
que una fórmula del miedo al poder clerical.
Y es contraste, por cierto muy digno de
observación, ver de un lado a nuestros enemigos conspirando contra nosotros,
temblando de miedo como azogados; y de otro, nosotros, falsos de fe en el poder
que Jesucristo nos ha dado, temblar también de miedo ante nuestros enemigos. Y
¡qué! ¿cuál de los dos miedos es el fundado? ¿Cuál de los dos lados tiene
derecho a tener miedo?
“Ellos, sí, ellos porque despojando esa concepción del poder clerical de esas
tenebrosidades y malas artes que le cuelgan los enemigos, están éstos en lo
cierto al creer que nuestro poder se extiende a todos los tiempos y a todas las
esferas.
“Consecuencia: nuestros enemigos nos enseñan o nos estimulan a tener fe en el
poder que Jesucristo nos ha dado”.
Esta es una de las muchas reflexiones que Don Manuel va haciendo durante el
libro tratando de devolver a los pastores de almas la ilusión y la esperanza de
que su labor dará fruto y fruto abundante. Creo que es bueno para nosotros
recordar algún punto de este escrito porque va muy en consonancia con el ideal
de Cristiandad: al Reino de Cristo por los Corazones de Jesús y María. .
Trata primeramente de lo que no puede el cura, para evitar después desilusiones,
mirando las imposibilidades de los feligreses y las del propio sacerdote para
pasar después a lo que puede en general un cura: su presencia, su palabra, su
oración, su trabajo, su mortificación...
El libro tiene un carácter práctico y por ello narra todas las cosas más o menos
grandes o pequeñas que puede hacer un cura (van desde tener limpia la iglesia a
formar una Caja de ahorros). Pero entre todas las posibilidades que da el autor
voy a fijarme en aquella que para nosotros tiene más interés y actualidad,
aquella que efectivamente seguimos sosteniendo con los últimos Romanos
Pontífices que es el remedio para nuestra sociedad: la devoción al Corazón de
Jesús.
No teoriza Don Manuel sobre esta devoción explicando su conveniencia, sino que
la presenta de un modo sencillo y práctico como remedio para esas parroquias
vacías “con un cinco por ciento, si acaso, de fieles que cumplan con el precepto
dominical”.
“y como yo estoy firmemente persuadido de
que un cura que se chifle (y permitidme la palabra en gracia a su expresivo
significado) por el Corazón de Jesús y que tome en serio el chiflar por él a sus
feligreses, es un cura que, si quiere, hasta llegaría a hacer milagros...
“¡Beaterías! ¡Ilusiones! Dirían aquellos, si
leyeran estos rengloncillos. Y como mi ánimo no es discutir, sino contar, vuelvo
a rogar a los que no tienen fe, que me dejen contar tranquilamente unas cuantas
beaterías a mis amigos o, mejor, a mis hermanos en la fe.
“¿Qué es un chiflado?
“El chiflado es el hombre de una sola idea,
de un solo entusiasmo, de una sola dirección. Y todas sus ideas, sus amores y su
actividad a esa sola idea, a ese solo entusiasmo convergen.”
Transcribo el relato simpático que tuvo Don Manuel con un antiguo compañero de
seminario al que había tocado en suerte una de las parroquias más frías de la
diócesis:
“-¿Hay muchas comuniones? -le pregunté.”
-¡Trece! en los cuatro meses que llevo de
cura, y ésas no son de personas del pueblo, sino de forasteros, que han estado
allí de temporada.
- Y a la Misa del domingo, ¿acuden muchos?
-De dieciséis a veinte personas.
-¿Y cuántas almas tiene la parroquia?
-Más de tres mil.
-¿Conocen allí la devoción al Sagrado
Corazón de Jesús?
-Ni una estampa de él.
-¿Quieres hacer una prueba?
- Todo, con tal de no ver aquella soledad
tan triste en que está mi parroquia. .
-Dios te oiga.
Y diciendo y haciendo, voy al cuarto en
donde guardo las cosas de propaganda y saco un vistoso cromo de cerca de un
metro con la imagen del Sagrado Corazón, que me gusta tener para casos
parecidos.
-Aquí tienes -le dije mostrando la imagen-
al que te va a levantar la parroquia y te la va a llenar de gente. Colócala en
el sitio principal. Inaugura su culto con una fiesta lo más solemne que puedas.
Pídele desde hoy que te chifle por él, para que puedas tú chiflar a tu pueblo.
Predica de él, habla de él en el catecismo, en el confesionario, con todo el que
te encuentres y venga a pelo o no. Nómbralo mucho, a todas horas y en todas
partes. Reparte estas estampas y detentes por el pueblo y, hermano mío, ya verás
la que se va a armar en tu parroquia, vas a tener que reforzar el confesionario,
que estará apolillado de no servir, y las campanas, porque te aseguro que va
a caer bulla.
Al mes de nuestra conversación, nueva visita
del compañero, pero variada decoración. Me parecía que venía: hasta más
grueso...”.
Y a continuación narra la transformación
que, en sólo un mes, se había producido en aquella parroquia.
Después de recoger varios testimonios de párrocos que habían introducido en sus
comunidades esta devoción añade: “y al que aun le quedare un poquito de duda
diré lo que santa Teresa, recomendando la eficacia de la devoción a san José:
¡que haga la prueba!”
Para el beato Manuel González el secreto de que una obra no muera es esta
devoción: “Yo no puedo entender la Acción Social Católica más que como una
florescencia del amor al Sagrado Corazón de Jesús. No me atrevo a asegurar que
no se pueden hacer obras sociales sin ese amor. Pero lo que sí aseguro es que en
donde quiera que esté ese amor de verdad hay acción y vida y frutos y todo.”
Recoge el testimonio de una persona que le
escribe una carta respecto a esté mismo tema: “La lectura de estudios sociales
me deja a veces la impresión de falta de calor y espíritu, pues echo de menos
algo: suelen carecer del sello que tienen las que nacen de la devoción al
Sagrado Corazón, sin el cuál, o son estériles, o tienen una vida lánguida y sin
calor o me duele y sorprende que los que a esos problemas dedican su celo e
inteligencia, no hayan sabido calentar sus ideas y trabajos en el amor a ese
divino Corazón, del que usted, inspirado por tan buen Maestro, hace el
fundamento: motor y segura esperanza de la Acción Social Católica.
“Triste es la consecuencia que de esto se
desprende para mí, o sea, lo poco y mal que conocen al Corazón de Jesús y sus
divinas promesas. Sólo verán en su culto una devoción más o menos tierna y
sensible, un medio eficaz de propia santificación, olvidando que promete por su
mediación salvar la sociedad y las naciones enteras.
“Ya puede, pues, agradecer al Corazón de.
Jesús, como una gracia extraordinaria, que le haya inspirado concepto tan
verdadero de su devoción y de su eficaz influencia para la conquista del mundo.
Muchos lo presienten en su interior sin saberlo definir.
“Por tanto, nada hay que temer. El Señor
está con nosotros, está a nuestro lado: nos invita a tener fe, a no tener miedo
de nuestros enemigos, a confiar en él y en las promesas que hizo a santa
Margarita, ¡cómo conviene recordadas a menudo!, repasarlas en nuestro corazón,
¿es que el Señor se ha olvidado de sus promesas? ¿pensamos que eran válidas sólo
para unos tiempos?.. «Derramaré abundantes bendiciones en todas sus empresas:
los pecadores encontrarán en mi Corazón un océano de misericordia, las almas
tibias se volverán fervorosas, las almas fervorosas harán rápidos progresos en
la perfección, otorgaré a aquellos que se ocupen de la salvación de las almas el
don de mover los corazones más endurecidos, grabaré para siempre en mi Corazón
los nombres de aquellos que propaguen esta devoción...»
Todo ello debe ser
motivo para nosotros de alegría y esperanza.
Termino citando de
nuevo al beato Manuel González:
« Sacerdotes, religiosos, católicos todos,
¡dichoso el día en que cada parroquia tuviera, por lo menos, un chiflado por el
Sagrado Corazón de Jesús! El día en que en España o en el mundo se pudiera
formar una gran hermandad de chiflados por el Corazón de Jesús, con
corresponsales ídem en cada pueblo, era el día, o por lo menos la víspera, del
triunfo definitivo de Jesucristo, Rey de los siglos.”

Mel Gibson y las Carmelitas
Fuente: Buenas Noticias -
Autor: Marco Antonio Batta
En
la Cuaresma de 2004, las carmelitas de Coimbra (Portugal) quisieron, como muchos
otros, ver la película The Passion. Este convento de clausura es
importante porque a él pertenece Sor Lucía, una de las videntes de la Virgen de
Fátima.
Al parecer, los conventos de clausura no están aislados del mundo, sino más bien
en el corazón del mundo. Ya lo decía un obispo: «cuando quiero saber qué
está pasando en mi diócesis, me voy a un convento de clausura». Claro, como allí
no hay ni periódicos ni televisión, por eso están tan bien informadas…
La noticia de la nueva película también se coló por el torno. Pidieron verla y
les dijeron que, desgraciadamente, aún no existía ni en vídeo ni en DVD. Sin
embargo, una amiga de las religiosas que tenía un conocido en Icon
Productions, preguntó si no se podría encontrar otra solución, dado que las
carmelitas no pueden ir al cine. Y la encontraron.
Sin saber cómo, Mel Gibson, tuvo noticia del interés de las religiosas y decidió
hacerles realidad su sueño: envió una pantalla, un proyector y un equipo de
técnicos para improvisar una sala de cine en el mismo convento. Todo pagado de
su bolsillo. ¿Las religiosas? Por los cielos de contentas.
Meses más tarde visitó el convento. Según comentó la priora, la Madre Celina,
durante la charla que tuvieron en el locutorio, el famoso director de cine
respondió con amabilidad a todas las preguntas que le formularon las hermanas.
La noticia se conoce hasta ahora porque Mel Gibson no quiso que se le diera
publicidad en aquel momento, pues lo podían acusar de estar utilizando a la
vidente de Fátima para promover su película…
Hace 25 años, Gibson era “sólo” un famoso artista de cine. Pocos habrían
imaginado el cambio espiritual que se daría en la vida de este ídolo de
Hollywood. Después de todo, sabemos que el mundo del espectáculo, por desgracia,
no es el lugar más apto para vivir las virtudes cristinas. Y sin embargo, hasta
en climas tan adversos, la gracia divina produce sus frutos.
¿No es esto motivo de esperanza? El hombre no es una realidad estática, cerrada,
“irreparable”. Puede cambiar y, con la gracia divina, puede hasta
transformarse. Ese compañero de trabajo, ese familiar, ese amigo a quien
quizás consideramos un “caso perdido”, con la ayuda de Dios, tiene solución.
Y no sólo ellos, también nosotros, a pesar de nuestros defectos, limitaciones y
continuas reincidencias, podemos cambiar. ¿Por qué no desempolvar aquella “vieja
idea” de que con Dios todo lo podemos y que por nosotros mismos nada
podemos? Si de un artista de cine hizo un cristiano convencido, ¿no podrá
hacer con nosotros algo semejante?
Mis recuerdos de los últimos años del siglo
xx
Vivo en el país báltico a
casi mil kilómetros de mi lugar de origen, pero todos los años en el verano voy
a visitarla, para ver a padres y hermanos.
El año pasado tuve la
dicha de hospedar en mi casa algunas personas de Eslovaquia, y también a Olga K.
Visitaron nuestra iglesia
parroquial del siglo xvii, que
milagrosamente ha sobrevivido a los tiempos del comunismo. En los libros
constaba que esta iglesia había sido destruida en la revolución de 1917. Un
final parecido les tocó a todas las iglesias de la ciudad igual que a las del
país vecino, Ucrania.
Quiero responder a la
pregunta de Olga y exponer algunos recuerdos de mi infancia y de los bancos de
la escuela.
Soy la segunda de ocho
hijos y provengo de una familia cristiana. Hoy mis padres están rodeados de
trece nietos. Mi escuela fue del 1959 al 1968. Eran los años de los cambios
políticos de Krusciov y era posible respirar un poco, tras la represión de
Stalin.
En la escuela media no
pertenecía a ninguna organización juvenil comunista y tampoco en los años de
estudios superiores. Esto resultaba un poco extraño en la Unión soviética.
Pertenecer a una organización resultaba casi un deber, y más si se quería
acceder a estudios superiores. Con creyentes de Lituania eran tratados con mayor
consideración, por lo que, siguiendo los consejos de un sacerdote de Lituania
que trabajaba en Ucrania, inicié los estudios de medicina precisamente en Kovno.
Me extrañaba que nadie me preguntase y que no me obligaran a entrar en la
organización comunista juvenil (komsomol).
Nunca hice manifestación
de mi fe, pero nunca dejé de acudir a la misa dominical. Al final del primer año
de estudios, en un encuentro que tenía por finalidad revisar el trabajo del año,
sin previo aviso intervino un estudiante que provenía de Ucrania. Mostró su
desprecio hacia dos estudiantes que no pertenecían al komsomol. Y añadió que no
era posible estudiar si no se era miembro de esta organización. E increpó a los
miembros de la asociación, porque se manifestaban indiferentes antes tal hecho.
Ante tal sorpresa, al
visitar a los familiares de Ucrania, pensé que éste seria el primero y último
año como estudiante. Para no preocupar a mis padres, no les comenté nada sobre
lo sucedido. La Providencia tuvo cuidado de mi. Pude terminar mis estudios, sin
participar en las estructuras comunistas de educación.
Quiero decir que, si
excluimos a mis hermanos, todos los estudiantes eran miembros de las
organizaciones. Esto hacía que nuestros padres fueran convocados a veces para
escuchar que actuando así cerrábamos las puertas a los hijos y que no podrían
acceder a los estudios superiores a pesar de sus capacidades. Había profesores
que afirmaban que era posible tener a Dios en el corazón, al ser esto algo
privado, pero que había que apuntarse en las organización comunista y que así
hacían todos los alumnos.
Al ser aplicada en la
escuela, no podían llamarme la atención, aunque no faltasen las ironías; algunos
compañeros no entendían cómo me podían tratar así.
En la escuela no estaban
permitidos los signos religiosos; la medalla había que esconderla bajo el
vestido. Una vez fui a la escuela con la medalla y la cadena al cuello. El
profesor de química, al darse cuenta, me sacó a la pizarra y me hizo algunas
preguntas sobre la materia. Como respondí perfectamente, no me pudo hacer
ninguna objeción. Llamó a continuación a otras que no supo responder. Al ver su
anillo en el dedo, hizo la siguiente observación:
"En vez de fijarte en los
libros, te fijas en el anillo; si lo llevaras al cuello, quizá podría servirte
para tus estudios". La maliciosa referencia a la medalla era evidente.
También el director buscaba toda ocasión para hacerme observaciones al respecto.
La iglesia más cercana la
teníamos a 25 kilómetros. El autobús de vuelta estaba lleno hasta los topes, lo
que causaba retrasos e impedía prepararse las lecciones del día siguiente. El
director, que sabía que iba a la iglesia, aprovechaba la primera clase del lunes
para preguntarme. Como era capaz de responder a sus preguntas, me dejaba en paz.
Una vez, al preguntar a uno de los compañeros que no supo responder
adecuadamente, se dirigió a él preguntándole si no llevaba una cruz sobre el
pecho. El muchacho abrió su camisa para mostrar que no lo llevaba.
La iglesia de mi
parroquia se cerró y fue convertida en sala de baile y en un cine. Nadie de mi
casa iba ni al cine ni al baile. Creo que fue mérito de nuestros padres, que nos
educaron no solo de palabra, sino con el testimonio de una fe profunda, con la
estima hacia lo sacro y las cosas consagradas.
Quiero citar un episodio.
Tenía ocho o nueve años. Jugaba en la escuela con mi hermana y con otros niños.
En el juego se necesitaban unas piedrecitas lisas. Uno de los chicos se trajo un
trozo de mármol del piso quitado de la iglesia Mi hermana y yo lo cogimos y lo
llevamos a casa. Mi madre lo cogió y lo besó con lágrimas y nos explicó que
sobre este piso caminaba Jesús mismo. Nos explicó que no podíamos jugar con él y
que lo lleváramos al cementerio que es también lugar sagrado. Y una vez que nos
llevaron a todos a aquel lugar para ver una película, yo me agarré a los
barrotes y no quería entrar. Todos querían empujarme hacia dentro. Al final el
maestro dijo que me dejaran en paz.
Hoy, al subir las
escaleras del templo, restituido al culto, para participar en la Eucaristía,
cuando veo a los niños que corren y están contentos, no puedo olvidar ese
momento y el corazón se me llena de agradecimiento al buen Dios por esta gracia
maravillosa que me concedió.
Marija- Subgrupo Vilnius
PLIRU
De la Revista CRECER, Órgano de
la unión de las VDB (Voluntarias Don Bosco) diciembre 2004
A
página principal
SSubir
al principioo