XI


 

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Ser hombre de palabra
Diosito sabe por qué hace las cosas
Carla quiere al Papa
Cristo busca un papel en Hollywood
El Cristo roto
El cardenal Swiatek, héroe en el gulag soviético
El Santuario de Guadalupe en Sacramento, California
El hijo anencefálico
La Cristiada mexicana, 80 años después
Mi sangre es verdadera bebida, P. Cantalamessa

 

Ser hombre de palabra

¿Puede un niño prometer su vida a otro y cumplir 28 años más tarde su palabra? Sí es posible. Es lo que llevó a cabo Bich Vu el 10 de junio al recibir el sacerdocio en la diócesis de Orange, en Estados Unidos. Cuando tenía 10 años, en 1978, su familia huyó de Vietnam en barca a causa de la persecución. Estuvieron con otras 125 personas durante dos semanas y media a la deriva. En esos momentos, Bich le prometió a Dios entregarle su vida si salvaba a su familia. 28 años más tarde ha cumplido su palabra, pues ni él ni su familia estarían ahí si no fuera por el Señor.

Por Juan María Piñero, L.C. Con datos de Los Angeles Times, 09-06-2006

 

 

   Diosito sabe por qué hace las cosas

 

   Fuente: www.buenas-noticias.org

   Autor: Jorge David García, L.C.

En aquel jueves brumoso se precipitó la borrasca de mayo. Tomé un taxi. El chofer, César, sin despegar los labios, miraba al frente. Di el envite para barajar una conversación amena y César resultó ser de lo más afable.

A la hora de frenar tiró de una palanca. Me admiré al descubrir que sólo conducía con las manos. Sus pies reposaban inmóviles, como atrofiados. Con una pizca de disimulo y curiosidad le aseguré a César que «era un taxista muy especial».

Sin pena me contestó que así era; pues, aunque minusválido, conducía su cochecillo desde 8 años atrás. Me atolondré por un instante. Para salir al paso le felicité y estuve al filo de decirle: «Es Usted el mejor taxista minusválido que he conocido».

Pero más bien di rienda suelta a lo que me quedaba de catecismo: Que Dios se vale aun del mismo mal para salvarnos; que obliga al mal a transformarse en bien; que hiere y da la medicina; y una retahíla de esas cosas que desfilan por nuestra boca cuando nos preconizamos «consoladores» de los dolientes.

Su voz me cortó en seco y sin sombra de altivez siguió: «Sí, Diosito sabe por qué hace las cosas. Yo no sé adónde hubiera corrido con los dos pies. Y le agradezco por ello».

Enseguida me poseyó el asombro; aquél que también sobrecogió a Jesús al oír a la mujer siro-fenicia, y al centurión. Me sentí pequeño. Su sonrisa iluminó mi catecismo. Todo aquello era verdad. Cuando Dios arrebata los pies, nos da ruedas. Cuando rompe nuestro caparazón, nos pone alas. Cuando nos embadurna las pupilas con cieno, nos quita las escamas, y vemos.

Sí, aquel día vi. El rostro de César me recuerda que la vida siempre vale la pena. Siempre.  

 

 

     Carla quiere al Papa


Carla apenas tiene cuatro años. Es rubia como los ángeles y es un ángel. Me sorprendió absorto en ese nuevo monte urbano de las Bienaventuranzas. Sonreía. «Hola», me dijo. «Hola», le contesté.

«¿De dónde eres?», pregunté interesado. –«De Cádiz». –«¿Ypor qué has venido a Valencia?», añadí. –«Porque quiero mucho al Papa». –«Como todos los niños», apunté. «No –dijo con cierto enfado–; hay niños que no le quieren. Sólo le quieren los que tienen en su corazón a Jesús». La miré, de nuevo, a los ojos, en silencio. Cuando me quise dar cuenta estaba ya jugando con un grupo de niños de su misma edad. (Alfa y Omega, nº 507 - 13.07.06)

 

Cristo busca un papel en Hollywood

Fuente: www.buenas-noticias.org

Autor: Juan Antonio Ruiz, L.C.

 

- ¡Agustín! ¡¡Agustín!! Pero, ¿dónde se habrá metido éste? ¡¡¡Agustín!!!

Por fin, el interpelado llegó corriendo y, extendiendo las manos en señal de disculpa, dijo:


- Perdona, Señor, pero tu Madre me estaba pidiendo algo y ya sabes qué tenacidad tiene.


-Sí – respondió Jesús, mientras se le pintaba una sonrisa – así es Ella. Pero bueno, a lo que iba… ¿Hace cuánto que no vigilas la Universidad de Milán, mi querido Obispo?


- Bueno, Señor… a decir verdad… me p
illas un tanto desprevenido. ¿Ha sucedido algo malo? – respondió con susto Agustín de Hipona.


- Para nada, Agustín, cálmate. Todo lo contrario. Es que el otro día estuvo ahí ese actor francés, Gerard Depardieu, declamando tus “Confesiones”.


- ¿Depardieu? ¿El que hizo de Cyranno hace años, Señor? Perdona la insolencia, pero ¿no te estarás equivocando?


- Para nada – rió Cristo – Ha sido él mismo. Y además, ya lo había recitado en varias catedrales y en el jubileo de los artistas, que mi querido Karol celebró en el año 2000.


- ¿De verdad?


- ¡Ajá! Y está muy enamorado de tu obrita. Dice que «me siento un ignorante iluminado, un inocente». ¡Felicidades, mi Obispo filósofo! Estás acercando un alma más.


Agustín, entre ruborizado y agradecido, le respondió a Cristo:


- Pero, Señor… eres Tú quien hace todo. Y si me permites, Depardieu no es el único. ¿Viste lo que dijo Roberto Benigni hace poco ante miles de jóvenes en la ciudad de Terni?


- ¿El que ganó el Óscar por “La vida es bella”?


-
El mismo. Pues en esa ocasión dijo que Jesús «inventó el amor desinteresado». Y dio este consejo a los jóvenes: «Que vuestros pasos vayan al ritmo de sus pasos, dirigid la mirada en su misma dirección».


Al constatar Agustín que Cristo sonreía con estas buenas noticias, continuó su relato:


- Y aún hay más. Un famoso actor mexicano, Alberto Mayagoitia, está declamando la obra “Mi Cristo Roto”. Hace poco dijo en una entrevista: «el Señor me está pidiendo que comparta con el público de una forma teatral el mensaje que de Él emana».


Cristo suspiró un poco y, sonriendo, le dijo al emocionado Obispo:


- Ya era hora que estos ambientes también se evangelizasen un poco, ¿verdad Agustín?


- Y ya verás, Señor, que pronto muchos seguirán estos ejemplos. Cada día constato más que el hombre no puede estar quieto hasta que su corazón…


- Descanse en Mí – sentenció Cristo, como un gemido que le venía desde el Corazón.


Agustín quiso añadir algo más, pero optó por callarse. Atisbó en el rostro de Cristo ese aire pensativo que le penetraba cuando una idea le venía al Corazón, por lo que decidió alejarse lo más sigilosamente posible.


- Siempre sucede así – se dijo para sí Agustín – se queda absorto y soñando qué más puede hacer por nosotros: hasta buscaría un papel en Hollywood si le ayudase… Pero estoy seguro que estos ambientes seguirán dando buenas noticias a Cristo. Vale esto más que cualquier Óscar. ¿Cuándo nos daremos cuenta de ello?

 

 

      EL CRISTO ROTO

A mi Cristo roto, lo encontré en Sevilla. Dentro del arte me subyuga el tema de Cristo en la cruz. Se llevan mi preferencia los cristos barrocos españoles. La última vez, fui en compañía de un buen amigo mío. Al Cristo, ¡Qué elección! Se le puede encontrar entre tuercas y clavos, chatarra oxidada, ropa vieja, zapatos, libros, muñecas rotas o litografías románticas. La cosa, es saber buscarlo. Porque Cristo anda y está entre todas las cosas de este revuelto e inverosímil rastro que es la Vida.

Pero aquella mañana nos aventuramos por la casa del artista, es más fácil encontrar ahí al Cristo, ¡Pero mucho más caro!, es zona ya de anticuarios. Es el Cristo con impuesto de lujo, el Cristo que han enriquecido los turistas, porque desde que se intensificó el turismo, también Cristo es más caro.

Visitamos únicamente dos o tres tiendas y andábamos por la tercera o cuarta.

- Ehhmm ¿Quiere algo padre?

- Dar una vuelta nada más por la tienda, mirar, ver.

De pronto… frente a mí, acostado sobre una mesa, vi un Cristo sin cruz, iba a lanzarme sobre él, pero frené mis ímpetus. Miré al Cristo de reojo, me conquistó desde el primer instante. Claro que no era precisamente lo que yo buscaba, era un Cristo roto. Pero esta misma circunstancia, me encadenó a Él, no sé por qué. Fingí interés primero por los objetos que me rodeaban hasta que mis manos se apoderaron del Cristo, ¡Dominé mis dedos para no acariciarlo! No me habían engañado los ojos… no. Debió ser un Cristo muy bello, era un impresionante despojo mutilado. Por supuesto, no tenía cruz, le faltaba media pierna, un brazo entero, y aunque conservaba la cabeza, había perdido la cara.

Se acercó el anticuario, tomó el Cristo roto en sus manos y…

- Ohhh, es una magnífica pieza, se ve que tiene usted gusto padre, fíjese que espléndida talla, qué buena factura…

- ¡Pero… está tan rota, tan mutilada!

- No tiene importancia padre, aquí al lado hay un magnífico restaurador, amigo mío y se lo va a dejar a usted, ¡Nuevo!

Volvió a ponderarlo, a alabarlo, lo acariciaba entre sus manos, pero… no acariciaba al Cristo, acariciaba la mercancía que se le iba a convertir en dinero.

Insistí, dudó, hizo una pausa, miró por última vez al Cristo fingiendo que le costaba separarse de Él y me lo alargó en un arranque de generosidad ficticia, diciéndome resignado y dolorido:

- Tenga padre, lléveselo, por ser para usted y conste que no gano nada 3000 pesetas nada más, ¡Se lleva usted una joya!

El vendedor exaltaba las cualidades para mantener el precio. Yo, sacerdote, le mermaba méritos para rebajarlo… Me estremecí de pronto. ¡Disputábamos el precio de Cristo, como si fuera una simple mercancía! Y me acordé de Judas… ¿No era aquella también una compraventa de Cristo? ¡Pero cuántas veces vendemos y compramos a Cristo, no de madera, de carne, en él y en nuestros prójimos! Nuestra vida es muchas veces una compraventa de cristos.

Bien… cedimos los dos… lo rebajó a 800 pesetas. Antes de despedirme, le pregunté si sabía la procedencia del Cristo y la razón de aquellas terribles mutilaciones. En información vaga e incompleta me dijo que creía procedía de la sierra de Arasena, y que las mutilaciones se debían a una profanación en tiempo de guerra.

Apreté a mi Cristo con cariño… y salí con Él a la calle.

Al fin, ya de noche, cerré la puerta de mi habitación y me encontré solo, cara a cara con mi Cristo. Qué ensangrentado despojo mutilado, viéndolo así me decidí a preguntarle:

- Cristo, ¡¿Quién fue el que se atrevió contigo?! ¡¿No le temblaron las manos cuando astilló las tuyas arrancándote de la cruz?! ¿Vive todavía? ¿Dónde? ¿Qué haría hoy si te viera en mis manos? …¿Se arrepintió?

- ¡CÁLLATE!

Me cortó una voz tajante.

-¡CÁLLATE, preguntas demasiado! ¡¿Crees que tengo un corazón tan pequeño y mezquino como el tuyo?! ¡CÁLLATE! No me preguntes ni pienses más en el que me mutiló, déjalo, ¿Qué sabes tú? ¡Respétalo!, Yo ya lo perdoné. Yo me olvidé instantáneamente y para siempre de sus pecados. Cuando un hombre se arrepiente, Yo perdono de una vez, no por mezquinas entregas como vosotros. ¡Cállate! ¿Por qué ante mis miembros rotos, no se te ocurre recordar a seres que ofenden, hieren, explotan y mutilan a sus hermanos los hombres. ¿Qué es mayor pecado? Mutilar una imagen de madera o mutilar una imagen mía viva, de carne, en la que palpito Yo por la gracia del bautismo. ¡Ohh hipócritas! Os rasgáis las vestiduras ante el recuerdo del que mutiló mi imagen de madera, mientras le estrecháis la mano o le rendís honores al que mutila física o moralmente a los cristos vivos que son sus hermanos.

Yo contesté:

- No puedo verte así, destrozado, aunque el restaurador me cobre lo que quiera ¡Todo te lo mereces! Me duele verte así. Mañana mismo te llevaré al taller. ¿Verdad que apruebas mi plan? ¿Verdad que te gusta?

- ¡NO, NO ME GUSTA!

Contestó el Cristo, seca y duramente.

- ¡ERES IGUAL QUE TODOS Y HABLAS DEMASIADO!

Hubo una pausa de silencio. Una orden, tajante como un rayo, vino a decapitar el silencio angustioso.

- ¡NO ME RESTAURES, TE LO PROHIBO! ¡¿LO OYES?!

- Si Señor, te lo prometo, no te restauraré.

- Gracias.

Me contestó el Cristo. Su tono volvió a darme confianza.

- ¿Por qué no quieres que te restaure? No te comprendo. ¿No comprendes Señor, que va a ser para mí un continuo dolor cada vez que te mire roto y mutilado? ¿No comprendes que me duele?

- Eso es lo que quiero, que al verme roto te acuerdes siempre de tantos hermanos tuyos que conviven contigo; rotos, aplastados, indigentes, mutilados. Sin brazos, porque no tienen posibilidades de trabajo. Sin pies, porque les han cerrado los caminos. Sin cara, porque les han quitado la honra. Todos los olvidan y les vuelven la espalda. ¡No me restaures, a ver si viéndome así, te acuerdas de ellos y te duele, a ver si así, roto y mutilado te sirvo de clave para el dolor de los demás! Muchos cristianos se vuelven en devoción, en besos, en luces, en flores sobre un Cristo bello, y se olvidan de sus hermanos los hombres, cristos feos, rotos y sufrientes. Hay muchos cristianos que tranquilizan su conciencia besando un Cristo bello, obra de arte, mientras ofenden al pequeño Cristo de carne, que es su hermano. ¡Esos besos me repugnan, me dan asco!, Los tolero forzado en mis pies de imagen tallada en madera, pero me hieren el corazón. ¡Tenéis demasiados cristos bellos! Demasiadas obras de arte de mi imagen crucificada. Y estáis en peligro de quedaros en la obra de arte. Un Cristo bello, puede ser un peligroso refugio donde esconderse en la huida del dolor ajeno, tranquilizando al mismo tiempo la conciencia, en un falso cristianismo. Por eso ¡Debieran tener más cristos rotos, uno a la entrada de cada iglesia, que gritara siempre con sus miembros partidos y su cara sin forma, el dolor y la tragedia de mi segunda pasión, en mis hermanos los hombres! Por eso te lo suplico, no me restaures, déjame roto junto a ti, aunque amargue un poco tu vida.

- Si señor, te lo prometo. (Contesté)

Y un beso sobre su único pie astillado, fue la firma de mi promesa.

Desde hoy… viviré con un Cristo roto.

 

 

El cardenal Swiatek, héroe en el gulag soviético

 

José Luis Restan, desde el suplemento «Iglesia» de Libertad Digital, nos recuerda, a partir de la figura del cardenal Swiatek, verdadero testigo de Cristo en las peores circunstancias, la fuerza irresistible de la fe y cómo los débiles, cuando se unen a Cristo, ven caer las más encumbradas torres del poder humano. En nuestros días es más necesario que nunca recordar esta verdad, avalada además por la historia más reciente.

 

El pasado 15 de junio el Papa aceptó la renuncia del cardenal Kazimierz Swiatek, el último purpurado testigo del GULAG, memoria viviente de la Iglesia que padeció el martirio en la Unión Soviética. Desde 1991 era arzobispo de Minsk-Mohilev en Bielorrusia, el país que sufre la legislación más restrictiva en materia religiosa de toda Europa. Quizás por eso el Papa no ha querido dispensar a este gigante de la fe del duro trabajo de guiar a su pueblo hasta los 91 años.

 

Y ciertamente han sido años bien trabajados. Nació en 1914 en Walga, entonces localidad de la Polonia oriental y hoy perteneciente a Estonia. A los pocos meses de ser ordenado, el ejército soviético invadió Polonia; no sin algo de ironía, el cardenal explicaría años más tarde que desde aquel momento se convirtió en ciudadano soviético, «algo que no sólo me ha traído privilegios en la vida». Al poco tiempo sufre su primer arresto por el KGB, que lo interrogó 59 veces en dos meses, pero la ofensiva alemana en el frente ruso le permitió recobrar la libertad y regresar a su parroquia, donde le esperaba una nueva sorpresa, ya que la casa rectoral había sido ocupada por la Gestapo. A pesar de todo, pudo desempeñar su ministerio durante la ocupación alemana, hasta 1944.

 

El avance incontenible del ejército rojo sellará la incorporación de aquellos territorios a la Unión Soviética, y marcará el inicio de un largo calvario para el joven sacerdote. Inmediatamente fue detenido y condenado a diez años de trabajos forzados, primero en el campo de Marwinsk, en la Siberia oriental, donde cortaba madera, y más tarde en Vorkutá, en las costas del Ártico, donde los condenados sobrevivían a duras penas con una ración diaria de 300 gramos de pan bajo terribles temperaturas. Durante aquellos años, Kazimierz sólo pudo decir misa a escondidas en contadas ocasiones; entonces guardaba la comunión en una caja de cerillas para llevarla a los prisioneros católicos del campo, a los que procuraba confortar en la fe, sabiendo que con ello se jugaba la vida.

 

En 1954, tras la muerte de Stalin, recobró la libertad y volvió a Minsk, convertida en capital de Bielorrusia, donde encontró un panorama desolador: el 90% de las iglesias habían sido destruidas, y la mayor parte de los sacerdotes habían desaparecido, la catequesis estaba prohibida y la propia administración del bautismo a los niños implicaba graves riesgos para las familias. Durante décadas, un puñado de sacerdotes como Kazimierz, siempre bajo vigilancia, ayudaron a dos millones de católicos a mantener viva la llama de la fe en el territorio de la actual Bielorrusia.

 

Sólo con los nuevos aires de la perestroika de Gorbachov la Santa Sede pudo reconstituir la jerarquía en los territorios de la URSS. En 1991 Juan Pablo II nombró a Kazimierz Swiatek arzobispo de Minsk-Mohílev. Tenía entonces 77 años, una edad en la que la mayor parte de los obispos pasan al retiro. Sin embargo, para él empezaba la nueva aventura de reconstruir la Iglesia en Bielorrusia desde los cimientos.

 

Durante estos años el anciano pastor curtido en los fríos del Ártico ha trabajado sin descanso para revitalizar la fe del pueblo, en medio de nuevas dificultades. Con la desmembración de la URSS Bielorrusia pasó a ser dirigida por el autócrata Lukashenko, que ha frenado todo intento de verdadera democratización y que en 2002 aprobó una durísima ley que limita gravemente la libertad religiosa.

 

Así, la Iglesia ortodoxa es considerada prácticamente como Iglesia nacional, a pesar de que existe un 20% de población católica con profundas raíces en el país, y el Estado impone grandes dificultades a la entrada de sacerdotes extranjeros, que serían necesarios para paliar el déficit arrastrado desde la etapa soviética. Por otra parte, el ateísmo práctico también asoma su larga sombra tras el gran vacío que dejó la ideología comunista.

 

Sin embargo, el cardenal Swiatek ha podido ver como se levantaban sendos seminarios con un centenar de jóvenes, que se preparan para el sacerdocio, así como el retorno de muchos jóvenes a la vida eclesial, el florecer de la catequesis en las parroquias y la creación de una editorial católica. Son los frutos de quince años de incansable trabajo, por los que no ha dejado de bendecir a Dios ni un solo día.

 

Cuando le preguntan sobre la época terrible del gulag, el cardenal responde sencillamente: «Siempre he pensado que toda mi vida depende de Dios; si el Señor tenía un plan para mí después de aquellos años, me permitiría seguir viviendo; y así ha sido». En efecto, la vida de Kazimierz Swiatek nos hace ver que la fe hace renacer lo humano incluso en las situaciones más oscuras de la historia. Su testimonio es ya parte indiscutible de la limpia alegría de la Iglesia.

Cristiandad junio-julio 2006 p. 39

 

 

El Santuario de Guadalupe en Sacramento, California

 

Durante los últimos seis veranos, he tenido la gracia de pasar dos semanas atendiendo las necesidades espirituales de los peregrinos y parroquianos del Santuario Nacional de Nuestra Señora de Guadalupe, en Sacramento, California.
 

Por ser santuario nacional, funciona como una parroquia “extra territorial”; es decir, que su territorio no se limita a un lugar geográfico concreto de la ciudad, como cualquier otra parroquia, sino que se extiende a toda la diócesis de Sacramento.


Los sábados, la actividad pastoral se intensifica bastante: comienza con la misa de las siete y media de la mañana y a partir de las diez de la mañana se suceden sin interrupción todo tipo de celebraciones: quince años de las niñas (en ocasiones hasta tres el mismo día), bautizos, presentaciones en el templo, bodas... El día concluye con la misa de víspera del domingo a las siete y media de la tarde.


El domingo, la actividad es todavía más intensa, pues se celebran seis misas a lo largo del día. En cada una de ellas, la iglesia del santuario se llena hasta el tope, incluyendo el coro, la capilla del Santísimo Sacramento, e incluso el atrio. Asiste gente de todas las edades: muchos niños, jóvenes, padres, madres y abuelitos. Según mis cálculos, cada domingo acuden entre siete y ocho mil personas.


Además, dado que es la única oportunidad que muchas personas tienen para confesarse, pues viven lejos, hay siempre dos sacerdotes para los que lo deseen.


Las colas duran tanto como la misa y, con frecuencia, no se acaban nunca, porque los que vienen a la siguiente misa se suman a los que todavía no se confesaron durante la misa anterior. A veces, la Virgencita les dice a algunos que ya es hora de que se confiesen después de dos, tres, cinco, diez o treinta años.


Para todos ellos suena la hora de Dios, suavemente adelantada por la santísima Virgen, como en las bodas de Caná. Hay muchas historias de hijos pródigos del siglo XXI, cargadas de miseria, de sufrimientos físicos y morales, y de la alegría del regreso.


Estos son los ‘milagros’ que suceden cada día, cada semana y cada mes en el Santuario de la Virgen de Guadalupe en Sacramento. No son milagros vistosos, y son sólo visibles para cada persona, para Dios, la Virgen y el sacerdote, como testigo de excepción.


¿No es un milagro que el santuario esté lleno cada misa de domingo en una época en que, al menos en algunos países, disminuye alarmantemente la asistencia de fieles a las misas dominicales? ¿No son un gran milagro estas colas semanales para confesarse en la capital del estado ‘liberal’ de California, en un mundo en que la confesión parece no estar de moda?


La Virgen de Guadalupe sigue haciendo milagros, silenciosos e invisibles, que son los más valiosos, esplendorosos y de mayor consecuencia a los ojos de Dios.


¿Quién se atreve a decir que Dios ya no hace milagros? Si hay algún incrédulo, que visite un fin de semana el santuario de nuestra Señora de Guadalupe en Sacramento. Le garantizo que recuperará su fe.

 

El hijo anencefálico

Fuente: www.buenas-noticias.org

Autor: Francisco Armengol, L.C.
 

¡Qué coincidencia! Al finalizar la Vigilia de Pentecostés con el Papa Benedicto XVI el pasado 3 de junio, de entre los más de 400,000 peregrinos que estaban desalojando la Plaza de San Pedro, me encontré, pegados a la pared para no ser aplastados por la multitud, a Juan Luis y a Ana con sus dos hermosos hijos de 4 y 2 años.
 

Hacía casi cuatro años que no los veía. Los conocí cuando su primer hijo, Santiago, apenas tenían unos meses. Ana quedó embarazada de nuevo, pero el médico les dijo que su hijo no podría vivir, pues habían descubierto que el feto era anencefálico, es decir, carecía de cerebro y huesos del cráneo, siendo nulas sus posibilidades de supervivencia luego del parto.
 

Les plantearon el dilema: o abortar (total, su hijo apenas viviría unos minutos, si no es que nacía ya muerto) o seguir con el embarazo con los riesgos que éste comportaba para la madre.
 

Ni un segundo de duda: seguir con el embarazo. Ellos aceptaban lo que Dios les había enviado y deseaban que el bebé, si Dios lo permitía, recibiera el bautismo apenas nacido. La gente les decía: “¡qué valor!, ¡qué heroísmo!”, pero ellos se miraban extrañados, encogiéndose de hombros, y sólo sabían responder: “Pero si no tiene nada de heroísmo, lo que hacemos es lo más normal del mundo. Dar a nuestro hijo la oportunidad de nacer y ser bautizado”.
 

Oraciones no faltaron por un eventual milagro (que el bebé naciera sano), pero Dios dispuso otra cosa. El bebé fue bautizado inmediatamente después de nacer, y dejó de respirar al rato.
 

No es posible describir con palabras la felicidad que desbordan las miradas de Juan Luis y Ana. Dios les bendijo con otro hermoso y sano bebé. Su sonrisa lo dice todo. Son una familia de cinco miembros, uno ya en el cielo, eternamente agradecido por haber tenido nos papás normales.
 

Fue breve mi conversación con Juan Luis y Ana en la calle, apenas unos segundos, posiblemente el mismo tiempo que ellos tuvieron a su hijo en brazos; pero me fui con su sonrisa contagiada.
 

¡Es que es verdad! La falta de ideales y de generosidad en las personas les hace ver como heroico lo que en realidad no lo es. La sonrisa de Juan Luis y Ana manifiesta lo contrario: cuando se ama, ningún sacrificio es extraordinario. El amor no mide su entrega.

 

La Cristiada mexicana, 80 años después

Entrevista a monseñor Mario De Gasperín Gasperín, obispo de Querétaro

 

QUERÉTARO, jueves, 17 agosto 2006 - Hace 80 años, con la suspensión de cultos ordenada por los obispos mexicanos, ante el endurecimiento de las leyes en contra de la religión por parte del régimen de Plutarco Elías Calles, inició el movimiento denominado «la Cristiada», en el cual el pueblo católico de México se alzó en armas contra el gobierno federal para defender la fe.

 

Poco se ha escrito en la prensa nacional y extranjera sobre este acontecimiento, decisivo para la historia de México del siglo XX: cerca de 300 mil muertos, la mayoría de ellos civiles, y un número considerable de mártires dejó como secuela la «guerra cristera».

 

Para comprender mejor esos acontecimientos y sus consecuencias, Zenit ha entrevistado al obispo de Querétaro, monseñor Mario de Gasperín Gasperín.

 

--¿Qué importancia tiene la fecha del 31 de julio de 1926, cuando se suspendieron los cultos y comenzó la «guerra cristera»?

 

--Monseñor de Gasperín: Recordar, y por qué no decir celebrar, los ochenta años del inicio de la «Cristiada» es algo que atañe de cerca al corazón de la fe católica en México. En tono de menosprecio fueron llamados «cristeros» los católicos que no soportan más la violación a sus derechos y a su dignidad y los reclamaron con fuerza y valentía.

 

--¿Llamar «cristeros» a los que pelearon por una ley justa y libertad religiosa era una burla, no es así?

 

--Monseñor de Gasperín: Cosa parecida había sucedido en los inicios de la fe con el nombre de «cristianos» para los seguidores de Cristo. La burla nuevamente se convirtió en gloria, pero se necesitó la perspicacia de un historiador extranjero, Jean Meyer (francés, nacionalizado mexicano y autor de una obra monumental sobre el movimiento), para ayudarnos a descubrir su valor y significado.

 

--¿Fue México un pueblo gobernado por un tirano de excepción como Plutarco Elías Calles?

 

--Monseñor de Gasperín: Tiranos los ha habido siempre, pero gobernantes que hayan tenido la diabólica osadía de enviar a su ejército a masacrar a su pueblo por la única razón de cantar alabanzas a su Dios, han sido pocos al menos en la historia reciente. México ha sido uno de esos países en sufrirlo.

 

--¿El siglo pasado pasará a la historia como lo llamó el historiador y fundador de la Comunidad de San Egidio, Andrea Riccardi, «el siglo de los mártires»?

 

--Monseñor de Gasperín: El Papa Benedicto, durante su visita al campo de concentración y exterminio de los judíos en Polonia, nos da la clave teológica de tal monstruosidad: «Con la aniquilación de ese pueblo, esos criminales violentos, querían matar a aquel Dios que llamó a Abraham, que hablando en el Sinaí estableció criterios (los diez mandamientos) para orientar a la humanidad, criterios que son válidos siempre... En realidad, con la destrucción de Israel querían, en último término, arrancar también la raíz en la que se basa la fe cristiana, sustituyéndola definitivamente con la fe hecha por sí misma, la fe en el dominio del hombre, del fuerte».

 

--¿No es demasiado estirar la liga comparar los campos de concentración nazi y el Bajío mexicano?

 

--Monseñor de Gasperín: Eso fue exactamente lo que sucedió aquí, en México. Un grupo de desquiciados por el poder --«criminales violentos», les llama el Papa-- quiso ponerse en lugar de Dios porque le estorbaban sus mandamientos. El tirano comienza saqueando el templo y termina sentándose sobre el altar. La negación de Dios conlleva la destrucción del hombre. El pueblo creyente lo intuyó, lo percibió muy bien y por eso el grito de los «alzados» fue de vivas a Cristo Rey y a Santa María de Guadalupe, cimientos de su fe. Era grito de vida, de supervivencia, pues de la fe se ha nutrido siempre el pueblo católico mexicano. Con ese grito el dictador fue puesto en su lugar y el pueblo recobró su libertad.

 

--¿Cuál es la riqueza mayor de ese movimiento para los mexicanos?

 

--Monseñor de Gasperín: La flor más preciosa de este sacrificio doloroso fue el puñado de mártires quienes, sin participar en la violencia, la sufrieron y entregaron su vida orando por sus verdugos y ofreciendo su sangre por la paz y la reconciliación de los mexicanos.

 

--¿Alguna enseñanza para el México de hoy?

 

--Monseñor de Gasperín: Como la tentación de querer «ser como Dios» acecha al corazón humano de manera significativa en el campo del poder político como lo estamos viendo y padeciendo, no es remoto que también hoy, y a nombre de la misma democracia, veamos surgir pequeños o grandes dictadores que pretendan introducirse en el santuario y reclamar para sí honores divinos. Por eso, hechos como la «Cristiada» deben celebrarse para dar gracias y recordarse para que no se repitan.

ZS06081710

 

Mi sangre es verdadera bebida

 XX Domingo del tiempo ordinario (B)

Proverbios 9, 1-6; Efesios 5, 15-20; Juan 6, 51-59
 

 «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él».
 

El pasaje evangélico continúa la lectura del capítulo VI de Juan. El elemento nuevo es que al discurso sobre el pan Jesús añade el del vino; a la imagen del alimento la de la bebida; al don de su carne el de su sangre. El simbolismo eucarístico alcanza su culmen y su totalidad.
 

Dijimos la semana pasada que para entender la Eucaristía es esencial partir de los signos elegidos por Jesús. El pan es signo de alimento, de comunión entre quienes lo comen juntos; a través de él llega al altar y es santificado todo el trabajo humano. Planteémonos la misma pregunta para la sangre. ¿Qué significa y qué evoca para nosotros la palabra sangre? Evoca en primer lugar todo el sufrimiento que existe en el mundo. Si, por lo tanto, en el signo del pan llega al altar el trabajo del hombre, en el signo del vino llega ahí también todo el dolor humano; llega para ser santificado y recibir un sentido y una esperanza de rescate gracias a la sangre del Cordero inmaculado, a la que está unido como las gotas de agua mezcladas con el vino en el cáliz.
 

¿Pero por qué, para significar su sangre, Jesús eligió precisamente el vino? ¿Sólo por la afinidad del color? ¿Qué representa el vino para los hombres? Representa la alegría, la fiesta; no representa tanto la utilidad (como el pan) cuanto el deleite. No está hecho sólo para beber, sino también para brindar. Jesús multiplica los panes por la necesidad de la gente, pero en Caná multiplica el vino para la alegría de los comensales. La Escritura dice que «el vino recrea el corazón del hombre y el pan sostiene su vigor» (Sal 104, 15).
 

Si Jesús hubiera elegido para la Eucaristía pan y agua, habría indicado sólo la santificación del sufrimiento («pan y agua» son de hecho sinónimos de ayuno, de austeridad y de penitencia). Al elegir pan y vino quiso indicar también la santificación de la alegría. Qué bello sería si aprendiéramos a vivir también los gozos de la vida, eucarísticamente, esto es, en acción de gracias a Dios. La presencia y la mirada de Dios no ofuscan nuestras alegrías honestas; al contrario, las dilatan.
 

Pero el vino, además de alegría, evoca también un problema grave. En la segunda lectura escuchamos esta advertencia del Apóstol: «no os embriaguéis con vino, que es causa de libertinaje; llenaos más bien del Espíritu». Sugiere combatir la ebriedad del vino con «la sobria embriaguez del Espíritu», una embriaguez con otra.

 

Actualmente existen muchas iniciativas de recuperación entre las personas con problemas de alcoholismo. Procuran emplear todos los medios sugeridos por la ciencia y la psicología. No se puede sino alentarlas y sostenerlas. Pero quien cree no debería descuidar también los medios espirituales, que son la oración, los sacramentos y la palabra de Dios. En la obra El peregrino ruso se lee una historia cierta. Un soldado esclavo del alcohol y amenazado con ser licenciado fue a un santo monje a preguntarle qué debía hacer para vencer su vicio. Este le ordenó que leyera cada noche, antes de acostarse, un capítulo del Evangelio. Él consiguió un Evangelio y comenzó a hacerlo con diligencia. Pero al poco volvió desolado al monje a decirle: «¡Padre, soy demasiado ignorante y no entiendo nada de lo que leo! Deme otra cosa que hacer». Le respondió: «Sigue solamente leyendo. Tu no entiendes, pero los demonios entienden y tiemblan». Así lo hizo aquél y fue liberado de su vicio. ¿Por qué no intentarlo?

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