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Por Juan María Piñero, L.C. Con datos de Los Angeles Times, 09-06-2006
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Diosito sabe por qué hace las cosas
Fuente: www.buenas-noticias.org Autor: Jorge David García, L.C.
A la hora de frenar tiró de una palanca. Me admiré al descubrir que sólo conducía con las manos. Sus pies reposaban inmóviles, como atrofiados. Con una pizca de disimulo y curiosidad le aseguré a César que «era un taxista muy especial». Sin pena me contestó que así era; pues, aunque minusválido, conducía su cochecillo desde 8 años atrás. Me atolondré por un instante. Para salir al paso le felicité y estuve al filo de decirle: «Es Usted el mejor taxista minusválido que he conocido». Pero más bien di rienda suelta a lo que me quedaba de catecismo: Que Dios se vale aun del mismo mal para salvarnos; que obliga al mal a transformarse en bien; que hiere y da la medicina; y una retahíla de esas cosas que desfilan por nuestra boca cuando nos preconizamos «consoladores» de los dolientes. Su voz me cortó en seco y sin sombra de altivez siguió: «Sí, Diosito sabe por qué hace las cosas. Yo no sé adónde hubiera corrido con los dos pies. Y le agradezco por ello». Enseguida me poseyó el asombro; aquél que también sobrecogió a Jesús al oír a la mujer siro-fenicia, y al centurión. Me sentí pequeño. Su sonrisa iluminó mi catecismo. Todo aquello era verdad. Cuando Dios arrebata los pies, nos da ruedas. Cuando rompe nuestro caparazón, nos pone alas. Cuando nos embadurna las pupilas con cieno, nos quita las escamas, y vemos. Sí, aquel día vi. El rostro de César me recuerda que la vida siempre vale la pena. Siempre. |
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«¿De dónde eres?», pregunté interesado. –«De Cádiz». –«¿Ypor qué has venido a Valencia?», añadí. –«Porque quiero mucho al Papa». –«Como todos los niños», apunté. «No –dijo con cierto enfado–; hay niños que no le quieren. Sólo le quieren los que tienen en su corazón a Jesús». La miré, de nuevo, a los ojos, en silencio. Cuando me quise dar cuenta estaba ya jugando con un grupo de niños de su misma edad. (Alfa y Omega, nº 507 - 13.07.06) |
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Cristo busca un papel en Hollywood Fuente: www.buenas-noticias.org Autor: Juan Antonio Ruiz, L.C.
Por fin, el interpelado llegó corriendo y, extendiendo las manos en señal de disculpa, dijo:
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Pero aquella mañana nos
aventuramos por la casa del artista, es más fácil encontrar ahí al
Cristo, ¡Pero mucho más caro!, es zona ya de anticuarios. Es el Cristo
con impuesto de lujo, el Cristo que han enriquecido los turistas, porque
desde que se intensificó el turismo, también Cristo es más caro. Visitamos únicamente dos o
tres tiendas y andábamos por la tercera o cuarta. - Ehhmm ¿Quiere algo padre? - Dar una vuelta nada más
por la tienda, mirar, ver.
De pronto… frente a mí,
acostado sobre una mesa, vi un Cristo sin cruz, iba a lanzarme sobre él,
pero frené mis ímpetus. Miré al Cristo de reojo, me conquistó desde el
primer instante. Claro que no era precisamente lo que yo buscaba, era un
Cristo roto. Pero esta misma circunstancia, me encadenó a Él, no sé por
qué. Fingí interés primero por los objetos que me rodeaban hasta que mis
manos se apoderaron del Cristo, ¡Dominé mis dedos para no acariciarlo!
No me habían engañado los ojos… no. Debió ser un Cristo muy bello, era
un impresionante despojo mutilado. Por supuesto, no tenía cruz, le
faltaba media pierna, un brazo entero, y aunque conservaba la cabeza,
había perdido la cara.
Se acercó el anticuario,
tomó el Cristo roto en sus manos y…
- Ohhh, es una magnífica
pieza, se ve que tiene usted gusto padre, fíjese que espléndida talla,
qué buena factura…
- ¡Pero… está tan rota, tan
mutilada!
- No tiene importancia
padre, aquí al lado hay un magnífico restaurador, amigo mío y se lo va a
dejar a usted, ¡Nuevo!
Volvió a ponderarlo, a
alabarlo, lo acariciaba entre sus manos, pero… no acariciaba al Cristo,
acariciaba la mercancía que se le iba a convertir en dinero. Insistí, dudó, hizo una
pausa, miró por última vez al Cristo fingiendo que le costaba separarse
de Él y me lo alargó en un arranque de generosidad ficticia, diciéndome
resignado y dolorido:
- Tenga padre, lléveselo,
por ser para usted y conste que no gano nada 3000 pesetas nada más, ¡Se
lleva usted una joya!
El vendedor exaltaba las
cualidades para mantener el precio. Yo, sacerdote, le mermaba méritos
para rebajarlo… Me estremecí de pronto. ¡Disputábamos el precio de
Cristo, como si fuera una simple mercancía! Y me acordé de Judas… ¿No
era aquella también una compraventa de Cristo? ¡Pero cuántas veces
vendemos y compramos a Cristo, no de madera, de carne, en él y en
nuestros prójimos! Nuestra vida es muchas veces una compraventa de
cristos.
Bien… cedimos los dos… lo
rebajó a 800 pesetas. Antes de despedirme, le pregunté si sabía la
procedencia del Cristo y la razón de aquellas terribles mutilaciones. En
información vaga e incompleta me dijo que creía procedía de la sierra de
Arasena, y que las mutilaciones se debían a una profanación en tiempo de
guerra. Apreté a mi Cristo con
cariño… y salí con Él a la calle.
Al fin, ya de noche, cerré
la puerta de mi habitación y me encontré solo, cara a cara con mi
Cristo. Qué ensangrentado despojo mutilado, viéndolo así me decidí a
preguntarle: - Cristo, ¡¿Quién fue el
que se atrevió contigo?! ¡¿No le temblaron las manos cuando astilló las
tuyas arrancándote de la cruz?! ¿Vive todavía? ¿Dónde? ¿Qué haría hoy si
te viera en mis manos? …¿Se arrepintió?
- ¡CÁLLATE! Me cortó una voz tajante. -¡CÁLLATE, preguntas
demasiado! ¡¿Crees que tengo un corazón tan pequeño y mezquino como el
tuyo?! ¡CÁLLATE! No me preguntes ni pienses más en el que me mutiló,
déjalo, ¿Qué sabes tú? ¡Respétalo!, Yo ya lo perdoné. Yo me olvidé
instantáneamente y para siempre de sus pecados. Cuando un hombre se
arrepiente, Yo perdono de una vez, no por mezquinas entregas como
vosotros. ¡Cállate! ¿Por qué ante mis miembros rotos, no se te ocurre
recordar a seres que ofenden, hieren, explotan y mutilan a sus hermanos
los hombres. ¿Qué es mayor pecado? Mutilar una imagen de madera o
mutilar una imagen mía viva, de carne, en la que palpito Yo por la
gracia del bautismo. ¡Ohh hipócritas! Os rasgáis las vestiduras ante el
recuerdo del que mutiló mi imagen de madera, mientras le estrecháis la
mano o le rendís honores al que mutila física o moralmente a los cristos
vivos que son sus hermanos. Yo contesté: - No puedo verte así,
destrozado, aunque el restaurador me cobre lo que quiera ¡Todo te lo
mereces! Me duele verte así. Mañana mismo te llevaré al taller. ¿Verdad
que apruebas mi plan? ¿Verdad que te gusta?
- ¡NO, NO ME GUSTA! Contestó el Cristo, seca y
duramente.
- ¡ERES IGUAL QUE TODOS Y
HABLAS DEMASIADO!
Hubo una pausa de silencio.
Una orden, tajante como un rayo, vino a decapitar el silencio
angustioso. - ¡NO ME RESTAURES, TE LO
PROHIBO! ¡¿LO OYES?!
- Si Señor, te lo prometo,
no te restauraré.
- Gracias. Me contestó el Cristo. Su
tono volvió a darme confianza.
- ¿Por qué no quieres que
te restaure? No te comprendo. ¿No comprendes Señor, que va a ser para mí
un continuo dolor cada vez que te mire roto y mutilado? ¿No comprendes
que me duele? - Eso es lo que quiero, que
al verme roto te acuerdes siempre de tantos hermanos tuyos que conviven
contigo; rotos, aplastados, indigentes, mutilados. Sin brazos, porque no
tienen posibilidades de trabajo. Sin pies, porque les han cerrado los
caminos. Sin cara, porque les han quitado la honra. Todos los olvidan y
les vuelven la espalda. ¡No me restaures, a ver si viéndome así, te
acuerdas de ellos y te duele, a ver si así, roto y mutilado te sirvo de
clave para el dolor de los demás! Muchos cristianos se vuelven en
devoción, en besos, en luces, en flores sobre un Cristo bello, y se
olvidan de sus hermanos los hombres, cristos feos, rotos y sufrientes.
Hay muchos cristianos que tranquilizan su conciencia besando un Cristo
bello, obra de arte, mientras ofenden al pequeño Cristo de carne, que es
su hermano. ¡Esos besos me repugnan, me dan asco!, Los tolero forzado en
mis pies de imagen tallada en madera, pero me hieren el corazón. ¡Tenéis
demasiados cristos bellos! Demasiadas obras de arte de mi imagen
crucificada. Y estáis en peligro de quedaros en la obra de arte. Un
Cristo bello, puede ser un peligroso refugio donde esconderse en la
huida del dolor ajeno, tranquilizando al mismo tiempo la conciencia, en
un falso cristianismo. Por eso ¡Debieran tener más cristos rotos, uno a
la entrada de cada iglesia, que gritara siempre con sus miembros
partidos y su cara sin forma, el dolor y la tragedia de mi segunda
pasión, en mis hermanos los hombres! Por eso te lo suplico, no me
restaures, déjame roto junto a ti, aunque amargue un poco tu vida. - Si señor, te lo prometo.
(Contesté)
Y un beso sobre su único
pie astillado, fue la firma de mi promesa. Desde hoy… viviré con un
Cristo roto.
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El cardenal Swiatek, héroe en el gulag soviético
El pasado 15 de junio el Papa aceptó la renuncia del cardenal Kazimierz Swiatek, el último purpurado testigo del GULAG, memoria viviente de la Iglesia que padeció el martirio en la Unión Soviética. Desde 1991 era arzobispo de Minsk-Mohilev en Bielorrusia, el país que sufre la legislación más restrictiva en materia religiosa de toda Europa. Quizás por eso el Papa no ha querido dispensar a este gigante de la fe del duro trabajo de guiar a su pueblo hasta los 91 años.
Y ciertamente han sido años bien trabajados. Nació en 1914 en Walga, entonces localidad de la Polonia oriental y hoy perteneciente a Estonia. A los pocos meses de ser ordenado, el ejército soviético invadió Polonia; no sin algo de ironía, el cardenal explicaría años más tarde que desde aquel momento se convirtió en ciudadano soviético, «algo que no sólo me ha traído privilegios en la vida». Al poco tiempo sufre su primer arresto por el KGB, que lo interrogó 59 veces en dos meses, pero la ofensiva alemana en el frente ruso le permitió recobrar la libertad y regresar a su parroquia, donde le esperaba una nueva sorpresa, ya que la casa rectoral había sido ocupada por la Gestapo. A pesar de todo, pudo desempeñar su ministerio durante la ocupación alemana, hasta 1944.
El avance incontenible del ejército rojo sellará la incorporación de aquellos territorios a la Unión Soviética, y marcará el inicio de un largo calvario para el joven sacerdote. Inmediatamente fue detenido y condenado a diez años de trabajos forzados, primero en el campo de Marwinsk, en la Siberia oriental, donde cortaba madera, y más tarde en Vorkutá, en las costas del Ártico, donde los condenados sobrevivían a duras penas con una ración diaria de 300 gramos de pan bajo terribles temperaturas. Durante aquellos años, Kazimierz sólo pudo decir misa a escondidas en contadas ocasiones; entonces guardaba la comunión en una caja de cerillas para llevarla a los prisioneros católicos del campo, a los que procuraba confortar en la fe, sabiendo que con ello se jugaba la vida.
En 1954, tras la muerte de Stalin, recobró la libertad y volvió a Minsk, convertida en capital de Bielorrusia, donde encontró un panorama desolador: el 90% de las iglesias habían sido destruidas, y la mayor parte de los sacerdotes habían desaparecido, la catequesis estaba prohibida y la propia administración del bautismo a los niños implicaba graves riesgos para las familias. Durante décadas, un puñado de sacerdotes como Kazimierz, siempre bajo vigilancia, ayudaron a dos millones de católicos a mantener viva la llama de la fe en el territorio de la actual Bielorrusia.
Sólo con los nuevos aires de la perestroika de Gorbachov la Santa Sede pudo reconstituir la jerarquía en los territorios de la URSS. En 1991 Juan Pablo II nombró a Kazimierz Swiatek arzobispo de Minsk-Mohílev. Tenía entonces 77 años, una edad en la que la mayor parte de los obispos pasan al retiro. Sin embargo, para él empezaba la nueva aventura de reconstruir la Iglesia en Bielorrusia desde los cimientos.
Durante estos años el anciano pastor curtido en los fríos del Ártico ha trabajado sin descanso para revitalizar la fe del pueblo, en medio de nuevas dificultades. Con la desmembración de la URSS Bielorrusia pasó a ser dirigida por el autócrata Lukashenko, que ha frenado todo intento de verdadera democratización y que en 2002 aprobó una durísima ley que limita gravemente la libertad religiosa.
Así, la Iglesia ortodoxa es considerada prácticamente como Iglesia nacional, a pesar de que existe un 20% de población católica con profundas raíces en el país, y el Estado impone grandes dificultades a la entrada de sacerdotes extranjeros, que serían necesarios para paliar el déficit arrastrado desde la etapa soviética. Por otra parte, el ateísmo práctico también asoma su larga sombra tras el gran vacío que dejó la ideología comunista.
Sin embargo, el cardenal Swiatek ha podido ver como se levantaban sendos seminarios con un centenar de jóvenes, que se preparan para el sacerdocio, así como el retorno de muchos jóvenes a la vida eclesial, el florecer de la catequesis en las parroquias y la creación de una editorial católica. Son los frutos de quince años de incansable trabajo, por los que no ha dejado de bendecir a Dios ni un solo día.
Cuando le preguntan sobre la época terrible del gulag, el cardenal responde sencillamente: «Siempre he pensado que toda mi vida depende de Dios; si el Señor tenía un plan para mí después de aquellos años, me permitiría seguir viviendo; y así ha sido». En efecto, la vida de Kazimierz Swiatek nos hace ver que la fe hace renacer lo humano incluso en las situaciones más oscuras de la historia. Su testimonio es ya parte indiscutible de la limpia alegría de la Iglesia. Cristiandad junio-julio 2006 p. 39 |
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Durante los últimos seis
veranos, he tenido la gracia de pasar dos semanas atendiendo las
necesidades espirituales de los peregrinos y parroquianos del Santuario
Nacional de Nuestra Señora de Guadalupe, en Sacramento, California. Por ser santuario nacional, funciona como una parroquia “extra territorial”; es decir, que su territorio no se limita a un lugar geográfico concreto de la ciudad, como cualquier otra parroquia, sino que se extiende a toda la diócesis de Sacramento.
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Fuente: www.buenas-noticias.org
Autor: Francisco Armengol, L.C.
Hacía casi cuatro años que no los veía. Los conocí cuando su primer
hijo, Santiago, apenas tenían unos meses. Ana quedó embarazada de nuevo,
pero el médico les dijo que su hijo no podría vivir, pues habían
descubierto que el feto era anencefálico, es decir, carecía de cerebro y
huesos del cráneo, siendo nulas sus posibilidades de supervivencia luego
del parto.
Les plantearon el dilema: o abortar (total, su hijo apenas viviría unos
minutos, si no es que nacía ya muerto) o seguir con el embarazo con los
riesgos que éste comportaba para la madre.
Ni un segundo de duda: seguir con el embarazo. Ellos aceptaban lo que
Dios les había enviado y deseaban que el bebé, si Dios lo permitía,
recibiera el bautismo apenas nacido. La gente les decía: “¡qué valor!,
¡qué heroísmo!”, pero ellos se miraban extrañados, encogiéndose de
hombros, y sólo sabían responder: “Pero si no tiene nada de heroísmo, lo
que hacemos es lo más normal del mundo. Dar a nuestro hijo la
oportunidad de nacer y ser bautizado”.
Oraciones no faltaron por un eventual milagro (que el bebé naciera
sano), pero Dios dispuso otra cosa. El bebé fue bautizado inmediatamente
después de nacer, y dejó de respirar al rato.
No es posible describir con palabras la felicidad que desbordan las
miradas de Juan Luis y Ana. Dios les bendijo con otro hermoso y sano
bebé. Su sonrisa lo dice todo. Son una familia de cinco miembros, uno ya
en el cielo, eternamente agradecido por haber tenido nos papás normales.
Fue breve mi conversación con Juan Luis y Ana en la calle, apenas unos
segundos, posiblemente el mismo tiempo que ellos tuvieron a su hijo en
brazos; pero me fui con su sonrisa contagiada. ¡Es que es verdad! La falta de ideales y de generosidad en las personas les hace ver como heroico lo que en realidad no lo es. La sonrisa de Juan Luis y Ana manifiesta lo contrario: cuando se ama, ningún sacrificio es extraordinario. El amor no mide su entrega. |
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La Cristiada mexicana, 80 años después Entrevista a monseñor Mario De Gasperín Gasperín, obispo de Querétaro
Poco se ha escrito en la prensa nacional y extranjera sobre este acontecimiento, decisivo para la historia de México del siglo XX: cerca de 300 mil muertos, la mayoría de ellos civiles, y un número considerable de mártires dejó como secuela la «guerra cristera».
Para comprender mejor esos acontecimientos y sus consecuencias, Zenit ha entrevistado al obispo de Querétaro, monseñor Mario de Gasperín Gasperín.
--¿Qué importancia tiene la fecha del 31 de julio de 1926, cuando se suspendieron los cultos y comenzó la «guerra cristera»?
--Monseñor de Gasperín: Recordar, y por qué no decir celebrar, los ochenta años del inicio de la «Cristiada» es algo que atañe de cerca al corazón de la fe católica en México. En tono de menosprecio fueron llamados «cristeros» los católicos que no soportan más la violación a sus derechos y a su dignidad y los reclamaron con fuerza y valentía.
--¿Llamar «cristeros» a los que pelearon por una ley justa y libertad religiosa era una burla, no es así?
--Monseñor de Gasperín: Cosa parecida había sucedido en los inicios de la fe con el nombre de «cristianos» para los seguidores de Cristo. La burla nuevamente se convirtió en gloria, pero se necesitó la perspicacia de un historiador extranjero, Jean Meyer (francés, nacionalizado mexicano y autor de una obra monumental sobre el movimiento), para ayudarnos a descubrir su valor y significado.
--¿Fue México un pueblo gobernado por un tirano de excepción como Plutarco Elías Calles?
--Monseñor de Gasperín: Tiranos los ha habido siempre, pero gobernantes que hayan tenido la diabólica osadía de enviar a su ejército a masacrar a su pueblo por la única razón de cantar alabanzas a su Dios, han sido pocos al menos en la historia reciente. México ha sido uno de esos países en sufrirlo.
--¿El siglo pasado pasará a la historia como lo llamó el historiador y fundador de la Comunidad de San Egidio, Andrea Riccardi, «el siglo de los mártires»?
--Monseñor de Gasperín: El Papa Benedicto, durante su visita al campo de concentración y exterminio de los judíos en Polonia, nos da la clave teológica de tal monstruosidad: «Con la aniquilación de ese pueblo, esos criminales violentos, querían matar a aquel Dios que llamó a Abraham, que hablando en el Sinaí estableció criterios (los diez mandamientos) para orientar a la humanidad, criterios que son válidos siempre... En realidad, con la destrucción de Israel querían, en último término, arrancar también la raíz en la que se basa la fe cristiana, sustituyéndola definitivamente con la fe hecha por sí misma, la fe en el dominio del hombre, del fuerte».
--¿No es demasiado estirar la liga comparar los campos de concentración nazi y el Bajío mexicano?
--Monseñor de Gasperín: Eso fue exactamente lo que sucedió aquí, en México. Un grupo de desquiciados por el poder --«criminales violentos», les llama el Papa-- quiso ponerse en lugar de Dios porque le estorbaban sus mandamientos. El tirano comienza saqueando el templo y termina sentándose sobre el altar. La negación de Dios conlleva la destrucción del hombre. El pueblo creyente lo intuyó, lo percibió muy bien y por eso el grito de los «alzados» fue de vivas a Cristo Rey y a Santa María de Guadalupe, cimientos de su fe. Era grito de vida, de supervivencia, pues de la fe se ha nutrido siempre el pueblo católico mexicano. Con ese grito el dictador fue puesto en su lugar y el pueblo recobró su libertad.
--¿Cuál es la riqueza mayor de ese movimiento para los mexicanos?
--Monseñor de Gasperín: La flor más preciosa de este sacrificio doloroso fue el puñado de mártires quienes, sin participar en la violencia, la sufrieron y entregaron su vida orando por sus verdugos y ofreciendo su sangre por la paz y la reconciliación de los mexicanos.
--¿Alguna enseñanza para el México de hoy?
--Monseñor de Gasperín: Como la tentación de querer «ser como Dios» acecha al corazón humano de manera significativa en el campo del poder político como lo estamos viendo y padeciendo, no es remoto que también hoy, y a nombre de la misma democracia, veamos surgir pequeños o grandes dictadores que pretendan introducirse en el santuario y reclamar para sí honores divinos. Por eso, hechos como la «Cristiada» deben celebrarse para dar gracias y recordarse para que no se repitan. ZS06081710 |
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XX Domingo del tiempo ordinario (B)
Proverbios 9, 1-6; Efesios 5, 15-20; Juan 6, 51-59
El pasaje evangélico
continúa la lectura del capítulo VI de Juan. El elemento nuevo es que al
discurso sobre el pan Jesús añade el del vino; a la imagen del alimento la
de la bebida; al don de su carne el de su sangre. El simbolismo eucarístico
alcanza su culmen y su totalidad.
Dijimos la semana pasada
que para entender la Eucaristía es esencial partir de los signos elegidos
por Jesús. El pan es signo de alimento, de comunión entre quienes lo comen
juntos; a través de él llega al altar y es santificado todo el trabajo
humano. Planteémonos la misma pregunta para la sangre. ¿Qué significa y qué
evoca para nosotros la palabra sangre? Evoca en primer lugar todo el
sufrimiento que existe en el mundo. Si, por lo tanto, en el signo del pan
llega al altar el trabajo del hombre, en el signo del vino llega ahí
también todo el dolor humano; llega para ser santificado y recibir un
sentido y una esperanza de rescate gracias a la sangre del Cordero
inmaculado, a la que está unido como las gotas de agua mezcladas con el vino
en el cáliz.
¿Pero por qué, para
significar su sangre, Jesús eligió precisamente el vino? ¿Sólo por la
afinidad del color? ¿Qué representa el vino para los hombres? Representa la
alegría, la fiesta; no representa tanto la utilidad (como el pan) cuanto el
deleite. No está hecho sólo para beber, sino también para brindar. Jesús
multiplica los panes por la necesidad de la gente, pero en Caná multiplica
el vino para la alegría de los comensales. La Escritura dice que «el vino
recrea el corazón del hombre y el pan sostiene su vigor» (Sal 104, 15).
Si Jesús hubiera elegido
para la Eucaristía pan y agua, habría indicado sólo la santificación del
sufrimiento («pan y agua» son de hecho sinónimos de ayuno, de austeridad y
de penitencia). Al elegir pan y vino quiso indicar también la santificación
de la alegría. Qué bello sería si aprendiéramos a vivir también los gozos de
la vida, eucarísticamente, esto es, en acción de gracias a Dios. La
presencia y la mirada de Dios no ofuscan nuestras alegrías honestas; al
contrario, las dilatan. Pero el vino, además de alegría, evoca también un problema grave. En la segunda lectura escuchamos esta advertencia del Apóstol: «no os embriaguéis con vino, que es causa de libertinaje; llenaos más bien del Espíritu». Sugiere combatir la ebriedad del vino con «la sobria embriaguez del Espíritu», una embriaguez con otra.
Actualmente existen muchas iniciativas de recuperación entre las personas con problemas de alcoholismo. Procuran emplear todos los medios sugeridos por la ciencia y la psicología. No se puede sino alentarlas y sostenerlas. Pero quien cree no debería descuidar también los medios espirituales, que son la oración, los sacramentos y la palabra de Dios. En la obra El peregrino ruso se lee una historia cierta. Un soldado esclavo del alcohol y amenazado con ser licenciado fue a un santo monje a preguntarle qué debía hacer para vencer su vicio. Este le ordenó que leyera cada noche, antes de acostarse, un capítulo del Evangelio. Él consiguió un Evangelio y comenzó a hacerlo con diligencia. Pero al poco volvió desolado al monje a decirle: «¡Padre, soy demasiado ignorante y no entiendo nada de lo que leo! Deme otra cosa que hacer». Le respondió: «Sigue solamente leyendo. Tu no entiendes, pero los demonios entienden y tiemblan». Así lo hizo aquél y fue liberado de su vicio. ¿Por qué no intentarlo? |