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La voluntaria de Lourdes
Sin brazos ni piernas, pero con la fe en Dios
Gilbert K. Chesterton: Por qué me convertí al catolicismo
Un paseo con Enrique
La experiencia de un seminarista en China
La mejor pastilla
Josef Mayr Nusser
El ramo de flores
Cambio de sentido
Edi Liccioli, doble víctima del aborto

 

La voluntaria de Lourdes
 

Lourdes es una isla de silencio y oración en pleno continente europeo. Los peregrinos van y vienen en callada piedad, día y noche, todo el año. Muchos de los peregrinos son enfermos en silla de ruedas o en camilla, acompañados por chicos y chicas que hacen de enfermeros voluntarios.
 

Durante una semana de ese verano, a nuestra pequeña cuadrilla le tocó lavar platos durante algunas comidas y cenas solamente, pues los demás turnos estaban ya cubiertos. Nos tocó en los edificios nuevos del hospital. Nos pusimos un delantal de plástico y ¡a lavar platos! Modernas máquinas industriales multiplicaban nuestra buena voluntad. Era un comedor de enfermos minusválidos. Voluntarias de otro grupo, con su uniforme de enfermera, se encargaban de repartir la comida y de asistir a aquellos enfermos que por sí mismos no podían tomar el alimento.
 

Nosotros veíamos aquello sólo de lejos. Las enfermeras iban y venían con platos sucios que te entregaban en las manos.
 

En un momento en que las máquinas hacían afanosamente su trabajo, mirando aquel comedor de ancianos y enfermos, vi a una chica joven que no tenía manos. No era una de las enfermas, sino una de las azarosas enfermeras que iban y venían por todo el comedor sirviendo…
 

Vi cómo se acercaba a los enfermos y les ayudaba, cómo cogía entre sus brazos una cuchara que metía en la sopa, y, con mucha precisión, la llevaba a la boca de una anciana que sí tenía manos pero que quizá ya no las controlaba o las tenía inmóviles. Una cucharada y otra cucharada… Yo no podía creerlo. A esas alturas, de lo de lavar platos ya ni me acordaba…
 

Aquella enfermera seguía sirviendo a todo mundo. De pronto, con un plato vacío de sopa que sujetaba entre sus brazos, se acercó a nuestra zona de vajilla. Era una chica francesa. Con manos temblorosas y un nudo en la garganta recibí el plato sucio que ella me entregó mientras sonreía. Yo le devolví la sonrisa como pude… Ella se dio la media vuelta y se fue a seguir sirviendo a sus enfermos.
 

¡Aquella chica no tenía manos y estaba feliz de la vida ayudando a los demás! Podría pedir ser cuidada, estar atendida… y, sin embargo, servía.

De esto fui testigo un día que se me ocurrió visitar Lourdes. ¿Qué cosas tan increíbles no sucederán ahí día tras día, año tras año?

 

Sin brazos ni piernas, logra ser campeón de lucha libre

La Razón 07.03.07

 

«Sin excusas». Es el título de un libro de la editorial Ciudadela, pero, sobre todo, es el lema que guía la vida de un deportista que ha traspasado todos los límites que a primera vista le impedían ser un auténtico campeón.


Nació con una amputación congénita en los brazos y en las piernas y, sin embargo, Kyle Maynard, de 20 años, ha conseguido coronarse como uno de los campeones de lucha libre en el estado de Georgia y se ha hecho con el récord mundial en la categoría de halterofilia modificada en banco al levantar 163 kilos, tres veces el peso de su propio cuerpo. Unos logros que, según explica él mismo en su libro, son fruto de un estilo de vida dominado por el esfuerzo y la constante superación personal. Pero también son resultado del amor de su familia y de la fe en Jesucristo, dos pilares que le han servido para no desmoronarse ante las dificultades que ha encontrado en su vida.

Kyle cuenta con muñones en lugar de manos, por lo que aprender a escribir, comer y vestirse sin ayuda son sólo algunos de los retos a los que se tuvo que enfrentar cuando era sólo un niño. Pero eso no fue lo peor. Kyle pronto se encontró con las fugaces miradas de lástima e incomprensión de la gente que se cruzaba por la calle. Pero lejos de desanimarle, el joven decidió afrontar estas situaciones con valentía: «Miro a todo el mundo directamente a los ojos, como un igual, como Dios nos creó a todos.

Cada uno de nosotros es un ser único y cada uno de nosotros es igualmente valioso a los ojos de Dios», explica.

Su pasión fue siempre el deporte. Comenzó jugando al béisbol como un niño más y jamás utilizó su evidente desventaja física como excusa para no dar lo máximo de sí mismo. «Las excusas son simplemente una forma de evitar un obstáculo sin esforzarse en vencerlo», subraya.
 

Su verdadera vocación vino con la lucha libre. Con sólo un metro y veinte centímetros de altura, para Kyle no fue fácil competir en igualdad de condiciones con sus contricantes. De hecho, durante su primer año y medio en competición, Kyle no ganó ni un solo combate, pero en todo ese tiempo, explica, «me mantuve firme gracias a la oración, la familia y las ganas de sacrificarme con sudor y esfuerzo para hacer frente a los desafíos». «Creo que Dios sólo nos manda los retos que Él sabe que somos capaces de afrontar. Si nos enfrentamos o no a esos retos, dependerá de nosotros. Gozamos del libre albedrío y de la capacidad de hacer cualquier cosa si nos ponemos completamente en manos de Dios», asegura el joven.
 

Así que Kyle se enfrentó a sus retos y, con el tiempo, empezó a cosechar numerosas victorias, a pesar de otros tantos sacrificios. «Todos sufrimos golpes, duras caídas en algún momento de nuestra vida, pero sólo los fuertes se levantan de nuevo, se sacuden el polvo y siguen adelante, reanudando la lucha. Esa fuerza procede del interior de uno mismo, de la familia y de la fe».
 

Actualmente, Kyle se maneja sin prótesis, va a la Universidad en su propio coche adaptado, tiene una pulcra caligrafía y puede mecanografiar más de 50 palabras por minuto. Pero, sobre todo, Kyle es una fuente de inspiración para miles de personas. Su entrenador durante años asegura que «después de conocerlo, todos sentimos que algo ha cambiado dentro de nosotros». 

 

 Gilbert K. Chesterton: Porqué me convertí al catolicismo

Aunque sólo hace algunos años que soy católico, sé sin embargo que el problema "por qué soy católico" es muy distinto del problema "por qué me convertí al catolicismo". Tantas cosas han motivado mi conversión y tantas otras siguen surgiendo después... Todas ellas se ponen en evidencia solamente cuando la primera nos da el empujón que conduce a la conversión misma. Todas son también tan numerosas y tan distintas las unas de las otras, que, al cabo, el motivo originario y primordial puede llegar a parecernos casi insignificante y secundario.

(...) A pesar de todo, estoy seguro de que lo primero que me atrajo hacia el catolicismo, era algo que, en el fondo, debería más bien haberme apartado de él. Estoy convencido también de que varios católicos deben sus primeros pasos hacia Roma a la amabilidad del difunto señor Kensit.

        El señor Kensit, un pequeño librero de la City, conocido como protestante fanático, organizó en 1898 una banda que, sistemáticamente, asaltaba las iglesias ritualistas y perturbaba seriamente los oficios. El señor Kensit murió en 1902 a causa de heridas recibidas durante uno de esos asaltos. Pronto la opinión pública se volvió contra él, clasificando como "Kensitite Press" a los peores panfletos antirreligiosos publicados en Inglaterra contra Roma, panfletos carentes de todo juicio sano y de toda buena voluntad.

        Recuerdo especialmente ahora estos dos casos: unos autores serios lanzaban graves acusaciones contra el catolicismo, y, cosa curiosa, lo que ellos condenaban me pareció algo precioso y deseable.

        En el primer caso —creo que se trataba de Horton y Hocking— se mencionaba con estremecido pavor, una terrible blasfemia sobre la Santísima Virgen de un místico católico que escribía: "Todas las criaturas deben todo a Dios; pero a Ella, hasta Dios mismo le debe algún agradecimiento". Esto me sobresaltó como un son de trompeta y me dije casi en alta voz: "¡Qué maravillosamente dicho!" Me parecía como si el inimaginable hecho de la Encarnación pudiera con dificultad hallar expresión mejor y más clara que la sugerida por aquel místico, siempre que se la sepa entender.

        En el segundo caso, alguien del diario "Daily News" (entonces yo mismo era todavía alguien del "Daily News"), como ejemplo típico del "formulismo muerto" de los oficios católicos, citó lo siguiente: un obispo francés se había dirigido a unos soldados y obreros cuyo cansancio físico les volvía dura la asistencia a Misa, diciéndoles que Dios se contentaría con su sola presencia, y que les perdonaría sin duda su cansancio y su distracción. Entonces yo me dije otra vez a mi mismo: "¡Qué sensata es esa gente! Si alguien corriera diez leguas para hacerme un gusto a mi, yo le agradecería muchísimo, también, que se durmiera enseguida en mi presencia".

(...) Este primer empuje, después de debérselo a Dios, se lo debo a la historia y a la actitud del pueblo irlandés, a pesar de que no hay en mí ni una sola gota de sangre irlandesa. Estuve solamente dos veces en Irlanda y no tengo ni intereses allí ni sé gran cosa del país. Pero ello no me impidió reconocer que la unión existente entre los diferentes partidos de Irlanda se debe en el fondo a una realidad religiosa; y que es por esta realidad que todo mi interés se concentraba en ese aspecto de la política liberal. Fui descubriendo cada vez con mayor nitidez, enterándome por la historia y por mis propias experiencias, cómo, durante largo tiempo se persiguió por motivos inexplicables a un pueblo cristiano, y todavía sigue odiándosele. Reconocí luego que no podía ser de otra manera, porque esos cristianos eran profundos e incómodos como aquellos que Nerón hizo echar a los leones.

Podría añadir ahora cómo seguí reconociendo después, que a todos los grandes imperios, una vez que se apartaban de Roma, les sucedía precisamente lo mismo que a todos aquellos seres que desprecian las leyes o la naturaleza: tenían un leve éxito momentáneo, pero pronto experimentaban la sensación de estar enlazados por un nudo corredizo, en una situación de la que ellos mismos no podían librarse...

(....) No es natural ser materialista ni tampoco el serlo da una impresión de naturalidad. Tampoco es natural contentarse únicamente con la naturaleza. El hombre, por lo contrario, es místico. Nacido como místico, muere también como místico, sobre todo si en vida ha sido un agnóstico. Mientras que todas las sociedades humanas consideran la inclinación al misticismo como algo extraordinario, tengo yo que objetar, sin embargo, que una sola sociedad entre ellas, el catolicismo, tiene en cuenta las cosas cotidianas. Todas las otras las dejan de lado y las menosprecian.

(...)  Es cierto que todas las religiones contienen algo bueno. Pero lo bueno, la quinta esencia de lo bueno, la humildad, el amor y el fervoroso agradecimiento "realmente existente" hacia Dios, no se hallan en ellas. Por más que las penetremos, por más respeto que les demostremos, con mayor claridad aún reconoceremos también esto: en lo más hondo de ellas hay algo distinto de lo puramente bueno; hay a veces dudas metafísicas sobre la materia, a veces habla en ellas la voz fuerte de la naturaleza; otras, y esto en el mejor de los casos, existe un miedo a la Ley y al Señor.

(...) Sólo la Iglesia Católica puede salvar al hombre ante la destructora y humillante esclavitud de ser hijo de su tiempo.

     (...) Esto significa, si lo precisamos todavía más, que una persona, al convertirse, crece y se eleva hacia el pleno humanismo. Juzga las cosas del modo como ellas conmueven a la humanidad, y a todos los países y en todos los tiempos; y no sólo según las últimas noticias de los diarios. Si un hombre moderno dice que su religión es el espiritualismo o el socialismo, ese hombre vive íntegramente en el mundo más moderno posible, es decir, en el mundo de los partidos.

El socialismo es la reacción contra el capitalismo, contra la insana acumulación de riquezas en la propia nación. Su política resultaría del todo distinta si se viviera en Esparta o en el Tíbet. El espiritualismo no atraería tampoco tanto la atención si no estuviese en contradicción deslumbrante con el materialismo extendido en todas partes. Tampoco tendría tanto poder si se reconocieran más los valores sobrenaturales. Jamás la superstición ha revolucionado tanto el mundo como ahora. Sólo después que toda una generación declaró dogmáticamente y una vez por todas, la IMPOSIBILIDAD de que haya espíritus, la misma generación se dejó asustar por un pobre, pequeño espíritu.

Estas supersticiones son invenciones de su tiempo —podría decirse en su excusa—. Hace ya mucho, sin embargo, que la Iglesia Católica probó no ser ella una invención de su tiempo: es la obra de su Creador, y sigue siendo capaz de vivir lo mismo en su vejez que en su primera juventud: y sus enemigos, en lo más profundo de sus almas, han perdido ya la esperanza de verla morir algún día.


   (*) Famosísimo periodista, novelista, poeta y crítico literario (1874-1935) es una figura única y genial en la literatura inglesa y uno de los autores modernos más frecuentemente citados. Autor de las novelas del Padre Brown, Ortodoxia (escrito muchos años antes de convertirse), etc. De él dijo su gran amigo Bernard Shaw: "un genio colosal", y el Times Literary S. "Ha llegado la hora, medio siglo después de su muerte, para hacer una limpieza chestertoniana. Su perspicacia crítica era muy aguda, su campo de acción universal, su vigor invencible. El premio nobel T.S. Eliott quedó maravillado con su libro sobre Dickens. Su obra sobre Tomás de Aquino fue lo mejor que se ha escrito sobre el tema. Su periodismo ejerció una atracción magnética mucho más poderosa que lo que de cualquier columnista o presentador de televisión podría esperarse hoy día.


 

Un paseo con Enrique

 

Soy  Fernando García Rueda Tengo diecisiete años y vivo en Atlanta, Georgia. Me gusta la música, el fútbol, el cine, el teatro, y salir con mis amigos y amigas. Es decir, aunque me siento extraño escribiéndoles un mail, me considero una persona normal, normalísima, común y corriente, sin ninguna cualidad extraordinaria que mereciera una historia de este tipo.

 

Pero hoy me pasó algo extraordinario. Y no pude irme a dormir sin escribirlo.

Como todos los martes, salí temprano del colegio. Eran las 12:30, y no tenía, en realidad, planes de ningún tipo. Pero hoy me sorprendió mi mamá, que después de invitarme a comer, me propuso “pasar por la casa de las monjitas” (así llama a las Misioneras de la Caridad) antes de regresar a casa.

 

Resultó que no era sólo pasar por la casa de las monjitas, sino ir con ellas a una de sus “rondas misioneras” por el centro de la ciudad.

 

En el segundo piso de un edificio oscuro y destartalado nos abrió Enrique. Tenía como 22 años, vestía una camisa sencilla y unos jeans desteñidos, y estaba en una silla de ruedas. Su fuerza y porte varonil creaban un contraste curioso con los rasgos de síndrome Down, que apenas se detectaban en sus ojos y mandíbula.

 

“Bienvenidos, bienvenidos…” dijo con poca claridad, mientras hacía gestos para excusarse por la suciedad de su pequeña habitación. “Hola Enrique, venimos a darle una buena limpieza a este hermoso apartamento. Va a quedar como nuevo, ya verás. Mira, Fernando te va a dar una vuelta para que hagas tus compras…” Y yo, atónito, asqueado por el olor y nervioso por una repentina claustrofobia, tomé la silla de ruedas, me fui con Enrique hacia el ascensor y salí de ese triste edificio.

 

No fue difícil comenzar la conversación. Capté la tragedia que estaba detrás de lo que él me iba contando: de cómo su familia se “habían tenido que ir” cuando él era joven, de “sus amigos” que le regalaban revistas a cambio del cheque mensual de la seguridad social, de su sobrino que “tanto le quería” que le había enviado una foto hace ocho años… Pero me dediqué a escucharle, a hablarle de mi familia, a contarle chistes, a hacerle ver su fortaleza y su futuro y cuánto le querían las Misioneras de la Caridad…

 

Después de 50 minutos, regresamos a su habitación, ahora irreconocible. Piso brillante, ventanas claras, sopa caliente… todo como nuevo. “¡Bienvenidos! – exclamaron casi al unísono, – Ya nos estábamos preocupando.”

A mí me estaba dando vueltas la cabeza. Estaba confundido y enojado con el mundo que permite la injusticia de los que sufren como Enrique. Y en eso, escuché que él me llamaba, casi imperceptiblemente. Di la vuelta a la silla de ruedas, y me incliné para oírlo mejor. “Gracias. Eres mi amigo.” Y sonriendo, me dio un abrazo tal, que casi me caigo encima de él… “Tú también, – le dije – tú también eres mi amigo.”

 

Salimos de ese edificio y ya no me daba vueltas la cabeza. Pensaba en Enrique, y también pensaba en cómo decirles todo esto a mis amigos. Me hacía la siguiente reflexión: yo llego todos los días del colegio, veo televisión, tomo la merienda, leo hasta que me quedo dormido, escucho música, le hablo a mi novia, sigo estudiando, y por fin ceno y me voy a la cama.

 

Pero hoy entendí que una hora de mi tiempo puede ir lejos, puede humanizar el sufrimiento ajeno, puede repartir un poco de amor. Y, sobre todo, que una hora puede ser suficiente para cambiar una vida… aunque sólo sea la mía.


 

La experiencia de un seminarista en China


En el Día del Seminario:
Alfa y Omega ha tenido acceso a la experiencia de un seminarista chino que está completando sus estudios en una pequeña ciudad de Europa. Por motivos de seguridad, prefiere no dar su nombre. Su testimonio recuerda los primeros tiempos del cristianismo bajo las persecuciones, y muestra que la Iglesia católica en China está muy viva.

 

La fe, un grito en voz baja

 

¿Cómo viven los seminaristas en China? Es difícil de contestar, ya que, dependiendo a la situación de cada diócesis, cambia el modo de vivir en el seminario. Lo que voy a decir sobre mi seminario es un pequeño reflejo de los seminarios clandestinos.

 

El año 1997 entré en el seminario. Éramos casi 30 chicos, procedentes de tres lugares diferentes del país. Nosotros, el curso más joven –casi todos teníamos 17 años – vivíamos en una cueva, construida por los seminaristas mayores en una montaña tan alta que nos parecía vivir en el cielo. Aquella era nuestra capilla, nuestra aula de clase, y también el comedor.

 

Debajo de nosotros había una aldea, de unos 100 habitantes, todos católicos. Eran los que nos protegían, y los que nos subían el arroz, la harina y las verduras. Durante la semana, no teníamos mucho tiempo libre, porque había que aprovechar las horas al máximo, pues allí nadie sabe cuánto puede durar un curso. De lunes a viernes, teníamos ocho clases diarias, con asignaturas muy variadas. Los sábados hacíamos la limpieza, y los domingos podíamos salir a hacer una pequeña excursión por la montaña. El tiempo de formación antes eran cinco años; ahora son diez, como mínimo.

 

El primer año vivimos muy felices en aquella cueva, nadie se quejó de la humedad ni de la comida, pues el amor fraterno lo suple todo. La oración y el estudio son nuestra tarea principal, porque sabemos que Cristo necesita soldados bien armados de ciencia y de santidad para extender su reino en China. Cuando alguno está enfermo, o le duele el estómago, o la pierna –porque hay mucha humedad–, el formador suele decirle  bromeando que son síntomas de vocación, porque casi todos los curas tienen tales enfermedades. ¡Pues, ya ves cómo Dios confirma la llamada! Nosotros sabemos que el dolor de estómago del formador es debido a la mala alimentación que tuvo cuando estuvo en la cárcel, pues le daban muy poca comida, y mala.

 

Cuando le preguntamos qué pensaba en la cárcel, nos dijo: «En la comida; después del desayuno, uno ya comienza a esperar el almuerzo, porque siempre teníamos hambre».

El trabajo en la cárcel no era muy duro, pero cansaba mucho: tenía que escoger pelos de cerdos durante horas y horas, para la fabricación de cepillos de zapatos. Mi formador tenía un sentimiento especial con aquellos cepillos.  Cuando Dios bendice, bendice con la cruz. Así, estábamos casi acostumbrados a que Dios, de vez en cuando, nos mandaba una pequeña cruz.

 

En aquel tiempo, cuando rezábamos, podíamos cantar; también podíamos reírnos a carcajadas, hablar en voz alta, salir a dar paseos…Gozamos de bastante libertad durante casi un curso entero. Luego tuvimos que irnos a otro sitio. Es que los policías se enteraron de la existencia de un grupo de los nuestros, que vivían en otra montaña. Les capturaron a todos cuando estaban almorzando. En el camino a la comisaría, una feligresa vio a un seminarista en el jeep de policía haciéndole señales, así que subió corriendo adonde nosotros estábamos para avisarnos. Cuando llegó, estábamos preparando la cena. El formador, sin pensar ni un segundo, en seguida nos mandó huir. Bajamos de la montaña cruzando un bosque, de dos en dos. Todavía no éramos conscientes del miedo, nos parecía casi divertido aquello de huir corriendo de la policía. Hacíamos competiciones para ver quién corría más rápido… Una vez salimos de la casa, los fieles de la aldea metieron piensos para los animales domésticos en la cueva, y echaron polvo en el cristal de la ventana, que siempre había estado muy limpia. Esa misma noche, subieron los policías, llevando perros, para capturarnos también a nosotros. Dios pensó que todavía no era el tiempo. Ya no había nadie allí. Tres meses después, nos reunimos en otra provincia. Nos dijo el Rector que los seminaristas detenidos recibieron una condena de tres años de cárcel, y que tenían que cavar piedras, ya que el sitio era montañoso y hacía falta construir caminos. En esta nueva casa, el formador nos dijo que fuéramos más prudentes y cautelosos, no sólo por nuestra seguridad, sino también por la de la familia que nos había acogido. Así que no podíamos hablar en voz alta, ni reírnos demasiado, y mucho menos salir de la habitación, para que no se enterasen los vecinos. Pero, no sé cómo, siempre acaban enterándose.

 

Por eso teníamos que cambiar de casa cada muy poco tiempo –como mucho, cada medio año–. Hasta el día de hoy, los seminaristas de mi diócesis siguen llevando este estilo de vida, huyendo de un sitio para otro. Cuando en alguna fiesta, como la Pascua, quieren cantar los chicos, el formador elige  a uno o dos para que canten, y en voz baja…

 

Primavera en China

La Iglesia en China lleva siglos de persecución. La sangre de los mártires, semilla de los nuevos cristianos, está brotando. Una primavera del cristianismo está llegando a China. Cada año, a pesar de la falta de libertad religiosa, miles y miles chinos se bautizan. Ahora más que nunca hacen falta misioneros intelectualmente bien preparados; tenemos que dar razones de nuestra esperanza a la gente. Para llevar a cabo esta misión, la Iglesia en Europa

nos ha ofrecido su ayuda: muchos movimientos de la Iglesia quieren encargarse de la  educación de los seminaristas chinos. Así, muchas diócesis han enviado a sus seminaristas a Europa para recibir una mejor formación y para que luego puedan servir mejor a la  Iglesia. Lo que quiero es que la gente conozca un poco más cómo viven los seminaristas en China ahora, porque se habla mucho de la apertura de China, el desarrollo de China, incluso de la mejoría de las relaciones diplomáticas entre la Santa Sede y China, como si en China hubiera libertad religiosa ya. Yo quería escribir un poco cómo estudian los seminaristas en China, porque estudian mucho.

Ciertamente tenemos pocos recursos para ello, pero estudian mucho, porque saben que la Iglesia lo necesita –me dolió mucho escuchar a un cardenal que dijo que el clero de la Iglesia clandestina es inculto–. El año pasado fui a China; la vida de los seminaristas sigue siendo como antes, no pueden hablar ni cantar en voz alta. El día de la Asunción de la Virgen, no se imaginan cuántas ganas tenían los chicos de cantar una misa a la Virgen, pero no podían; cerramos todas las ventanas y puertas en pleno agosto, para que pudieran cantar algo.

 Por la falta de libertad religiosa, la vida de los seminarios en China es muy distinta a la de Occidente.

Un reportaje de Juan Luís Vázquez

 


 

La mejor pastilla

 

Cristina   López Schlichting entrevistó a don Fausto Marín y a doña Nieves Gómez de las Heras, padre y esposa, respectivamente, de Vicente y Alberto, que fallecieron en el atentado del 11-M.

 

Fausto contó cómo vivió ese día: «A nosotros lo que nos mantuvo fue la fe que tenemos. Nosotros somos muy creyentes, y gracias a Dios tenemos fe y esperanza. En el IFEMA, un psicólogo me dio un tranquilizante; le dije que estaba muy agradecido, pero que me lo guardaba, que yo tenía la fe y sé que Dios ha permitido esto, porque somos muy malos y no sabemos rezar. Le dije que me había tomado la mejor pastilla, que es el Cuerpo de Cristo. Posteriormente, he hablado con ese médico, y me ha llegado a decir. Usted me ha hecho cambiar. Yo era creyente, pero no tan creyente. Desde el   momento del atentado, sé que la misericordia de Dios les perdonó, tuviesen lo que tuviesen, y que están en el cielo. Sé que Vicente está en el cielo, lo siento así, lo palpamos».

 

Sobre el acto de conmemoración del 11-M, un oyente dijo llevar algún tiempo sin tomar esa pastilla de la que hablaba Fausto: «A mí me ha convencido. A partir de mañana voy a tomar esa pastilla todos los días, y posiblemente me quitarán alguna de las que me han recetado. Esto me ha servido para comprobar que Cristo está sobre la tierra».

 

Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo


 

Testimonio de Josef Mayr Nusser


BOLZANO, miércoles, 21 marzo 2007 (
ZENIT.org).- Desde la diócesis de Bolzano-Bressanone (norte de Italia) se propone en estos tiempos de relativismo la actualidad del testimonio de Josef Mayr Nusser –en proceso de beatificación-, quien fue asesinado por nazis en un auténtico martirio por «el primer mandamiento».

 

Josef fue enrolado en las «SS»; su reclutamiento contravino las convenciones internacionales, pues una fuerza de ocupación no puede enrolar en su propio ejército a los ciudadanos del Estado ocupado.

 

Tal incorporación forzosa obligó a Josef a dejar a su familia, su esposa Hildegard y su hijo Albert, nacido pocos meses antes, para seguir un período de adiestramiento en Prusia al término del cual había que prestar juramento según la fórmula «Juro a ti, Adolf Hitler, Führer y canciller del Reich, fidelidad y valor; prometo solemnemente a ti y a los superiores designados por ti fidelidad hasta la muerte; que Dios me asista».

 

Cuando le llegó el momento de hacerlo, Josef rechazó prestar juramento a Hitler en nombre de Dios. Su fe y su conciencia –dijo-- no se lo permitían. Era el 4 de octubre de 1944.

 

Sabía que tal opción la compartía Hildegard: «No serías mi esposa si esperaras de mí algo diferente», le escribió desde la prisión.

 

Josef Mayr Nusser fue trasladado a Gdansk (Danzig) y procesado. Condenado a muerte por «derrotismo», fue destinado al campo de concentración de Dachau, adonde no llegó: enfermo de disentería, fue encontrado muerto en el tren que se dirigía al campo en la mañana del 24 de febrero de 1945. Llevaba el rosario y un Evangelio entre sus manos.

 

Como dirigente de jóvenes de la Acción Católica de idioma alemán, Josef había declarado y escrito públicamente que el nazismo no podía conciliarse con los valores de la ética cristina

 

Los necesitados también estaban entre sus preocupaciones. Como presidente de la «Conferencia de San Vicente», Josef no dejaba de visitar a los más pobres y de llevarles ayuda material y espiritual.

 

El pasado 19 de marzo, día de su santo patrono, se cerró la fase diocesana de su proceso de beatificación en Bolzano, en un acto presidido por el obispo local, monseñor Wilhelm Egger.

 

Todas las actas que han sido recogidas en este período fueron selladas y se trasladarán a la Congregación vaticana para las Causas de los Santos, encargada de examinar la autenticidad del material presentado, la regularidad del proceso diocesano, y de establecer si tales actas justifican la beatificación, explica la diócesis de Bolzano.

 

Trece meses ha durado el proceso diocesano oficial, abierto en el 61º aniversario de su muerte.


 

El ramo de flores

 

La razón / Álex Navajas. 28.03.07

Le había hecho una promesa a la Virgen. Todos los sábados por la mañana salía temprano de su casa, situada en el centro de Madrid, y se dirigía al santuario de Schöenstatt, en Pozuelo de Alarcón, cruzando la Casa de Campo. Unos cinco kilómetros de peregrinación en los que atravesaba el inmenso parque portando un gran ramo de flores. A su paso, claro, se le quedaban mirando los paseantes, los que hacían footing y... las prostitutas, que terminaban una larga y penosa noche de faena.

 

¿Qué diantres hacía un treintañero a las ocho y pico de la mañana de un sábado paseando por la Casa de Campo con un ramo de flores?
 

Un día, una de las prostitutas le espetó, de mala gana, que para quién eran las flores. «Para la Virgen María», le contestó sin ningún rubor. La cara de la chica cambió de golpe. Su curiosidad inicial se convirtió en un torrente de preguntas y de confesiones. El joven escuchó con atención y contestó con afabilidad. Al siguiente fin de semana, la prostituta esperaba con impaciencia al joven de las flores. Pero, esta vez, venía acompañada de varias compañeras de faena. «¿Es verdad que vas a rezarle a la Virgen?», le preguntó una; «por favor, pídele por un hijo mío que he dejado en Rumanía», le suplicó otra; «reza por nosotras, para que podamos volver pronto a nuestros países», le rogó una tercera.


 

Cambio de sentido

La Razón / J. M. Alimbau - 28.03.07


El médico neumólogo que ejerció durante ocho años en un hospital antituberculoso de Barcelona para luego ingresar, como hermano, en la Orden de San Juan de Dios, el doctor Ricardo Botifoll, fue un hombre de ciencia y de gran espiritualidad, «que pasó haciendo el bien»...
El doctor Botifoll, neumólogo, cirujano, obstetra, fundador y director del Hospital de S. J. de Dios, en Lunsar (Sierra Leona), después de 25 años padeció una dermitis oncológica en las manos causada por los rayos X. Trataron de injertarle su propia piel... Finalmente tuvieron que am­putarle tres dedos de la mano derecha. Pos­te­riormente padeció otras amputaciones en ambas manos...
Durante una entrevista me decía: «Creo que el sufrimiento habrá servido para mi enriquecimiento interior».
«Alguien ha dicho, y con mucho acierto: “Todo lo que se ‘acepta’... cambia de sentido”».
«Saber “aceptar” los infortunios que nos llegan... creo que es una de las virtudes más importantes, más necesarias en la vida...».
«“Aceptar” o, si se quiere, con una palabra más precisa, tal vez, sea la de “asumir”».
«“Asumir” es conseguir que el mal que nos llena de tribulación, de congoja, de angustia... se convierta en un bien: bien para nosotros mismos y un bien para los demás».
«Así que el sufrimiento bien “aceptado” ayuda a descubrir el verdadero sentido de la existencia; dar a las cosas su justo valor; y por tanto andar por la vida... más seguro de uno mismo». Y añadía:
«El P. De Lubac ha dicho: “El gozo se teje... con el hilo del sufrimiento”».

 

 

Edi Liccioli, doble víctima del aborto:

“el aborto no es una opción, es un grave problema y un error irreversible”

  

El semanario ALBA publica el impresionante testimonio de Edi Liccioli, superviviente de un aborto frustrado de su madre que además, sufrió la angustia y la depresión de perder a su hijo en un aborto provocado. Pero es –como dice esta italiana residente en Murcia- "una historia trágica con final feliz". Ama la vida, es feliz con su trabajo de profesora de teatro, pero sobre todo con su familia. Ha renacido gracias a su tremenda vitalidad. Y al arte. Desde su trágica experiencia, afirma que "el aborto no es una opción. Es el principio de un problema muy grave y de un error irreversible".

ALBA, Luis Losada Pescador.- Para ponerse los pelos de punta. Edi Liccioli vive en Murcia y es una superviviente nacida en Florencia. Su madre la intentó abortar con los métodos de la época: baños calientes, palos de hierro, etc. Pero fracasó. Afortunadamente. "Mi madre estaba casada; no tenía una cuestión trágica, simplemente tenía una patología depresiva y le agobiaba la idea de estar embarazada". Sin duda un caso especial. O no. Porque desgraciadamente la maternidad se está viendo en occidente como una maldición, una amenaza para el desarrollo personal y profesional, apunta Liccioli. "Se ha castrado a la mujer de la maternidad que es lo que nos hace plenas", señala.

Su niñez no fue feliz. Antes de que perder la inocencia, su madre le relató los intentos de abortarla. "Algunas mujeres descubren la maternidad cuando nace el niño y se vuelven leonas protectoras; a mi madre no le pasó", señala lacónica. Aunque no la responsabiliza: "pobrecilla, tenía una enfermedad, no es su culpa".

La importancia de la educación

Edi se crió sin el sentimiento del amor gratuito de una madre. "De alguna manera me maleducó percibiendo la maternidad como una amenaza, un mal, una condena". Así que a los 14 ó 15 años estuvo a punto de ligarse las trompas. "Fui a una clínica a ligarme las trompas, pero afortunadamente me echaron y me dijeron que me lo pensara mejor".

Pasan los años en su Florencia natal y en 1983, a los 20 años de edad, se queda embarazada. "Vivo de nuevo una tragedia". Su novio de entonces tenía 21 años. Ninguno de los dos sufría circunstancias sociales complejas. Pero sencillamente no pensaron en que naciera su hijo. "Era obvio; entonces lo veíamos así: la vida se acababa; era una catástrofe; se acababan los estudios, las posibilidades de trabajo, todo; ni nos planteamos tener a nuestro hijo”.

Abortar era "lo normal"

Para todo el mundo, abortar era lo "normal". Por supuesto, su madre, también le animó a abortar. Y lo hizo. "Fui al hospital de Florencia; allí nadie me dijo nada, nadie me preguntó nada que no fuera la mera praxis para abortar; nadie me explicó las consecuencias del aborto". ¿Habrías tomado otra decisión?, le preguntan en la entrevista. "Al menos me lo habría planteado", afirma. Pero nadie preguntó. Así que a las pocas horas, regresó a casa con sensación de liberación. "Pensé que me había quitado un problema de encima".

Edi siguió su vida normal: estudiaba en la facultad y salía con su novio. Hasta que llegó el verano, se acabó la rutina y tuvo que encontrarse con ella misma. Entonces comenzó el infierno: "Me encerré en mi habitación, lloraba mucho, leía y pensé seriamente en suicidarme; tenía una depresión de caballo". Pero no sabía por qué. Al fin y al cabo "había hecho lo que tenía que hacer".

Síndromes post-aborto

Pero los síntomas del post-aborto se repetían: pesadillas por las noches e incapacidad para ver bebés. Para colmo, paradojas del destino, el quirófano donde se sometió al aborto estaba pared con pared con la sala de partos. Los llantos de los bebés que nacieron ese día que moría su hijo debieron quedar clavados en el inconsciente.

Y así pasan los años: pesadillas, rechazo a los bebés, angustia y sentimiento de conflicto hacia el sexo contrario. Edi sigue tirando con una vida a medias. "Me encantaba lo que estudiaba; eso me dio fuerzas para reengancharme a la vida". Edi estaba muerta psicológicamente por la muerte de su hija. Quien le ‘resucita’ a la vida es –señala- el arte, la Belleza.

‘Resucitada’, Edi se traslada a Murcia con su actual marido y se queda embarazada de nuevo. Esta vez, un embarazo buscado. "Entonces es cuando tomé conciencia de todo, me di cuenta de dónde estaba mi problema". El ginecólogo que la atendió le enseñó la primera ecografía de su hijo: se veía un pequeño punto, "como un mosquito". Era su bebé. Era igual que el que ella había abortado. "Hoy ese ‘mosquito’ tiene 14 años y mide más de metro ochenta; el otro ‘mosquito’ ya no está aquí". Es entonces cuando se plantea que si hubiera seguido adelante con 20 años no se habría caído el mundo. "Teníamos comida y techo, no pasaba nada, habríamos seguido hacia la madurez de la relación; pero todo se queda ahí; no puedes avanzar porque matas el fruto de tu amor".

“El aborto no es una opción, es un error ireversible”

La conclusión es obvia: "El aborto no es una opción". Así de claro se lo dice a su hijo. "Si deja embaraza a su novia, el aborto sencillamente no es una opción a contemplar en el abanico de posibilidades". El infierno de Edi ha sido suficiente. Nunca más. "Es el principio de un problema y de un problema muy gordo". Y tanto. Edi sigue teniendo pesadillas. "Es un error irreversible; la muerte siempre es irreversible". Ella considera que ha integrado la pérdida violenta de su hijo en el aborto provocado. Pero sabe que ‘eso’ está ahí. Convive con ello, aunque sabe que no se sanará nunca del todo.

“La fe me ayudó a perdonarme”

Edi fue educada en una familia atea. Hizo la primera comunión por razones sociológicas, pero abandonó la práctica desde muy pequeña. Ni su padre ni su madre creían ni practicaban. Ella es fruto de la revolución sexual y cultural de los años 60. Ése fue su entorno cultural. Sin embargo, hace dos años se convirtió. Y fue precisamente esa fe la que le ayudó a perdonarse a sí misma. "A mí me había absuelto mi padre, mi madre, mi marido y hasta mi hijo, pero yo no me había perdonado; he conseguido perdonarme gracias a la fe".

Por eso se revuelve cuando escucha que el sentimiento de culpa es propio de creyentes. "Algunas tratan de evitarlo, como mecanismo de defensa. Pero yo no era creyente y tuve sentimiento de culpa; y lo mismo le pasa a todas mis amigas que han abortado y no son creyentes", concluye.

Informar, fundamental

A pesar de su tragedia, Edi se manifiesta feliz, enamorada de la vida y dispuesta a gritar a los cuatro vientos que no, que el aborto no es una opción digna para las mujeres. "Hay que informar correctamente; yo quiero dar utilidad al sufrimiento tan enorme que he tenido; como en otros problemas graves que pueden afectar a una persona: nada mejor que uno que ya ha pasado por ello para entenderlo y acompañarte; yo quiero hacer lo mismo". Hecho. Contactó con la Asociación de Víctimas del Aborto (AVA) hace año y medio, y ahora trata de ayudar a otras mujeres que se encuentren en una situación de riesgo de aborto. Por eso ha fundado la asociación ACTIVA en Murcia. (Contacto: 696 57 35 12; activademurcia@hotmail.com

   

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