
Edith Zirer, casada hoy y con 2 hijos, que vive en Haifa, en una
colina del Monte Carmelo, quiso estar con el Papa (59 años después
de lo ocurrido) en su histórico viaje a Tierra Santa para darle
personalmente las gracias justamente en el Memorial del Holocausto
Yad Vashem. Fue un día inolvidable para ella y para toda la
población judía, así como una lección universal de humanidad.
Edith Zirer
narra el episodio como si hubiera sucedido ayer. Era una fría mañana
de primeros de febrero de 1945. La pequeña judía, que todavía no era
consciente de ser el único miembro de su familia que sobrevivió a la
masacre nazi, se dejó llevar en los brazos de un sacerdote de 25
años, alto, fuerte, que sin pedirle nada, simplemente le dio un rayo
de esperanza.
Hoy aquel sacerdote, según ella, es el obispo de Roma. Edith
quería agradecer finalmente aquel gesto. «Sólo un pequeño gracias en
polaco por aquello que hizo, por la manera en que lo hizo, para
decirle que nunca me olvidé de él», dice desde su hermosa casa
ubicada en las colinas del Carmelo, en la periferia de Haifa.
Edith tiene 66 años y dos hijos. Reconstruyó su vida en Israel,
donde llegó en 1951, cuando todavía padecía las lacras de la
tuberculosis y los fantasmas de la guerra alteraban sus sueños.
Durante todo este tiempo se ha guardado esta historia. Cuando en
1978, Karol Wojtyla subió a la cátedra de Pedro, comenzó a sentir la
necesidad de hablar, de contarlo a alguien, de mostrar su
agradecimiento. La pregunta surge inmediatamente: pero, ¿cómo puede
estar segura de que aquel sacerdote es el Papa? ¿Por qué ha esperado
tanto?. Estos interrogantes se los han planteado también los
periodistas de «Kolbo», el semanario de Haifa que hoy publica un
artículo sobre este asunto. «El relato es convincente. No trata de
hacerse publicidad, todos los detalles que ofrece parecen creíbles»,
dicen los redactores. Tan convincentes que la embajada israelí ante
la Santa Sede ya está moviéndose para tratar de poner en contacto a
la señora Zirer con la secretaría del Papa.
La narración habla por sí misma. «El 28 de enero de 1945 los
soldados rusos liberaron el campo de concentración de Hassak, donde
había estado encerrada durante casi tres años trabajando en una
fábrica de municiones –explica Edith, quien entonces tenía trece
años–. Me sentía confundida, estaba postrada por la enfermedad.
Dos días
después, llegué a una pequeña estación ferroviaria entre Czestochowa
y Cracovia». Precisamente en Cracovia, Wojtyla acababa de ser
ordenado sacerdote. «Estaba convencida de llegar al final de mi
viaje. Me eché por tierra, en el rincón de una gran sala donde se
reunían decenas de prófugos que en su mayoría todavía vestían los
uniformes con los números de los campos de concentración. Entonces
Wojtyla me vio. Vino con una gran taza de té, la primera bebida
caliente que había podido probar en las últimas semanas. Después me
trajo un bocadillo de queso, hecho con pan negro polaco, divino.
Pero yo no quería comer, estaba demasiado cansada. El me obligó.
Después me
dijo que tenía que caminar para coger el tren. Lo intenté, pero me
caí al suelo. Entonces, me tomó en sus brazos, y me llevó durante
mucho tiempo. Mientras tanto la nieve seguía cayendo. Recuerdo su
chaqueta marrón, la voz tranquila que me reveló la muerte de sus
padres, de su hermano, la soledad en que se encontraba, y la
necesidad de no dejarse llevar por el dolor y de combatir para
vivir. Su nombre se grabó indeleblemente en mi memoria».
Cuando finalmente llegaron hasta el convoy destinado a llevar a
los detenidos hacia Occidente, Edith se encontró con una familia
judía que le puso en guardia: «Atenta, los curas tratan de convertir
a los niños hebreos». Ella tuvo miedo y se escondió. «Sólo después
comprendí que lo único que quería era ayudarme. Y quisiera decírselo
personalmente».
Tomado de Zenit, 6.II.04 |