XX


 

 Página anterior

 A Página principal

 Página siguiente

  

La sonrisa de María José

El prisionero eslovaco

Está solo
Gracias abuela
Un amor para siempre
Desde mi experiencia
¿La Madre Teresa sin Dios?
Aviadora y heroína

El cirujano clandestino

Ryan Hrejlac

 

 La sonrisa de María José

La Razón / Álex Navajas - 11.09.07

La verdad es que uno se sorprende cada vez que se entera de las hazañas que consiguen los numerosísimos héroes anónimos que, gracias a Dios, pueblan nuestro planeta. Los periodistas no solemos sacarlos en los periódicos, ni aparecen en la televisión. Te cruzas con ellos por la calle y no vuelves la cabeza para mirarles, y nadie va a recibirlos al aeropuerto como si fueran los nuevos osos panda del Zoo de Madrid. Pero los héroes anónimos existen; vaya si existen, y son los causantes de que uno no pierda la fe en el género humano.
Los últimos de los que hemos tenido noticia son Francisco y Mª José, un matrimonio de Málaga. Seguramente que, a pocos de ustedes, les digan algo esos nombres. Pero casi todos habrán visto las imágenes de la operación de espina bífida a la que fue sometida su hija María cuando aún estaba en el útero de su madre.

 

En el primer hospital al que acudieron, les sugirieron la posibilidad del aborto. Tal vez, los médicos que lo hicieron no se dieron cuenta de que se encontraban ante dos colosos que no iban a tirar la toalla tan fácilmente. En el segundo, les ofrecieron la posibilidad de la intervención quirúrgica. Jamás se había practicado una operación semejante en Europa.

 

Nuestros héroes anónimos encontraron a un equipo médico que supo comprender la sencilla grandeza de sus ideales. «Soy católica y, desde el principio, descarté el aborto. Queríamos darle una oportunidad a la niña», afirma ahora Mª José, que posa sonriente y feliz junto a su marido en la habitación del hospital.

 

Y le han dado la oportunidad no sólo a su hija, sino a toda la sociedad, de descubrir que es inmensamente más bella la vida que la muerte; que son más valiosas la lucha y la tenacidad que la comodidad del no complicarse la existencia; que llena infinitamente más el amor de una hija con espina bífida que el angustioso vacío que deja un feto aniquilado por «inservible».
 

Bienvenida a nuestro mundo, María. Ojalá que te conviertas, como tus padres, en una nueva heroína.

 

El prisionero eslovaco  

 

Ciertas personas se quejan de que la Virgen no ha atendido sus ruegos y no les ha concedido lo que le habían pedido con fervor, a veces durante años. Es fundamental que jamás se nos ocurra pensar que nuestra Madre se desinteresa de nosotros, sus hijos, porque sería causarle un sufrimiento muy cruel. Esto no es otra cosa que una tentación de parte del Enemigo. ¡No permitamos que se salga con la suya! Por el contrario debemos agradecerle por anticipado a nuestra Madre la gracia que nos va a obtener de Dios por su intercesión.


¡Los caminos de María son los caminos de Dios y no los nuestros! Un amigo me decía bromeando: “¡Si quieres hacer reír al Señor, cuéntale tus planes!


Un testimonio, ocurrido en 1950, nos ilustra esto de manera muy especial. Los comunistas habían ocupado Eslovaquia. Una noche de abril irrumpen en un casa salesiana y deportan a los religiosos. Entre los detenidos se encuentra Antón, un seminarista que desea ansiosamente llegar a ser sacerdote. Después de una tentativa fallida de fuga, lo encierran en la prisión de Leopoldov. Es confinado a una celda donde tan sólo puede caminar cuatro pasos para adelante y cuatro pasos para atrás. Es el desastre para él. ¿Y el seminario, y su sacerdocio? ¿Tendrá que permanecer durante años enmoheciéndose entre cuatro paredes y retrasando todos sus planes? ¿Podrá algún día volver a ver el color del cielo? En su profunda aflicción recuerda una palabra de Don Bosco que lo salvará: “Quien reza una novena a la Santísima Virgen tiene derecho a esperar un milagro”.


Antón cifra toda su esperanza en la Ssma. Virgen. Ella seguramente le abrirá la puerta, ¡ella encontrará la forma de hacerlo salir! Antón hace su novena, pero no ocurre nada, la puerta permanece cerrada. ¿Habrá rezado mal? Hace una segunda novena con redoblado fervor. Al noveno día, la puerta sigue cerrada. ¡No puede echarle la culpa a la Virgen! Lo intenta una tercera vez. Idéntico resultado, la puerta continúa bien cerrada. Sin embargo, algo ha cambiado en su corazón.


”Sólo experimentaba una paz muy profunda, dirá más tarde. A pesar de que frecuentemente me desvanecía por falta de alimento, y que había bajado tanto de peso que perdía la conciencia de lo que sucedía a mi alrededor, experimentaba una real felicidad al seguir en vida bajo semejantes condiciones. Durante los interrogatorios me castigaban, me maltrataban, me humillaban, y sin embargo la paz, la alegría y la felicidad estaban dentro de mí. Me di cuenta de que si Dios estaba conmigo, todo lo demás me era indiferente, prisión o libertad, salud o enfermedad, pobreza o riqueza, éxito o fracaso. Tenía mucho tiempo y nunca había orado con tanto fervor”.


El milagro se había efectivamente producido, pero no como Antón lo esperaba. Él deseaba ser sacerdote. ¡María también quería esto para él, y aún con mayor fuerza que él! En efecto, unos años más tarde, cuando la puerta finalmente se abrió para Antón, pudo terminar su seminario y ser ordenado sacerdote. ¡Pero qué sacerdote! ¡Aquellos años de profunda amistad con el Cristo sufriente y con María habían hecho de él un testigo admirable, un santo discípulo de Don Bosco que irradiaba de tal forma la alegría de Cristo que obtenía increíbles conversiones a través de su ministerio.

 

María es poderosa. Debemos ser cuidadosos cuando le oramos, porque siempre atiende nuestros ruegos. ¡Y su respuesta supera con creces nuestros ilimitados horizontes.  De Children of Medjugoje - Report del 15 de septiembre de 2007.

 

 Está solo
 

Todos los días voy a hacer una visita a la iglesia de Torrelodones, que siempre está abierta, muy cuidada y acogedora. Durante años fui con mi marido, pero, desgraciadamente, hace diez años que murió y aún no lo he asumido del todo. Pero allí, cerca del sagrario, lo siento a mi lado. Por eso, al despertarme por la mañana, me digo: «No estás sola, Jesús se ha quedado en el sagrario y te espera para que nunca te sientas sola, pues Él siempre, siempre estará contigo». De allí salgo con la moral muy alta, que algunos días, buena falta me hace...

 

El otro día, al salir de la iglesia, en la placita peatonal me crucé con dos niños preciosos de unos 3 y 5 años. Iban cogidos de la mano y, al pasar, me dijo el más pequeños: «¿Vienes de ver a Jesús?» Le respondí: «Sí, y Él se va a alegrar de veros, porque se ha quedado solo». El niño me contestó: «Por eso vamos nosotros, mamá dice que a Él no le gusta estar solo..., y a mí tampoco...»

 

Me habría gustado conocer a la madre para darle la enhorabuena por cómo está educando a sus hijos. Pensé que no hay que perder la esperanza por có-

mo van las cosas, porque siempre hay gente que lo sigue haciendo muy bien.

Margarita Boned Santesteban - Madrid (Alfa y Omega nº 560 del 27.09.07)

 


 

¡Gracias... abuela!


La Razón / J. M. Alimbau

Con el testimonio de A. Pronzato queremos agradecer a nuestras abuelas, madres y a todas las personas que han orado y oran por las vocaciones sacerdotales...
 

- Mi abuela tenía ochenta años y unos bellísimos ojos azules. Su rostro estaba surcado de arrugas. Tuvo una existencia dura, hecha de trabajo, sacrificios, lágrimas, privaciones y entrega a los demás. Cuando yo estaba en el seminario, me decía:
 

- «Tú estudias. Yo no tuve la oportunidad de estudiar. Pero sé rezar», y hacía sonar el rosario gastado - «Siempre por ti... recuérdalo bien».
   En aquellas palabras había una admonición. Es como si me dijera:
 

- «No despilfarres esta oración. Has de estar a la altura...» Años después, le administré el óleo de los enfermos. Ungidas las manos -que apretaban el rosario desteñido- me incliné a besarlas y susurré: «¡Gracias, abuela!».
 

- «¡Amén!»- respondió absorta la abuela Josefina.
   No es un sentimiento mío. Es más bien un compromiso concreto, apremiante: no despilfarrar, ni traicionar aquellos millares de rosarios que ella… me rezó».
 

- Péguy escribe: «En el juicio universal no necesitaremos memoriales o certificados. Pero nadie podrá borrar la huella de un padrenuestro o de una avemaría».

 


 

Un amor para siempre

En el famosísimo ’68, un estudiante de una universidad europea tuvo la ocurrencia de dejar una pintada en la pared. Ésta aseguraba, con no poca ironía, que “El amor eterno dura tres meses”. Supongo que no lo hizo por mero cinismo, quizá él mismo había experimentado una decepción recientemente y el graffiti no era más que un desahogo emocional. Lo que no dudo, es que ese muchacho no estaba hablando del verdadero amor.

Conozco un caso desde hace tiempo que siempre me hace reflexionar sobre la fuerza del auténtico amor. Por más que parezca inverosímil el hecho es completamente real. Por respeto a los protagonistas omitiré los detalles que puedan identificarlos.

Alfonso salió de su casa por la mañana, como todos los días para ir a trabajar. Rebeca, su mujer, lo despidió en la puerta sin notar nada extraño. Lo vio como siempre, contento, con el deseo de que salieran bien las cosas en la tienda y pudiera regresar a tiempo para comer.

Llega el mediodía sin Alfonso. Rebeca espera. Es de noche y Alfonso no vuelve. En la tienda le dicen que no llegó a trabajar. La misma historia al día siguiente, y al otro. Pasa toda la semana sin noticias de Alfonso. Nadie sabe dar razón de él. Parece que se lo ha tragado la tierra. Pasa un mes, y otro y otro. Alfonso se fue. ¿A dónde? ¿Por qué? ¿Cómo? No hay respuesta. Hace un año de todo esto y Rebeca sigue esperando. Y se suceden los años…. sin saber nada de Alfonso.

¿Qué pasó con Alfonso? De camino a su trabajo se sintió mal. Se detuvo bajo una agradable sombra, a un lado de una construcción. Se desmayó y cayó en una fosa, golpeándose fuertemente la cabeza. Más tarde volvió en sí, pero no sabía quién era, dónde estaba y mucho menos qué tenía que hacer. Comenzó a caminar y a caminar y sin tener dónde vivir, durmió en las calles.

Era tal su confusión que, a lo largo de los meses y los años, cruzó el país vagando de un lado para otro. Una institución que se dedica a recoger a los indigentes y ayudarlos en su readaptación, lo encontró. Habían pasado poco más de 9 años desde que Alfonso saliera de su casa hacia su trabajo en la tienda. En las terapias los enfermeros comienzan a darse cuenta de que Alfonso es una persona que demuestra haber tenido una educación, una carrera profesional…

Si te parece que es una historia difícil de creer, todavía te falta conocer lo más asombroso del hecho. Diez años después de su salida de casa, Alfonso regresa al hogar. No se atrevía a llamar pues no esperaba encontrar ya a su mujer. Había pasado tanto tiempo…

Rebeca le recibe con lágrimas en los ojos…. “¡Volviste!” Alfonso la mira más extrañado aún. Ella continúa sola. No quiso casarse con otro hombre. En la sala descubre que todo sigue como antes: las fotos de su boda, las vacaciones… Y en la mesa, en su lugar, el tarro en el que bebía su cerveza.

-“Rebeca, ¡me esperaste!... Cómo…” –Alfonso tartamudeaba emocionado.
-“Yo nunca te he dejado de amar” –fue la respuesta de la esposa, que le recibía con un cariñoso abrazo.

Parece difícil de creerlo, pero es un hecho real. Existe este amor, que sabe esperar aun cuando no reciba respuesta.

El amor dura tres meses cuando es un amor egoísta –que es la piratería más vendida y más barata del amor-. Por el contrario, una de las características principales del verdadero amor –casi me atrevo a decir que es su principal “sello de autenticidad”- es el desinterés. El amor no es un “te doy para que luego me des”, sino un “te doy porque te amo, incluso aunque te tardes en corresponderme”. Y entiendo yo que nadie se cansaría de hacer el bien a la persona amada.

El amor, para decirlo de una manera gráfica, no es cosa de centímetros. El amor no se mide ni con termómetro ni con regla. Ya lo decía Santa Teresa: “El amor sólo tiene sentido cuando es para siempre”.


 

Desde mi experiencia y camino de Damasco:
¿La vocación misionera?... una invitación al banquete de la comunión

Cuando era seminarista leí con interés el libro de Martín Descalzo “un cura se confiesa”… Creo que yo también debo confesarme. Dios ha sido, no digo excesivamente, pero si divinamente paciente conmigo.

Claro que quería ser misionero y misionero de África, pero a mi manera: haciendo muchas cosas y siendo admirado por los africanos… Todo parecía alimentar mis ansias de ser reconocido: uno que sabe en medio de los que no saben… uno que cree en medio de los que no creen… La vida misionera se presentaba como un camino de aventuras hacia la gloria en el cielo… y en la tierra. ¿Qué más podía desear?

 Y Dios me trazó un camino inesperado de conversión.

Mi primer destino fue la guerra cruel y fratricida entre 1993 y 1995. La pregunta estaba clara de que nos servía haber construido escuelas y dispensarios si eran destruidos por la guerra? Delante de los dos cadáveres que vi arrastrados por el río Ruvubu me pregunté, hemos dado suficiente espacio para predicar el amor fraterno. En medio de la guerra viví con santos como el arzobispo Ruhuna al que acompañé rezando el rosario al lugar donde había asesinado dos misioneros Javerianos. Y cuando a los pocos días una orden de Roma me pedía abandonar el Burundi porque mi vida estaba en peligro, monseñor Ruhuna me despidió con una cena llena de ternura y no olvidaré nunca su pregunta: ¿porqué te sacan de Burundi, creen que estás tu en más inseguridad que yo?... Y cuando estaba en España me llegó la triste noticia el arzobispo Ruhuna había sido asesinado. Para él estaba claro había que predicar el amor conviviendo con los que sufren. Pero me tocaba obedecer. Tenía que dejarme guiar por Dios… y por el ejemplo admirable de monseñor Ruhuna.

Dios me ha regalado tantas cosas y sé que cuando le soy fiel, mi corazón está en paz y sosiego. Después Dios me condujo con los refugiados burundeses en Tanzania, porque según alguien con autoridad religiosa sobre mí me aseguró que ya no habría espacio para mí en Burundi. Sonreí interiormente. Si Dios quiere Él se las arreglará para que vuelva a Burundi. Pasé nueve meses con los refugiados en Tanzania. Aprendí mucho a su lado. En ese lugar de sufrimiento es donde tuve la experiencia de una fecundidad espiritual inesperada. Conocí a 3 jóvenes refugiados que iniciaron su entrega a Dios y que hoy son sacerdotes. Conocí a un grupo de chicas de las cuales otras 3 son religiosas. Fue una experiencia breve donde Dios hablaba muy fuerte en medio de los que sufrían de sentirse como abandonados por todos.

Y Dios se las arregló y me abrió las puertas de Burundi, con ala autorización del que había jurado que ya no volvería a Burundi. Y de qué manera y que con qué ternura. Cuando estaba en la frontera de Tanzania, vi al obispo de Muyinga que venía a darme la bienvenida a ayudarme a pasar la frontera. Todo un regalo de Dios.

Y empecé una nueva andadura misionera y Burundesa a tres bandas: la prensa, la parroquia y las obras de misericordia. Se vivía una situación muy dura de conflicto y división. La prensa era para mí el lugar donde plasmaba una mirada sobre la realidad de Burundi a partir de las lecturas del domingo. Se trataba de una catequesis que debía irradiar esperanza y optimismo desde un Dios Padre que los ama.

En la parroquia fue quizás el lugar donde tuve la mejor experiencia de Dios actuando en el pueblo burundés. La gente estaba harta de sufrimiento y de mentira. Les habían engañado invitándolos a la guerra para solucionar sus problemas de vida y convivencia. Necesitaban otro lenguaje: el del amor y el del perdón. Y ese lenguaje lo encontró en Jesús de Nazaret. Y la gente miró a Dios esperanzada buscando su perdón generoso. Nadie podía puntarse esta vuelta a Dios. Era Dios mismo el que les hablaba y poco a poco Kanyosha reventando todos los cálculos se llenó de gente que vivía con gozo su re-encuentro con Dios. Cómo explicar que en 6 años una iglesia de 180 metros cuadrados tuvimos que agrandarla 5 veces hasta llegar a la iglesia actual de mil metros cuadrados? Era la obra de Dios. Os podría dar las estadísticas mas rastreras, las de las colectas que pasan en 6 años de 3.000 francos a mas de 200.000 francos cada semana. Vivir el amor de Dios es también practicarlo en la vida.

 

He visto mil gestos de caridad. El último, hace 10 días, inauguración de la parroquia. Un evento esperado, deseado y pedido a Dios con muchas oraciones. Querían sacerdotes viviendo entre ellos que les recuerden el amor de Dios y la misericordia con los hombres. Y se vivió un día de mucha misericordia en una situación de carencia. Los cristianos contribuyeron con 320.000 fr. para que los pobres niños y ancianos recibieran un gesto de misericordia.

He visto una parroquia fervorosa y feliz de encontrase con el Dios fuente de gozo y paz.

 


 

¿La madre Teresa sin Dios?

Fuente: www.buenas-noticias.org
Autor: Xesco Domenech & Jorge Ranninger, L.C.

Cientos, miles de niños pobres y abandonados pululan sin una meta concreta por las calles de la ciudad. Familias enteras viviendo en las mismas aceras, durmiendo sobre cartones que simulan su hogar. El agua de los charcos de las calles sirve a muchos de ellos para lavarse y mantener la “higiene” de sus ropas. Personas mayores, abandonados, esperan pasivamente el momento de su fin. ¡Ésta es una de las verdaderas caras de Calcuta!

Mi nombre es Xesco, tengo 24 años, y soy de la moderna ciudad de Barcelona. En estos momentos estoy terminando mis estudios universitarios de derecho, y al mismo tiempo trabajo ya en una empresa en el sector financiero.

Hace unas pocas semanas yendo al trabajo, la radio encendida y mis pensamientos dispersándose en mil asuntos, escuché entre la gran marejada de noticias que comentaba el locutor, el nombre de la Madre Teresa de Calcuta.

En esos momentos enfoqué todos mis pensamientos y atención a cada una de sus palabras, y que finalmente acabé resumiendo de la siguiente manera: “salen a la luz unas cartas secretas de la Madre Teresa donde ella misma manifiesta profundas dudas sobre la existencia de Dios, poniendo así en entredicho la autenticidad y coherencia de vida de esta mujer”.

Golpeado por estas palabras, mi mente se sumió en los más profundos recuerdos grabados en lo íntimo de mi corazón.

Verano de 2005, ciudad de Calcuta: mi primer día como voluntario apoyando a las Hermanas de la Caridad en su labor de entrega a los más necesitados. Todo contento y creyéndome capaz de cualquier cosa, por todo lo que he hecho en mi vida, me lanzo al trabajo.

En la mañana del segundo día, después de la experiencia del día anterior en Prendam, uno de los centros de Madre Teresa en Calcuta, no me vi con suficiente fuerza interior para volver a realizar el mismo trabajo: entre otras cosas, lavar a los más pobres que no podían moverse ni para alcanzar a usar el baño…

Esa misma mañana, sumido en incómodas dudas, me encontré con Sister Nyrmala, actual Superiora General de las Hermanas de la Caridad. Sin temor le planteé mi caso.

Ella, con una sonrisa en la cara, como siempre he visto a todas las Misioneras y Misioneros de la Caridad durante los dos veranos que he pasado en Calcuta, me dijo para mi sorpresa, que no había ni secreto ni truco, y que la única manera de realizar este trabajo era agarrado fuertemente la mano de Jesús, Hijo de Dios Vivo, viendo en los pobres al mismo Señor. Esto era lo que siempre les había enseñado la Madre Teresa y como ella siempre lo había hecho.

Y más aún… Sister Nyrmala, con su sonrisa en la cara, concluyó: “Y la única manera de ver a Cristo en los demás, y más aún en los más pobres, es conociéndole, conociéndole a ÉL. Y se le conoce, como nos enseñó con el propio ejemplo de vida nuestra querida Madre Teresa, en la oración, delante del Sagrario, en la Eucaristía.”

Regresando a la realidad, mi alma se tranquilizó. Yo lo había experimentado en mi vida. Yo lo he vivido en carne propia, yo he estado en Calcuta, yo he convivido con los enfermos y pobres, yo los he lavado y amado, yo he visto como las Hermanas de Caridad dedican muchas horas al día a la oración ante Cristo Eucaristía, yo he rezado y amado a Cristo con ellas...

Madre Teresa construyó toda su vida, interior y exterior, sobre la Roca Firme: Cristo. Pudo tener momentos difíciles, como todos los tenemos, pero es imposible, os lo puedo asegurar, hacer lo que ella hizo sin un profundo amor a Cristo y fe en el Señor. ¡Y esta es la otra cara verdadera de Calcuta!

 


 

Aviadora y heroína


  
Caroline Aigle
Cada vez con más frecuencia, articulistas conocidos se empeñan en denigrar a nuestra Iglesia como a una embaucadora que nos lleva sujetos en esta vida por el temor a la eterna. Lo ha hecho de nuevo en
El País (¡qué raro!) uno de sus columnistas habituales, don Manuel Vicent.

 

Con todo el respeto a sus increencias, contaré hoy una historia, aun reciente, de la que me ha hecho partícipe uno de esos amigos que nunca fallan. La protagonizó, dolorosamente, Caroline Aigle, una francesa que tenía nombre de águila, y sin duda lo merecía. Porque, para mayor analogía, desde hace ocho años era la primera mujer piloto de caza del ejército francés del aire, había mandado una escuadrilla y pertenecía a la jefatura de las Fuerzas Aéreas en la ciudad de Metz. Además, se preparaba para ser astronauta.

 

Estaba felizmente casada con otro piloto que se llama Christophe Deketelaere. Ya no lo está. Y no  lo está porque Caroline ha muerto, por voluntad de Dios, que a todos nos llevará algún día de este mundo temporal. Lo que, en su caso, ocurrió a finales de agosto, cuando tenía sólo 32 años. Le sucedía algo más, muy importante: llevaba en su vientre a su segundo hijo; y supo también, cuando esa pequeña criatura sólo contaba cuatro meses, que en su propio cuerpo se había instalado un cáncer que resultó ser de mortal gravedad.

 

Chistophe y Caroline sufrieron mucho. Eran unos enamorados jóvenes y felices, con  hermosos proyectos para una larga vida en común. Cayó sobre ella, y de rebote sobre él, una tremenda, una .humanamente hablando. injusta e inexplicable condena a muerte.

 

En esa terrible situación, ni perdió la fe ni aceptó abortar, como algunos le aconsejaban como una posible terapia.  Cuando la condena se cumplió, su marido ha contado a Radio Luxemburgo las palabras de ella: «Él, su hijo, está en el derecho de tener las mismas posibilidades que yo». Y el marido/padre ha añadido: «Este embarazo fue su último combate; y lo ganó».

 

Con  ayuda  de  los  médicos,  el  hijo  nació prematuramente, cuando sólo llevaba cinco meses y medio en el seno materno. Era, es, un niño muy prematuro y, por tanto, débil. Pero la madre pudo tenerlo en sus brazos antes de que Dios la llamara a Su lado. Christopher, que hace ahora de padre y de madre, apostilla, con palabras muy claras: «Fue heroica hasta el final». Le Figaro escribió entonces .con la firma de Cyrille Louis. que «el ejército del aire llora a Carolina Aigle, su leyenda».

 

Una gran cantidad de franceses se ha conmovido con esta tragedia. En España, en un blog, un comentarista sin novia (todavía) se pregunta dónde quedarán mujeres así; y otro sostiene que, «frente a las madres asesinas que abortan cada año en Europa, personas como Carolina mantienen la dignidad de la especie humana». Caroline: un ejemplo a meditar por unas 85.000 españolas o inmigrantes cada año. Carlos Robles Piquer (Alfa y Omega, 565)
 


 

El cirujano clandestino

 

× Hamilton Naki
Afrontar un trasplante cardiaco es poner la propia vida en la cuerda floja. Si las cosas se llegasen a complicar, la cita con la muerte es casi ineludible. Son altísimos los peligros, numerosos los riesgos, y pocos los especialistas que enfrentan el reto, especialmente si nos situamos en el África del año 1967.

El popular doctor Sudafricano, Christian Barnad, blanco, tendría el honor de ejecutar el primer transplante cardiaco en la historia de su país. Sabía perfectamente que estaba en juego la vida del paciente, y con ella su propia fama, el prestigio de su equipo médico y el renombre del hospital más importante del continente.

Ante una situación tan delicada, a nadie se le ocurriría introducir en la sala de cardiología al jardinero, al empleado de limpieza o a un tosco celador. El cuarto de operaciones debía estar reservado a los más insignes especialistas.

Llegó el momento de la operación, el paciente estaba ya anestesiado sobre la cama, los doctores esperaban con nerviosismo la llegada del Dr Christian Barnad.

Se abrió la puerta, apareció tras ella un Dr. Barnad envuelto en su bata azul, con la mano por delante cediendo el paso al… ¡al cuidador de puercos de la escuela menor de medicina! Un imberbe hombre de color, cuyos estudios no superaban la escuela secundaria, un trabajador de “segunda” que sería el ayudante principal durante la cirugía. Su nombre: Hamilton Naki.

Este año se celebraron los cuarenta años del episodio. Tuvo que pasar casi medio siglo para que ésta buena noticia recorriera el mundo. El “Apartheid” y la situación política del país silenció este suceso, un éxito proporcionado a una vida ejemplar que se apagó, pero no del todo, hace unos meses. Hamilton murió el pasado mayo, con la dignidad de un hombre que logró el transplante más grandioso de la vida: el transplante de actitud.

Hamilton Naki, tras abandonar la escuela, no desertó de su lucha, no sofocó el talento que poseía. Las necesidades económicas de su familia le obligaron a dejar las aulas, pero se construyó su “salón de clases” entre los cerdos.

Sus libros eran las ocasiones en que veía maniobrar al carnicero. Sus profesores, los comentarios que escuchaba de los alumnos de medicina, y sus exámenes se los preparaba él mismo usando animales para practicar.

Su fama de hábil cirujano corría sigilosa entre los pasillos de la escuela y el hospital. Un día su popularidad llegó a los oídos del Dr Christian Barnad, quien le mantuvo como mano derecha en aquel histórico trasplante del ’67.

Tras el éxito de la operación, el hospital le ofreció una plaza; la escuela de Medicina le contrató como profesor de cardiología y de vez en cuando se daba un tiempo para arreglar los jardines…

A decir verdad, la situación de Hamilton Naki no cambió demasiado. Aún vivía en su chabola carente de luz eléctrica y agua potable y su sueldo no ascendía a las cifras propias de un doctor, sino más bien, a las de un simple empleado. Después de todo, seguía siendo un hombre de color más, en la gran África colonizada.

Las circunstancias contrarias, el ambiente adverso, la persecución o el rechazo hacen de pedestal al hombre que se exige lo mejor de sí. El héroe (de lo ordinario) convierte las situaciones negativas en oportunidades magníficas y termina por pulverizar el aguijón del pesimismo.

Tras la disolución del sistema político sudafricano, Hamilton, el cirujano, fue condecorado con el galardón “Honoris Causa”. La operación de su vida duró 78 años, y a su corazón bien le vale otro premio “Honoris Causa”, por bombear a muchas almas el coraje de vivir.
 

 

Ryan Hrejlac

 

Ryan  tenía seis años cuando un día, en su colegio en Canadá, le explicaron que en África mucha gente no tiene agua limpia y cogen enfermedades por beber agua sucia. Al enterarse de que por 70 dólares se podía construir un pozo, pidió este dinero a sus padres, que le dijeron que se lo podía ganar haciendo pequeñas tareas en casa y también para sus abuelos, los vecinos, etc.

Cada noche, pedía a Dios ayuda para conseguir el dinero y, en cuatro meses, lo había logrado. Pero resultó que, en realidad, con ese dinero sólo se compraba una de las piezas del pozo, y que para hacerlo entero y con buenas herramientas hacía falta mucho más dinero (¡25.000 dólares!) Así que se dispuso a hacer muchísimas más tareas. Sus hermanos y otras personas empezaron a ayudarle.


Las emisoras de radio y televisión y algún periódico se enteraron de sus esfuerzos, y sacaron noticias sobre él, que animaron a mucha gente a ayudarle. Dos años después de haber empezado, Ryan, que ya tenía ocho años, pudo viajar a Uganda con sus padres a visitar su pozo.

Eso fue en el año 2000. Desde entonces, Ryan ha creado una organización que ya ha conseguido dinero para construir 300 pozos por toda África. (Alfa y Omega, nº 566)

 

   

  Subir al principioo

  A página principal