X
XI


 

 Página anterior

 A Página principal

 Página siguiente

  

El experimento de Enzo Rossi
Un sacerdote ortodoxo rumano y su parroquia se hacen católicos
«No se puede construir una sociedad al margen de Dios»
Manuel Barberá vuelve al Padre
El dakar de tu felicidad
Nuevo libro de Olga Bejano, "Los garabatos de Dios"
Hemos venido por pura casualidad
Perdóname Natasha
Gari Cooper, católico

Los septillizos

 

El experimento de Enzo Rossi

Un buen día, Enzo Rossi, empresario italiano de 42 años, volvió a casa con una idea “loca” en la mente: siendo el dueño de la fábrica de pasta Campofilone, en Ascoli Piceno, decidió por un mes asignarse el mismo salario que pagaba a sus empleados: 1000 euros. Quería saber si era posible vivir con ese dinero. Un experimento.

Su esposa y sus dos hijas estuvieron de acuerdo (no sabemos con cuánto entusiasmo…). Comenzaron. Como era necesario llegar al final de mes, planearon los gastos cuidadosamente. Comenta Enzo: «Hicimos cuentas. Apartamos el dinero para la mensualidad de la casa, el seguro del coche, las boletas de la luz y el gas, etc. Con lo que quedó afrontamos los demás gastos ».

Los días seguían pasando. Las hijas tuvieron que renunciar a varios caprichos y se tuvieron que conformar también con una paghetta más modesta (la paghetta es un pequeño “pago” que los papás dan a sus hijos para sus gastos semanales); Enzo renunció por su parte al cigarro, etc.

Siguieron adelante: una, dos, tres semanas… y el día 20 se dieron cuenta de que ya no había dinero. Terminó el experimento.

Fue una buena lección para el dueño de Campofilone, cuyos espaguetis son «sutilísimos hilos de pasta al huevo». Se dio cuenta de que sus empleados difícilmente podían vivir con lo que les pagaba y decidió subirles el salario un 20 por ciento (200 euros más).

La decisión, en cierto modo, no fue puramente humanitaria. Comenta: «Lo confieso, aumenté los salarios también por una razón egoísta, pues ¿cómo trabajará una madre de familia con la preocupación de que no podrá llegar al final del mes? Si tiene esa inquietud, ¿dónde tendrá la cabeza durante el trabajo? Las manos de las empleadas que preparan la pasta son el tesoro de mi fábrica. Es justo que sean recompensadas».

Enzo recuerda una de las máximas que le enseñó su padre: «Un empresario enamorado sólo del dinero no es un gran empresario».

Ciertamente Campofilone, una empresa de tamaño medio, contaba con un margen de maniobra para subir los salarios. Posiblemente otras empresas tengan menos posibilidades, pero con buena voluntad siempre se puede hacer algo. Por lo menos, se podría hacer un experimento semejante…

Una última reflexión. Si bien no es igual en todos los países, sin embargo podemos decir que existe una convicción, más o menos generalizada, de que los empresarios son personas totalmente indiferentes a la suerte de sus obreros. Posiblemente los habrá, pero sería una injusticia decir que todos son así. También hay empresarios que piensan en sus empleados. Sería el caso de Enzo Rossi.

Con información de La Repubblica, 20.10.2007.
 

 

Un sacerdote ortodoxo rumano y su parroquia se hacen católicos

Tras curarse su madre de un tumor inoperable por intercesión de san Pío de Pietrelcina

PESCEANA, martes, 27 noviembre 2007 (
ZENIT.org).- Mientras en Italia se enardecía el debate sobre los estigmas del padre Pío, en un pueblecito de Rumanía se ponía la primera piedra de la primera iglesia dedicada al santo de Pietrelcina, en uno de los países que hasta hace poco giraban en torno a la Unión Soviética.

El evento, según ha informado Renzo Allegri a Zenit, tuvo lugar en el pueblo de Pesceana, comarca de Valcea, en la Rumanía centro-meridional, gracias al padre Víctor Tudor, sacerdote rumano que, hasta hace algunos años, era ortodoxo, pero que, tras conocer la existencia del padre Pío y ser testigo de un gran milagro, realizado por Dios por intercesión del santo capuchino, quiso entrar en la Iglesia católica y con él todos sus parroquianos.

Todo empezó en 2002. Lucrecia Tudor, madre del padre Víctor, que tenía entonces 71 años, tenía un tumor en el pulmón izquierdo. Los médicos rumanos, tras someterla exámenes clínicos dijeron que le quedaban pocos meses de vida.

No se podía ni siquiera intentar una intervención quirúrgica porque el tumor produjo metástasis. El padre Víctor pidió ayuda a su hermano, Mariano Tudor, un joven y reconocido pintor rumano, especialista en iconografía, que vive y trabaja en Roma, esperando que conociera a algún importante médico italiano, capaz de realizar lo imposible.

Mariano contactó con uno de los cirujanos más célebres del mundo, que había operado incluso a Bill Gates. «Haga llegar a su madre a Roma e intentaré salvarla», dijo el profesor.

Mariano llevó a su madre a Roma y el profesor examinó el expediente clínico de los colegas rumanos y realizó a la paciente más detallados exámenes.

Pero también él, ante el cuadro clínico, dijo que una operación era ya inútil. Se podía intervenir sólo con fármacos para sedar los dolores que serían lancinantes, sobre todo en fase terminal.

Mariano retuvo consigo a la madre en Roma y la llevaba al hospital para realizar controles. Estaba trabajando en un mosaico en una iglesia y, como su madre no conocía el italiano, la llevaba consigo. Mientras él trabajaba, su madre recorría la iglesia, contemplando los cuadros y las estatuas.

En un rincón, había una gran estatua del padre Pío. Lucrecia se quedó impresionada y preguntó a su hijo quién era. Mariano le relató brevemente la historia. Los días siguientes, se dio cuenta de que su madre pasaba todo el tiempo sentada delante de la imagen, con la que charlaba como si fuera una persona viva.
Pasados unos quince días, Mariano llevó a la madre al hospital para el control y los médicos constataron con estupor, que el tumor había desaparecido. La mujer, ortodoxa, pidió al padre Pío ayuda y éste la había escuchado.

«La curación prodigiosa de mi madre, realizada por el padre Pío a favor de una mujer ortodoxa, me impresionó mucho --relata el padre Víctor--. Empecé a leer la vida del santo italiano. Conté a mis parroquianos lo que había sucedido. Todos conocían a mi madre y todos sabían que había ido a Italia para intentar una intervención quirúrgica, y que luego había vuelto a casa curada sin que ningún médico la hubiera operado. En mi parroquia, se empezó a conocer y a amar al padre Pío. Leíamos todo lo que encontrábamos sobre él. Su santidad nos conquistaba. Mientras tanto, también otros enfermos de mi parroquia recibieron gracias extraordinarias del padre Pío. Entre mi gente se difundió un gran entusiasmo y, poco a poco, decidimos hacernos católicos, para estar más cercanos al Padre».

El paso de la Iglesia ortodoxa a la católica requirió un largo procedimiento jurídico. Y dificultades de todo tipo, explica en su artículo Renzo Allegri. Pero el padre Víctor y sus parroquianos no se detuvieron ante las dificultades.

«Con la ayuda del padre Pío --dice Allegri- han hecho realidad sus proyectos. Y enseguida empezaron a recoger los fondos necesarios para la construcción de una iglesia para dedicarla al padre Pío».

«Los fondos son el resultado de los ahorros de esta pobre gente, y de la ayuda de algunos católicos alemanes que supieron nuestra historia», dice el padre Víctor.

«Y son mis parroquianos los que están llevando adelante las obras, trabajando naturalmente gratis. En mayo, iniciamos las obras de cimentación. Hace unos días, celebramos solemnemente la colocación de la primera piedra. Y fue una gran fiesta, porque vino a celebrar la ceremonia su beatitud Lucian Muresan, arzobispo metropolita de Fagaras y Alba Julia de los Rumanos, es decir, la máxima autoridad de la Iglesia grecocatólica en Rumanía. Al acabar la ceremonia, el metropolita quiso conocer a mi madre, curada por un milagro del padre Pío y posó con ella para una foto».

 

 

 García-Gasco, a De la Vega: «No se puede construir una sociedad al margen de Dios» ABC

 

El «decano» de los tres nuevos cardenales españoles, Agustín García-Gasco, dirigió en Roma una advertencia al Gobierno señalando que «Europa y España no tienen futuro si los hombres y mujeres de nuestra sociedad cerramos el corazón a Dios», y que «si no escuchamos su palabra, perderemos la esperanza y la ilusión para construir un futuro de libertad y justicia para todos».

 

El arzobispo de Valencia respondió al brindis realizado por la vicepresidenta del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, en la cena de honor ofrecida el pasado sábado en la Embajada española a los tres nuevos purpurados, que se había caracterizado por su tono respetuoso y conciliador.

 

Rechazo de Dios

 

En su respuesta, Agustín García-Gasco citó a Su Majestad el Rey pero no al Gobierno, y realizó una crítica implícita a las políticas de José Luis Rodríguez

 

Zapatero poniendo en guardia contra el peligro que el rechazo de Dios supone para España y para Europa, como ha enseñado la historia de los grandes totalitarismos.

 

Según el cardenal de Valencia, «la paz, la concordia, la justicia y la libertad, el progreso y la civilización del amor son fruto de la cercanía a Dios», y se logran en ese marco «frente a los que pretenden construir una sociedad al margen de Dios». En ese contexto reafirmó que «el mensaje salvador de Jesucristo es la mejor garantía de nuestra libertad», y «el gran baluarte para defender la dignidad del ser humano frente

a las violencias y las injusticias del mundo».

 

El tono de la intervención recordó a todos los presentes en la cena -entre los que se contaban el responsable de Asuntos Exteriores del Vaticano, Dominique Mamberti, y un total de ocho cardenales españoles- que el «buen momento» del diálogo directo entre España y la Santa Sede no significa en modo alguno que los purpurados españoles estén satisfechos del Gobierno en algunos temas fundamentales…..

 


 

Manuel Barberá vuelve al Padre

En ocasiones somos un poco fríos y despiadados en nuestros juicios hacia determinados hombres que, en el presente, no dan señales de mejora y como el leñador queremos quitarlos de en medio. En efecto, mientras no poseamos un don especial para ver el interior de las personas, dejemos a un lado nuestros juicios. Que un hombre crezca «torcido» no asegura que nunca podrá «enderezarse»… Un ejemplo claro lo tenemos en la vida del padre Manuel Barberá.

Manuel Barberá, sacerdote de 79 años, fue un activo comunista en su juventud. Su adhesión a la izquierda le venía desde la cuna. Ya como adolescente comenzó su servicio al partido como recadero, hasta que lo descubrieron… Se vio obligado a huir de España para que no lo apresaran. Además, a su actividad como comunista se sumaba el hecho de que se había «librado» del servicio militar; por ello, puso pies en polvorosa tan pronto le informaron que lo tenían en la mira.

Fue a Salamanca y se hospedó en la casa de un sacerdote, que lo ocultó durante una semana para que no lo encontraran los policías. De ahí pasó a Portugal, para viajar a los Estados Unidos y finalmente trasladarse a México. Se las arregló para traer a su novia que estaba en España y se casó con ella. Tuvo dos hijos y vivió 15 años en tierras aztecas.

Cuando el general Franco concedió la amnistía a los exiliados políticos, volvió a España, pero por mucho tiempo siguió tan «rojo» como antes; su esposa también compartía su favor hacia las izquierdas.

Cierto día, el amigo de uno de sus hijos los invitó a él y a su mujer a asistir a unas pláticas en la parroquia. Manuel fue no por curiosidad de la buena sino para saber «por qué ese hatajo de idiotas –los católicos– se creen lo que dicen». Total, que su postura era semejante a la de un Saulo de Tarso que se regocijaba en perseguir cristianos porque su intolerante mente los consideraba unos cismáticos…

Y como a san Pablo en sus días, «Manolo» llegó a tragarse todos sus prejuicios. De repente se dio cuenta que Dios le quería como era, es decir, que Dios no se andaba con que si había sido comunista y qué había pensado o dicho sobre la religión, la iglesia y los curas. Manuel descubrió un Padre que le amaba, que le acogía y le perdonaba y no un Dios Justiciero que le señalaba sus pecados.

Es muy edificante cómo lo comenta él mismo: «Comprendí que no se trataba de cambiar las estructuras, como decía el marxismo, sino que la solución del mundo es cambiar el corazón del hombre, cambiar nuestro corazón de piedra y de egoísmo por un corazón de carne. Es lo que la Iglesia ha hecho conmigo».

Cuando murió su esposa por un cáncer de páncreas, Manuel Barberá, después de mucho sufrimiento descubrió su vocación. Una nueva llamada. Dios no sólo le quería cristiano, lo había elegido para ser un sacerdote…

El hombre pierde rápidamente la paciencia y ante los casos difíciles lo más cómodo es considerarlos «imposibles». Muchas veces, como el dueño de la higuera en la parábola de Cristo (Lc 13, 6-9), pedimos al jardinero que acabe con el árbol, pues no da fruto. Y Dios, que conoce el fin de todos los caminos y apuesta siempre por el corazón del hombre, nos responde: «Déjala un año más y si no da fruto, la cortaré»…

Tenemos que reconocer que Él sabe mucho más de árboles y de hombres que nosotros, a ambos los hizo en un solo día y aún no se ha cansado de ellos.

**Con datos de Alfa y Omega del 25 de octubre de 2007

 


 

El dakar de tu felicidad

Fuente: www.buenas-noticias.org
Autor: Manuel Álvarez Arriola, L. C.

Isidre Esteve dio la espalda, en una curva con matrícula de 22 de marzo, a una de las pruebas del motociclismo más fuertes del mundo. Participó una decena de veces en el Dakar, una competición que ya en 1986 había exigido la vida de su creador y organizador, el francés Thierry Sabine. Ahora tenía que afrontar la dura prueba que la vida le tenía escondida.

La vida era toda sobre ruedas para Isidre antes del accidente, sea en entrenamientos, sea en competiciones. Después del accidente, esas ruedas son cuatro en lugar de dos. No obstante, sigue corriendo un Dakar más importante que es el de su felicidad: “ser feliz no tiene que ver con estar en una silla de ruedas. Con limitaciones se puede vivir muy bien. No tiene que ver haberse lesionado con disfrutar, la lesión lo único que aporta es una limitación para hacer cosas, pero nada tiene que ver con la felicidad”.

Isidre ha captado uno de los secretos que la vida lleva consigo y es éste: muchas veces confundimos la “alegría” con la “felicidad”.

Alegría se refiere más a un estado anímico pasajero, que viene y se va, la mayoría de las veces relacionado con las cosas que nos suceden. Felicidad, en cambio, hace mención de un estado más profundo del alma, que nos hace gozar internamente incluso cuando externamente podamos estar sufriendo. Puede parecer algo muy sutil o contradictorio, pero en el momento que lo experimentamos sabemos lo que es.

Se considera a sí mismo una persona con suerte: “Tengo suerte y estoy aquí. Ahora tengo el tiempo de hacer todas esas cosas que antes no podía. La diferencia en mi vida es que antes me levantaba por la mañana con la agenda llena, tenía que hacer mil cosas, llegaba tarde muchas veces a los sitios, no tenía tiempo. Ahora me digo: bueno, voy a tener tiempo para muchas cosas”.

El secreto de su vida es la manera de afrontarla: “me he quedado postrado en una silla de ruedas y quizás mi forma de afrontarlo es lo que interesa. No tomo posición sobre la lesión, no; me sale comportarme así, como soy. Mi punto de vista sigue siendo el mismo a pesar de la lesión”.

Isidre nos muestra una vez más que es posible ser feliz aunque se pierda lo que más se amaba en la vida. El secreto de la felicidad está dentro de cada uno, pues depende del modo en como afrontemos las circunstancias que la vida nos depara. Isidre ha corrido como todo un campeón de la magnanimidad. Su testimonio lanza el reto: Haz la prueba; corre tú también el Dakar de tu felicidad. Con datos de El Mundo, 13 de agosto de 2007.


 

«Los Garabatos de Dios», tercer libro de una mujer paralizada

Fotógrafa riojana, Olga Bejano, ama la vida

× Olga Bejano con su enfermera Belinda, la que interpreta sus garabatos.

MADRID, martes, 1 enero 2008 .- «Los Garabatos de Dios» es el tercer libro que saca a la luz una mujer fuera de lo común, Olga Bejano, desde hace más de veinte años paralizada a causa de un probable error médico.

En el volumen esta riojana, de Logroño (España), proclama su amor por la vida, y comunica la riqueza que surge de una fuerza interior cultivada en la fe y la esperanza.

Olga Bejano Domínguez, nació en 1963 y cumplió 44 años el pasado 3 de noviembre. Debido a una parálisis progresiva, iniciada a los doce años, al parecer por un componente de la anestesia en una simple operación de apendicitis, no se puede mover. Pero su enfermedad no la define, aunque explica en parte su producción literaria, fruto de lo que ella llama su «oración constante».

La capacidad de lucha y deseo de comunicarse llevaron a Olga -que sólo puede ver unos segundos cuando le levantan un párpado y no puede hablar ni escribir-, a inventar un sistema de abecedario y, explica ella misma, «unos garabatos que sólo entiende la enfermera que me cuida habitualmente».

A los 23 años, todo se complicó: «Me pronosticaron seis meses de vida, los cuales se han convertido en veinte años de propina divina», dice Olga. Entonces decidió que «no podía esperar a la muerte de brazos cruzados».

A finales de 1995, dice ella misma, «mi ‘voz de papel' se quebró y ya no podía escribir con una letra legible; así nacieron mis famosos garabatos: escribo apoyando mi mano paralizada en mi pierna derecha y con impulsos de la pierna muevo la mano».

En su primer libro, «Voz de papel», narró su convivencia con la enfermedad, su peregrinación por todos los hospitales, y su respuesta a las preguntas que un diagnóstico como el suyo suscita. El libro fue publicado por «Sal Terrae» en 1997, diez años después de comenzar a escribirlo.

A través de sus páginas, dice Olga, «el lector puede sentir los temores, las luchas, el agotamiento, los momentos buenos, los malos y cómo sentí la presencia de Dios». Todo esto, añade, «sin acritud, sin amargura, con sentido del humor en muchos casos, aunque también con buenas dosis de sinceridad, pero ante todo llena de esperanza».

Esta mujer ha dado forma literaria, para poder animar a otros en su situación, a lo que experimentó tras la rebeldía ante la enfermedad. «El alma es más fuerte que el cuerpo», se dijo, y concluyó que la madurez espiritual y el crecimiento personal eran fruto de un «alma es fuerte, luchadora, alegre, trabajadora y con una fe y confianza fuertes en Dios, en la Virgen María, en el Espíritu Santo y en mi Ángel de la Guarda».

Todo ello la llevó a una oración constante: «Desde que descubrí a Dios me sucede algo similar a cuando una persona se enamora: me levanto pensando en Él, durante el día pienso en Él y al acostarme, cuando más relajada estoy, en la oscuridad y el silencio es cuando Él se siente mejor para hacerse oír. En la oración lo que cuenta no es lo que nosotros hacemos, sino lo que Dios hace en nosotros durante ese tiempo».

Lo cual no la exime de un sufrimiento atroz: «Cuando rezo le pido fuerzas a Dios para que me ayude a llevar una cruz que cada día pesa más y que ya ha pasado por las tres fases: al principio era ligera, como si fuera de plástico; luego se transformó en madera y desde hace 14 años, me parece de hierro».

El segundo libro, «Alma de color salmón», tardó dos años y medio en escribirlo y otros dos en publicarlo. En él, dice ella misma, «hablo poco de mi cuerpo y en cambio abro mi alma». El título alude a la metáfora del salmón que remonta el río nadando contracorriente. Fue publicado por «Libros Libres» en 2002.

Olga Bejano ha expresado, una y mil veces, ante el controvertido tema de la eutanasia, que no desea ser manipulada ni a favor ni en contra. Que comprende la dificultad de cada persona: «Como a cualquier ser humano, no me gusta sufrir. Respeto y entiendo a las personas que solicitan la eutanasia. A mí, en más de una ocasión, me han dado ganas de tirar la toalla, pero ahora sé que si sigo aquí es por algo, porque ocasiones para fallecer las tengo un día sí y otro también. Mi deseo es poder llegar al final con la calidad de vida que vaya precisando y con dignidad y que sea Dios quien decida cuándo ha llegado mi día y mi hora».

Ahora entrega al público su tercer libro «Los Garabatos de Dios», que hace alusión al sistema que usa para comunicarse. En la obra, publicada también por «Libros Libres»,  vuelve a hablar de su vida espiritual y humana, desde una cima que adivina cercana y aupada por la confianza que le dan los dos libros anteriores y el reconocimiento de sus paisanos y lectores.

Fue nombrada «Riojana del Año», en 1998, y ha recibido la «Medalla de Oro» de la tierra que la vio nacer.

Uno de sus obras, la primera, ha sido traducida al italiano, bajo el título «Voce di carta», editada por «Shalom», en 2006.

Aludiendo a una experiencia personal de encuentro con Dios, explicaba su postura ante el encuentro definitivo: «Cuando me vuelva a ver de nuevo en el túnel de luz, le diré a mi guía: ¡Otra vez estoy aquí!. Me dijiste que la próxima vez que nos viéramos no tendría que volver. Aquí de nuevo estoy, pero esta vez traigo hechos los deberes». Más información en http://www.libroslibres.com

 


 

Hemos venido por pura casualidad
 

Eran marido y mujer. Y se acercaron al  confesionario por “pura casualidad”. Les recuerdo la historia. Corría la segunda quincena de agosto y hacían turismo por Portugal. Aquel día, “por casualidad”, llegaron al Santuario de Fátima. Visitaron y contemplaron la pequeña capilla de la Virgen, la Iglesia-Basílica, la explanada del santuario, cargada siempre de peregrinos... “Por casualidad”, siempre según sus propias palabras, acertaron a entrar en la Capilla llamada de la Reconciliación –Capilla de las Confesiones-. Serían alrededor de las cinco de la tarde. Un solo fuerte y blanquecino caía sobre el cemento de Fátima. Se sentaron un rato a descansar en un banco de la Capilla. La luz del confesionario español estaba encendida. La miraron. Algo extraño les debió cruzar la cabeza y el corazón.

               

 “Ahí debe de haber un sacerdote... ¡Hace tanto tiempo que no hemos hablando con un sacerdote! Está para confesar... Nosotros llevamos tantos años sin ir a un confesionario...” Comentaron y siguieron descansando. “Pues a mí”, dijo la mujer, -sevillana ella, para más señas-, no me importaría volver a hablar un rato con un sacerdote”. Callaron de nuevo. Después de unos instantes, y sin mediar más palabras, la mujer se acercó al confesionario. Se presentó con toda sencillez. “Mire, no vengo a confesar. Simplemente me apetecía hablar con un sacerdote sobre mi vida. Estamos aquí, mi marido y yo, por pura casualidad...” Así empezó el diálogo. Al final, la mujer terminó confesándose, y lo hizo con lágrimas en los ojos por tanta emoción en su alma y con un grito que se le ahogó en el pecho: “hoy empiezo a vivir de nuevo”. Para colmo de maravillas, a los dos o tres minutos se presentó el marido y la historia se repitió casi en los mismos términos. También él iba solamente a hablar un rato con el sacerdote y  terminó recibiendo la gracia de la conversión y el Sacramento. “Tengo mucho en la vida...”, dijo para terminar, “pero me faltaba lo más importante: la alegría que hoy llevo en el corazón”.

                ¡Cuánto gozo y vida acarrea el Sacramento de la Penitencia! En verdad, es el Sacramento de la alegría más profunda y del gozo más limpio. ¡Cuántas “losas” se rompen en el instante mismo de la absolución del ministro: “yo te absuelvo de tus pecados...”!. Lo que nosotros solemos llamar casualidad o azar son, en realidad, circunstancias y medios queridos y puestos por Dios para llevar a los hombres a su encuentro. No hay casualidad: hay providencia. 

P. Moreno Magro, Sembrar “Evangelio” (Paulinas; Madrid 1996), p. 115-117)
 


 

 

¡Perdóname Natasha!


La historia de Sergei Kourdanov, el policía comunista derribado por Dios

 

Sergei, un joven ruso reclutado por la Juventud Comunista, se convierte en jefe de la Liga de Jóvenes y, poco después, en responsable de un grupo de represión religiosa. Emprende más de 150 asaltos contra asambleas cristianas, golpeando brutalmente a los creyentes y confiscando sus Biblias. Y sin embargo, como San Pablo, es alcanzado por Cristo durante uno de los asaltos y se convierte. Huye de Rusia y apoya desde lejos a los cristianos perseguidos en su país. Pero esto disgusta al Partido y  es asesinado en circunstancias misteriosas en 1973, a sus 23 años.

 

Infancia desamparada

 

Sergei Kourdanov nace en 1951 en Siberia y vive sus primeros cuatro años con sus padres. Iván Kourdakov era su abuelo, y sólo sabe de él que había nacido en Povolgiye, y que por culpa de Stalin, le habían quitado todo, y mandado a Siberia.  A Nikolai, padre de Sergio, fiel oficial de Stalin, lo purga Krushev, quien, para consolidar su propio poder, manda eliminar a los partidarios de Stalin. La madre, Anisia, era una mujer a quien Sergei admiraba mucho. Tenia un hermano poco mayor que él, que se fue de casa sin razón alguna, lo que le provoco mucha tristeza. Tras la muerte de su madre,  se quedó completamente solo, y se fue a vivir con los Kolmakov. Fue bien recibido por todos, menos por el hijo, que una vez trató de matarlo, por lo que Sergei huye y se esconde en una estación de ferrocarril intentando sobrevivir. La policía lo encuentra y lo envía a un orfanato estatal.


En 1963 cuenta 12 años. La URSS atraviesa una terrible carestía porque se ha impartido la orden de sembrar maíz en lugar de cereales y patatas, más adaptadas al clima siberiano. Los muchachos más fuertes del orfanato, Sergei entre ellos, se dedican a saquear el entorno. Los más débiles mueren de hambre. A Sergei le toca asistir a la muerte de uno de ellos, lo cual cambia radicalmente su concepción de la vida. Escribe: “Sólo los más fuertes sobreviven. Yo seré el más duro, el más fuerte, el más astuto.”

 

El orfanato funciona como un circuito cerrado con sus propias reglas. Sergei se convierte en el rey de todos los muchachos, algunos son sus lugartenientes, otros sus esclavos. Los celadores estimulan este sistema piramidal para mantenerlos tranquilos.

  

En el mundo de la delincuencia

 

A sus 15 años Sergei y su banda entran en el mundo de la droga y se dedican a la compraventa de hashish y a traficar con drogas duras para la mafia local. Al mismo tiempo se consagra a escalar los peldaños del partido. Se adhiere plenamente a los principios del comunismo y a sus objetivos: “La unidad de todos los pueblos y la fraternidad humana… estas verdades encontraban eco en mí…Ahora creía en algo: el comunismo.”

 

A sus 17 años se convierte en el Jefe de la Liga de los Jóvenes. En el Partido se le pronostica un brillante porvenir. Sergei escoge la Marina, inscribiéndose, en 1967, en  la prestigiosa Academia de Leningrado. También allí revela su temple de líder. Como guía de los Cadetes, adquiere pronto sobre ellos un ascendiente superior al de sus profesores. En 1968 elige la especialización de la radio. Siempre responsable de la Liga, imparte conferencias sobre el Comunismo, descubre y castiga a los disidentes.

 

Colaborando con la policía

 

En mayo de 1969, la KGB le invita a colaborar con la policía: deberá dirigir acciones contra los enemigos del pueblo. Sergei acepta porque el salario es considerable. Se le encarga la formación  de un equipo de veinte hombres. Los escoge entre los más aguerridos de la Academia, los que practican judo, kárate y boxeo. Se les confía misiones de “limpieza” en los bares y lugares públicos. Cuando el grupo está ya organizado, le revelan a Sergei la verdadera misión: perseguir a los “creyentes” presentados como criminales y confiscar todos sus libros religiosos. El desarrollo de las operaciones es siempre el mismo: media hora después del inicio de la reunión cristiana,  el grupo  penetra violentamente en el lugar de la asamblea: en menos de cinco minutos están todos fuera de combate.

 

Natacha Sdanova

 

Una de las incursiones tiene lugar en un local donde se hallan reunidos quince creyentes. Sergei se fija en una muchacha muy hermosa que muestra una gran valentía: Natacha Sdanova. La vuelve a encontrar en otra acción represiva. Exasperado, la golpea brutalmente hasta el punto de que debe ingresar en un hospital. Desconcertado, Sergei espía su vida profesional y privada, se presenta en el periódico en que trabaja Natacha y la denuncia por su fe cristiana destruyendo su vida profesional. Finalmente la convoca al puesto de policía, un cara a cara breve pero impresionante…Una semana después del interrogatorio, Natacha es víctima de un tercer asalto. Sergei le hace señas y permite que escape...

 

El rostro oculto del Partido

 

Sergei se va planteando nuevos interrogantes y, poco a poco, descubre el rostro oculto del Partido. Los jefes son, en su mayoría, alcoholizados sedientos de poder que utilizan el sistema para enriquecerse. El 22 de abril de 1970, a los 100 años del nacimiento de Lenin, ha perdido ya toda ilusión. A pesar de la represión, los cristianos se multiplican y son cada vez más jóvenes. El recuerdo de Natacha le persigue sin tregua, ¿qué ha encontrado en la religión para soportar tan brutales palizas? Por primera vez ha comprendido que aquellas personas tal vez no sean imbéciles y enemigos como le han hecho creer. “Natacha había  hecho tambalear mis ideas sobre los creyentes.”

 

Ante una página del evangelio

 

Poco después, en  lugar de quemar un evangelio manuscrito arrancado de las manos de uno de los creyentes, conserva algunas de sus páginas, el capítulo 11 de San Lucas. Descubre entonces en qué creía Natacha. “En un instante las palabras saltaron de aquellas páginas y se imprimieron en mi corazón”. En octubre de 1970, durante uno de los asaltos, Sergei se precipita sobre una anciana que está rezando. Exasperado, oye su plegaria: “Dios mío, perdona a este joven y muéstrale el verdadero camino. Ábrele los ojos y ayúdale”. Encolerizado, toma impulso para golpearla, pero una fuerza misteriosa, lo detiene. Se vuelve creyendo que se trata de uno de sus compañeros, pero no es así. Pierde el control y huye entre sollozos. No había llorado desde los seis años. Como San Pablo, ¡ha sido derribado por la gracia!

 

Interrumpe sus estudios y finge estar sobrecargado de trabajo para no participar en las acciones de represión. Sus superiores le dan a entender que han invertido mucho sobre él y que no puede dar marcha atrás. Le proponen entrar en la Academia de policía de Tomsk, de donde sale la élite de la KGB. En el mes de enero de 1971 obtiene el título de oficial de radio. Gracias a un amigo, consigue embarcar en un submarino atómico que patrulla a lo largo de las costas americanas, decidido a no volver a pisar la URSS. Es transferido a un pesquero a lo largo de Vancouver y se lanza al agua llegando a nado a la costa canadiense.

 

El camino de la Misericordia

 

Tras haber obtenido asilo político en Canadá, acude a la Iglesia e intenta imitar a los cristianos que rezan. Se siente indigno de entrar en la Casa de Dios. Recibe más de una amenaza, por lo que se traslada a Toronto donde frecuenta la iglesia ucraniana. Encuentra a un Pastor que le ayuda y le guía hacia el sí definitivo al Señor tras haber experimentado su Misericordia. “He nacido por segunda vez.” Sergei piensa en los hermanos perseguidos. A pesar del peligro, presenta su testimonio en las iglesias y en la televisión contando su conversión y las persecuciones de Rusia.

 

Su recuerdo y agradecimiento a Natasha le llevan a confesar: “Natasha, en gran parte ha sido gracias a ti como mi vida ha cambiado y soy un creyente en Jesucristo como tú. Tengo una nueva vida por delante. Dios me ha perdonado, espero que tú también me perdones. Gracias, Natasha, donde quiera que estés. ¡Jamás te olvidaré!” El 1 de enero de 1973, tras haber  escrito su historia, es asesinado por un disparo de pistola. Él mismo ya había adelantado que, si algo le sucedía, “tendría toda la apariencia de un accidente”. Y así fue, la encuesta que siguió declaró su muerte “accidental”.


Su vida ha sido objeto de varias publicaciones, entre ellas la de Ediciones Palabra, bajo el título: “El Esbirro”.

 

Más expresivo y emotivo es el título de la edición inglesa: “Forgive Me, Natasha”, “Perdóname Natasha”, frase que hemos elegido como título de este relato. Su  obra ha sido traducida a más de 14 lenguas, incluido el ruso.

 


 

Gari Cooper, católico


Afirman  que  el mejor  actor  de  cine  de  todos  los  tiempos  ha sido  Gary  Cooper.  Rodó  109  películas.  Ganó tres  Oscar.  Se  convirtió  al catolicismo.

Afirmaba que: «Ser católico me ha dado paz  y  seguridad  interior.»  El  Papa  le recibió dos veces.


Un día se fue a ver al médico. Algo, en su  organismo,  no  andaba  bien.  Quiso

saber  “toda  la  verdad”. Afrontó  el dictamen sobre su cáncer con la serenidad de los héroes que  interpretó  en  la pantalla. Ahora drama era real. Dijo: «Voy a morir pronto.  Pero  quiero morir  bien,  como  creo que he vivido.» Gary diría «Todo lo que me está pasando... lo acepto. Hágase su voluntad.»


En su última salida a la calle, una muchacha le pidió un autógrafo. Gary Cooper  echó mano  a  la pluma. La  chica pidió  si tenía una  foto. El  «astro»  complaciente,  sacó una y  escribió:


«A  Susana,  el  último  autógrafo Gary Cooper.» Y  tras  aquel autógrafo  se  encerró  en  casa. De  esta  manera  decía  adiós  a  todo, sin amargura, sin pena; un adiós sereno y tranquilo.


Gary Cooper quiso morir a solas, como los héroes de  leyenda que evitaron siempre dar a los demás espectáculo de su muerte. Estuvieron siempre a lado su esposa y su hija. Le rodearon de amor y de ternura. Sobrellevó la enfermedad con una entereza de la mejor estirpe cristiana. Se  fue consumiendo poco a poco.  A  los  60  años,  le  llegó  la  hora  rutilante  en  que  sólo valen:  la  fe,  la bondad,  el  amor,  las  buenas obras. Para Gary Cooper se había hecho la luz eterna.


 

 

Los septillizos

Hace diez años, médicos, expertos e incluso amigos con mucho “sentido común” intentaban convencer a Bobbi McCaughey para que abortara a uno o a varios de los siete niños que llevaba en su vientre.

No era natural, obviamente, que quedara encinta con tantos hijos a la vez. La causa: había tomado medicinas para contrarrestar una situación de infertilidad. Pero las “razones” que escuchaba eran otras: “¡Siete dentro a la vez, qué dolor!”, “¡Tu hogar va a ser un zoológico!”, “Alguno saldrá enfermo…”, No puedes educar a todos”…

Y la verdad es que ella no tenía las respuestas. Bobbi y su esposo Kenny vivían en la pequeña ciudad de Des Moines, Iowa (EEUU). Ella había cumplido ya los 29 años. Vivían en un apartamento de dos cuartos con su hija de año y medio. Bobbi se preocupó y comenzó a investigar. Los resultados de su búsqueda no eran nada alentadores: jamás en la historia habían sobrevivido septillizos. El intento por traerlos a la vida era como jugar al azar…

En un inmenso acto de fe y generosidad, y a pesar de la opinión en contra de los doctores y de las estadísticas, los esposos declararon que “todo estaba en manos de Dios.” El embarazo siguió adelante.

Con poco menos de siete meses de gestación, Bobbi fue llevada al hospital para una cesárea con 40 expertos, entre médicos y enfermeras, que ayudaron a nacer, con gran asombro de su parte, cada uno de los septillizos, que pesaron entre 1 y 1.5 kilos. Todos sobrevivieron. La medicina hizo historia. Bobbi y su esposo Kenny se preparaban para el futuro.

Cuando nacieron “los siete magníficos”, las cosas habían comenzado a cambiar. Los medios de comunicación se interesaron por el caso, y fueron llegando regalos y donaciones de diversas partes del mundo.

Un grupo de empresarios locales les regaló una casa; otros ofrecieron una donación ilimitada de pañales; unos más les dieron una camioneta; la cadena de supermercados K-Mart regaló zapatos para una década; la revista Time les dedicó un artículo; y sus amigos y conocidos estuvieron pendientes a sus demás necesidades.

Han pasado diez años, la vida de los septillizos McCaughey se ha ido tejiendo entre el sacrificio y la generosidad. No ha sido fácil. Dos de los chicos, Nathan y Alexis, tienen “PALSY” cerebral, como consecuencia de su nacimiento prematuro. La atención mediática no ha sido siempre favorable. Pero la alegría no ha faltado.

Al principio, Bobbi decidió educarlos en casa por algunos años, pero ahora están ya en colegios de su zona. Incluso tuvieron un año con clases de violín; varios de ellos han continuado. Son una familia feliz y realizada.

Sin duda, el ejército de médicos que atendió a Bobbi en el parto y que consiguió salvar la vida de los pequeños hicieron un trabajo estupendo. Pero el aplauso, la admiración, el reconocimiento al coraje y al amor se lo llevan los padres, que supieron hacer oídos sordos a los muchos consejos que recibían de los de abajo, para escuchar “al de arriba”.

No todos los que optan por dejar nacer a su bebé en circunstancias difíciles van a salir en entrevistas o a recibir una ayuda tan grande como los McCaughey. Pero sí podemos estar seguros de lo siguiente: cuando apuestas por la vida, juegas con Dios de tu lado. La elección que nunca se lamenta, es la que fue hecha por amor.

 

   

  Subir al principioo

  A página principal