XXIII
| Luigi Cogliati |
| La muerte de un ángel |
| Nennolina |
| Curada por Juan Pablo II |
| Dios llena todos los espacios |
| Benedetta Biachi |
| Maria Anna Greco |
| Los niños de María |
| La lluvia |
| La vida no está en lo externo |
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Nennolina Hoy presentamos a la santa más joven de nuestro tiempo: a la pequeña Antonietta Meo, llamada familiarmente Nennolina, sierva de Dios, muerta en Roma de un cáncer a los huesos a los 6 años y medio (1930-1937). Tenía un extraordinario amor por Jesús; a pesar de que en su familia nadie manifestara un especial fervor hacia Dios, Antonietta acostumbraba escribir un mensajito a Jesús cada noche, y colocarlo debajo de la imagen del Niño Jesús, quien durante la noche vendría a leerlo. Como era muy pequeña y aún no sabia escribir, le dictaba las cartas a su madre. Hacia el final de su vida, ya lograba escribir aunque con dificultad. Sus palabras revelan su muy profunda relación y vida mística, sus coloquios con Jesús, con Dios Padre, con el Espíritu Santo y la Santísima Virgen. En sus cien cartas, recorremos su calvario en el que supo, movida por el amor, transformar su via crucis en camino de alegría. A los 3 años de edad,
cuenta su madre, comenzó a agregar a sus oraciones: “Jesús, dame
la gracia de morir antes de cometer un pecado mortal”. Más
tarde: “Querido Jesús Eucaristía, estoy feliz de que hayas venido
a mi corazón. ¡No te vayas nunca, quédate conmigo! ¡Jesús te amo
tanto! Deseo abandonarme en tus brazos, puedes hacer de mí y de todo
el mundo lo que quieras”.
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La religiosa de 46 años, cuya identidad fue revelada hace unos días por el diario «Le Figaro», accedió a comparecer ante los periodistas «porque Juan Pablo II nunca rehuyó las cámaras, y esto me ha dado la fuerza».
Historial clínico
El historial clínico ha sido recogido en todos sus detalles y examinado por tres neurólogos -dos de ellos profesores universitarios- que coinciden en considerar el caso científicamente inexplicable. La documentación incluye un análisis caligráfico de la escritura de la religiosa en las sucesivas fases de su enfermedad. Como enferma de párkinson desde el 2001, la religiosa sufría problemas de temblores, inestabilidad y rigidez similares a los de Juan Pablo II. Aunque su estado no era tan grave como el del Papa, no pudo verle en sus últimas comparecencias televisivas y, según dijo ayer, «cuando murió, tuve la impresión de perder un amigo, alguien que me daba fuerza para seguir adelante». Por aquellas fechas, la religiosa de las Hermanitas de las Maternidades Católicas estaba destinada en una clínica de 40 camas cerca de Aix-en-Provence, pero apenas podía trabajar ayudando a las madres o a los recién nacidos debido a los temblores de las manos y la dificultad para caminar. El uno de junio, la superiora la animó a no rendirse, y a pedir a Juan Pablo II que le consiguiese de Dios la curación milagrosa por la que rezaban también las otras monjas de la comunidad. En el relato escrito a petición del obispo de Aix-en-Provence, donde ayer compareció ante la Prensa, la hermana Marie-Simon-Pierre explicó que el 2 de junio del 2005 la superiora le dio un bolígrafo «y me pidió que escribiese «Juan Pablo II» sobre un papel. Eran las cinco de la tarde. Escribí con dificultad y la escritura resultaba ilegible. Continué un rato en silencio y la jornada concluyó como de costumbre». Aquel día se cumplían dos meses del fallecimiento de Karol Wojtyla, y casi a la misma hora la religiosa notó algo especial: «a eso de las nueve de la noche sentí la necesidad de escribir, como si alguien me dijese «toma un bolígrafo y escribe»». El resultado era asombrosamente bueno, pero el caso no terminaba ahí pues, según la religiosa, «me desperté a las 4.30 de la mañana, sorprendida de haber conseguido dormir. Salté enseguida de la cama porque mi cuerpo ya no estaba dolorido ni rígido. No era la misma persona. Mi mano no temblaba, podía escribir y deje de tomar las medicinas».
«Ya no temblaba»
Ayer manifestó que «enseguida mostré a una de mis hermanas mi mano izquierda. Ya no temblaba. Juan Pablo II me había curado. Desde entonces no sigo ningún tratamiento. Mi vida cambió totalmente. Fue como nacer de nuevo». Cinco días más tarde, la religiosa acudió a la consulta del neurólogo, quien se quedó estupefacto al verla entrar caminando normalmente. El médico «me preguntó, «hermana, ¿Qué ha hecho usted para ponerse así? ¿Ha duplicado la dosis de dopamina?». Y yo le dije «no, doctor, he dejado de tomarla»». Aunque le costaba, la religiosa accedió a posar en el jardín para las cámaras pero -siguiendo la reserva de las religiosas- prefirió no revelar su nombre de pila ni identificar a sus parientes, limitándose a comentar que procedía de una familia católica del norte de Francia y que eran un total de cinco hermanos.
Ayer superó la prueba más difícil. El lunes acudirá en Roma a la
ceremonia de entrega al Vaticano del voluminoso expediente para la
beatificación.
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«Dios llena todos los espacios»
Esther Sáez tiene 36 años, un hijo de 7 y otro de 5. Era investigadora farmacéutica, antes de que el atentado del 11-M la tuviera meses al borde de la muerte y le dejase graves secuelas que le impiden trabajar.
Hay momentos muy duros. Cuando estuve en la unidad de enfermos críticos y recuperé la consciencia, sólo oía por un oído, no veía por el lado derecho, no me podía mover y no podía hablar porque tenía hecha una traqueotomía. Y, sin embargo, aunque yo oía a los médicos que decían: «No sale», no tuve miedo, porque Dios llena todos los espacios. Y como llena todos los espacios, tu vida tiene sentido, ¡más que nunca! Lo único que decía es: Mira, Señor, ya no puedo más; he luchado todo lo que he podido y ya no puedo más. Perdóname por aquellas cosas en las que no estuve a la altura. Y, sobre todo, me encantaría ser como el buen ladrón y verte.
Cuando ya sentí que me moría, hubo algo en mi interior que me decía: «Esther, todavía no. Tienes que luchar». Al final, yo era la que más grave estaba en la unidad, y fui la primera que pudo subir a planta. Desde entonces, estuve mucho tiempo preguntándome: Señor, ¿qué quieres de mí? Y quiero decir a todo el mundo que siempre tenemos que tener los oídos bien abiertos para escuchar qué es lo que espera Él de nosotros.
Hace poco he empezado a dar catequesis, algo que hacía hace ya muchos años y que, por falta de tiempo, había tenido que dejar de hacer. Ahora, como ya no trabajo porque no me dejan debido a las secuelas del atentado –una minusvalía del 77%–, tengo un grupo de 11 niños y soy feliz, soy inmensamente feliz porque disfruto a pleno pulmón con las cosas pequeñas de cada día.
Es increíble la oportunidad que me ha dado Dios de seguir adelante a
pesar de todo. Tienes el privilegio tremendo del toque de atención en el
corazón. Él me ha dado la oportunidad de seguir adelante. También podía
haber dado la espalda a Dios, pero Él no me dejó. Así que, mil
gracias.
Esther Sáez (Alfa y Omega 583) |
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En alguna de sus citas intuye lo que le sobrevendrá en breve: “Contemplando este espectáculo, mi ánimo es presa de recuerdos y de una inmensa necesidad de algo indefinido, de algo lejano, de silencio... Una necesidad de estar fuera del mundo, alejada de todos; una necesidad de alguien a quien confiar los dolores de mi vida; de alguien, en suma, que me consuele. Para confortarme, me basta levantar el pensamiento a Dios".
Poco tiempo después se ve obligada a vestir un corsé de escayola para corregir una desviación de columna y nota que comienza a perder el oído. Es por ello que escribe en su diario: "Me han preguntado en clase de latín. Apenas oía lo que el profesor me decía. ¡Qué figura debo hacer a ratos! Pero, ¿qué importa? Acaso algún día no oiré nada de lo que hablan los demás, pero sí escucharé siempre la voz de mi alma, y éste es el verdadero camino que tengo que seguir".
A sus 17 años de edad se matricula en la universidad de Milán. Su sordera es casi total. Quiere estudiar medicina para ayudar a los demás. También se apoya en un bastón por su cojera y defectos en la columna.
En 1955 hace el examen global del primer bienio. El profesor le pregunta. Benedetta le pide amablemente que le repita la pregunta por escrito porque está muy sorda. Pero el profesor tira violentamente el programa de estudios contra la puerta mientras grita: "¡Nunca se ha visto un médico sordo!". Benedetta se levanta en silencio, recoge el programa y, acercándose al profesor, le dice en tono mesurado: "Perdone, profesor, no quise ofenderle".
Cuando su madre le pregunte por el resultado del examen, responderá: "El profesor ha sido bueno; no me ha deshecho el programa". Gracias a la intervención del rector, puede volver a presentarse a examen, y el resultado es positivo. Le conceden permiso provisionalmente para proseguir los estudios.
En 1956, tras visitar muchos médicos, es ella misma la que diagnostica su enfermedad: enfermedad de Recklinghausen o neurofibromatosis difusa. La operan varias veces, algunas de ellas en la cabeza, por lo que deben rapársela totalmente.
Escribe:"Mientras me rasuraban, me sentía como un cordero al que trasquilaban la lana, y pedía al Señor que me hiciera fuerte y pequeña. Mamá, el Señor quiere de nosotros cosas grandes. He sufrido mucho y he pedido al Señor ser una ovejita en sus manos". A consecuencia de la operación le queda paralizada media cara. Ello no es obstáculo, sin embargo, para seguir estudiando y supera a base de voluntad los exámenes de patología médica y patología quirúrgica.
En 1959 es operada de la columna vertebral y quedará paralítica de cintura para abajo. Deberá permanecer en la cama hasta su fallecimiento, en 1964. También pierde el sentido del gusto, del tacto y todo el oído. Al poco tiempo también quedará ciega. Antes de ello escribe a una amiga: "Tengo muchas tentaciones. Pide tú por mí. Si digo cosas a la buena, pide al Señor que me haga callar. Me encuentro a veces derrotada bajo el peso de una abrumadora cruz. Entonces le invoco con amor, postrada a sus pies, y Él me hace reposar dulcemente la cabeza en su regazo. ¿Entiendes, María Gracia? ¿Conoces tú la dulzura de estos momentos?".
Ciega, paralítica y sorda, tan sólo podrá comunicarse con el mundo exterior muy dificultosamente con un hilito de voz y gracias a la escasa sensibilidad que le queda en una de sus manos. Con esfuerzo heroico podrá transmitir algunos de sus pensamientos: "Es verdad que la vida en sí y por sí se me antoja un milagro, y desearía poder elevar un himno a Dios que me la dio... Algunas veces me pregunto si no seré yo una de aquéllas a quienes mucho se les dio y mucho se les exigirá".
A pesar de su enfermedad, y de los momentos oscuros, nunca perderá la alegría. Ella misma dirá “la fe hace prodigios”, y a su habitación del hospital acudían amigos, estudiantes y médicos en busca de consejo. Sor Dominica, religiosa enfermera que la atendió, decía de ella: "No encontré otra persona que supiese soportar tantos sufrimientos como Benedetta. Hasta su cuarto de dolor estaba siempre radiante de alegría. Cualquiera que entraba a visitarla encontraba en ella luz y calor; confortaba serenamente, invitaba a todos al bien. Acercándose a ella, se percibía algo divino. Su cabecera era meta de muchos visitantes, sobre todo estudiantes que le pedían consejo".
El jueves 23 de enero de 1964, el calendario señalaba los desposorios de la Virgen. Aquella mañana Benedetta pide a su mamá que le lea el acto de ofrecimiento al Amor Misericordioso escrito por santa Teresita del Niño Jesús, de la que ha querido y llegado a ser fiel discípula. De pronto, un pajarito se posa en el saliente de la ventana. La mamá transmite el hecho a Benedetta quien, aunque su voz se había convertido en un penoso balbuceo, se pone a cantar la vieja canción: "Golondrina peregrina", con voz límpida y nueva que asombra a los presentes. Con su trinar festivo, el pájaro va a ponerse sobre un rosal del jardín en el que, a pesar del rigor del infierno, florece una rosa blanca. Al comunicárselo su mamá, Benedetta contesta: "¡Oh mamá, qué noticia me das: ésta es una señal muy dulce!". Y poco después la señal se cumple en la realidad: ella florece en el cielo.
Benedetta cargó con la cruz, una cruz muy pesada: sorda, coja, paralítica y ciega, operaciones quirúrgicas ineficaces a diestro y siniestro... y, sin embargo, nunca perdió la alegría. La gente, a pesar de su estado, no acudía a ella para consolarla, sino que era Benedetta quien consolaba y aconsejaba a sus visitantes: desde estudiantes a médicos, desde cristianos de a pie con sus problemas, a sacerdotes y religiosas. Todo el mundo percibía en ella “algo divino” por la luz interior que irradiaba, una Luz que se alimentaba en Cristo y que era capaz de reflejar a través de su maltrecho cuerpo en los demás. A los ojos del Señor, lo externo cuenta poco.
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Maria Anna Greco
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La alemana María Grundberger ha salvado a más de 500 bebés del aborto
«Ahora voy algo menos, porque tengo un niño pequeño –explica esta joven comadrona de 26 años–. Desde mi primera experiencia delante de un centro abortista con una mujer, que después de mi asesoramiento cambió de idea, y decidió no abortar, no he dejado nunca este voluntariado». Aquello fue hace ocho años.
María siempre se ha sentido como en casa en los círculos pro vida. «Vengo de una familia numerosa y mi actitud hacia la vida es muy positiva. Cuando era niña, rezábamos en familia», pidiendo el final del aborto. Sin embargo, con eso no basta. «Mis amigos también defienden que el aborto es un homicidio de una vida humana inocente e indefensa, pero los que se comprometen en la lucha contra él son los menos».
En su caso, fue determinante escuchar una conferencia de monseñor Philip Reilly, fundador de Helpers of God’s Precious Infants (Ayudantes de los Preciosos Niños de Dios), que ofrecen asesoramiento frente a las clínicas abortistas. «Me impresionó su carácter humilde y cordial –recuerda–. Pero sobre todo me fascinó que, con medios tan simples –oración, asesoramiento, ayuda concreta–, se pueda conseguir salvar a niños de una muerte inminente».
Después de aquella conferencia, María hizo un curso de formación para este tipo de asesoramiento en Viena, Austria. Su profesión de comadrona también le ha ayudado a explicar el desarrollo del no nacido, a entender los miedos y los cambios hormonales propios del embarazo..., todo lo cual facilita la comunicación con mujeres «completamente desesperadas».
No obstante, María dice, tajante, que «no hay por qué ser comadrona para ayudar a una mujer con un conflicto debido a su embarazo». Es más, afirma que, para acercarse a una mujer que quiere abortar, no existe ninguna fórmula, «porque cada mujer es distinta, y es importante acercarse a ella de forma individualizada, saber escucharla y tomarla muy en serio, con sus problemas».
Lo que sí conviene es despertar en las mujeres los sentimientos maternales, y explicarles con exactitud cuál es el desarrollo de su bebé, así como los problemas físicos y psíquicos que pueden seguir a un aborto. Hay que dejarles claro que «no muere sólo su hijo, sino una parte de ellas mismas», y es muy importante analizar el principal problema que tiene la mujer, el que le lleva al aborto, para «afrontarlo junto con ella».
Es una más entre los muchos voluntarios que, a pie de abortorio, ofrecen a las mujeres embarazadas, a menudo «completamente desesperadas», todo tipo de ayudas para que no maten a los hijos que llevan en el vientre. Su éxito dio lugar, en Alemania, al documental María y sus niños, que demuestra que, con la ayuda de la oración, este voluntariado puede ser y es muy eficaz.
Desde dinero, hasta canguro
Muchas mujeres «sólo ven una enorme montaña de problemas, y no se sienten fuertes y maduras para escalarla con un niño a cuestas». A estas mujeres se les ofrece ayuda económica mediante un apadrinamiento mensual, pero «también podemos hacer de canguro, ayudarles con la mudanza, a pintar el piso... También hablo con la pareja y con los padres, y les remito a un ginecólogo amigo que les hace una ecografía», tras la cual sólo una minoría aborta.
De este modo, en ocho años, María ha logrado salvar más de 500 vidas. «La mayor alegría para mí es cuando puedo coger en brazos a esos bebés». Aunque, claro está, no siempre es así: «Cuando una mujer, pese a todo, aborta, me entristece muchísimo. Es horrible, después de haberla acompañado durante semanas. En esos casos, siempre me ayuda ir con mi hijo al parque o a pasear por el campo. También suelo ir a la iglesia a encender una vela. Me consuela creer que ese bebé, pequeño e inocente, está en los brazos amorosos de Dios».
María se lamenta de que, «cuando una mujer quiere abortar, se le pone todo muy fácil. Sólo necesita un certificado de que ha recibido asesoramiento como mínimo tres días antes», una exigencia legal en Alemania. A pesar del gran éxito de iniciativas como la campaña Tú eres Alemania, para promocionar la natalidad, María no cree que, de momento, exista un mayor respeto al no nacido: «El aborto es un tema tabú. Los afectados se revuelven, pero callan. Espero que rompan el silencio. Ojalá que, cuando esto cale en las esferas políticas, cambie algo.
Hay algunos políticos jóvenes de quienes sé que están en contra del aborto». María Martínez López
«Tras hablar con ellas, ninguna ha abortado»
En España, una de las veteranas de la lucha por la vida es María Teresa Segura, Presidenta, desde su fundación, de Adevida-Madrid. Sus compañeras y ella (hoy son 56 asesoras, además de una psicóloga, una psiquiatra y personal médico) tienen a gala el haber empezado a ayudar a mujeres embarazadas en 1979, seis años antes de la legalización del aborto.
Les ofrecen ayuda médica, asistencia social, la canastilla del bebé y leche para todo el primer año... Así han llegado a salvar hasta a 1.500 bebés en un solo año. En 2006, fueron 770, aunque en total ayudaron a 3.500 personas, contando a las madres y a sus familias.
María Teresa explica que, «tras hablar con la psicóloga, que es fenomenal, ninguna mujer ha rechazado a su hijo». En los últimos meses, Adevida ha fletado un autobús que ha recorrido todo Madrid informando sobre el aborto y «sobre el daño que hace a la mujer».
Muchas mujeres a las que habían ayudado se les acercaron a darles las gracias. Pero María Teresa se quita mérito: «El mérito lo tienen las monjitas de clausura, que son las madres espirituales de todos esos niños. Cada año escribo a todos los conventos de España para pedir oraciones, y nunca nos ha faltado ayuda».
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Don Bosco les dijo: “quitad el pecado primero”.
El hecho que narramos tuvo lugar el 15 de agosto de 1864 y se encuentra en el volumen VII de las Memorias Biográficas del Santo en las páginas 617 y siguientes.
Habían invitado a Don Bosco a predicar al pueblo de Montemagno. Le acompañaban dos de sus sacerdotes: Juan Cagliero y Miguel Rua. La gente estaba consternada: desde hacía tres meses no caía una gota de agua. La situación de pobreza, hambre y sequía era desesperante. Habían hecho varias rogativas pero el cielo no daba ni la mínima señal de próximas lluvias. Los sermones que San Juan Bosco y los suyos debían predicar eran nueve. Tres cada día.
En el primer sermón, con la iglesia totalmente colmada de gente, el Santo dijo con voz potente: “Si asistís a la predicación de estos tres días, si os reconciliáis con Dios haciendo una buena confesión, si os preparáis de tal manera que el próximo 15 de agosto, Fiesta de la Asunción de la Santísima Virgen, todos comulguéis, YO OS PROMETO EN NOMBRE DE NUESTRA SEÑORA UNA LLUVIA ABUNDANTE QUE VENDRÁ A REFRESCAR VUESTROS CAMPOS”
Al terminar el sermón, los demás sacerdotes le decían: “Se necesita mucho valor para prometer lluvias para dentro de tres días, en medio de este verano tan espantoso en que estamos”.
“-Sí, sí, le contestaron todos. Así lo dijo –“. Y llamando a unos campesinos les preguntaron: -¿Qué os dijo Don Bosco en su sermón?- - Pues nos dijo que si veníamos a los sermones y comulgamos, él nos promete en nombre de la Virgen María que nos llegará una provechosa lluvia”.
La gente tomó la promesa totalmente en serio. Todos asistieron a los sermones. Todos, todos se confesaron. No bastaban los sacerdotes para confesar a tanta gente. Día y noche estaban confesando. Y Don Bosco seguía predicando, mientras la gente pensaba y le preguntaba. -¿Y la lluvia? – Quitad el pecado primero - respondía el santo.
El sacristán regresa: -¡Nada! Cielo despejadísimo. Sólo una nubecita muy pequeña en la lejanía. -Bien, bien- responde el Santo, ¿será la nubecilla de Elías?, y sube a predicar. Mientras, le dice interiormente a la Santísima Virgen: “Señora: no es mi buena fama lo que está en juego en este momento. Es tu buen nombre. Tú verás si me haces quedar mal. Esta pobre gente ha hecho todo lo posible por agradarte. Tú verás si los dejas partir desilusionados”
Empieza su sermón haciendo que todo el pueblo cante el himno de acción de gracias compuesto por la misma Santísima Virgen: “El Señor hizo en Mí maravillas, gloria al Señor”. Un gentío inmenso le escucha, todos los ojos están fijos en él. Todos rezan: “Acordaos oh Madre Santa -que jamás se ha oído decir- que alguno haya implorado- sin tu auxilio recibir…“ y empieza a hablar de las maravillas del poder de la Madre de Dios.
Don Bosco sigue su sermón: un “Gracias” a la Madre de Cielo. Está emocionado. Tiene que secar con el pañuelo las lágrimas de gratitud que brotan de sus ojos. Y muchos de aquellos rudos campesinos, sienten aflorar también a sus ojos ardientes lágrimas de acción de gracias.
El santo, agradecido, termina recordando a todos la famosa frase que más tarde hará grabar sobre las campanas de la Iglesia de María Auxiliadora: “CUANDO MARÍA RUEGA: TODO SE OBTIENE. –NADA SE NIEGA”.
Y así ocurrió, porque en la cercana ciudad de Grana, en la cual habían organizado un baile público para celebrar el fracaso de Don Bosco, cayó una terrible granizada que arruinó su cosecha, y porque más allá del Distrito de Montamagno, no cayó una sola gota de lluvia.
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- “La vida es vida en cualquier parte, por obstáculos que existan.
No estoy abatido por la sentencia que acaban de comunicarme. La
vida... está dentro de cada uno de nosotros. La vida no está en lo
externo. Seré un hombre entre muchos. Intentaré por todos los medios
no desfallecer, ni hundirme ante cualquier circunstancia. ¡En eso
consiste nuestra misión en la vida!”.
Su sufrimiento era tan agudo que a menudo era preciso inyectarle morfina para aliviarla, e incluso llegaba a perder el conocimiento. No obstante, su aspecto físico respiraba salud y energía. Un día, la escritora Roon presenció uno de sus accesos.
Su amiga contestó: “Durante un embarazo, los médicos aseguraron a mi marido que no quedaba otra alternativa: o salvar mi vida o la de mi hijo. Gracias a Dios salvamos la vida los dos.
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