XXIII


 

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Luigi Cogliati
La muerte de un ángel
Nennolina
Curada por Juan Pablo II
Dios llena todos los espacios
Benedetta Biachi
Maria Anna Greco
Los niños de María
La lluvia
La vida no está en lo externo

 

Luigi Cogliati

Un hombre de 83 años, vestido con traje café y chaleco color vino, mira a la cámara, mientras apoya la mano en una grande vaca de plástico. Es evidente que no está acostumbrado a ser retratado. Al fondo, un Mercedes Benz azul, estacionado al ingreso de una fábrica, contrasta con las manos callosas y el rostro curtido de este granjero-empresario italiano. Es Luigi Cogliati, propietario de la compañía de lácteos Lat Bri.

Luigi evoca su niñez, en el norte de Italia, en los años treinta: «Todavía usaba pantalones cortos cuando daba una mano a mi papá y a mis hermanos con el trabajo en un terreno que habíamos rentado. Al lado había un pequeño local para hacer queso. Teníamos diez vacas y también comprábamos leche a los granjeros de los pueblos vecinos. Yo iba a recoger la leche en bicicleta, cargando sobre mis espaldas un bote de madera».

Después vino la Segunda Guerra Mundial. Luigi fue llamado al ejército y, viendo la deriva suicida del fascismo, desertó y vivió escondido hasta que las tropas aliadas liberaron Italia. Entonces volvió al campo, a las vacas, a la leche y al queso. El local donde hacían el queso, era una pequeña empresa familiar que creció de forma constante o, como dicen los italianos, “sin dar pasos más largos que la pierna”.

En 1960, teniendo ya cierta solidez el negocio, constituyeron la Sociedad Hermanos Cogliati. Por aquella época, la fama de Luigi como conocedor de la industria láctea se había extendido y una compañía, la Paolo Bonalumi lo contrató como Director de producción.

En 1976, abrió su propia empresa en Brianza, una localidad en las afueras de Milán: Lat Bri. Las ventas pudieron crecer, sobre todo, gracias a que ganó como clientes a un gran número de pizzerías, un negocio muy común –cómo no– en Italia.

Después de muchos años, en 2007, Lat Bri produjo más de 37 mil toneladas de lácteos, incluidas la famosa mozarela y la ricota. Actualmente da empleo a 220 personas. Su facturado supera los 60 millones de euros cada año.

Pero Luigi, conocedor por propia experiencia de cuán dura puede ser la vida, siempre ha querido apoyar iniciativas de promoción social. Entre ellas destaca la construcción de un pozo de agua en el norte de Kenia, realizada en colaboración con la Asociación de Médicos de Brianza. Obviamente, todos los gastos del proyecto corrieron a su cargo.

Mientras recorre la fábrica mostrando las instalaciones a sus entrevistadores, éstos le preguntan: «Sr. Luigi, ¿y por qué hace todo esto?» «¿Qué por qué lo hago? –responde con la típica franqueza de un granjero– Dios me ha dado la salud y yo, haciendo lo que hago, se lo agradezco todos los días. Me ha dado también unos hijos que trabajan conmigo y esto nunca lo olvido. Puedo decir que he hecho esta empresa porque quiero a mis hijos».

Antes de irse, mientras se quita una piedrecilla del zapato, comenta: «Desgraciadamente, y no es algo nuevo, entre nosotros la palabra “empresario” es casi una grosería. Se piensa que el empresario es siempre un explotador. Con estas ideas, Italia no llegará a ninguna parte».

Es verdad, en una sociedad justa, debe haber empresarios creativos y sensibles a las necesidades de sus empleados; pero también debe contar con trabajadores honestos, que no defrauden el salario acordado. Cuando esto se da, entonces hay prosperidad y progreso.

 

La muerte de un ángel

 

Lo habían recogido, harapiento y muy enfermo, a las afueras de Calcuta. El anciano mendigo llevaba tiempo a la intemperie, sin que nadie lo mirase siquiera, hasta que pasaron a su lado las Misioneras de la Caridad y lo llevaron al Moridero atendido por su Madre Teresa.


Lo lavaron y cuidaron con su cariño habitual. A los tres días, cercana ya su muerte, iluminado el rostro con la sonrisa verdadera del amor agradecido, susurró así a las Hermanas: «Toda mi vida he vivido como un animal, y ahora voy a morir como un ángel».

 

Nennolina

Hoy en día necesitamos sanar de todos los venenos que sutilmente nos son inyectados a través de los medios y volver a recuperar la inocencia perdida. Existe para ello un camino seguro y sublime: el volver a maravillarnos ante la inocencia de los niños. ¡Qué magnífico reflejo de Dios son los niños! Su inocencia le hizo decir a Jesús: “¡Dejad que los niños vengan a mí, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos!

 Hoy presentamos a la santa más joven de nuestro tiempo: a la pequeña Antonietta Meo, llamada familiarmente Nennolina, sierva de Dios, muerta en Roma de un cáncer a los huesos a los 6 años y medio (1930-1937).  

Tenía un extraordinario amor por Jesús; a pesar de que en su familia nadie manifestara un especial fervor hacia Dios, Antonietta acostumbraba escribir un mensajito a Jesús cada noche, y colocarlo debajo de la imagen del Niño Jesús, quien durante la noche vendría a leerlo. Como era muy pequeña y aún no sabia escribir, le dictaba las cartas a su madre. Hacia el final de su vida, ya lograba escribir aunque con dificultad. Sus palabras revelan su muy profunda relación y vida mística, sus coloquios con Jesús, con Dios Padre, con el Espíritu Santo y la  Santísima Virgen. En sus cien cartas, recorremos su calvario en el que supo, movida por el amor, transformar su via crucis en camino de alegría. 

A los 3 años de edad, cuenta su madre, comenzó a agregar a sus oraciones: “Jesús, dame la gracia de morir antes de cometer un pecado mortal”. Más tarde: “Querido Jesús Eucaristía, estoy feliz de que hayas venido a mi corazón. ¡No te vayas nunca, quédate conmigo! ¡Jesús te amo tanto! Deseo abandonarme en tus brazos, puedes hacer de mí y de todo el mundo lo que quieras”.

En abril de 1936, hubo que amputarle una pierna y allí se inició un diálogo místico con Jesús, en lo más profundo de su sufrimiento. Sin que nadie se lo enseñara, quiso ofrecer ese sufrimiento a Jesús por los pecadores. ¡No tenía siquiera 6 años y decidió entregarle su piernita a Jesús! Escribió luego a su padre: “Estoy feliz por este problema que Jesús me ha enviado, porque de esta forma soy su preferida”.

Algunas veces, sus allegados observaban que se acercaba al sagrario después de la misa y exclamaba: “¡Jesús, ven a jugar conmigo!” Un día le dijo a su madre: “¡A veces veo a Jesús!”, “¿Y, cómo lo ves?, le preguntó su madre. “En la cruz”, le respondió ella.

Nunca profería quejido alguno y experimentaba tanta alegría que su madre se preguntaba a veces si sufría verdaderamente. Los médicos tuvieron que aclarárselo…

Su última carta de junio del 37, llegó a manos del papa Pío XI quien, conmovido, delegó a un sacerdote para impartiera a Antonietta su bendición apostólica. “¡Querido Jesús crucificado, te amo tanto… tanto! Querido Jesús, dame la gracia que necesito para soportar todos estos sufrimientos que te ofrezco por los pecadores”. La carta fue interrumpida por una crisis muy dolorosa que la hizo vomitar; pesar de ello quiso proseguir, encomendando a Jesús a los que amaba y repitiéndole con sus palabras de niña, cuánto lo amaba. Concluyó la misma expresando: “tu pequeña que te envía montones de besos.”

Antonietta le reveló a su madre el día de su muerte, y agregó: “Tendría que haber vivido algunos días más, pero santa Teresa del Niño Jesús dijo: ¡ya es suficiente!”
El papa Benedicto XVI acaba de reconocer la heroicidad de sus virtudes, en miras a su beatificación.


¡Pequeña Antonietta, ora para que la alegría y la esperanza predominen en nuestros países, donde tantos niños y tantos jóvenes sufren! ¡Ora para que sus padres y los adultos en general puedan ver en cada niño, el inmenso potencial de unión a Dios que has sabido tan bien manifestar, respetándolos y ayudándoles a abrirse a Él!

(De Children of Medjugorje - 15 de febrero de 2008)


 

Curada por Juan Pablo II

Yo lo único que puedo decir es que antes estaba enferma de párkinson y ahora estoy curada», manifestó ayer la hermana Marie Simon Pierre durante una conferencia de prensa sobre la curación extraordinaria incorporada como posible milagro al proceso de beatificación de Juan Pablo II que llegará al Vaticano el próximo lunes.

La religiosa de 46 años, cuya identidad fue revelada hace unos días por el diario «Le Figaro», accedió a comparecer ante los periodistas «porque Juan Pablo II nunca rehuyó las cámaras, y esto me ha dado la fuerza».

Historial clínico

El historial clínico ha sido recogido en todos sus detalles y examinado por tres neurólogos -dos de ellos profesores universitarios- que coinciden en considerar el caso científicamente inexplicable. La documentación incluye un análisis caligráfico de la escritura de la religiosa en las sucesivas fases de su enfermedad.

Como enferma de párkinson desde el 2001, la religiosa sufría problemas de temblores, inestabilidad y rigidez similares a los de Juan Pablo II. Aunque su estado no era tan grave como el del Papa, no pudo verle en sus últimas comparecencias televisivas y, según dijo ayer, «cuando murió, tuve la impresión de perder un amigo, alguien que me daba fuerza para seguir adelante».

Por aquellas fechas, la religiosa de las Hermanitas de las Maternidades Católicas estaba destinada en una clínica de 40 camas cerca de Aix-en-Provence, pero apenas podía trabajar ayudando a las madres o a los recién nacidos debido a los temblores de las manos y la dificultad para caminar.


El uno de junio, la superiora la animó a no rendirse, y a pedir a Juan Pablo II que le consiguiese de Dios la curación milagrosa por la que rezaban también las otras monjas de la comunidad.

En el relato escrito a petición del obispo de Aix-en-Provence, donde ayer compareció ante la Prensa, la hermana Marie-Simon-Pierre explicó que el 2 de junio del 2005 la superiora le dio un bolígrafo «y me pidió que escribiese «Juan Pablo II» sobre un papel. Eran las cinco de la tarde. Escribí con dificultad y la escritura resultaba ilegible. Continué un rato en silencio y la jornada concluyó como de costumbre».

Aquel día se cumplían dos meses del fallecimiento de Karol Wojtyla, y casi a la misma hora la religiosa notó algo especial: «a eso de las nueve de la noche sentí la necesidad de escribir, como si alguien me dijese «toma un bolígrafo y escribe»». El resultado era asombrosamente bueno, pero el caso no terminaba ahí pues, según la religiosa, «me desperté a las 4.30 de la mañana, sorprendida de haber conseguido dormir. Salté enseguida de la cama porque mi cuerpo ya no estaba dolorido ni rígido. No era la misma persona. Mi mano no temblaba, podía escribir y deje de tomar las medicinas».

«Ya no temblaba»

Ayer manifestó que «enseguida mostré a una de mis hermanas mi mano izquierda. Ya no temblaba. Juan Pablo II me había curado. Desde entonces no sigo ningún tratamiento. Mi vida cambió totalmente. Fue como nacer de nuevo».

Cinco días más tarde, la religiosa acudió a la consulta del neurólogo, quien se quedó estupefacto al verla entrar caminando normalmente. El médico «me preguntó, «hermana, ¿Qué ha hecho usted para ponerse así? ¿Ha duplicado la dosis de dopamina?». Y yo le dije «no, doctor, he dejado de tomarla»».

Aunque le costaba, la religiosa accedió a posar en el jardín para las cámaras pero -siguiendo la reserva de las religiosas- prefirió no revelar su nombre de pila ni identificar a sus parientes, limitándose a comentar que procedía de una familia católica del norte de Francia y que eran un total de cinco hermanos.

Ayer superó la prueba más difícil. El lunes acudirá en Roma a la ceremonia de entrega al Vaticano del voluminoso expediente para la beatificación.

 


 

«Dios llena todos los espacios»

 

Esther Sáez tiene 36 años, un hijo de 7 y otro de 5. Era investigadora farmacéutica, antes de que el atentado del 11-M la tuviera meses al borde de la muerte y le dejase graves secuelas que le impiden trabajar.

 

Tuvo que volver a aprender a hablar, a leer, a escribir, a andar… Pero en todo momento sintió que Dios estaba con ella Siempre he sido practicante, desde pequeña. Antes de que me pasara todo esto, estaba en un grupo católico que se llama la Legión de María. Y era una persona de acción. Solía ayudar a personas con problemas: deficientes, ancianos… Lo que hiciera falta. Siempre te crees que tienes mucha fe hasta que la vida te da este zarpazo. Y entonces es cuando verdaderamente te das cuenta de que sin Dios no puedes hacer nada.

 

Hay momentos muy duros. Cuando estuve en la unidad de enfermos críticos y recuperé la consciencia, sólo oía por un oído, no veía por el lado derecho, no me podía mover y no podía hablar porque tenía hecha una traqueotomía. Y, sin embargo, aunque yo oía a los médicos que decían: «No sale», no tuve miedo, porque Dios llena todos los espacios. Y como llena todos los espacios, tu vida tiene sentido, ¡más que nunca! Lo único que decía es: Mira, Señor, ya no puedo más; he luchado todo lo que he podido y ya no puedo más. Perdóname por aquellas cosas en las que no estuve a la altura. Y, sobre todo, me encantaría ser como el buen ladrón y verte.  

 

Cuando ya sentí que me moría, hubo algo en mi interior que me decía: «Esther, todavía no. Tienes que luchar». Al final, yo era la que más grave estaba en la unidad, y fui la primera que pudo subir a planta. Desde entonces, estuve mucho tiempo preguntándome: Señor, ¿qué quieres de mí? Y quiero decir a todo el mundo que siempre tenemos que tener los oídos bien abiertos para escuchar qué es lo que espera Él de nosotros.

 

Hace poco he empezado a dar catequesis, algo que hacía hace ya muchos años y que, por falta de tiempo, había tenido que dejar de hacer. Ahora, como ya no trabajo porque no me dejan debido a las secuelas del atentado –una minusvalía del 77%–, tengo un grupo de 11 niños y soy feliz, soy inmensamente feliz porque disfruto a pleno pulmón con las cosas pequeñas de cada día.

 

Es increíble la oportunidad que me ha dado Dios de seguir adelante a pesar de todo. Tienes el privilegio tremendo del toque de atención en el corazón. Él me ha dado la oportunidad de seguir adelante. También podía haber dado la espalda a Dios, pero Él no me dejó. Así que, mil gracias.    Esther Sáez
 

(Alfa y Omega 583)


 

Benedetta Biachi

 

Benedetta nació en 1936 en Dóvadola (Italia), y era la segunda de seis hermanos. A los tres años de edad padeció la poliomielitis, que le afectó a una de sus piernas por lo que en el pueblo los niños la llamaban “la cojita”. Ella, sin ofenderse nunca, decía con una madurez impropia de su edad: “dicen la verdad”.


A partir de sus cinco años empieza a escribir su diario por voluntad de su madre, tal vez porque vislumbrara en ella una interioridad muy rica que debía ser exteriorizada de alguna manera para bien de quienes la rodeaban. Este hábito por la escritura permitió conservar sus pensamientos, verdaderas pilas de energía para el alma de sus lectores. Ya a esta edad tenía una visión profunda de las cosas: contemplaba la naturaleza, sus flores y prados, las auroras y atardeceres... anotando en su diario: “El universo es encantador. ¡Qué bello es vivir!”.


A consecuencia de la 2ª Guerra Mundial, su familia debe cambiar de residencia y acaba instalándose en el hermoso pueblo de Sirmione, en el Norte de Italia, junto al lago Garda. Sigue sus estudios y le encanta pasar horas tocando el piano. Era también un medio para explorar, al compás de las notas, el misterio de su rica interioridad.

 

En alguna de sus citas intuye lo que le sobrevendrá en breve: “Contemplando este espectáculo, mi ánimo es presa de recuerdos y de una inmensa necesidad de algo indefinido, de algo lejano, de silencio... Una necesidad de estar fuera del mundo, alejada de todos; una necesidad de alguien a quien confiar los dolores de mi vida; de alguien, en suma, que me consuele. Para confortarme, me basta levantar el pensamiento a Dios".

 

Poco tiempo después se ve obligada a vestir un corsé de escayola para corregir una desviación de columna y nota que comienza a perder el oído. Es por ello que escribe en su diario: "Me han preguntado en clase de latín. Apenas oía lo que el profesor me decía. ¡Qué figura debo hacer a ratos! Pero, ¿qué importa? Acaso algún día no oiré nada de lo que hablan los demás, pero sí escucharé siempre la voz de mi alma, y éste es el verdadero camino que tengo que seguir".

 

A sus 17 años de edad se matricula en la universidad de Milán. Su sordera es casi total. Quiere estudiar medicina para ayudar a los demás. También se apoya en un bastón por su cojera y defectos en la columna.

 

En 1955 hace el examen global del primer bienio. El profesor le pregunta. Benedetta le pide amablemente que le repita la pregunta por escrito porque está muy sorda. Pero el profesor tira violentamente el programa de estudios contra la puerta mientras grita: "¡Nunca se ha visto un médico sordo!". Benedetta se levanta en silencio, recoge el programa y, acercándose al profesor, le dice en tono mesurado: "Perdone, profesor, no quise ofenderle".

 

Cuando su madre le pregunte por el resultado del examen, responderá: "El profesor ha sido bueno; no me ha deshecho el programa". Gracias a la intervención del rector, puede volver a presentarse a examen, y el resultado es positivo. Le conceden permiso provisionalmente para proseguir los estudios.

 

En 1956, tras visitar muchos médicos, es ella misma la que diagnostica su enfermedad: enfermedad de Recklinghausen o neurofibromatosis difusa. La operan varias veces, algunas de ellas en la cabeza, por lo que deben rapársela totalmente.

 

Escribe:"Mientras me rasuraban, me sentía como un cordero al que trasquilaban la lana, y pedía al Señor que me hiciera fuerte y pequeña. Mamá, el Señor quiere de nosotros cosas grandes. He sufrido mucho y he pedido al Señor ser una ovejita en sus manos". A consecuencia de la operación le queda paralizada media cara. Ello no es obstáculo, sin embargo, para seguir estudiando y supera a base de voluntad los exámenes de patología médica y patología quirúrgica.

 

En 1959 es operada de la columna vertebral y quedará paralítica de cintura para abajo. Deberá permanecer en la cama hasta su fallecimiento, en 1964. También pierde el sentido del gusto, del tacto y todo el oído. Al poco tiempo también quedará ciega. Antes de ello escribe a una amiga: "Tengo muchas tentaciones. Pide tú por mí. Si digo cosas a la buena, pide al Señor que me haga callar. Me encuentro a veces derrotada bajo el peso de una abrumadora cruz. Entonces le invoco con amor, postrada a sus pies, y Él me hace reposar dulcemente la cabeza en su regazo. ¿Entiendes, María Gracia? ¿Conoces tú la dulzura de estos momentos?".

 

Ciega, paralítica y sorda, tan sólo podrá comunicarse con el mundo exterior muy dificultosamente con un hilito de voz y gracias a la escasa sensibilidad que le queda en una de sus manos. Con esfuerzo heroico podrá transmitir algunos de sus pensamientos: "Es verdad que la vida en sí y por sí se me antoja un milagro, y desearía poder elevar un himno a Dios que me la dio... Algunas veces me pregunto si no seré yo una de aquéllas a quienes mucho se les dio y mucho se les exigirá".

 

A pesar de su enfermedad, y de los momentos oscuros, nunca perderá la alegría. Ella misma dirá “la fe hace prodigios”, y a su habitación del hospital acudían amigos, estudiantes y médicos en busca de consejo. Sor Dominica, religiosa enfermera que la atendió, decía de ella: "No encontré otra persona que supiese soportar tantos sufrimientos como Benedetta. Hasta su cuarto de dolor estaba siempre radiante de alegría. Cualquiera que entraba a visitarla encontraba en ella luz y calor; confortaba serenamente, invitaba a todos al bien. Acercándose a ella, se percibía algo divino. Su cabecera era meta de muchos visitantes, sobre todo estudiantes que le pedían consejo".

 

El jueves 23 de enero de 1964, el calendario señalaba los desposorios de la Virgen. Aquella mañana Benedetta pide a su mamá que le lea el acto de ofrecimiento al Amor Misericordioso escrito por santa Teresita del Niño Jesús, de la que ha querido y llegado a ser fiel discípula. De pronto, un pajarito se posa en el saliente de la ventana. La mamá transmite el hecho a Benedetta quien, aunque su voz se había convertido en un penoso balbuceo, se pone a cantar la vieja canción: "Golondrina peregrina", con voz límpida y nueva que asombra a los presentes. Con su trinar festivo, el pájaro va a ponerse sobre un rosal del jardín en el que, a pesar del rigor del infierno, florece una rosa blanca. Al comunicárselo su mamá, Benedetta contesta: "¡Oh mamá, qué noticia me das: ésta es una señal muy dulce!". Y poco después la señal se cumple en la realidad: ella florece en el cielo.

 

Benedetta  cargó con la cruz, una cruz muy pesada: sorda, coja, paralítica y ciega, operaciones quirúrgicas ineficaces a diestro y siniestro... y, sin embargo, nunca perdió la alegría. La gente, a pesar de su estado, no acudía a ella para consolarla, sino que era Benedetta quien consolaba y aconsejaba a sus visitantes: desde estudiantes a médicos, desde cristianos de a pie con sus problemas, a sacerdotes y religiosas. Todo el mundo percibía en ella “algo divino” por la luz interior que irradiaba, una Luz que se alimentaba en Cristo y que era capaz de reflejar a través de su maltrecho cuerpo en los demás. A los ojos del Señor, lo externo cuenta poco.

 


 

Maria Anna Greco

Al abrir las páginas de la revista italiana Famiglia Cristiana, me sorprendió la carta que un preso enviaba al editor. En ésta se hablaba de María Anna Greco, viuda desde hace más de veinte años, con sesenta y ocho de edad, y muchísima generosidad.

Una de sus líneas la calificaba con una frase que se podría aplicar a todos cuantos realizan un trabajo de servicio escondido. El autor escribe: «Ella se define como apenas una gota en el océano, ¡pero para nosotros es la gota que marca la diferencia!».

Desde hace mucho tiempo se dedica a visitar a los detenidos del área de alta seguridad de la cárcel de Tolmezzo, en Italia. Su encuentro no representa la bandera de ninguna asociación u ONG. La única tarjeta de presentación que tiene es la caridad. Nadie la dirige, nadie le exige que vuelva, nadie le da remuneración alguna.

A los reclusos -hombres rudos y muchas veces criminales endurecidos- los llama «mis niños». Para ellos siempre encuentra una palabra de aliento y conforto. El tiempo no le sobra, pues, además, debe cuidar de su madre de más de noventa años. Aquí, una vez más, se confirma el adagio: querer es poder. El que quiere ayudar, siempre encontrará el modo de hacerlo, sin importar las muchas ocupaciones o el poco dinero.

Su servicio no tiene nada del otro mundo. Se basa simplemente en dar apoyo y sostén a algunos de los hombres más abandonados por la sociedad: los presos. Por ello no hay sonrisa que se ahorre cuando alguien la necesita. ¡Y vaya que hay que ser tenazmente optimista para regresar una vez tras otra a dar alegría a un lugar donde todo parece invadido por la tristeza!

El autor de la carta, Ugo De Santis, la llama «voluntaria global», pues en su corazón caben los hombres de todos los continentes. Y es que en esta institución, más del 70% son extranjeros. Ella jamás discrimina raza, edad, lengua o cultura; es de todos y todos de ella.

Cuando se trata de sacrificio, María no sabe matemáticas. No ha aprendido a meter lo que entrega en una fórmula. Sólo lo da. Sólo se dona a sí misma. Porque generoso no es el que da mucho, sino el que se da todo; no es cuestión de calidad ni de cantidad, se trata de totalidad.

María Anna Greco no busca reconocimiento por su labor. Simplemente actúa. Tiene de su lado la fuerza que da el pensar sólo en los demás. Por ello cada vez que vuelve a ver a sus «niños» detrás de los barrotes, siempre encuentra la energía necesaria para sonreír.

Lo hermoso de su trabajo consiste en no ser una gota de aceite aislada en un vaso de agua. Sino, precisamente como ella dice, una gota de agua circundada por todo un océano de ellas, que, aunque pequeñas, no por eso son menos meritorias.
 


 

Los niños de María

La alemana María Grundberger ha salvado a más de 500 bebés del aborto

 

 Algunos días, está a las ocho de la mañana a las puertas de un centro abortista de Munich, donde puede pasar hasta seis horas.

 

«Ahora voy algo menos, porque tengo un niño pequeño –explica esta joven comadrona de 26 años–. Desde mi primera experiencia delante de un centro abortista con una mujer, que después de mi asesoramiento cambió de idea, y decidió no abortar, no he dejado nunca este voluntariado». Aquello fue hace ocho años.

 

María siempre se ha sentido como en casa en los círculos pro vida. «Vengo de una familia numerosa y mi actitud hacia la vida es muy positiva. Cuando era niña, rezábamos en familia», pidiendo el final del aborto. Sin embargo, con eso no basta. «Mis amigos también defienden que el aborto es un homicidio de una vida humana inocente e indefensa, pero los que se comprometen en la lucha contra él son los menos».

 

En su caso, fue determinante escuchar una conferencia de monseñor Philip Reilly, fundador de Helpers of God’s Precious Infants (Ayudantes de los Preciosos Niños de Dios), que ofrecen asesoramiento frente a las clínicas abortistas. «Me impresionó su carácter humilde y cordial –recuerda–. Pero sobre todo me fascinó que, con medios tan simples –oración, asesoramiento, ayuda concreta–, se pueda conseguir salvar a niños de una muerte inminente».

 

Después de aquella conferencia, María hizo un curso de formación para este tipo de asesoramiento en Viena, Austria. Su profesión de comadrona también le ha ayudado a explicar el desarrollo del no nacido, a entender los miedos y los cambios hormonales propios del embarazo..., todo lo cual facilita la comunicación con mujeres «completamente desesperadas».

 

No obstante, María dice, tajante, que «no hay por qué ser comadrona para ayudar a una mujer con un conflicto debido a su embarazo». Es más, afirma que, para acercarse a una mujer que quiere abortar, no existe ninguna fórmula, «porque cada mujer es distinta, y es importante acercarse a ella de forma individualizada, saber escucharla y tomarla muy en serio, con sus problemas».

 

Lo que sí conviene es despertar en las mujeres los sentimientos maternales, y explicarles con exactitud cuál es el desarrollo de su bebé, así como los problemas físicos y psíquicos que pueden seguir a un aborto. Hay que dejarles claro que «no muere sólo su hijo, sino una parte de ellas mismas», y es muy importante analizar el principal problema que tiene la mujer, el que le lleva al aborto, para «afrontarlo junto con ella».

 

Es una más entre los muchos voluntarios que, a pie de abortorio, ofrecen a las mujeres embarazadas, a menudo «completamente desesperadas», todo tipo de ayudas para que no maten a los hijos que llevan en el vientre. Su éxito dio lugar, en Alemania, al documental María y sus niños, que demuestra que, con la ayuda de la oración, este voluntariado puede ser y es muy eficaz.

  

Desde dinero, hasta canguro

 

Muchas mujeres «sólo ven una enorme montaña de problemas, y no se sienten fuertes y maduras para escalarla con un niño a cuestas». A estas mujeres se les ofrece ayuda económica mediante un apadrinamiento mensual, pero «también podemos hacer de canguro, ayudarles con la mudanza, a pintar el piso... También hablo con la pareja y con los padres, y les remito a un ginecólogo amigo que les hace una ecografía», tras la cual sólo una minoría aborta.

 

De este modo, en ocho años, María ha logrado salvar más de 500 vidas. «La mayor alegría para mí es cuando puedo coger en brazos a esos bebés». Aunque, claro está, no siempre es así: «Cuando una mujer, pese a todo, aborta, me entristece muchísimo. Es horrible, después de haberla acompañado durante semanas. En esos casos, siempre me ayuda ir con mi hijo al parque o a pasear por el campo. También suelo ir a la iglesia a encender una vela. Me consuela creer que ese bebé, pequeño e inocente, está en los brazos amorosos de Dios».

 

María se lamenta de que, «cuando una mujer quiere abortar, se le pone todo muy fácil. Sólo necesita un certificado de que ha recibido asesoramiento como mínimo tres días antes», una exigencia legal en Alemania. A pesar del gran éxito de iniciativas como la campaña Tú eres Alemania, para promocionar la natalidad, María no cree que, de momento, exista un mayor respeto al no nacido: «El aborto es un tema tabú. Los afectados se revuelven, pero callan. Espero que rompan el silencio. Ojalá que, cuando esto cale en las esferas políticas, cambie algo.

 

Hay algunos políticos jóvenes de quienes sé que están en contra del aborto».

María Martínez López

 


 

 

«Tras hablar con ellas, ninguna ha abortado»

 

En España, una de las veteranas de la lucha por la vida es María Teresa Segura, Presidenta, desde su fundación, de Adevida-Madrid. Sus compañeras y ella (hoy son 56 asesoras, además de una psicóloga, una psiquiatra y personal médico) tienen a gala el haber empezado a ayudar a mujeres embarazadas en 1979, seis años antes de la legalización del aborto.

 

Les ofrecen ayuda médica, asistencia social, la canastilla del bebé y leche para todo el primer año... Así han llegado a salvar hasta a 1.500 bebés en un solo año.  En 2006, fueron 770, aunque en total ayudaron a 3.500 personas, contando a las madres y a sus familias.

 

María Teresa explica que, «tras hablar con la psicóloga, que es fenomenal, ninguna mujer ha rechazado a su hijo».  En los últimos meses, Adevida ha fletado un autobús que ha recorrido todo Madrid informando sobre el aborto y «sobre el daño que hace a la mujer».

 

Muchas mujeres a las que habían ayudado se les acercaron a darles las gracias. Pero María Teresa se quita mérito: «El mérito lo tienen las monjitas de clausura, que son las madres espirituales de todos esos niños. Cada año escribo a todos los conventos de España para pedir oraciones, y nunca nos ha faltado ayuda».


(De Alfa y Omega, nº 585 del 20.03.08)


 

La lluvia

 

Don Bosco les dijo: “quitad el pecado primero”.

 


Montemagno es un pueblecito de la región del Monferrato en el Piemonte italiano, a unos 65 kilómetros de Turín.

 

El hecho que narramos tuvo lugar el 15 de agosto de 1864 y se encuentra en el volumen VII de las Memorias Biográficas del Santo en las páginas 617 y siguientes.

 

Habían invitado a Don Bosco a predicar al pueblo de Montemagno. Le acompañaban dos de sus sacerdotes: Juan Cagliero y Miguel Rua. La gente estaba consternada: desde hacía tres meses no caía una gota de agua. La situación de pobreza, hambre y sequía era desesperante. Habían hecho varias rogativas pero el cielo no daba ni la mínima señal de próximas lluvias. Los sermones que San Juan Bosco y los suyos debían predicar eran nueve. Tres cada día.

 

En el primer sermón, con la iglesia totalmente colmada de gente, el Santo dijo con voz potente: “Si asistís a la predicación de estos tres días, si os reconciliáis con Dios haciendo una buena confesión, si os preparáis de tal manera que el próximo 15 de agosto, Fiesta de la Asunción de la Santísima Virgen, todos comulguéis, YO OS PROMETO EN NOMBRE DE NUESTRA SEÑORA UNA LLUVIA ABUNDANTE QUE VENDRÁ A REFRESCAR VUESTROS CAMPOS”

 

Al terminar el sermón, los demás sacerdotes le decían: “Se necesita mucho valor para prometer lluvias para dentro de tres días, en medio de este verano tan espantoso en que estamos”.


Pero si yo no he dicho esto! – respondió el santo.

“-Sí, sí, le contestaron todos. Así lo dijo –“. Y llamando a unos campesinos les preguntaron: -¿Qué os dijo Don Bosco en su sermón?- - Pues nos dijo que si veníamos a los sermones y comulgamos, él nos promete en nombre de la Virgen María que nos llegará una provechosa lluvia”.

 

La gente tomó la promesa totalmente en serio. Todos asistieron a los sermones. Todos, todos se confesaron. No bastaban los sacerdotes para confesar a tanta gente. Día y noche estaban confesando.

Y Don Bosco seguía predicando, mientras la gente pensaba y le preguntaba. -¿Y la lluvia? – Quitad el pecado primero - respondía el santo.


Llegó el día de la Asunción de la Virgen. La comunión fue tan numerosa como nunca se había visto en aquel pueblo (años después todavía los sacerdotes comentaban que nunca más habían tenido que confesar ni repartir comunión a tanta gente como en aquella ocasión). Pero llegó el mediodía y ni rastro de lluvia. El sol brillaba más fuerte que nunca.


Don Bosco se levantó antes que los demás del almuerzo. Estaba preocupado. La gente había hecho todo lo que él les había aconsejado. ¿Y ahora, la lluvia? Apoyado en una ventana miraba hacia el horizonte y parecía interrogar al cielo. Pero la respuesta era negativa. El calor era sofocante.


Suenan las campanas para el último sermón. Son las tres de la tarde. La gente suda. Don Bosco se dirige a la iglesia. El Marqués Fossati le dice: “- Don Bosco: esta vez si va a quedar muy mal con sus promesas. Nos prometió lluvias y mire cómo suda la gente con este sol”.


Don Bosco manda al sacristán: “-asómese a la altura cercana y mire si hay esperanzas de lluvia-“.

El sacristán regresa: -¡Nada! Cielo despejadísimo. Sólo una nubecita muy pequeña en la lejanía.

-Bien, bien- responde el Santo, ¿será la nubecilla de Elías?, y sube a predicar. Mientras, le dice interiormente a la Santísima Virgen:

Señora: no es mi buena fama lo que está en juego en este momento. Es tu buen nombre. Tú verás si me haces quedar mal. Esta pobre gente ha hecho todo lo posible por agradarte. Tú verás si los dejas partir desilusionados”

 

Empieza su sermón haciendo que todo el pueblo cante el himno de acción de gracias compuesto por la misma Santísima Virgen:

El Señor hizo en Mí maravillas, gloria al Señor”. Un gentío inmenso le escucha, todos  los ojos están fijos en él. Todos rezan: “Acordaos oh Madre Santa -que jamás se ha oído decir- que alguno haya implorado- sin tu auxilio recibir…“ y empieza a hablar de las maravillas del poder de la Madre de Dios.


Han pasado cinco minutos de sermón. El sol empieza a oscurecerse. Un retumbar inmenso se oye en el firmamento: un trueno poderoso, otro y otro. En el tejado de la Iglesia se escucha el repiquetear de gruesas gotas de lluvia. Un murmullo de alegría recorre todo el templo. Don Bosco se calla por un momento. Está cayendo un gran aguacero. Los ventanales de la Iglesia retumban ante las ráfagas de viento cargadas de refrescante lluvia.

 

Don Bosco sigue su sermón: un “Gracias” a la Madre de Cielo. Está emocionado. Tiene que secar con el pañuelo las lágrimas de gratitud que brotan de sus ojos. Y muchos de aquellos rudos campesinos, sienten aflorar también a sus ojos ardientes lágrimas de acción de gracias.

 

El santo, agradecido, termina recordando a todos la famosa frase  que más tarde hará grabar sobre las campanas de la Iglesia de María Auxiliadora: “CUANDO MARÍA RUEGA: TODO SE OBTIENE. –NADA SE NIEGA”.

 

Y así ocurrió, porque en la cercana ciudad de Grana, en la cual habían organizado un baile público para celebrar el fracaso de Don Bosco, cayó una terrible granizada que arruinó su cosecha, y porque más allá del Distrito de Montamagno, no cayó una sola gota de lluvia.

 

 

La vida no está en lo externo

 

El gran escritor  ruso, Fedor Dostoievski, hombre de  fe y de esperanza  cristiana,  después  de  haber  sido  condenado  a  trabajos forzados en la Unión Soviética, manifestó:

- “La vida es vida en cualquier parte, por obstáculos que existan. No  estoy  abatido  por  la  sentencia  que  acaban  de  comunicarme. La vida... está dentro de cada uno de nosotros. La vida no está en lo externo. Seré un hombre entre muchos.  Intentaré por  todos  los medios  no  desfallecer,  ni  hundirme  ante  cualquier  circunstancia. ¡En eso consiste nuestra misión en la vida!”.
Hoy  se  busca  la  felicidad  en  lo  meramente  material  y  externo.


Dicen  que  se  pretende  poseer  cinco  llaves:  la  del  piso,  la  de  la moto o el coche; la del chalet; la de la fama y la llave de la caja de caudales.  Es  entonces  cuando  la  vida  interior  acaba  por  enmohecerse y desaparecer. Ha conseguido lo apetecido. Pero su vida interior  se ha deteriorado. No  responde  como debería al presentarse  una  prueba,  una  tribulación  ante  la  que  uno  no  sabe  qué hacer;  no  se  tiene  dónde  agarrarse.  Y  viene  la  angustia  y  uno  se derrumba.


El  premio  Nobel  de  medicina,  el doctor  A.  Carrel,  convertido  al catolicismo,  afirmaba:  “La  tarea esencial  es  devolver Dios  al  hombre”.  Otro  eminente  médico,  el doctor  Corbet,  afirma:  “Lo  más importante  para  curar  un  enfermo... no son los medicamentos; es la fe, es su espiritualidad”.


El eminente psiquiatra y escritor, el doctor  López  Ibor,  decía:  “Vivimos  en  una  época  en  que  se huye  del  esfuerzo.  Sólo  se  busca  el  bienestar.  El  sufrimiento aterra  a  los  hombres.  Pero  la  clave  de  la  angustia  es  la  que proviene  de  las  alteraciones  que  se  dan  en  los  sentimientos vitales.  La  angustia  viene  porque  hoy  se  ha  “desmitificado” la civilización. Se  ha  llegado  hasta  el  extremo  de  bloquear  esos sentimientos  vitales:  la  fe  y  la  esperanza  en  los  valores  eternos”.


La escritora Karin Roon cuenta que una amiga suya durante 3 años molestias y dolores a causa de una enfermedad glándulas.

 

Su sufrimiento era  tan agudo que a menudo era preciso  inyectarle morfina para aliviarla, e incluso llegaba a perder el conocimiento. No obstante, su aspecto físico respiraba salud y energía.  Un  día,  la  escritora  Roon  presenció  uno  de  sus  accesos.


Después  le preguntó: ¿Cómo es posible que puedas  tener  tan buen humor y seas tu quien infunde ánimo a quienes están a tu lado?.

 

Su amiga contestó: “Durante un embarazo,  los médicos aseguraron a mi marido que no quedaba otra alternativa: o salvar mi vida  o  la  de mi  hijo. Gracias  a Dios  salvamos  la  vida  los  dos.


Cuando estuve tan cerca de la muerte, me prometí a mí misma que,  en  lo  sucesivo,  pasara  lo  que  pasara,  ocurriera  lo  que ocurriera... nada podría abatirme ni angustiarme... y que  jamás dejaría de dar gracias a Dios por haberme conservado la vida y haberme dado  la  fe.


Ahora  sólo  trato de mantener mis promesas. Esta es la razón por la cual puedo resistir mi enfermedad y no  dejarme  atrapar  ni  sucumbir  por  los  pensamientos  negativos... Me  digo,  a  fin  de  cuentas,  que  sigo  viviendo  hasta  que Dios  quiera.  Y  con  el  tiempo  he  encontrado  mi  recompensa: vivo contenta y  feliz. No me dejo acongojar por problemas que se  presenten... No me  dejo  abatir  por  chuzos  que  caigan. Actualmente  los médicos han empezado a descubrir el origen de mi dolencia y de mis dolores”.

 

   

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