XXVII


 

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Nacida el 13 de mayo
Shane Paul O’Doherty
El Testimonio de Gloria Polo

17 años en prisión en las cárceles comunistas de Rumanía

Gramsci se convirtió
La comunión de la pequeña Li
“Run, baby, run”. Lopez Lomong
Conversión de María Vallejo-Nágera
El matón de discoteca que se encontró con Dios
Agua en Zway

 

Nacida el 13 de mayo

 

Esta es la historia de un matrimonio sevillano de clase media. Fueron retrasando su boda, a la espera del término de la Guerra Civil, y lo hicieron cuando ésta acabó. El primer hijo se hizo querer, y nació a los dos años de casados.


Ambos se sintieron muy felices, pero el padre sobre todo. Eran los tiempos en que los varones eran más esperados. Al poco tiempo, la mujer se volvió a quedar embarazada y aquello originó el primer gran disgusto del matrimonio. Él venía de casa grande y no quería muchos hijos, porque no los iba a poder tener cómo él había vivido en casa de sus padres. A pesar de todo, y cumplido el tiempo, nació un segundo varón. Pasaron los años y era una familia normal, como tantas otras. El padre era practicante (hoy DUE), trabajaba en el hospital y luego tenía una consulta en su casa.


Ella era maestra y organizaba en su casa clases para preparar oposiciones y para administrativos de empresas.

Después de ocho años, la mujer se volvió a quedar embarazada. Por lo visto, la situación llegó a extremos indescriptibles y el marido suministró a su esposa productos, a los que tenía acceso por su profesión, con el propósito de que ella abortara. No lo consiguió. Corrían tiempos en que las mujeres no contaban para muchos, y aunque ella se resistiera y protestase, no servía de nada.


El marido lo intentó una segunda vez, pero tampoco lo consiguió. Al tercer intento, la mujer se plantó y le dijo que no consentía que lo intentara más, que estaba visto que Dios no quería que él se saliera con la suya y que ella no le iba a dejar. Aquello supuso un tremendo disgusto entre ambos, hasta el punto de que ella pensaba en la separación, aunque por entonces no estuviera bien vista.

 

La Virgen vino a Sevilla


Con aquellos intentos en su cuerpo y su inmenso dolor en el alma, la mujer seguía su gestación. Por aquellos días, la imagen peregrina de la Virgen de Fátima vino a Sevilla. Y a la mujer no se le ocurrió otra cosa que irse a la plaza de España, donde estaba la imagen, en pleno mes de abril, a pedirle a su Madre que, con todo lo que había pasado, aquella criatura que ella llevaba en su seno naciese sin complicaciones. Dice que perdió la noción del tiempo y del lugar, que solamente estaban ellas dos hablando y que la multitud que se movía a su alrededor había desaparecido.


No sabe cuánto tiempo estuvo allí, ni si se cantó o se rezó en voz alta; ella sólo sabía de su dolor y que la Virgen la podía ayudar.


Volvió a su casa reconfortada y siguió con su vida normal. Cuando llegó el momento, dio a luz a una criatura. Fue una niña, y nació con total normalidad. Con todo tan normal, como para que ahora sea esa niña quien escribe estas líneas. La mujer, mi madre, no se lo creía; la alegría la embargaba. Sabía que era domingo, porque sus otros dos hijos, mis hermanos, habían ido a su colegio para la misa, pero cuando se dio cuenta de la fecha que era, por poco no le da algo. Aquella niña normal, gracias a la intervención de la Virgen, había nacido un trece de mayo, fiesta de la Virgen de Fátima.


¿Alguien se atreve a decir que fue casualidad?

 

(Alfa y Omega 614 - Nov. 2008)

 

María de Fátima

 

 

   Shane Paul O’Doherty

 

Shane es el séptimo de ocho hermanos. Nació en 1955 en la localidad irlandesa de Derry, en el seno de una familia católica. Con tan sólo quince años, se incorpora a la rama juvenil del IRA. Se especializa en explosivos. A los dieciocho, ya envía cartas bomba y a los veinte es arrestado por la policía del Úlster y condenado a treinta cadenas perpetuas y a veinte años de cárcel.

 

En este punto me detengo, porque me parece clave. Si bien es cierto que una conversión de tal calibre no sucede de un día para otro, también lo es que hay situaciones que pueden favorecerla.

 

En el año 1976, Shane cumplía condena en la cárcel londinense de Brixton. Después de años de imparable activismo, se encuentra en silencio, totalmente aislado y con todo el tiempo del mundo para pensar.

 

En este momento aparecen en su vida los capellanes de la prisión. La celebración de la Eucaristía en una mesita con uno de ellos y el estimulante juego discursivo que mantenía con el otro le llevan a una lectura apasionada de la Biblia: «Me conmovió especialmente la lectura de los evangelios. La personalidad de Jesucristo emanaba de los cuatro relatos, por sus opiniones y actividades, su oposición a la hipocresía, su dedicación a los pobres y por sus alusiones al amor al enemigo. Había en Él un mensaje, puro y libre de transigencias y errores, que me atrajo de inmediato.

 

Empezaba a sentir la contrariedad de que, debido a la lucha armada y a sus muchas víctimas, mi idealismo republicano comenzaba a resquebrajarse».

 

Es en este momento cuando dos de las palabras prohibidas en el contexto terrorista aparecen en su quehacer cotidiano dentro de prisión: culpa y perdón. Shane es el primer terrorista arrepentido en la historia del IRA, que lo hace público, en los medios de comunicación y en numerosas cartas que dirigió a sus víctimas. Como cuenta en el relato, llegó al convencimiento de que «la única lucha política con la que merece la pena comprometerse es aquella que ofrece un respeto incondicional por los derechos y la vida de toda persona humana».

 

Su actitud le ha generado incomprensión por parte de muchas personas, porque, como él repite una y otra vez, «la sociedad no te premia por pedir perdón».

 

Me quedo con la idea. «La esperanza que tengo, después de contar mi historia -concluye- es que alguien, después de leerla, no haga la elección que hice yo con sólo quince años y evite sus horribles consecuencias».

 

Shane comprendió que su conversión pasaba por la reconciliación con la comunidad, con Dios y consigo mismo. Hoy es un hombre nuevo que, inevitablemente, arrastra, y en cierta medida siempre arrastrará, la sombra del gravísimo pecado que cometió, pero que, por encima de ello, nos ilumina con su testimonio de vida. Premio.

 

Amparo Latre (Alfa et Omega nº 615)

 

 

 

El Testimonio de Gloria Polo
 

Gloria Polo, dentista colombiana, sufrió un accidente al ser alcanzada por un rayo. Su testimonio, impresionante, describe como se vio ante la presencia de Dios, el juicio de su vida y cómo fue devuelta a la existencia por la fuerza de la oración  de un alma humilde.

 

El Testimonio de Gloria Polo


 

 

17 años en prisión en las cárceles comunistas de Rumanía

 

× Tertulian Langa
En 1948, el régimen comunista de Rumanía liquidó la Iglesia greco-católica –uno de los ritos orientales de la Iglesia católica– forzándola a unirse con la Iglesia ortodoxa. Los siete obispos y muchos sacerdotes y laicos que no quisieron renunciar a la unidad con Roma fueron arrestados. Tertulian Langa, de 26 años, abogado y teólogo, fue arrestado entonces y pasó 17 años en prisión. Éste es el relato de su sufrimiento en prisión y de su unión a Cristo, extraído del documental Hacia el sol, de Ayuda a la Iglesia Necesitada

 

Tenía estrechas relaciones con el Episcopado y tenía contactos regulares con los obispos. Fui requerido por la Securitate para obtener información sobre la Iglesia y su actitud hacia el régimen comunista. Me golpearon sin que me hicieran una sola pregunta.

 

Como no conseguían nada, cogieron un saco de arena del tamaño de una botella de un litro y comenzaron a golpearme en la cabeza: «¡Habla!» 50, 80, 1.000 veces, sin que me hicieran ni una sola pregunta. Sólo ¡Habla! ¡Habla! Era la noche de Jueves Santo. Oí sonar las campanas en una iglesia cercana, y de repente recordé que Jesús también había sido golpeado, y empecé a repetir: ¡Jesús, Jesús! Gritaba a Jesús para sufrir juntos. Me miré las heridas e, inconsciente por los golpes, seguía diciéndome: Jesús está conmigo.

 

Empezaron a amenazarme con hacer daño a mi esposa. Sabían que sólo habíamos estado juntos durante tres meses después de nuestra boda, y que ella estaba embarazada. Decían: «La traeremos aquí y la golpearemos hasta que dé a luz ante tus ojos». No me rendí a sus amenazas, pero fue lo más difícil que he tenido que soportar en la vida.

 

Tras dos años de interrogatorios, me condenaron a 20 años de trabajos forzados. Me llevaron a una prisión, con celdas individuales, en completo aislamiento. Era una celda sin nada, sin cama, silla o mesa alguna, sólo barrotes y una ventana con rejas. Estábamos desnudos, el tiempo empeoraba, hacía viento y nevaba.

 

De repente oí que alguien tocaba en la pared: «Nos han traído aquí para morir de frío. Recuerde esto: el que no camina, muere». Seguí su consejo y caminaba durante 23 horas al día. A las doce en punto, cuando el sol entraba en las celdas, nos parábamos y nos arrodillábamos, luego el sol se iba y nos helábamos de frío, y volvíamos a caminar.

 

Así, durante cuatro meses. Quien se paraba, moría. Yo no era sacerdote cuando me enviaron a prisión. Fue allí cuando fui consciente de mi vocación. Todos los días rezaba el Rosario con un grupo de compañeros. Durante todo ese tiempo en prisión, en que viví sin la Eucaristía, la oración fue mi único medio de comunión espiritual.

 

Me llevaron a otro sitio. Mi esposa y mi hija, que tenía seis años, vinieron a visitarme. Yo no la conocía porque había nacido estando yo en prisión. Ella me reconoció, aunque nunca me había visto, y exclamó: «¡Papá!» El oficial se conmovió y la levantó sobre la reja para que pudiera tocarla. La besé, y nunca olvidaré aquel sentimiento, un beso cortado por los alambres comunistas.

 

Se me concedió el derecho a recibir correo. Entre las medicinas que recibí había una botella. Un oficial la probó y después escupió lo que había bebido a tierra. Era vino, dulce y nada amargo, pero Dios hizo el milagro de hacerle parecer a ese oficial que era un líquido amargo para escupirlo.

 

Pudimos celebrar la Eucaristía con este vino, a escondidas, gracias a uno de los sacerdotes

presos. Vertíamos ocho gotas de este vino con una gota de agua en una botella de penicilina. Guardábamos el Pan sagrado, sin saber quién podía necesitarlo en los días siguientes, y lo escondíamos en nuestra celda. Un día, tras volver del trabajo, uno de los oficiales más crueles de la prisión me estaba esperando:

 

«¿Qué es esto? ¿Pan consagrado?» Contesté que sí, y entonces lo tiró todo al suelo. Me arrodillé y comencé a chupar todos los lugares donde yacía la Santa Eucaristía. Recogí todo lo que se podía recoger y me levanté. Entonces aquella bestia me preguntó: «¿Crees realmente?» Me eché a llorar y dije: «Sí, señor comandante, creo». Él se conmovió y, saliendo de la celda, me dijo: «Reza entonces por mi mujer, porque está enferma, tiene cáncer».

 

Cuando estaba al borde de mi resistencia, a fin de tomar fuerzas, me decía: Contigo, Cristo. No fue un lugar infernal, fue el lugar de mi consagración, fue el lugar donde muchas personas encontraron la fe, donde expiaron sus pecados. Por tanto, el diablo, si había querido hacernos sufrir, en realidad sirvió al designio santificante de Dios.

 

El diablo estaba allí, pero estaba sentado a un lado, mordiéndose las uñas, viendo cómo había servido para aumentar nuestro amor a Jesús.

 

Alfa y Omega, nº 616


 

Gramsci se convirtió

El fundador del partido comunista italiano se convirtió antes de morir

La Razón 2.11.08

La noticia ha causado gran revuelo en todos los medios de comunicación italianos, que en la tarde de ayer se hacían eco de la revelación: Antonio Gramsci, fundador del partido comunista italiano (PCI), filósofo y teórico marxista, encontró la fe en el momento de su muerte y recibió los últimos sacramentos.

 

Así lo confirmó ayer en una entrevista a Radio Vaticano monseñor Luigi de Magistris, arzobispo de la Curia Romana. El regreso de Gramsci a la fe católica poco antes de su muerte, acaecida en 1937, ha sido afirmado y desmentido en diversas ocasiones, pero esta es la primera vez que un miembro de la Curia asegura que el rumor es cierto.

 

Monseñor De Magistris, emérito de la Penitenciaría Apostólica (el dicasterio que se encarga de las indulgencias, bautismos y controversias internas), ofreció detalles sobre la conversión: «Gramsci tenía en su habitación la imagen de santa Teresita del Niño Jesús. Durante su enfermedad, las monjas de la clínica en la que estaba ingresado llevaban a los enfermos la imagen del Niño Jesús, para que la besaran. Como a Gramsci no se la llevaron, él se quejó: ¿¿Por qué no me la habéis traído?¿, les dijo. Entonces -afirma el prelado- le trajeron la imagen del Niño Jesús y la besó.

 

Recibió también los sacramentos, volvió a la fe de la infancia. La misericordia de Dios nos ¿persigue¿ santamente, el Señor no se resigna a perdernos», asegura. Las reacciones no se han hecho esperar en Italia. Giuseppe Vacca, filósofo y presidente del Instituto Gramsci, asegura que la conversión «nunca ha sido confirmada», pero que «no sería ningún escándalo, ni cambiaría nada». «Ya había oído hablar de esto hace años» -afirma el ex primer ministro Andreotti- se trata de una conversión en el momento de la muerte, un hecho de conciencia sobre el cual prefiero no decir nada».   

 


 

La comunión de la pequeña Li

Unos meses antes de su fallecimiento Monseñor Fulton Sheen ofreció una entrevista por televisión. El reportero le preguntó: “Monseñor, Ud. ha inspirado a millones de personas. ¿Quién le inspiró a Ud., el Santo Padre?”

Monseñor Fulton Sheen respondió que no era el papa, ni un cardenal, ni otro obispo, ni siquiera un sacerdote o una religiosa. Era Li, una niña china de once años. Explicó que cuando los comunistas se apoderaron de China, encarcelaron a un sacerdote en su propia rectoría. Mirando por la ventana, el sacerdote vio a los soldados entrar en el templo y sacar las hostias del tabernáculo, arrojando el Santísimo Sacramento por el suelo. El sacerdote sabía el numero exacto de hostias en el copón: treinta y dos.

Cuando los soldados profanaron el templo, la pequeña Li, que estaba rezando en fondo de la iglesia, lo vio todo. Aquella noche la pequeña regresó y pasó una hora en oración. Cuando terminó, se arrodilló, se inclinó y con su lengua recibió a Jesús en Santa Comunión.

La niña regresó cada noche, hizo una hora santa y recibió a Jesús con su lengua. La noche treinta y dos, después de consumir la ultima hostia,  despertó el soldado de guardia, corrió tras ella, la agarró y la golpeó con su rifle. El  sacerdote desde su casa vio morir a la niña.

Monseñor Fulton Sheen dijo que cuando oyó este suceso, le inspiró tanto que hizo una promesa, la de hacer una hora santa ante Jesús en el Santísimo cada día de su vida. Cumplió su promesa. Siempre decía que el poder de su sacerdocio venía de su hora santa.
 


 


“Run, baby, run”. Lopez Lomong
Jorge Ranninger jranninger@legionaries.org

 Estas palabras palpitaban intensamente en su mente, una y otra vez. Sentía que sus piernas se movían a gran velocidad. Sabía que tenía que correr. No parar. “Run, baby, run”. Su vida dependía de lo rápido que corriera.

 Esta sensación se repitió en las dos carreras más importantes de su vida. En ninguna de las dos recibió reconocimiento ni premios. Estas, distanciadas por lo años han marcado su existencia.

 × Lopez Lomong entró en el estadio olímpico de Beijing. Sucedía hace escasos meses en las Olimpiadas. Era el día de la inauguración. Lopez encabezaba la expedición de los deportistas norteamericanos llevando la bandera.

 Su sueño estaba a punto de realizarse.

 El 23 de agosto de 2008 tuvo lugar la final olímpica de atletismo de los 1500 m. Lomong hizo buenas marcas y logró clasificarse. Los corredores estaban listos en sus marcas. Gran expectación. En ese instante, bajo la tensión propia de una final, le vino a la mente aquella “carrera vital” hace tantos años. Los mismos sentimientos volvieron a aflorar en  su corazón…

 1991, sur de Sudán, África.

 Lopez tenía seis años. “Recuerdo muy bien todo lo que sucedió”.

 Se encontraba un domingo asistiendo a misa con sus padres en la iglesia católica de su pueblo. De repente un grupo de soldados armados irrumpió en el recinto. Lopez no entendía que estaba sucediendo. Todo pasó muy rápido. Los soldados, apuntando con armas, obligaron a los niños a subirse a un furgón. Fueron “deportados” a un lugar desconocido y encerrados en un recinto reducido. Ese día fue el último que Lopez vio a sus padres…

 El plan era ir matando a los niños poco a poco. La poca comida que les daban estaba mezclada con arena, que al poco tiempo les produciría la muerte. Así sucedió con algunos del grupo. Uno de los niños más grandes, advirtiendo esto, recomendó a Lopez comer muy poco.

 Sólo había una posibilidad: escapar. Después de 20 días parecía una misión imposible. El día 21 “brilló una pequeña luz en la oscuridad”. Uno de los niños descubrió un pequeño hueco en la alambrada, suficiente para poder deslizarse. Ese mismo día, a media noche, y siendo conscientes de las consecuencias que podía acarrearles un intento fallido de fuga, un grupito de niños, incluido Lopez, se puso en marcha. Se deslizaron por el agujero y…

 “Al fin libre”. Lomong sintió con gran intensidad la necesidad de correr, de correr por su vida. “Run, baby, run”. Empezaba así la carrera más importante de su existencia. Tres días y tres noches. Dado que era el más pequeño, los demás niños se turnaban cargándole.

 Sin saber cómo llegaron a la frontera con Kenia. El recibimiento fue un interrogatorio. Posteriormente les ubicaron en un campo de refugiados. Allí pasó los siguientes diez años de su vida… Algunos años después diría sobre esos años: “La fe nunca estuvo lejos de mí. Sólo tienes que mirar al cielo y decir: ¡Gracias por este día! Sabía que mi familia estaba muerta, pero en el campamento volví a encontrar la felicidad”.

 Un día, a sus 15 años, tuvo la fortuna de ver durante un rato la televisión. En esos momentos se retransmitían los juegos olímpicos del año 2000. Michael Johnson, famoso corredor de 200 y 400 m ganaba una carrera y emocionado recibía el galardón. En ese instante una llama se encendió en su corazón. Ese era su sueño: participar en unos juegos olímpicos. Aunque las posibilidades reales de realizar su sueño eran extremadamente limitadas, en su interior su fe y confianza le empujaban con fuerza.

 Un año después Cáritas católica realizó los trámites para que 3500 niños de estos campamentos pudieran adoptados en Estados Unidos. Entre ellos fue escogido Lopez. Sin saber bien a dónde iba ni con qué se encontraría, llegó a su nueva casa. Los Srs. Rogers lo acogieron con gran cariño. Empezó sus estudios y rápidamente se involucró en el equipo de atletismo de su escuela. Su entrenador, Jim Pacia, comentaba: “El desempeño de Lopez estaba marcado por una fuerza interior que le empujaba. Era un chico de gran intensidad”. Esa fuerza interior robustecía su voluntad. Así fue cómo mejoró y adquirió las marcas necesarias para alcanzar a su sueño: las olimpiadas.

Albert Einstein solía decir: “Hay una fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica: la voluntad”. Y la voluntad, a su vez, tiene que estar empujada por una convicción interior. En el caso de Lomong era la confianza en Alguien que le guiaba.

 Lomong ganó una medalla en los juegos olímpicos. No fue ni la de oro, ni la de plata, ni la de bronce. Ganó una medalla más valiosa: la de la confianza. Al “levantar” emocionado esta medalla Lomong alentó los corazones de muchas personas, que se convencieron de que los sueños se pueden hacer realidad si sabes en quién confiar.■

 


 

 Conversión de María Vallejo-Nágera
 

LA ESCRITORA MARÍA VALLEJO-NÁGERA CUENTA LA HISTORIA DE SU CONVERSIÓN, EN EL PUEBLO BOSNIO DE MEDJUGORJE

“Fueron tres segundos, pero cambiaron mi vida radicalmente”

 

Pasó de ir a misa por obligación y a regañadientes a hacerlo a diario y por devoción en cuestión de días. La hija del prestigioso psiquiatra Juan Antonio Vallejo-Nágera, María Vallejo-Nágera, descubrió en Medjugorje el amor de Dios. Desde entonces, lo tiene presente cada minuto de su vida, también en su trabajo: “Si Tú me has dado el don de la escritura, desde hoy sólo escribiré para ti”, prometió María hace diez años. Y así lo ha hecho desde entonces.

 

A María Vallejo-Nágera no le gusta mucho dar conferencias. “¿Os dais cuenta? ¡Es que no puedo dar charlas porque me paso el tiempo llorando!”, explica risueña a la audiencia del Colegio Montealto de Madrid, al que María fue para contar su historia, a explicar cómo su vida dio un giro de 180 grados en tan sólo tres segundos.

 

“Antes de empezar, os quiero decir que yo soy una conversa”. Aviso a navegantes, una oración a la Virgen y comienza su historia. “Llevo casada 20 años, soy conversa desde hace diez y siempre he sido muy feliz. Tengo dos hijas de 18 años y un niño de 11 y he tenido muchísimos regalos de Dios. Unos padres maravillosos, alimento, educación...; nunca me ha faltado nada, pero vivía muy alejada de mi fe”. María Vallejo-Nágera reconoce que en su casa eran “católicos sociales”. “Mi padre tuvo una  enfermedad muy grave y se acercó muchísimo a Dios; recuerdo que cuando estaba muy enfermo, me dijo que le llevara a su cuarto el cuadro de un Cristo que estaba en el desván y yo pensé: ‘Pobre, fíjate lo que hace la morfina’.

 

Entonces no tenía ni idea de lo que me iba a pasar años después”. Después era en 1994, cuando María vivía en Londres, con su marido y sus hijos y se codeaba con la crème de la crème de la sociedad inglesa. De repente, unas amigas comienzan a hablarle de un pueblo pequeñito de Bosnia, Medjugorje. Organizan un viaje, al que María no va.

 

“Lo primero que noté cuando volvieron fue que seguían siendo las mismas, pero ya no les apetecía ir todo el día de tiendas, a restaurantes caros... Pensé: ‘¡Qué aburridas os estáis volviendo!’.

 

Ellas me decían: ‘María, siendo católica, tienes que venir a Medjugorje’”. Porque allí, en ese pueblito pequeño y feo había una comunidad de franciscanos y se aparecía la Virgen desde el año 81. Por eso las amigas de María, que se habían acercado a Dios en Medjugorje, querían que ‘la católica española’ fuera con ellas.

 

¿Por qué tienes miedo de mí?

 

Y lo consiguieron. “Estaba en un restaurante con ellas. Nunca olvidaré ese día, acababa de publicar mi primera novela, que quedó quinta en el Premio Planeta. Era una novela atea, que se metía con el clero. Quedó a cinco puntos de ganar y yo me quedé sin cien millones de pesetas.

 

Hoy doy gracias a Dios por no haber ganado, porque esa novela es divertida y mala, mala de maldad”. “Estaban intentando convencerme para que fuera con ellas. Yo decía: ‘¡Pero qué pesadas!... De repente, y esto fue así, no me da vergüenza decirlo, escuché una voz de mujer muy  dulce queme dijo: “¿Por qué tienes tanto miedo de mí si te estoy esperando?”.

 

Se me cayó el tenedor; yo pensé: ‘Ha entrado una camarera española’, pero no, no había españoles. Me giré y detrás de mí estaba Mick Jagger, el de los Rolling, y no me pegaba mucho que él me hubiera dicho eso...”. María lo cuenta en tono de humor, pero reconoce que en ese momento pensó que se estaba volviendo loca. “Sin saber por qué dejé el tenedor y dije: me voy con vosotras”.

 

“Subí al avión refunfuñando, pensaba que no pintaba nada allí y decía ‘la Iglesia es muy suya, éstos seguro que quieren sacar dinero!’”. Ésa fue la María que aterrizó en Medjugorje; la que volvió a Londres era muy, muy distinta. “El primer día estuve insoportable, el pueblo me pareció horroroso, me aburrí mucho, pensaba en todas las cosas que tenía que hacer...”. “Fui a la misa de la mañana, estuve haciendo fotos y cuando terminó, nos dijeron: ‘Corred, que los videntes van a dar una conferencia’.Me picó la curiosidad; iba corriendo para estar en primera fila y ver cómo era el vidente, y en ese momento tan frívolo y tan alejado de Dios viví tres segundos que han cambiado radicalmente mi vida”. “Iba andando y todo lo que estaba a mi alrededor se paró; los pájaros, el ruido de la gente, como cuando se engancha una película. Noté una necesidad increíble de mirar al cielo y en cuanto subí los ojos, me invadió el cuerpo, el alma, absolutamente todo, un infinito amor de Dios, un rocío de amor”.

 

Es verdad que María se emociona en las conferencias y llora. Pero se traga las lágrimas y continúa su historia. “No tengo palabras para describir lo que sentí en esos tres segundos, yo creí que me moría. Era un amor infinito, en ese momento el amor que yo sentía por mi marido -que es lo que más quiero en este mundo- se había quedado pequeñito comparado con ese amor que me había caído del cielo. Creo que no notamos cuánto nos ama Dios porque cualquier persona que lo note no quiere seguir viviendo, quiere irse con Él”.

 

Hambre insaciable de Dios

 

Tardó seis meses en contar esta experiencia a su marido; incluso pensó que la pizza que había comido horas antes podía tener alguna droga. María no se creía lo que le estaba pasando, pero “a partir de aquel segundo”, cuenta que “tenía un hambre insaciable de Dios”. Un sacerdote le dijo que había vivido una conversión “tumbativa”. “Me sentaba delante de un sagrario y me quería quedar ahí toda la tarde, de repente había que rezar el rosario en mi casa todos los días...”. “Si supiéramos cuánto nos ama Cristo, nos moriríamos”

 

Y por ahí -danzando- estaba un libro que se había quedado a las puertas de ganar el Planeta y en el que María ponía ‘a caldo’ a la Iglesia. “Perdí cien millones de pesetas, pero doy gracias a Dios por no haber ganado el Planeta”. A grandes males, grandes remedios. María Vallejo-Nágera recompra los derechos de El patio de los ángeles y cambia el final. “¡Ahora el cura era buenísimo!”, reconoce sonriente. “Dije: ‘Nunca más, Señor; si Tú me has dado el don de la escritura, desde el día de hoy sólo voy a escribir para Ti”.

 

De Medjugorje volvió una nueva escritora. Y con ella llegaron El castigo de los ángeles (2001), Un mensajero en la noche (2003), Luna negra (2004), La nodriza (2006) y Entre el cielo y la tierra (2007).

 

Fue criticada por las editoriales que antes la habían encumbrado (hoy su tercer libro va por la 20ª edición), se sintió sola (hoy pide que no le manden más amigos, porque no da abasto)... Ha vivido una experiencia, la de Dios, que le ha hecho ser la María Vallejo-Nágera que llora en público y emociona a la audiencia.

 Revista Alba - 26.12.2008 - Rosa Cuervas-Mons

 

 

   

El matón de discoteca que se encontró con Dios

La Razón 11.2.09

 

Miles de jóvenes católicos en las Jornadas Mundiales de Sydney, el pasado verano, escucharon al antiguo gánster y matón John Pridmore contar su asombroso testimonio de conversión.

 

Nació en 1964 en el East End de Londres. Con diez años, sus padres se divorciaron. «Decidí inconscientemente no amar nunca más», recuerda. «Empecé a robar a los 13 y me encerraron a los 15 en un centro de menores. A los 19 estaba en la cárcel. Me peleaba siempre, y por eso me castigaban en confinamiento.

 

Al salir de prisión, pensé que ya que me gustaba pelear podía usar eso para ganar dinero». Conoció a «unos tipos que parecían tenerlo todo» y le introdujeron en los circuitos de venta de droga, palizas por encargo y tareas de matón de bar y de puerta de discoteca. El dinero fluía. «Dinero, poder, chicas, drogas... Pero aún así había algo que faltaba».

 

Un día pegó una paliza a un rival. Vinieron a buscar a John al pub para vengarse. Hubo pelea, y John acuchilló a su enemigo. Semanas después supo que no había muerto. Pero mientras tanto, con 27 años, dinero y reputación de tipo duro, se hacía preguntas: «¿Por qué no soy feliz?, ¿por qué estoy tan furioso?»

 

Una noche pasó algo, que detalla en su libro «From Gangland to Promised Land». «Estaba en mi piso, sentado, solo. Me sentía deprimido y vacío. Entonces, oí lo que solo puedo definir como una voz. Me decía las peores cosas que yo había hecho. Pensé que era la TV y la apagué, pero la voz seguía. ¿Es que me estaba volviendo loco? Entonces algo hizo ¿clic¿ en mí: era la voz de Dios, mi conciencia. No podía respirar, era como si me estuviese muriendo. Un miedo terrible me aferró. ¿Me voy al infierno¿, pensé. Caí de rodillas y las lágrimas asomaron a mis ojos. ¿Dame otra oportunidad¿, lloré. De repente, un calor increíble se apoderó de mí y el miedo se evaporó. En ese momento supe que Dios es real. Me consumía un sentimiento sobrecogedor de amor.

 

Entendí por primera vez que Dios me amaba». John fue corriendo a casa de su madre, acostumbrada a recibirle borracho. «Mamá, creo que he encontrado a Dios». «¿A la una y media de la mañana?», dijo ella, frotándose los ojos. Su madre había rezado por él una novena a San Judas. John se confesó y dejó la vida de mafioso. Tenía pendiente una temporada en prisión, que aprovechó para rezar y estudiar. Pasó un tiempo en los peores barrios de Nueva York como novicio de los Franciscanos de la Renovación.

 

Finalmente encontró su lugar en la Comunidad de Saint Patrick, un grupo de laicos evangelizadores en Irlanda. Ahora viaja contando su testimonio a los jóvenes, invitado en colegios de todo el mundo.

 

 

 

Agua en Zway

Imaginaos a todo vuestro pueblo, o vuestro barrio, reunidos en vuestra casa y que, cuando abriérais un grifo y saliera agua, se montara una gran fiesta. Pues eso es más o menos lo que debió pasar en Zway, Etiopía, hace unos meses. Lo cuenta la misionera Nieves Crespo, en una carta que ha mandado a todos los que se interesan por su trabajo. Sabéis que, en África, acceder a agua potable no es fácil, y se tienen que conformar con beber agua en malas condiciones, que les produce enfermedades a veces mortales, o si no, tienen que recorrer muchos kilómetros para encontrar agua limpia.


Sin embargo, allí en Zway tuvieron la suerte de encontrar agua subterránea muy limpia. Claro que enseguida se encontraron otro problema: ¿cómo usarla? Donde estaba el pozo, no había ni electricidad para que las máquinas pudieran sacarla del pozo, ni tuberías para llevarla hasta donde hacía falta. Ahí intervino una empresa española, que aportó dinero,  material y equipos técnicos. Consiguieron excavar hasta una profundidad de casi 200 metros bajo tierra, llevar allí la  electricidad, construir tanques para almacenar 100.000 litros de agua, y poner 26 kilómetros de tuberías. Gracias a todo esto, el agua pudo llegar a siete poblados, es decir, a más de 20.000 personas.


¡Menudo cambio! Los niños y mujeres del pueblo más lejano (que son los encargados de ir a por agua) tenían que hacer dos días de camino (uno de ida y otro de vuelta), dos veces a la semana, sólo para llevar a casa unos cuantos litros.


Por eso celebraron con tanta fiesta y sus mejores vestidos la inauguración del proyecto. Hasta fueron el Presidente de la región y el obispo. Y ni siquiera les llega el agua a casa, sino a un par de fuentes por pueblo… Seguro que ahora, aunque ya les llegue agua con más facilidad, tendrán mucho cuidado de no derrocharla, porque saben que es un tesoro. Sólo hay que ver lo que cuenta Nieves en la misma carta: cada sábado y domingo, al final de la tarde, regalan a cada una de las niñas de la escuela un trozo de pan –fijaos qué poquita cosa–, ¡y lo cogen como si fuera lo más valioso del mundo!
 (Alfa y Omega - 630 - 26.02.09)

 

 

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