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Anne Sophie Meaney abortó después de ser violada a los 15 años
En este mes de abril, se publicará el último libro de la escritora María Vallejo-Nágera, Mala tierra, sobre el que habló en la presentación de la Fundación Esperanza y Vida. En Mala tierra, doña María expone la conmovedora experiencia de Anne Sophie Meaney, una mujer que fue víctima de un aborto a los 15 años y que, años más tarde, «profundamente arrepentida», se consagró y fundó la Congregación Sociedad del Cuerpo de Cristo. Desde ella, «lucha incansablemente por defender la vida, además de atender al moribundo, al abandonado y al más pobre».
Nadie puede saber lo rota que queda una vida después de haber cometido un aborto. Yo les digo con absoluto conocimiento de causa que nada, ni nadie aliviará las heridas, muchas veces ocultas en la psique, de las mujeres que se someten a un aborto. He necesitado muchos años y la llegada de la fe en Dios a mi vida para superar el espantoso trauma que me provoqué a mí misma.
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«Sentí que Dios estaba a mi lado y que me decía ¿levántate¿» - La Razón 15.04.09
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De Mamma mía, a la Marcha por la Vida
Comenzaron a sucederme una serie de circunstancias muy dramáticas, y caí en algo terrible que se llama bulimia. La bulimia me llevó a la anorexia, y de ahí al alcohol y las drogas. Sufrí varias sobredosis, pero yo seguía trabajando, perdí muchísimo peso, y no se lo contaba a nadie. Sé que estoy viva de milagro. Caí en un pozo sin fondo, donde no tenía lo más importante, que es Dios. Yo siempre digo: A mí Cristo no me tiró de un caballo, sino de un plató de televisión». El principio del fin comenzó a raíz de su participación en La Isla de los famosos.
Era el día 3 de julio de 2004: «Salí del plató dando tumbos, cogí un taxi, y a mitad de camino le dije al taxista: Señor ayúd... Lo siguiente que recuerdo era que estaba en el Hospital de la Princesa, llena de tubos. Un médico me dijo: Lo sentimos muchísimo, señorita Soto, pero no podemos hacer más. ¿A quién hay que llamar? Intenté decirles que me cortaran una pierna, que hicieran lo que fuera pero que me salvaran.
El pánico y el miedo que sentí en ese momento era indescriptible. Sabía que me estaba muriendo. En ese momento, llamé a Cristo, y con los ojos de mi alma vi su rostro. Estaba todavía en la cruz, lloraba. Y pensé: Dios mío, ¿qué he hecho? Perdóname, Señor. Así no, Señor, no es mi hora, ahora entiendo que nada justifica haber atentado contra el cuerpo que me has dado, donde reside mi alma. Dame una oportunidad, déjame demostrarte que te amo». Y éste fue el principio de un largo caminar, donde Pilar experimentó el amor de Dios de una forma radical, lo que le ayudó a comenzar desde cero una nueva vida, con una misión muy especial: comunicar la Buena Noticia al mundo entero.
Hoy, Pilar es franciscana seglar y, además de trabajar en el canal de televisión Intereconomía, dedica su tiempo y sus conocimientos en el mundo del espectáculo para dar testimonio de su fe y promocionar y presentar actividades como la Marcha por la Vida, del pasado día 29 de marzo, o como hará con el Encuentro Nacional de la Infancia Misionera, el próximo 2 de mayo, en Madrid. (Alfa y Omega, Nº 637 - 17.04.09)
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Tras el eclipse, la
luz
En 1951, todos los
misioneros extranjeros fueron expulsados de China, y luego empezó la
revolución en el interior del país. En ese momento, la Iglesia
católica era muy fuerte. Yo vivía en Shangai en aquella época, tenía
18 años y pertenecía al movimiento de la Legión de María, que era
muy floreciente y arrastraba a muchos jóvenes. Pocos meses después,
el Gobierno prohibió la Legión de María y la declaró ilegal, y nos
pidió a sus miembros firmar un documento para renunciar a ella y
reconocerla como una organización contraria a la revolución. A mí me
vinieron a buscar de noche a casa y me llevaron a comisaría, pero yo
permanecí en silencio porque no quería ir en contra de mi
conciencia, nunca firmé nada. Me llevaron a una celda junto con
otros veinte presos, y poco después me dejaron libre. Yo continué
con mis estudios y, poco a poco, empecé a sentir la llamada de la
vocación, así que ingresé en el seminario. Él sólo tenía dos libros,
uno sobre Moral y el Catecismo, que yo leía por las noches. Así
estuve tres años, hasta que un día le dije al obispo: «Quiero
ordenarme». Y, a los pocos días, lo arregló para poder recibir la
ordenación en su pequeño cuarto. Como no teníamos alfombra, extendió
sobre el suelo unos periódicos comunistas, sobre los que me tumbé
mientras él rezaba las letanías. De vuelta a casa, montado sobre mi
bicicleta, pensaba: Ya no pertenezco a este mundo. En los casi 30 años que
pasé en prisión, sólo pude recibir la Santa Comunión una sola vez,
en una ocasión en que mi hermana vino a visitarme y la introdujo de
tapadillo en la comida que traía. Después de 30 años de haber
empezado el seminario, al final pude ordenarme sacerdote, y, así, me
convertí en un sacerdote de la Iglesia clandestina. |
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Una novela denuncia la
imposición de una nueva ingeniería
social
Michael O'Brien, autor también de El librero de Varsovia, llega ahora a las librerías con La última escapada, publicada por LibrosLibres (http://www.libroslibres.info), para hacer reflexionar sobre el modelo que en estos momentos está en juego en las sociedades occidentales. Así lo cuenta en esta entrevista concedida a ZENIT. --Un gobierno democrático que se llena la boca hablando de "paz" y de "tolerancia" impone en las escuelas una asignatura para educar a los niños en el relativismo y la ideología de género. Y sus padres son perseguidos si se oponen. ¿Estoy hablando de su última novela, La última escapada? --Michael O'Brien: ¡Supongo que sí! --¡Respuesta equivocada! --Michael O'Brien: Ja, ja. --Estaba hablando de España, del año 2009, del presidente José Luis Rodríguez Zapatero y de su asignatura Educación para la Ciudadanía, que ha provocado una masiva reacción de los padres españoles. --Michael O'Brien: Sí, he estado siguiendo con interés la situación en España, similar a la de mi país, Canadá. --No es un caso único, entonces. --Michael O'Brien: En ambas naciones crece el acoso a las familias tradicionales y a la libertad religiosa de la Iglesia, como parte de un intento deliberado de redefinir la naturaleza de la sociedad mediante programas de ingeniería social impuestos por nuevas leyes invasivas e injustas. --¿Nos encaminamos a un futuro de tiranía disfrazada de libertad? --Michael O'Brien: Vamos en esa dirección, pero el resultado aún no es seguro. En buena parte depende del coraje de las Iglesias locales en cada nación, y de la capacidad de la familia y de las asociaciones religiosas para crear un frente unido contra las fuerzas que reducen la libertad en nombre de la Libertad y destruyen vidas humanas en nombre del Humanismo. --Usted ya denunció a esas fuerzas en El padre Elías. ¿No está en cierto modo anunciando el Apocalipsis? --Michael O'Brien: Bueno, no es mi misión como escritor católico anunciar una crisis de la humanidad de tal magnitud. Pero sí es mi misión plantear cuestiones esenciales que toda generación debe plantearse. ¿Estamos despiertos, alerta y vigilantes, como Cristo nos pide en los Evangelios? ¿Leemos correctamente los signos de los tiempos? ¿Advertimos con claridad la naturaleza del nuevo orden mundial? ¿O nos estamos convirtiendo en criaturas clónicas fabricadas por los medios de comunicación y por la desinformación masiva, que buscan transformar nuestra percepción de las cosas y nuestro pensamiento? ¿Vivimos como un pueblo que pertenece tanto al cielo como a la tierra, o más bien como hombres unidimensionales, ciudadanos de una tierra baldía donde somos adoctrinados sin cesar por instancias ideológicas, y donde nuestra adicción al placer y al entretenimiento nos distrae de la realidad, haciéndonos ignorar el combate real en el que estamos envueltos? --¿No le asusta ese papel de "profeta"? --Michael O'Brien: Sí. Sí me asusta. No me asustan los hombres ni las fuerzas del mal. Ni la persecución. Ni la muerte. Lo único que temo es equivocarme y decir una sola palabra que no sea querida por Dios. Quien proclama proféticamente las verdades eternas de la Divina Revelación (la verdad completa sobre la humanidad y sobre la historia de la salvación) se enfrenta al problema de su propia subjetividad, al riesgo de interpretar su tiempo a partir de opiniones personales. --Es un riesgo de graves consecuencias. --Michael O'Brien: Hablando desde un punto de vista espiritual, la vocación profética es muy peligrosa, y por tanto debe hundir sus raíces en una absoluta humildad y docilidad al Espíritu Santo. Debe contrastar constantemente sus intuiciones y percepciones con los Evangelios y con la orientación objetiva de la Iglesia universal gobernada por el Santo Padre. E, idealmente, con un buen director espiritual. Pero yo no creo ser un profeta de forma distinta a como lo son todos los verdaderos cristianos, llamados a un cierto tipo de testimonio profético en nuestras vidas, según el deber de estado y la vocación de cada uno. --¿Cuáles son esos posibles signos premonitorios de un tiempo "apocalíptico"? --Michael O'Brien: Responder a eso exigiría un libro. Quizá fuesen más útiles mis ocho novelas y mis ensayos que una respuesta breve. A modo de resumen, destacaría entre muchos otros signos el que estemos viviendo la mayor apostasía de la Fe desde el nacimiento de la Iglesia. Y para mayor vergüenza, está ocurriendo en las naciones de la antigua Cristiandad. -- Apostasía, ¿en qué sentido? --Michael O'Brien: Las naciones más poderosas de la tierra llaman mal al bien y bien al mal. Fomentan la matanza de los inocentes como si se tratase de una política razonable y sensata. El inmenso poder de la tecnología y la psicología modernas se emplean a todos los niveles para redefinir el significado y el valor de la vida humana. El asesinato institucionalizado (aborto y eutanasia) se ha convertido en un fenómeno masivo y global. Es el reino del crimen y de la mentira. --¿Del Anticristo? --Michael O'Brien: El espíritu del Anticristo ha estado entre nosotros desde el principio, pero parece haber dado un salto cualitativo en su guerra contra la raza humana. Utiliza a las personas y a los gobiernos en una reconfiguración de la vida sin precedentes, mediante leyes que violan principios morales absolutos basados en la Ley Natural y en la Revelación sobrenatural. --¿Cómo podemos explicar la ceguera de tanta gente? --Michael O'Brien: Los enemigos de Dios no saben a quién están sirviendo, y se justifican ante sí mismos con una suerte de "humanismo". Un humanismo terriblemente mutante, que niega la humanidad a una buena parte de la humanidad. No debemos odiarles, pero ciertamente debemos plantarles cara. --Aunque usted no es en absoluto optimista, obras como La última escapada muestran que la resistencia al mal todavía es posible, y de hecho los lectores pasan la última página con un cierto sentimiento de victoria. --Michael O'Brien: Me alegra esto que me dice. Ésa es mi esperanza. La verdad es que Dios ya derrotó al antiguo enemigo de la humanidad con la muerte de Cristo en la Cruz y su posterior Resurrección. Los frutos de su victoria sobre el mal aún no se han completado, y Él nos dijo que ello no sucedería hasta la consumación de los tiempos. Así que a nosotros nos queda la batalla final, una "Pascua" final que la Iglesia debe pasar antes de la restauración de todas las cosas en Cristo. Sugiero a los lectores que estudien devotamente los epígrafes 675 y 677 del Catecismo de la Iglesia Católica. --Uno de los puntos fuertes de La última escapada es la descripción de caracteres: mujeres y hombres normales sometidos a una enorme presión, que deben tomar decisiones que les sobrepasan y que marcarán el resto de sus vidas. ¿Esa tensión es inherente a la naturaleza humana, o constituye un lastre específico del hombre moderno? --Michael O'Brien: Es propia de todos los hombres en todos los momentos de la historia. Siempre es un desafío para el hombre integrar amor y responsabilidad. Y en un tiempo de máxima tensión, eso se hace extremadamente difícil. --Porque interfiere ese poder ideológico e invasivo que citaba antes... --Michael O'Brien: Claro. El Estado no puede atribuirse los derechos de las familias sin dañar gravemente los verdaderos fundamentos de la sociedad. La familia no puede abandonar sus responsabilidades sin causar un grave daño a los hijos. Una democracia auténticamente humana no puede sobrevivir mucho tiempo si no respeta la conciencia y los derechos de la familia, y el derecho de todo ser humano a la vida desde la concepción a su muerte natural. Si viola estos derechos, el Estado se convierte en un instrumento de destrucción para su propio pueblo. --Pero ¿por qué esos nuevos tiranos tienen tan buena fama? --Michael O'Brien: Ha habido muchos tiranos a lo largo de la historia, que han puesto en marcha muy diversos planes ideológicos. Pero a esos tiranos casi siempre se les reconocía como tales. La forma más peligrosa de totalitarismo es, sin embargo, aquella que se presenta a sí misma como benéfica y salvadora. Es la más difícil de derrocar, porque nunca se revela completamente como es. En ese entorno psicológico-espiritual, la persona "normal" tiene grandes dificultades para comprender la realidad del mundo que le rodea. En tiempos complejos y de máxima tensión, es más cómodo vivir negando los hechos. Es más cómodo no luchar. Es entonces cuando se nos programa para ceder cada vez más ante el espíritu del mal. --Nathaniel Delaney, el protagonista de La última escapada, eligió luchar. --Michael O'Brien: En mi novela cuento la historia de un hombre "normal", herido y debilitado por la vida pero que gradualmente comienza a despertar. Y al despertar, aprende a sacrificarse y a sufrir por los demás. Es así como descubre su propia humanidad. Encuentra la alegría en un lugar donde no hay alegría. Lo pierde todo, pero gana mucho más. --¿A qué modelo responde Nathaniel? ¿Es un héroe? ¿Un mártir? ¿Un fanático? ¿Un hombre normal que afronta sus responsabilidades? --Michael O'Brien: Nathaniel es un hombre como cualquier otro. Héroe a su pesar, pecador, desencantado, busca el amor en medio de una ecología social donde reina el miedo. Sólo el amor y la fe le sostienen, porque a su alrededor la sociedad ha fracasado, y él también ha fracasado personalmente en muchos sentidos. Es un hombre que en el pasado hizo muchas concesiones, un católico tibio, que tomó decisiones equivocadas en su vida. Es orgulloso, y también débil. Pero en lo más íntimo de su corazón busca el bien y la verdad. Cuando se ve ante una terrible elección, ante la que será la mayor prueba de su vida, comprende que él es más de lo que pensaba ser. Encuentra la verdad sobre sí mismo. --Y ¿cuál es la verdad sobre Michael O'Brien? Porque es usted un hombre polifacético: novelista, autor de ensayos y obras de pensamiento, periodista, pintor... ¿Cuál es su vocación genuina y original? --Michael O'Brien: Mi vocación genuina y original es la de ser un hombre casado, marido y padre de seis hijos, y ahora abuelo. En cuanto a mi trabajo, soy, en primer lugar y sobre todo, pintor de arte religioso. Con ese oficio alimenté a mi familia durante treinta años. Escribir vino después, a partir de mis primeros ensayos sobre la fe y la cultura. Luego edité durante siete años una revista familiar católica, y en ese tiempo escribí mi primera novela (El padre Elías), a la que siguieron otras. --¿Qué ha descubierto trabajando en áreas tan distintas? --Michael O'Brien: Viviendo todas esas vocaciones aprendí que lo fundamental es combinar la oración con un intenso trabajo para mejorar mi técnica como artista y escritor. Alterno mi tiempo entre pintar y escribir novelas. En los últimos años he ido abandonando el ensayo y el periodismo. Cuando estoy escribiendo un libro, no pinto. Cuando pinto, no escribo. Mi obra escrita me ha ayudado en mi trabajo visual como pintor. Y mi pintura me ayuda a ver con nuevos ojos mi escritura. --Es curioso que incluya la oración como parte de su trabajo. --Michael O'Brien: La vocación al arte cristiano es algo sagrado. Es una vocación, no una profesión. Es una misteriosa relación de co-creación, y por eso la pintura y la escritura católicas, todas las artes, deberían empezar así: con nosotros, los artistas, de rodillas, implorando la gracia. Ése es el fundamento que permite dar buenos frutos en este mundo. Ése es el único principio para un auténtico renacimiento.
Por Enrique R. Saavedra
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Han tenido que soportar la incomprensión de muchos, pero hoy pueden volver la vista atrás y dar gracias a Dios por una vida matrimonial y familiar plena. En la Seguridad Social, quisieron convencerles para someterle a ella a una operación de ligamiento de trompas, y les echaron, al insulto de integristas. Muchos tampoco entendieron que permitieran a su hija Esther hacerse monja de clausura… Éste es el testimonio-oración que ofrecieron el matrimonio Ripoll, del Camino neocatecumenal, y su hija Elena, durante la celebración del Corpus Christi en Madrid presidida por el cardenal Rouco
Inma:
Jano: Señor, en cada nuevo embarazo había médicos que me trataban como si fuera un asesino, y me preguntaban: «¿Otra vez por aquí? ¿Pero usted qué es lo que quiere, matar a su mujer?» Y nos echaron de la Seguridad Social porque nos negamos a firmar un papel autorizándoles a ligar las trompas a Inma. Nos llamaron integristas y no sé cuántas cosas más. Al final, acudimos a un ginecólogo con sentido cristiano, y decidimos seguir Tus planes, aunque –perdónanos, Señor– a veces tampoco nosotros los entendíamos. Seis chicas y, por último, un chico. No me los esperaba, y me asombraban Tus planes.
Inma: Nuestros hijos fueron creciendo. Los problemas de pañales se convirtieron en rebeldía. Una de nuestras hijas, Esther, cuando estudiaba Enfermería, pasó por unos momentos difíciles. Le aconsejamos que fuera unos días de descanso a la hospedería de un convento de clausura.
Antes de irse, nos dijo que iba con la intención de demostrar a las monjas que Dios no existía: ¡que Tú, Señor, no existías! Y pocos meses después, no sólo te encontró, sino que decidió hacerse monja y entrar en el convento de las clarisas de Lerma.
Jano: ¡Y se montó de nuevo el escándalo! «¿La vais a dejar ir, ahora que está en la plenitud de la vida? ¿Estáis locos?» Pero aunque a mi mujer y a mí nos costaba mucho, nosotros sabíamos, Señor, que ésa era una nueva forma que tenías de bendecirnos. Año y medio después, Esther tomó el hábito.
Inma: Ese día, durante la ceremonia, mis hijas Raquel y Berta encontraron la respuesta. Pusieron nombre al anhelo más profundo de su corazón y decidieron seguir el mismo camino. Y tras el discernimiento oportuno, poco tiempo después, ya teníamos tres hijas monjas de clausura. ¡Se dice pronto, Señor! Nuestra hija Inma estaba en Uruguay, haciendo un voluntariado, y se iba enterando de todo esto por teléfono. Volvió para la entrada de Raquel en el convento…, y su corazón reconoció que también ése era su sitio. Pidió consejo espiritual, y un sacerdote le dijo: «Lo mejor es que te vayas a tomar el Sol». Ella entendió, y se fue a tomar el Sol ante el sagrario, donde estás Tú, el Sol del mundo, el que da la verdadera luz, el calor y el color a nuestras vidas.
Jano: Y también decidió ingresar en el convento. Esto parecía de risa. ¡Cuatro hijas monjas de clausura! Y más incomprensión a nuestro alrededor. ¡Cuántas horas pasamos frente a Ti, en la Eucaristía! Han sido años muy duros, vividos también con mucho gozo. Pero no acaba ahí la cosa. Nuestra hija Elena ha terminado, la semana pasada, la carrera de Magisterio Infantil, y el sábado que viene ingresa en el convento. Al final, nos vamos a quedar con la parejita, con Mar y con Alejandro, que están aquí hoy dándote las gracias.
Inma: Señor, nos cuesta mucho, pero nos sentimos profundamente agradecidos por el don maravilloso de tener 5 hijas entregadas a Dios. Sabes que éstos no eran nuestros planes. Queríamos que se casaran y soñábamos con tener un montón de nietos. ¡Pero son las mujeres más felices del mundo! Llama la atención. María nos enseña a entregártelas de nuevo todos los días.
Jano: Y ahora, Señor, ¿qué hacemos con la furgoneta? ¿Qué hacemos con la casa, que antes era pequeña y ahora se nos ha quedado tan grande? Pero dice el salmo: Me encanta mi heredad, ¿cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?
«Que muchos jóvenes te digan Sí» A pesar de haberte negado tantas veces. Una semana de entrar en el convento, sólo puedo decirte lo mismo que mis padres: ¡gracias! Gracias por haberte fijado en mí, Te agradezco de corazón los padres que me has dado y la fe que me han transmitido. Sé que vas a cuidar muy bien de ellos y de mis dos hermanos Mar y Alejandro. Bendícelos siempre. En esta tarde del Corpus, te pido, Señor, por todos los que están sufriendo las consecuencias de la crisis económica y moral que estamos sufriendo. Cuánto dolor, cuánto paro, cuántas situaciones difíciles. Te pido también especialmente por las jóvenes y los jóvenes a los que quieres tocar el corazón; para que, ante el miedo de la llamada, sean valientes y respondan con generosidad a la vocación, a tu grito de Amor. Que sean muchas y muchos los que te digan Sí. Elena Ripoll - Alfa y Omega Nº 647 - jueves 25.06.2009
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Teresita Ramírez perdió a toda su familia pero no perdió la fe
En un accidente de tránsito murieron su esposo, sus cinco hijos y varios
familiares "Hace poco vi su billetera y me di cuenta de que tenía un adhesivo
que decía 'Cristo, alimento de mi alma'", cuenta Teresita. |
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Las confesiones
del cardenal John P. Foley El purpurado comparte recuerdos de
su vocación En pleno Año Sacerdotal, el gran maestre de la Orden Ecuestre del Santo Sepulcro de Jerusalén se ha sentado con ZENIT para reflexionar sobre su vida como sacerdote. El antiguo presidente del Consejo Pontificio para las Comunicaciones Sociales reconoce el ejemplo de sus padres y de sacerdotes que ha conocido, como instrumento fundamental para descubrir su vocación, pero también destaca dos eventos claves de su vida. "Yo entré en el seminario dos veces: una después de la enseñanza secundaria y otra, después de la universidad", explica. Y continúa: "En mi último año de secundaria, durante la Navidad, fui a nuestra iglesia parroquial y me arrodillé frente a la cuna". "Dije: 'Señor, Tú me has dado todo lo que tengo --mi vida, mi familia, mi fe, una educación muy buena-- y yo quiero devolvértelo todo'", recuerda. De esta manera, al final de ese año, el joven entró en el noviciado jesuita. Tras varios meses, se dijo a sí mismo: "Creo que sería más feliz como sacerdote diocesano". John Foley dejó entonces a los jesuitas y acabó su carrera de Historia en la Universidad de San José, en Filadelfia, Pennsylvania. Hubo algo "crucial" en este momento --explica--: hacer voluntariado y dar catequesis a niños con minusvalía mental. El cardenal recuerda: "Tenía seis niños en esa escuela a los que enseñaba el catecismo; la Hermana superiora vino y dijo: 'Bien, niños, ¿os gusta el señor Foley?'". "Un chico respondió: "¡No! ¡No! Amamos al señor Foley!" "Pensé que era una maravillosa distinción realizada por un chico con minusvalía mental", recuerda. Y continúa: "Ella dijo: "¿Por qué amáis al señor Foley?". "Él dijo: 'Amamos al señor Foley porque nos enseña sobre Jesús --añade--. Y yo pensé: 'No hay nada más importante en la vida que enseñar a la gente sobre Jesús y llevarles a Jesús'". "Esto solidificó mi vocación al sacerdocio", reconoce. El cardenal Foley destaca: "Pienso que fue providencial que tuviera que dejar el seminario la primera vez y estudiar en la universidad, donde tuve una muy buena educación y también una muy buena experiencia en el trabajo apostólico". Además de catequista, participó activamente en las Congregaciones Marianas, en el club de debate, el gobierno estudiantil, incluyendo un periodo como presidente de la asociación de estudiantes, y el coro. Entró en el seminario diocesano al final de su último año de universidad y fue ordenado sacerdote cinco años después. Apoyo familiar El cardenal confiesa: "No he tenido nunca un día infeliz siendo sacerdote, he amado el sacerdocio". También destaca la función de su familia como apoyo a su vocación sacerdotal y afirma que sus padres "nunca dijeron: 'Deberías ser sacerdote?; ni tampoco pusieron ninguna objeción cuando dejé el seminario o volví a entrar". "Ellos siempre apoyaban lo que yo decidiera hacer --afirma--. Eran maravillosos". También recuerda la contribución de una hermana religiosa que le dio una copia de "Imitación de Cristo" cuando todavía estudiaba en la escuela. El cardenal subraya que lo leyó durante toda la etapa de educación secundaria y todavía conserva el libro, que sigue leyendo y meditando. Tras 47 años de sacerdocio, sostiene que las principales dificultades contra las que lucha pertenecen a la cultura, que "parece ser cada vez más secularizada". "Es más difícil llevar un mensaje espiritual a la gente hoy -opina--, ya que quizás no están tan abiertos como antes". También --añade-- las dificultades físicas se multiplican "a medida que nos hacemos mayores". Nacido en un suburbio de Filadelfia en 1935, cumplirá 74 años en noviembre. La edad "te hace más lento y no puedes hacer todas las cosas que te gustaría poder hacer", reconoce. Sin embargo, añade, San Ignacio nos enseña en sus Ejercicios Espirituales que "debemos entregarnos a Dios en la salud y en la enfermedad, en la pobreza y en la prosperidad". "Por tanto, debemos ser indiferentes en este sentido y limitarnos a usar todo para mayor gloria de Dios", pide. Y explica que éste es su lema episcopal: "ad maiorem Dei gloriam: para mayor gloria de Dios". Momentos memorables A pesar de las dificultades naturales que surgen, destaca el cardenal, ha habido algunos grandes momentos en su sacerdocio. Recuerda que sus mejores momentos están asociados con los dos pontificados bajo los que ha podido servir en Roma. El purpurado destaca especialmente los viajes con el Papa Juan Pablo II en 1979 a Polonia y a los Estados Unidos, así como las visitas con Benedicto XVI a Tierra Santa y a los Estados Unidos, el año pasado. Añade que otro punto culminante de su ministerio sacerdotal es el trabajo que ha realizado durante 25 años como comentarista para una red de televisión estadounidenses en las ceremonias papales en Navidad, Semana Santa y Viernes Santo. "Es un camino de evangelización --explica-- dar a conocer a la gente lo que está pasando en la liturgia, para que puedan apreciar el culto católico" y "otros puedan introducirse en lo que creemos y en cómo trabajamos como católicos". También, añade, ayuda a los católicos a "apreciar mejor la misa y la devoción católica". Como sacerdote, confiesa el cardenal Foley, "he tenido momentos especiales de consuelo ayudando a la gente a vivir su matrimonio o recibiendo a personas en la Iglesia". En concreto le emociona el caso de "un compañero de clase en la universidad de Columbia quien pidió hace años convertirse al catolicismo; era judío, un judío no practicante". "También muchas de las personas con las que había debatido cuando estaba en la universidad, y con las que había discutido sobre teología, decidieron finalmente convertirse al catolicismo", añade. "Esos son grandes momentos de consuelo personal --reconoce--: ser capaz de ayudar a compartir mi fe con otros y esperar que ellos reciban el don de la fe". [Información de Mercedes de la Torre, redactada por Genevieve Pollock y traducida del inglés por Patricia Navas
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