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Anne Sophie Meaney abortó después de ser violada a los 15 años

 «Sentí que Dios estaba a mi lado y que me decía ¿levántate¿»

 De "Mamma mía" a Marcha por la vida
 ¿Hijos defectuosos?
Tras el eclipse, la luz
Una nueva ingeniería social
Cinco hijas religiosas
Teresita Ramírez perdió a toda su familia pero no perdió la fe
Las confesiones del cardenal John P. Foley
 Una mujer en silla de ruedas vuelve  a caminar en Lourdes

 

Anne Sophie Meaney abortó después de ser violada a los 15 años

 

«No escucharon mis súplicas» Se arrepintió, pero ya era tarde. Su aborto la marcó de por vida y la ha llevado a fundar una Congregación religiosa en defensa de la vida. La escritora María Vallejo-Nágera dio a conocer esta historia –que ha inspirado su última novela–, el pasado 18 de marzo, en Burgos, en la presentación de la Fundación Esperanza y Vida. En el acto también participó el cardenal Ennio Antonnelli, Presidente del Consejo Pontificio para la Vida

 

En este mes de abril, se publicará el último libro de la escritora María Vallejo-Nágera, Mala tierra, sobre el que habló en la presentación de la Fundación Esperanza y Vida. En Mala tierra, doña María expone la conmovedora experiencia de Anne Sophie Meaney, una mujer que fue víctima de un aborto a los 15 años y que, años más tarde, «profundamente arrepentida», se consagró y fundó la Congregación Sociedad del Cuerpo de Cristo. Desde ella, «lucha incansablemente por defender la vida, además de atender al moribundo, al abandonado y al más pobre».


La propia Anne Sophie, que ahora tiene 54 años, escribió una carta
ex profeso  para que se leyera a los asistentes al acto. En ella, decía: «Fui maltratada y violada durante mi niñez y mi adolescencia. Una de estas terribles violaciones tuvo como consecuencia el embarazo no deseado de un bebé que aborté  voluntariamente a la edad de 15 años.


Tanto los servicios sociales como mi familia biológica me convencieron de que
lo que llevaba en el vientre no era más que un tejido y que debía abortarlo. Debido a retrasos burocráticos, no me practicaron el aborto hasta que hube cumplido los seis meses y medio.


Cuando me tumbé en la camilla, mi bebé (que, por supuesto, no era un tejido), comenzó a patear. Supliqué al equipo médico que me dejaran ir. Pero mis súplicas no fueron escuchadas.


Cuando, semanas más tarde, me exploró el médico en cuyas manos murió mi hijo, le pregunté sobre el sexo de mi bebé, a lo que respondió sin ningún tipo de remordimiento:
¿Cómo lo voy a saber si salió hecho un montón de pedazos quemados? Mi existencia quedó marcada; durante muchos años padecí pesadillas, taquicardias y un gran dolor en el alma.

 

Nadie puede saber lo rota que queda una vida después de haber cometido un aborto. Yo les digo con absoluto conocimiento de causa que nada, ni nadie aliviará las heridas, muchas veces ocultas en la psique, de las mujeres que se someten a un aborto. He necesitado muchos años y la llegada de la fe en Dios a mi vida para superar el espantoso trauma que me provoqué a mí misma.


El pecado que cometí fue tan abismal, que no sólo acabó con mi alegría sino que me acercó a un pozo profundo que a punto estuvo de empujarme al suicidio. Afirmo con rotundidad que es el peor pecado que he cometido, y he sido una gran pecadora». Alfa y Omega nº 635, 2 de abril de 2009

 

 

 «Sentí que Dios estaba a mi lado y que me decía ¿levántate¿» - La Razón 15.04.09


Manuel Viego vivió lo que el dinero, el sexo y la droga tenían para ofrecerle. Hasta que se encontró con Dios.

-¿Cómo fue su juventud?
-Mi familia era católica, pero yo tuve una mala experiencia con la Iglesia en mi infancia y me alejé de Dios. A partir de los 16 años yo ya trabajaba y tenía dinero. Me dieron a probar porros, me hacía sentirme bien, me evadía. Fui comercial, trabajé en la construcción, ponía música y copas en discotecas...

-No sufrió problemas económicos...
- No, ganaba mucho dinero y durante años lo gasté en fiestas. Fui a más, me metía de todo, muchos ácidos, a veces esnifaba coca. Como muchos, buscaba ser feliz en el placer. Estuve con una chica, luego con otra...

-¿Y cómo cambió esto?
-Al cabo de unos años, me fui de fiesta a Tenerife en la Semana Santa de 1992. Solo vi el Teide y el mar de lejos. Me junté con unos conocidos en un apartamento. Toda la noche estábamos de juerga, y de día dormíamos, o estábamos de jacuzzi y sauna. La noche de Viernes Santo nos pusimos hasta arriba, sobre todo de ácidos. Me sentí muy mal. Me di cuenta que nada de aquello me hacía feliz. Pensé que iba a perder la razón, que nada en la vida tenía sentido.
Entonces vi una iglesia cerrada y pensé que a lo mejor mi madre tenía razón y Dios existía.

- ¿Y su madre tenía razón?
- Sí. Me dio por hablar con Dios. «Si existes este es tu momento», le dije, «he hecho de todo y no consigo ser feliz». Pensé rezar, pero no me sabía el Padrenuestro porque lo habían cambiado cuando lo aprendí. Pero sí recordaba el «Ave María», así que recé a la Virgen. Y resultó que Dios existía. Sentí que Dios estaba a mi lado, que me acompañaba y me decía «levántate y anda». Esa experiencia me cambió. Al día siguiente, Sábado Santo, fui a una iglesia, consulté los horarios de misa, hablé con un sacerdote. Y me pareció que todo eran mensajes de Dios para mí.

- ¿Hubo más experiencias en ese sentido?
- Sí. Poco después tuve otra experiencia fuerte de cercanía de Dios haciendo un cursillo de Cristiandad en Covadonga. Allí descubrí a la Iglesia, y que Dios no juega con las personas, que nunca me dejó.

- ¿Cambió de golpe?
-No, cambiar de vida fue un proceso lento. Intenté vivir en cristiano, desde la fe, la relación con mi pareja. Hubo ruptura, claro. ¡Si cada vez que hay un problema lo quieres solucionar en la cama...! Más adelante fui a pasar una semana en un retiro de la Comunidad de Bienaventuranzas en Toledo... y me quedé tres años. Allí entendí que quiero transmitir lo que he vivido, evitar que otros sufran lo que yo he sufrido. Empecé a estudiar en el seminario de Sigüenza, luego en el de Oviedo. Ahora tengo a mi cargo tres parroquias en Castropol, en Asturias.


Una nueva vida
Cuando fue ordenado sacerdote el 3 de abril de 2005, Manuel Viego supo que había llegado una etapa de plenitud en su vida, un etapa orientada al servicio. Durante un tiempo fue el pastor de 14 parroquias de la montaña asturiana. Su casa, que es grande, siempre está llena de gente y siente la llamada de decir a los jóvenes que «se acaba antes el picador que la mina», es decir, que los goces no llenan, que sólo Dios llena al hombre.
  

 

 

 

De Mamma mía, a la Marcha por la Vida

 

Pilar Soto es uno de esos rostros familiares en televisión, una chica guapa, simpática y con talento, que, desde muy joven, decidió que era feliz subida a un escenario, ya fuera tocando el piano, dando las campanadas de fin de año, o co-presentando alguno de los programas que la lanzó al estrellato, como El Gran Prix o Mamma mía.

Cualquiera podría pensar que la suya sería una vida llena de amistades y fiestas de la farándula, pero nadie sabía que la realidad era muy diferente: «El tipo de vida que llevaba –explica para Alfa y Omega – me llevó a vivir hasta en 7 países distintos. La falta de raíces, a causa de tantos viajes, el hecho de que nunca nadie estuviera esperándome al volver, me resultaba durísimo. Siempre estaba sola, siempre estaba vacía, no tenía amigos, no tenía a nadie.

 

Comenzaron a sucederme una serie de circunstancias muy dramáticas, y caí en algo terrible que se llama bulimia. La bulimia me llevó a la anorexia, y de ahí al alcohol y las drogas. Sufrí varias sobredosis, pero yo seguía trabajando, perdí muchísimo peso, y no se lo contaba a nadie. Sé que estoy viva de milagro. Caí en un pozo sin fondo, donde no tenía lo más importante, que es Dios. Yo siempre digo: A mí Cristo no me tiró de un caballo, sino de un plató de televisión». El principio del fin comenzó a raíz de su participación en La Isla de los famosos.

 

Era el día 3 de julio de 2004: «Salí del plató dando tumbos, cogí un taxi, y a mitad de camino le dije al taxista: Señor ayúd... Lo siguiente que recuerdo era que estaba en el Hospital de la Princesa, llena de tubos. Un médico me dijo: Lo sentimos muchísimo, señorita Soto, pero no podemos hacer más. ¿A quién hay que llamar? Intenté decirles que me cortaran una pierna, que hicieran lo que fuera pero que me salvaran.

 

El pánico y el miedo que sentí en ese momento era indescriptible. Sabía que me estaba muriendo. En ese momento, llamé a Cristo, y con los ojos de mi alma vi su rostro. Estaba todavía en la cruz, lloraba. Y pensé: Dios mío, ¿qué he hecho? Perdóname, Señor. Así no, Señor, no es mi hora, ahora entiendo que nada justifica haber atentado contra el cuerpo que me has dado, donde reside mi alma. Dame una oportunidad, déjame demostrarte que te amo». Y éste fue el principio de un largo caminar, donde Pilar experimentó el amor de Dios de una forma radical, lo que le ayudó a comenzar desde cero una nueva vida, con una misión muy especial: comunicar la Buena Noticia al mundo entero.

 

Hoy, Pilar es franciscana seglar y, además de trabajar en el canal de televisión Intereconomía, dedica su tiempo y

sus conocimientos en el mundo del espectáculo para dar testimonio de su fe y promocionar y presentar actividades como la Marcha por la Vida, del pasado día 29 de marzo, o como hará con el Encuentro Nacional de la Infancia Misionera, el próximo 2 de mayo, en Madrid. (Alfa y Omega,  Nº 637 - 17.04.09)

 


 

¿Hijos defectuosos?
 

Para adquirir plena conciencia de lo que está en juego, sin embargo, nada como llevar el debate al terreno de lo concreto. Elena San Román López escribe una carta al director de ABC sobre sus «tres embriones defectuosos.


Son mis tres hermanos mayores. El primero ronda los 45 años», y hoy «ocupa un cargo importante en una importante empresa española. Tiene una mujer excepcional y dos hijos preciosos». El segundo embrión defectuoso «es médico y madre de siete hijos». Y el tercero, seis, «dos de ellos adoptados». Los tres «conocen esa herencia genética y tienen una política preventiva sobre su salud que les hará vivir, seguramente, largas vidas». La familia la completan la autora de la carta y su hermano pequeño, aparentemente no defectuosos. Pero «enfermaremos en algún momento y estoy casi segura de que nos moriremos. Y cuando lleguen esos momentos, tendremos cerca a nuestros embriones defectuosos y a sus hijos.

Y daremos gracias a la memoria de nuestros padres, que entendieron que todos nosotros teníamos igual derecho a vivir y que, desde el segundo uno de nuestras vidas, nos aceptaron tal como éramos, con nuestros defectos genéticos incluidos». (Alfa y Omega nº 639, 28 abril de 2009)

 


 

Tras el eclipse, la luz
Persecución religiosa en China

En los casi treinta años que Mateo Koo pasó en las prisiones chinas, sólo pudo recibir la Eucaristía una sola
vez. Y sólo al final de su vida en prisión pudo terminar el recorrido que empezó en el seminario, cuando las
autoridades comunistas le encarcelaron a causa de su fe. Hoy, a sus 76 años, habla con la ilusión de quien ha
sabido conservar su tesoro más preciado

En 1951, todos los misioneros extranjeros fueron expulsados de China, y luego empezó la revolución en el interior del país. En ese momento, la Iglesia católica era muy fuerte. Yo vivía en Shangai en aquella época, tenía 18 años y pertenecía al movimiento de la Legión de María, que era muy floreciente y arrastraba a muchos jóvenes. Pocos meses después, el Gobierno prohibió la Legión de María y la declaró ilegal, y nos pidió a sus miembros firmar un documento para renunciar a ella y reconocerla como una organización contraria a la revolución. A mí me vinieron a buscar de noche a casa y me llevaron a comisaría, pero yo permanecí en silencio porque no quería ir en contra de mi conciencia, nunca firmé nada. Me llevaron a una celda junto con otros veinte presos, y poco después me dejaron libre. Yo continué con mis estudios y, poco a poco, empecé a sentir la llamada de la vocación, así que ingresé en el seminario.

El 8 de septiembre de 1953, la fiesta de la Virgen, comenzó la persecución de la Iglesia en serio. No me podía ni imaginar cómo iba a caer sobre mí. Esa noche, estábamos todos los seminaristas durmiendo, y de repente entraron y nos llevaron a punta de pistola, a oscuras, hasta un camión de mercancías que esperaba fuera del seminario, y nos llevaron a otro lugar que no conocíamos. Hasta dos meses después no me llamaron para interrogarme.

Un inspector me esperaba para interrogarme: «Elige: ¿qué es lo primero: el comunismo, o Dios?», y quería sacarme cualquier dato sobre las personas que acudíamos a la Legión de María, pero yo no decía nada. Me enviaron a otra prisión para lavarme el cerebro: me sometían a una luz muy fuerte, me despertaban en mitad del sueño, con el altavoz diciéndonos todo el rato: Habéis sido engañados por el obispo, sois víctimas de la religión extranjera…, todo para hacerme hablar, pero no lo consiguieron. Por ello me condenaron a cinco años,
sin juicio, sin abogado, sin nada.

Después me enviaron a la frontera cerca del Tibet, lo que llaman la siberia china, vestidos sólo con un pantalón y una camisa de algodón. Allí tenía que llevar una montaña de ladrillos a la espalda, y si caías te daban una paliza. Poco a poco, me fui debilitando, y llegué a pesar 42 kilogramos. Eran 4 las personas que morían cada día, y yo, en determinado momento, me tumbé en el suelo para morir, no podía ya ni moverme. No hice más que rezar, y el Señor escuchó mi oración, porque me destinaron a una granja, a trabajar en algo más ligero. Así, poco a poco, conseguí recuperarme.

En 1957, me enviaron a Shangai para revisar mi condena. Allí, lo primero que hice en cuanto me quitaron las esposas fue santiguarme. Me decían: «Sólo con que reconozcas tus crímenes, podrás salir libre». Pero yo no lo hice, y en los años siguientes me enviaron a otros campos, en los que estuve trabajando en muchas cosas: en un molino, dando vueltas a la noria como un burro, y también como barbero y profesor de inglés para los jefes del campo.

En una ocasión, logré escapar del campo y llegué a un pequeño pueblo, en el que me sorprendió mucho que cerca de 30 de las 60 familias del pueblo habían podido conservar su fe.

Los comunistas habían destruido iglesias, seminarios…, pero allí me encontré con católicos de una fe muy fuerte, que habían llegado hasta a esconder las imágenes sagradas para poder preservarlas. Le pedí a la Virgen que me conservara en aquella pequeña villa. Allí, poco a poco empecé a sentir de nuevo la llamada de Dios, y me enviaron al obispo de la zona, que por entonces vivía en la clandestinidad, en un pequeño cuarto de una ciudad cercana.

Él sólo tenía dos libros, uno sobre Moral y el Catecismo, que yo leía por las noches. Así estuve tres años, hasta que un día le dije al obispo: «Quiero ordenarme». Y, a los pocos días, lo arregló para poder recibir la ordenación en su pequeño cuarto. Como no teníamos alfombra, extendió sobre el suelo unos periódicos comunistas, sobre los que me tumbé mientras él rezaba las letanías. De vuelta a casa, montado sobre mi bicicleta, pensaba: Ya no pertenezco a este mundo.
 

En los casi 30 años que pasé en prisión, sólo pude recibir la Santa Comunión una sola vez, en una ocasión en que mi hermana vino a visitarme y la introdujo de tapadillo en la comida que traía. Después de 30 años de haber empezado el seminario, al final pude ordenarme sacerdote, y, así, me convertí en un sacerdote de la Iglesia clandestina.
                                                                               Mateo Koo,  sacerdote (Alfa y Omega, nº 640, 7.5.09)


 

Una novela denuncia la imposición de una nueva ingeniería social
Habla Michael O’Brien, autor de "La última escapada"

 

MADRID, viernes, 22 de mayo de 2009 (ZENIT.org).- El autor de El padre Elías vuelve con otra novela electrizante, un "thriller" sobre la lucha de un hombre contra los planes de ingeniería social de su gobierno.

Michael O'Brien, autor también de El librero de Varsovia, llega ahora a las librerías con La última escapada, publicada por LibrosLibres (http://www.libroslibres.info), para hacer reflexionar sobre el modelo que en estos momentos está en juego en las sociedades occidentales.

Así lo cuenta en esta entrevista concedida a ZENIT.

--Un gobierno democrático que se llena la boca hablando de "paz" y de "tolerancia" impone en las escuelas una asignatura para educar a los niños en el relativismo y la ideología de género. Y sus padres son perseguidos si se oponen. ¿Estoy hablando de su última novela, La última escapada?  

--Michael O'Brien: ¡Supongo que sí! 

--¡Respuesta equivocada! 

--Michael O'Brien: Ja, ja. 

--Estaba hablando de España, del año 2009, del presidente José Luis Rodríguez Zapatero y de su asignatura Educación para la Ciudadanía, que ha provocado una masiva reacción de los padres españoles. 

--Michael O'Brien: Sí, he estado siguiendo con interés la situación en España, similar a la de mi país, Canadá. 

--No es un caso único, entonces. 

--Michael O'Brien: En ambas naciones crece el acoso a las familias tradicionales y a la libertad religiosa de la Iglesia, como parte de un intento deliberado de redefinir la naturaleza de la sociedad mediante programas de ingeniería social impuestos por nuevas leyes invasivas e injustas. 

--¿Nos encaminamos a un futuro de tiranía disfrazada de libertad? 

--Michael O'Brien: Vamos en esa dirección, pero el resultado aún no es seguro. En buena parte depende del coraje de las Iglesias locales en cada nación, y de la capacidad de la familia y de las asociaciones religiosas para crear un frente unido contra las fuerzas que reducen la libertad en nombre de la Libertad y destruyen vidas humanas en nombre del Humanismo. 

--Usted ya denunció a esas fuerzas en El padre Elías. ¿No está en cierto modo anunciando el Apocalipsis?

--Michael O'Brien: Bueno, no es mi misión como escritor católico anunciar una crisis de la humanidad de tal magnitud. Pero sí es mi misión plantear cuestiones esenciales que toda generación debe plantearse. ¿Estamos despiertos, alerta y vigilantes, como Cristo nos pide en los Evangelios? ¿Leemos correctamente los signos de los tiempos? ¿Advertimos con claridad la naturaleza del nuevo orden mundial? ¿O nos estamos convirtiendo en criaturas clónicas fabricadas por los medios de comunicación y por la desinformación masiva, que buscan transformar nuestra percepción de las cosas y nuestro pensamiento? ¿Vivimos como un pueblo que pertenece tanto al cielo como a la tierra, o más bien como hombres unidimensionales, ciudadanos de una tierra baldía donde somos adoctrinados sin cesar por instancias ideológicas, y donde nuestra adicción al placer y al entretenimiento nos distrae de la realidad, haciéndonos ignorar el combate real en el que estamos envueltos?

--¿No le asusta ese papel de "profeta"? 

--Michael O'Brien: Sí. Sí me asusta. No me asustan los hombres ni las fuerzas del mal. Ni la persecución. Ni la muerte. Lo único que temo es equivocarme y decir una sola palabra que no sea querida por Dios. Quien proclama proféticamente las verdades eternas de la Divina Revelación (la verdad completa sobre la humanidad y sobre la historia de la salvación) se enfrenta al problema de su propia subjetividad, al riesgo de interpretar su tiempo a partir de opiniones personales. 

--Es un riesgo de graves consecuencias. 

--Michael O'Brien: Hablando desde un punto de vista espiritual, la vocación profética es muy peligrosa, y por tanto debe hundir sus raíces en una absoluta humildad y docilidad al Espíritu Santo. Debe contrastar constantemente sus intuiciones y percepciones con los Evangelios y con la orientación objetiva de la Iglesia universal gobernada por el Santo Padre. E, idealmente, con un buen director espiritual. Pero yo no creo ser un profeta de forma distinta a como lo son todos los verdaderos cristianos, llamados a un cierto tipo de testimonio profético en nuestras vidas, según el deber de estado y la vocación de cada uno. 

--¿Cuáles son esos posibles signos premonitorios de un tiempo "apocalíptico"? 

--Michael O'Brien: Responder a eso exigiría un libro. Quizá fuesen más útiles mis ocho novelas y mis ensayos que una respuesta breve. A modo de resumen, destacaría entre muchos otros signos el que estemos viviendo la mayor apostasía de la Fe desde el nacimiento de la Iglesia. Y para mayor vergüenza, está ocurriendo en las naciones de la antigua Cristiandad. 

-- Apostasía, ¿en qué sentido? 

--Michael O'Brien: Las naciones más poderosas de la tierra llaman mal al bien y bien al mal. Fomentan la matanza de los inocentes como si se tratase de una política razonable y sensata. El inmenso poder de la tecnología y la psicología modernas se emplean a todos los niveles para redefinir el significado y el valor de la vida humana. El asesinato institucionalizado (aborto y eutanasia) se ha convertido en un fenómeno masivo y global. Es el reino del crimen y de la mentira. 

--¿Del Anticristo? 

--Michael O'Brien: El espíritu del Anticristo ha estado entre nosotros desde el principio, pero parece haber dado un salto cualitativo en su guerra contra la raza humana. Utiliza a las personas y a los gobiernos en una reconfiguración de la vida sin precedentes, mediante leyes que violan principios morales absolutos basados en la Ley Natural y en la Revelación sobrenatural. 

--¿Cómo podemos explicar la ceguera de tanta gente? 

--Michael O'Brien: Los enemigos de Dios no saben a quién están sirviendo, y se justifican ante sí mismos con una suerte de "humanismo". Un humanismo terriblemente mutante, que niega la humanidad a una buena parte de la humanidad. No debemos odiarles, pero ciertamente debemos plantarles cara. 

--Aunque usted no es en absoluto optimista, obras como La última escapada muestran que la resistencia al mal todavía es posible, y de hecho los lectores pasan la última página con un cierto sentimiento de victoria. 

--Michael O'Brien: Me alegra esto que me dice. Ésa es mi esperanza. La verdad es que Dios ya derrotó al antiguo enemigo de la humanidad con la muerte de Cristo en la Cruz y su posterior Resurrección. Los frutos de su victoria sobre el mal aún no se han completado, y Él nos dijo que ello no sucedería hasta la consumación de los tiempos. Así que a nosotros nos queda la batalla final, una "Pascua" final que la Iglesia debe pasar antes de la restauración de todas las cosas en Cristo. Sugiero a los lectores que estudien devotamente los epígrafes 675 y 677 del Catecismo de la Iglesia Católica. 

--Uno de los puntos fuertes de La última escapada es la descripción de caracteres: mujeres y hombres normales sometidos a una enorme presión, que deben tomar decisiones que les sobrepasan y que marcarán el resto de sus vidas. ¿Esa tensión es inherente a la naturaleza humana, o constituye un lastre específico del hombre moderno? 

--Michael O'Brien: Es propia de todos los hombres en todos los momentos de la historia. Siempre es un desafío para el hombre integrar amor y responsabilidad. Y en un tiempo de máxima tensión, eso se hace extremadamente difícil. 

--Porque interfiere ese poder ideológico e invasivo que citaba antes... 

--Michael O'Brien: Claro. El Estado no puede atribuirse los derechos de las familias sin dañar gravemente los verdaderos fundamentos de la sociedad. La familia no puede abandonar sus responsabilidades sin causar un grave daño a los hijos. Una democracia auténticamente humana no puede sobrevivir mucho tiempo si no respeta la conciencia y los derechos de la familia, y el derecho de todo ser humano a la vida desde la concepción a su muerte natural. Si viola estos derechos, el Estado se convierte en un instrumento de destrucción para su propio pueblo. 

--Pero ¿por qué esos nuevos tiranos tienen tan buena fama? 

--Michael O'Brien: Ha habido muchos tiranos a lo largo de la historia, que han puesto en marcha muy diversos planes ideológicos. Pero a esos tiranos casi siempre se les reconocía como tales. La forma más peligrosa de totalitarismo es, sin embargo, aquella que se presenta a sí misma como benéfica y salvadora. Es la más difícil de derrocar, porque nunca se revela completamente como es. En ese entorno psicológico-espiritual, la persona "normal" tiene grandes dificultades para comprender la realidad del mundo que le rodea. En tiempos complejos y de máxima tensión, es más cómodo vivir negando los hechos. Es más cómodo no luchar. Es entonces cuando se nos programa para ceder cada vez más ante el espíritu del mal. 

--Nathaniel Delaney, el protagonista de La última escapada, eligió luchar. 

--Michael O'Brien: En mi novela cuento la historia de un hombre "normal", herido y debilitado por la vida pero que gradualmente comienza a despertar. Y al despertar, aprende a sacrificarse y a sufrir por los demás. Es así como descubre su propia humanidad. Encuentra la alegría en un lugar donde no hay alegría. Lo pierde todo, pero gana mucho más. 

--¿A qué modelo responde Nathaniel? ¿Es un héroe? ¿Un mártir? ¿Un fanático? ¿Un hombre normal que afronta sus responsabilidades? 

--Michael O'Brien: Nathaniel es un hombre como cualquier otro. Héroe a su pesar, pecador, desencantado, busca el amor en medio de una ecología social donde reina el miedo. Sólo el amor y la fe le sostienen, porque a su alrededor la sociedad ha fracasado, y él también ha fracasado personalmente en muchos sentidos. Es un hombre que en el pasado hizo muchas concesiones, un católico tibio, que tomó decisiones equivocadas en su vida. Es orgulloso, y también débil. Pero en lo más íntimo de su corazón busca el bien y la verdad. Cuando se ve ante una terrible elección, ante la que será la mayor prueba de su vida, comprende que él es más de lo que pensaba ser. Encuentra la verdad sobre sí mismo.

 --Y ¿cuál es la verdad sobre Michael O'Brien? Porque es usted un hombre polifacético: novelista, autor de ensayos y obras de pensamiento, periodista, pintor... ¿Cuál es su vocación genuina y original?  

--Michael O'Brien: Mi vocación genuina y original es la de ser un hombre casado, marido y padre de seis hijos, y ahora abuelo. En cuanto a mi trabajo, soy, en primer lugar y sobre todo, pintor de arte religioso. Con ese oficio alimenté a mi familia durante treinta años. Escribir vino después, a partir de mis primeros ensayos sobre la fe y la cultura. Luego edité durante siete años una revista familiar católica, y en ese tiempo escribí mi primera novela (El padre Elías), a la que siguieron otras. 

--¿Qué ha descubierto trabajando en áreas tan distintas? 

--Michael O'Brien: Viviendo todas esas vocaciones aprendí que lo fundamental es combinar la oración con un intenso trabajo para mejorar mi técnica como artista y escritor. Alterno mi tiempo entre pintar y escribir novelas. En los últimos años he ido abandonando el ensayo y el periodismo. Cuando estoy escribiendo un libro, no pinto. Cuando pinto, no escribo. Mi obra escrita me ha ayudado en mi trabajo visual como pintor. Y mi pintura me ayuda a ver con nuevos ojos mi escritura. 

--Es curioso que incluya la oración como parte de su trabajo. 

--Michael O'Brien: La vocación al arte cristiano es algo sagrado. Es una vocación, no una profesión. Es una misteriosa relación de co-creación, y por eso la pintura y la escritura católicas, todas las artes, deberían empezar así: con nosotros, los artistas, de rodillas, implorando la gracia. Ése es el fundamento que permite dar buenos frutos en este mundo. Ése es el único principio para un auténtico renacimiento.

 

Por Enrique R. Saavedra 

  


 

«Cinco hijas religiosas»

 

Oración de un matrimonio, reo de familia numerosa… y de 5 hijas monjas de clausura

Han tenido que soportar la incomprensión de muchos, pero hoy pueden volver la vista atrás y dar gracias a Dios por una vida matrimonial y familiar plena. En la Seguridad Social, quisieron convencerles para someterle a ella a una operación de ligamiento de trompas, y les echaron, al insulto de integristas. Muchos tampoco entendieron que permitieran a su hija Esther hacerse monja de clausura… Éste es el testimonio-oración que ofrecieron el matrimonio Ripoll, del Camino neocatecumenal, y su hija Elena, durante la celebración del Corpus Christi en Madrid presidida por el cardenal Rouco

 

Inma:
Cuántas veces te he preguntado: «¿Qué quieres? ¿Por qué nos envías tantos hijos? ¿Por qué el paro? ¿Por qué el cáncer del niño?» ¡Qué difíciles fueron los embarazos de los siete! Cinco nacieron por cesárea. Y cada uno venía con un sufrimiento añadido, porque nos atacaban: en la familia, en el trabajo… Incluso en ambientes que se llaman cristianos, nos atacaban los médicos...

 

Jano: Señor, en cada nuevo embarazo había médicos que me trataban como si fuera un asesino, y me preguntaban: «¿Otra vez por aquí? ¿Pero usted qué es lo que quiere, matar a su mujer?» Y nos echaron de la Seguridad Social porque nos negamos a firmar un papel autorizándoles a ligar las trompas a Inma. Nos llamaron integristas y no sé cuántas cosas más. Al final, acudimos a un ginecólogo con sentido cristiano, y decidimos seguir Tus planes, aunque –perdónanos, Señor– a veces tampoco nosotros los entendíamos. Seis chicas y, por último, un chico. No me los esperaba, y me asombraban Tus planes.

 

Inma: Nuestros hijos fueron creciendo. Los problemas de pañales se convirtieron en rebeldía. Una de nuestras hijas, Esther, cuando estudiaba Enfermería, pasó por unos momentos difíciles. Le aconsejamos que fuera unos días de descanso a la hospedería de un convento de clausura.

 

Antes de irse, nos dijo que iba con la intención de demostrar a las monjas que Dios no existía: ¡que Tú, Señor, no existías! Y pocos meses después, no sólo te encontró, sino que decidió hacerse monja y   entrar en el convento de las clarisas de Lerma.

 

Jano: ¡Y se montó de nuevo el escándalo! «¿La vais a dejar ir, ahora que está en la plenitud de la vida? ¿Estáis locos?» Pero aunque a mi mujer y a mí nos costaba mucho, nosotros sabíamos, Señor, que ésa era una nueva forma que tenías de bendecirnos. Año y medio después, Esther tomó el hábito.

 

Inma: Ese día, durante la ceremonia, mis hijas Raquel y Berta encontraron la respuesta. Pusieron nombre al anhelo más profundo de su corazón y decidieron seguir el mismo camino. Y tras el discernimiento oportuno, poco tiempo después, ya teníamos tres hijas monjas de clausura. ¡Se dice pronto, Señor! Nuestra hija Inma estaba en Uruguay, haciendo un voluntariado, y se iba enterando de todo esto por teléfono. Volvió para la entrada de Raquel en el convento…, y su corazón reconoció que también ése era su sitio. Pidió consejo espiritual, y un sacerdote le dijo: «Lo mejor es que te vayas a tomar el Sol». Ella entendió, y se fue a tomar el Sol ante el sagrario, donde estás Tú, el Sol del mundo, el que da la verdadera luz, el calor y el color a nuestras vidas.

 

Jano: Y también decidió ingresar en el convento. Esto parecía de risa. ¡Cuatro hijas monjas de clausura! Y más incomprensión a nuestro alrededor. ¡Cuántas horas pasamos frente a Ti, en la Eucaristía! Han sido años muy duros, vividos también con mucho gozo. Pero no acaba ahí la cosa. Nuestra hija Elena ha terminado, la semana pasada, la carrera de Magisterio Infantil, y el sábado que viene ingresa en el convento. Al final, nos vamos a quedar con la parejita, con Mar y con Alejandro, que están aquí hoy dándote las gracias.

 

Inma: Señor, nos cuesta mucho, pero nos sentimos profundamente agradecidos por el don maravilloso de tener 5 hijas entregadas a Dios. Sabes que éstos no eran nuestros planes. Queríamos que se casaran y soñábamos con tener un montón de nietos. ¡Pero son las mujeres más felices del mundo! Llama la atención. María nos enseña a entregártelas de nuevo todos los días.

 

Jano: Y ahora, Señor, ¿qué hacemos con la furgoneta? ¿Qué hacemos con la casa, que antes era pequeña y ahora se nos ha quedado tan grande? Pero dice el salmo: Me encanta mi heredad, ¿cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?

 


 

 «Que muchos jóvenes te digan Sí»

A pesar de haberte negado tantas veces. Una semana de entrar en el convento, sólo puedo decirte lo mismo que mis padres: ¡gracias! Gracias por haberte fijado en mí,  Te agradezco de corazón los padres que me has dado y la fe que me han transmitido. Sé que vas a cuidar muy bien de ellos y de mis dos hermanos Mar y Alejandro. Bendícelos siempre. En esta tarde del Corpus, te pido, Señor, por todos los que están sufriendo las consecuencias de la crisis económica y moral que estamos sufriendo. Cuánto dolor, cuánto paro, cuántas situaciones difíciles. Te pido también especialmente por las jóvenes y los jóvenes a los que quieres tocar el corazón; para que, ante el miedo de la llamada, sean valientes y respondan con generosidad a la vocación, a tu grito de Amor. Que sean muchas y muchos los que te digan Sí.

Elena Ripoll - Alfa y Omega Nº 647 - jueves 25.06.2009

   


 

Teresita Ramírez perdió a toda su familia pero no perdió la fe

En un accidente de tránsito murieron su esposo, sus cinco hijos y varios familiares

MEDELLÍN, martes, 28 julio 2009 (ZENIT.org).- Para Olga Teresita Ramírez, la vida cambió totalmente el pasado 15 de junio al ser la única sobreviviente de un accidente de tránsito en el que perdió a su esposo, sus cinco hijos, su suegro y tres cuñadas.

Transcurrido un poco más de después de  esta tragedia, ella ha conservado su entereza y sus deseos de seguir viviendo. Una fortaleza que viene de lo alto. Una fe que transmitió siempre a los suyos: "Esa fe y el amor a María lo tengo desde que estaba muy pequeña", dijo en diálogo con ZENIT.

Una peregrinación que llegó a la eternidad
La familia Ortiz Ramírez vivía en el municipio de La Ceja, población de cerca de 50 mil habitantes, ubicada  hacia el noroccidente de Colombia, a 41 kilómetros de Medellín.

Aprovechando la temporada de vacaciones, habían planeado una peregrinación a una localidad llamada Buga, ubicada en la región del Valle del Cauca, cerca al mar pacífico colombiano, donde está situado uno de los santuarios más importantes de este país: el del Señor de los Milagros.

Diego, el esposo de Teresita le había prometido el año pasado visitar con su familia el lugar, conocido también como el "Milagroso de Buga", para pagar una promesa.

Al viaje se unieron Alfonso, el papá de Diego y tres de sus hermanas: Virgelina, Marta y Ana. Eran doce los peregrinos, (incluyendo a Fernando el conductor, quien también murió) quienes partieron a las 6:15 de la tarde en un pequeño bus que decidieron alquilar. Tenían estimado llegar a Buga a la madrugada del día siguiente.

 A mitad de camino, el bus tropezó con un árbol y cayó a un barranco que daba al Río Cauca, el segundo río más grande de Colombia. Teresita logró salir del vehículo y quedó atrapada por las piedras del barranco a las que se sostuvo fuertemente. "¿Quien quedó vivo?", preguntaba la mujer. Nadie le respondía.

En ese momento se dio cuenta de que había sido la única sobreviviente del accidente. Era tal la oscuridad que no lograba ver los restos del vehículo. Solo sentía la corriente del caudaloso río que se lo llevó inmediatamente.

Al escuchar la fuerza de las aguas del Cauca se preguntaba "¿me lanzo?, total no sé nadar y así me voy con mis seres queridos...".

Confesó, en diálogo con ZENIT que a veces deseaba que la picara una serpiente para no vivir el resto de su vida con la honda pena de haber perdido a toda su familia.

Pero luego, entró en la realidad. Pensó en la Madre de Dios, y decidió dialogar con ella hasta esperar que alguien la lograra rescatar: "María, si tú me dejaste acá después de tener un esposo y cinco hijos, tu dirás para qué me necesitas", le dijo a la Virgen.

Sosteniéndose con las piedras de barranco, en medio de una fuerte lluvia, Teresita permaneció durante cuatro horas, esperando ser rescatada. Cada vez que escuchaba ruidos daba gritos de auxilio. Confiesa que fueron cuatro horas las que estuvo allí donde aprovechó para mirar hacia el pasado, agradecer a Dios por la familia que había tenido y para ver que como madre y esposa no tenía remordimientos.

Así Teresita logró ver una luz y descubrió la salida del barranco. Por allí subió para pedir ayuda a unos trabajadores que se encontraban en la carretera. Minutos después llegaron las ambulancias y la policía para comenzar  la búsqueda y el rescate de los cuerpos sin vida de sus familiares.

El sepelio común de los seres queridos de Teresita, se realizó tres días después del accidente. Asistieron decenas de miles de personas de La Ceja y de sus alrededores. La eucaristía fue celebrada por el obispo de la diócesis de Sonsón-Rionegro, monseñor Ricardo Tobón, quien dijo en su homilía aseguró que los miembros de esta familia "iban a un santuario con el corazón lleno de gratitud. Estaban en comunicación con Dios y así terminaron su peregrinación en un encuentro con Él".

Una familia que la espera en el cielo
Teresita asegura que la fe en Dios y el amor a María Auxiliadora es lo que cada día la llena de fuerzas para afrontar la anuencia de su esposo y de sus hijos. También el amor que siempre recibió y entregó en su familia durante estos 18 años de matrimonio.

Así mira con algo de melancolía y a la vez con sentido de gratitud la vida de los seres que más quería: su esposo, Diego, y sus hijos Paola, la mayor de 16 años, Diego Alejandro de 14, Sarita de 12, Carlos Mario de 10, y Mateo el menor con siete años.

Cada día lucha por vencer la tristeza repitiéndose la frase que decía San Juan Bosco, uno de sus santos preferidos "La santidad consiste en estar siempre alegres".

"Mi matrimonio no fue perfecto. Tuve muchas dificultades. Pienso que valió la pena soportarlas. El amor todo lo soporta, por eso ahora estoy fuerte", confiesa Teresita.

"Los niños eran muy cariñosos con nosotros, el papá era muy dedicado. Todo su tiempo libre era para ellos. La Navidad era hermosísima. Mi esposo hacía el pesebre con todos, y le ponía mucho amor. Hacíamos la Novena al niño Jesús y venían entre 35 y 40 niños. Era como algo mágico. En la última Navidad, Diego nos había comprado un árbol hermoso".

Recuerda que Paola su hija mayor estaba por terminar el colegio, donde siempre fue una gran líder y pensaba hacerse religiosa salesiana. Quería hacer un voluntariado en enero para discernir si era ese su llamado.

"Hace poco vi su billetera y me di cuenta de que tenía un adhesivo que decía 'Cristo, alimento de mi alma'", cuenta Teresita.

Paola era a la vez muy alegre y pícara. Trabajaba en la catequesis de la parroquia. El pasado mes de mayo le hizo un altar a la Virgen que decía: "María, ven y guía mis pasos". Lograba reunir a toda la familia para que oraran juntos.

"Diego Alejandro era más imperativo y rebelde, el que más líos me trajo en los colegios", confiesa Teresita. "Pero siempre me decía que me quería y cuando reaccionaba bruscamente tenía la humildad de pedir perdón".

"De Sarita, nunca recibí una queja. Era muy tierna, me decía: 'Mami, dame un abrazo, que cuando me abrazas yo me siento tranquila. Yo tengo la mamá más linda del mundo. No de La Ceja sino del mundo", recuerda Teresita.

Cuenta que Carlos Mario era el más serio pero también el más detallista y agradecido con lo que le daban. "Era el más ordenado con su cajón y su ropa. También era el más sincero"

Mateo, el menor, tenía siete años. "Era el amor, era un niño muy alegre. Le encantaba el fútbol, era muy sociable, le gustaba compartir con los niños, estaba pendiente de las profesoras. Me adoraba y me decía: 'yo no podría vivir si tú te mueres'", cuenta su madre.

Los sacerdotes salesianos de La Ceja que siempre tuvieron una estrecha amistad con Teresita, decidieron viajar al santuario del Señor de los Milagros a pagar la promesa que quiso y no pudo, pagar la familia Ortiz Ramírez.

Teresita no sabe aún a qué se dedicará, ya que su vida estaba totalmente volcada a su familia. Ha recibido propuestas de trabajo y becas de estudio en Bogotá, pero ella no quisiera abandonar su pueblo. Tiene a sus padres vivos y regresó a vivir con ellos. Tiene once hermanos que están pendientes de ella y la acompañan.

Uno de ellos asegura que la historia de Teresita es como la de Job, quien al perderlo todo dijo: "el Señor me lo dio, el Señor me lo quitó". Ella se ríe y dice "el hecho de que esté fuerte no quiere decir que sea santa".

En La Ceja muchos se preguntan qué ha hecho esta mujer para estar de pie ante este inmenso dolor. Visitó al psicólogo y al psiquiatra. quienes aseguran que de salud mental está perfecta.

Y mientras tanto... Teresita observa las fotos de sus seres queridos, mira al cielo y asegura: "Allá están ellos, falta ver cuando será el día en que todos nos vamos a reunir".

Por Carmen Elena Villa

   

Las confesiones del cardenal John P. Foley

El purpurado comparte recuerdos de su vocación 

ROMA, 18 de agosto de 2009 (ZENIT.org).- Para el cardenal estadounidense John P. Foley, no hay nada más importante en la vida que enseñar a la gente quién es Jesús y ayudar a crecer en su cercanía. 

En pleno Año Sacerdotal, el gran maestre de la Orden Ecuestre del Santo Sepulcro de Jerusalén se ha sentado con ZENIT para reflexionar sobre su vida como sacerdote. 

El antiguo presidente del Consejo Pontificio para las Comunicaciones Sociales reconoce el ejemplo de sus padres y de sacerdotes que ha conocido, como instrumento fundamental para descubrir su vocación, pero también destaca dos eventos claves de su vida. 

"Yo entré en el seminario dos veces: una después de la enseñanza secundaria y otra, después de la universidad", explica. 

Y continúa: "En mi último año de secundaria, durante la Navidad, fui a nuestra iglesia parroquial y me arrodillé frente a la cuna". 

"Dije: 'Señor, Tú me has dado todo lo que tengo --mi vida, mi familia, mi fe, una educación muy buena-- y yo quiero devolvértelo todo'", recuerda. 

De esta manera, al final de ese año, el joven entró en el noviciado jesuita. Tras varios meses, se dijo a sí mismo: "Creo que sería más feliz como sacerdote diocesano". 

John Foley dejó entonces a los jesuitas y acabó su carrera de Historia en la Universidad de San José, en Filadelfia, Pennsylvania. 

Hubo algo "crucial" en este momento --explica--: hacer voluntariado y dar catequesis a niños con minusvalía mental. 

El cardenal recuerda: "Tenía seis niños en esa escuela a los que enseñaba el catecismo; la Hermana superiora vino y dijo: 'Bien, niños, ¿os gusta el señor Foley?'". 

"Un chico respondió: "¡No! ¡No! Amamos al señor Foley!" 

"Pensé que era una maravillosa distinción realizada por un chico con minusvalía mental", recuerda. 

Y continúa: "Ella dijo: "¿Por qué amáis al señor Foley?". 

"Él dijo: 'Amamos al señor Foley porque nos enseña sobre Jesús --añade--. Y yo pensé: 'No hay nada más importante en la vida que enseñar a la gente sobre Jesús y llevarles a Jesús'". 

"Esto solidificó mi vocación al sacerdocio", reconoce. 

El cardenal Foley destaca: "Pienso que fue providencial que tuviera que dejar el seminario la primera vez y estudiar en la universidad, donde tuve una muy buena educación y también una muy buena experiencia en el trabajo apostólico". 

Además de catequista, participó activamente en las Congregaciones Marianas, en el club de debate, el gobierno estudiantil, incluyendo un periodo como presidente de la asociación de estudiantes, y el coro.  

Entró en el seminario diocesano al final de su último año de universidad y fue ordenado sacerdote cinco años después.

Apoyo familiar

El cardenal confiesa: "No he tenido nunca un día infeliz siendo sacerdote, he amado el sacerdocio". 

También destaca la función de su familia como apoyo a su vocación sacerdotal y afirma que sus padres "nunca dijeron: 'Deberías ser sacerdote?; ni tampoco pusieron ninguna objeción cuando dejé el seminario o volví a entrar". 

"Ellos siempre apoyaban lo que yo decidiera hacer --afirma--. Eran maravillosos". 

También recuerda la contribución de una hermana religiosa que le dio una copia de "Imitación de Cristo" cuando todavía estudiaba en la escuela. 

El cardenal subraya que lo leyó durante toda la etapa de educación secundaria y todavía conserva el libro, que sigue leyendo y meditando. 

Tras 47 años de sacerdocio, sostiene que las principales dificultades contra las que lucha pertenecen a la cultura, que "parece ser cada vez más secularizada". 

"Es más difícil llevar un mensaje espiritual a la gente hoy -opina--, ya que quizás no están tan abiertos como antes". 

También --añade-- las dificultades físicas se multiplican "a medida que nos hacemos mayores". 

Nacido en un suburbio de Filadelfia en 1935, cumplirá 74 años en noviembre. 

La edad "te hace más lento y no puedes hacer todas las cosas que te gustaría poder hacer", reconoce. 

Sin embargo, añade, San Ignacio nos enseña en sus Ejercicios Espirituales que "debemos entregarnos a Dios en la salud y en la enfermedad, en la pobreza y en la prosperidad". 

"Por tanto, debemos ser indiferentes en este sentido y limitarnos a usar todo para mayor gloria de Dios", pide. 

Y explica que éste es su lema episcopal: "ad maiorem Dei gloriam: para mayor gloria de Dios".

Momentos memorables

A pesar de las dificultades naturales que surgen, destaca el cardenal, ha habido algunos grandes momentos en su sacerdocio. 

Recuerda que sus mejores momentos están asociados con los dos pontificados bajo los que ha podido servir en Roma. 

El purpurado destaca especialmente los viajes con el Papa Juan Pablo II en 1979 a Polonia y a los Estados Unidos, así como las visitas con Benedicto XVI a Tierra Santa y a los Estados Unidos, el año pasado. 

Añade que otro punto culminante de su ministerio sacerdotal es el trabajo que ha realizado durante 25 años como comentarista para una red de televisión estadounidenses en las ceremonias papales en Navidad, Semana Santa y Viernes Santo. 

"Es un camino de evangelización --explica-- dar a conocer a la gente lo que está pasando en la liturgia, para que puedan apreciar el culto católico" y "otros puedan introducirse en lo que creemos y en cómo trabajamos como católicos". 

También, añade, ayuda a los católicos a "apreciar mejor la misa y la devoción católica". 

Como sacerdote, confiesa el cardenal Foley, "he tenido momentos especiales de consuelo ayudando a la gente a vivir su matrimonio o recibiendo a personas en la Iglesia". 

En concreto le emociona el caso de "un compañero de clase en la universidad de Columbia quien pidió hace años convertirse al catolicismo; era judío, un judío no practicante". 

"También muchas de las personas con las que había debatido cuando estaba en la universidad, y con las que había discutido sobre teología, decidieron finalmente convertirse al catolicismo", añade. 

"Esos son grandes momentos de consuelo personal --reconoce--: ser capaz de ayudar a compartir mi fe con otros y esperar que ellos reciban el don de la fe".  

[Información de Mercedes de la Torre, redactada por Genevieve Pollock y traducida del inglés por Patricia Navas

 

 

 

Una mujer en silla de ruedas vuelve a caminar tras visitar Lourdes
La Razón
Una mujer italiana que estaba en silla de ruedas ha vuelto a caminar después de bañarse en una de las piscinas milagrosas del santuario de la Virgen de Lourdes (Francia). Antonietta Raco, de 50 años y natural de una localidad situada en la provincia de Potenza, al sur de Italia, padecía esclerosis lateral amiotrófica desde 2005, una enfermedad «en la que no creemos que sea posible la mejora ya que ataca a las neuronas de forma irreparable», ha explicado su neurólogo, Adriano Chi. El pasado 1 de agosto, Raco visitó Lourdes, donde se bañó en una de las piscinas milagrosas y sintió una voz femenina que le decía «ánimo», según ha relatado a los medios italianos. Raco pensó que se trataba «de un signo de que empeoraría aún más» pero después sintió «como un abrazo y un fuerte dolor en las piernas» y comprendió «que algo estaba ocurriendo». El 5 de agosto de regresó a su casa escuchó la misma voz que, según explica la mujer, «me decía que contara a mi marido lo que había sucedido. Entonces lo llamé y delante de él me levanté y caminé a su encuentro. Desde entonces, no me he sentado en la silla de ruedas. Sólo la primera vez que salí porque, antes de mostrarme ante todos, quería consultar con el párroco», declara. Se trata «de un fenómeno científicamente inexplicable que yo mismo trataré de desarrollar», señaló, por su parte,el doctor Chi, quien cuenta cómo cuando visitó a la enferma el pasado mes de junio, ésta «no podía caminar, sólo levantarse de la silla y permanecer de pie pero apoyada. Ahora camina normalmente y sin cansarse». «No he visto jamás un caso como éste», confiesa.

 

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