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En la URSS te fichaban si pedías un libro de Dostoievsky en la biblioteca
El combate de la oración, según el cardenal Schönborn
Su sueño era matar a su padre
El hermano Eustaquio Kugler
La aventura de Gérard Thénezay
Las confesiones del cardenal hondureño Óscar Andrés Rodríguez Maradiaga

Diecinueve años en coma

De México a Tecotutla
Ana llegó con la nieve
Gracias por nacer

 

«En la URSS te fichaban si pedías un libro de Dostoievsky en la biblioteca»

La Razón

Tatiana Kasatkina dirige la comisión de estudios sobre Dostoievsky de la Academia de la Ciencia Rusa, el mayor órgano cultural de este país. «Mis padres eran bautizados, pero no creyentes; mis abuelas eran creyentes, pero nunca me hablaron de Dios porque estaba prohibido. Pero yo a los cinco años ya creía que Dios existía y que era bueno, como una madre», explica. «No pude hablar con nadie de esto, ni leer sobre Dios, hasta que a los once años leí  “El idiota”, de Dostoievsky, y me confirmó lo que ya sospechaba, que la realidad habla de una realidad más profunda».

Un autor bajo vigilancia

El genial autor de «Crimen y castigo» sufrió una cuarentena cultural bajo el dominio comunista. «Siempre lo mantuvieron fuera de las lecturas y estudios escolares. En los últimos años lo mencionaban algo, pero sólo por sus libros sobre pobres y miserables», explica Kasatkina.

«Si pedías un libro suyo en las bibliotecas, había orden de apuntar tu nombre en una lista especial. Se desaconsejaba activamente su lectura. Hasta 1956 no se volvió a reeditar nada suyo. Y tiene lógica. En 1972 empezaron a reeditarse sus obras completas, que se acabaron en 1990... justo cuando se hundió el comunismo. Creo que no fue una casualidad», señala la académica. Según Kasatkina, «si desapareciera toda la cultura rusa, pero quedaran las obras de Pushkin y las de Dostoievsky, podríamos salvar todo el entramado de  la Rusia cristiana».

Así salva la belleza

Es conocida la provocadora frase del escritor: «La belleza salvará al mundo». Se refiere, dice Kasatkina, a que «cuando vemos algo bello, queremos compartirlo, anunciarlo a otros, extenderlo y difundirlo; además, Dios hizo el mundo, hay belleza en él, y esto debe decirse, porque es verdad. Por otra parte, la belleza busca unir a las personas para la contemplación. Incluso cuando está oculta. Dostoievsky nos enseña a buscar la belleza y la verdad en el enfermo, en el loco, el débil, el borracho, algo que es muy paradójico y muy cristiano. Enseñaque toda persona es imagen de Dios, y que además es una boca por la que Dios nos habla».

 

El combate de la oración, según el cardenal Schönborn

ARS, jueves, 1 octubre 2009 (
ZENIT.org).- “Es una grave herida en el Cuerpo de Cristo que las iglesias tengan las puertas cerradas”, observó el cardenal Christoph Schönborn, op, arzobispo de Viena, que dió este miércoles su tercera meditación sobre el tema “Oración y combate espiritual”, en el retiro sacerdotal internacional en Ars, en el marco del Año Sacerdotal.

El combate por excelencia, afirmó, es el “combate de la oración”, pero el combate de la oración “es también la cuestión del lugar de la oración”.

El cura de Ars, instruyendo a sus parroquianos, exclamaba mirando al tabernáculo: “¡El está ahí, está ahí!”. Esta es para nosotros, subrayó el predicador, una “invitación constante a aprovecharnos de ello”.

Sin embargo, reconoció, “en Austria, mantenemos una lucha constante para conservar nuestras iglesias abiertas, accesibles a los fieles y a los otros que buscan, pues es una grave herida en el Cuerpo de Cristo que las iglesias tengan las puertas cerradas”.

“Haced todo lo posible, y lo imposible –recomendó el cardenal Schönborn--, para permitir a los fieles y a las personas que buscan a Dios –y que Dios espera- tener acceso a Jesús en la Eucaristía: ¡no cerréis las puertas de vuestras iglesias, por favor!”.

“¡No lo comprendo –insistió el arzobispo de Viena--, esto no es soportable! Mucha gente no va ya a misa, es demasiado complicado para ellos, no saben más, esto se les ha hecho extraño, pero se constata una cosa: vienen a la iglesia si está abierta, para encender una vela, sí, o la abuela viene con sus nietos, no van a misa pero vienen a encender una vela ante la Virgen que les acogerá. ¡Dejemos nuestras iglesias abiertas!”.

Y añade: “¡No es malo que el sacerdote sea sorprendido en flagrante delito de oración ante el tabernáculo!”.

El cardenal austríaco confió a sus hermanos sacerdotes del mundo entero este recuerdo de infancia: “En Vorarlberg, por la tarde, había una luz en la iglesia: era el señor cura que rezaba allí. Esto quedó grabado en mi memoria”.

Y concluyó: “El combate de la oración es verdaderamente el combate de nuestra vida”.
 

 

 

El mundo del revés: ¡Matar es un derecho! 

Por monseñor José  Ignacio Munilla, obispo de Palencia

PALENCIA, sábado, 3 de octubre de 2009 (ZENIT.org).- Publicamos el artículo que ha escrito monseñor José  Ignacio Munilla, obispo de Palencia, con el título "El mundo del revés: ¡Matar es un derecho!".

 El jueves 24, fiesta de la Virgen de la Merced, tuve la gracia de visitar el Centro Penitenciario de Dueñas (Palencia), donde celebré la Eucaristía con un numeroso grupo de cientos de presos, en honor a su Patrona. Uno de ellos, de nombre Manuel, compartía conmigo la dura experiencia de su vida, en presencia de otros reclusos. No olvidaré su rostro ni sus palabras: "Mire usted, a mí me pasó una cosa muy simple: Empecé por matar a Dios, borrándolo de mi conciencia; para luego continuar agrediendo a mi familia, a mis amigos y a todos los que se cruzaban en mi camino, y ya no me detuve ni ante el respeto debido a la vida misma".

      ¡Me sentiría yo mucho más seguro en una nación gobernada por Manuel, que por alguien que sostenga que matar a una criatura en el seno materno, es un "derecho"! ¡Me fío mucho más de quien ha tocado fondo en la vida, por muy bajo que haya caído, y que ha hecho la experiencia humilde del retorno a la sensatez; que de aquel otro que se cree que va a reinventar una nueva civilización, y se muestra seguro en la soberbia de su ideología! 

      Oídos sordos a la razón 

      En la sesión extraordinaria del Consejo de Ministros realizada el sábado, día 26, se ha aprobado el Proyecto de reforma de la Ley del Aborto, en el que se propone una mayor liberalización de este crimen, llegando a la aberración de considerarlo como un "derecho". Se trata de pasar de la actual "despenalización" de un mal, a su consideración como un bien.

      La razón de ser de esta iniciativa es doble: una es la puramente ideológica (tengamos en cuenta que en España ya padecemos, en la práctica, el aborto libre); y, la otra, la tutela de las clínicas abortistas, para que el fraude generalizado que cometen actualmente, pueda tener amparo legal.

      ¿Qué otras razones podrían esgrimirse para justificar esta decisión política? Es conocido que en España estamos ante un auténtico invierno demográfico, y que el aborto es la principal causa de mortalidad. Más aún, España es el país de la Unión Europea que ha incrementado en los últimos diez años el número de abortos en un mayor porcentaje, con un 126%. A gran distancia le sigue Bélgica con el 36% de aumento y Holanda con un 26%. Mientras que Italia ha disminuido en un 9,71%, Alemania, en un 10,71%, y Polonia ha disminuido un 89,31%.

      En consecuencia, no parece que puedan argüirse razones de política demográfica. España necesita urgentemente españoles, y la solución propuesta es... ¿¿otorgar el derecho de eliminarlos?? La única explicación para esta sinrazón es la puesta en práctica de un ideario de ingeniería social, donde el aborto es esgrimido como una bandera del feminismo... Y, sin embargo, cada vez constatamos con más frecuencia que la madre no es sino la segunda víctima del aborto. Más aún..., cuando el feto abortado es de sexo femenino, ¿dónde quedan los derechos feministas de esa "nueva mujer"?

      Con la claridad y la transparencia que le caracterizaban, decía la Madre Teresa de Calcuta: "El más grande destructor de la paz es el aborto porque, si una madre puede matar a su propio hijo, ¿qué nos queda a nosotros, matarte a ti y tú matarme a mí? ¡No nos queda más que eso!". Sus palabras han resultado proféticas, habida cuenta de que el incremento del número de abortos en España, ha ido en paralelo al aumento de los índices de criminalidad, como es el caso de la violencia doméstica.  
 
      El peor de los males 

      Pero no pensemos que el aborto mismo es el peor de los males, por mucho que se trate de la cruel eliminación de vidas inocentes. Todavía hay un mal que podría ser mucho más nefasto: me refiero al hecho de que la liberalización del aborto pudiera tener lugar sin resistencia social alguna;  sin que tal noticia tuviese la capacidad de sacarnos de nuestras preocupaciones cotidianas; sin que nuestra conciencia se sintiese conmovida. Si tal cosa sucediese, estaríamos ante la certificación de un mal inconmensurable: la muerte de la conciencia moral individual y colectiva, mucho más funesta que la misma muerte física.

      Afortunadamente, tenemos noticia de que cuarenta asociaciones han reaccionado con presteza, convocando una gran manifestación para el día 17 de octubre en Madrid. El lema de la convocatoria es: "Por la Vida, la Mujer y la Maternidad". La información necesaria podemos encontrarla en http://cadavidaimporta.org/. Confiamos en que esta iniciativa sea un signo del despertar moral de nuestra sociedad. No es hora de cruzarse de brazos, sino que tenemos el deber de actuar, de "dar la cara" en favor de la vida. ¿Si no lo hiciésemos por esta causa, por qué otra lo habríamos de hacer? 


 

Su sueño era matar a su padre

Quienquiera que seas, cualesquiera que sean tus heridas y tu doloroso pasado, nunca olvides, en tu memoria magullada, que te espera una eternidad de amor, junto al Big Boss -
Autor: José Alberto Lesso, L.C. | Fuente: www.buenas-noticias.org
 

Tim tenía tres sueños: Salir del correccional, convertirse en jefe de una banda y matar a su padre.

A los tres año s su madre lo ató a un poste eléctrico y se marchó para siempre. Su padre se encargaría de él. Sí, se encargaría de maltratarlo: Cuatro veces le rompió la nariz y, cuando tenía cinco años, le dio una paliza tan fuerte que lo mandó por dos años al hospital.

Durante este período nadie lo visitó en el hospital. Su único consuelo era un papel de regalo que el niño de la cama de a lado había tirado después de una visita. El papel tenía el dibujo de un tren con vagones llenos de juguetes y un oso de peluche.

«Lo escondí en los baños del final del pasillo y todos los días me arrastraba hasta allá (no podía andar) para ver mi papel a escondidas; me daba la impresión de que el osito me decía “¡Hola Tim!” y que me daba las buenas noches al final del día. Para mí, era la única visita. Ese papel me dio un poco de calor y suscitó en mí el deseo de volver a caminar. Gracias a ese esfuerzo para ver mi papel de regalo, aprendí a andar nuevamente».

Al salir del hospital, su familia no quiso hacerse cargo de él. Entró en un orfanato, en donde sufrió el maltrato y el desprecio de las personas encargadas de su cuidado y acabó en un hospital psiquiátrico por un error administrativo. De allí fue a parar a un reformatorio, donde aprendió a pelear y a odiar al mundo entero Sólo las ganas de matar a su padre le mantuvieron en pie, convertido ya en todo un delincuente de 12 años.

«Soñaba que habían metido a mi papá en una lavadora y que llegaba todo nuevo. ¡Tenía tantas ganas de un beso!, o de una mirada, un gesto; pero tristemente nunca llegó… Un día ya no tuve ganas de eso, tuve gan as de vivir para matarlo; y el odio me dio fuerza». Así lo cuenta Tim Guénard en su biografía Más fuerte que el odio.

Pero ¿qué fue lo que hizo cambiar esta vida que llegó a ser insensible al dolor y cuya única fuerza era la llama de la venganza?

Su odio lo convirtió en campeón de boxeo, pero un día el Big Boss lo noqueó. Para Tim, el Big Boss es Dios. Tim descubrió el amor en el prójimo: «Para los que no tienen cariño, ver a gente con amor es como mirar ese escaparate donde no se puede comprar. Sin embargo, puedes decir: “Pues yo algún día viviré de otro modo”». Y así comenzó su conversión.

A los veintiún años, abandonó su pandilla de compañeros de infierno y se unió a un grupo cristiano. «Ha sido un camino imprevisto en el que encontré a gente que dice en voz alta lo que tú piensas en bajito. Esa gente te da ambiciones, incluso sin que tú lo sepas. Por eso la mejor manera de ir en contra del destino es ir al encuentro de los demás; porque te dan ilusiones y te enseñan que la vida tiene otro paisaje».

El cambio no fue fácil: «Hoy me siento en forma, y dedico a Dios grandes declaraciones de amor, tomo buenas resoluciones Y mañana ¡me olvido de todo y vuelvo a caer!».

Pero en sus caídas, el orgullo insumiso, el campeón muy macho, el ombligo del mundo (como él mismo se describe) ya no estará sólo, ahora será sostenido por el abrazo y el amor de muchas personas, aprenderá a ponerse al servicio de los demás, a dejarse amar Descubrirá la belleza de la amistad, comprobará la eficacia de la oración y acabará casándose con su amada, Martine, teniendo como testigos a Dios y la Virgen María.

Actualmente Tim Guénard vive en el sudeste de Francia, cerca de Lourdes, ejerciendo de apicultor. Casado y con cuatro hijos, se dedica a ayudar a los que le necesitan. Acoge en su propia casa a personas sufrientes que necesiten amor. «Es muy importante que esos jóvenes vean que la vida no es una fantasía, que hay otro modo de existir, que cuando uno comete un error puede pedir perdón e intentar no volver a hacerlo».

Además de su biografía, la productora española INFINITO + 1 está produciendo un largometraje sobre su vida.

Tim derrotó al odio gracias a que descubrió la fuerza del amor; así nos lo dice él: «Quienquiera que seas, cualesquiera que sean tus heridas y tu doloroso pasado, nunca olvides, en tu memoria magullada, que te espera una eternidad de amor, junto al Big Boss».

Con datos de Alfa y Omega, 3 de septiembre de 2009

 


 

El hermano Eustaquio Kugler, miembro de la orden de San Juan de Dios

REGENSBURG, domingo 4 de octubre de 2009 (ZENIT.org).- Ni el miedo frente a la presión nazi ni el rechazo a las personas discapacitadas que se vivía en su país con el Nacionalsocialismo de Hitler pudieron apagar la intensa espiritualidad y el amor a los limitados físicos que tuvo el hermano Eustaquio Kugler.

La diócesis de Regensburg celebra su beatificación este domingo, en una ceremonia presidida por monseñor Angelo Amato, prefecto de la Congregación para la Causa de los Santos y enviado por el papa Benedicto XVI.

Hospitalario con los discapacitados

Su nombre de pila era José. A los 16 años, mientras trabajaba en una construcción, cayó de un andamio, a la altura de 4 metros y tuvo una distorsión en el pie y una herida que lo hicieron cojear toda su vida.

El hermano Kugler, (1867 – 1946) ingresó a los 26 años a la orden de San Juan de Dios, luego de haber entrado en contacto con esta comunidad durante la construcción de un hospital en Reichenbach (Alemania).

Durante casi toda su vida religiosa fue prior de diversas comunidades y de su Provincia religiosa. Cargo al que era reelegido por voluntad de los propios miembros de la orden de San Juan de Dios.

Tenía un gran sentido de la justicia y un talento para la organización. Bajo su mando estaban 16 hospitales con 2.500 personas asistidas. En 1929 se inauguró un magno hospital (masculino y femenino) con su iglesia en Regensburg, en honor a San Pío V.

Se preocupó que se atendieran principalmente a los pobres. Escribió los criterios para acompañar a los enfermos en los hospitales que se rigen en la actualidad. Aún con esta responsabilidad, pasaba las noches caminando por los pasillos del hospital velando por las necesidades de los enfermos, desde las más pequeñas.

“Los que trabajamos en el campo de la discapacidad sabemos que las personas se abren sólo con quienes tienen el corazón abierto hacia ellas. El hermano Eustaquio Kugler, fue un gran modelo de este enfoque”, afirma Ubli Doblinger, actual responsable de la pastoral del centro para personas discapacitadas de Reichenbach, en un video editado por Max Kronawitter.

Para el postulador de su beatificación, el hermano Félix Lizaso, Kugler vivió su llamado en medio de dos importantes pilares: “Una realidad existencial profunda en la comunidad, con una vida de fe y espiritualidad y una vida de entrega a los enfermos”, dijo en diálogo con Zenit.

Peligro nazi

Como muchas otras órdenes religiosas y la misma Iglesia, los hermanos de San Juan de Dios eran acechados por los nazis. También lo eran los mismos enfermos que ellos atendían. Muchos fueron deportados ya que los nazis los consideraban un tumor para la sociedad, pero el hermano Kugler puso todo su empeño por salvarlos de la cámara de gas.

El 17 de agosto de 1943 hubo un gran bombardeo sobre Ratisbona. Los alrededores del hospital fueron destruidos. En cambio, este centro de salud quedó intacto. “Podemos decir que aquí hay un santo, que nos ha salvado de la guerra y de las bombas”, decía un pastor evangélico.

Cuenta el padre Lizaso que un día Hitler pasó frente al hospital. Todos corrieron a asomarse a las ventanas para verlo. El hermano Kugler en cambio, no quiso mirarlo y decía a sus hermanos “nuestro Fuhrer vive ahí”, señalándoles el sagrario.

“Nunca iba a ningún sitio si no era con el rosario en la mano. Era un hombre muy recto. Con espíritu de oración, de recogimiento, de humildad”, asegura su postulador.

Sufrió mucho por la devastación nazi. Soportó más de 30 interrogatorios de la Gestapo. Fue tal su impresión que durante uno de estos cayó desmayado.

“Además de no delatar a ningún hermano, ni a otras personas, mantuvo gran silencio en su comunidad sobre los interrogatorios y trato recibido. Ni se quejó ni insultó a los policías” testimonia Lizaso.

Hubo hermanos que abandonaron la orden, deslumbrados por las ideologías nazis. Esto golpeó profundamente a Eustaquio. Pero guardando la calma, se refería a los nazis diciendo: “Esos árboles no crecerán hasta el cielo”.

“No era una persona de oficiales estudios teológicos, pero sí de una espiritualidad ascética profunda, una innegable vivencia mística por su vida interior y profundidad de fe, que acompañaba a sus actos en auténtica respuesta de amor a Dios”, asegura su postulador.

El hermano Kugler murió en 1946 de un tumor en el estómago. Han pasado más de 60 años después de su tránsito. Hoy sus hermanos, así como miles de fieles en Regensburg admiran de él su sencillez, su sabiduría y su espíritu de servicio.

[Por Carmen Elena Villa]


 

La aventura de Gérard Thénezay

«A Teresa no le rezo, porque la llevo siempre conmigo» nos dice Gérard Thénezay, sentado sobre una imponente moto Harley Davidson de 1340 centímetros cúbicos. Este «joven» de 63 años, originario de Maisons-Alfort (Francia) ha fundado los «motoristas teresianos», y como todos los años, él y los miembros de esta simpática «cofradía», no han faltado a su fiesta, el pasado primero de octubre, frente a la basílica de Lisieux.

Gégé, como es conocido entre todos, confiesa con cierto rubor, ser doble fan de una mujer y de una moto: Santa Teresa del Niño Jesús y su querida Harley Davidson. Sobre el parabrisas de su moto, luce el medallón de su santa preferida.

En una estación de servicio le preguntaban: «¡Qué hermosa! ¿Quién es?», «Mi hermanita pequeña» -respondía- «¡Felicidades!, ¿Cuántos años tiene?» A lo que este biker, con una sonrisa convencida que bro ta entre su tupida barba grisácea, añade: «Allá donde está no tiene edad. Ella es eternamente joven»

Razones no le faltan al bueno de Gégé, pues a la intercesión de esta pequeña santa se debe nada menos que su conversión: «Desde mi primera comunión, nada de nada. En plena oscuridad. Un amigo me aconsejó leer la Biblia, ¡yo que no leía nada!. Me sumergí en ella todos los días, durante meses. Fue muy duro. Hasta que llegué a san Pablo, y su himno de la caridad acabó por tumbarme por completo»

Y sigue diciendo: «Después me adentré a la vida de los santos: Padre Pío, Bernardete, etc. Pero cada vez que leía una cita o referencia de una tal Teresa, me sentía como atravesado por una flecha».

Refiriéndose en concreto a un parte de de «Historia de un alma» (La autobiografía de santa Teresa del Niño Jesús) Thénezay comenta emocionado: «Terminado de leer el prólogo -la agonía en la enfermería- , me pregunté de dónde venían estas gotas de mis ojos ¡Eran lágrimas!, ¡hacía cuarenta años que no lloraba!»

Quien perdió a su padre a la tierna edad de ocho años, reconoce haber encontrado el «amor de su vida», convencido que «Teresa me lleva a hacer las cosas por amor». Después vino el encuentro con un Hermano de San Juan (congregación francesa) con quien fue en moto a la Jornada Mundial de la Juventud, en París.

Al poco tiempo inició la fundación de los Motards thérésiens (Motoristas teresianos) con Guy Moreau en el 2003. Las actividades de esta pequeña y peculiar banda van desde peregrinaciones hasta viajes con jóvenes en dificultades, y conciertos ofrecidos para personas minusválidas de varias organizaciones, como la Fondation Anne-de-Gaulle.

«Los pequeños dan pequeños pasos» decía santa Teresita. Estos bikers, sobre sus reclinatorios plateados sobre dos ruedas, también toman pequeñas rutas, o mejor dicho, dos en concreto: «una mano dirigida hacia María, y la otra hacia Teresa»; hacia Lourdes o hacia Lisieux, donde este «jóven retirado», junto con sus compañeros, gusta de lijar y pintar de nuevo las rejas y las puertas de los Buissonnets, la casa donde vivió Teresa.

Ejemplos como el de Gérard Thénezay son de una ternura que conmueve a cualquiera, y que nos invitan a emprender el camino de la santidad con sencillez, con alegría, sin miedos, y dispuestos a regalar una sonrisa a quien está a nuestro lado.

Datos de Famille Chrétienne, nº 1654, del 26 septiembre al 2 de octubre de 2009.

 

 

Las confesiones del cardenal hondureño Óscar Andrés Rodríguez Maradiaga

Arzobispo de Tegucigalpa y presidente de Caritas Internationalis cuenta su vocación

CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 18 de octubre de 2009 (ZENIT.org).- "Soy un salesiano hondureño nacido hace 66 años en Tegucigalpa", así comienza sus "confesiones" el cardenal Óscar Andrés Rodríguez Maradiaga arzobispo de Tegucigalpa.

E inmediatamente después menciona el hecho que cambiaría decisivamente su vida: "entré a la Congregación Salesiana cuando tenía 16 años y ahí hice todo mi camino como educador, maestro, luego fui ordenado sacerdote en 1970".

Ahí nació y se desarrolló su vocación sacerdotal que ha compartido con ZENIT en la serie de testimonios que la agencia está recogiendo con motivo del año sacerdotal y que fueron inaugurados por el cardenal Tarcisio Bertone, secretario de Estado de Benedicto XVI.

"Posteriormente los superiores me destinaron a estudiar aquí en Roma, estudié Teología Moral, estudié también Psicología Clínica entre Roma e Innsbruck (Austria), luego regresé como prefecto de estudios en el Instituto Teológico Salesiano de Guatemala y posteriormente como rector del Seminario Menor de Filosofía en Guatemala".

"En 1978 fui nombrado obispo auxiliar de Tegucigalpa, ordenado el 8 de diciembre de ese año", sigue explicando. "Luego fui secretario general del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), viviendo cuatro años en Bogotá. Posteriormente fui nombrado asrzobispo de Tegucigalpa desde hace ya 16 años y fui creado cardenal por el Papa Juan Pablo II, siervo de Dios, en el consistorio del año 2001. Hace dos años fui elegido presidente de Caritas Internationalis".

Estos son, en síntesis, los grandes momentos de su autobiografía. Pero por sí solos no serían elocuentes. En esta entrevista va más allá, para mostrar el porqué de su vocación, así como los momentos más bellos y más difíciles que ha vivido.

--¿Cómo fue su llamado a seguir al Señor? ¿Cómo decidió ser sacerdote?  

--Cardenal Rodríguez Maradiaga: El llamado fue del Señor, a través del padre director del colegio. Yo estaba encantado de la vida salesiana: empecé desde los seis años en la primaria. Me gustaba muchísimo el ambiente, fui acólito, y precisamente regresando de una santa misa del colegio María Auxiliadora con el padre director que fue después arzobispo de Tegucigalpa, me dijo: "¿no te gustaría ser sacerdote?". Y yo respondí inmediatamente: "sí". Desde ese momento yo ya me sentía en el seminario, pero cuando terminé la primaria, a los doce años, le dije a mi padre que me iba para el seminario menor salesiano, al aspirantado, y me dijo: "usted no va a ningún lado, porque usted no se manda solo. Usted es muy travieso y me lo van a devolver al día siguiente". Y de hecho, muchas veces pensé después: "tenía razón". 

Entonces se me olvidó  la vocación y me dediqué a la aviación con alma, vida y corazón. Aprendí el inglés de niño precisamente para poder leer libros de aviación, aprendí a volar cuando tenía 14 años. Cuando estaba para terminar el bachillerato, tuvimos unos ejercicios espirituales. Recuerdo que el predicador nos dijo: "si Dios los llama, no sean cobardes". Aquello resonó en mi interior y dije: "Dios me llama y yo no quiero ser cobarde". Por eso me fui al aspirantado, luego al noviciado: ese fue el camino. 

--Usted nos revela su pasión por la aviación, pero muchos le conocen también por su pasión por la música?  

--Cardenal Rodríguez Maradiaga: Sí porque, desde niño en mi casa, había música: mi padre amaba la música, mi hermana mayor tocaba el piano y mis otros hermanos. Entonces a mí me pusieron a aprender piano desde pequeño. Al entrar en la Congregación me destinaron también a ser profesor de música, me hicieron estudiar en el Conservatorio y me tocó muchos años enseñar música sagrada, canto gregoriano que me encanta, y además hacer orquestas y bandas en los colegios en los que trabajé y así aprendí a tocar varios instrumentos. 

--Varios instrumentos musicales... ¿cómo cuáles? 

--Cardenal Rodríguez Maradiaga: Como el saxofón, el acordeón, como el órgano, el piano, la batería, el contrabajo, el clarinete... Así me ha tocado muy bonita la vida. 

--¿Hubo alguna persona importante para tomar la decisión de seguir a Dios? 

--Cardenal Rodríguez Maradiaga: Sí, fue naturalmente el padre director del colegio, así como san Juan Bosco. En el año antes de ordenarme sacerdote mi madre me rebeló algo que desconocía: yo había nacido prematuro y el doctor decía que yo no iba a sobrevivir. Entonces ella ofreció rezar todos los días el Santo Rosario por mi salud, asegurando y que, si Dios me llamaba, ella me ofrecía al Señor. Yo nunca lo supe y ahí tiene usted el resultado. 

--¿Cuáles han sido algunos de los momentos más felices desde que decidió decirle "sí" al Señor? 

--Cardenal Rodríguez Maradiaga: Muchísimos. Lógicamente, cuando hice mis primeros votos como salesiano, yo soñé todo el tiempo con ser salesiano y eso fue para mí una de las enormes alegrías. Luego naturalmente para mi el momento más feliz y decisivo ha sido la ordenación sacerdotal, es la gracia más grande que Dios le puede dar a una persona, después del bautismo. Posteriormente, el episcopado me dio más bien miedo y yo no consideraba que era mi vocación, pero acepté porque don Bosco decía que un deseo del Papa para un salesiano era una orden y así acepté en la fe. Y creo que el Señor me ha concedido 31 años de obispo de alegría, de mucho gozo. Cuando el Papa Juan Pablo II me llamó a ser cardenal, fue una sorpresa. Yo ni soñé jamás con eso, porque Honduras nunca tuvo un cardenal. De tal manera que me dio alegría por la alegría que causé a mi pueblo. 

--¿Y algunos de los momentos más difíciles?

--Cardenal Rodríguez Maradiaga: Bueno también dice el Señor "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame". Entre esos momentos estuvo la muerte de mi padre, apenas cuando yo estaba empezando el camino, en segundo año de filosofía. Tuve también en ocasiones alguna dificultad de salud, padecí de asma varios años, me curó milagrosamente la Virgen, cuando estaba en primer año de Teología. Posteriormente también muchas dificultades a causa de la situación de Centroamérica. Como obispo administrador apostólico estaba en una diócesis de frontera con Guatemala y El Salvador: teníamos refugiados. Eran tiempos de guerrilla y, claro, era bien difícil todo. Otro momento muy triste fue la muerte de Juan Pablo II. 

--¿Por qué? 

--Cardenal Rodríguez Maradiaga: Porque yo le quería muchísimo, era prácticamente mi padre, y él siempre me mostró una confianza y un cariño muy grande. Claro lo veíamos deteriorarse, pero yo no me imaginé que iba a morir tan pronto. Para mí fue como cuando murió mi padre, igual. 

 

Diecinueve años en coma

 

 

× Jan Grzebski


Diecinueve años en coma. El polaco Jan Grzebski, de 65 años, ocupó un lugar destacado en los medios de comunicación de todo el mundo. Y por un hecho extraordinario; despertó de su larga ausencia física, que no espiritual.


Ferroviario de profesión, en 1988 sufrió un gravísimo accidente laboral. Y cayó en un profundo coma. Pero recuperó la conciencia por completo. Afirma que durante estos años fue consciente de todo lo que pasaba a su alrededor, aunque no podía moverse ni hablar. Su mujer nunca lo abandonó. Su profunda fe en Dios le hacía confiar en un milagro; que su marido y padre de sus hijos, volviera a la vida. Ella nunca perdió la esperanza en Dios. Y se opuso rotundamente a la aplicación de la eutanasia, para que Jan no sufriera, le aconsejaban. No lo aceptó porque tenía fe y creía que su marido sanaría.


Gran confusión para todos los eruditos que, cegados por su soberbia, creen estar en posesión de la verdad, del bien y del mal, de los destinos del ser humano. Jan afirmó que le debe la vida a su mujer, por la que profesará un profundo agradecimiento el resto de toda su existencia. Oía las conversaciones de los médicos y sus eruditos comentarios de que no sobreviviría. Y él lo único que quería era vivir. Deseaba ardientemente existir y los médicos planificaban su eliminación. Escuchaba todas las conversaciones de los facultativos. Jan estaba vivo y era consciente de todo lo que sucedía a su alrededor.


No es lícito matar a un ser humano para no verle sufrir o no hacerle sufrir. Nadie puede autorizar la muerte de un ser trascendental, aunque sea un enfermo incurable, agonizante o en estado de coma profundo. Los cuidados paliativos son un remedio para estas situaciones dolorosas.


La inducción a la eutanasia, atrapar a la muerte, de modo adelantado poniendo fin a la propia existencia, es perversa. Nos topamos ante la cultura de la muerte que triunfa en las sociedades opulentas.


A mí se me vienen a la mente las palabras de Juan Pablo II: “Confirmo que la eutanasia es una grave violación de la Ley de Dios, en cuanto eliminación deliberada y moralmente inaceptable de una persona humana”.

Clemente Ferrer 

 

De México a Tecotutla

Allá por los años noventa yo vivía en México DF, y entre mis pocos amigos se encontraba Javier, un chico que poseía la extraña habilidad de conseguir hacer un todo con nada. La familia vivía en un pequeño pueblo costero. Sentía mucha curiosidad, porque intuía que, tras aquella forma de ser tan especial, había una educación y unos padres aún más especiales. Surgió la oportunidad de visitarles. Corrían malos tiempos para mi vida bastante caótica. Había perdido la fe.

Envidiaba a los ricos, a aquellos que tenían la vida fácil; yo llevaba unos años malos y precarios. El viaje en autobús fue largo. El lugar me causó una extraña impresión. No se trataba del típico pueblo mexicano, repleto de colores y flores. El paisaje se dibujaba en gris. Cuando me encontré frente a su casa, mis pocos ánimos terminaron de hundirse: era una chabola.

Aquella familia me recibió como al hijo pródigo. Me regalaron lo mejor de sí mismos. Cada día me sentía más querida, y avergonzada por mi primera reacción. Aquella familia no tenía nada, pero con nada habían formado el hogar más acogedor que he conocido. Ahora sabía de dónde sacaba Javier aquella facilidad para iluminar lo oscuro.

Llegó la hora de marchar. Graciela, la madre, se acercó con un pequeño paquete envuelto en papel de periódico: «Ábrelo cuando estés en el autobús». Se trataba de una Biblia. La dedicatoria rezaba así: «Todo está aquí. Cerquita de Dios, cerquita de nosotros».

Fabienne Tremblé ( De Alfa y Omega nº 666, jv. 4.12.2009)

 
Ana llegó con la nieve

Un día de enero, mi madre tuvo que ir a dar a luz a una clínica. Tengo cincuenta y tres años, y no recuerdo otra ocasión con la ciudad de Valencia cubierta de nieve. Radiante de felicidad, repetía: «¡Todo junto! Ha nevado y mi mamá ha tenido una chinita!»

Sí, Ana nació con el Síndrome de Down. Yo tenía cuatro años y apareció como una especie de milagro. Fue el día más feliz de mi vida. Es cierto que su inteligencia no le ha permitido estudiar Bachillerato, que conserva su lengua de trapo infantil; también es cierto que conozco muy pocas personas con su inteligencia emocional. ¡Cómo me ha ayudado a entender las cosas! Siempre ha sabido lo que es más importante: que te quieran, y si tú, tonta de ti, te quieres agobiar, estás faba.

En nuestros juegos siempre acababa siendo el centro de atención. No lloraba si le hacíamos alguna chanza, porque ella no las escuchaba, sólo oía nuestro cariño. Siempre supo que era la más importante. Somos diez hermanos y nos queremos, pero en nuestros corazones Ana es la primera y así ejerce. Cuando necesitas un abrazo, es ella quien lo adivina y te lo da.

Montserrat Palop Jonquères ( De Alfa y Omega nº 666, jv. 4.12.2009)
 
Gracias por nacer

Soy madre de cinco hijos y me encanta celebrar sus cumpleaños. Llegó el mío, pero nadie se acordó hasta la noche. A la hora de cenar, de repente, mi hija mayor salta sobre mí y me abraza. Todos perciben que me siento herida. Llama mi hermana por teléfono y me anima a vengarme…

Con la cara seria, les anuncio que, durante 365 días, se inauguraba el año sin cumples. Se aproximaba el octavo cumpleaños de Santi, mi tercer hijo. Me pedía invitaciones para sus amigos, pero contestaba: «Este año no se celebran los cumples». Sus ojos de asombro e incredulidad rompían el alma. La víspera se acostó entre lágrimas.

Tras el rugir de los despertadores, Santi esperó en su cama, pero no me acerqué. Mis hijos estaban conmovidos. Su padre no se atrevía a hablar… Al volver del colegio, Santi entró en casa con la cabeza gacha. Después, ducha y deberes. Cuando salió del baño, se encontró de repente con la mesa puesta en el salón y… ¡los abuelos que habían venido a felicitarle! La tristeza huyó de su cara. Su padre sacó una Fanta, la pizza salió jugosa del horno y preparé ganchitos y hamburguesas, mientras sus hermanos cantaban. Su rostro se transformó en una fuente de luz. «Mamá, decías que no celebraríamos mi cumple, pero no era verdad. Ha sido la mejor fiesta».
El orgullo me recorrió entera. Y le contesté: «Gracias, Santi, por nacer».

Mi hijo había sido la tercera cesárea. Un embarazo duro, con dolores intensos. La mayoría de mi familia me reprochó aquel embarazo. Mi ginecólogo amenazó con no atenderme. Aquello supuso una prueba de fe. Para orgullo de mi marido, hemos celebrado el nacimiento de dos hijas más, también por cesárea. Con sufrimiento, pero se olvida tan rápido que sin darte cuenta comienzas a cantar… Feliz, feliz en tu día…
¿Cómo podría vivir sin cada uno de los cinco?


Rosario Muñoz Soriano ( De Alfa y Omega nº 666, jv. 4.12.2009)
 

 

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